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5 de abril de 2018

  • 5.4.18
En los últimos tiempos, la adicción al móvil ha aumentado considerablemente. ¿Por qué? Móvil y redes permiten proyectar lo que creemos interesante para cada uno de nosotros. La respuesta suele ser instantánea y, por tanto, la gratificación también. Nos permiten un protagonismo que aleja del aburrimiento, de lo anodino y, lo que es más importante, nos saca del anonimato, elevándonos por unos momentos al estrellato. Todo ello provoca un “subidón”, como cualquiera de las mejores alegrías o de determinadas drogas.



Las redes nos mantienen conectados en todo momento con entes que tienen una realidad física allá donde estén pero que no dejan de ser virtuales, tal vez irreales. Muchos dicen ser lo que no son. ¿Por qué nos enganchamos a ese mundo de ficción? Estar conectados con otros y disponer de información ya es un adelanto. En principio no está mal.

Entonces ¿cuál es el problema? La clave puede estar en que nos transporta a un mundo imaginario donde nadie es quien dice ser y una segunda razón más peligrosa: nos aleja de la realidad que nos rodea y de las personas con las que convivimos físicamente.

Es deprimente ver a grupos de personas sentadas alrededor de un refresco, sumergidas y aisladas en sus mundos virtuales. ¿Hay un sobrecoste? La realidad es que hablar con el otro, compartir noticias, dialogar parece no estar de moda. Incomunicación y posible adicción marcan dicha situación. Soledad en compañía sería la estampa.

Podemos estar conectados al móvil por dos razones que son básicas. O bien existe una dependencia total y no necesaria, o se necesita por potentes razones relacionadas con circunstancias personales. El primer supuesto no sería beneficioso y produce claras alteraciones. El segundo se le supone pasajero. Ambos casos desencadenan cambios importantes en el proceder del sujeto.

Según los expertos en las diversas patologías que alteran el comportamiento del sujeto, estamos ante un creciente aumento de dependencias que, por una razón u otra, pueden marcarnos y hacerse definitivas. La adicción al móvil es, en opinión de muchos de ellos, la enfermedad del siglo XXI. Otros prefieren hablar de trastorno y no de enfermedad. ¿Tan importante es el tema?

Valga como ejemplo y antecedente el ímpetu adictivo que produjo en su momento la televisión, después los juegos electrónicos..., y así podríamos continuar enumerando otros “agarres de dependencia”. En algunos casos, el enganche fue pasajero y, en otros, supuso una verdadera esclavitud.

Entre los trastornos derivados de la expansión de Internet y las nuevas tecnologías, destaca la nomofobia, término acuñado en el Reino Unido a raíz de una investigación en la que se quería estudiar el alcance que podía tener la ansiedad en usuarios habituales del móvil, cuando no podían disponer de éste.

Dicho síndrome parece que es más frecuente de lo que pensamos y afecta a mucha más gente de lo que parece, ya sea por razones de importancia vital o por simple adicción al bendito/maldito aparatito. ¿Realidad? Estamos solos, perdidos y cada vez más aislados en la estepa virtual.

Es un hecho confirmado que los teléfonos inteligentes han invadido nuestras vidas y se han convertido en artilugios imprescindibles. En los últimos cuatro años, la nomofobia ha producido un amplísimo club de adeptos. Hasta tal punto es notorio el aumento de adictos que en pocos años se ha pasado de 50 a más de un 64 por ciento. Y aumentando.

El abuso de las nuevas tecnologías ha provocado el nacimiento de diversas patologías para este siglo XXI y la nomofobia es una de ellas. Pero ¿qué es y en qué consiste este nuevo síndrome? Entremos en el tema.

El término procede de un juego de palabras en inglés (no mobile phone phobia) cuya traducción vendría a significar “miedo a no disponer del teléfono móvil”. En puro castellano, el sujeto es esclavo del aparatito sin el cual está perdido porque no puede soportar el quedarse incomunicado.

Estamos ante una patología asociada al uso, abuso y dependencia total del móvil. Dicha servidumbre afecta a un amplio sector de usuarios que no pueden vivir sin él, estén donde estén. Se complementa con el síndrome de la vibración fantasma del que ya dijimos algo en su momento.

La persona con nomofobia, si olvida el móvil, vuelve a buscarlo y no cejará hasta que lo encuentre. Tiene un miedo irracional a olvidarlo o perderlo. Es incapaz de salir sin él. Si se agota la batería no para hasta cargarlo, como sea y donde sea. La cuestión es disponer siempre de él. Actualmente este problema está resuelto con los pequeños acumuladores de energía existentes en el mercado, pero ello no anula el miedo.

Varios son los síntomas que pueden delatar a una persona que padece de nomofobia. Sufre un miedo irracional que le provoca ansiedad por el hecho de no disponer del móvil, ya sea por olvido, avería o pérdida del mismo.

Otros síntomas a tener en cuenta son taquicardias, pensamientos obsesivos, dolor de cabeza y/o de estómago, agresividad, pérdida de la noción del tiempo, dificultades para conciliar el sueño. La comunicación con la familia y el entorno se deteriora

El sujeto siente una gran angustia e irritabilidad ante la posibilidad de quedarse sin el móvil. Mientras mayor sea la dependencia, más agudo será el malestar, hasta el punto que puede crearle confusión y una sensación de falta de control muy intensa. Según los expertos, el nomofóbico suele ser una persona insegura y con baja autoestima.

Evita entrar en locales en los que no haya cobertura o la señal sea muy débil. En caso de tener que hacerlo buscará la posibilidad de señal en cualquier rincón o estará entrando y saliendo de continuo. Nunca apaga el móvil e incluso si las circunstancias le obligan (en el cine, por ejemplo) lo pone en vibración y lo observa de continuo. Su dependencia es tal que necesita estar localizable las 24 horas del día por si le llaman o le envían algo interesante aunque ello no sea importante.

¿Diagnóstico? Estamos ante una dependencia nociva para el equilibrio psíquico e incluso para la salud. Es un prisionero de la máquina. Tiene una esclavitud total del móvil y no contempla su vida cotidiana sin este elemento. Se calcula que el 53 por ciento de los usuarios de móviles están afectados.

Se trata de un trastorno que afecta a un amplio sector de usuarios los cuales no pueden vivir sin dicho aparato estén donde estén. Según estudios recientes el móvil se mira cada vez con más ansiedad y más frecuentemente lo que da idea de la posible dependencia.

Tanto es así que, según los expertos, el miedo a estar sin teléfono se puede diagnosticar ya como un trastorno para una gran parte de la población, sin que los afectados sean conscientes de dicho estado de sumisión. En cuanto a la edad los adolescentes son los usuarios más afectados.

Por último, tendrá problemas en el ámbito familiar, social y académico. Como es de suponer la atención y la memoria se resienten seriamente. Las relaciones personales sufren un fuerte bloqueo entorpeciendo la comunicación cara a cara.

¿Se puede superar una situación de dependencia nomofóbica? Estamos ante un trastorno de modificación de conducta. Posibles salidas. Atreverse a apagar el aparato durante la noche sería un éxito para los más “enganchados”. Hacer breves salidas sin llevarlo sería otro logro. Dejarlo en otra habitación y aguantar el máximo tiempo posible sin mirarlo sería otro paso para controlar el tema.

Resumiendo parte de lo dicho. El mejor teléfono móvil es aquel que usamos cuando lo necesitamos y del que podemos prescindir sin que nos ocasione alteración alguna. El problema se hace patológico cuando su necesidad y uso provoca ansia, malestar general estrés, nerviosismo, soledad, enfado, inquietud, rabia, sentimiento de culpa, baja autoestima. Llegados a este extremo, parece que el mundo se hunde a nuestro alrededor. La necesidad es tan poderosa que el sujeto sufre una fuerte dependencia del susodicho aparato.

Hay mucha variedad de dependencias, unas dejan serias secuelas y otras parece que son menos dañinas, pero todas amarran, en mayor o menor grado, tanto la voluntad como la libertad personal. Ser adictos en múltiples de las circunstancias nos hace esclavos.

PEPE CANTILLO


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