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4 de noviembre de 2016

  • 4.11.16
La mayoría de nosotros nos movemos en nuestras relaciones sociales por un sentimiento de afecto, bien emanado de unos lazos parentales –por aquello de que la sangre llama– o por una simpatía hacia personas cercanas y con las que nos entrelazamos en el día a día. Compañeros de faena, vecinos, familiares, hijos, padres, amigos... La lista puede ser larga aunque a veces se nos quede pequeña por circunstancias varias.



Indudablemente, la familia con sus pros y sus contras es primordial. Los amigos, pocos pero de oro, juegan en Primera División, sobre todo los que califico de “samaritanos” por ser “personas capaces de ayudar a otra desinteresadamente” (RAE), y que ocupan con frecuencia el lugar más importante en momentos difíciles. Son maravillosos prójimos que lo dan todo a cambio de nada. El tema, que lo considero primordial, queda aparcado para otro momento.

En la otra cara de la moneda se perfilan unas relaciones marcadas, la mayoría de veces, por la indiferencia, otras por el desprecio y en muchas ocasiones por el resentimiento. Ante otra gente, con las que no queremos trato, mostramos una ostentosa displicencia.

Finalmente con bastantes personas conocidas, por razones diversas, sobre todo políticas, religiosas o deportivas, exteriorizamos un acentuado desprecio e, incluso, una antipatía descarada. Es claro que basta con no compartir ideas, creencias, aficiones con alguien para tacharlo cuando menos de asqueroso, porque nos provoca fastidio y, en el fondo, puede que repulsión, ya sea física o moral. En estos casos seguro que nos referimos a alguien con suficientes méritos, públicos o privados para que nos cause o nos produzca asco. Ejemplos hay por doquier tanto en el campo social como político.

El problema salta cuando perdemos las perspectivas, eso que podríamos señalar como el horizonte crítico, y entonces podamos la viña social sin un criterio justificado, solo por “dimes y diretes”, esa labor de ganchillo que hacemos con la honra, la fama o el honor de otros sujetos o “sujetas”. Me estoy refiriendo a lo fácil que es aviar la vida de otros.

Una pregunta se me cae de los labios. ¿Toda aquella persona que no comparte mis ideas o creencias es un indeseable, un asqueroso? En caso de respuesta afirmativa pronto nos quedaremos aislados, pues una de las virtudes de los humanos es la sublime capacidad que tenemos de compartir con los otros, además de “el pan y la sal”, ideas, proyectos, esperanzas, incluso sufrimientos.

Quede claro que dicho compartir no significa asumir obligatoriamente lo que el vecino piense, defienda o predique. Quisiera matizar que, para nuestra desgracia, del diálogo al pensamiento único solo hay unas milésimas de separación. El pensamiento único, mal que nos pese, termina en fanatismo. Claro que siempre tiramos balones fuera afirmando que los fanáticos son los otros.

La expresión “negar el pan y la sal” implica desprecio (no aprecio) y absoluto rechazo del otro. A una persona a la que se le niegan no solo derechos elementales, sino incluso la propia existencia como sujeto social, la estamos condenando al ostracismo, o si lo prefieren a la indiferencia social, profesional o política. Con bastante frecuencia nos alegramos de su mal y de su muerte física o social. Es decir que al “supuesto” enemigo, ni pan ni sal.

El origen del dicho antes referido sobre el pan y expresado en positivo, viene del mundo oriental y de griegos y romanos y sigue vigente entre los eslavo. Compartir “el pan y la sal” era un claro símbolo de bienvenida que hasta podría derivar en franca amistad. La hospitalidad para los antiguos era sagrada. Entre nosotros más bien aparece, en muchos casos, como un “paripé” para presumir o como fingimiento hipócrita.

Vamos con la indiferencia que era el tema que nos proponíamos desglosar. Según la RAE, es un “estado de ánimo en el que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado”. Estamos ante una actitud emocional que “no despierta ni interés, ni afecto, ni tampoco rechazo”.

Cuando decimos que algo o alguien no me interesa para nada estamos manifestando una disposición de inquina que la podemos resumir en un despreciativo “¡paso de dicha persona!”. De la indiferencia es fácil pasar al desprecio y de éste al odio. La misma indiferencia es ya una actitud de insulto.

Pero la indiferencia que podemos mostrar por determinadas personas, llevada hasta sus últimas consecuencias, es más peligrosa que el resentimiento o la ira que pueda aparecer en nosotros en un determinado momento, incluso manifestándose con signos de rechazo o agresividad, que por fortuna suelen limitarse a “calentones” pasajeros sin importantes consecuencias para ninguno de los afectados.

Sin lugar a dudas, los grados de indiferencia son amplios y sus secuelas también. Ser indiferente ante una persona desconocida no es igual que serlo ante alguien con quien mantengo (a veces aguanto) una relación de proximidad social o incluso afectiva.

En definitiva, estoy haciendo el vacío a alguien y de ello podrán derivarse más perjuicios que beneficios a tenor de los lazos que existan entre ambos. La mayoría de las veces nos movemos en el terreno de los prejuicios entendido como “opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo o alguien que se conoce mal” (RAE).

Quien practica la indiferencia ante conocidos suele ser consciente de lo que hace, y por qué lo hace, y podrá tener unas razones más o menos poderosas para ello según su punto de vista. El problema se incrusta en la persona que sufre el desprecio al ser ignorada y no saber la razón.

¿Por qué nos duele que nos ignoren, que pasen de nosotros? El “ninguneado” se siente fatal porque le estamos dando de pleno en su amor propio, ya que la indiferencia daña de lleno la autoestima. He apuntado antes que la indiferencia causa más daño que el odio.

¿Motivos? En la mayoría de circunstancias nadie te da explicación de dicha actitud mientras que ante el odio es posible que podamos intuir por qué se ensañan con la persona odiada. Y entonces el afectado sentirá una profunda y amarga decepción pero sabrá por cuál es la causa y a qué atenerse.

La indiferencia no suele ir acompañada de un deseo de mal para la persona ninguneada, que solo echa en falta las muestras de afecto que se le niegan. Esta conducta es cruel porque supone pasar olímpicamente del otro y de sus problemas. Bien es verdad que si la aplicamos a personas conocidas es posible darle alguna explicación coherente, por aquello de que en las distancias cortas de las relaciones es cuando nos lo jugamos todo.

Cuando mejor practicamos la indiferencia es ante los grandes problemas, por aquello de que están lejos. Incluso ante determinada hecatombe atendemos a ella mientras está en primera plana de los medios de comunicación para luego olvidarla en el baúl de los recuerdos y a veces ni eso. Hasta le podemos poner rostro, uno luctuoso: el cadáver del niño que las olas arrastran hasta la playa ¿lo recuerdan? Otro gozoso, como el caso del entrenador que encontró cobijo gracias a una zancadilla de una periodista.

El mayor delito humano es la indiferencia ante la injusticia que permite oprimir al débil, ante el verdugo de la pobreza que cercena vidas de niños en flor, ante el orgullo incapaz de tender la mano para poder cruzar la calle de la comunicación y el intercambio. De la indiferencia brota la decepción y con frecuencia el engaño que discurre por las sendas de este mundo nuestro con más frecuencia de la debida.

Nota: Estas líneas están dedicadas a los “samaritanos y samaritanas” que he encontrado estas últimas semanas. Gracias por estar ahí.

PEPE CANTILLO


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