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23 de octubre de 2016

  • 23.10.16
Recientemente nos hemos visto cuatro amigos de la infancia en Alburquerque, el pueblo extremeño que nos vio nacer. Forma parte de ese rito anual que llevamos a cabo desde un tiempo para acá como modo de dar continuidad a una amistad que nace en los años en los que compartíamos aquellos sencillos pupitres de madera en la escuela de don José Sánchez o los juegos en el Llano del Pilar.



Así, bajo la vigilancia del majestuoso Castillo de Luna, que, encumbrado en las altas rocas de granito domina todo el paisaje que se extiende a lo largo de kilómetros, disfrutamos durante un día, para el que nos dimos cita con antelación, pues todos residimos fuera de nuestro lugar de origen.

Los cuatro, acompañados, vamos llegando puntualmente al lugar acordado. Nos saludamos, nos abrazamos, nos damos de nuevo la bienvenida y nos hacemos conscientes de que la vida continúa en las cuatro historias que tienen páginas compartidas y que se van ampliando a medida que vamos rescatando pequeños retazos al inexorable paso del tiempo.

Quedan lejos los años en los que, sin ser conscientes de ello, iniciábamos una relación que se extendería más allá de esa edad en la que los juegos, los sueños, la sensación de tiempo intemporal marcaban los días de nuestra niñez. Por entonces, no podíamos imaginar, dado que los niños viven en el presente, que la vida era un largo camino, con grandes imprevistos, pero que a nosotros nos tocaría en suerte caminar algunos trechos juntos sin perdernos ni alejarnos en nuestras rutas.

Sé que nuestro caso es poco frecuente, que no es habitual que esa relación marcada por el cariño y el respeto mutuos permaneciera viva sin que se apagara la llama que la ha alimentado durante tantos años. Sé que lo normal es que las amistades, más o menos estables, comiencen a darse en los años de adolescencia y de juventud, aunque también es posible que se forjen cuando uno ya es adulto, es decir, cuando la personalidad está consolidada.



Sobre la amistad se han escrito hermosas páginas y se han vertido innumerables aforismos para ensalzarla. También para desconfiar e ironizar sobre ella, pues, a pesar de que se supone que está al alcance de cualquiera, lo cierto es que llegar a una sincera y leal relación de amistad parece bastante difícil de lograr, dado que se encuentra expuesta al desencanto o, peor aún, a la traición.

A partir de esas dos visiones contrapuestas, quisiera traer, inicialmente, a colación un par de referencias que ensalzan este valor entre los seres humanos. Sobre el mismo, apuntaba el filósofo presocrático griego Epicuro: “Cada mañana la amistad recorre la Tierra para despertar a los hombres, de modo que puedan hacerse felices”.

Hermosa frase en la que se une el valor de la amistad con el sentimiento de felicidad, pues no hay nada tan placentero como la compañía de un amigo fiel, alguien que te conoce, que sabe cómo eres, que tiene plena confianza de que nunca le vas a mentir y que estará allí en el momento en el que lo necesites.

A la frase anterior añadiría otra de un gran amigo, Miguel Ángel Santos, que aparece en su libro Norte del corazón y que se encuentra formulada como una escueta sentencia: “Un amigo es un hermano que se elige”.

En esta breve expresión se aúnan la fuerza de la fraternidad y la grata libertad de compartir vivencias, emociones, experiencias, recuerdos y proyectos con una persona que te comprende y que te quiere, y que, necesariamente, debes respetar y responder con la misma afectividad.

Bien es cierto, y a pesar de las frases que acabo de seleccionar, que uno podría plantearse algunos interrogantes del mismo modo en que lo hace el psicólogo italiano Francesco Alberoni: “¿Está la amistad al alcance de todos en una sociedad como la nuestra, fuertemente competitiva y en la que cada vez se potencia más el que cada uno vaya a lo suyo?”.

La verdad es que la actual sociedad, individualista y competitiva, no favorece la formación de amistades sólidas, por lo que ha propiciado los contactos a través de las redes sociales para que a unas relaciones superficiales se las acabe denominando como ‘amigos’ o ‘amistades’.

No es de extrañar, por otro lado, que haya tantos autores que duden acerca de la verdadera amistad. Sobre ello podría hacer una pequeña antología; no obstante, traigo un par de citas a modo de ejemplos. Así, el escritor y filósofo británico Herbert George Wells afirmaba que “El camino para medrar en la posición social está y estará sembrado de amistades rotas”, y el francés Honoré de Balzac decía que “La amistad dura poco cuando uno de los amigos se siente superior al otro”.

Las sentencias anteriores nos advierten de que la verdadera amistad es un bien difícil de lograr y que, en el caso de que se llegara a ello, hay que saber mantenerla a lo largo del tiempo, pues son muchos los retos que hay que afrontar. Por mi parte, de siempre he tenido claro que es uno de los pilares más importantes en la vida de los seres humanos y que hay que contar con ella si se desea vivir plenamente.

Es por ello que puedo enorgullecerme de contar con buenos amigos, aunque también tengo que reconocer que a lo largo de mi ya dilatada existencia también he tenido grandes decepciones. Y es que la amistad se basa en la confianza que depositamos en el otro, pensando que no nos va a fallar; no es posible construir una relación sólida midiendo, calculando, sospechando o interpretando constantemente lo que el otro ha querido decir.



Tal como apuntaba al principio, hay casos en que se dan amistades que arrancan en los años de la infancia, tiempo marcado por la presencia de la escuela como lugar propiciatorio para aprender los primeros rudimentos de los contactos por afinidad de carácter. Es lo que a mí me sucede con Diego, Emiliano y Pedro, con quienes mantengo una leal y estrecha amistad desde nuestros años en que íbamos a la escuela en nuestro pueblo de Alburquerque.

Entiendo que no es frecuente que los compañeros de pupitre escolar conserven esa relación, ya que cuando se pasa a la adolescencia surgen unas nuevas amistades distintas a las anteriores, que suelen quedarse como recuerdo del tiempo en el que cada uno despertaba a la vida.

Esta situación de singularidad me la confirman los alumnos en la Facultad, pues, cuando les digo que tengo previsto ir a Alburquerque para un encuentro con los amigos de la infancia, se sienten sorprendidos de que hayamos mantenido esa amistad nada menos que durante sesenta años. Más aun sabiendo que vivimos en lugares distintos, pues Diego reside en Mérida, Emiliano en Badajoz, Pedro en Cáceres y en mi caso en Córdoba.

He de reconocer que los recuerdos de nuestra infancia y juventud son muy intensos, pues el entorno en el que vivíamos se prestaba a ello. Un impresionante castillo medieval, unas laderas que abrazaban el flanco sur y que eran el espacio habitual de nuestras aventuras, sierras que ampliaban los horizontes de los entornos del pueblo… Todo ello configuraba el marco en el que se desarrollaban las vidas de cuatro muchachos de una generación cuyos juegos eran colectivos, al tiempo que la calle era el lugar de encuentro, puesto que los coches todavía no habían invadido el espacio público.

Lo que indico no es nostalgia de un tiempo pasado, a pesar de que la infancia configura el territorio de un mundo mágico que alimenta los sueños futuros. Son las huellas inolvidables que permanecen como parte de unas vivencias compartidas y disfrutadas intensamente.

Así, en esos encuentros, hablamos del presente y del futuro, y, claro está, de los recuerdos compartidos, pues los seres humanos no nos podemos nunca desprender de nuestra historia, de esa historia que empezamos a escribir en los primeros años de nuestra existencia y que, cuando ya son muchos los capítulos del libro avanzados, nada mejor que por entonces haber entrevisto que la vida era un extraño sendero que había que hacerlo de la mejor manera posible: acompañados de buenos y leales amigos.

AURELIANO SÁINZ


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