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28 de agosto de 2016

  • 28.8.16
A lo largo de la historia han sido dichas frases por pensadores o científicos que con el paso del tiempo se han popularizado, de modo que han terminado como aforismos divulgados entre la población. Sería posible hacer una amplia compilación de las mismas; no obstante, traeré a colación algunas de ellas para que nos sirvan de ejemplo.



Una muy conocida, y que se ha atribuido al filósofo griego Sócrates, es aquella que dice “Conócete a ti mismo”. Bien es cierto que, tal como apuntan algunos historiadores, este aforismo que invitaba a la introspección se encontraba cincelado en el pronaos o pórtico del templo de Apolo en Delfos. Aún hoy, esta máxima tiene plena vigencia, pues el punto de partida de la psicología personal pasa por saber hasta los rincones más íntimos de quién es uno mismo.

Del filósofo francés René Descartes nos ha llegado “Pienso, luego existo”, breve sentencia con la que deseaba fundamentar su pensamiento, partiendo de una idea que fuera sólida e inequívoca y que alejara toda sombra de duda. No se trataba, pues, de conocer los sentimientos más profundos que anidan en el fondo de cada persona, dado que esto no conducía a una verdad incuestionable, sino todo lo contrario.

No obstante, la objeción epistemológica que se le podría hacer a Descartes es que para pensar primero hay que existir, con lo que nos colocaríamos de nuevo en la incertidumbre, situación que por encima de todo deseaba evitar.

Más cerca de nuestros días es una conocida frase de Albert Einstein, uno de los mayores genios científicos que ha dado la humanidad (con permiso de Galileo Galilei y de Isaac Newton). Todos hemos escuchado alguna vez eso de que “La energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma”.

Debemos tener en cuenta que desde Einstein sabemos que la masa y la energía son dos formas de una misma realidad. De este modo, a partir de la energía existente es posible la creación de partículas que tienen masa; y, en sentido contrario, con la descomposición o bombardeo del núcleo fisionable de un átomo se libera una gran cantidad de energía. Este segundo caso es el origen de la bomba atómica, de la que después hablaremos.

Pero no solo los grandes pensadores y científicos que han dejado una profunda huella en el saber humano nos legan frases que utilizamos en alguna ocasión. También hay quienes se lanzan al ruedo de los medios de comunicación y nos regalan “pensamientos” que nos dejan atónitos y con la boca abierta. Y encima creen que hacen un bien a la humanidad con sus “profundas y sesudas reflexiones”.

Uno de ellos es, cómo no, Demetrio Fernández, actual obispo de Córdoba, que parece querer superarse a sí mismo cada cierto tiempo obsequiándonos con frases que, sin lugar a dudas, pasarán a la historia (del disparate, por supuesto). Así, en el año 2011, de su lúcida mente salió aquella frase que decía: “La Unesco tiene programado para los veinte próximos años hacer que la mitad de la población mundial sea homosexual”.

No me dirán ustedes que no es una verdadera máxima digna de ser colocada en el frontispicio de cualquier catedral española, con el fin de que nos vayamos preparando para el Apocalipsis que se avecina para el año 2031, cuando la mitad del globo terráqueo sea homosexual, una vez que ese organismo de la ONU, destinado al fomento de la paz y la seguridad a través de la educación, la ciencia, la cultura y las comunicaciones, haya logrado su oculto y perverso objetivo, y que el señor Fernández tuvo a bien denunciar.

La destrucción de Sodoma y Gomorra se convertirá entonces en una mera anécdota cuando la corte celestial compruebe que, en un pequeño planeta que gira alrededor de la estrella llamada Sol –una entre los miles de millones que pueblan la Vía Láctea–, la mitad de la población, en vez de seguir procreando, y a pesar de que en ese planeta ya no cabrá ni un alfiler, se dedica a los incontrolados placeres de la lujuria.

Pero es que al señor obispo no se le va de la cabeza la sexualidad ajena, que como todos sabemos, aparte del placer que conlleva, es punto de partida de la procreación, aunque las técnicas médicas hayan abierto el campo de los nacimientos de nuevas criaturas. Pero es que a él no le hace ninguna gracia que haya niños y niñas que no pasen por “el abrazo amoroso”, según su beatífica expresión, y “sean producto de un aquelarre de laboratorio”, tal como nos indicó a finales del año pasado.

Menuda gracia les hará a esas criaturas cuando estén informadas sobre ello que no son el resultado del legítimo deseo de descendencia de sus progenitores, sino del encuentro de Satanás, es decir, del médico, con las brujas, o, lo que es lo mismo, de las enfermeras que le acompañan. Pero no me voy a extender sobre tan brillante y humanitaria sentencia, pues ya la traté en el artículo titulado Arte y horror: El Aquelarre, que está disponible para quien quiera consultarla.

Ascendiendo un peldaño más en sus habituales proclamas, no sé si últimamente nuestro brillante pensador ha querido rendir homenaje a las víctimas de los misiles que cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki el 6 de agosto de 1945, y que arrasaron las poblaciones de ambas ciudades niponas. Lo cierto es que en este mes de agosto de 2016 se suma a las declaraciones realizadas por sus homólogos de Alcalá de Henares y de Getafe manifestándonos que “la ideología de género es una bomba atómica”, ideología perversa que, parece ser, quiere destruir la doctrina católica.

Quizás, ustedes, estén horrorizados ante el negro porvenir que se esconde tras esa nueva bomba atómica llamada LGTB y acaben preguntándose qué demonios entiende el señor obispo como “ideología de género” y se interroguen acerca del modo en el que peligrosamente se está extendiendo por toda la sociedad.

De lo que se trata es de que no haya equiparación de derechos entre el hombre y la mujer; ni que a los escolares no se les dé educación sexual; ni tampoco educación para la igualdad y la diversidad, ya que, en sus propias palabras, “según la ideología de género uno no nacería varón o mujer, sino que lo elige según su capricho, y podrá cambiar de sexo cuando quiera y a su antojo”.

Si, según vaticina, en el 2031 la mitad de la población llegará a ser homosexual, al tiempo que las clínicas ya se ven desbordadas por las peticiones de cambio de sexo, dado que nos aburrimos del que tenemos y nos encaprichamos por someternos a operaciones que nos transformen de arriba abajo, no es de extrañar la especie humana esté al borde de la extinción ante la amenaza de esta nueva y desconocida bomba atómica.

Así pues, hemos de reconocer que figuras tan eminentes como Sócrates, Descartes o Einstein se quedan en pañales ante la profundidad del pensamiento del señor obispo de Córdoba, que, aparte de ser un gran experto en psicología de la sexualidad, técnicas de reproducción asistida y en física de partículas subatómicas, es capaz de predecirnos el final de la especie humana ante el avance incontrolado de esa terrible epidemia que se extiende por nuestro país.

AURELIANO SÁINZ


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