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1 de julio de 2016

  • 1.7.16
En 1995, un grupo de profesores de Filosofía publicábamos un libro sobre dilemas morales, material que fue reeditado, ampliado y corregido, en 2005 con el título Los dilemas morales. Un aprendizaje de valores mediante el diálogo (Editorial Nau Llibres, Valencia). El capítulo siete establecía las bases del valor del diálogo. Partiendo de dicho material entresaco algunas ideas sobre ese vocablo tan usado y a la par tan denostado en nuestro entorno. Sobre todo después de haber sufrido una segunda campaña electoral atiborrada de monólogos (sin-diálogo) en todas las partes del campo de juego.



El planteamiento era simple. Ofrecer herramientas didácticas para trabajar en el aula la educación en valores de la mejor manera posible, es decir, desde la participación activa y la reflexión para aprender a dialogar usando la capacidad de pensar.

El diálogo cumple un importante papel en la convivencia diaria puesto que actúa como vehículo de transmisión, tanto en el ámbito escolar como en el comunitario, sea local o estatal. Vivimos en un mundo saturado de información pero no escuchamos y tampoco dialogamos.

Dialogar lo que se dice dialogar, la verdad sea dicha, lo practicamos poco y yo diría que mal. Cada cual nos miramos el ombligo y no escuchamos al otro, ni siquiera para poder rebatirle acertadamente, con conocimiento de causa. ¿Dos españoles, tres opiniones?

Recordemos que escuchar supone prestar atención a lo que se oye. Podemos oír pero no escuchar por aquello de que no me interesa o porque, simplemente, por un oído me entra y por el otro sale…lo que me digan.

La importancia del diálogo es algo que está fuera de toda duda, especialmente si se tiene en cuenta la tradición que lo avala, como método indiscutible y condición para poder desarrollar un pensamiento crítico, que no es fácil de alcanzar, dicho sea de paso.

Sin duda, el diálogo agudiza las habilidades de razonamiento y de investigación como ningún otro método puede hacerlo. El diálogo es la exteriorización del pensamiento. Pero ¿pensamos cuando hablamos? Y, sobre todo, ¿pensamos lo que decimos? ¿O solo nos escuchamos y tiramos balones fuera? O lo que es peor ¿nos traiciona el subconsciente y por eso metemos la pata?

Cuando nos ponemos a dialogar, estamos obligados a reflexionar, a concentrarnos, a tener en cuenta alternativas, a escuchar con atención, a captar tanto intencionalidades como significados, a reconocer opciones en las que antes no habíamos pensado y, en general, a realizar un amplio número de actividades mentales a las que no hubiéramos tenido acceso de no mediar el debate para examinar un determinado asunto.

Quede claro que debate no está entendido como pelea verbal ni como riña de gatos, sino como expresión-exposición de ideas a ofrecer-compartir con el otro a “través de (día-) la palabra (-logos)”, para aclarar una cuestión ante la que se tiene opiniones diferentes.

Cualquier discusión debe permitirnos reflexionar sobre lo que dicho y sobre lo que no se debería haber dicho, es decir, sobre lo que se debería haber callado; y sobre todo debe permitirnos organizar el pensamiento para mejor comunicar lo que se quiere.

Cuando esto no ocurre derivamos con frecuencia al llamado “efecto escalera”, en el cual rumiamos a posteriori sobre lo que tendríamos que haber contestado y no lo hicimos. Pero ya es tarde y, si además improvisamos, es fácil errar… Y al final, salir herrados.

El dicho popular es muy expresivo cuando afirma que no se debe “hablar a tontas y a locas”. Esta expresión ya aparece en El Quijote con el sentido de improvisar. Hacer o decir algo “a tontas y a locas”, supone hacerlo sin orden ni concierto, desbaratadamente. No intentemos ver en el dicho un contenido machista que no lo tiene.

Pero si nos parece, para no pecar de lenguaje políticamente incorrecto, mejor decimos “al buen tuntún”, sin reflexionar, sin mayor conocimiento del asunto, algo así como si habláramos “a bulto (ad vultum tuum)” o, lo que es lo mismo, de oídas.

¿Por qué darle importancia al diálogo? El sujeto humano sin la sociedad no es posible. Somos lo que somos gracias a nuestra relación con los otros, con quienes compartimos la capacidad que tenemos para entendernos, eso que se llama competencia comunicativa y que gracias a ella pretendemos alcanzar acuerdos justos, lograr (buscar) la objetividad, entendida como inter-subjetividad e incluso transferir una dimensión de universalidad a nuestra normas de convivencia.

El filósofo Habermas (1929- ), en el contexto de la Ética discursiva, trata de establecer un criterio moral, una regla que sirva para decidir cuándo una norma es justa o injusta, y dice: “solo pueden ser válidas aquellas normas que consiguen (o pueden conseguir), la aprobación de todos los participantes en un discurso práctico”.

Se entiende por discurso práctico aquel que se realiza en condiciones de simetría, es decir, en igualdad de circunstancias para todos los participantes, y que tiene en cuenta las consecuencias y efectos secundarios que se producirían del acatamiento de la norma.

Bajo este planteamiento, el diálogo se convierte en un procedimiento imprescindible e incuestionable. Solo mediante el diálogo realizado en condiciones adecuadas, en una “situación ideal de habla”, es posible el entendimiento y pueden tener validez unas normas con pretensión de moralidad y universalidad.

Desde la Ética dialógica se señalan algunos requisitos para posibilitar el diálogo como auténtico valor. Reseño algunos de los más importantes. Quien se toma el diálogo en serio está convencido de que el interlocutor tiene algo que aportar y, por tanto, estará dispuesto a escuchar.

Eso no significa que se considera en posesión de la verdad y mucho menos cree que el interlocutor sea alguien al que vencer (derrotar) sino alguien a quien con-vencer con razones que no puedan ser negadas y por eso comparte el diálogo, que es bilateral, nunca unilateral, lo que lo convertiría en monólogo.

Quien dialoga en serio está dispuesto a escuchar incluso para mantener su posición si no le convencen los argumentos del interlocutor o para modificarla si tales argumentos le persuaden. Es decir, está pronto a aducir sus propios razones o a dejarse “derrotar” (con-vencer) por las del contrario.

Quien dialoga se preocupa por encontrar una solución correcta y entenderse con el otro. Entenderse no significa lograr un acuerdo total, pero sí descubrir y admitir todo lo que tenemos en común. ¿Pura fantasía? Es lo normal si fanáticamente creo estar en posesión de la verdad.

El diálogo, así entendido, cobra auténtica fuerza y se convierte en un valor moral de primera categoría; es el medio, gracias al cual el lenguaje, vehículo del pensamiento, puede lograr su cometido y ser considerado como verdadera capacidad de relación intersubjetiva.

Pregunta del millón: ¿hablar de diálogo es una utopía inalcanzable puesto que cada cual está, o eso cree, en posesión de la verdad absoluta? Y lo más terrible del planteamiento: el contrario, a priori, es un enemigo declarado y al enemigo ¡ni agua…!

El diálogo cumple un importante papel en la educación en valores al actuar como correa de transmisión, tanto en el ámbito escolar como en el comunitario, ya sea local o estatal. Por una parte, es condición necesaria para que se desarrollen valores morales básicos como la libertad, la solidaridad, el respeto, la paz, la responsabilidad, ya que posibilita la reflexión sobre ellos y aclara al sujeto cómo entenderlos y lo que significa asumir en la práctica dichos valores fundamentales.

Por otra, el diálogo mismo necesita unas condiciones que lo hagan posible. Dicho de otra manera, el hecho de poder reflexionar presupone que los sujetos hacen suyos unos valores insertados en el procedimiento dialógico y, a la vez, lo posibilitan. Está claro que por este camino se destaca el papel del lenguaje como instrumento para entenderse y para describir el mundo.

Así pues, al utilizar el diálogo se están aceptando ya unos valores y educando en ellos. Veracidad, ser justo, tolerante, solidario, honrado, mantener la palabra dada, ser crítico y aceptar la crítica, practicar un respeto activo…, son valores morales que posibilitan el diálogo y, a la vez, se desarrollan en él. Desde luego, descalificar al otro, despreciarlo o humillarlo no es el camino, aunque pueda haber sobrados motivos para ello. ¡Cuánto nos queda por aprender…!

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: DAVID CANTILLO


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