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3 de julio de 2016

  • 3.7.16
Imagina que, en vez de vivir en la España del siglo XXI, de pronto te encontraras algo más de 500 años atrás, es decir, a finales de la Edad Media. Enorme salto para el que habría que estar muy preparado, pues, como bien sabemos, por entonces no existía ninguna de las muchas tecnologías que actualmente utilizamos y que nos hacen vivir dependientes de las mismas.



La existencia, en aquel tiempo, se reducía a trabajar y, al acabar el penoso trabajo, ir a casa a comer y posteriormente a dormir. También a reproducirse, dado que el sexo o ‘el ignominioso pecado de la carne’, así llamado insistentemente el clero, era el único placer que estaba al alcance de todos, por lo que había que penalizarlo, aunque fuera con los miedos del más allá que tanto atemorizaban a la población.

Esta vida rutinaria se repetiría todos los días, menos los domingos en los que había que ir a la iglesia en la que te recordarían que, tras una vida llena de penurias y pecados, te encontrarías ante el tribunal celestial que, posiblemente, te condenaría a sufrir eternamente las terribles penas del Infierno, porque el maligno estaba siempre presto a que cayeras en cualquiera de las tentaciones que su perversa mente imaginaba.

Allí, en la iglesia, contemplarías las únicas imágenes que habrías visto en tu vida, pues la imprenta, invento que años después ofreció la posibilidad de plasmarlas en hojas y extenderlas a una población iletrada, la creó Johannes Gutenberg en 1452, editando inicialmente, como no podía ser de otro modo, la Biblia que estaba solo al alcance de las clases muy pudientes: realeza, nobleza y alto clero.

Lo más probable es que te encontraras en los dominios de Isabel I de Castilla y de Fernando II de Aragón, es decir, los Reyes Católicos, los mismos que crearon el Tribunal de la Santa Inquisición para mantener la ortodoxia católica en sus reinos. Debemos tener en cuenta que, años después, en 1517, se inició la Reforma protestante propiciada por Martín Lutero y que acabaría extendiéndose por los países del centro y del norte de Europa.

Así pues, en el fondo vivirías aterrorizado no solo por quienes te vigilaban aquí en la Tierra sino también por los dogmas nacidos de la escatología cristiana que recibías desde los púlpitos, es decir, por ese conjunto de creencias de ultratumba que marcaban el devenir del mísero pueblo, en su mayoría analfabeto, que no solo sufría todo tipo de enfermedades y epidemias sin cuento, sino que vivía angustiado pensando que podía acabar en el reinado de Satanás.

Entre las imágenes colgadas en los templos, conventos, capillas y ermitas, se encontraban quienes, sin haber sido condenados definitivamente, tenían que purgar sus faltas antes de alcanzar la gloria celestial, por lo que aparecían ardiendo entre llamas y con las manos unidas suplicantes para ser sacados pronto de ese lugar. Eran pinturas del purgatorio, otro enigmático territorio en el que el fuego inextinguible se convertía en el protagonista de los tormentos de las almas todavía no purificadas del todo.

En estos lugares, el fuego era el elemento omnipresente de esas estampas ejemplarizantes para una población que creía sin ningún tipo de dudas acerca del ciclo de la vida -nacimiento, vida, muerte y juicio- y que se repetía de generación en generación. Así, las llamas se convertían en el castigo ideal para los réprobos, tanto que este medio también sería utilizado como una de las condenas de los reos, aquí en la Tierra, por el Tribunal del Santo Oficio.

De todos modos, algunas mentes suponían que los terrores de la otra vida tenían que ser más diversos, que no podían estar limitados simplemente a las perpetuas llamas, pues el cuerpo quedaría pronto reducido a cenizas, aunque el alma, esa entelequia que no sabemos dónde se encuentra, sufriría por toda la eternidad.

Es de suponer que esas mentes se realizarían preguntas del tipo: “¿Qué formas tendrían los demonios que pelearían por llevarse tu alma al Infierno, o las brujas que organizaban los temidos aquelarres, o los monstruos que habitaban no solo la Tierra sino que se esparcían por los aires o las horribles criaturas de poblaban las mentes de los aldeanos y de las que se hablaba en las noches de tormentas y de terror?”.

Pues bien, todo este mundo de misterio, espanto y horror vino a describirlo pacientemente en sus cuadros el holandés Jeroen van Acken, genial pintor de finales de la baja Edad Media, y que en las tierras hispanas se le acabaría llamando como El Bosco.

Este genio (sí, sí, auténtico genio) había nacido en los Países Bajos en 1450, falleciendo cuando contaba con 66 años, es decir en el año 1516.

Puesto que ahora se cumplen los quinientos años de su fallecimiento, el Museo del Prado ha tenido la feliz idea de organizar una exposición antológica de sus obras, muestra que se prolongará hasta mediados de septiembre y que no cabe perderse, pues no se volverán a contemplar otra vez juntas.

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Y es que nadie mejor que El Bosco para que contemples tu destino de ultratumba, pues su mente prodigiosa y unos magníficos pinceles guiados por sus manos plasmaron en lienzos y cuadros lo que, según la escatología cristiana, te espera como a todo ser humano, una vez que hayas traspasado esa puerta que anuncia que tus días se han terminado y que penetras en las brumas de un paisaje que nunca antes habías conocido.

Porque, como bien sabes, muchas de las religiones conocidas nos dicen que habrá un momento en que este mundo se acabe y todos los que lo habitaron tendrán que rendir cuentas de sus actos en el mismo. Se le conoce como Juicio Final o Juicio Universal, en el que los réprobos serán condenados a padecer eternamente por sus pecados.

¿Te has detenido en algún momento a cavilar cómo sería la imagen de ese apocalíptico Juicio? ¿Te has imaginado allí, solo, entre los millones de seres que esperan el agónico veredicto? ¿Has pensado por un momento en el instante en el que anunciarían la sentencia, tras revisar toda tu vida y de la que no escaparía nada de lo que hiciste?

Pues bien, la fértil imaginación de Jeroen van Acken nos lo dejó plasmado en su lienzo titulado El Juicio Final, del que te muestro la parte inferior para que lo contemples detenidamente y no tengas que viajar a Viena, lugar en el que está colgado de forma permanente. Por cierto, ¿eres capaz de imaginarte que te encuentras entre todo ese submundo de personajes?

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Como bien sabes, dentro la variopinta familia humana que componen los hombres y mujeres que pululan por la Tierra, hay algunos que no han sido bautizados ni conocen el mensaje cristiano, por lo que no se les puede pedir ninguna responsabilidad de sus pecados. De igual modo, los niños o discapacitados mentales no pueden ser juzgados por lo que no irán ni al cielo ni al infierno.

La solución escatológica que encontraron los teólogos medievales consistía en que habría un lugar llamado limbo al que irían las almas de estas criaturas que no tenían ninguna culpa de no saber nada de lo que era el pecado. De ellos se acordó el genio holandés cuando pintó Cristo en el limbo.

En la actualidad, los teólogos sostienen que el limbo en realidad no existe, lo que crea una nueva incógnita acerca del lugar al que irán las criaturas descritas. De todos modos, en el lienzo que el pintor holandés nos ofrecía uno no sabe si era mejor tener un pasaporte directo para el mismísimo infierno o llegar al limbo, pues, como podemos observar las torturas de este lugar en nada tenían que envidiar a las que uno recibiría del propio Satanás, nada más traspasar la puerta de su reino.

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El horror de este lienzo no se amortigua por el hecho de que en el lado izquierdo aparezca la figura de Cristo en una pequeña zona iluminada. Todo lo que le rodea son múltiples escenas del más refinado terror que una mente humana pudiera imaginar. No hay más que observar a esa cabeza-personaje que, con su enorme boca, parece deglutir a todo aquello que se le acerca.

Para que veas del sitio del que te libras ir, puesto que tú no te encuentras entre los futuros aspirantes a habitar el limbo, te muestro un detalle de la parte inferior izquierda del lienzo.

Allí, una especie de carnicero, con cabeza de animal, va despellejando el cuerpo de un reo colgado por los pies cuya cabeza parece ser la aspiración del jabalí que se le acerca. Cabezas, brazos, piernas y troncos cortados rodean la escena, al tiempo que una pareja desnuda es conducida por un soldado para ser las próximas piezas a descuartizar.

La fértil y desbordante mente del Bosco nos legó todo un amplio repertorio de obras, cada una de las cuales contenía múltiples ambientes con valor por sí mismos. De todos modos, todavía no hemos entrado en el infierno, que, como puedes suponer, ni en las pesadillas más angustiosas habrás conocido escenas como las que describió el holandés en sus cuadros.

Pero, con el fin de no alargarnos, esto lo vamos a dejar para la próxima semana. Mientras tanto, ves pensando si eres un buen candidato o una buena candidata para este lugar, puesto que aquí no hay discriminación de géneros.

AURELIANO SÁINZ


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