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31 de julio de 2016

  • 31.7.16
Resulta curioso que el edificio de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Córdoba, lugar en el que imparto la docencia, fuera un proyecto de uno de los grandes arquitectos de este país, aunque la mayoría de quienes trabajan en el mismo, y a los que he preguntado, desconozcan este hecho.



Pero es más llamativo porque a la entrada, tras subir la escalinata y cobijarse en el pórtico que soportan pilares de tipo cilíndrico, hay una placa de mármol en el suelo que indica que fue proyectado por Francisco Javier Sáenz de Oiza. Bien es cierto que la placa se encuentra un tanto desgastada por las pisadas de los estudiantes y de los cientos de personas que tienen que acceder al edificio.

Es hora, pues, de hablar de este gran arquitecto, uno de los más relevantes de nuestro país en el siglo pasado. Comenzaré, como suelo hacer en la temática dedicada a la Arquitectura, dando unos datos biográficos del autor para pasar, posteriormente, a comentar algunas de sus obras más significativas.

Francisco Javier Sáenz de Oiza nació en Cáseda, un pequeño pueblo de Navarra en el año 1918. Sus estudios secundarios los realiza fuera de su tierra, en Sevilla y Madrid, a los que siguieron dos cursos que en ciencias exactas que eran necesarios aprobar para poder entrar en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid.

Fue un brillante estudiante como lo demuestra que, al terminar los estudios en 1946, le fuera otorgado el Premio Aníbal Álvarez por su expediente académico. Al año siguiente le fue concedida una beca por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando con la que pudo viajar a Estados Unidos para profundizar en el conocimiento de la arquitectura que se desarrollaba en este país.

A su regreso, en 1949, se incorpora como profesor del Departamento de Instalaciones de la Escuela de Arquitectura de Madrid, para pasar, tres años después, a ser el responsable del Departamento de Proyectos Arquitectónicos. Alcanzó la cátedra de esta disciplina en 1968, que mantiene hasta el año de su jubilación en 1983.

El caso de Sáenz de Oiza se inscribe en el de los arquitectos que compatibilizan su función docente con el trabajo profesional, por lo que se convierte con el paso del tiempo en maestro de otros grandes arquitectos como son Rafael Moneo o Juan Daniel Fullaondo.



Su primer gran proyecto lo comparte con Luis Laorga, cuando en 1953 trabajan para la construcción de la basílica de Nuestra Señora de Aránzazu de Guipúzcoa. Como toda obra innovadora, siempre genera cierta polémica. Es lo que aconteció con esta basílica en la que se muestra un claro distanciamiento de los elementos de la arquitectura tradicional religiosa, dado que introduce nuevos materiales como el hormigón y el acero, junto al uso de la piedra en fachadas y campanario en forma piramidal o de ‘pico de diamante’.

A pesar de la controversia suscitada, lo cierto es que con esta obra recibió el Premio Nacional de Arquitectura en 1954, contando su autor con tan solo treinta y seis años, edad temprana para la consolidación de un arquitecto. Por otro lado, durante la construcción de la basílica conoció al escultor Jorge de Oteiza, lo que supuso el inicio de una fecunda amistad.



Pero si hay una obra por la que es conocido Sáenz de Oiza habría que citar al edificio Torres Blancas de Madrid, que se construyó entre 1962 y 1967. Un auténtico desafío en medio de la España franquista tan poco preparada para innovaciones arquitectónicas. Se trata de un edificio de 21 pisos y de 71 metros de altura realizado con hormigón armado visto.

En esta obra, que se inscribe en la corriente organicista, se pretendía plasmar el concepto de ciudad jardín en vertical a partir de las formas circulares que se mantienen en toda su altura. Sobre la misma, el propio Sáenz de Oiza decía que la concebía como “un árbol que parte desde el suelo”. En ella colaboraron sus ayudantes Rafael Moneo y Juan Daniel Fullaondo, dos de los grandes renovadores de la arquitectura española.





Gran parte de sus proyectos se desarrolló en la construcción de viviendas sociales en distintas zonas de Madrid, como fueron Fuencarral, Entrevías, Calero y Batán. Este tipo de trabajo le proporcionó un alto reconocimiento social, más allá de la fama proporcionada por Torres Blancas.

Dentro de este tipo de proyecto, cabe destacar el conjunto de viviendas próximo a la vía de circunvalación M-30, que por sus características formales recibió el nombre de El Ruedo. Construido entre 1986 y 1989, se encuentra en el distrito de Moratalaz frente al parque de Roma.

Cuando Sáenz de Oiza recibe el encargo, lo primero que se plantea es reducir al mínimo el impacto visual y acústico de la M-30, por lo que opta por planificar el conjunto de viviendas de forma helicoidal, de modo que la gran fachada curvada de ladrillos rojos que mira hacia la vía de circunvalación tenga el mínimo de superficie de ventanas hacia ella. En sentido contrario, las fachadas, con una gran variedad de diseños, lo hacen hacia dentro.





Se tiende a pensar que a un gran arquitecto todo le sale bien y que sus obras son bien acogidas por el público. La verdad, es que bastantes de ellas, en sus inicios, suelen generar controversias y será el tiempo el que determine si finalmente ha sido aceptadas por la mayoría.

Es lo que le aconteció a Sáenz de Oiza con su proyecto destinado a ser el Palacio de Festivales de Cantabria. El edificio se inauguró en Santander en 1990, no exento de polémica, por el eclecticismo que aparece en la obra, en que se mezclan estilos muy contrapuestos. Así, en la entrada, se inspira en los teatros griegos como el de Epidauro, lo que conlleva que ese deseo de síntesis entre el clasicismo y la vanguardia arquitectónica no termine de funcionar estéticamente.

Por otro lado, no tuvo en cuenta que se proyectó en los terrenos de un antiguo astillero, en los límites de la bahía de la capital de Cantabria, lo que provocó con el tiempo el cambio de tonalidades en la fachada por efecto del mar. Un error importante que debió considerar a la hora de planificar con qué tipo de materiales se iba a recubrir el exterior del edificio.



En Andalucía, todos recordamos el año 1992 como el de la Exposición Universal de Sevilla, que fue conocida como Expo’92. En la denominada como la Corta de la Cartuja, se construyeron numerosos pabellones con el fin de albergar la representación de los países participantes en la misma.

Para la misma, Sáenz de Oiza proyectó un edificio que, en la actualidad, recibe la denominación de Torre Triana. La intención del autor fue la de crear un edificio de tipo cilíndrico, basándose en la imagen del Castillo de Sant’Angelo de Roma. A pesar de su forma circular, la estructura interna es completamente rectangular, de modo que en ninguno de los despachos o dependencias aparecen paredes curvadas.

Las obras comenzaron en 1990, y aunque durante la Exposición estuvo acabado exteriormente, no se abrió para su funcionamiento hasta el año 1993, de modo que hoy es lugar en el que se encuentran ubicadas varias de las consejerías de la Junta de Andalucía.



Quisiera cerrar este breve recorrido por uno de los grandes (y polémicos) arquitectos españoles de la segunda mitad del siglo veinte con el edificio que en la actualidad alberga a la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Córdoba.

Inicialmente, estuvo destinado a los estudios de las titulaciones de Ciencias, pero con la construcción del Campus de Rabanales, esas titulaciones acabaron impartiéndose en el nuevo campus, por lo que a mediados de la década de los noventa se adecuó para que fuera el centro de los estudios de Magisterio y de Psicopedagogía.

Personalmente, tengo que reconocer que a Francisco Javier Sáenz de Oiza le faltó un criterio que unificara los proyectos que realizaría a lo largo de su vida, o, lo que es lo mismo, tener un estilo personal de modo que el público los identificara como suyos. De todos modos, en un total ejercicio de sinceridad, el 19 de julio de 2000, en el diario El Mundo y con motivo de su fallecimiento, se llevaba a cabo una semblanza de Sáenz de Oiza en la que se recogían unas palabras de autocrítica hacia su trabajo.

En ellas decía: “A estas alturas de mi vida lo tengo más claro que nunca: he fracasado como arquitecto, soy un mal profesional. La arquitectura tiene que ver más con el arte y la poesía que con la técnica, y, desde luego, a mí no se me puede considerar un artista. La técnica es algo que se domina con esfuerzo y tesón, y eso no tiene demasiado mérito”.

Para cerrar esta breve semblanza, hemos de reconocer que pocos personajes renombrados han sido capaces de hacer una autocrítica tan dura con su trabajo como la que Sáenz de Oiza realizó de sí mismo.

AURELIANO SÁINZ


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