:::: MENU ::::

5 de julio de 2015

  • 5.7.15
Si ver las obras de Beksinski es contemplar el horror, leer a Cioran es asomarse y caer al abismo. A un abismo en el que no se detecta el fondo, pues a medida que uno se desploma comprueba que el punto en el que se va estrellar se aleja aún más. Pánico y sentimiento de angustia provocados por una existencia absurda en la que no se encuentra ninguna razón firme para vivir en un mundo carente de sentido. Es lo que nos transmitió Emil Cioran (1911-1995) en sus escritos a lo largo de su dilatada existencia y, a pesar de que hace ya veinte años que nos dejó, todavía suenan los ecos de los escritos y aforismos del pensador rumano afincado en Francia.



Más aún en los gélidos tiempos presentes; tiempos que nos alejan brutalmente del razonable optimismo con el que nos gustaría convivir, pues la estupidez y el cinismo más descarado asoman diariamente a través de los medios de comunicación, como si estuviéramos condenados a contemplar personajes y estampas absurdas y surrealistas que podrían estar firmadas por Dalí o el propio Beksinski.

Bien es cierto que este sentimiento de vacío nihilista se ha dado a lo largo de la historia, puesto que ha existido un número significativo de pensadores que han considerado a la propia vida como una verdadera tragedia, como un sufrimiento sin motivos que lo justifiquen.

Podríamos remontarnos a la Grecia clásica y citar a la escuela cínica, a la que pertenecía Diógenes de Sinope, apodado El Cínico, y desde ella hacer un extenso recorrido hasta nuestros días.

No es necesario hacerlo, puesto que si hay un personaje en el que el pesimismo encuentra su cima, sin lugar a dudas ese es Emil Cioran. Brillante autor de aforismos y textos fragmentarios al que conviene acudir de vez en cuando para cuestionar el falso optimismo que ciertos medios de comunicación de masas, múltiples predicadores y bastantes políticos quieren vendernos como consuelo de tanta iniquidad.

Por mi parte, quisiera apuntar que siendo estudiante llegó a mis manos un libro de Cioran titulado La caída en el tiempo. Quedé sorprendido, ya que, a la vez que leía a un magnífico escritor, entendí que su pensamiento ahondaba en el desencanto hacia el mundo y la sociedad que destilaban las obras de Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche.

Con el paso de los años, y a pesar de mi cierto optimismo, han ido viniendo a mis manos la mayor parte de sus libros publicados en nuestro país.

Puesto que considero que no tiene sentido realizar comentarios de aforismos y frases muy breves, me limitaré a entresacar algunos de los mismos, indicando a qué libro suyo pertenecen, al tiempo que los alternaré con cuadros de Beksinski, para hacer pausas entre esas citas.



Iniciamos el recorrido por cinco breves aforismos que aparecen en su libro Desgarradura, que vio la luz en nuestro país en 1983:

“Existir es un plagio”.

“En cuanto sale uno a la calle y ve a la gente, exterminación es la primera palabra que acude a la mente”.

“Todos esos transeúntes hacen pensar en gorilas pusilánimes y fatigados hartos de imitar al hombre”.

“En las familias desquiciadas surge siempre un vástago que se consagra a la verdad y se pierde buscándola”.

“No existe nadie cuya muerte, en un momento u otro, no haya deseado”.



Un año después de Desgarradura, en 1984, la editorial Taurus publica El aciago demiurgo, obra de la que extraigo otros cinco aforismos:

“Nadie podrá quitarme del espíritu que este mundo es el fruto de un dios tenebroso cuya sombra prolongo, y que me corresponde agotar las consecuencias de la maldición suspendida sobre él y su obra”.

“Aquel que no muere joven habrá de arrepentirse tarde o temprano”.

“Mi memoria amontona horizontes hundidos”.

“Primer deber al levantarse: avergonzarse de uno mismo”.

“Concebir un pensamiento, un solo y único pensamiento pero que hiciese pedazos el universo”.



Los títulos de los libros de Cioran ya nos predicen el desencanto del autor con la vida. Uno de ellos es Del inconveniente de haber nacido, frase que es toda una declaración del rechazo a la existencia humana, dado que la considera sin ningún sentido.

“Habiendo vivido siempre con el temor de que me sorprenda lo peor, he tratado, en todas las circunstancias, de adelantarme lanzándome a la desgracia mucho antes de que sucediera”.

“No he encontrado ningún espíritu interesante que no esté ampliamente dotado de deficiencias inconfesables”.

“Si la muerte es tan horrible como se pretende, ¿cómo es posible que al cabo de cierto tiempo estimemos feliz a quienquiera que, amigo o enemigo, haya dejado de vivir?”.

“Cuando pienso en tantos amigos que ya no existen, siento lástima por ellos. Sin embargo, no resultan tan dignos de compasión, pues han resuelto todos sus problemas, empezando por el de la muerte”.



Otro de sus libros, Silogismos de la amargura, se edita en nuestro país a mediados de los ochenta, en 1986. Del mismo, entresaco cinco de los silogismos que aparecen en la obra:

“Quien no haya visto un burdel a las cinco de la mañana no puede imaginar hacia qué hastíos se encamina nuestro planeta”.

“Don Quijote representa la juventud de una civilización: él se inventaba acontecimientos; nosotros no sabemos cómo escapar a los que nos acosan”.

“Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado”.

“Nuestro rencor proviene del hecho de haber quedado por debajo de nuestras posibilidades sin haber podido alcanzarnos a nosotros mismos. Y eso nunca se lo perdonaremos a los demás”.

“Si creyera en Dios mi fatuidad no tendría límites: me pasearía desnudo por las calles…”.



De Breviario de la podredumbre entresaco tres citas:

“¿Quién no está imbuido de que todo es vano?”.

“El que ama indebidamente a un dios obliga a los otros a amarlo, en espera de exterminarlos si rehúsan”.

“¿Qué pecado has cometido para nacer, qué crimen para existir? Tu dolor, como tu destino, carece de motivo”.



Para cerrar este breve recorrido por Emil Cioran, con las ilustraciones de Besinski, extraigo tres párrafos de La caída en el tiempo:

“El deseo secreto del enfermo es que todo el mundo esté enfermo, y el del agonizante, que todos agonicemos. Lo que en nuestros dolores deseamos es que los demás sean tan desgraciados como nosotros: no más, solo igual”.

“La naturaleza se ha mostrado generosa solo con aquellos a quienes ha otorgado el privilegio de no pensar en la muerte. Los otros están a merced del más antiguo y corrosivo de los miedos sin que la naturaleza les haya ofrecido, o al menos sugerido, los medios para curarse de él”.

“La voluntad de retornar a la materia constituye en fondo del deseo de morir”.



Para entender el profundo pesimismo de Emil Cioran hay que saber que fue hijo de Emiliano Cioran, un sacerdote de la Iglesia ortodoxa. Hasta los 11 años moraba feliz en las montañas de su tierra natal, hasta que su padre le saca de ese dichoso paraíso infantil en el que vivía para que estudiara en el seminario con el fin de que siguiera sus pasos.

Ese fue el principio del fin de su vida anímica. Esto quedaba expresado en una entrevista que le leí hace años en la que manifestaba que, siendo adolescente y ante el desastre en el que se encontraba, su madre presa de ira le dijo que “de haber sabido en lo que se había convertido lo mejor hubiera sido abortarlo cuando quedó embarazada”.

Se entiende que semejante brutalidad fuera algo así como una puñalada que le clavaba su propia madre en el corazón. A partir de esto, uno puede comprender el total desencanto con la vida de ese gran escritor de textos fragmentarios que fue Emil Cioran.

AURELIANO SÁINZ


DEPORTES - MONTILLA DIGITAL



FIRMAS

Montilla Digital te escucha Escríbenos