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7 de junio de 2015

  • 7.6.15
Habitualmente se ha entendido el Arte como el modo que buscar y crear belleza a partir de la imaginación y la destreza de los artistas, es decir, de aquellos que se han especializado en este campo de la creatividad humana. Sin embargo, esta idea tan extendida en la gente a menudo se ha cuestionado, de modo que a lo largo de la historia nos hemos encontrado con obras inquietantes y que, en absoluto, buscaban la complacencia del espectador; todo lo contrario, el objetivo de sus creadores era indagar en los terrores y miedos más profundos que anidan en los seres humanos.



La pintura ha sido uno de los medios a través del cual diferentes autores han mostrado las imágenes más inquietantes que han servido para anunciar, denunciar o simplemente describir que por debajo de la supuesta vida plácida y tranquila que nos muestran algunos hay un mundo de destrucción, crueldad, horror y muerte.

Relacionada con lo expuesto se encuentra esta nueva serie que inicio y que podría comenzar con un pintor y una obra mundialmente conocidos: Edvard Munch y su célebre lienzo “El grito”; pero me parece más oportuno abrirla con un autor prácticamente desconocido en nuestro país, si exceptuamos para un reducido grupo de especialistas y aficionados a este género.

Me refiero al polaco Zdzislaw Beksinski, que para mí es uno de los autores más inquietantes con el que nos podríamos cruzar, especialmente tras conocer sus obras. Pero, como veremos, no solo el horror aparece a lo largo de sus trabajos, sino que el último tramo de vida se cierra como si fuera el capítulo más estremecedor de una novela negra.

Puesto que en más de una ocasión este artista había manifestado que él no sabía explicar el sentido último de aquello que plasmaba con sus pinceles, he seleccionado nueve de sus lienzos, numerándolos y sin hacer referencia a ningún título, puesto que no lo tienen.



De entrada, quisiera apuntar que no tengo noticias de que se haya publicado ningún libro acerca de Beksinski en español, por lo que hay que acudir a las ediciones que se han hecho en inglés para conocer su producción y su biografía con cierto rigor.

Así pues, en este breve recorrido, entrecruzaremos algunas de sus obras con algunos datos biográficos.

Zdzislaw Beksinski había nacido en 1929 en Sanok, un pueblo al sur de Polonia. Desde muy pequeño siente inclinación por el dibujo y la escultura, lo que suponen una base para sus futuros estudios de arquitectura que lleva a cabo en una de las ciudades más importantes de su país: Cracovia.



A los 26 años acaba los estudios de arquitectura y vuelve a su pueblo natal. De todos modos, su pasión se inclina por el dibujo y la pintura, ya que no se ve trabajando como arquitecto, y menos aún después de la experiencia que tuvo con el gremio de la construcción.

Para poder mantenerse, busca sus primeros trabajos como supervisor de obras en edificación, trabajo que acabó siéndole muy desagradable por su carácter más bien retraído, a pesar de que, cara hacia los demás, era un tipo amable y divertido.



En estos tres primeros cuadros que hemos visto se comprueba que en la pintura de Beksinki siempre está presente la idea de la muerte, mostrada en facetas muy distintas: en el primero de ellos, nos enseña un cadáver postrado, rodeado de sangre, al tiempo que del mismo se alza una especie de alargada hoz que se cruza en su punta final con la luna.

El segundo cuadro lo protagonizan un caballo cadavérico, un esqueleto femenino que lo monta y un esquelético bebé asido a la madre. El pelo al viento del caballo y de la figura de mujer nos hace considerar que las aves que revolotean alrededor de ellos los acompañan en un viaje hacia el vacío.

El tercero nos muestra un rostro-calavera masculino de cuyas cuencas oculares vacías salen, a modo de chorros de sangre, unas hebras rojas de lana que se esparcen por el suelo sobre el que se apoyan. En la frente se muestra un rostro femenino, que a su vez contiene una calavera. Hombre y mujer condenados, pues, eternamente a la muerte.



A finales de la década de los cincuenta del siglo pasado, Zdzislaw Beksinski se decide a trabajar en el campo de la fotografía, de los fotomontajes, así como en el de la pintura y la escultura. Las propias fotografías ya mostraban imágenes inquietantes, como si fueran la traslación al campo de la técnica de aquello que comenzaba a plasmar con sus pinceles.

Por entonces, a los asombrados espectadores que contemplaban sus obras, y ante las preguntas de los mismos, les respondía que su obra era una derivación de los estilos gótico y barroco, pero que no tenía una denominación específica para sus cuadros.



Desconozco si Hans Rudolf Giger (autor suizo del hablaré en otra ocasión) llegó a conocer a fondo la obra de Beksinski, ya que fue algo más joven que el artista polaco, al tiempo que este otro artífice del horror bien podría haber partido en sus trabajos de las obras cuarta y quinta que hemos visto.

Lo cierto es que la precisión y el dominio pictóricos de ambos fueron constantes en todos sus trabajos. De este modo, al personaje cadavérico de la obra precedente le rodea una gorguera como si estuviera tallada con minuciosidad en piedra ósea.

De igual modo, los dos grotescos y deformes personajes desnudos que, frente a frente, se encuentran en una mesa, recuerdan a dos mantis religiosas compartiendo pan y bebida. ¿Es una mofa del escudo imperial que se muestra en la pared?



Al igual que en Giger, dentro de los dibujos y pinturas de Beksinski encontramos muestras de erotismo, pero es un sexo ligado a la muerte. Pareciera que para ellos sexo y exterminio fueran sinónimos. No es el placer lo que incita a sus personajes a fundirse carnalmente, sino que esa atracción fuera un viaje compartido hacia la aniquilación.

Así, los dos personajes anteriores, que aparecen de modo simétrico, sugieren una felación, al tiempo que construyen una especie de monstruoso insecto que alude a la mantis religiosa, que tras el apareamiento, y en algunas ocasiones, la hembra se come al macho. Sexo y muerte simbolizados en esta composición.



La década de los sesenta fue decisiva en la orientación del artista polaco, ya que se decantó plenamente hacia una singular forma de surrealismo. En Varsovia, durante 1964, se llevó a cabo una exposición antológica con enorme éxito, ya que todas sus obras fueron vendidas. El éxito es tal que, a partir de entonces, se convierte en la figura más relevante del arte contemporáneo de su país.

En los años posteriores, se embarca en lo que él mismo llama “período fantástico”, en el que se muestran escenas enormemente perturbadoras: paisajes llenos de cadáveres putrefactos, figuras deformes que recuerdan insectos, desiertos en los que habitan personajes esqueléticos y, como telón de fondo, siempre la muerte presente.



Pareciera que el horror que mostraba en sus pinturas y dibujos era una premonición de la tragedia que asomaría en el tramo final de su vida.

En 1998 muere su inseparable esposa Zofia. Por entonces, él tenía 69 años y había perdido a la persona que le había acompañado a lo largo de su vida.

Pero el drama no había hecho más que empezar, puesto que un año más tarde, en 1999, su hijo Tomasz, muy conocido como locutor de radio y periodista musical en Polonia, se suicida. Sería el propio Beksinski el que descubre el cuerpo de su hijo, lo que aumenta el calvario que tendría que sufrir.



Pero el horror no acabaría con el suicidio de su hijo. A Beksinski le habría de esperar un final digno de una auténtica tragedia griega: el 21 de febrero de 2005, a la edad de 77 años, fue hallado muerto en su apartamento en Varsovia con 17 puñaladas en su cuerpo.

La policía dio rápidamente con los culpables. Dos adolescentes fueron los autores del brutal crimen. Uno de ellos era el hijo del conserje del edificio en el que vivía; el otro, un amigo que le acompañaba en la acción. La razón del crimen: Beksinski se había negado a prestarle a Robert, como así se llamaba el hijo del conserje, una cantidad equivalente a unos cien euros.

El artista plástico más famoso de Polonia, obsesionado con el horror de la vida, muere asesinado por la razón más trivial que pudiera encontrarse: unos adolescentes se ensañan con él de manera despiadada porque no les había prestado una pequeña cantidad. Zdzislaw Beksinski nunca llegó a imaginar que la muerte se podría albergar en la mente de unos estúpidos adolescentes.

AURELIANO SÁINZ


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