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30 de marzo de 2014

  • 30.3.14
Estimada señora: Con esta última entrega cierro las cartas que le he enviado a través de este diario digital. La verdad que es un alivio trazar la despedida tras la lectura de sus dos libros, que ya parecen olvidados en el tiempo a pesar de que no hace mucho se publicaron en este país.

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Y es que lo que usted escribe en ambos, sinceramente, tiene el aroma de la naftalina y del alcanfor, productos cuyos usos cotidianos en forma de bolitas se utilizan para proteger la ropa guardada en armarios o baúles contra las amenazadoras polillas. Así es como me sentía leyéndolos: me encontraba con absurdas reivindicaciones de la mujer sumisa y del hombre prepotente y machista que para algunos nos resultan odiosas e intragables.

De todos modos, si he insistido en escribirle en varias ocasiones se debe a que en este país tenemos singulares personajes que ocupan relevantes cargos en diferentes ministerios que, nada más verlos por la televisión, nos recuerdan a esos rancios olores de los productos químicos que le he comentado.

¿Le suenan los nombres de Alberto Ruiz-Gallardón, Jorge Fernández Díaz o Fátima Báñez, por ejemplo? Pues dado que son de su cuerda, yo creo que estarían encantados de conocerla; pero, para desgracia nuestra, no sabemos cómo quitárnoslos de encima. Parecen sacados de una película de terror o de alguna de aquellos espantosos años de la dictadura franquista, época que parece alargarse a través de los que desean que vivamos según sus dogmas y absurdos prejuicios.

En fin, soplan tiempos reaccionarios, tiempos de repliegues y vuelta atrás, resultado de un vendaval que ha llegado con la crisis económica y al que se han subido con alegría indisimulada los que se benefician del paro, de la pobreza, de la exclusión y de las múltiples discriminaciones que les sirven para afianzarse en sus prebendas.

Pero vayamos a su segundo libro, ese que se titula Cásate y da la vida por ella, con el fin de dar por terminada su fatigosa lectura. Veamos, por tanto, alguna de sus maravillosas perlas que extraigo del mismo.

Dice usted en la página 81: “Los hombres han abandonado la consigna de la autoridad para adoptar el cuidado del otro, la de la disponibilidad en casa, la del servicio. Sin embargo, así se han alterado los equilibrios de la pareja y de la familia”.

Parece, señora Miriano, que la estabilidad de la pareja se basa en la sumisión de uno con respecto al otro, o mejor dicho, de la mujer con respecto al hombre; no es posible ser compañeros, compartir la vida, repartirse el trabajo de la casa, tener fines comunes, saber complementarse… Su idea es que en la vida hay un patrón y un asalariado; un jefe y un empleado; un “cabeza de familia” y una mujer sumisa que está a su servicio.

La idea de igualdad de derechos de los seres humanos, también la del hombre y la mujer, ya defendida en 1789 como uno de los ideales de la Revolución Francesa, para usted y los de su cuerda es el mayor de los males que aqueja a la sociedad y, en consecuencia, a la familia. No deja de repetirlo a lo largo de su libro.

“Al parecer, este escollo, más que el de la traición, ha hecho naufragar a muchísimos matrimonios: ahora todas las obligaciones han de ser compartidas, así lo quiere la ideología dominante” (pág. 85).

“Una opción –la del papá niñero- que, según creo, las mujeres de las generaciones precedentes jamás tomaron en consideración y que, sin embargo, hoy es la dominante” (pág. 89).

A lo largo de sus dos libros ridiculiza siempre la idea de igualdad, que para usted forma parte de la “ideología dominante” de hoy. Pero, por suerte, no debe temer miedo, ya que como bien apunta, “nuestra casa no es una democracia” (pág. 153) o “tengo que insertar aquí un agradecimiento a mi marido que impide que en nuestra casa entre en vigor la democracia” (pág. 165). Insiste en que en su casa manda su marido, al tiempo que usted y sus hijos obedecen a rajatabla lo que ordena, por lo que no se contaminará de esas ideas que parecen ser la destrucción del matrimonio y de la familia.

Si resulta desagradable escucharla en las ridiculizaciones que hace de aquellos hombres que cuidan de sus hijos y comparten las responsabilidades familiares, lo que ya me parece irritante es el clasismo y el racismo que destila como buena burguesa que es. Le aseguro que hacía tiempo que no leía expresiones como las que utiliza para denigrar a los inmigrantes. Extraigo un párrafo como ilustración:

“En muchísimos casos es posible encontrar algunos euros que eliminar, puede que de las vacaciones, de alguna que otra cena fuera, o incluso ahorrar… yo tengo un coche que se encuentra en estado lastimoso, tarde o temprano algún limpia me hará una oferta en un semáforo” (pág. 89).

Mire, señora Miriano, al que despectivamente llama como “limpia” suele ser un joven negro que se ha jugado la vida por llegar a alguno de nuestros países y lo que finalmente encuentra en el “paraíso europeo” es vender pañuelos de papel o ambientadores de coches, pasándose todos los días pegado a un semáforo para recoger algunos euros, si lo logra.

Usted, como nuestro muy piadoso Ministro de Interior que coloca cuchillas en las fronteras, no ve a seres humanos que huyen de la pobreza y de las guerras, sino a delincuentes e indigentes que vienen a quitarnos nuestro bienestar y que, como dice la ultraderechista francesa Marine Le Pen, no saben que aquí no hay sitio para ellos. Vamos que hay que echarlos lo más pronto posible si logran traspasar las fronteras.

Pero volvamos a su ideal masculino: “Los hombres que yo conozco, dejados solos, serían como animales, por tal de no planchar usarían sábanas de papel como en los hospitales y vivirían a un milímetro del embrutecimiento” (p. 82).

Cierto para los de su clase. Pero es que usted, por lo que he leído en su libro, pertenece a una familia muy acomodada, carente de problemas económicos y que siempre tiene a su disposición alguien que les haga esos trabajos tan enojosos para gente tan refinada como es la suya.

Por cierto, ¿sabe que en España, y me imagino que también en Italia, hay un elevadísimo índice de paro juvenil? ¿Sabe usted lo que no es tener trabajo y buscarse la vida con salarios ínfimos? ¿No será que ese “supermán” que defiende como ideal masculino pertenece a la burguesía acomodada que desprecia a “los limpia”, como llama a los inmigrantes negros que han llegado a nuestros países?

Como se haría muy extensa la carta a escribir ante la cantidad de ideas reaccionarias que predica, quisiera cerrar con una gran perla, en la que se expone su idea de la sexualidad masculina, porque de la femenina no dice ni una sola palabra a lo largo de sus dos libros, puesto que “toda mujer lleva una madre dentro”, es decir, que la mujer lo que desea es ser madre, nada más.

“La sexualidad masculina, me ha explicado un sacerdote –un hombre que conoce a sus semejantes mejor que ningún otro- es la más desconocida” (pág. 191).

En fin, señora Miriano, qué quiere que le diga acerca de sus consultas sobre la sexualidad masculina. Me temo que se ha extraviado en el camino. Puesto que las charlas con su marido son nulas, ¿no sería más interesante que hablara con sus amigas? Por otro lado, ¿después de haber tenido cuatro hijos no se ha enterado de nada?

Para cerrar, y como me imagino que ya no tendremos más noticias suyas (eso espero), dado que en esos dos insustanciales libritos, patrocinados por el arzobispo de Granada, nos ha contado todo su perspicaz y profundo pensamiento sobre cómo deben ser la mujer y el hombre ejemplares, me despido de usted y de toda su familia, deseándoles que les vaya bien, pues, como decimos en la piel de toro, lo cortés no quita lo valiente.

AURELIANO SÁINZ


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