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16 de febrero de 2014

  • 16.2.14
Estimada señora: De entrada, en esta nueva carta que le remito, quisiera decirle que después de pensarlo despacio me resulta verdaderamente sorprendente la fama que usted ha adquirido en este país con un par de libros literariamente insustanciales y sin apenas gracia, aunque, eso sí, muy polémicos por su alto nivel de reaccionarismo y con una visión sobre la mujer y el hombre que solamente en la dictadura franquista se podría defender.

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Fíjese bien que en España se editan más de 70.000 libros anuales. De esa gran cantidad de libros, muy pocos autores de los mismos acabarán siendo reconocidos, a pesar de que algunas de esas publicaciones son magníficas obras, bien trabajadas y con un valor literario nada desdeñable. En fin, qué le vamos a hacer, así es la vida; como decimos por aquí, “algunos cardan la lana y otros ganan la fama”.

Como se habrá dado cuenta, ya incluyo su segundo libro, ese que lleva por título Cásate y da la vida por ella, con el enjundioso subtítulo de Hombres de verdad para mujeres sin miedo. Porque no me diga que no es arriesgado hablar de “hombres de verdad” y de “mujeres sin miedo”, aunque, después de haber sido capaz de leer el primero, ya uno se imagina por dónde van los tiros del segundo.

De todos modos, como ya le he manifestado, ambos son verdaderas “joyas” que deseo debatir en clase, pues en alguna de las asignaturas que imparto en la Universidad estudiamos las familias a través del dibujo, por lo que su visión de las mismas también nos sirve para que los jóvenes de hoy en día sepan que hay gente que camina en sentido totalmente opuesto a los planteamientos que ellos tienen.

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En la portada de este segundo libro vemos que también ha visto la luz a través de la editorial que promueve el arzobispo de Granada, que a su vez fue obispo de Córdoba, por lo que aquí ya lo conocemos por su “maravillosa facundia”. ¡Ah!, por cierto, ¿sabe usted que la demanda por la edición de su libro anterior, ese que llevaba el título de Cásate y sé sumisa, ha sido aceptada por la Fiscalía de Granada? En fin, veremos en qué queda este pequeño culebrón.

Sin embargo, le vuelvo a decir que personalmente y tras haberlos leído no encuentro motivos para que sean retirados; me reafirmo en que es mejor que la gente los conozca, reflexione y comprenda que no son ideas que usted, a título personal, manifiesta, sino que responde a la ideología de los grupos integristas que hay en la Iglesia (Opus Dei, Camino Neocatecumenal o kikos, Comunión y Liberación y Legionarios de Cristo).

Le voy a ser sincero: con algunas personas amigas he debatido intentado averiguar en cuál de esos grupos se encuentra y no hemos llegado a un acuerdo. De ahí que, si me lo permite, quisiera hacerle la siguiente pregunta: puesto que habla de “mujeres sin miedo”, ¿sería capaz de decirnos a cuál de ellos pertenece?

Me temo que no lo va a responder, puesto que el secretismo es un pilar básico dentro de estas organizaciones; y, si lo hiciera, lo más probable es que “se fuera por los cerros de Úbeda”, como decimos por estos lares… Pero continuemos.

Tal como le he apuntado, al ser partidario de la lectura de ambos, me acerqué otra vez a la librería donde adquirí el primero y a la misma chica que me atendió la vez anterior, con cierta sonrisa, le pregunto: “¿Tenéis el segundo libro de Costanza Miriano, ese que lleva por título Cásate y da la vida por ella?”.

Puesto que recordaba la conversación que tuvimos no hace mucho, me responde afirmativamente. De nuevo, mira detrás del mostrador y me entrega uno envuelto en papel trasparente. “¿Puedo abrirlo?”, le vuelvo a preguntar. “Sin ningún problema”, me dice, mientras vuelve al ordenador en el que estaba realizando alguna gestión.

Tras echarle un vistazo, y sabiendo que lo adquiriría, me animo a continuar la charla con un par de preguntas más. “¿Cuántos libros habéis vendido del segundo de Costanza Miriano?”. “Este sería el primero, en caso de que se lo lleve”. “Por cierto, y si no te molesta, ¿has leído el anterior?”, la interpelo sabiendo que a fin de cuentas hay ya una pequeña complicidad en este tema. “No, no…”, me responde con cierto nerviosismo. “Pues te aconsejo que lo leas”, le dejo caer, mientras tomo rumbo a la puerta.

Como verá, señora Miriano, le estoy haciendo un poco de publicidad a sus dos libros. Y es que a pesar de las esforzadas y enojosas lecturas de ambos, sigo pensando que es mejor leer y debatir que prohibirlos, porque además esto le haría a usted una “mártir”, lo que sería el colmo de las paradojas.

Bueno, ahora entremos en el que lleva por título Cásate y da la vida por ella. De todos modos, no pasaremos de la Introducción del mismo, puesto que no salía de mi asombro sobre lo que comenzaba a leer, a pesar de que ya estaba un tanto curado de espanto tras la lectura del anterior.

Como le escribo a través de diarios digitales, y para que los lectores vayan conociendo su modelo masculino, voy a seleccionar algunos párrafos indicando la página en la que se encuentran, para que se tenga constancia de que me ciño textualmente a lo que está escrito.

Dice usted: “La crisis de la virilidad –entendida ésta como la disponibilidad del hombre a dar animosamente la vida, a ofrecerse a recibir los golpes necesarios para defender a los que le han sido confiados- me parece que está a la vista de todos, y que no es cosa de hoy” (página 13).

Señora Miriano, a mí de pequeño me gustaban los cuentos del Capitán Trueno y los del Jabato. Eran valientes, generosos, constantemente enfrentados a los peligros… pero uno va creciendo y se da cuenta de que ya no hay “sarracenos” ni viles “centurias romanas” que vengan a despojar a los iberos de sus tierras. Ahora, señora mía, la mujer no es una rubia Sigrid, la pobre escondida en un castillo de Thule esperando pacientemente la llegada de su héroe.

En la actualidad, la lucha por la supervivencia en la vida cotidiana es tan dura para muchas mujeres y hombres que no hay que inventarse “enemigos” que vienen a atacar a la frágil y dulce doncella a la que el viril marido debe defender, incluso con su sangre si fuera preciso.

Más adelante continúa: “El ‘hombre que no rechaza su lado femenino’, sensible como una mujer, parece ser el supremo ornamento de la contemporaneidad”. También: “Las mujeres que se sienten superiores a los hombres, yo diría que son la mayoría: ése es el conformismo más difundido en la actualidad” (p. 13).

Vaya, vaya, ya tenía que salir: si uno no es el macho que impone su ley empieza a ser un ser debilitado, temeroso, con muy poca virilidad, con “un lado femenino” como apunta al inicio del libro. Y, en sentido contrario, ahora las mujeres son unos marimachos que no hacen otra cosa que destruir la virilidad masculina.

Veo, señora Miriano, que le produce una enorme alergia la simple idea de igualdad entre hombres y mujeres. Ese principio de igualdad, por el que tanto se ha luchado, es para usted lo más abominable que nos podía ocurrir.

Continúa más adelante con sus prejuicios: “Y, sin embargo, ese es el tema de nuestra época: la crisis devastadora de las identidades masculina y femenina, la falta de hombres y mujeres de verdad, y, como consecuencia, de matrimonios que funcionen”. Un poco más adelante: “Por tanto, casaos, hombres, y estad dispuestos a morir por ellas” (pp. 13 y 15).

Vaya perra que ha cogido usted con que hay que casarse… Y si uno, o una, no quiere casarse, ¿ya no es un hombre o una mujer de verdad? Y si lo que se desea es formar una pareja y no casarse ¿es que ambos son sucedáneos del hombre y de la mujer? Y si uno desea vivir en una sociedad libre de violencia, y dado que uno no tendría que “dar la vida por ella” como usted pide, ¿sería un cobarde y, horror, “tendría un lado femenino”?

Pero lo que más sorprende es cuando escribe refiriéndose a su marido, que, por lo que veo, no es que sea mudo o parco de palabras, sino que la comunicación entre ustedes no existe o es lo mínimo que se despacha en una pareja. Veamos pues:

“Intento descifrar meticulosamente los monólogos con los que me responde mi marido. Eso me pasa porque soy psicológicamente inestable. Él me ha dicho muchas veces que intenta limitar las comunicaciones a lo estrictamente necesario, sobre todo si está cansado (el otro día, en el coche, un árbol caído invadía la calzada y él se limitó a señalarlo con el dedo, en media hora fue toda su aportación a la conversación). Pero, ahora, ya sé que siente por mí una cierta estima. Solo que no lo dice” (p. 17).

¡Madre mía! ¡“Que siente una cierta estima”! Y yo que creía que la unión de dos personas se tenía que basar en el amor mutuo, en la comunicación, en el diálogo, en el compartir tanto las tareas como los proyectos, en la comprensión, en la lealtad… y en el placer sexual entre ambos. (Curioso: el sexo no aparece a lo largo de sus dos libros, aunque de ello ya hablaremos en otro momento.)

Un poco más abajo del párrafo comentado, nos dice: “Por eso, cuando mi marido me dice, cerrando ruidosamente la puerta del coche: ‘Llegas tarde, como siempre’, me conmuevo. Estoy segura de que lo que quería decirme es: ‘Te echaba mucho de menos, querida’”.

Señora Miriano, ¿está segura de lo que pone en este último párrafo? Sinceramente, o usted es profundamente masoquista o necesita pronto a un especialista, sea un psicólogo o psiquiatra. ¡Desde cuándo recibir a la pareja dando un portazo en el coche y recriminándole que llega tarde y, para colmo, remarcando “como siempre” es una manifestación de cariño! ¿Es este uno de los ejemplos de amor que ven sus hijos?

En fin, como creo que en su segundo libro hay “mucha tela que cortar”, como decimos los españoles, voy precisamente cortando, para no cansar a los lectores y lectoras con tan brillantes consejos como son los que nos aporta para que seamos “hombres de verdad” y que con los mismos quizás podamos reciclarnos. A ver si por fin, según usted, los que defendemos la igualdad recuperamos la virilidad perdida.

AURELIANO SÁINZ



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