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2 de septiembre de 2012

  • 2.9.12
En los últimos trabajos de investigación que he llevado recientemente con los escolares me he tropezado con un tema verdaderamente inquietante: dentro de las pruebas realizadas en distintos colegios acerca del dibujo de la familia he recogido dibujos de niños o niñas que pertenecían a familias en la que algún miembro de las mismas se había suicidado. No era la primera vez que me encontraba con esta situación; pero, en esta ocasión, han sido varios los casos que he visto y analizado.

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Los dibujos de estos chicos, necesariamente, se distinguían claramente de los del resto de sus compañeros de aula. Lógicamente, sus autores estaban profundamente afectados por un hecho traumático, por lo que en la escena trazada expresaban, de un modo u otro, los efectos emocionales de este infortunio.

Sobre este tema se habla poco, puesto que no solamente es una tragedia, sino que los miembros de la familia tendrán que vivir con un recuerdo terrible, ya que a la tristeza que supone el fallecimiento se une el horror de la muerte trágica buscada por el fallecido.

Como consecuencia de ello, la existencia de los pequeños queda marcada por un acontecimiento dramático que rompe de manera brutal su mundo, quedando desvalidos ante una vida y una realidad que no acaban de comprender por qué les han tratado de este modo.

A diferencia de la muerte y su significado, sobre el suicidio se ha escrito poco. No hay muchas investigaciones a las que acudir para conocer con profundidad este hecho, que a fin de cuentas, y a pesar del horror que nos provoca, forma parte de la condición humana.

Dada la importancia del tema, me he parecido conveniente dividir este trabajo en dos partes, de modo que los seguidores de Negro sobre blanco puedan tener, en primer lugar, una reflexión general sobre este fenómeno antes de pasar al estudio de los dibujos, con sus correspondientes significados, que seleccionaré de aquellos niños o niñas que han plasmado su visión del entorno familiar, es decir, de unas familias golpeadas por la tragedia.

Si nos adentramos en el campo de los estudios, quizás la obra más relevante de todas las publicadas sea El suicido (Le suicide. Étude sociologique) del sociólogo francés Émile Durkheim, que vio la luz, originalmente, en 1897. A pesar del tiempo transcurrido, la obra sigue siendo un verdadero referente para todos aquellos que deseen acercarse con cierto rigor a este tema.

Durkheim dividía a los suicidas en tres amplios grupos: egoístas, altruistas y anómicos, manifestando que todos eran víctimas de una afección moral crítica o de una forma de decadencia física y/o mental o de un problema social profundo.

Las razones de las causas del suicidio a la largo de la historia que expone Alberto Hernando (El Viejo Topo, nº 96) son las siguientes: las crisis nacionales, los códigos rígidos de tipo civil o religioso, el escepticismo, la apatía, el desengaño, la vergüenza, la deshonra; el ambiente funesto de determinados entornos (cárceles, ejército), la irritación contra el género humano, el hastío, el apasionamiento irreflexivo (muertes por amores difíciles), el altruismo extremo (por ejemplo, la de los kamikazes japoneses), las inmolaciones heroicas (recordar la resistencia de Numancia), la falta de sentido de la vida, la negativa a soportar una vejez desvalida, etc.

Por otro lado, las formas a las que se acude para acabar con la propia vida son muy diversas, dependiendo de las distintas culturas en las que se viva, del género o de los condicionantes socioculturales.

Las armas de fuego, el ahorcamiento, el arrojo al vacío, el accidente de tráfico provocado… son habituales entre los hombres; mientras que el envenenamiento, la asfixia, el ahogamiento… son modos utilizados preferentemente por las mujeres.

A pesar del horror con el que hoy contemplamos el suicidio, históricamente no siempre ha tenido esta consideración. Así, por ejemplo, en la antigua Grecia, y como parte de las corrientes filosóficas de los estoicos y los hedonistas, tenía un reconocimiento de alto valor moral.

Dentro de segundos, por ejemplo, encontramos al filósofo Hegesias de Cirene que predicaba un hedonismo en el que igualaba la vida a la muerte. Tan sugerentes eran sus prédicas que provocaron un alto número de suicidios entre sus seguidores, por lo que sus enseñanzas fueron prohibidas.

Hay que tener en cuenta que en Atenas se condenaba al suicida enterrándole sin homenajes y cortándosele la mano derecha para sepultarla aparte, en el caso de que no hubiera pedido permiso a la asamblea de la ciudad. De igual modo, en algunas colonias griegas estaba establecido el precepto de solicitar permiso para suicidarse, de modo que los jueces fueran los que lo concedieran y administraran el veneno para tal acto.

Sería dentro del ámbito militar en el que se diera con más frecuencia lo que Durkheim llamaba como "suicidio altruista", en el sentido de que la defensa última del honor conducía a tomar esta salida en aquellos que optaban por quitarse la vida.

Recordemos los casos de Marco Antonio y Cleopatra, Cayo Sempronio Graco, Aníbal, Nerón, Demóstenes… Aunque también en la Antigüedad era frecuente en el ámbito de los filósofos y escritores: Sócrates, Séneca, Marco Anneo Lucano, Marco Poncio Catón, etc.

La exaltación del suicidio la encontramos escrita en los Anales del historiador romano Cornelio Tácito, donde reproduce un fragmento del testamento de Claudio Trasea Paeto, quien abriéndose las venas, en el año 66 d.C., exhortaba a la juventud de este modo: “Esta liberación es un honor de Júpiter el Liberador. ¡Mira joven! Porque tú has nacido (¡que el cielo evite que se cumpla el augurio!) vivimos en una época en la que los ejemplos de fortaleza pueden ser una útil ayuda”.

Si hubiera que indicar alguna actividad que ha sido propensa al suicidio habría que apuntar a los escritores y los intelectuales como un grupo especial de riesgo. La relación de los primeros, y especialmente el de los poetas, es tan larga que me quedaré corto en la exposición de los que han acudido a esta salida de la vida.

Citaré algunos nombres sin un orden preciso: Mariano José de Larra, Leopoldo Lugones, Gabriel Ferrater, Horacio Quiroga, Heinrich von Kleist, Gérard de Nerval, Ernest Hemingway, Jack London, Rainer Maria Rilke, Stefan Zweig, Vladimir Maiakoski, Paul Celan, Primo Levi, Georg Trakl, John Kennedy Toole, Stig Dagerman…

También, aunque menos frecuente, aparecen escritoras que decidieron acabar voluntariamente con su vida: Virginia Woolf, Alfonsina Storni, Sylvia Plath, Anna Kavan, Marina Tsvetáyeva, etc.

De igual modo, también es amplio el número de filósofos y pensadores, que como he indicado, se inicia entre los filósofos de las antiguas Grecia y Roma. Más cerca de nosotros apuntaría los nombres de Walter Benjamin, Nicos Poulantzas, Guy Debord, Bruno Bettelheim o Gilles Deleuze.

Con los nombres anteriores no he querido hacer una especie de lista necrológica de suicidas, sino hacer ver que dentro del ámbito de los escritores e intelectuales ha sido muy frecuente acudir al suicidio como vía de escape a los distintos problemas que les hacía insoportable la vida.

Quizás ellos en sus vidas no se guiaran por preceptos religiosos, puesto que a lo largo de la historia ninguna religión autoriza o aboga por el suicidio, aunque algunas hayan tenido una visión más comprensiva y no tan condenatoria como otras.

Para cerrar este breve recorrido, curiosamente, he de recordar que algunas sectas religiosas han incitado al suicidio colectivo de sus seguidores, como pudimos ver a finales del siglo pasado con los seguidores del Templo del Pueblo, secta liderada por el pastor Jim Jones, y que terminó con el suicidio de 913 de sus seguidores por envenenamiento en Guyana; o la secta apocalíptica de los Davidianos, con la masacre que se produjo en Waco, Texas; o el suicidio masivo los seguidores del Templo del Sol, en el año 1994, en Suiza. Como vemos, también el fanatismo religioso conduce a algunas personas a situaciones de obediencia ciega que puede concluir, incluso, con quitarse la propia vida.

AURELIANO SÁINZ


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