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20 de noviembre de 2011

  • 20.11.11
En el artículo de la semana pasada, centrado en la idea que tienen de Dios los escolares de distintas creencias religiosas, se aportaron algunos comentarios que han dado lugar a que me anime a continuar con un tema que, inevitablemente, provoca controversia por la posturas contrapuestas manifestadas, puesto que en el fondo lo que se afirma acerca de las creencias religiosas afecta de manera especial y profunda al individuo que las sostiene, sea en un sentido u otro.



En principio, tengo que decir que aquella investigación se realizaba en una gran ciudad, Barcelona, en cuyos colegios conviven en las aulas niños y niñas de familias procedentes de distintos países, lo que conlleva a que aparezcan diferentes cosmovisiones o maneras últimas de entender el sentido de la vida.

Y estas, en la actualidad, están marcadas por un sustrato religioso o laico, es decir, que unas están sustentadas en las creencias religiosas que predominan en las sociedades y transmitidas a través de la familia y otras por la convicción de que la razón y el conocimiento que nos aporta la ciencia son la base para comprender el significado del ser humano en el mundo.

Para avanzar en este debate, tomo como punto de partida algunas de las opiniones vertidas por los lectores del artículo. En algunas de ellas se decía: “Hay que alejar la idea de Dios a los niños”; “Dios y la fe es lo contrario de lo que hay que enseñar a los niños: a pensar y a razonar”; “Por supuesto la fe es lo contrario a la razón y al pensamiento”; o “Sería digno de estudio darles a los mismos niños (la propuesta de realización de los mismos dibujos) transcurridos 15 años…”. Otras intervenciones rebatían algunas de las afirmaciones anteriores en el sentido de que “pensar y razonar no están reñidos con la fe”.

Personalmente, creo que uno de los grandes dilemas a los que nos enfrentamos los seres humanos es al antagonismo que se da en nosotros entre la razón y el sentimiento, dos de los grandes motores que nos hacen caminar por la vida. Hay que reconocer que, en ocasiones, la lucha entre ellos es “a muerte”, por decirlo de una manera coloquial.

Y hablando de ese tema tan poco grato, me viene a la memoria una frase del catedrático de Psicología de la Universidad de Málaga, Alfredo Fierro Bardají, escrita en su libro El hecho religioso, en la que decía de una manera contundente: “Sin muerte no habría religión”.

Esta expresión, tan escueta como firme, en el fondo nos sitúa ante el dilema: la razón nos dice que todos los seres vivos mueren, y, claro está, también nosotros; sin embargo, nos resistimos con “todas nuestras fuerzas” a admitir una ley de la que inexorablemente no escapamos. Buscamos todas las explicaciones posibles para convencernos de que la muerte real no tiene razón de ser con nosotros.

Quizá, en el fondo, el instinto de supervivencia, que afecta a todo los seres vivos, nos impulse a no desfallecer ante las adversidades y busquemos alguna forma, aunque sea imaginada, de escapar a este terrible destino.

Y aquí son fundamentales las distintas creencias religiones que dan explicaciones consoladoras en el sentido de confiar de que en el fondo uno se no muere, sino que la muerte personal es un tránsito a otra forma de vida, diferente a la que conocemos. No entraré en la variedad de soluciones que el ser humano en distintas culturas ha afianzado y que, como he indicado, se transmiten fundamentalmente a través de la familia.

Por otro lado, y aunque tenga que simplificar, el pensamiento humanista y laico, que nace en nuestro mundo occidental a partir de las reflexiones de algunos de los más relevantes filósofos de la antigua Grecia, sostiene que la vida humana individual es finita, de modo que, por un lado, el conocimiento y el saber que nos aporta la ciencia hay que asumirlo como comprensión racional del universo en el que nos encontramos viviendo, y, por otro, que los sentimientos deben adecuarse a esta realidad.

Pero esta segunda cosmovisión se puede ir adquiriendo paso a paso a medida que uno va creciendo, se va enfrentando a los problemas existenciales que la vida nos muestra y no se tiene temor de poner en cuestión las ideas y creencias heredadas para encontrar una respuesta sincera y convincente personal a los grandes interrogantes a los que nos enfrentamos. Lógicamente, un niño no se encuentra en las condiciones de afrontar este reto y su mente se adecua a las explicaciones recibidas de los adultos, especialmente de sus padres.

Y ahora surge la pregunta: ¿Por qué en la infancia se asimila sin ninguna dificultad aquellas ideas religiosas, aquellas creencias, que si se les explicaran cuando son adultos difícilmente las admitirían, ya que chocarían abiertamente con la lógica y el pensamiento racional que a estas edades predominan para la comprensión de la vida y del mundo que les rodea?

Creo que una de las grandes razones es porque en los niños se da el pensamiento animista, ya que en ellos la realidad y la fantasía se entremezclan de un modo totalmente natural y espontáneo, por lo que pretender que los niños se guíen exclusivamente por la razón es prácticamente imposible.

Sobre el animismo infantil llevo mucho tiempo investigando a partir de los dibujos de niños y niñas. Pero antes de mostrar algunos de ellos en los que se aprecia claramente el pensamiento animista, voy a dar una explicación de qué se entiende por este fenómeno psicológico.

El término de animismo nace dentro de la antropología, cuando los investigadores de esta disciplina al estudiar las culturas primitivas comprueban que sus miembros no distinguían entre materia y espíritu, creyendo que todas las cosas que rodean al ser humano, al tiempo que dotadas de ciertas cualidades, tenían voluntad o intencionalidad como las personas. De manera sintética, podríamos decir que el animismo es la tendencia a considerar a los objetos del mundo real como seres vivos con pensamientos, deseos e intencionados.

Pues bien, lo mismo que los hombres de culturas primitivas, en el niño se da ese pensamiento animista que le sirve para dar coherencia a sus primeros razonamientos, sus deseos y emociones. En el ámbito gráfico, lo expresa fundamentalmente a través de la representación elementos de la naturaleza, especialmente en el sol, la luna, las nubes, los animales e, incluso, en objetos inanimados como es la casa. He de indicar que las representaciones animistas, que nacen a los 4 o 5 años, perviven hasta los diez u once, dándose casos en que continúan más allá de esas edades.

Dentro de la Psicología evolutiva, fue el psicólogo suizo Jean Piaget el que estudió las concepciones animistas infantiles. Recojo estas palabras suyas en las que expresa de un modo bastante claro las razones de este fenómeno: “El niño no distingue el mundo psíquico del físico; si, aún en los comienzos de su evolución, no observa límites precisos entre su yo y el mundo exterior, hay que esperar que considere como vivos y conscientes un gran número de cuerpos que, para nosotros, son inertes”.

Piaget llegó a plantear el proceso evolutivo del animismo infantil en cuatro etapas: 1ª, para el niño todo lo que existe posee vida aunque sea un objeto inmóvil; 2ª, más tarde, el niño atribuye conciencia a los cuerpos en movimiento; 3ª, en el tercer estadio, se produce una diferencia entre aquellos cuerpos y elementos que tienen movimiento propio de aquellos otros que su movimiento tiene un origen externo; y 4ª, la conciencia queda reservada a los seres humanos y los animales.



Como ejemplos que sirven para ilustrar lo indicado, he seleccionado tres dibujos del amplio archivo que poseo. En el primero de ellos, correspondiente a un niño de 6 años, se aprecia que ha dibujado con ojos nariz y boca el sol, una nube y un árbol. Esto quiere decir que estos tres elementos de la naturaleza “ven”, “piensan” y “sienten” de un modo semejante a las personas que ha trazado.

Cuando los temas vienen referidos a los conflictos y la violencia nos podemos encontrar dibujos con diferentes formas de animismo: con el sol y las nubes tristes y con lágrimas, con el sol recriminando a dos chicas que se están peleando e, incluso, con imágenes tan sorprendentes como el sol disparando con un fusil.



En el segundo dibujo, de una niña de 8 años, se aprecia el ambiente feliz en el que se desenvuelve, pues ha representado a todos miembros de la familia bailando. En consonancia con ello, el sol se presenta alegre, al igual que la casa, cuya fachada se asemeja a un rostro. Y, aunque pueda parecer increíble, tengo algún que otro dibujo en el que la casa está gritando, puesto que una niña le está tirando piedras.

Cierro con un dibujo de un chico de 8 años, en el que domina claramente la imagen de un sol que se está divirtiendo al contemplar la escena que acontece debajo de él en la Tierra. Para que se pueda comprobar el sentido de humor del autor habría que pinchar sobre el propio dibujo para ver lo que están diciendo cada uno de los personajes.



Posdata: Quizás los comentaristas del anterior artículo piensen que me he ido “por los cerros de Úbeda” y que no he respondido a las afirmaciones que en esos comentarios se hacían; lo cierto es que corresponde a los padres la responsabilidad última de la educación de sus hijos, pero también un día deberían dialogar con ellos y aceptar las críticas que pudieran hacerles si la educación que les transmitieron no fue la correcta. Pero esto último es bastante inusual.
AURELIANO SÁINZ


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