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Mostrando entradas con la etiqueta La Adarga [Juan Eladio Palmis]. Mostrar todas las entradas
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8 de febrero de 2017

  • 8.2.17
Se sabe que la condición humana, a la hora del egoísmo, puede aventajar a cualquier fiera, y prefiere que lo logrado por él del modo que sea, antes entre en descomposición y se pudra que repartirlo con otro. Y con toda seguridad, el individuo que realiza tal acto de desconsideración hacia los demás, en segundos dispondrá de más de meda docena de frases hechas que justifiquen, o intenten justificar, tal abominable hecho egoísta, que logran su propósito de que el hombre duerma a pierna suelta, alabando su insolidaria forma de proceder, por otro lado universalmente adoptada.



Cabe, perfectamente, la posibilidad de que no se haya dado ningún caso de que fruto de una arenga política, fruto de un mitin o programa de televisión, una persona haya cambiado su intención de voto, porque, entre otras muchas consideraciones, los llamados "indecisos" no existen, salvo que sea gente que haya perdido el regimiento, y, por consiguiente, no deberían contar como votantes en ningún censo ni expectativa.

Existen en España tan solo dos clases o tipologías de votantes: los incondicionales, que votarán, llueve o truene, lo que entiende son sus intereses; y los que suelen llamar "votantes indecisos" que, en la más pura realidad, son votantes “contra algo”, que lo tienen con rabia asumido.

Pero las llamadas "campañas políticas de concienciación" son la excusa miserable para que las hordas políticas tengan enfrente otro punto donde esquilmar dinero público, a sabiendas de que solo le puede producir rentabilidad a la empresa propagandística, siempre en poder de un amigo de los amichis, próximo al capi de todos los capis.

Este preámbulo de corte de arenga habitual, como otros muchos, está claro que no va a servir para nada. Pero sin ánimo de hacer proselitismo alguno, por lo menos la gente debe saber, si quiere saber, que entre los grandes motivos por los cuales unas empresas que fueron de todos nosotros, y siguen siendo, como son las eléctricas, son el confortable reducto en primer lugar para la propiedad accionarial de nuestros viejos políticos, tanto activos como metidos en esa reserva en la que medran ellos y sus leyes hechas a medida como sus trajes, viviendas y yates.

En segundo lugar, las empresas eléctricas, nuestras robadas a todos nosotros empresas eléctricas vía PP, PSOE, ambos de la mano, sonrientes y felices, son un lugar en extremo cómodo, sin necesidad de trabuco ni manta ni jaca trotona bandolera de trincar unos robos mensuales de los que otorgan categoría de gran ladrón intocable.

Y el gran ladrón intocable es una especie descarada y aplaudida que ha emergido poderosa en España, con la sorpresa hasta para él mismo de que con unas migajas que reparta de lo robado, lo suyo es un triunfo social seguro.

Y lo tercero es porque los españoles, hasta que no evolucionemos dentro de nosotros mismos hasta el posicionamiento a decir basta ya, sin arengas ni gaitas gallegas, el asunto del recibo de la luz seguirá igual; y el robo energético se disparará precisamente en las mismas fechas, porque el alumbrado público del Solsticio de Invierno, ese fin de año de felicidad y buenas intenciones junto al estúpido despilfarro de poner las ciudades como pavesas, es uno de los muchos robos que le luce más a nuestros políticos dueños de las eléctricas, que cuando lanzan el mensaje del miedo de que socializar la energía es comunismo, y el comunismo ya sabemos todos que es pernicioso porque es ateo; y todo lo ateo, venga de donde venga, es muy malo.

Solo con el proceso de la llamada "privatización" de la empresa Telefónica de España o el otro proceso de la llamada "privatización" de las empresas vendedoras y generadoras de energía eléctrica, sin entrar en otros democráticos procesos de robo a todo un conjunto nacional en la más completa paz de acción sin consecuencia penales, ya de por sí, con un simple análisis de su procedimiento, camino seguido, y estado actual, si el español, como otros pueblos, hubiésemos evolucionado desde nuestro interior hacia afuera de nuestro sentimiento, y no estuviéramos incididos por mítines que nos aconsejan lo bueno y lo malo, y lo único que logran, que no es poco, es generar apatía y pasotismo social, con cualquiera de los dos procesos y estado actual, hay materia suficiente para que tuviéramos que importar grandes partidas de cáñamo del extranjero para poder confeccionar el número de sogas necesaria para darle “guinda” a nuestros padres patrios y amigos de los amichis.

De nuestro interior hacia fuera en nuestro comportamiento solo hemos generalizado una evolución de desconfianza hacia los políticos españoles, basada la tal desconfianza en hechos reales, unos contados en los medios y otros vistos en lo bien que suelen administrar los sueldos en las casas de nuestros queridos políticos próximos en la distancia.

Y la citada desconfianza es la que nos conduce a pensar por una asociación muy directa y certera de ideas que muchos presidentes de partidos políticos españoles en la más pura realidad son presidentes camuflados, dueños mayoritarios de los consejos de administración de empresas que hace unos años eran públicas, de todos nosotros.

En esta España de barco vacío incondicional o barco lleno, también incondicional, que se puede pasar en un pis pas de ir en procesión detrás de los curas rezando, a ir corriendo detrás de ellos para arreglar cuentas pendientes, no hemos evolucionado internamente lo suficiente para que la espera de ese padre patrio que abra metafóricamente la ventana y nos diga que podemos coger otra vez lo que es nuestro, nunca va a llegar por la vía del pasotismo y tendremos que ser nosotros, por tanto, los que con nuestra cabal exigencia volvamos a poner nuestro letrero de dueño en algo que hoy, todavía lo es, aunque la titularidad de las acciones de las eléctricas o la telefónica, las dos empresas que hemos puesto en cuestión, más otras que no hemos mencionado pero las hay por cientos, digan que pertenecen a alguno de esos fieles servidores al servicio de los españoles que más recelo de desconfianza nos provocan: nuestros amados políticos.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

1 de febrero de 2017

  • 1.2.17
Lo bonito que tenemos ahora en España es que no necesitamos que vengan de fuera para que gracias a la sabia sabiduría política que nos gobierna, y lo publicitan a todo color en sus domesticados medios de difusión, podemos decir que somos en aptitudes muy parecidos a las hienas, que cuando les cuelga un tirajo de carne de su propio cuerpo, si pueden, que suelen poder, se lo comen y así todo queda en su propia casa.



Tan sencillo todo, como que, al final, porque estamos delante y sumergidos de lleno en algo que tiene todo el aspecto de ser un final de algo, la sociedad española que logró posicionarse por empuje de su masa laboral ganando jornales en el extranjero, y teniendo decencia patronal en España a nivel de la pequeña empresa que es la que mueve la verdadera economía que le da calidad de vida a un país, se consiguió que se desarrollara una Seguridad Social que camino llevaba de ser de las punteras del mundo, hasta que una mayoría política, por lo general hijos de jornaleros que pudieron estudiar Medicina y otras carreras, entendieron que la enfermedad puede ser un buen negocio para unos pocos; y ellos se incluyeron en esos pocos para beneficiarse.

Fruto de esos hijos del jornal convertidos en conservadores a ultranza y amantes de lo privado, sistema en el que muchos de ellos no lucirían ahora título universitario alguno, amanecieron unos tiempos de verdadero asombro para la decencia social gregaria española.

De ese país que nos ponen más noticias los medios españoles que de la propia España, aunque sean medios públicos subvencionados por todos nosotros, para nada hacen mención de la tragedia que significa en Estados Unidos, salvo que seas rico y tengas un seguro médico que te cuesta un riñón cada día, agarrar una enfermedad de las de cuidado; porque entonces el que la padece se va con ella, pero deja una púa económica a sus familiares para toda su existencia si quieren hacerle frente hospitalariamente a la enfermedad.

Perteneciente a esa clase social que te dibujan los gringos en el cine hasta el aburrimiento con piscina y exceso de lámparas de luces indirectas en su domicilio, pero en este caso sin bandera de la Unión yanqui ondeando por ningún rincón del encuadre, la enfermedad terminal del protagonista, el mero hecho que se la diagnostiquen pone en un crac económico a la unidad familiar, y él tiene que recurrir a procurarse dinero por fuera de su profesión para intentar paliar el futuro de los suyos.

En virtud de algo que del mismo modo que podemos tener la capacidad más brutal para destruir lo necesario, fundamental y bueno, somos capaces de generar, aunque no en abundancia, cooperativas y gremios que son un verdadero lujo social, España, un país donde ahora el robar dinero público no se castiga ni con reñirle un poco al ladrón, sino al contrario, se le premia, había logrado un sistema de salud que daba seguridad de vida, entre la inseguridad que siempre hemos vivido los que hemos dependido de nuestro trabajo para llevar el jornal a la casa.

Del mismo modo que se castiga a todo aquel funcionario que teniendo una misión de vigilar la carretera, las fronteras, el tráfico de estupefacientes, si se le pilla favoreciendo algo que es ilegal, se le abre un expediente sancionador, no debería de existir, y menos con luz y taquígrafos, lo que llaman centros de salud privada, cuando su único cliente es la Seguridad Social con envíos de enfermos entre amichis.

Es muy normal que así como se ve, perfectamente, ante un silencio cómplice y desgarrador de los medios de comunicación domesticados, que la tendencia es que en muy pocos años la Seguridad Social haya desaparecido a pesar de los jornales de miseria que se están aplicando al futuro paciente, todo se está encuadrando dentro de una incultura social brutal, unidireccional, conformista, rozando lo irreal, que parece que no le preocupa al pueblo español, que da la sensación como si estuviera deseando que todo vaya a peor, y convertirnos en un país de ricos con salud y de pobres que los supervivientes la tienen que tener a la fuerza, o de lo contrario la palman al estilo gringo y de otros muchos países.

Se está llegando a un todo vale, menos a que valga las cosas que un día, pese a muchos pesares, se cuajaron por el lado amable que tiene nuestra sociedad, probablemente por la clara influencia de esa Andalucía preciosa, de las más risueñas de Europa.

Creo, sinceramente que no podemos resignarnos y seguir escuchando a nuestros amados políticos, porque en la larga historia de esta vieja España los hemos tenido de todos los colores, pero mentirosos, vanidosos y ladrones como una inmensa mayoría de los actuales no se reconoce en ningún otro pasaje de nuestra crónica, y con tanto poder destructivo.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

25 de enero de 2017

  • 25.1.17
Fue a la muerte del Fernando VII El Deseado, y tras derrocar el pueblo español a Isabel II, hija de la cuarta mujer que tuvo el monarca, y todo gracias a que la nutrida presencia de clérigos por los pasillos cortesanos con sus rezos y oraciones ofrecen muchas posibilidades de que aumenten los preñados en los palacios. Y será un venturoso mes de octubre, corriendo el año de mil ochocientos sesenta y ocho, cuando va a nacer la peseta y los peseteros.



Durante ciento treinta y cuatro años, aquella querida peseta por muchos, que todavía sin ser peseteros la amamos profundamente, con solo pronunciar su nombre nos acordamos de tiempos económicos en los que había una mayor dignidad nacional, de la buena, de la decente a pesar de los partidos políticos españoles que prácticamente neonatos, antes que otra cosa, se hicieron expertos en el engaño y la burla al pueblo que todavía los sustentamos en su costosa inutilidad más que demostrada.

La peseta, fiel compañera presente en mucha parte de muchas vidas de gente, tan poderosa y nuestra, que si ella fue capaz de engendrar por sí sola la figura del pesetero, el euro, soso, con un olor alemán que apesta, no ha sido capaz ni de acuñar un adjetivo gentilicio demónimo en su corta y nada amable existencia.

El euro, que le viene muy bien a todos los palmeros y mariachis de Marianico Pasos Largos, que dicho sea de paso que no es verdad que sus andares, el llamado “paso de la oca” acondicionado a los pasillos cortesanos y jardines adjuntos, se los están tratando de imponer en Alemania, sino que es una iniciativa propia, resultado de la adaptación del citado paso militar a los jardines de La Moncloa, moderna sede de la Embajada de Alemana en España. Pues bien, el euro, un mal nacido, por supuesto que no va a tener la longevidad de la querida y atractiva peseta, porque, insistimos, no tiene nada de español ni la gente lo queremos.

La peseta, aquella peseta que nació hija del pueblo español nada más comenzar el llamado Sexenio Liberal (1868-1874), breve, extremadamente breve tiempo en el que España ha tenido un Gobierno que miraba y hacía, de verdad, por la gente, no la trampa liberal que vivimos y estamos viviendo desde que los políticos comprobaron en sus carnes que robar en España es gratuito, y que los expedientes judiciales pueden, como la manteca colorá, caducar, el primer paso que se dio en aquel tiempo pasado, fue que nada más entrar interino el Gobierno Provisional del citado y hermoso Sexenio, al frente de dos militares, general Juan Prim (Partido Progresista), general Francisco Serrano (Unión Liberal) y un civil, Francisco Pi y Margall (Partido Republicano Federal), a los que daría gusto escucharlos ahora, a cualquiera de los tres, de lo que opinan del vuelo del avión ruso, alquilado a la legal, reinante e imperante sisa, Yakolev 42, que es de suponer que lo de 42 será el número de serie, porque si obedece al año de fabricación una instrumentación del 42, por experiencia personal, uno sabe lo obsoleta que está.

La mujer sentada, que da la espalda a unos montes, el diseñador Luis Marchionni, amo y señor de la ceca de Madrid, era lo suficiente de sagaz como para simbolizar de un modo inteligente que la “mujer sentá” como pronto la denominó el entonces, paradójicamente, más consecuente y vertebrado pueblo español que el de ahora, no está, como a nivel oficial se decía, “llevando a los montes Pirineos a su espalda”, sino que abiertamente el anverso de aquella inteligentemente y querida peseta diseñada, indicaba que España, como es más España, es dándole la espalda a Europa y teniendo la vista puesta en el poniente oceánico.

Y el león imperial que aparecía en el reverso de aquella primera peseta, la gentes de la calle, no vieron como ven ahora muchos que el Opus Dei es una bendición de grupo social donde se llega sin problemas a embajador o a lo que decida, sino que aquellas gentes cansadas de la inmensa camarilla de mandamases, hijos todos de San Luis, un santo que tuvo de morir de pulmonía por andar siempre desnudo, que por años llevaba pululando por los pasillos palaciegos mandando realmente en España y capitaneados por curas como los confesores Fulgencio y Claret, de la reina y el rey consorte respectivamente, y la monja coquense sor Patrocinio, que lo mismo valía para un roto que para un descosido, en el citado león imperial grafiado en la moneda no vieron los españoles sino una perra, no un perro, sino una perra y preñada; y de ahí lo de perra gorda.

Por tanto, la deseada por muchos peseta, conlleva con su vuelta no solo decirle adiós al engaño cotidiano de que sigamos insistentemente siendo los sirvientes de Europa y los que les tengamos sus retretes limpios, sino que conlleva una esperanza de que cuando la peseta nació, la España que desde los reyes a los que primero llamaron católicos el clero, porque lo de santos resultaba medieval, hasta aquel hermoso inicio del Sexenio Liberal de 1868, época en la que gente de la talla y humanidad de Martínez Campos, un general conservador que en sus años finales se consideraba un liberal, pudo escribir y dirigir al Gobierno aquello de que: “aquella gavilla impúdica de explotadores sin fe ni ley que han hecho granjería con los más caros intereses de la patria…” en referencia a lo que el liberalismo del sexenio tiró por el retrete de tiempos teocráticos imperiales.

Y si desde Isabel y Fernando hasta el inicio del Sexenio Liberal van a transcurrir unos trescientos setenta y seis años con clérigos pululando por los pasillos cortesanos al mando real de España, y pese a su densidad y redes van a tener que salir de los palacios a uñas de caballo y volver a sus lugares de faena, es lógico que uno se anime pensando que las sectas religiosas actuales llevan poco años mandando, y como socialmente la llamada izquierda que los protegía, camuflaba y ayudaba, está identificada y muy vista, la cosa se puede simplificar.

Pero necesitamos que vuelva la peseta deseada, porque ella, con su vuelta, puede traer dignidad a este país que ha vuelto a caer en manos de la misma gavilla. Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

18 de enero de 2017

  • 18.1.17
Mareábamos la mar Mediterránea sobre los hierros perfectamente pintados de un petrolero que, para aquellos años, era un buque que no hacía el ridículo dentro de los muchos de ellos sobrantes ilesos o maquillados de la Segunda Guerra Mundial, que parecía que protestaban mientras navegaban con hartura de agua salada.



No hacía mucho que, oficialmente, había terminado la llamada Guerra de los Siete Días, y nosotros íbamos a cargadero a llenar los tanques del apestoso petróleo crudo, que tendrá en su favor la teoría vegetal o animal de su procedencia u origen pero siempre predomina, sobre todo, su penetrante olor a caca fresca.

Cosa de las “bandas muertas” para la radiotelegrafía de aquellos tiempos y cosa de la despreocupación hacia las gentes de los tiempos imperiales, cuando se tiene un destino en lo universal que se acuesta y se levanta contigo, aunque estés navegando a bastantes singladuras (no es el caso) de una España que tenía un pueblo de primera división, cansado de amores patrios, y de poco pan y duro.

El caso es que llegamos y nos metimos en cargadero, fondeamos en boyas y nos dispusimos a recoger las mangueras para acoplarlas al buque cisterna, y tragarnos un puñado de miles de toneladas de crudo que, probablemente antes de que hubiera salido por la boca de la manga a nuestros tanques, desde Holanda o cualquier otro centro pirata mundial de chalaneo, los revendedores, intermediarios, o ladilleros de la economía, a lo mejor ya lo habían vendido y recomprado un par de veces, para que un negocio, la energía, que a nivel mundial debería de estar socializada y estancada, sea fuente primera de especulación, y guardar después los billetes, los llamados billetes muertos, en las cajas fuertes.

En el caso que estoy haciendo referencia, en vez de cargar crudo, dos embarcaciones tipo remolcador, y algunas más de aquellas que nos solían traer comerciantes con baratijas a bordo para que las compráramos, nos trajo un puñado de soldados libaneses que nos decían que estábamos confiscados, y que el barco quedaba detenido, y nos precintaron de inmediato la máquina, el puente, y la radio, ante la sorpresa general nuestra.

Cuando íbamos navegando por el Mediterráneo hacia oriente, lo que veíamos por la mar no nos gustaba un pelo; así es que preguntó el radio a la central si ocurría algo. Y, la repuesta breve y concisa decía que España estaba, como ahora mismo, sin novedad.

Para aquellos años de mi juventud que lo preguntaba todo, y solía tomar, incluso notas, de aquello que para mí era una novedad, la presencia de tropas libanesas en el buque petrolero, era algo muy extraordinario que llenó de agitación los varios días, creo recordar que fue como una semana, que estuvimos detenidos, atracados a boyas de carga, hasta que, visto la inutilidad, pasamos a estar fondeados teniendo la costa a la vista.

El petrolero, en lastre y fondeado, servía de distracción y entrenamiento para las lanchas torpederas israelitas, que se ponían en posición de tiro sobre la panza del buque, y no sabíamos si iban a ejecutar el lanzar los torpedos o no, con los miedos correspondientes. Y para los aviadores mercenarios que volaban en cazas de guerra de fabricación francesa, que antes de ir a bombardear a Beirut y su zona, pasaban rozando, prácticamente, por los palos del buque tanque, y gentilmente nos saludaban.

Tuve pláticas sobradas, y anécdotas como para escribir una novela sobre lo que aconteció en aquellos días, pero el encuentro fortuito de unas anotaciones mías sobre el Líbano de aquellos años, puede que se puedan aplicar a la Siria actual; pero, hasta que no lleve más avanzado sobre Siria, me voy a limitar a darle anotación a lo que con mis preguntas me indicaron soldados y comerciantes libaneses.

Grupos armados o milicias, como los más principales, me indicaron que, en el entorno a conceptos y creencias religiosas, había sobre la nación Libanesa cuatro contingentes armados, que lo de partir un piñón y dividirlo en partes proporcionales no entraba en sus cálculos. Así los maronitas cristianos disponían de sus fuerzas milicianas denominadas Falanges Libanesas, y otras afines llamadas los Guardianes del Cedro, armadas has los dientes.

Los Drusos, otra variante religiosa del cristianismo oriental, que disponía de las milicias llamadas de Joumblatt, y Arslan, dispuestas con las armas a defender sus parcelas. Chiitas islámicos, con sus milicias también armadas llamadas de Amal. Sunitas islámicos, con sus milicias de Hezbollah.

Y claro, con tantos compartimentos sociales, con tantas fronteras internas de guapos y feos, de buenos y malos, cuando uno volvía de aquellos lugares y leía en la prensa lo que sobre oriente, su estabilidad, y su paz solucionadora se escribía, a lo único que te daban ganas era de emitir una sonrisa amarga, porque aquel que dijo que la religión era el opio de los pueblos, y que a más religión más entuertos, es una triste realidad que nos inunda y ahoga.

Las sociedades humanas, hasta ahora, hemos caído de lleno en la trampa de la mentira de los buenos y los malos, y falta que emprendamos de una vez la lucha que nos empareje, y demos fin a las divisiones sociales que tanto benefician a unos muy pocos que viven del cuento, y son los que gritan como plañideras al menor intento social de solucionar de una vez por todas anclajes y lastres que nos están llevando muy lejos de la paz y la convivencia.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

10 de enero de 2017

  • 10.1.17
Todo, menos, al parecer, acaparar dinero, tiene su límite y marca superior, la cual, cuando se traspasa, la cosa salta y se rompe en añicos, sea un imperio, una empresa, una nación o una casa que gasta por encima de sus posibilidades. Y esta verdad no obediente a ninguna ley de probabilidades sino a algo real y palpable, se sabe, lo conocemos perfectamente, pero no le hacemos ni caso, especialmente ahora que vivimos de lleno sumergidos en un tiempo de ver quién dice las mejores mentiras sin que se le cuquen los ojos –caso del sabio y científico Rajoy, que cuando nos cuenta sus fábulas, sus ojos parecen saltimbanquis, porque por muy lelo que uno sea, sabe perfectamente cuándo está mintiendo–.



No deja de tener su triste gracia, que cuando hablan de la independencia de una parte de este singular territorio que llamamos España, de la que muchos por ignorancia se creen que los españoles partimos el bacalao dentro y fuera de nuestras fronteras, y no se han preocupado en saber que, en la más pura realidad, no pasamos de tener el peso y el valor que pueden tener unos muñecos de trapo de los de guiñol, dirigidos desde fuera por las transnacionales, que cada vez, más acentuados y con más riesgo social para nuestra supervivencia vecinal, nos obligan a dar piruetas más altas, ante la indiferencia o el aplauso generalizado de la tremenda estafa social que están resultado todos, absolutamente todos, los partidos políticos españoles.

Pues bien, a pesar de toda esa evidencia clara y concisa de un país de correveidiles, esta España, desde aquello de las Comunidades Autonómicas –taifas sin papeles donde cuatro encorbatos y maquilladas, por lo general con escaso o nulo éxito laboral en la calle, se pusieron y se están poniendo las botas, sacando barriga cervecera y del lustroso tocino de la grasa de tener los dineros escondidos en los paraísos fiscales y nos hablan con una cierta seriedad un tanto rompepelotas, cuando sabemos perfectamente, no ya dónde van a pasar algunas mañanas a sentarse y a jugar a ser gobernantes legislativos, sino sus trayectorias económicas y de dignidad–, no quieren, porque va en contra de sus vanidades y estafas, reconocer que España no puede romperse. Porque ya está rota.

Por lo tanto, el hecho de que la Comunidad que lo desee quiera organizar mediante referéndum popular un tanteo para ver su grado de integración o no en unos territorios donde prácticamente el concepto de nación solo ha sido a nivel de papeles oficiales, y de siempre hemos vivido y vivimos compartimentados por razones geográficas y de desconfianza nacional, no debe de ser –porque no lo es– nada singular, porque tal acto nunca superará el techo separador al que ya hemos llegado mediante la España de las Comunidades.

En verdad que ya estamos todos cansados de leer reflexiones sobre lo mismo, y de que como noticia de suma importancia nacional nos digan, gastando de nuestros recursos económicos, la temperatura con la que amanece en Madrid, y nos oculten, haciéndonos por encargo tras las cámaras la peineta o un formidable corte de mangas, lo que nos falta para el batacazo final de cuando lleguemos abajo del todo, según la ley que rige desde que el mundo es mundo, de cuando nos metemos en un proyecto mayor de lo que podemos abarcar.

Partiendo del principio que mi posicionamiento particular es que mediante referéndum –eso sí, pagados sus gastos no con dinero público de todos, sino de los que desean tal asunto–, si una comunidad, región, o pueblo, por mayoría sus habitantes, deciden libremente separarse del resto o pintar de color de camuflaje sus viviendas, siempre que no nos jodan a los demás, soy de los que opinan que adelante: la soberanía de la decisión nacional descansa en el pueblo, no en la totalidad al cien por cien, sino en mayoría suficiente.

Por experiencias domésticas, sé lo mucho que nos han separado a los españoles las Comunidades Autónomas, en las cuales, en todas y cada una de ellas, han surgido como verdaderas ladillas unos grupos caciquiles que son los que, pasándose por el lugar habitual donde suelen pastar las ladillas las disposiciones o leyes nacionales, llevan años haciendo lo que les da la gana entre los aplausos de los medios de comunicación que están a su entera y total disposición de ordeno y mando.

Y con algo así rigiendo el día a día español, suena a música de cuerno quemado la que arman para el disimulo cuando una Comunidad dice que quiere separarse o desengancharse de un carro que hace ya muchos años que dejó de interesarle lo más mínimo, tanto si hace porra con sus ruedas, como si sus animalicos de tiro andan desbocados, porque en la más pura realidad, de Comunidad a Comunidad, a lo único que realmente se juega es a joderse.

A los que somos españoles parlantes, la faceta esa de que gente de nuestro entorno familiar querido que por circunstancia han tenido que vivir en territorios donde el español es una lengua a perseguir, y se han tenido que aprender que el Mar Mediterráneo, por decir algo, se pronuncia de otra manera diferente, personalmente para mí, en este quiero y no puedo en el que nos desenvolvemos en España, soy de la opinión que previo pago de los gastos que conlleve la convidada, la parte territorial española que quiera separarse, por mí que lo haga: tiene toda mi simpatía y ayuda, puesto que ya, en la más pura realidad, estamos separados sin ninguna solidaridad intracomunitaria en la que guarecernos ni para un apretón de barriga.

Es más, en aquellas comunidades donde a cojones han dispuesto su dialecto o lengua como fundamental primario y básico por delante de la española, creo que es de justicia que hagan el referéndum, previo pago del costo de su bolsillo, y si le sale a irse, pues eso, adiós muchachos, compañeros de mi vida, farra querida…

Feliz comienzo del año 2055, según la cuenta del tiempo de la Era, la que se aplicaba cuando en Córdoba, para bien de nuestra cultura, residía el rey de España, hasta que fueron llegando sucedáneos a poblar los territorios. Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

4 de enero de 2017

  • 4.1.17
Los pelos están ahí en sus muchos y variados e increíbles lugares, cumpliendo su misión. Y los hombres, las gentes, como no estamos nunca conformes con nada, hasta cuando el eliminarlos se hacía con rústicos sílex afilados, hasta ahora que se utilizan otros métodos más sofisticados, pero, en la mayoría de las depilaciones, suelen llevar emparejadas lágrimas, porque no nos gusta dejarlos tranquilos.



Alejandro, aquel milico que los clericós por puro interés lo bautizaron como El Magno, porque lo de cristiano no le iba mucho al citado soldado, aunque era muy hábil para la guerra y para la intriga que fuera, tenía el defecto de que era imberbe y tenía la barba rala, distribuida por comunidades autónomas como las de ahora.

Y fue Alejandro quien puso de moda, además de en su amada Constantinopla, en todo el imperio bizantino, el que los hombres, para ruina de muchas piojeras, dejaran de llevar barba, y, por lo menos, una vez por mes se afeitaban, dándose la costumbre y moda de que cuanto más afeitado ibas, más signo externo de riqueza dabas y las mozas y mozos, siempre desinteresados, te comían en cuanto te veían asiduamente sin barba.

Pero claro, todo dentro de un orden, porque los eunucos, seguramente por un asunto hormonal, solían quedarse con la voz aflautada y sin barba, cosa, que sin ánimo alguno de crear polémica, no he visto que le pase a ese animal que tanto dicen que se parece y tiene muchas cosas comunes con el hombre: el cerdo.

Generalmente capan a los cerdos para su engorde y consumo, y no recuerdo de ninguno que le haya cambiado el tono del gruñido, y que tampoco se haya quedado pelón, ya que recuerdo la brega en aquellos años de las matanzas caseras para pelar los cochinos en aquel alegre ceremonial, que nos gustaba presenciar incluido puñal y salida de sangre, cosa que creo que ahora sería en mi caso muy duro de presenciar.

Volviendo a los eunucos, los cuales muchos de ellos se ponían postizos pegados cuando alcanzaban cierto poder palaciego para intentar disimular, hay que recordar que a los romanos de Italia –porque romanos ha habido en muchos lugares que no son la Roma de Italia, como hay muchos políticos que roban por mandato popular de sus votantes, que son ladrones, pero se les sigue llamando políticos– les gustaba estar siempre en la vanguardia de toda la moda –desde Escipión, que también era un soldado ralo de barba–, y procuraban no solo ir afeitados sino llevar calzados, los famosos conturnos.

Los conturnos consistían en unas gruesas suelas de corcho con alzas –algo que, como vemos, no lo inventó Jose María Aznar, ni otros muchos presumidos–, que se sujetaban a los pies y piernas con tiras de cuero, y le daban mayor estatura a aquellos afeitados romanos, que se sentían de tal guisa dispuestos a fundar y dirigir una escuela de ideas ¡ahí es nada!, aunque la única idea que realmente ha cuajado después de gastarnos una millonada en ella haya sido aquella idea-principio, que dice, más o menos, que todo lo que se mueve es mío, que me lo dejó mi abuelo en herencia.

Los curas y frailes del cristianismo oriental, del bizantino, decían que la barba era una señal clara de que así no pasaban a sus recintos y monasterios mujeres ni eunucos que les hiciera perder sus votos de castidad, salvo que fueran imaginativos y atrevidos, como a ellos les gustaba, y se pusieran postizos.

Y ellos establecieron que para ser monje de aquella fe había que tener a la fuerza la barba bien poblada, pues de lo contrario no podías pasar el examen de ingreso para formar parte de una élite clerical de la que nada se sabe de que, en momento alguno, pasaran hambrunas por sus puertas adentro.

Como si ha habido dos rivalidades más dañinas, virulentas y letales en el mundo que la actual rivalidad todavía existente entre el chiringuito cristiano vaticano y el oriental o bizantino o de Constantinopla, los monjes y curas vaticanos no tuvieron ni tienen en cuenta para nada el asunto de tener o no tener barba para ser monje, y se centraron, aparte de otros asuntos, en que si querías ser un pata negra del cuerpo general de mando de ellos con derecho a ser, como muy poco, beato, lo que primaba era la dote que podía acompañar al novicio para militar en un convento. Ya con solo eso, más el afeitado o no, había profundas diferencias como para mandarse ejércitos un siglo tras otro y que la gente abonara los campos con su materia.

Los pelos suelen ser tan importantes que no podríamos concebir un viento devorador boreal, que no estuviera representado por un viejo alado, con el pelo cano a greña viva, barbudo, descalzo, o con los pies significando seseantes culebras, porque en el supuesto caso que al citado simbolismo se le quitaran años y pelos de encima, dejaría de ser ese viento varonil boreal, aquilón de los griegos, y dejaría de tener su significado de cardinal dominante, pasando a ser un angelote soplador de los que se ponían en los vientos de los cuadrantes menores.

El poeta de la localidad vecina mía decía aquello de “una mujer morena, resuelta en luna”. Yo dije que “cuando era niña, le traje la cabellera negra para hacerla reina entre el coral y la perla negra”. Porque sin despreciar otro colores, el pelo negro, los pelos, forman parte de nuestra cultura, lo diga Alejandro el Magno o lo digan los curas y frailes. Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

28 de diciembre de 2016

  • 28.12.16
Mantienen algunos enterados en la cuestión que la palabra "ogro" deriva, no de mirarle el gesto con esa sonrisa chambilera al ministro de Hacienda actual –cuyo nombre no voy a escribir para no darle fama– sino de los Ugrarios, de los ugrías o ugrianos, de los que posteriormente surgió lo de "húngaro" y "Hungría".



Puede ser que sea así y, por tanto, no por tener una idea de la posible procedencia etimológica de la palabra la presencia de un ogro (por cierto, no se sabe nada en mitología alguna de ogras) nos deja más serenos y despreocupados.

Los ogros actuales que se autopintan de verde, que dicen ser gente verde preocupada por el medio ambiente, puede que, por tradición de su gremio, coman carne humana en la intimidad de sus aquelarres, como antes, nos cuentan, lo hacían en sus convites los ogros sindicados, que también es coincidencia que hoy en día a todos los ogros modernos los pintan del color verde esperanza.

El ogro actual devorador de nuestros impuestos es un incansable mentiroso que puede exhibir con orgullo y porque lleva razón, que está vivo, que existe, porque nosotros, los muchachotes que constituimos los pueblos, las gentes, les permitimos que existan, y consuman nuestros recursos económicos en una hoguera en la que solo se calientan ellos y a nosotros nos soplan, riéndose para que nos traguemos el humo.

Hablaba días atrás con un amante conocedor en profundidad de las energías renovables, y como la vida me ha dado el escarmiento de que hace más de cuarenta años me tomé poco más o menos que a chufla lo que decía un señor con visión de que mucho del futuro de nuestra sociedad descansaba en la desalinización del agua del mar y de su venta, en esta otra ocasión que escuchaba al técnico en energías renovables, escuché lo que me decía con toda atención, y me propuse, si otra cosa no, publicitar todo aquello que yo pudiera respecto de algo que está ahí, que quiera o no quiera España y los amichis de los amichis, más bien temprano que tarde nos pasaremos por el arco del triunfo las inmorales, antidemocráticas y antitodo leyes que prohíben el uso doméstico de la energía solar y eólica, y lo mismo que los coches y camiones eléctricos son una realidad que ya está a la vuelta de la esquina, recuperaremos lo que las eléctricas nos robaron y nos roban a diario.

La independencia energética de una localidad será un hecho palpable, tangible y nada utópico, porque si hablamos solo de turbinas generadoras eólicas, con un costo de instalación de apenas unos pocos millones de euros, menos de una decena, y en muchos casos mucho menos, se puede generar electricidad mediante molinos instalados en lugares adecuados para darle, totalmente de gratis, a cualquier localidad que calcule sus necesidades de consumo y almacenaje, supuesto que tan solo con la factura de trabuco armado de las empresas eléctricas españolas por los alumbrados públicos y los repartos de beneficios, acarreos de dineros a paraísos fiscales y demás atracos, nos sobra dinero municipal para amortizar en pocos años cualquier instalación que cubra las necesidades energéticas de una localidad.

Ahora, para que los amichis de los amichis puedan, contraviniendo leyes europeas que se las pasan por las entrepiernas, robar a placer, mientras fuera de España están los gobiernos por la labor de las energías renovables, culpa de nosotros, el pueblo, aquí, acá, el Gobierno central y los de las taifas españolas, están legislando y defendiendo con todo el potencial que le dan los votos recibidos y los golpecitos en la espalda, leyes a favor de los dichos amichis y en contra de nosotros, que enciman nos consideran los ogros verdes, y con mucha razón, piensan que somos más que bobos.

Está claro que no nos pondremos nunca de acuerdo en determinar quién fue el primero al que se le ocurrió utilizar el tenedor con lo cual ganaba en precisión y longitud de brazo. Tampoco las empresas energéticas que todo su patrimonio nos lo robaron legalmente a nosotros las gentes, querrán ser la primeras en dejar que las limpias aspas de un molino girando acaben con sus negocios sucios, mugrientos y despiadados y ocultarán que son palas no activas en cuanto que no tienen avance y resbalan en el aire, nada por tanto perjudicial para los pájaros que vuelan pero sí y mucho para acabar con los pájaros de los accionariados de las eléctricas que nos están tirando sin misericordia alguna a las gentes, con la complicidad de sus amigos políticos que nosotros les suministramos.

Y se pone en evidencia, mientras indiferentes nos cruzamos de brazos en una España rica en sol y rica en vientos, que puede ser un remedio inmediato a resolver con urgencia, una necesidad imperiosa de ya, tal como hizo Inglaterra que, de un día para otro, se levantaron de la cama sin maderas para quemar en la lumbre y se recurrió al carbón, y se acabaron muchos problemas.

Los pájaros que vuelan, que dicen que quieren proteger nuestros ogros políticos verdes de los molinos, en la más concreta y pura realidad no tienen plumas, llevan escamas en lugar de piel, y se está riendo de nosotros a mandíbula desencajada, mientras se reparten cifras fabulosas de beneficio sin exponer un euro personal.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

21 de diciembre de 2016

  • 21.12.16
Está claro que Córdoba nunca formó ni forma parte de la Berbería. Y, para su mal, la Berbería se lo pierde y la mar Mediterránea, también. Pero aunque Córdoba desde que se conoce es y fue riana y nada tuvo que ver con trajines de buques oceánicos armados, su influencia en la cosas del mar, como en casi todo lo que le afecta a esta España que sigue sin ceder ni un palmo en la charanga y la pandereta, fue muy determinante, dejando de lado marinos puntuales que los tuvo Córdoba y muy buenos –los que puedan haber ahora los desconozco–.



Por las costas mediterráneas todavía retumban los ecos y los temores por si por el horizonte puede aparecer el trapo, por lo general remendado o ajado, de algún bajel morisco –o bereber, da lo mismo– de cuya embarcación bajó rápidamente un grupo de adiestrados marineros, con toda la velocidad de sus descalzos pies (así los pinta la tradición, descalzos) raptan preferentemente doncellas y capellanes, para llevárselos y luego pedir un rescate por ellos.

Y la preferencia en el rapto radica en el hecho que al parecer se llevaron más de un susto comercial cuando raptaron alguna madurita o madurito, juntamente con algún perlado, y cuando fueron a pedir rescate le dieron las gracias por haberlos quitado de en medio.

Aquellos habituales turistas de las costas meridionales y levantinas mediterráneas de esta gran Península que tanto sabe de granujerías desde entonces y, con toda seguridad, miles y miles de años anteriormente a los berberiscos corsarios que por muchos siglos a los citados fueron nombrados como gente de la Berbería –berberiscos–, se establecieron en la isla de Creta y desde allí hicieron sus correrías comerciales de robo y piratería, siendo una temerosa amenaza en los puertos y aguas del Mediterráneo, cuando el Mediterráneo era un mar, y no una cloaca de agua salada como lo es ahora.

La mayoría de aquella gente corsaria, que tuvo el lado positivo para el clero trinitario vaticano que llenó las costas de leyendas de vírgenes con espadas a cubrirlas con ricos mantos y joyas, pueden tener origen en la venganza de los vecinos de la ciudad riana de Córdoba, la mayoría de ellos asentados en el barrio del Arrabal, que como no disponían de dinero suficiente para que se les acercaran a ellos la pandilla de granujas, montados en lujosas oficinas de la época especializados en evadir impuestos, le tuvieron que hacer frente ellos solitos al poder del emir y a su brusca subida de impuestos, como siempre sin venir a cuento, y eso que el IVA que iba antes para Oriente, ya había desaparecido.

Pero, al parecer, el traslado de la capital omeya –Damasco– a Bagdad por los Abasidas, algo tuvo que repercutir en la capital abasida independiente cordobesa, ciudad por entonces más principal de España y segunda probablemente tras Constantinopla, en calidad de vida ciudadana del orbe utilizado y conocido por nosotros por el género humano.

El oriental árabe Abderraman II, a la sazón rey de España, en virtud de ese gusto especial que existe en esta reserva económica vaticana que es España, de que todos los reyes, excepción de los Trastámara que eran gallegos, sean forasteros de fuera, por necesidades del lujo y de los ERE de la época, subió los impuestos a límites de burrada de los consensos democráticos actuales.

Y claro, aquellas gentes que no tenían la lana que nos ha crecido a todos ahora, a pesar de las muchas muertes que hubo, se sublevaron contra su rey. Y aquellos que pudieron, muchos más de 15.000, le hicieron un corte de manga a la Corte cordobesa, y emprendieron el camino de buscar una tierra amiga donde poder trabajar y establecerse.

Alejandría en Egipto, una ciudad en entero dedicada al comercio que lo desarrollaba con extrema rentabilidad con todos los puertos mediterráneos, río Nilo hacia el sur y con el oriente lejano, más los asiáticos del Mar de Mármara, Los Dardanelos y el Mar Negro, fue un lugar que se enriqueció con la presencia de los avispados andaluces, que pronto entraron en envidia de los judíos y demás comerciantes que ya había en la populosa –para aquel entonces y ahora– ciudad egipciana de Alejandría.

Allí, los andaluces que salieron de Córdoba dándole un corte de manga al rey y diciendo que pagaran los impuestos sus bailaguas y eunucos, fueron ayudados a tope por los demás vecinos de Alejandría para que se establecieran en unión y compaña en la mediterránea isla de Creta (La Blanca).

Y así lo hicieron, con un gran éxito conquistador supuesto que en muy poco tiempo ya estaban los andaluces construyendo y fortificando la ciudad capital de la isla que llamaron Chandax (nada que ver con el abundante chándal, uniforme de los parados españoles), y por más de mil años ejercitaron con mucho éxito la piratería por todo el Mediterráneo, con especial empeño, generación tras generación, en no dejarle tranquilidad a las costas andaluzas y levantinas de España ¿Por qué será?

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

14 de diciembre de 2016

  • 14.12.16
Nos consideramos en los tiempos de ahora el no más allá en casi todo. Y, en el fondo, no pasamos de ser unos bobos ignorantes con chips, que alguien los hace, el resto los usamos; pero somos muchísimos más los que no sabemos el fundamento y el trabajo de los citados chips, que aquellos pocos otros que los destripan o fabrican.



Aunque todavía no hayamos superado ni conocido bien aquella habilidad especial de poder orinar cara al viento que los mares le otorgaban a los marinos que durante los largos siglos que los navíos se movieron gracias a las velas consiguieron doblar los dos cabos rugientes de las mares del sur, el llamado Cabo de Hornos y el de las Tormentas o de la Buena Esperanza, nada detiene la propaganda imperial que nos pone en el centro de los conocimientos que ha habido y hay en el mundo.

Por citar algo, todavía ni químico ni alquimista alguno actual ha podido superar el ingenio de aquel hombre oriental, no se sabe si de patria siria o egipcia, o de alguna localidad de la zona geográfica que conocemos como Asía Menor, un tal Calínico, que consiguió idear una mezcla, probablemente según parece, utilizado cal viva y algún derivado del pestoso petróleo crudo, y con la inflamación espontánea de la mezcla al entrar en contacto con el agua de la mar o con el agua dulce, las naves de madera las pasaban canutas, porque además, aquella mezcla, que se cargó a toda una flota, supuestamente de gente islámica cuando iban, allá por el año 677 de nuestra cuenta del tiempo, a intentar hacerse con las riquezas y recursos de la ciudad de Constantinopla, capital y centro del llamado Imperio Bizantino.

Aquella desconocida en la más pura realidad mezcla realizada por el misterioso alquimista (entonces a los químicos se les llamaba alquimistas, y a los curas, la mayoría de las chiquillerías, padres) era una mezcla tan diabólica y desconocida que incluso ardía bajo el agua, y hasta ahora, no se ha logrado nada igual fabricado en cantidades industriales, más efectivo para la guerra naval con naves de madera, que el lanzallamas más efectivo construido en esas rentables fábricas de armas, que cuando escarbas en su accionariado, eso sí, sin saberlo ni darse cuenta ellos, te encuentras como accionistas a muchos de los buenos rematados y, qué casualidad, a ningún directivo cubano.

Por tanto, que se sepa, cosas en nuestra actualidad que ardan bajo el agua, solo se sabe que ocurre con la rabia que arde hasta bajo del agua y que tiene en jaque al clero vaticano con el hecho de azuzar para que se mantenga, pase hambre quien pase (menos ellos) en lo del vergonzante cerco económico a la isla de Cuba, porque tienen los cubanos que hacer lo que los gringos quieran.

Y, sobre todo, devolverles al clero vaticano sus fincas cubanas, probablemente las mejores tierras de labor de toda la isla, porque para su compra, en su día, se deslomaron cavando los curas y frailes antaño, y ahorrando peso a peso para comprarlas.

Como consecuencia de aquel desconocido producto que hemos denominado “Fuego Griego”, del cual ignoramos su fórmula, no así de la imperial bebida zarzaparrillera actual, orgullo del gringo, de la cual sí conocemos, cualitativa y cuantitativamente su fórmula, pero da mucho gusto y morbo que el imperio crea lo contrario, el denominado fuego griego nos proporciona a los que defendemos cada vez con más motivos históricos documentados que España en momento alguno fue invadida por los árabes, y lo único que intentaron taparnos desde el trinitarismo fue el enorme atractivo que tuvo el islam en España como religión y forma de vida por encima del monotelismo, el monofisismo, o el concepto trinitario de dios, solo impuesto a base de espada y castigo, y de dormir en la misma cama que el rey de turno, y en sentido opuesto hay que trabajar hoy para que la Historia sea respetada.

Por tanto, un detalle así como que el fuego griego le quitó todas las ganas occidentales a los ya de por sí, poco opulentos pueblos o tribus de pastores arábigos, excelentes camelleros, poco o nulos marineros de altura, pero sí grandes en la navegación de bajura, y menos amigos del caballo que del camello, dos animalicos, caballo y camello, que como perro y gato se llevan a matar simplemente porque le molestan sus olores, aquellos árabes terminaron el siglo que en nuestra cuenta señalamos como el siglo VII, con pocos dátiles para vender y contratar tropas mercenarias, de excelente resultado como eran las gentes de la zona de Asia Menor, que por más de cuatro siglos, fueron excelentes fuerzas mercenarias a contratar para la guerra que fuera y donde fuera.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

7 de diciembre de 2016

  • 7.12.16
Ser un eunuco era una garantía para el triunfo económico o tener la vida asegurada, como si fueras un funcionario en la España de las administraciones para administrarse. Aunque en muy raras ocasiones los eunucos alcanzaron más allá de eso: de tener puestos segundones que son en los palacios y cortes, como en la Administración española, los que en el día a día y en la realidad del cotarro, parten el bacalao del poder. Y en el supuesto caso raro que no puedan ejercitar su tremendo poder real, consiguen fastidiar (con jota) todo lo que pueden para darse importancia, en mayoría colegiada.



Después de los eunucos, vinieron los célibes pisándole los talones en temas de poder real tras las cortinas; los que, en teoría, se comprometen con el voto de castidad. Y, en ambos casos, dos posturas sociales económicas atrofiadas para el porvenir de la especie y de la vida, han triunfado y suelen triunfar en esta sociedad enferma, que valora lo que no suele valer, y sube al altar de la adoración y la consideración social asuntos que no merecen una cuarteta de ripio de un poeta que surja alabador.

Dejando de lado la crueldad del mando para producir, ajenos a su voluntad, eunucos para que les sean fieles, según moda todavía en vigor en ciertas costumbres que tienen más tinte de salvajadas que razones de efectividad, salvo en el hecho real y efectivo que un eunuco no puede penetrar ni dejar preñada a ninguna mujer en un harén, de los que todavía los hay y en cantidad de plaga, lo que si pueden recurrir en los harenes, según, son chapuzas sexuales sin necesidad de haber leído el cuento que falta en los de Las mil y una noches.

A la muerte de aquel emperador bizantino Justiniano, que se mantuvo en el poder más años que Franco, 38 años él solo, y 47 años en total si contamos los que gobernó teniendo a su tío como emperador de Constantinopla por encima, en relación a los eunucos, la crónica nos cuenta –la crónica oriental que sobrevivió a la quema occidental documental del clero trinitario vaticano– que al citado Justiniano le sobrevivió un eunuco de su hechura y manufacturación, un tal Narsés, que con 90 años de edad todavía estaba rigiendo el llamado imperio occidental con la capital o ciudad importante, políticamente hablando, Rávena, que en la Italia de aquellos años ensombrecía a Roma.

Y toda aquella conquista territorial y humana, fue llevada a cabo militarmente por tropas obedientes a la voz atiplada del eunuco Narsés, que remontó el escalafón de los suyos, y ha sido de los pocos eunucos que ha llegado al generalato sin presumir de tener un par.

Corriendo aquellos años muy del 500 para arriba de nuestro calendario, se puso de moda el hecho que en muchas familias pudientes, junto al hijo o hijos que destinaban para que militara en el celibato (oficialmente) y así ostentar cargos eclesiales, a un par de ellos, si había hijos en cantidad, que los solía haber, los solían castraban para asegurarles un porvenir en vez de mandarlos a la universidad a que estudiaran, porque el dicho eunuco Narsés, con 74 años de edad, dejó asombrados desde emperador para abajo por su habilidad para el mando; y, cosa rara, en su tremenda fidelidad al que estaba sentado en sillón imperial.

El notición de que el eunuco Narsés, como jefe militar enfrentado a los italianos o romanos del mundo llamado imperio occidental los había vencido, resultó ser de un notición de asombro de telediario, en el supuesto caso de hubieran existido en aquellos años los telediarios para embrutecer aquella refinadas gentes, ya que las tácticas militares de aquel tiempo (por cierto las mismas que siguen en vigor ahora: enemigo muerto es el mejor enemigo que puedes tener), puede que fuera el motivo básico por el cual la castración dejó de ser un asunto solo de pobres y pasó a las clases pudientes, lo que no ha sido nada tajante para evitar su proliferación.

El sexo, por tanto, ha tenido y tiene mucho que ver con el proceso evolutivo social de nuestra especie, y lo único que teníamos que corregir son el abuso que se hace de ciertas frases hechas en las cuales suelen salir a relucir atributos que, históricamente, a la hora de producir dividendos sociales y económicos, no valen para nada salvo para pavoneos en lugares colectivos.

Aquel cuerpo expedicionario bizantino, multiétnico y variopinto que se enseñoreó por Italia y el sur de España, territorios en los cuales, ni mucho menos, triunfaron muchos generales, lo que menos podían esperar las gentes germánicas que dominaban el cotarro social y territorial, es que iban a ser derrotados y perder toda su preponderancia por el ingenio guerrero de un general eunuco, un yayoflauta que se diría ahora, que les metió, sin un par, los pavos a la sombra.

Y es que la crónica muchas veces es una chivata que nos deja en ridículo con nuestro cúmulo de frases acuñadas, hechas.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

30 de noviembre de 2016

  • 30.11.16
No existe ninguna diferencia con la que todos tenemos dibujada en la mente de tiempos que muchos creen que están totalmente pasados, y que ya se encargaron los medios de comunicación y de expresión de dulcificar con Espartacos y demás triunfadores, como si la esclavitud fuera un bien para el esclavo y, más que una lacra, un mal social contra el que no se puede luchar.



Recientemente, unos reporteros franceses (de Francia suele manar la búsqueda de la verdad de casi todo; de España, la arraigada devoción por las tradiciones) han puesto sobre imágenes algo humillante, mucho peor y más indecente y vejatorio para el género humano que aquellos mercadillos de esclavos que eran el motor económico de poblaciones y estamentos enteros, al tiempo que válvula de escape para gente depravada, como sigue aconteciendo en nuestra actualidad, cubrieran sus vicios dentro de una legalidad basura vigente.

La gente depravada que en el citado reportaje sale muy por encima, breve, abarloándose inmediatamente por la vía caudalosa de una moralina brutal y estúpida, en el fondo de todo, solo trataban de dar una idea social para que los países incondicionales de los USA, España, por ejemplo, que día y noche los medios de comunicación nos ponen a aquel país como referente a imitar en todo, pronto, del mismo modo que los gordos hamburguesas patatas fritas son una realidad entre nuestra juventud, cualquier depravado español por una cantidad de dinero pueda comprar un esclavo del sexo que le venga bien y en gana.

La moda, con dinero de por medio, pronto la tendremos en España (si no la tenemos ya), entre el aplauso social, y claro, siempre, como hacen los Usa, bajo la sombra de alguna santa secta religiosa que las hay y muchas por allí, cada una con su dios verdadero, y los dioses de las demás, imitaciones que fabrican en China; pero allí con la ventaja de que cada secta se tiene que buscarse el sustento y no vivir del Estado como la poderosa de aquí.

Las descargas de moralina de ciertas partes, definidas y concretas de la sociedad española, que una vez tras otra, con cazurrismo de escaparate, hasta el día de hoy, hasta este minuto, seguimos de lleno sumergidos en su aparentar, no tiene nada de liberal, menos de progresista, nada de demócrata, aunque mucho más que EE.UU. a pesar de lo mucho que acarrea de pandereta y sacristía, en un mundo que necesita ya con urgencia ponerlo boca abajo y que se le caigan de una vez los putos dineros de los bolsillos.

Pero antes de que llegue algo tan sencillo y singular, que será cuando el pueblo caiga en su cuenta, la única justa y cabal para gobernar el planeta, nos estarán bombardeando con distracciones que no van al meollo de una cuestión de esclavitud vergonzosa, porque no le interesa al sistema. Y pasan los años y, como siempre, lo van pagando los más débiles, nuestra gente joven, que, por otro lado, son los que le interesan a todos esos depravados que los vemos salir en la tele dándonos píos consejos.

El mercado de niños adoptados, es una dramática realidad, crueldad y abuso de los Usa que como siempre llevan la pistola en la funda dispuesta a sacarla, es un tema, uno más, de los que solo se atreve a poner en palestra denunciándolo los reporteros de Francia, porque en España todos sabemos lo que da de sí las denuncias de los nuestros, Y cuando sale algo como aquello breve que asomó del comercio de las adopciones, como estaba el intocable clero por el medio, todo se tapó sin aclarar el cotarro.

Los jornales de miseria, las condiciones de vida de pobreza provocada. La desfachatez que los medios de comunicación acepten anuncios de empresas eléctricas asesinas alabando sus virtudes, en nada favorecen ni son basamentos para que nos encaremos en un futuro de esperanza ni en la realidad de un presente donde la esclavitud de los más débiles está en marcha funcionando a pleno gas, y nadie pone remedio alguno por fuera de alguna pincelada que deje algo de rentabilidad económica o social.

España no es pionera de nada; pero lo que sí está más claro que el agua es que, a pesar de los pesares, es mucho más demócrata que Usa, tiene una moralidad social muy superior, y aunque para bien, tengamos menos pistolas que ellos, nuestra dignidad como país no puede en modo alguno a ser orientado a que imite a uno de los pueblos más salvajes y crueles del planeta, cuya única virtud es que sabe gastarse el dinero en propaganda que digan lo contrario de su cruel realidad. Y como hay dinero de por medio, los medios de comunicación españoles, se matan por ser pioneros en exponer las mentiras suministradas a cambio de plata.

Pero, afortunadamente y a pesar, lo que corre en tiempos modernos, es quitar todo signo de secta religiosa alguna en los centros de acogida para menores o mayores necesitados, y que los gobiernos más próximos a los administrados, vigilen con exquisito celo que nadie se aproveche de aquellos jóvenes que por adversidades de la vida se vean en el tremendo desarraigo que representa el tener que recurrir a un centro de acogida, que si es laico, le dará un mayor componente de humanidad, que bajo ñoñerías eclesiales, o bajo la brutalidad gringa.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

23 de noviembre de 2016

  • 23.11.16
Hay que dejar atrás en el camino la ciudad de Sidi Ifni en el Marruecos atlántico, en donde todavía viven unos españoles olvidados por España, siguiendo ese algo habitual en la diplomacia española de zumo de naranja para las fotos, y un mundo sórdido para después, la noche y el anonimato, según el normal proceder de las legaciones nuestras (o de ellos) que ni dios sabe qué es lo que hacen, a qué se dedican y en qué pizarra ponen los trabajos que hacen para que veamos qué hacen con los sueldos de privilegiados que ganan, amén de extras de fondos más que de buitres, de aguilones, que se volatilizan sin dejar rastro ni contrapartida en el tremendo saco de los asuntos secretos de estado.



Pues bien, adentrándonos de lleno en los climas preciosos, en las playas de maravilla, en el encantamiento de unos lugares probablemente únicos en el planeta Tierra, se llega a un lugar que tengo gran añoranza por tocar sus piedras, porque a pesar de haber estado por la zona, nunca he podido acariciar y pedir perdón, no al estilo Vaticano, sino al estilo humano, de persona, a aquellos miles de seres humanos de gente negra, de africanos, que fueron cazados como gacelas, ubicados posteriormente con el mantenimiento justo para que no se murieran, y si se morían no pasaba absolutamente nada, porque no faltaría, encima, algún chorra frita que le echara, para terminar de joder la rueda marrana de la carreta, unas gotas de agua y lo bautizara, y, ¡angelico al cielo!

Pero mientras no se iban aquellos seres humanos para el cielo una vez que, para joderlos más, los bautizaban, aquellos fornidos negros etíopes o de otras etnias que llegaban en racimos hasta las costas atlánticas africanas, unas costas sarcásticamente bautizadas con el nombre atractivo de Costa del Oro, esperaban barcos para ser transportados al principio principalmente para Europa, hacia las casas reales, conventos, y gentes de las llamadas nobles, donde les esperaban toda clase de villanías inimaginables, porque el trabajo en sí, para los esclavos, por muy duro que fuera, siempre fue lo de menos, y hasta una liberación en su condición de seres señalados por los dioses para ocupar tal estrato social, según el cuento de la cuenta.

Allí, bajo un topónimo muy acorde para la faena a realizar y camuflar, supuesto que oficialmente, aunque la esclavitud era un acto legal, nadie, a nivel de crónica le gustaba alardear de ello porque la censura se molestaba, allí, decía, en Santa Cruz de la Mar Pequeña, unos kilómetros al sur costero de la ciudad Marroquí de Sidi Ifni, una torre fortificada de protección para los que aguardaban con los esclavos en un fortín y cavidades costeras próximas, a que los barcos de transporte llegaran a fondear en la llamada Mar Pequeña. Fue un asunto que constituyó por años el primer asentamiento del estilo llamado colonial español en tierras africanas que contabilizamos desde el Creciente Fértil hasta nuestros días.

Dentro del sarcasmo general de denominaciones para que aún en la actualidad la gente llegue a creer que lo de la Costa de Oro, La Mina de Portugal, la factoría o asentamiento de Santa Cruz de la Mar Pequeña, se dedicaban a otra cosa diferente de ser lugares infectos y malévolos donde el hombre, enarbolando símbolos y mandatos que decía ser divinos, y si se le afeaba la conducta al igual que ahora, dirían que se atentaba contra símbolos religiosos básicos que forman parte cultural del pueblo, en aquellos establecimientos, así denominados en ocasiones, el hombre inició al por mayor el negocio de la esclavitud que como es tan sumamente rentable todavía lo sigue explotando y ganándole rentabilidad económica, al precio de sangre que sea, porque el sufrimiento ajeno siempre es ajeno y no afecta o no debe de afectar a un mandato divino.

Los excelentes marinos andaluces, especialmente de la Andalucía occidental, conocedores chupando vela de los portugueses, sus estelas y su ciencia y arte de navegar, fueron los primeros españoles, juntamente con los portugueses, no solo los que participaron en fomentar la creación del Reino de Canarias, algo independiente a Castilla, al frente la corona del sevillano Diego García de Herrera, sino que ambos grupos humanos, Andaluces y Portugueses, son principalmente los responsables de la bonita forma de hablar de los isleños canarios.

Como arista desagradable de tan agradable asunto debido a lusitanos y andaluces, el que sus saberes, sus conocimientos náuticos los pusieron al servicio del gran negocio de la esclavitud, es algo que está ahí en la crónica, gravitando negativo sobre la condición humana, por algo que bien pronto el hombre le tomó el gusto y todavía no lo ha soltado y lo tiene oculto y camuflado porque el abuso hacia los demás, hace unas patrias de aplauso.

Espero disponer de tiempo y documentos que me permitan determinar el por qué del topónimo de la zona de Puerto Cansado, porque, a lo mejor va a derivar, en su afán de ocultismo, no por vergüenza sino por cinismo, de Puerto Cazado. Pero todo eso, de ser posible será más adelante. Ahora decir y dejar asentado para aquel que no lo conociera, que el que quiera ver paisajes costeros de ensueño, playas atlánticas de pura incredibilidad, que se acerque y viaje por el sur de Marruecos, y al sur de Sidi Ifni, acaricie y pida perdón a las pocas piedras que quedan de un centro de esclavitud, que tuvieron el sarcasmo de intitularlo Santa Cruz de la Mar Pequeña, primera fortaleza española en África.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

16 de noviembre de 2016

  • 16.11.16
Los hay, ilusos, que defienden la paz armada; que están totalmente convencidos por las multinacionales del armamento, empresas que ocupan el segundo rango mundial en facturación después de las que controlan los alimentos; que así, habiendo una sociedad armada hasta los dientes, nunca más habrá una guerra.



Porque, claro, para nosotros solo es guerra aquello que nos afecta directamente bajo nuestros techos, pero el hecho de que se esté matando a diario a gentes fuera de nuestras fronteras gracias a todas esas armas fabricadas para la paz estable, no es guerra.

Escribir de estos tristes asuntos, es contar de antemano que pocos van a ser los lectores que van a llegar al final de los renglones, y antes van a pensar que ellos no pueden hacer nada; que no podemos hacer absolutamente nada, y debemos seguir como vamos, que vamos muy bien mientras que no nos toque bailar la bárbara música mortal de las bombas, las más de las veces consideradas como el mejor remedio para solucionar males; asunto que no ha acontecido ni con bárbara deflagración atómica en Japón.

Todos sabemos que por la fuerza de las armas o por la fuerza bruta, a lo largo de toda nuestra historia nunca se ha hecho o ha cuajado algo que sea beneficioso para la colectividad; pero eso no quita que nuestros amados políticos actuales sigan empeñados en la perra de querer meternos las dos piernas por un solo calzón, y demostrarnos que ellos son los únicos capacitados para opinar y actuar, y que lo correcto es lo suyo, lejos de cualquier error, despilfarro y robo, y que administran los recursos como nunca, anteriormente a ellos, haya nadie administrado.

Nuestros amados políticos desconocen, en su incultura social, que aunque se aparenta que somos un pueblo vencido políticamente, con todos nuestros recursos y capacidad de resistencia vencida, están del todo equivocados, y por eso les da pavor analizar cualquier página histórica del largo plazo del proceder de los pueblos.

Acabo de regresar de mi admirada Andalucía que siempre y, probablemente desde muchos siempres atrás, en este conjunto social ibérico, es el corazón que protagoniza todos los inicios de los cambios sociales, y ahora, aunque los medios de comunicación, los perversos medios de comunicación que nos ha tocado sufrir, intenten espejear otro posicionamiento, Andalucía se está mirando a sí misma, y no está conforme, ni por asomo, con aquello que otros dicen por su boca.

Sencillamente porque la boca andaluza está pensando en otros menesteres muy diferentes a lo que se llama el pensamiento oficial que emana de una Junta obsoleta, que ha cansado y aburrido a todos y cada uno de los andaluces, por mucho que intenten gritar los del voto cautivo y demás invitados a la fiesta donde solo tocan pelo los de la herencia atada y bien atada, aunque intenten vestir de camuflaje de señoritos sociales.

El olivar, la viña, la riqueza, el poderío, se palpa y se ve en Andalucía por todas partes. La desorganización, el robo, el despilfarro y, hasta como un desprecio hacia el pueblo y las gentes, se palpa y también se ve paseando simplemente los ojos por aquellos hermosos contornos andaluces, y platicando con sus gentes, donde se advierte poderosa que la capacidad de resistencia de su pueblo no está ni indiferente ni agotada.

Y eso es algo que alegra a todos los que seguimos sin darle solución a la tremenda pregunta de cómo se pueden pasar penurias en una tierra donde hasta los montes están poblados de árboles que dan energía vital como es el aceite, que de tenerlos otro país tendríamos que comprarlo en las farmacias como remedio.

La mixtura de las ambas cosas: convencer y regir sin mandar ni imponer a criterio de, generalmente, los menos aptos sociales últimamente, está quedándose con el culo al aire social; y, aunque puedan existir gente estúpida que el paso de unos pocos decenios de años los haya convencido que la cosa de su inoperatividad es para la eternidad, que nunca se va a producir el necesario cambio para que las cosas discurran por otros conceptos y caminos, quizás, con mayor basamento que nunca, porque la cultura política está arraigando con fuerza en la ya culta Andalucía de letras, armando la plática de sus gentes.

Ambas cosas, la cultura del saber y la cultura política de lo que conviene a los pueblos, juntas, que se van vislumbrando con fuerza en la Andalucía rural, son perfectamente capaces para hacerle frente y domesticar a un sistema que se ha quitado todos los antifaces de aparente amabilidad y ha dejado al descubierto su agresiva cara de que le importa un comino que la gente muera bajo las bombas, o que se mueran ahogadas en el Mediterráneo, y encima con la desfachatez de que sus últimos estertores no sean aplaudir al sistema.

Salvando las distancias, la agónica involución que se estaba produciendo en la cultura social andaluza, ahora, a modo y manera de la cultura ateniense, está pacíficamente presente en las localidades andaluzas, y los criterios imperiales a la romana, o a la castellana o la yanqui, por citar algunas, pueden estar presente en virtud de su diaria imposición en las mismas gentes.

Pero el final, aunque parezca casi imposible, está en manos de gentes como los que se están tranquilamente intranquilos, llenándose de cultura social, para no perder la mucha dignidad que como pueblo y gente le queda a esa Andalucía amable. Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

9 de noviembre de 2016

  • 9.11.16
La triste realidad es que la verdad suele caminar por veredas donde apenas existe la luz. Y la mentira, la gran mentira humana, camina por amplias alamedas y recibe todo tipo de alumbrado. Y podemos afirmar lo anterior con rotundidad porque desgraciadamente es así, y la historia, la mayoría de lo escrito un siglo y el siguiente, aunque varíen las reglas ortográficas, la sustancia de lo que va a los renglones suele caminar en la citada línea de desinformación que cree grupo, que genere animadversión u odio y, a ser posible, de ese tipo de odio irreversible, que no se acaba ni con el paso del tiempo.



El pueblo judío, los judíos, desde hace siglos, han sido considerados como los “críos a pagar” cualquier desaliño social, grande o pequeño, puestos siempre en el punto de mira de la mayoría de las sociedades conocidas hasta ahora. Y claro, si se aplica el razonamiento de que si todas las sociedades han coincidido en su animadversión hacia los judíos, el asunto tiene que está más claro que el agua, y los judíos son los culpables de todo.

Y no es que los judíos en comunidad sean unos angelicos llegados de los cielos para redimir a los hombres al estilo clásico. Un estilo, por cierto, tan clásico y clasista que, a mi entender, falta porque se haya redimido un solo pueblo de la tierra para poder ponerlo de ejemplo en eso de lo bien que nos va el acatar unas normas impuestas, las más de la veces a nivel de jefe de tribu o del hechicero, los cuales ninguno de los dos suele ir a cazar y esperan en el poblado poniéndole pegas a todo y a diario.

Es probable que lo más científico, sensato y verídico sobre los judíos, lo escribiera el baenense Don José Amador de Los Ríos. Y con una claridad que le dio su gran conocimiento sobre las juderías en la península Ibérica, no tuvo pelos en su pluma cuando escribió que todo el seno del denominado cristianismo son los propios judíos, a los cuales, desde siempre, como receptores de todas las crueldades que se denominaron judiegas o juderías, se les ha considerado y tenidos por expertos envenenadores de masas.

De ahí que en la temprana fecha para nosotros de 1345, en Alemania se dijo que los hebreos habían envenenado todos los pozos de agua, y la epidemia de cólera que afectó a toda Europa y diezmó a prácticamente toda su población, se le achacó a la maldad judía, y por eso casi se exterminaron para la fecha en toda la citada Europa occidental.

España, aunque estaba en Europa, pero, como ahora, no es Europa ni se le parece desde lejos, con un retraso, como ahora, de unos cuarenta años, para el año de 1391, diciendo que dios excitó a la generosa muchedumbre para vengar y defender los sagrados cánones, regó desde Córdoba a Toledo, pasando por todas la villas ibéricas, un degüello generalizado de judíos que a pique estuvo de acabar con todos ellos.

Tantos siglos de odios, de marcar una diabólica diferencia separadora de hombres en razón del rezo, no solo es que desde el minuto primero ha empobrecido a la gente, a la sociedad, sino que un mundo basado en la mentira asesina, acaparadora de bienes de otros en beneficio de una secta determinada, nos ha llevado a donde estamos, con ciencia y tecnología para que no pasara hambre ni sed ni un solo ser vivo de este planeta, y, por el contrario, hasta el lenguaje que empleamos es muy parecido, por no decir que es el mismo, que se empleaba en aquellos tiempos cuando el llamado sistema bailaba alegremente viendo como las harapientas y analfabetas muchedumbres dirigidas, eran empujadas a exterminar a sus semejantes por mandatos de dioses con espada, que, no quedan muy propios cuando se les pone hoy pilotando un bombardero, o sobre la cubierta de un porta-aviones invisibles que matan y vuelven a la base sin más.

Mi admirado don José Amador de Los Ríos a todos esos degüellos los llamó matanzas. Y para la fecha de muy próxima la mitad del siglo XIX, que fue cuando el excelente humanista escribió sobre los hebreos, era necesario tener una valentía de renglón, una valentía por la verdad de las cosas, que en estos tiempos de ahora que tanto presumimos ni se conoce desde lejos, porque la inmensa mayoría de los escritos nacen orientados con un fin determinado a la orden de algún grupo determinado que no suele dar la cara.

En verdad que ruboriza y se siente vergüenza ajena cuando uno piensa que los cristianos vaticanos se autodenominaban a sí mismos como "lindos", mientras que para los judíos, los adjetivos de "marranos" o "tornadizos" era lo más suave que se podía ver escrito. Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

2 de noviembre de 2016

  • 2.11.16
Como gente que soy del sur, no tengo menos que esbozar en ocasiones una sonrisa cuando veo el empecinamiento de gentes norteñas y de ambos laterales cardinales peninsulares ofuscados en pregonar con pasión una idea incorrecta de que la lengua común implica también una raza común, un destino común. Y la mera casualidad de nacer en un territorio determinado ya otorga un abolengo, por lo general, siempre positivo.



Los sureños sabemos que el hecho de que una persona hable andaluz, o hable árabe, no basta para que sea semita, porque la cultura sureña nos ha demostrado con toda claridad y evidencia que la lengua latina hablada, por poner un ejemplo, la han estado usando y hablando en común gente tan dispar como lo pueda ser un celta, un eslavo, un germano, un galo y todo un etcétera de pueblos que, según el catálogo de razas editado por los que les interesa el siempre rentable, para los poderosos y los incultos de manual, asunto racial, son totalmente diferentes.

En ocasiones anteriores personalmente hemos manifestado la realidad, nada de ciencia de ficción, que nuestros antepasados no son el resultado de una sola y triunfante cadena genética, sino que modernamente sabemos que nosotros, todos los Homos, rubios o morenos, gordos o flacos, somos descendientes directos y concretos de la cadena que hemos denominado como Homo Sapiens, que se unió, no en la noche de los tiempos como se suele escribir, sino en la hermosa luz del tiempo que nos precedió hace miles y miles de años, con el Homo Neandertal. Y de la unión de ambas cadenas genéticas evolutivas por necesidad de adaptación, nacimos todos para ser carne inerte en los partidos políticos, que nos roban y nos burrean a su entero capricho.

Lenguas llamadas semíticas las hablamos y la hablaron gentes de Persia, españoles, arios, turcos, indios, y muchos más, y no podemos afirmar que si nos metieran a todos juntos en un estadio de fútbol a ver un partido, íbamos a cantar los mismos himnos y a aplaudir al unísono cuando un equipo metiera un gol.

Con pasión, especialmente cuando servidor ha estado por el extranjero, al otro lado de las fronteras con cuchillas opus patrias, siempre he solido decir que el sur, Andalucía, la tierra que a mi gusto y entender mejor le sienta la luz del día, ha sido desde siempre el lugar que ha dado y sigue dando la mayor cantidad y calidad de filósofos, no solo porque en su seno nació Abentofail, Avenzoar, Avempace, y otros muchos, inmediatos todos precursores del famoso Averroes, sino porque podría nombrar algunos actuales que conozco que están vivos y coleando por esas tierras de verdadera pluralidad superada, donde, desde el origen conocido, todos los pueblos que arribaron por allí se sintieron como si acabaran de llegar desde el salón de sus casas a la cocina.

Y, cosas de la vida, entre las tonterías paralelas que conllevó los años del franquismo, tuvieron asiento unas modas en las que el hermoso y agraciado acento andaluz, estuvo desdeñado, como ninguneado, en regiones españolas empeñadas, empecinadas, en la incultura de publicitar que la lengua común hace raza, cuando, como bien decía el formidable cubano-español José Martí, las razas solo se organizan en los renglones de las librerías imperiales.

La historia escrita que se pudo salvar de la chamusquina eclesial que tanto dolor de siempre me ha causado en virtud de mi pasión por la Historia, nos está indicando con toda claridad y simpleza, sin rubor, como un adelanto sublime a la pluralidad, que las familias árabes que se afincaron en España, podían, muchas de ellas, presumir de abolengo árabe, pero se sentían muy a gusto y muy cómodas usando como lengua doméstica y popular el Romance Español, que, como muy poco, hasta el siglo XII y muchos años posteriores, se habló juntamente con el poco árabe que fue la lengua oficial del Califato de Córdoba y las Coras Taifales, mientras la latina fue la lengua común que unificó a la gente en lo que respecta a la comunicación. Aunque ya se encargaron las religiones en sembrar sus abismos separadores de gentes, hablando de infieles o no, hablando de razas: de guapos y feos, con el mismo cazurrismo que se mantiene hasta el presente.

Escribiendo así, diciendo cosas así, está claro que nunca nadie me va a proponer para un premio literario, porque encima canto mal tirando a muy mal cuando me ducho, y no lo hago en gringo. Y de siempre he considerado como un posicionamiento de lado de rambla, el querer mantener que porque uno al chaleco lo llame chalequet, y a la rambla ramblé, ya tiene mejor color y es más guapo que los que nos gustaría entendernos de otra manera diferente y que el Esperanto, ese idioma universal al que le dedicó muchos años de su vida el oftalmólogo polaco Zamenhof por los años de 1870, de no ser por la soberbia imperial gringa y las clases de latín de los curas, hubiera con su aplicación calmado muchas fiebres nacionalistas por el mero hecho equivocado de los que piensan de que una misma lengua es sinónimo de una misma raza, cuando ninguna de las dos cosas son puramente genuinas y las dos cosas, los dos conceptos, raza y lengua, son mulatas al completo.

Y si no me dan ningún premio, que no me lo den. Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

26 de octubre de 2016

  • 26.10.16
De todas las actividades intelectuales que en Andalucía –especialmente– no tienen –si se quiere, lista de paro– está la dedicación de ir por una vía paralela y convergente, supuesto que al clero vaticano trinitario le dio la borrachera inmoral de quemar todo libro o documento que abarcara aquel proceso histórico que contuviera alguna relación desde que los moros de Marruecos aparentemente cruzaron el Estrecho de Gibraltar y subieron hacia el norte a comer salmorejo o gazpacho a la sombra fresca de las alamedas de los entonces abundantes ríos del sur de España.



Como consecuencia de la burrada, única en su especie, de pegarle fuego a todo documento que cayó en sus manos, y cayeron muchos, la iglesia cristiana, vaticana, trinitaria y politeísta, en el dicho de ellos para diferenciarse de arrianos o de islámicos, ahora, los que queremos meternos en harinas históricas de la época que comprende desde el siglo VIII hasta casi nuestra actualidad, vamos de “novela en novela”, leyendo opiniones particulares al respecto, que pueden ser muy doctas y estar muy documentadas, pero donde se ponga una acta notarial o un testimonio de primera mano, que se quiten todas las florituras históricas a toro pasado de cómo piensa uno que tuvo que acontecer tal avatar.

Si uno lee, por ejemplo, que para tomar la formidable, bien fortificada y defendida ciudad de Córdoba, a los moros les bastó con cruzar el río Guadalquivir de noche, un río, que según sus propias crónicas, no se podía nadar de orilla a orilla –y una noche, por cierto, de mucha lluvia y mucho frío, con abundancia de gruesas bolas de granizo–.

Y, después, subirse, moro a moro, a una higuera cuyas hojas no dejaban ver un boquete que había en el muro que daba para el río, que nadie sabía de su existencia si no fue un pastor (los pastores, como antaño fue un oficio de máxima categoría social, más que ahora ser abogado del estado, siempre han sido los grandes protagonistas de milagros y apariciones) que seguramente el mal hombre, el traidor pasado al enemigo, sabía de su existencia porque iría por allí a bañarse al río cada día, o a que bebieran sus ovejas, la cosa tendría su gracia para que se exhibiera con su narración un juglar en una plaza.

Y, seguramente, ya con tal narración si el juglar era de nacionalidad imperial de los Estados Unidos de Norte América, seguro que le daban el prestigioso premio Nobel, que acabó de ser prestigioso desde que lo envileció el dólar.

Estamos conforme que los tiempos han cambiado mucho, que las higueras de entonces y las de ahora son diferentes, que es probable que aquellas higueras estuvieran más limpias de piojillo que las actuales porque las pobrecicas están de microbios hasta las trancas de sus ramas (especialmente en ellas, en las trancas).

Pero, lo que sí es una realidad es que la impúdicas higueras, como son árboles de hoja caduca, de hermosos pámpanos que cuando están verdes parece mentira que se puedan secar y llegar a la sequedad que alcanzan, incluso para suplir al tabaco en la épocas de abundancia de patria, pero escasez de país, se desnudan en los inviernos, y, con frío, pocas son las higueras que tengan hojas en tanta cantidad, para que los valientes moros, que por regla general le huyen al agua más que los gatos, volvieran a pasar el río Guadalquivir ¡nada menos en aquella época!

Y volver a por el pastor, darle unos meques y llevarlo en persona a que les dijera de una vez dónde estaba el escondido boquete en la muralla que le permitió a los moros entrar en Córdoba, y desde dentro, sin que sonara la alarma, abrir las puertas de la ciudad la llamada Puerta de la Estatua.

La cosa, al parecer, no fue nada fácil y se complicó porque como los moros suelen ser bajicos, desde la higuera no alcanzaban al boquete del muro, una vez, claro está, que el pastor cruzó a nado el río (el frío, lo de menos; el granizo, , una pelufa de caña, porque llevaban unas ropas que se secaban enseguida, y la crónica nada dice al respecto de resfriados por aquella acción militar de tanta envergadura).

El caso es, que como las ramas de la higuera no permitían hacer un castillete humano, y eso que todos estaban limpios como chorros de oro después de haber pasado dos veces el río Guadalquivir a nado, el jefe de todos ellos, Moguits-ar-Romi, en un gesto único que había que publicitarlo para que se supiera la resistencia de los tejidos de los turbantes, desarrollando su propio turbante, hizo una escala con su tejido y uno a uno todos los moros, desde la higuera alcanzaron su objetivo y tomaron la ciudad, supuesto que todos los cordobeses que había dentro defendiéndola entendieron que era más efectivo meterse en una iglesia, por supuesto vaticana y trinitaria, y rezarle a una virgen milagrera para que sacara de la lista del paro al apóstol matamoros Santiago e impidiera la toma de la poderosa ciudad de Córdoba por un poderoso ejército de unas cien personas moras, probablemente estornudando.

Esto –cosas así, o parecidas– son las que hay que leer fruto de las Crónicas Latinas (un compendio a la ingenuidad) del periodo histórico quemado por el clero vaticano. O leerlo en las Crónicas Andaluzas (vírgenes ayudando, espada en mano, en la guerra) del siglo X; o las Crónicas Bereberes del siglo XI (Intervención, también, de la divinidad). Y todo, gracias a los que presumen de ser los que “tiran” del carro de la “civilización”.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

19 de octubre de 2016

  • 19.10.16
Lo que comenzó con los años a llamarse la América Colonial fueron sus tierras adornadas con toda la fábula de la fantasía española pese a la férrea y peligrosa censura de las escasas publicaciones y el analfabetismo de entonces. Pero los mentideros de las villas y demás lugares donde se podía reunir gente para otros menesteres como eran las recolecciones de cereales y frutos, las fábulas favorables a una vida nueva por las nuevas tierras, diferentes, llevó a más de uno a tirar la hoz o la horca, y decirle adiós al lugarejo donde vivía y tratar de encontrar un pedazo para su persona de aquellas cosas fabulosas que, según la gente, acontecían por las Américas, por Las Indias.



Al objeto de que Castilla, España, no se quedara despoblada de brazos para, en principio, enviarlos armados a defender el credo trinitario vaticano por los inhóspitos territorios europeos y, en un segundo lugar, para realizar aquellos trabajos del campo que en muchas ocasiones se centró y estuvo basado en fuerza muscular de gentes muy viejas, muy gastadas, porque los músculos buenos se fueron para las guerras religiosas, el paso, por tanto, de gentes a las Indias, a las Américas, se intentó, por parte del mando que tan solo se realizara en función de controles y cupos que se disponían unilateralmente; es decir, a capricho y necesidad que sentía o experimentaba la metrópolis, en este caso España.

Y España, ahogada en la propia taza de su caldo, fruto de un complejo entramado político-religioso, dejó su casa sin barrer y llena de graves y letales problemas, y cogiendo hartura de caldos de sopas ajenas, cruzó la mar en pos de no dejar en paz a unos territorios que ni necesitaban de la presencia de los españoles ni, en general, de ningún hombre blanco barbudo ni, por la mala cabeza española, resultaron en modo alguno fabulosos para nada ni para nadie que no fuera para favorecer, el siempre viento en popa, negocio de la esclavitud.

Pero hoy queríamos hablar de las mujeres que se marcharon a Las Indias en virtud de casamientos por poderes, o acompañando a sus maridos, o bien, como mozas casaderas, haciendo de damas de compañía para otras mujeres ya casadas, que sabían, solteras y casadas, que por culpa de las guerras religiosas en España, a lo largo y ancho de sus reinos, el quedarse soltera una moza era algo muy difícil, otra cosa diferente era tener boda, casamiento con hombre adornado de posibles económicos, que eso era algo difícil, por no decir casi imposible. Pero, la vida de la mujer por aquel entonces, no era precisamente una vida de dedicarle mucho tiempo a elegir el color que más favorecía las uñas de las manos o de los pies.

Y mientras en España la vida era más que dura y extrema tanto para hombres como para mujeres, las Américas, Las Indias, donde la mujer española podía elegir hombre varón con posibles económicos fabulosos, según se desgalillaban muchos por los mentideros municipales de comentar, se puso de boga por noticias que llegaban como la que vamos a hacer referencia que aconteció en una tierra caliente, allá por Chiapas, en la Península sureña de Méjico, del Yucatán, un nombre sonoro que todavía produce encanto escuchar cuando es pronunciada.

Con harto disgusto para los españoles establecidos en la zona y en ciudades nacientes como San Cristóbal de Las Casas, se había puesto de moda, más obligatoria que otra cosa, el enterrar a los muertos vestidos con hábitos para las mortajas, de fraile si era hombre, y de monja si se era mujer. Y, claro, como tales hábitos de mortaja eran monopolio del clero, tenían un precio que para comprarlos dejaban temblando cualquier economía domestica, la gente que estaba tratando de “hacer las Indias” como, en realidad, malamente podían, con aquellos costos, con los abusos por parte de los religiosos, no estaba la gente de muy buen humor precisamente.

Si a este hecho le sumamos que algo que era en extremo placentero en la zona como era el comer chocolate: el disfrute del chocolate que tenía un carácter como de sensualidad en el comportamiento femenino, las cosas se pusieron tensas especialmente cuando el señor obispo (da igual como se llamara) se opuso amenazando con la excomunión, a que no solo durante la misa las mujeres chiapanecas bebieran o comieran chocolate, sino que llegó a considerar como pecaminoso por lascivo su uso, según una hermosa costumbre de la zona de degustar uno de los mejores, por no decir el mejor, chocolate del mundo.

Como el obispo siguió en sus treces y las mujeres de Chiapas no eran precisamente de aquellas mujeres ñoñas, entraron en rebelión por delante de los güevones de sus maridos y hombres, y pusieron en su sitio social de comer chocolate cuando les viniera en gana, que solía acontecer varias veces en el día. Y, el señor obispo, como entendió que tenía que apretar fuerte en el asunto porque si no se le complicaría también el negocio de las mortajas, no cejó un palmo en sus pretensiones.

Y, al final, a consecuencia de todo ello, en pocas horas estaba sentado a la derecha de su jefe en el cielo, donde dicen que se sientan los obispos, y las chiapanecas y chiapanecos comiendo y bebiendo un chocolate que conserva harta fama de bueno y sus gentes de estar dotadas de una gran dignidad.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

12 de octubre de 2016

  • 12.10.16
Hay paisajes que su sola contemplación nos llevan a la languidez, al ensueño, a querer mucho más la vida y la existencia; y, por el contrario, existen otras visiones y contemplaciones que nos llevan de inmediato a la languidez, y a sentir algo muy parecido a pena y a sentirnos solos.



La visión de la una estación de ferrocarril sin trenes, abandonada, nos deja en silencio, meditando, sin entender cómo es posible que pueda existir gente que entienda el ferrocarril como un negocio rentable en lo económico, cuando ya está de sobra debatido y aceptado en países adelantados o no, que los ferrocarriles tienen una sola, bonita, e insustituible misión en nuestra sociedad desde que nacieron que es unir a las gentes: unir a los pueblos.

Entre las tremendas burradas que ha cometido el hombre en su sociedad, fue no pensar, cuando el trazado sobre el terreno de los raíles férreos, que podían haber otros materiales menos costosos para el conjunto humano que asolar bosques enteros para construir las traviesas de madera donde descansan las vía, y podían, en aquellos tiempos de excelentes canteros, haber utilizado la piedra, para fijar los raíles: aquella idea primitiva que cuando fue expuesta en origen, seguro que los inteligentes mandamases españoles se reirían a carcajadas poniéndole pegas, porque opinarían en lo irrealizable de la obra y la locura de crear un camino de hierro.

Pero una vez hecho el tremendo costo ecológico del tendido férreo que todavía estamos pagando en países como España donde la repoblación forestal apenas existe, y nuestra superficie forestal es la más baja de toda Europa puesto que no llega ni al diez por ciento de la superficie total nacional, no es de recibo que un gobernante, que alguien pueda suprimir un tren por antieconómico o anti rentable, y dejar un núcleo urbano que ha disfrutado del tremendo comunicador social y humano que es el tren, con su estación de ferrocarril sin que los trenes se detengan en ella.

Los kilómetros de vía férrea de una nación, están diciendo por sí solos la calidad de vida de ese país. Y aquí, entre panderetas y escuchar el excelente bien hacer de nuestros gobernantes, según dicen ellos, cuando echamos números sobre ese particular del tendido férreo nos llevamos la sorpresa que mientras países como Francia, con una superficie en kilómetros cuadrados un poco mayor que España, 547.030, dispone de 30.000 kilómetros de tendido de vías férreas, España, la bien gobernada, que llena de preocupación a nuestros mandamases, no llega a los 16.000 kilómetros el total de tendido férreo nacional, con un porcentaje muy elevado de kilómetros del mismo sin uso y arrancándolos.

Debido a la enorme visión habitual de nuestros excelentes gobernantes que entienden que el ferrocarril, así como la sanidad y la enseñanza, ante todo debe de ser un negocio, y los impuestos de todos nosotros enteritos deben de ir a pagar los jornales de los políticos, que cuanto más pululen por sus tronos, mejor, según ellos, para el país, nos arroja cifras de países de nuestro entorno, que mientras en España a ciudades como Montilla ya no se puede ir en ferrocarril, según un estúpido paso hacia atrás en el progreso ciudadano de una zona, Italia, con 301.230 kilómetros cuadrados de extensión, dispone de 24.179 kilómetros de vías férreas. Inglaterra, con 244.820 kilómetros cuadrados, 16.300 kilómetros de vías.

España, un país difícil en orografía, dispuesto ya por la naturaleza para que esté divida en compartimentos aislados entre sí, muy propicios y favorecidos en su aislamiento para que nos tiremos piedras los unos contra los otros, el ferrocarril, ese bonito y apacible modo de ir de una parte a otra con la mayor de todas las comodidades viajeras, siempre fue un comunicador social de primera magnitud.

Pero, resulta que cuando terminó el siglo XIX, con menos posibles económicos que ahora, España disponía ya para aquel entonces de 9.000 kilómetros de tendido férreo, y, desde aquellos años hasta ahora, como siempre estamos llenos de políticos que nos quieren y adoran, han aumentado el tendido férreo en más de un siglo de tiempo, en no llega a 7.000 kilómetros, una cantidad irrisoria que nos deja donde estamos: al final de toda cuenta de progreso en calidad de vida.

Somos un pueblo de viva imaginación; pero tenemos el tremendo problema de la gran capacidad de contagio en la vulgaridad y en las frases hechas que las hacen otros para que las repitamos en beneficios de sus arcas.

El ferrocarril es algo: es un gran invento vertebrador de gentes y pueblos, que tiene que salirse de la lista de los negocios especulativos de las naciones. Un tren circulando vacío, sin pasajeros, genera más futuro, más bienestar asentado para todos los siempres, que las veloces líneas de los llamados aves, que han generado, camino de la ruina zona a zona, en beneficio de un núcleo, el mayor robo social de todos los tiempos en beneficio de la bolsa de unos pocos.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS


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