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24 de junio de 2021

  • 24.6.21
Pocos libros son más de mi gusto que Crónicas marcianas, de Ray Bradbury. Hace años que lo leí y admito que, junto a La peste de Albert Camus, ha sido una de las obras literarias sobre las que más he reflexionado durante la pandemia.


La obra es un conjunto bien hilado de relatos cortos. Narra la llegada de los humanos a Marte y su colonización, a la que no le falta un sentido crítico. Durante los diferentes relatos, podemos encontrar algunos con cierto aire a western o, incluso, algún texto con claras referencias a Edgar Allan Poe. Sin embargo, para mi gusto, los relatos más interesantes son los que relatan la partida de los humanos.

Conforme a la cronología de la obra, en noviembre de 2005, se produce un hecho decisivo. Los últimos marcianos dan aviso a un vendedor de comida ambulante de que algo va a ocurrir esa noche y le otorgan un acta de concesión de más de cien mil kilómetros cuadrados de territorio. Porque aquella iba a ser la Gran Noche –no, no había concierto de Raphael–.

Los últimos marcianos no pudieron escoger una mejor venganza. Sobre las nueve de la noche, el vendedor, su mujer y casi todos los humanos que habitaban Marte contemplaron estupefactos el inicio de la guerra nuclear y la destrucción de parte del planeta Tierra. Ellos habían intentado vivir sin aquel planeta: “Pero ahora, esta noche, se levantaban los muertos, la Tierra volvía a poblarse, la memoria despertaba, miles de nombres venían a los labios. ¿Qué haría Fulano esa noche en la Tierra? ¿Y Zutano o Mengano?”.

En cuanto se produjo el desastre, lo primero que hicieron los colonos fue pensar en sus familiares y amigos. La Tierra hizo un llamamiento para que los humanos volvieran y, lo más curioso, es que casi todos lo hicieron.

Cuando leí esta parte del libro, admito que sentí cierto escepticismo, casi condescendencia. Me pareció un giro romántico por parte del autor. Cuando lo leí en su día, despertaba con noticias diarias sobre el drama de los refugiados sirios. En la vida real, las personas tienden a huir de la guerra, no a meterse en ella de cabeza. Eso pensé.

Sin embargo, en plena pandemia, las personas tendieron a juntarse, a visitar a sus personas queridas, cuando no convivir con ellas. Lo lógico hubiera sido tender al aislamiento social, y el hecho es que es algo que solo se consiguió con amenazas y con la buena disposición de muchos ciudadanos.

Con los años, me doy cuenta de la agudeza de Bradbury, que publicó el libro con apenas 30 años, tras haber pasado una guerra mundial, y en medio de la Guerra Fría. Cuando hay una amenaza, la gente tiende a unirse a los suyos, aunque sea arriesgado. Es difícil mantenerse al margen.

Por eso, en el libro, los terrestres vuelven con los suyos, a pesar de la amenaza. Muchos no salen de un país en guerra, en efecto, por la familia o el entorno. Y muchos otros que sí buscan refugio, lo hacen con los familiares a cuestas.

Puede que sea una idea romántica, pero creo que vale la reflexión. Da igual el modelo de familia, al final, ni todo el individualismo, ni todo el narcisismo propio de la sociedad postindustrial pueden combatir los instintos más primarios.

Aunque hay de todo, la mayoría de las personas demostraron una actitud gregaria durante la pandemia. Para los que no podíamos reunirnos con los nuestros, nada era más duro que el aislamiento. Sabiendo, como sabíamos, que era arriesgado y que lo más lógico y racional era quedarse en casa.

Sin pretender parecer ahora un provida, entre tanto pseudoprogresismo y patriotismo de pandereta, quizá sea buen momento para hablar de la familia, con independencia de su modelo.

Es tiempo de reflexionar sobre la necesidad que tenemos de la familia, sobre cómo seguir cumpliendo el derecho de las personas y el deber constitucional del Estado de protegerla, y de reevaluar las medidas sociales vinculadas con la conciliación, la protección de la infancia y la adolescencia y, sobre todo, la protección de las personas mayores, las grandes víctimas de este desastre.

Quizá va siendo hora de centrarse en lo que de verdad importa.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

23 de junio de 2021

  • 23.6.21
No solamente las sociedades primitivas han dado prioridad a lo comunitario sobre lo individual. En la admirada Grecia clásica encontramos ese mismo principio. En la polis griega se dio una subordinación absoluta del individuo a la colectividad. Como nos dice Burckhardt en su exhaustivo estudio de la cultura griega,: “las hazañas no pertenecen al individuo, sino a la ciudad”.


Aristóteles, en el primer capítulo de su Política, razona que el Estado es un hecho natural, ya que el humano es un ser naturalmente sociable, “infinitamente más sociable que las abejas y que todos los animales que viven en grey” y el que vive fuera de la sociedad es un ser degradado, un bruto. En consecuencia, “el Estado está naturalmente sobre la familia y sobre cada individuo, porque el todo es necesariamente superior a la parte, puesto que una vez destruido el todo ya no hay partes”.

Esta idea de la primacía de lo común sobre lo individual se mantiene en la Edad Media europea, como nos dice Henry Pirenne: “la ciudad medieval no consiste en una simple amalgama de individuos. Ella misma es un individuo, pero un individuo colectivo, una personalidad jurídica”.

En este contexto, el arte es un hacer, un oficio, algo práctico e instrumental. Es una realización técnica artesanal, pero de una gran importancia para la comunidad. Como consecuencia, el artista tradicional, habitualmente, permanece anónimo. Es un instrumento que facilita la expresión del patrimonio cultural del grupo.

En términos espirituales –y esto es común al medioevo europeo y a las culturas orientales–, el anonimato del artista se relaciona con el anhelo de liberación de uno mismo: «El que quiera salvar su vida, que la pierda» (Lucas, 17:33). Nos dice Ananda K. Coomaraswamy, en La Filosofía del Arte Cristiano y Oriental, o la Verdadera Filosofía del Arte: “Toda la fuerza de esta filosofía se dirige contra el engaño de que «yo soy el hacedor»”.

De hecho, «yo» no soy el hacedor, sino el instrumento; la individualidad humana no es un fin, sino solo un medio. El logro supremo de la consciencia individual es perderse o encontrarse a sí misma (ambas palabras significan lo mismo) en lo que es a la vez su primer comienzo y su fin último”.

Es precisamente en el Renacimiento cuando el fabricante de imágenes pasa de artesano a artista. Al menos en Occidente. Aunque la producción de imágenes sigue haciéndose en talleres artesanales en los que varias personas contribuyen al desarrollo de la obra.

Es un trabajo colectivo, aunque con un maestro director y responsable último del resultado artístico. Estos maestros van dejando de ser artesanos para convertirse en “artistas”, más considerados socialmente y mejor remunerados.

El Bosco contó con varios colaboradores y, en algunas de las obras de su taller, se limitó a supervisar su ejecución. Estas obras y algunas realizadas posteriormente por sus antiguos oficiales son muy difíciles de distinguir de las que hizo por su propia mano. Por ejemplo, el Juicio Final que se puede contemplar en el museo de la ciudad de Brujas y que es obra de un discípulo de Jerónimo Bosch. Una obra que aquí vemos comparada con el original de El Bosco sobre el mismo tema y que puede contemplarse en la Academia de Bellas Artes de Viena.

Prácticamente coetáneo de El Bosco (1450-1516) es Leonardo da Vinci (1452-1519) que, además de sus magníficas pinturas, contribuyó de forma importante a los nuevos planteamientos estéticos del Renacimiento: conseguir a través de la contemplación el acceso a la esencia de la realidad, a su conocimiento más profundo.

Esa íntima relación entre conocimiento y arte también se encuentra en la cultura yoruba, cuyo vocablo (ogbon) significa simultáneamente “arte y sabiduría; para ellos, el disfrute estético implica la transmisión de conocimiento.

Asimismo, en la cultura aborigen australiana el arte es el vehículo que, junto a los relatos orales, transmite los conocimientos más importantes para la comunidad. Curiosamente, en estas sociedades, la distinción social no se basa en las posesiones materiales, sino en el grado de conocimientos adquiridos, por lo que el arte es un correlato de la jerarquía social y de la autoridad.

La revolución cultural del Renacimiento tiene importantes consecuencias en las sociedades europeas y una de ellas es lo que solemos denominar “individualismo” que, en términos estéticos y ya en el siglo XIX, podemos relacionar con una concepción idealista y romántica, en la que el arte se concibe básicamente como forma de expresión: lo importante es la capacidad de expresar la sensibilidad interna del artista, ya que el estilo de un artista es la expresión de su personalidad individual.

A partir del Renacimiento, el artista ya no es anónimo. Incluso en algunos casos, llega a atribuírsele la categoría de “genio” y se generan multitud de estudios con la única pretensión de asignar precisamente una obra concreta del pasado a un determinado autor.

Se llega a la pretensión, que a mí me parece rayana en lo extravagante o en lo neurótico, de intentar distinguir a autores individuales ¡del Paleolítico! Citando nuevamente a Coomaraswamy: “todas estas cosas son los productos de un individualismo pervertido, e impiden nuestra comprensión de la naturaleza del arte medieval y oriental. La manía moderna de la atribución es la expresión del engreimiento del Renacimiento y del humanismo del siglo XIX”.

Yo añadiría que no solo nos impiden entender el arte cristiano medieval o el oriental, sino todas las expresiones de arte primitivo y popular. Además de que un pensamiento egocéntrico, vanidosamente incardinado en un solo individuo, escapa a la esencia social de los humanos y, por lo tanto, carece de valor adaptativo.

Tolstoi decía que “los que están acostumbrados a un pensamiento independiente y solitario no entienden fácilmente el de los demás y son muy parciales respecto al propio”. Por cierto, Tolstoi consideraba el arte popular y campesino con un efecto más profundo y extendido que la obra de Miguel Ángel, Rafael, Tiziano…

Volviendo a Lévi-Strauss y a la obra que ya cité en el primer artículo de esta serie, concluye que la creencia occidental en la creación individual no es más que una ilusión porque “el individuo no puede recorrer solo el camino de la creación. Cada individuo se identifica, inevitablemente, en relación con todos los demás usuarios del lenguaje de la forma artística en cuestión”.O, como dice Coomaraswamy, “el hombre libre no trata de expresarse a sí mismo, sino eso que ha de ser expresado”.

Pero que se lo cuenten a Salvatore Garau, que ha conseguido que le paguen 15.000 euros por una escultura invisible e inmaterial –vamos, inexistente– con el significativo título de Io sono (Yo soy). ¡Si esto no es exaltación de la creatividad individual que venga Dalí y lo vea!

JES JIMÉNEZ

22 de junio de 2021

  • 22.6.21
El cadáver de Olivia, la pequeña de seis años que desapareció junto a su hermana Anna hace unas semanas en Tenerife, fue localizado finalmente en el interior de una bolsa a más de mil metros de profundidad. Y en el momento de escribir estas líneas, todavía se sigue buscando a su hermana y al que todos los indicios apuntan como asesino, que no es otro que su padre.


Este cobarde no aceptaba que su mujer se hubiese separado de él para estar con otro hombre. Y no es porque la amara sino porque la consideraba de su propiedad, igual que sus hijas. Posiblemente tuvo ocasión y medios para poder matar a su esposa, pero era mejor, más inhumano, matarla en vida, despojarla de lo más importante en el mundo para una madre: sus hijos.

Al cabo de tanto tiempo, la sociedad se da cuenta de que existe otro tipo de violencia contra las mujeres y que hace mucho más daño que cualquier otra: la violencia vicaria, que ha existido siempre pero que, igual que la violencia psicológica, la sociedad –y en particular la Justicia– nunca la habían aceptado.

Los menores que son hijos de víctimas de violencia de género corren un gran riesgo de ser atacados por sus progenitores y, sin embargo, apenas un 3 por ciento de los casos de violencia de género termina con el régimen de visitas suspendido, lo que implica que el maltratador ya no puede ver a sus hijos.

Un maltratador nunca es un buen padre ni una buena persona, aunque ante los demás sea un ser maravilloso. Por ese motivo, la Justicia, una vez que se ha demostrado que ha ejercido violencia, debería tomar medidas preventivas en relación con los hijos.

Desde el 2013 hasta hoy han sido asesinados por sus padres 38 niños y casi 1.100 mujeres. El Estado debe tomar cartas en el asunto y considerar la violencia de género como terrorismo. Porque lo es. Lo primero que habría que hacer es “desestereotipar” contextos relacionados con el género, que se basan en argumentos del tipo “todas las mujeres son muy malas y solo buscan el dinero de los hombres”.

El cantante Diego El Cigala fue detenido hace pocos días y se le investiga por ejercer violencia contra su mujer. Pues bien, lo primero que soltó a los periodistas fue que a todas las mujeres les gustaba el dinero. Y mucha gente lo vio tan normal.

Fernando Báez Santana, de profesión párroco, culpó a la madre del crimen perpetrado por Tomás Gimeno contra sus hijas. Y lo hizo sobre la base de una supuesta infidelidad de la esposa. El sacerdote ha declarado que el asesino es una víctima como consecuencia de la ruptura del matrimonio y de la infidelidad de la madre y afirmó que las niñas estarían vivas si la madre no hubiese dejado al padre tras romper el vínculo matrimonial.

No contento con eso, este ministro de Dios llegó a manifestar que "la madre ha recogido lo que sembró". No podemos perder de vista que este señor es una persona que influye en una parte social importante, con lo que estas declaraciones son, como mínimo, escandalosas, e incluso podrían ser delictivas. De hecho, la Fiscalía está comprobando si hay indicios de delito.

Otras manifestaciones sostienen que las mujeres también maltratan a los hombres. No digo que no sea cierto pero, sin duda, lo es en mucha menor escala y, evidentemente, con menor violencia física. En cualquier caso, estas ideas contribuyen a potenciar el machismo y la violencia de género.

Es de vergüenza, por ejemplo, que el Gobierno andaluz apoye a un partido político que no reconoce la violencia de género, después de comprobar que esta lacra se ha cobrado la vida de miles de mujeres y decenas de niños.

Mientras haya una gran desigualdad entre hombres y mujeres, se siga cosificando el cuerpo femenino y la sociedad siga siendo machista y patriarcal, las mujeres no estamos seguras. Por otra parte, jamás debemos considerar a todos los hombres iguales: sería caer en el mismo error que ellos. Hay hombres maravillosos a los que sus madres les han enseñado a tratar a las mujeres como compañeras de vida y sienten hacia ellas un amor verdadero, sin posesiones: un amor libre de miedos.

REMEDIOS FARIÑAS

21 de junio de 2021

  • 21.6.21
Antonio Tabucchi sostiene que, finalizando la Segunda Guerra, una ballena, exhausta o enferma, o exhausta y enferma, embarrancó en una playa de Alemania. Escribe que Alemania también estaba exhausta y enferma. Sus ciudades estaban derruidas y la gente tenía hambre. Los habitantes de esa pequeña ciudad, cuyo nombre no recuerda, se acercaron a la playa a escuchar la respiración del cetáceo.


Varios días después, la ballena no había muerto. Los habitantes de esta ciudad no sabían cómo se mata a un animal que “no es un animal sino un enorme cilindro oscuro y brillante que hasta entonces habían visto tan sólo en las ilustraciones”.

Cuenta el escritor italiano que un buen día alguien cogió un cuchillo de grandes dimensiones, se acercó a la ballena, extrajo un cono de su carne grasienta y se la llevó a casa. A partir de ahí, todos los vecinos, protegidos por la oscuridad de la noche, iban a arrancar pedazos de la ballena, porque todos tenían vergüenza unos de otros, aunque todos sabían qué estaba ocurriendo. Añade Tabucchi: “La ballena siguió viviendo aún durante muchos días, a pesar de mostrar unas llagas horrendas”.

Esta historia está contenida en el título Dama de Porto Pim, libro que he vuelto a releer estos días y que volveré sobre él en el momento menos pensado. Hay libros que son parte ineludible de nuestras vidas por razones que no siempre sabemos descifrar con certeza.

El volumen es un relato imaginario, real y cultural, de un viaje a las islas Azores, donde narra qué será de los últimos balleneros y de las ballenas supervivientes. Enrique Vila-Matas sostiene también que el libro es “una especie de Moby Dick en miniatura”.

Pero tal vez sea mucho más y, sobre todo, un artefacto diferente a cualquier otro y difícil de catalogar. Un libro de frontera, tan dispar como unitario. El volumen contiene relatos breves, fragmentos de historias y de memorias, transcripciones y apéndices, notas personales.

En el texto titulado “Una caza”, Tabucchi embarca en una lancha a motor de diez metros llamada “María Manuela”. Acompaña a una expedición capitaneada por su patrón ballenero. Pese a sus setenta años, es ágil y todavía juvenil. El arponero, por el contrario, es joven, no más de treinta años, de enorme barriga y espesa barba.

El escritor italiano desmenuza los movimientos de los balleneros. Buscan a la ballena de frente “para evitar la cola y porque si se le acercasen por los costados quedarían expuestos a sus ojos”, escribe. El arponero permanece inmóvil en la punta de proa, de pie, con una pierna flexionada hacia delante y empuñando el arpón, “espera con concentración el momento propicio, cuando el barco esté lo bastante cerca para permitirle atacar un punto vital pero lo bastante lejos para no ser acometido por un coletazo del cetáceo herido”.

Después de algunos detalles minuciosos en la caza del hombre contra el cetáceo, Tabucchi narra cómo muere la ballena: “Luego aflora de nuevo la cola, imponente y lastimosa, como una vela negra. Y por último emerge la gran cabeza y ahora oigo el grito de muerte, un lamento agudo como un silbido, estridente, desgarrador, insostenible”.

El patrón del barco pregunta al escritor por qué ha querido participar en esta jornada, y si es por simple curiosidad. Tabucchi titubea en la respuesta. Pero al fin acierta a decirle: “Quizás porque estáis los dos en extinción, le digo finalmente en voz baja, vosotros y las ballenas, creo que por eso”. Piensa que el patrón se ha dormido, porque no replica.

En mitad del Océano Atlántico, a medio camino entre Europa y América, se encuentra el archipiélago de las Azores. Oficialmente es una región dotada de autonomía política y administrativa. Forma parte de la Unión Europea con la clasificación de “región ultraperiférica”.

La capitalidad la comparten tres ciudades: Ponta Delgada, Horta y Angra do Heroísmo. Situado a 1.400 kilómetros al oeste de Lisboa, el archipiélago lo componen nueve islas: Santa María, São Miguel, Terceira, Graciosa, São Jorge, Pico, Faial, Flores y Corvo.

La colonización portuguesa comenzó en 1432 y continuó durante todo el siglo XV, aunque también fue poblada por flamencos. El suelo es de origen volcánico y los acantilados son “a menudo capas de lava durísima, mientras que en las zonas llanas existen extensiones de piedra pómez reducida a polvo”, escribe Tabucchi. Sostiene también que el clima es “benigno, con lluvias abundantes, pero de breve duración y veranos muy cálidos”.

El escritor italiano ha viajado mucho y ha escrito sobre sus viajes. El mapa de sus viajes está también en las lecturas que le conducen a esos mismos viajes. Pero advierte al lector: “Soy un viajero que nunca ha hecho viajes para escribir sobre ellos, algo que siempre me ha parecido una estupidez. Sería como si uno quisiera enamorarse para poder escribir sobre el amor”.

Para escribir este libro único, Tabucchi viajó a las Azores, se embarcó para ver morir a una ballena, visitó el bar donde se sirven los mejores gintónics del mundo, robó su memoria a un antiguo ballenero, convertido en cantante en locales nocturnos, en el relato titulado como el libro. Una historia de amor, traición y violencia bellísimamente bien escrita. Un arte de relatar, como señala Nico Orengo, “entre lo maravilloso y el realismo más minucioso”. Porque, tal vez, como asegura Paolo Mauri, para Tabucchi, “el verdadero viaje es la escritura”.

Antonio Tabucchi abrió, con Dama de Porto Pim, un camino hasta ese momento nada escrutado en la escritura de lo fragmentario. Precisión en el lenguaje, leyenda y realidad, la violencia descrita con la nostalgia de la memoria y con el sorpresivo final impuesto por un ineludible destino al que ningún ser humano podría escapar.

Ese día que Tabucchi quiso ver cómo arponeaban a una ballena, experimentó la sensación de que era observado por ella. Guiado por esa misma sensación escribió el breve relato con el que cierra este libro, titulado “Una ballena ve a los hombres”. Y nos ve siempre muy ajetreados, con largas extremidades, poco redondos, sin la majestuosidad de las formas consumadas.

Se deslizan sobre el mar, piensan las ballenas, pero no nadando, como si fueran pájaros, e “infieren la muerte con fragilidad y grácil ferocidad”. El relato concluye con este hermoso y definitivo párrafo: “En seguida se cansan, y cuando cae la noche se echan sobre las pequeñas islas que les transportan y tal vez duermen o contemplan la luna. Se alejan deslizándose en silencio y es evidente que están tristes”.

Me pregunto desde entonces, cuando cualquier animal me observa sin pretensiones, que todos sucumben con razón al mismo pensamiento: nos ven muy tristes. Igual saben por qué.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

20 de junio de 2021

  • 20.6.21
Al lado de mi mesa de trabajo tengo colgado un original calendario editado por el Ministerio de Ciencia e Innovación en el que cada día aparecen, no los santos o las vírgenes como tradicionalmente nos habían acostumbrado, sino los nombres de científicos, hombres y mujeres, así como las efemérides o los inventos más significativos, indicando también el año en el que se produjeron.


Lo suelo mirar con frecuencia por las mañanas, así me voy enterando de cosas de algunos personajes y de curiosidades que desconocía. En este ojear cotidiano, resulta que al llegar al pasado día 6 de junio, que caía en domingo, debajo del dibujo de una pequeña caja de cartón de color verde, pude leer: “1907. Se lanzó Persil al mercado. Fue el primer detergente de ropa de acción automática”.

Me quedé un tanto sorprendido, pues no me imaginaba que el nacimiento de Persil estuviera a la altura del descubrimiento de una nueva galaxia, de la creación de un singular telescopio o de la primera demostración de la televisión en España… que, por cierto, fue en 1948, el mismo año en el que a mí se me ocurrió venir a este mundo.

Como he sido (soy aún) profesor de arte, imagen y publicidad en la universidad, recogí con cierto alborozo la noticia. ¡Resulta que el famoso Persil vino a revolucionar el ámbito de la limpieza hace más de un siglo! ¡Esto –pienso para mis adentros– se lo tengo que plantear a mis alumnos que creen que el mundo nació con ellos o que no existió antes de la aparición del WhatsApp!

Y es que, aunque parezca mentira, en el fondo de mi cerebro (no sé en qué parte, pues a mí los cerebros me parecen verdaderos laberintos de cables entrecruzados) todavía resuenan las notas musicales que acompañaban a ese eslogan que escuchábamos en la radio y que decía: “Case su ropa con Persil…”.

Lo cierto es que los directivos de la empresa que lo comercializaban se habían puesto muy finos y habían acudido, nada más y nada menos, que a un fragmento de la obertura El sueño de una noche de verano de Félix Mendelssohn para acompañar la frase que hicieron famosa.


Era, pues, cuestión de enterarse y saber a quién se la había ocurrido la brillante idea de crear y comercializar el jabón en polvo que, como bien dice mi calendario científico, fue una revolución al lograr la limpieza de ‘forma automática’, por lo que la mujer ya no tendría que romperse la cintura con aquellas rústicas tablas de lavar mientras frotaban la ropa con las enormes pastillas de jabón de color verde o anaranjado que desprendían un intenso olor (ojo, que no perfume, pues esto ya vendría después con marcas tipo Mimosín, ya que parece que ahora toda la casa tiene que oler a fragancias primaverales, según nos dice la insistente publicidad).

Como a mí me encanta el diseño gráfico, lo primero que hice fue mirar a los primeros carteles que promocionarían el Persil. Todos estaban en alemán, ese extraño idioma que nos suena tan raro por la cantidad de jotas que pronuncian. Ya me daban la primera pista del país en el que nació este detergente. Pero es que también los encontré en francés, por lo que imaginé que pronto se extendió el producto más allá de las fronteras germánicas.

Eso sí, todos estaban protagonizados por figuras femeninas. ¡De ningún modo podría aparecer algún hombre, ni siquiera un niño ayudando, a pesar de que en las escenas familiares de otros carteles todos se sentían muy contentos contemplando la ropa recién limpia que la sufrida ama de casa, toda orgullosa, mostraba sabiendo cómo se lograba tal perfección!


Sigo averiguando y leo lo siguiente: “La empresa alemana Henkel inventó en 1907 un polvo para lavar que comercializó bajo el nombre de la marca Persil. El nombre proviene de dos de los ingredientes originales: perborato y silicato, pero esto es poco conocido en los mercados internacionales”.

¡Genial! ¡Ya me he enterado de que su nombre procede de las dos primeras sílabas de perborato y silicato! Pero esto yo no se lo diré a mis alumnos; simplemente, les explicaré que el nombre del detergente proviene de esos dos componentes, por lo que quedaré fenomenal, dando la impresión de que sé mucho de química, aunque lo cierto es que desde el bachillerato no he vuelto a abrir ningún libro de esta materia.

Como decía, el nuevo detergente era tan femenino que, incluso, a las niñas desde muy pequeñitas había que acostumbrarlas a esta marca. Aunque la publicidad por aquellos años no estaba tan desarrollada como hoy acontece, intuían que si se las sacaban en los carteles jugando a planchar la ropa tras haber sido lavada con Persil o a imitando a sus mamás, esas imágenes quedarían grabadas en sus pequeños e inocentes cerebros y las acompañarían para el resto de sus vidas. Sin darse cuenta, esos avispados empresarios descubrieron lo que posteriormente se llamaría “fidelidad a la marca”.


Y si hablamos de fidelidad, ¿qué mayor que la que se establece cuando te preguntan, ante el cura o el juez, si quieres casarte con quien tienes al lado? Supongo que a la empresa le pareció genial la frase “Case su ropa con Persil”, como si el detergente fuera el agraciado galán que acudiría presto a ayudar a la joven y futura ama de casa en la ingrata tarea de la limpieza de la colada (y digo "joven" porque en el maravilloso mundo de la publicidad no pueden aparecer verdaderas amas de casa, ni siquiera simuladas, puesto que más allá de los treinta años las mujeres se vuelven invisibles en los anuncios).

Pasados los años, como no podía ser de otro modo en la dura batalla que establecen las numerosas marcas, la de procedencia alemana se ha visto enfrentada a otras muchas que compiten entre sí por ganarse el corazón y el bolsillo de las atribuladas féminas que necesitan estímulos suplementarios para no abandonar a su detergente favorito.

Sabiendo que vivimos en un mundo en el que suena muy bien eso de ‘amores eternos’, pero sospechando que ahora la eternidad ahora dura como mucho dos o tres años, los dueños de Henkel consideraron que viene bien echar una sutil ‘ayudita’, diciéndoles a las fieles seguidoras de que con “Persil pueden ser millonarias”. ¡No está nada mal eso de llegar a ser millonaria simplemente como premio a la fidelidad a la marca alemana!

Y las preguntas que ahora caben hacerse son la siguiente: ¿Compartirá la afortunada los millones con su pareja o lo dejará plantado con un par de narices? ¿Se imaginará en una feliz estancia en el Caribe, tendida al sol en una hamaca, con un daiquiri de limas recién cortadas del árbol y al lado de un solícito camarero, que por fin se ha liberado para siempre de las eternas coladas que no la dejaban ni respirar?

AURELIANO SÁINZ

19 de junio de 2021

  • 19.6.21
Es maravilloso ser tita: es el mejor rol del mundo mundial. Los padres educan, los abuelos consienten y las titas estamos para disfrutar de los sobrinos. Nos los comemos a besos, les enseñamos cosas, jugamos con ellos y la parte más difícil queda para los padres. Un día de brío con ellos, al que sigue un noche tranquila porque te vas a tu casa; porque no continúas con los baños, con las cenas y con las noches en vela. Lo haces, pero de vez en cuando, no todos los días: ya tienen a sus padres.


Ser tita no es cuestión de consanguinidad. Es cuestión de amor. Yo soy una tita feliz, que vuela cuando siente los brazos de Alma en el cuello y diciendo "ay". Un "ay" de ella es la mejor medicina para un día difícil. Verla correr hacia mí en el parque es una sensación que solo se puede vivir. Imposible desgajar para explicarla.

Ayer, mientras miraba el móvil, me dijo: "Hola, tita". Lo hizo en una videollamada, con sus rizos acaracolados y con esa mirada azul felina que puede ser un peligro en el futuro... Y entonces quieres traspasar la pantalla y comértela a "bocaítos".

Es maravilloso ver el mundo a través de sus ojos. La piscina es una playa y esconderse es el mejor juego posible. ¿Dónde está Alma? Su risa contagiosa cuando la pillo es un estallido de felicidad. Gesticula con sus pequeñas manos iguales a las de su padre y me da explicaciones que apenas logro entender.

Le gusta bailar como a la abuela, que es un trompo. Intenta hacer con su cuerpecito todos los movimientos que ve en la pantalla. Es tan tierno ver cómo su coordinación avanza... Un cuento de cuatro hojas se puede convertir en un libro de 500 páginas. Continuamente quiere que le cuente cosas del mismo y la tita va descubriendo un gusanito que le había pasado desapercibido en la rama de un árbol y disfruta buscando los dinosaurios escondidos en las tres dimensiones. Podemos ver el cuento más de 20 veces seguidas y no se cansa.

Tiene uno de animales con sonidos. El otro día me cogía el dedo mientras me decía "ira, tita" con su media lengua. Y me lo llevaba al botón donde cantaba el pajarito o el pato soltaba su característico "cua, cua".

¿En qué momento perdemos la capacidad de asombro? ¿Cuándo deja de llamarnos la atención la naturaleza y todo lo que nos rodea? La sensación de amor y de protección que me venía cuando estoy con ella es la mejor de las medicinas. Mi mente libera miles de hormonas de alegría y bienestar. Y no puedo parar de decirle que la quiero.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

18 de junio de 2021

  • 18.6.21
Reconozco que me ha sorprendido gratamente el breve libro titulado De la lectura y del arte de escribir, obra de Rafael Tomás Caldera y editado en Madrid por Rialp en este mismo año 2021. Y me ha sorprendido por la importancia y por la utilidad de sus oportunas explicaciones para ayudar a los profesionales a desarrollar las tareas informativas, críticas y literarias.


Me ha llamado la atención, en primer lugar, la manera clara de la que el autor aplica las pautas para la lectura y para la escritura. A pesar de que apoya sus orientaciones metodológicas en las doctrinas de las poéticas, retóricas y preceptivas clásicas, la lectura me ha resultado especialmente grata y práctica porque constituye una muestra ejemplar de la utilidad de sus orientaciones, y una demostración lúcida del valor de sus oportunos comentarios. Nos demuestra que no es necesario el uso de los tecnicismos, un lenguaje que puede ser adecuado para los especialistas pero que es oscuro y a veces incomprensible para los lectores no profesionales.

De manera breve y exacta, el profesor y escritor Rafael Tomás Caldera nos orienta para que mejoremos la calidad de nuestras lecturas, para que, además de entender y de comprender los textos, situemos sus asuntos en sus contextos, valoremos sus expresiones y ahondemos en sus mensajes. ¿Cómo? Llevando a cabo tres operaciones sucesivas y complementarias: el análisis, la síntesis y la crítica, tres tareas imprescindibles para lograr la “asimilación” –la digestión– consiguiendo que las sustancias más nutritivas alimenten nuestras vidas.

Importante también, a mi juicio, son sus propuestas para orientar el aprendizaje y el perfeccionamiento de los diferentes géneros de la escritura. Partiendo del supuesto de que es una tarea práctica y compleja, nos anima para que empecemos a practicarla y para que sigamos creciendo como escritores: “Lo esencial es escribir” pero a condición de que, de manera inmediata y repetida, corrijamos, enmendemos y mejoremos nuestros "borradores”.

Valiosas y útiles, por supuesto, son las pautas que nos dicta para que dotemos a nuestros escritos de contenidos importantes, interesantes y provechosos. Sus breves indicaciones sobre las partes, el título, la articulación de los contenidos, sobre la búsqueda de informaciones, sobre la unidad, coherencia y énfasis de los textos, y sobre la sencillez, la claridad y las fuerzas de las palabras constituyen, en mi opinión, una estimulante y amable invitación para que nos decidamos a iniciar esa apasionante aventura de la escritura.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

17 de junio de 2021

  • 17.6.21
La violencia por desavenencias dentro de una pareja se da con mucha frecuencia. Uno de los casos más vergonzantes e inhumanos es utilizar a los hijos como arma arrojadiza para dañar al otro (él o ella), incluso aniquilándolos, como los tres casos recientes que aun nos amargan el día a día. El caso de Anna y Olivia, asesinadas por el padre, está aún caliente y sin terminar de resolver.


Más. Una madre mata a su hija de cuatro años para así dañar al padre que no quería volver con ella. Un caso sonado por su crueldad acaece en Córdoba en 2011. José Bretón quema a sus dos hijos de 2 y 6 años. La finalidad de tan macabro hecho es dañar a la madre. Por desgracia, hay más casos.

Este tipo de comportamiento ya está recogido en la mitología griega. Para hacer referencia al calado de dicho problema recurro al Síndrome de Medea, mediante el que queda claro que uno de los progenitores no tiene problema en matar a sus hijos si con ello consigue dañar a la pareja.

Dicho síndrome refleja la brutalidad que puede llevar a cabo el padre o la madre para vengarse de su expareja. En el relato mítico será la madre quien mate a los hijos de ambos. Las líneas que ofrezco a continuación son una breve síntesis sacada del libro Mitología griega y romana, de J. Humbert (Edt. Gustavo Gil).

Medea se enamora de Jasón y le ayuda a robar el vellocino de oro propiedad de Eates, padre de Medea. Resulta difícil llegar hasta el tesoro porque está custodiado por unos feroces animales. Medea se ha enamorado de Jasón y, para ganárselo, se ofrece a neutralizar al dragón y dominar a los toros protectores del tesoro. A cambio, le dice: “me jurarás amor y felicidad y serás mi esposo”. Jasón acepta la propuesta.

Durante un tiempo fueron felices pero “no comieron perdices”, pues Jasón repudia a Medea y se casa con Glauca, hija de Creonte. La venganza no tarda en llegar por parte de Medea, que destruye el palacio con la nueva esposa dentro. Tiempo después matará a los dos hijos habidos con Jasón. Con anterioridad había descuartizado a su hermano porque se opone al robo del vellocino.

A partir de entonces, la tristeza y la melancolía arrastran a Jasón a la muerte. Medea no corrió mejor suerte y, poco a poco, se irá consumiendo. Matar a los hijos de ambos fue el fatal golpe que Medea infringe a Jasón en venganza por su infidelidad y abandono.

Volvamos al caso de Anna y Olivia. La investigación confirma, desgraciadamente, el fallecimiento de la niña mayor. Hay indicios de que la pequeña corrió la misma suerte. Incluso se piensa que el padre se ha quitado de en medio. Parece ser que el padre ya había avisado a la madre que no volvería a ver ni a sus hijas ni a él. Ya sé que esa es la creencia general pero la duda de su muerte revolotea en el aire.

El pasado lunes 14 de junio aparecía en prensa una carta de agradecimiento de la madre de Anna y Olivia por los apoyos recibidos. Dice: “Quería que sufriera de por vida buscándolas sin descanso”. Efectivamente, es lo que sugiere todo el montaje del padre. Es más, aun persiste en el aire, eso creo, la duda de si se ha suicidado o está perdido por cualquier rincón de este mundo.

Para quien tenga algo de más interés sobre el tema, adjunto enlace de la carta mandada por la madre de Anna y Olivia. En este caso, la referencia es de la web del diario 20 Minutos porque permite entrar en la noticia de manera gratuita. En otros digitales es imposible el acceso si no pagas.

La separación de parejas está hoy a la orden del día. Se habla ya de algunos cientos de miles de casos anuales. Podemos pensar que la unión y la formación de familias se produce por un enamoramiento sin sopesar lo que conlleva formar una familia y convivir con la pareja teniendo cada uno su espacio y los dos un espacio común.

¿El personal se separa con mucha facilidad, casi con frivolidad? ¿No nos aguantamos? ¿Ha desaparecido la capacidad de entenderse con el otro en el día a día? ¿Simplemente se agotó el amor, palabra que lo dice todo y no dice nada? Pues tiramos por el camino más fácil, que no lo es.

España es el segundo país de la Unión Europea con más separaciones. Dichas disoluciones pueden llevarse a cabo de mutuo acuerdo o por el juzgado. El llamado “divorcio exprés” es un tipo de separación “a las buenas”. El otro modelo pasa por el juzgado con el arbitraje de juez y abogados. Tarda más tiempo, puesto que hay que pleitear (a malas) y, que no nos quepa la menor duda, dicho modelo judicial hace más daño tanto a adultos como a la prole, sean ellos adolescentes o infantiles.
Seguir a toda costa una situación vivencial deteriorada, agresiva, opresora, de continuo enfrentamiento, tampoco es bueno para nadie. El “hasta que la muerte nos separe” dejó de valer y, por tanto, no está vigente. Las cosas no salieron tal como esperábamos, no nos entendemos, lo hemos intentado, pero… Más vale separarse que machacarse día tras día con enfrentamientos humillantes para ambos y malestar para los hijos.

Es importante saber y tener en cuenta que una familia llena de conflictos es mucho más perjudicial que la misma separación y que contar con la presencia del padre y la madre en el hogar no garantiza la felicidad o el desarrollo óptimo de sus miembros en dichas circunstancias de guerra psicológica y muchas veces física. Maltrato conyugal.

Posiblemente pensemos que es muy fácil emitir juicios de valor sobre este asunto. La casuística es tan amplia como parejas hay. Sin pretender agotar el tema ni menospreciar a los adultos implicados, me centraré en los desperfectos colaterales ocasionados a los hijos, si los hay. En este caso, había dos niñas encantadoras, Lamentablemente son las grandes perdedoras en esta ominosa contienda, porque eran las más frágiles y estaban indefensas.

Una separación conlleva, por su propia esencia, una dosis de hostilidad entre los padres. Si la hostilidad persiste después del divorcio, es difícil que no afecte a la convivencia de los hijos. Si la discordia se traslada a los hijos, intentando que tomen partido o que vean a la otra persona como un ser con muchos defectos, están haciéndoles un flaco favor.

Parto del hecho cierto que hay exmaridos y exesposas, pero no debe haber expadres, salvo por desgracia, cuando la muerte está por medio. En el sonado caso de Tenerife nos topamos con un monstruo capaz de asesinar (“matar” suena a poco) a dos inocentes niñas para martirizar a la madre. No olvidemos que también son sus hijas.
La maldad, por parte del padre, brota como un veneno cruel. Nos enfrentamos a un crimen repugnante. El padre opta por matar a las hijas para que la madre sufra y, en lo que le quede de vida, se sienta culpable de dichas muertes.

La muerte de las niñas tinerfeñas, amén de ser un crimen, representa toda la venganza y maldad del padre contra la exmujer. En una separación y, de cara a los hijos, es básico tener en cuenta y claro algunos aspectos. Los hijos nunca, nunca, deberían ser moneda de cambio.

Razones para separarse puede haber muchas. Infidelidad de uno o de los dos miembros de la pareja. Celos de uno de ellos con o sin fundamento puede ser otro motivo y causa para separarse. Que dicha separación sea la mejor opción para ambos vale como una alternativa a frustraciones, peleas y enfrentamientos cotidianos.

¿Quién es capaz de matar a sus hijos? La psicología puede que nos dé explicaciones de la mente retorcida y malvada de este tipo de asesinos. Pero sigo haciéndome la misma pregunta, primero como padre y después como abuelo. Una noticia reciente nos dice que en España hay más de 355 niños protegidos por la autoridad porque sus vidas corren peligro por parte de uno de sus progenitores. Tremendo.

PEPE CANTILLO

14 de junio de 2021

  • 14.6.21
Hay una vida que dejamos atrás que a mí no me interesa. O no me gusta tanto como se dice o se recuerda. O, más bien, una parte de aquella vida, pedazos inconexos de experiencias truncadas que la nostalgia edulcora y que la memoria después almacena en una sola noche de desahucios personales.


Jesús Ruiz Mantilla pregunta a Marina Garcés, filósofa, quien fue un luminoso referente del 15-M, si algún día entenderemos lo que ha significado la pandemia. Ella responde: “Parto de la base de que entendemos muy pocas cosas. Existe el miedo al vacío. Ese término de la nueva normalidad es espantoso, como una parodia de nosotros mismos”.

Claro, el término “normalidad”, en sí mismo, da miedo, provoca urticaria colinérgica. Una palabra que excluye la sorpresa y la aventura, que hace los días iguales y monótonos, que mide las noches siempre por el mismo rasero, con luna o sin luna, que nos acomoda en una zona de confort estandarizada y nunca hecha a nuestra medida, que nos iguala en las apariencias –o tal vez ni en las apariencias–, pero nunca en las nóminas, en las distraídas utopías que echamos a la papelera, en los sueños surcados de posibilidades advenedizas que no conducen a parte alguna.

Cantaba Joaquín Sabina que, al lugar donde fuiste feliz, nunca has de volver. Porque acostumbramos a vestir ese tiempo consumido y consumado en días que ya no se pueden, ni se debieran, repetir. Marina Garcés lo dice así: “La nostalgia de querer volver a un punto de partida cuando sabemos que no. Correremos a recubrir lo que salga de aquí con lo que sea”.

Si no nos sirve el término “normalidad”, cómo nos comemos su significado con adjetivo anexo: “nueva normalidad”. Hay una impostura perniciosa en ese retorno a ninguna parte, a un mundo deshabitado de hechos conocidos y de cosas que ignoramos. Se nos queda una expresión momificada de no entender nada, de buscar significados donde solo alcanzamos a cotejar palabras sin sentido.

Tal vez la nueva normalidad solo sea una expresión poco acertada y motivada por esa razón honda que habita en lo más oscuro de nuestro ser. Ser y estar, por supuesto, en un mundo nuevo y antiguo, intuido y huraño, locamente feliz y perdidamente ajeno a nuestra voluntad.

Lo dice también Marina Garcés cuando Ruiz Mantilla insiste en preguntar si no tendrá nostalgia de la antigua normalidad. Su respuesta es certera: “No, yo no. No era un mundo más seguro. Es el mundo que ha conducido a esto. El de ayer es otro mundo, es el mismo con diferentes efectos no separado de la crisis ambiental, de la escasez de recursos, de la desigualdad”.

Sí, vivíamos en un mundo imperfecto, en una vida muy mejorable, y nos sentíamos felices con las migajas de seguridad que nos otorgaba nuestro estatus social. No podíamos ser mucho más, pero a nuestro lado muchos eran muchísimo menos, y no contaban absolutamente con ninguna posibilidad de que sus vidas diesen un vuelco y les pusiesen de nuevo en la rampa de salida. Con los días ya hechos, y otros deshechos, nos puede aún la nostalgia de un mundo baldío y bastardo, imperfecto y perfeccionable, pero parado o muerto en mitad de un vacío insondable.

No parece que los nuevos vientos que soplan traigan tiempos mejores, ni que milagros huracanados nos curen de esas enfermedades que ciegan los horizontes más altruistas. Hay un sedentarismo denso adentro de nosotros que nos atrapa sin consciencia y sin conciencia, y nos devuelve desnudos al primer día de nuestras vidas, gritando de miedo al mundo que se abre en la antesala de una mañana de disturbios fugaces u obscenos. El paso del tiempo ayuda a minorizar los efectos del cambio y a ensanchar tantas tardes que contenían telenovelas, inquietud de siestas, tormentas repentinas, noches próximas e inquietantes.

Al frente de Hombres G, David Summers, de gira a los 21 años en América, confiesa que se comió la vida a bocaos, pero siempre eligiendo qué se tragaba por la boca. Luz Sánchez Mellado le pregunta qué queda después de haberse comido y gozado todo. Y él responde: “Siempre estoy abierto a las sorpresas de la vida”. Sí, siempre hay que reservar un espacio a la sorpresa, al hecho más extraordinario, a la lluvia repentina y fugaz, a la noche fría que cierra un día deslumbrante de ansiedades.

Afuera, protegidos de esa nueva normalidad que se vende de oferta en cualquier mercado, siempre nos queda una palabra nueva, labios que buscan otros labios y no son los mismos que antes, una mirada enigmática que dice más de lo que esconde, una mascarilla tirada en la esquina de otra calle, como una huella arqueológica de un tiempo de pandemia que rompió entre nosotros una normalidad que nunca fue perfecta y que habita una nostalgia que alimentamos sin atender a la dieta que nos hará libres y –quién sabe– tal vez también felices –aunque de otra manera que ignoramos–. Y ese, solo ese, es nuestro miedo. El miedo a la felicidad.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

13 de junio de 2021

  • 13.6.21
El reciente conflicto que ha tenido la ciudad de Ceuta con la entrada masiva de diversa gente formada mayoritariamente por niños y jóvenes marroquíes, también por algunos jóvenes subsaharianos, ha dado lugar a que tangencialmente se hable del pueblo saharaui, aunque sea a través de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario y presidente de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), que fue ingresado en un hospital de Logroño para ser tratado de covid-19 y de un cáncer.


De lo que no se ha hablado es de que Ghali, como todos los saharauis que nacieron cuando el Sahara Occidental recibía el estatus de provincia, tenía nacionalidad española, situación que no se vio alterada hasta que vergonzosamente el territorio fue abandonado a su suerte tras la denominada Marcha Verde de 1975, organizada por Hassan II, el entonces rey de Marruecos.

Al igual que le acontece al pueblo palestino, el pueblo saharaui se siente internacionalmente aislado y sin apoyos sólidos, dado que su legítimo derecho a tener un Estado propio queda fuera de la agenda de las grandes potencias, especialmente de Estados Unidos. A partir de Donald Trump no solo se respalda abiertamente la política de apartheid del Gobierno de Israel con los palestinos, sino que también dio el visto bueno a la política anexionista de Marruecos con el Sáhara Occidental.

De nada sirve que por parte de las Naciones Unidas fuera aprobada una resolución que determinaba que el pueblo saharaui tenía derecho a un referéndum de autodeterminación acerca de si deseaba ser independiente o de pertenecer a Marruecos. Este último país siempre se ha negado a cumplir esta resolución por distintos medios, boicoteándola y chantajeando para que no pueda llevarse a cabo, pues sabe que mayoritariamente los saharauis desean ser soberanos de su propio territorio.

Para que podamos entender esta situación, brevemente, quisiera apuntar algunas fechas claves en la evolución del territorio saharaui.

La presencia de los españoles en el territorio del África sahariana se remonta hacia 1884. Un año después de la fecha mencionada, se comienza la construcción de Villa Cisneros y el establecimiento de factorías en Río de Oro y Bahía Blanca como núcleos estables (respetamos las denominaciones que por entonces se acuñaron).

En 1959, en plena dictadura franquista, un decreto del Gobierno español dispuso la unión de Río de Oro y Saguía el Hamra para la constitución de lo que sería la provincia africana del Sahara español. Ocho años más tarde, en 1967, la ONU recomienda a España su descolonización.

A pesar de las reivindicaciones constantes de Marruecos, a las que se sumó Mauritania, España se comprometió en 1974 a la celebración de un referéndum de autodeterminación, que se debía realizar en el año siguiente, al tiempo que aprueba la libertad de creación de partidos políticos.

Se forman, pues, dos partidos nacionalistas saharauis: el Frente Polisario y el Partido de la Unión Nacional Saharaui (PUNS). Con el paso de los años, solamente el primero de ellos permanecerá como el referente político de los saharauis que reclaman la independencia a través de una consulta al pueblo.

Por aquellas fechas, las reivindicaciones anexionistas de Marruecos se acentuaban, dado que la situación terminal de Franco y la crisis del sistema político en el que se encontraba sumido el pueblo español favorecían sus pretensiones.

Con sus presiones, Marruecos logró que la ONU suspendiera el anunciado referéndum y accediera a someter la cuestión al Tribunal Internacional de La Haya. El dictamen de este alto tribunal, en septiembre de 1975, no aclaró del todo el problema, por lo que Hasan II aprovechó la crisis institucional española para invadir el territorio con la llamada Marcha Verde.

Ante la ocupación del territorio saharaui, el Gobierno español respondió con clara debilidad, llegando a un acuerdo tripartito con Marruecos y Mauritania para compartir la administración del Sahara Occidental. Este acuerdo suscitó el rechazo total de Argelia y del Frente Polisario, proclamando este último, el 27 de febrero de 1976, la República Árabe Saharaui Democrática (RASD).


La lucha llevada a cabo por el Frente Polisario provocó la retirada de Mauritania del Sahara, ocasión aprovechada por Marruecos para anexionarse todo el territorio. A pesar de la ocupación, los derechos de los saharauis recibieron el respaldo internacional, puesto que la RASD fue admitida formalmente, en 1982, dentro de la Organización para la Unidad Africana (OUA) como miembro de pleno derecho, lo que provocó la salida de Marruecos de esta organización.

En 1985, una resolución de las Naciones Unidas instaba a una negociación, condicionando la celebración de un referéndum en el Sahara Occidental a la retirada previa de las tropas marroquíes del territorio. Más tarde, en octubre de 1988, la ONU reafirmó el derecho inalienable del pueblo saharaui a la autodeterminación y a la independencia si mayoritariamente era respaldada esta opción.

Recordemos que tras la ocupación por Marruecos, una gran parte de la población huyó de su territorio para instalarse en Tinduf, zona desértica del suroeste de Argelia, donde viven aproximadamente 200.000 saharauis que esperan pacientemente volver a su tierra, tras la convocatoria del referéndum eternamente aplazado por los intereses de Marruecos.

En la actualidad, el pueblo saharaui está literalmente abandonado a su suerte, pues, tal como he apuntado, potencias como Estados Unidos y Francia le han dado la espalda, al tiempo que el Gobierno español se fue alejando paulatinamente de la responsabilidad de defender claramente a una población que fue considerada una provincia, por lo que los saharauis también eran españoles.

A pesar de este abandono, los saharauis siempre han contado con las simpatías de la población española, especialmente la andaluza, dada que es la zona geográfica de la península más cercana al continente africano. Esto da lugar a que los proyectos de ayuda y colaboración centrados en la enseñanza hayan sido habituales hasta que los cooperantes fueron amenazados por el terrorismo de la versión de Al-Qaeda en el Magreb y hubo que detener esta línea de trabajo.

De todos modos, quiero mostrar algunos de los dibujos de niños y niñas saharauis que realizaron en una experiencia educativa que durante unos años coordiné y que llevó una alumna de doctorado. Se trataba de que representaran gráficamente los símbolos que para ellos les eran más próximos, así como sus tradiciones, la vida en la familia, su relación con España, los paisajes que a ellos les gustaría conocer, etc.


Hemos de considerar que eran escolares que aprendían español en sus modestas escuelas, por lo que en sus paredes aparecía, junto a otras láminas, un mapa de España que era la referencia que tenían de nuestro país, teniendo en cuenta que algunos de ellos habían pasado algunos veranos en proyectos de acogida con familias andaluzas.


Todos ellos tenían muy claro la historia de su pueblo y la bandera que los representaba, por lo que era frecuente que apareciera en sus dibujos. También dibujaban las jaimas, como habitual vivienda familiar, junto a las casitas de adobe, todo ello en un terreno desértico en el que únicamente se veían cabras, aunque, ocasionalmente, se mostraran camellos.


El sueño de volver al Sahara Occidental, la tierra de sus padres y abuelos, estaba muy presente en sus mentes, aunque eran conscientes de las grandes dificultades que tenían. Ver un río con peces, contemplar un bosque de palmeras o conocer el mar eran imágenes que se repetían en los dibujos en los que plasmaban sus sueños.


En oposición a esos sueños, la tierra árida y seca, el viento que levantaba la arena de un suelo desértico, el sol abrasador del verano, el intenso frío de las silenciosas noches de invierno, eran los escenarios en los que se movían cotidianamente.

Niños y niñas saharauis, educados con criterios de igualdad en las aulas, sabían que se encontraban viviendo en los espacios solitarios de un país, Argelia, que los había acogido; quizás el único gobierno extranjero que ha hecho frente al sátrapa del país vecino. Otros países que podían tomar algunas medidas contra la anexión marroquí se han olvidado de los saharauis, dejándolos, en la práctica, abandonados a su suerte.

AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍAS: BLAS SEGOVIA

12 de junio de 2021

  • 12.6.21
Debería existir un Infierno de verdad, uno al que vaya la gente mala, los seres a los que les gusta hacer daño a los demás, que sienten placer haciéndolo. Recuerdo cómo un genetista me contaba que los seres humanos somos un conjunto de genes y que éstos quieren seguir en el planeta y, para ello, tenemos el instinto de la reproducción. Genes que han sobrevivido miles de años y han llegado hasta aquí. Y quieren seguir existiendo.


Por otro lado, los bebés y los niños están diseñados para despertar nuestra ternura, nuestro instinto de protección, el amor intangible que vive en nuestra mente. Por eso, no entiendo cómo una mala bestia puede matar a sus hijos, matar a su descendencia, a su oportunidad de seguir en la Tierra.

La maldad existe. Tanta filosofía humanista para, al final, descubrir que hay seres que no son humanos; seres malos capaces de cometer atrocidades. ¿Cómo pudo matar a esas niñas, a esos angelitos que empezaban a descubrir la vida? ¿Cómo, después de sentir sus abrazos, su calorcito y ese maravilloso olor a vida pudo planear sus asesinatos?

¿Cómo, después de un "papá, te quiero" mirándote a los ojos, pudiste matarlas, pedazo de cabrón? Creíste que eran de tu propiedad, un juguete que puedes tirar cuando quieras y solo para hacer daño a una madre. Por eso, espero que estés en el Infierno y que hayas tenido una muerte dolorosa.

¿Dónde está la ley? ¿Dónde están la Justicia y sus fiscales para proteger a los menores? Un mensaje de amenaza debe servir para distanciar al maltratador de su prole. Y no, señorías, uno que amenaza y quiere hacer daño no es un buen padre.

Mujeres del mundo, elegid bien a los padres de vuestras criaturas. Para echar un polvo, cualquiera vale; para casarse o tener una pareja, te puedes conformar; pero para seleccionar un padre para tus hijos, no. Igual que la leona elige al león más fuerte y de mejor pelaje, nosotras debemos buscar la bondad, la capacidad de amar y de proteger a las crías. Cualquier indicio de agresividad es suficiente para descartar a un posible padre.

Hubo una mujer a la que grité para que no tuviera hijos con un personaje que ya había demostrado ser cruel con ella. Pero los tuvo y ahora vive el infierno. Pobres niños. Menos físico y menos atracción loca y más usar nuestra parte racional, que para eso somos humanos.

Debemos procurar tener una maternidad responsable con un hombre que, si el día de mañana se rompe el amor, va a seguir queriendo y cuidando a sus hijos. Es verdad que algunos son perfectos actores, pero a otros se les ve venir desde el principio.

Nuestro hijos no se merecen a esa clase de padres. Nadie se lo merece. Hay miles de hombres buenos que conocer. Buscad, buscad antes de ataros a un ser malvado de por vida. Porque los hijos os van a tener atadas a esos padres para siempre.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

11 de junio de 2021

  • 11.6.21
En mi opinión, los lectores y los escritores deberíamos profundizar en la estrecha relación que existe entre el cultivo de las letras, el trabajo con las sensaciones, emociones, pensamientos y palabras, y la agricultura, las labores con la tierra, con la lluvia y con las plantas en el campo. Cicerón, en sus cinco libros titulados Tusculnae Quaestiones, así llamados porque los escribió en Tusculum, afirma que la filosofía es la cultura del espíritu.


Con esta definición Cicerón explica que en las tareas culturales no es suficiente que sembremos buenas semillas sino que también es necesario que la tierra sea la adecuada y que, de vez en cuando, la removamos, la renovemos, la limpiemos de esas hierbas que crecen espontáneamente e impiden el cultivo de las plantas saludables y bellas.

La cultura también alimenta y salva –puede salvar– vidas, sanar las heridas y garantizar un futuro mejor. Los desequilibrios culturales, de manera análoga a los desórdenes alimenticios, generan deformidades e hipertrofias, y pueden producir unas consecuencias tan peligrosas como la desgana, la apatía, las repugnancias, las arcadas, la desnutrición o el raquitismo.

Si pretendemos alimentarnos culturalmente para que crezcan armónicamente las diferentes dimensiones que nos definen como seres humanos, hemos de ampliar el abanico de nuestros gustos y, sobre todo, hemos de cultivar nuestra sensibilidad para ser capaces de analizar y de disfrutar con las creaciones artísticas antiguas y modernas, las elaboradas y las populares. La gravedad de los desniveles culturales estriba -no lo perdamos de vista- en que perpetúan y acentúan las desigualdades económicas y sociales.

Cuando afirmamos que la cultura es "alimento" que sostiene, no elaboro una sugerente metáfora poética, sino que formulo una definición comprensiva y comprensible del ser humano, y declaro mi profunda convicción de que el hombre no puede vivir plenamente con un simple pedazo de pan, o, en otras palabras, manifiesto mi convicción de que, para sobrevivir –para "realizarnos", como se decía hace unos años– necesitamos cubrir también otras exigencias vitales y perentorias: la de una cultura que, arraigada en nuestra tierra, abra la posibilidad de intervenir en nuestra sociedad.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

10 de junio de 2021

  • 10.6.21
Es fácil criticar a los partidos conservadores, llamados ‘de derecha’ según los convencionalismos de la jerga político-social. Incluso en democracia, la derecha es autoritaria, centralista, tiende a la corrupción por exceso de autoridad y falta de medidas de vigilancia, es religiosa hasta la hipocresía y suele desear lo contrario de lo que requiere el común de la población.


Sin embargo, eso ya lo sabemos. No me faltan textos publicados en los tiempos de Rajoy en los que no critique estas taras. Meterse con la mal llamada ‘derecha’ es fácil. En especial, cuando tienes ideas progresistas. Mucho más valor, agudeza y sentido común requiere evaluar y criticar a aquellos que, en teoría, comparten trinchera contigo. En especial, cuando estás, o te hacen creer que estás en medio de un conflicto.

Aristóteles afirmó que aquellos que cometen injusticias lo hacen porque piensan que “han de quedar ocultos”, o bien, que no sufrirán proceso y que, si lo sufrieran, no tendrían pena o que podría ser mínima. Quizá por ello, el ‘Gobierno progresista’ esté cometiendo tantas.

El tándem Pedro Sánchez-Iván Redondo ha conmocionado a la izquierda española, si es que eso existe. Llamó y sigue llamando al progresismo español a una cruzada contra el supuesto fascismo, esgrimiendo argumentos cambiantes, según las necesidades de su voluntad de poder.

Los que se llaman progresistas ya no están solo obligados a serlo, sino que tienen que demostrarlo, mutando el progresismo de ideología o mentalidad a identidad. Ya no basta con ser progresista: tienes que ser antifascista. Y fascista es todo aquel que no se involucre en la cruzada. Los tibios son los peores.

Lo cierto es que los mal autodenominados ‘progresistas’ están teniendo que hacer la vista gorda ante demasiadas cosas. La defensa de la monarquía; la ausencia de regulación en el precio del alquiler; la falta de veracidad de los datos oficiales; la corrupción del PSOE andaluz; el autoritarismo dentro de los partidos ‘progresistas’; la gestión politizada de la pandemia; el ataque continuo a la libertad de información; el malgasto de dinero público; el debilitamiento del Estado del Bienestar; las mentiras descaradas y los “temazos”; el encarecimiento de los bienes de primera necesidad; el empobrecimiento del sistema educativo… Demasiados hechos que callar, que ignorar…

Es muy fácil atacar la corrupción de la derecha, el recorte de libertades que sufrimos en tiempos de Rajoy, el austericidio… Pero lo cierto es que Sánchez, con pandemia o sin ella, ha recortado más derechos y empeorado más la vida de la población que los gobiernos de Aznar y Rajoy juntos.

El equipo Sánchez-Redondo sigue llamando a la cruzada. La población demuestra lo progre que es compartiendo noticias y opiniones, no siempre verdaderas, para recordarnos a diario dos cosas: lo progresistas que son y lo malos que son los de enfrente. La crítica a las propias filas es una herejía imperdonable.

Y parte de la población, poco capacitada, se alía con el enemigo, los partidos de “extrema necesidad”, incluso sin estar de acuerdo con toda su ideología. Pero en la guerra hay que posicionarse. Y la cruzada es una guerra de identidades. Como diría Juan Soto Ivars, esto es la catalanización de España.

La subida de la tarifa de la luz es un crimen en tiempos de pandemia. Un escándalo. FACUA-Consumidores en Acción ha solicitado la intervención de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia y denuncia que el recibo mensual del usuario medio se ha disparado un 42 por ciento interanual en los siete primeros días de junio. Una barbaridad.

Sin embargo, este atentado contra la población no ha tenido ni una cuarta parte de la contestación social que tuvo proceso del rapero supremacista Pablo Hasél. De nuevo, el equipo Sánchez-Redondo ha utilizado la cortina de humo de los presos catalanes, un guante que tanto el Partido Popular como Vox y Ciudadanos han tomado con placer.

El mensaje progresista se ha pervertido hasta tal punto, que hasta los ministros del Gobierno se unen a manifestaciones dirigidas contra ellos mismos. Sin embargo, el llamamiento a la cruzada sigue teniendo sus efectos. Los pseudoprogresistas callan, disculpan o defienden las medidas del Gobierno que atentan contra sus propios principios, dando armas a una derecha que no debería tener ninguna.

Afirmaba Michel de Montaigne: “Si como la verdad, la mentira no tuviera más que una cara, estaríamos mejor dispuestos para conocer aquélla, pues tomaríamos por cierto lo opuesto a lo que dijera el embustero; mas el reverso de la verdad reviste cien mil figuras y se extiende por un campo indefinido”. La verdad a medias –o la mentira a medias– ha sido, durante años, la herramienta de manipulación de los dos extremos políticos y de los supremacistas vascos y catalanes.

El tándem Sánchez-Redondo ha convertido esas “cien mil figuras” en piedra angular de su estrategia comunicativa, para desesperación de aquellos que quieren ver progresar el país, que quieren estar en el lado correcto de la trinchera, pero que no pueden evitar discrepar ante tanta manipulación.

Y ante cualquier duda o quebranto, solo es necesario echarle la culpa a Franco o sacar el argumento del feminismo. Como si el feminismo fuera “una, grande y libre”, los popes –y sí, estoy usando el masculino–, hacen uso de ello cada vez que se encuentran en un apuro. Lo hace Sánchez a diario, así como lo hacía Iglesias hasta que se volvió contra él. Lo último, el “temazo” de Carmen Calvo. La división ideológica ya ha llegado al Gobierno por la cuestión de la transexualidad y es cuestión de tiempo que se visualice en más aspectos.

“¡Qué fácil nos resulta rechazar y desterrar cualquier idea que moleste o importune nuestra alma, para sentirnos tranquilos!”, meditó en su día Marco Aurelio. Es cierto. ¡Cuántas cosas tiene que ignorar el progresista español para no ser tachado de facha, machista… o hereje! El valor para denunciar y combatir la injusticia empieza en el discurso, que ya es acción. Y para ello, hay que acabar con la cruzada y la agitación propagandística continua en la que vivimos.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO ESCOBAR

9 de junio de 2021

  • 9.6.21
En el artículo anterior me había comprometido a tratar más detenidamente la función del artista visual en las culturas primitivas. Pero creo necesario hacer antes una aclaración previa: si dedico tanta atención a las formas de expresión visual “primitivas” es por algo que nos cuesta percibir por nuestra habitual perspectiva “eurocéntrica”.


Tenemos tendencia a valorar los fenómenos culturales por comparación con nuestra propia cultura, la denominada “cultura occidental” enraizada en la Grecia clásica y en el cristianismo. E, igualmente, tendemos a concebir nuestro presente como el momento culminante de un progreso cultural continuo.

Pero el progreso incesante no es sino un mito moderno. Las sociedades y las culturas se desarrollan, ascienden y, fatalmente, entran en decadencia y se extinguen. En lo que sí se diferencian unas de otras es en la duración, en la cantidad de tiempo que permanecen y se mantienen en equilibrio con su entorno.

Y, precisamente, la expresión visual de los aborígenes australianos es la más duradera con bastante diferencia: al menos 40.000 años. En comparación con estas cifras, el arte moderno occidental es una gota en el océano de las imágenes como forma de comunicación.

Si lo que nos interesa es saber cómo se representa el mundo por medio de imágenes y qué es lo que se representa, si lo que queremos es buscar en las representaciones visuales las huellas de cómo ven y conciben la realidad las personas que producen y usan las imágenes, está claro que nos interesarán principalmente aquellas imágenes que tienen o han tenido una mayor presencia en las diversas sociedades humanas.

En lo que no hay ninguna duda es en el carácter plenamente universal de la producción artística. Prácticamente todas las sociedades humanas han desarrollado alguna forma de arte, ya sea en forma de esculturas y pinturas, templos y palacios o, simplemente, objetos de uso cotidiano en madera, barro, textiles o cestería. Parece que los seres humanos tenemos una capacidad innata para apreciar lo bello y responder emocionalmente ante los logros estéticos.

Y, siempre, detrás de la ejecución de la obra hay una intención. Cada obra es un objeto con una función definida, o con varias. Y esto se ha dado a lo largo de la historia de la humanidad y en contextos sociales muy diferentes.

Y una función destacada, y constante, ha sido la de mediación con lo sobrenatural y la de hacer visible lo sobrenatural. De aquí el carácter elevadamente espiritual del trabajo del artista. Hegel nos dice que “el hombre se ha servido siempre del arte como un medio para tener conciencia de las ideas e intereses más sublimes de su espíritu. Los pueblos han depositado sus concepciones más elevadas en las producciones del arte, las han manifestado y han tomado conciencia de ellas por medio del arte”.

Considerando al arte como forma de comunicación –y a diferencia de otros medios más informativos–, en el arte siempre hay representación de algo y esa representación tiene un marcado carácter simbólico. Por lo que es imprescindible una formación ideológica en cuanto a los contenidos y a los símbolos apropiados. Esto va acompañado de un aprendizaje sobre los métodos figurativos y de expresión propios del grupo social, es decir, la asimilación de un estilo característico.

La complejidad de los procesos de iniciación artística explica que cada escultura o cada máscara puedan tener significados diferentes para los espectadores, en función de su grado de conocimiento de la simbología utilizada.

Un ejemplo lo encontramos en las pinturas de los aborígenes australianos. Su arte tradicional es considerado como el más potente medio de expresión de realidades culturales y espirituales. Se ha usado durante miles de generaciones para dar vida a creencias y valores y, especialmente, para impartirlas a los jóvenes.

Los temas y contenidos son transmitidos de generación en generación (normalmente, de padre a hijo). A través de su obra, el artista expresa su grado de iniciación y conocimiento. Aunque los no iniciados pueden ver las pinturas, el simbolismo y el conocimiento no pueden ser revelados.

PIE DE FOTOLos temas y las técnicas son heredados en función de la pertenencia a un determinado grupo de parentesco. El típico sombreado con rayas paralelas y cruzadas, por ejemplo, es diferente de un grupo a otro. También los colores utilizables están limitados por dicha pertenencia.

Otro ejemplo muy concreto y del que se ha escrito bastante es el pueblo dogon, dotado de una cultura particularmente creativa. Situado geográficamente en los actuales Malí y Burkina Faso, su mitología es la base de toda su producción artística. Es más, para ellos, cualquier obra humana constituye el reflejo de un mito.

Cuando vemos sus máscaras kanaga, la primera impresión que nos dan es la similitud con la cruz que enarbolaba Juana de Arco, la cruz de Lorena, pero para los Dogon –y según su grado de formación religiosa– puede representar un pájaro, un mítico cocodrilo, el gesto del dios supremo Amma al crear el mundo o el equilibrio entre el cielo y la tierra.

Otro interesante y más moderno ejemplo lo tenemos en la siguiente imagen difícil de reconocer para aquellos que no han sido instruidos en el mito de Jesús Malverde, aunque en Sinaloa (México) sea ampliamente venerado como santo y patrono de los narcos.

Se podrían citar muchísimos más ejemplos en los que podemos comprobar que los rasgos singulares debidos únicamente a la creatividad individualista no tienen cabida, en cuanto que podrían actuar como elemento distorsionador del contenido que se desea transmitir.


Además, para que la obra cumpla su función sagrada, es imprescindible una iniciación en el acervo espiritual común, tanto para autores como para espectadores, por lo que el arte visual es necesariamente colectivo tanto en su origen como en su recepción.

Ahora tocaría hablar sobre cómo hemos llegado al desenfrenado individualismo creativo en el arte moderno pero, para no cansar al lector, creo más conveniente dejarlo para una próxima entrega.

JES JIMÉNEZ

8 de junio de 2021

  • 8.6.21
Ahora que vemos la luz en esta travesía varada en mitad del mar me surgen varias dudas acerca de cómo va a sobrevivir la cultura y, en concreto, la música. Sin duda, ha sido uno de los sectores más perjudicados por las restricciones sanitarias. Ahora toca recuperar el espacio que ocupaba en cuanto al ocio y como expresión artística. Incluso debería ocupar entornos nuevos, como método de supervivencia. Debe volver para ser mejor. Pero también debe mejorar para poder volver.


¿Cómo va a sobrevivir el músico amateur?

Durante la pandemia todos hemos encontrado en las redes sociales un espacio de expresión, ya sea de opinión o artística. Esto tiene sus pros y sus contras. Dentro de los pros encontramos una democratización del mercado musical, igualando las posibilidades de expansión y proyección de cada uno de los artistas.

Pero, en relación a esto, encontramos también uno de los contras que más ha maltratado la industria: no hay demanda para tanta oferta. Dicho en otras palabras: no hay público para tanto músico. A pesar de tener las mismas posibilidades de visibilización, el músico amateur se enfrenta al poder de influencia de los músicos consagrados por lo que, ante tal avalancha de nuevos músicos y nuevos contenidos musicales, el público consume aquello que conoce y que sabe que le gusta. El público reduce el porcentaje de nuevas búsquedas y descubrimientos. Se acrecienta así la brecha entre el músico amateur y el músico de renombre.

¿Habrá más canciones propias?

La música ha sido desde que tenemos registros un elemento de expresión. Yo defino la música como "el lenguaje del alma". De este modo, vemos cómo las grandes obras y los grandes artistas han avanzado en la música a través de la expresión de sentimientos colectivos y, “normalmente”, cuando la necesidad ahonda, es cuando necesitamos expresar nuestros sentimientos más tristes y depresivos.

Por poner un ejemplo, encontramos las raíces del flamenco andaluz con la expulsión de los árabes de la Península. O a Elvis Presley y The Beatles, después de una gran depresión tras la Segunda Guerra Mundial. O el punk, como rechazo a las políticas de Margaret Thatcher.

Podemos reconocer que la calidad musical de estos hechos son de gran calibre, representando un antes y un después para la música, tal y como se entendía entonces. Mi hipótesis, no obstante, trata de dilucidar si la calidad musical y los puntos de inflexión están directamente relacionados con el estado del bienestar y con los momentos de crisis.

Esto no significa que, durante los años en los que estamos mas “cómodos”, no haya una calidad musical que merezca la pena transcender sino que, a nivel de masa social, no entendemos la buena música como la predominante –entendiendo como "buena música" aquella que sirva al objetivo primario de ésta (el lenguaje del alma) y no como un elemento comercial a merced de la economía–.

Hemos visto durante todos estos años el auge de estilos musicales y músicas en general de un gusto un tanto dudoso, como el reggeaton en su faceta más comercial y machista o un pop adolescente que derramaba pus de acné en cada acorde –y que conste que no considero estos estilos como algo inferior o peor: sólo me refiero a la utilización de estos estilos como herramienta de capitalización monetaria–.

Hemos tenido unos años de ausencia de referentes musicales a nivel social. ¿Estamos ante las puertas de un nuevo paradigma musical? ¿Estamos ante un nuevo ciclo musical realmente “referente” en la historia de la humanidad como propiciaron en su día Mozart o The Beatles?

¿Habrá una democratización de la música?

Ahora no necesitamos saber solfeo o tocar un instrumento para poder componer. Basta con tener nociones de informática para crear un hit del momento. Al tener acceso de forma igualitaria a los medios de producción musical, cualquier persona puede expresarse a través de la música. Y como ya he dicho varias veces, hay cosas que se pueden decir con palabras pero hay otras que tan solo se pueden decir a través del lenguaje musical.

Dado que hemos pasado una etapa –la del confinamiento– marcada por un exceso de emociones intensas, necesitamos expresarlas. Y, en este caso, la música es de las mejores formas para exteriorizar lo que día a día sentimos.

En definitiva, con las tres cuestiones que he planteado encontramos un escenario musical nuevo, nunca antes visto. Tenemos un acceso ilimitado a los medios de producción, tenemos las ventanas de proyección y una crisis social aún por resolver. ¿Qué música nos encontraremos en el futuro? ¿Será la música la que nos marque el camino? Para saber la respuesta, debemos mantener la mente abierta.

DANY RUZ

7 de junio de 2021

  • 7.6.21
Mi amigo Jes Jiménez me llamó el otro día para darme la primicia de un titular esclarecedor y que solo nosotros sabíamos que podía existir: El mundo necesita ocho millones de enfermeras. Lo había leído en The Guardian. Le dije que me mandara el enlace. A la tarde, volvió a llamarme para advertirme de que este diario había borrado la noticia en su edición digital.


Después me soltó una perorata sobre el aspecto volátil de esta vida virtual en la que andamos metidos. Le dije que sí, pero que, con toda seguridad, esa información la habrían publicado otros muchos medios. La comunicación corporativa ha invadido el periodismo, le dije. Los medios apenas publican información propia.

Lo vi, sin verlo, un tanto desorientado con mis aseveraciones. Pero acabó aceptando que el mundo ya no es el mismo que ayer. A todos nos cuesta aceptar tantos cambios en un plazo de tiempo tan reducido.

Jes sabe que ando publicando bromas literarias que son historias virídicas (el palabro aún no existe oficialmente y la RAE se muestra un tanto terca para incluirlo en su diccionario donde todo cabe: es cuestión de días o de meses) en tiempos de coronavirus protagonizadas por enfermeras.

Por eso no me extrañó que, en esos ocho millones de enfermeras que necesita el mundo en tiempos de pandemia, no cupiera ni un solo enfermero. Me voy a Google para ver si encuentro el titular de marras. Y lo que hallo es esta antología de despropósitos: Se necesitan más de seis millones de enfermeras en el mundo; La plantilla mundial de Enfermería perderá ocho millones de efectivos en 2030; Faltan más de seis millones de enfermeros en el mundo (en este caso, no tienen cabida las enfermeras); El coronavirus demuestra que hay que invertir más en enfermería, columna vertebral de todo sistema de salud.

En resumidas cuentas, la Organización Mundial de la Salud (OMS), en un informe titulado “El estado mundial de la enfermería en 2020”, señala la necesidad urgente de fortalecer la fuerza laboral de la salud global, ya que el 50 por ciento de sus trabajadores son enfermeras, si bien la cifra actual de 28 millones deja un déficit de 5,9 millones de estas profesionales.

El director general de esta organización, Tedros Adhanon Chebreyesus, ha afirmado que las enfermeras son “la columna vertebral de cualquier sistema de salud”. También él habla en femenino. Y nos advierte por qué lo hace, con esta frase melancólica: “Las enfermeras están allí desde los primeros momentos de la vida hasta el último”. A veces, también, en mitad de estos dos momentos, claro.

Jes Jiménez me ofreció un tentador titular porque sabe, como yo, que las enfermeras no solo nos incorporan de nuevo al mundo con la salud reparada, sino que su trato de madres postizas o su sensibilidad de novias huidizas las ha llevado a las páginas de la literatura de manera inexorable. No son pocos los escritores que han escrito en sus relatos de ficción sobre las enfermeras de sus vidas, aunque en ocasiones extravían su perfil en los relatos de ficción.

En 1918, por ejemplo, Agnes von Kurowsky fue enfermera de Ernest Hemingway cuando el escritor estuvo herido y este, como no podía ser menos, se enamoró de ella. De no haber sido por Agnes, el escritor pudo haber perdido la pierna, pero ella lo cuidó hasta el final con medicamentos y medidas dosis de ternura intimidatoria. Se comprometieron, pero, como en las mejores historias de amor, nunca se casaron. La realidad siempre imitando a la ficción.

Cuando acabó la guerra, Hemingway regresó a Estados Unidos y allí esperó a la Kurowsky para casarse con ella. Sin embargo, ella le escribió una carta en 1919 para decirle que se olvidara de ella para siempre. La vida sí que es una guerra atroz, pensaría tal vez Hemingway, que nunca logró olvidarla. El destino es indescifrable para los escritores, por una razón muy simple: lo escriben otros.

La enfermera está presente en sus relatos de ficción, pero nadie supo que había sido parte de su vida hasta mucho después, cuando Leicester publicó en 1961 un libro sobre su hermano. Por él supimos que la Kurowsky fue la base sobre la que el escritor construyó el personaje de Catherine Barkley en Adiós a las armas.

Rodrigo García, en su libro Gabo y Mercedes: una despedida, donde narra los últimos días en la vida de su padre, Gabriel García Márquez, cuenta que, a la hora de cambio de turno de enfermería, las dos enfermeras y las dos auxiliares, así como una o ambas empleadas del servicio, se reunían en la habitación por unos minutos.

Gabo escucha el coro de voces femeninas. Abre los ojos y se le iluminan cuando ve a tantas mujeres que lo saludan con cariño y admiración. Todas ríen a carcajadas cuando el premio Nobel les suelta de sopetón: “No me las puedo tirar a todas”.

Una de las muchas veces que acompañé a mi padre en los últimos días de su vida al hospital de Montilla, estaba tendido en la camilla y a todas las enfermeras que lo atendían les decía: “Qué guapa eres. Dame un beso”. No sé qué guarda la vejez en sus entretelas que despierta el deseo más decidido en sus huéspedes.

No imagino a mi padre, siendo joven, provocando a las jovencitas que se cruzaron en su vida. En realidad, ni mi hermano ni yo sabemos nada de su vida amorosa que, presumo, fue muy fugaz por el momento histórico que a todos aquellos jóvenes les tocó en mala suerte vivir.

Sí sé que mi padre se tragó tres años de servicio militar obligatorio en Sevilla y que allí tuvo una novia. Lo contaba delante de mi madre, así que debió ser una atracción muy efímera. Contaba, eso sí, que una vez la invitó a subir a una barca de remos en la Plaza de España. Ellos no naufragaron, pero sí su breve relación.

Las bromas literarias que protagonizan las enfermeras de mis relatos están basadas en hechos reales que nunca sucedieron, pero que pudieron haber ocurrido si los astros se hubiesen alineado de manera trasversal a mi imaginación y no a mi biografía. De cualquier manera, nunca descarto a una Kurowsky que le toque en suerte hincarme la aguja cuando me llamen para recibir el segundo pinchazo de la vacuna contra el coronavirus.

Algunos amigos creyeron que el asunto tratado en el primer relato era pura verdad y no puta imaginación. Y les ennoblece seguir creyéndolo, al menos hasta que un día mi biógrafo, si es que encuentro alguno por ahí, descubra para mi desgracia que todo fue fruto de una imaginación que alimentaba al mismo compás que escribo mi vida.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


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