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11 de julio de 2020

  • 11.7.20
Como tú pides –querida amiga Asunción, querido amigo Agustín–, te responderé a tu directa y urgente pregunta: ¿existe el bienestar? Te contesto: sí. Te aseguro que, en esta ocasión, no he pedido ayudas a teorías acreditadas ni a doctrinas probadas. Mi respuesta –inmediata, ingenua e irreflexiva– solo se apoya en la experiencia personal: en la mía, en la tuya, en la nuestra.



Traigo a la memoria algunos de esos momentos intensos en los que, extasiados, la hemos disfrutado y, también, recuerdo ese estado de ánimo permanente, ese bienestar razonable, inseguro y tenue que hemos alcanzado –eso sí– desarrollando unos esfuerzos ímprobos. Tú has podido comprobar cómo, apoyándonos mutuamente, es posible mantener los equilibrios inestables de la convivencia, prolongar los días huidizos y ahondar los fugaces minutos de nuestra corta existencia.

Tú –igual que yo– has gozado de esas chispas instantáneas, conmovedoras y fascinantes que nos habían producido una simple mirada penetrante, un gesto complaciente, una suave caricia, una sosegada meditación, un encuentro afortunado, una compañía grata, un intenso silencio, la armoniosa cadencia de una melodía musical o, simplemente, la luz matizada de cualquier atardecer.

Tú –igual que yo– te has deleitado con esas partículas minúsculas, densas y sabrosas, que eran capaces de sazonar todas las fibras de nuestra existencia humana; tú –igual que yo– has saboreado los aromas sutiles, excitantes y sugestivos que han transformado nuestra visión de la vida.

Pero, también, tú tienes constancia probada de la posibilidad –de la urgente necesidad– de alcanzar el nivel aceptable de un bienestar durable. Para lograrlo, tú –igual que yo, limitación e historia– tienes que aceptar los estrechos límites de tus espacios, superar las arduas dificultades de tus tiempos, dominar a los feroces enemigos de tu identidad y pagar los altos costes del desánimo, de la indolencia o de la apatía: no tenemos más remedio que trabajar, luchar y sufrir.

El bienestar es una meta suprema y un objetivo irrenunciable que, tenaz y paradójicamente, hemos de perseguir y alcanzar mientras que, ansiosos, recorremos los caminos zigzagueantes de un mundo dislocado y mientras que, fatigados, subimos las empinadas sendas de un universo desarticulado.

Ya sé que tú –igual que yo– abrigas la profunda convicción de que algunos tesoros humanos, los más valiosos, no pueden ser devaluados por el desgaste de la rutina, por el deterioro de las enfermedades ni, siquiera, por la decadencia de la senectud.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

10 de julio de 2020

  • 10.7.20
Desde que nos confinamos, un pensamiento habitó mi mente y todavía me persigue: cómo vivieron esos días aquellos seres humanos que habitaban una doble vida. Aquellos que buscaban o encontraron el amor no en el marido o la esposa sino en el amante y en la amante respectivos. Cómo llenaban las horas vacías en sus pensamientos; cómo imaginaban a esa persona desde una memoria cada vez menos fidedigna, más difusa; cómo buscaban un rincón sin nadie en una vivienda de tan pocos metros para escuchar la voz de la otra persona; cómo le prometía abrazos que ya no podría cumplir y cómo estaba dispuesto/a a abrazar la muerte por oler a esa persona cerca de su mascarilla.



Cómo imaginaban estos amantes un futuro extraviado en el azar, cómo intentaron e intentan recomponer los sueños en un puzle encriptado. Les ha dejado esta época de pandemia una expresión quieta, de alguien que no comprende por qué, precisamente ahora, cuando la primavera rompía a florecer y los pájaros se apoderaban del asfalto y de otros árboles arrebatados, por qué ahora alguien ha derramado sobre la tierra esta condena bíblica, esta plaga que solo alumbraba las páginas de los libros, pero nunca los días en que planificábamos una felicidad a nuestra medida. Por qué ahora la literatura se volvió vida y la vida se extravió en los sueños y en las pesadillas.

Aquellos seres humanos, que imaginaron otra convivencia cerca de otra persona, estarán descifrando los desatinos de este paréntesis. Posiblemente el tiempo muerto, como en los partidos de fútbol, decida un final y no otro. Tal vez unos minutos de más o de menos, una palabra mal tirada a la red, una duda infundada o fundada, lleven en sus adentros una fuera motriz capaz de mover este mundo interior que creció en un mundo ya olvidado y que podría fenecer en una nueva normalidad en la que nada es como era antes.

Un tiempo muerto que acabará con la agonía, que le retorcerá el cuello al futuro planificado. Este otro tiempo es un desafío para ellos y para ellas, para quienes movieron la frontera de la libertad y desplazaron sus cuerpos por los laberintos de una doble personalidad.

Ahora tal vez no sepan qué mitad sobrevivió al espanto. Qué mitad de vida merece vivir en mitad de una cotidianeidad que nos amarró y que repudiamos, o si la mitad que fomentaba sueños volubles estalló en el aire como globo inflado de aire que ahora se desvanece.

Quién quedó indemne de aquellos que habitaban dos vidas, dos corazones, dos cuentas corrientes, dos destinos, dos desatinos. Qué parte de cada vida se inmunizó contra los desagravios del destino y qué otra mitad mutiló a la otra mitad para no ser víctima de un vacío irresoluble.

En realidad, aún sosteniendo en nuestros huesos una sola vida, siempre se multiplica en otros muchos canales imposibles de navegar: entre la vida de cada día y la vida onírica; entre la vida real y la otra posible; entre la que ignoramos y aquella que creemos conocer y reconocer. A veces, quién lo diría, somos una incógnita de nosotros mismos y para nosotros también.

Todos somos muchos y ninguno a la vez. Y si además compartimos esa identidad con dos personas, todos nos mimetizamos en personajes de una novela no escrita. La literatura es lo que tiene: en ocasiones nos absuelve de nuestros pecados y de nuestras posibilidades, y otras nos absorbe hasta el exterminio interior. Juan Ramón Jiménez lo escribió también, pero a su modo:

Yo no soy yo.
Soy este
que va a mi lado sin yo verlo,
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces, olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera.

Somos quizás, quién lo hubiera pensado meses atrás, impostores de nosotros mismos, incapaces de reconocer nuestros zapatos cuando despertamos al amanecer, o de recordar nuestros sueños antes de que el café nos devuelva la amnesia que no queremos, o que el aire de la mañana nos devuelva una sola vida con un solo guion, sin una salida contraincendios interiores, una existencia hermética, sin fisuras, que alguien fabricó a nuestra medida.

Y en lo hondo de ese lodo incoloro solo alcanzamos a ver figuras sin contorno, formas que se diluyen y disuelven en la nada. Pasamos de una doble vida a un espacio sin nadie. Al fondo percibimos la presencia de criaturas que vemos o imaginamos desdobladas, inconcretas, tan abstractas como nosotros ahora, como si nadaran en un aire de nieve sin saber a dónde ir.

Ahora que volvemos a la vida que ayer dejamos desencajada o entreabierta, quienes duplicaron sus querencias y sus caprichos, tal vez hayan aprendido que los sueños son tan solubles e imperecederos como las piedras y que la vida –qué barbaridad– es tan efímera que ya no podemos llevar con nosotros aquellos días que nunca fueron nuestros.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

9 de julio de 2020

  • 9.7.20
El pasado lunes se publicó en el BOE el Real Decreto-ley 25/2020, de 3 de julio, de medidas urgentes para apoyar la reactivación económica y el empleo. Una medida fundamental, dentro de un programa más amplio. Una medida conservadora, pero a la que es difícil criticar con justicia.



El real-decreto garantiza un apoyo económico para el sector turístico, automovilístico y, por supuesto, a las empresas estratégicas, entre otras medidas de calado. También supone la continuación de medidas sociales populares, como la moratoria de la ejecución de desahucios y cortes de suministros a personas en situación vulnerable.

En cualquier caso, el texto parece estar más preocupado de garantizar la sostenibilidad del modelo económico actual y de renovar los sectores que dan más empleo –en especial, el turístico y el automovilístico–, que en plantear una transformación de la economía española. Y es que es reflejo de una política económica más amplia que parece no estar interesada en cambios de calado.

No vamos a defender a estas alturas a este Gobierno pseudoprogresista. Sin embargo, en este punto hay que ser justo: hiciera lo que hiciera, iba a ser criticado. Apoyando a los sectores que dan más empleo en este país, y fomentando su renovación, lo podemos criticar de conservador. Si no los apoyara y promoviera una transformación más profunda, fomentando nuevos sectores para renovar el modelo económico del país, lo estaríamos acusando de hacer experimentos con gaseosa. Fastidiado queda, haga lo que haga.

Por lo demás, tampoco se le puede acusar de una carencia de imaginación que comparten los países de nuestro entorno. La Gran Recesión fue una oportunidad perdida por Europa para implantar un cambio del modelo económico dentro de la Economía de Mercado –nos guste más o menos, es el único que tenemos en este momento–.

Volvemos a caer en los mismos errores. Ahora, en la era del covid-19, volvemos a tener una oportunidad, casi mejor que la anterior, para cambiar el mundo. ¿Y qué se va a hacer? Nada. No hay ideas. Hay tiros en el aire. Pinceladas en un cuadro. El ecologismo, en lo que respecta a su defensa de la sostenibilidad, es una perspectiva o, quizá, una meta. Sin embargo, no es una ideología, ni un modelo económico en sí. Asimismo, la economía social es un concepto interesante, potente incluso, pero que necesita integrarse en un modelo más amplio.

Por otro lado, medidas aisladas como la renta básica, la tasa Tobin y otras medidas de hondo calado social –y que han sido apoyadas por eminentes académicos, entre los que destaca el carismático Thomas Piketty–, son insuficientes e, incluso, contraproducentes si no se enmarcan dentro de un programa de medidas más amplio.

En Europa nos está faltando imaginación para buscar un modelo económico que sea más sostenible y aproveche la creciente sobrecualificación de la población. Cabe preguntarse qué está haciendo la Academia, y si se la está ignorando, en la necesaria reinvención del Estado Social.

No podemos pedirles innovación a esos apolillados gurús del siglo XX, que no quisieron ver la Gran Recesión y cuya única receta válida ha sido una austeridad que ha ampliado la brecha social. Europa necesita ideas, y España con ella, y sólo pueden venir del mundo académico.

Si hay algo que debemos tener claro es que el salto social y económico que necesitan España y Europa no vendrán por incluir en discursos las palabras ‘ecologismo’, ‘sostenibilidad’ o ‘economía social’. Ese salto que tanto necesitamos vendrá de una revisión amplia del modelo económico y social, donde se siembren las semillas de un auténtico Estado Social. Un progreso al que es inherente la sostenibilidad del nuevo modelo, la centralización de la gestión de los recursos del Estado, si es que no hay que cederlo a entidades supranacionales, y la reducción de la brecha social.

El actual Gobierno puede ser criticado por muchas cosas. Sin embargo, el citado real-decreto no puede ser una de ellas. Europa necesita de la Academia, y la Academia debe ser escuchada por políticos capaces y valientes, que sepan comprender la necesidad de un auténtico salto cualitativo en materia económica y social.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

8 de julio de 2020

  • 8.7.20
Me resulta inevitable no querer arriesgarme una vez más. Que sí, que lo sé. Que aún siento ese pellizco cuando pienso en lo que nos pasó. Que me rompiste en mil pedazos y aún sigo recuperándome. Que sigue habiendo noches en las que me quedo pensando y, sin darme cuanta, me paso las horas enteras recordando. Porque sí. Porque así es el ser humano.



Nos lanzamos al precipicio del amor. Incluso siendo conscientes de que nos vamos a estrellar, aceleramos. Y reconozco que eso fue lo que hice contigo. Tan fuerte, que acabé en mil pedazos. Porque no quise frenar lo que sentía por un mal pasado. Por eso no salió como esperaba.

Aferrándome a esa frase que tanto decimos, “todo saldrá bien”, y olvidando que del caos sale arte, aprendizaje, amor propio, valor, coraje... Que irónico decir que ahora, estando rota, que me quiero más que nunca. Porque he aprendido a recoger esos trocitos y cuidarlos. Con tiempo, sin prisas. Conociendo cada “aquí duele” cuando recuerdo. Y me paro. Pienso. Cuido y protejo.

Y me hago infinita. Porque una vez que aprendes a quererte con todas tus imperfecciones, con tus prontos, con tus “no más”, entonces entiendes la vida. Entiendes que perder es aprender; es ganar, es saber cuidar de ti en momentos delicados. Y valoras, valoras muchísimo más los detalles, las personas que están porque quieren y no por interés.

La brisa de una tarde de verano. La adrenalina de lo nuevo, lo deseado. El besar despacio o rápido. Cuando ponen tu canción favorita en la radio. Las primeras veces. Las ganas. Los encuentros, los abrazos. Y es que, cuando te encuentras, ni el cielo es capaz de limitarte. Porque vas más allá de lo imposible. Porque siendo tuya, tan libre, tan rota, tan tú... Eres infinita(mente) deseada.

Y cuando consigues eso, ningún cabrón podrá arrebatártelo. Se llevará un trocito de ti, porque cuando te rompen te conviertes en mil pedazos y siempre alguno se queda por el camino. Y eso que entregas es parte de tu esencia. Y tienes bien claro que jamás verá tanto como tú diste. Y eso, querida mía, sí que es jodido.

Así que, gracias. Porque ahora me estoy recuperando y me estoy moldeando con las experiencias que me han enseñado. Estoy rota, no lo niego: me duele y no lo oculto. Pero, ¿podrás decir tú lo mismo cuando veas que sin ti he encontrado mi paraíso?

MERCEDES OBIES


6 de julio de 2020

  • 6.7.20
Después de meses encerrados a cal y canto en nuestros domicilios, regresamos a la calle con cierto desasosiego. Las autoridades no dejan de advertir que cualquier relajación de las medidas de protección podría provocar un rebrote de la epidemia. E insisten en que la distancia social y las mascarillas serán imprescindibles hasta tanto no se descubra una vacuna o un remedio eficaz contra el patógeno que amenaza nuestras vidas.



Pero, al mismo tiempo, desde la sociedad emergen voces que reclaman la reapertura de comercios, industrias y actividades económicas que dan vida a las ciudades, riqueza al país y medios de subsistencia a las personas. Se debe, pues, compatibilizar cierto aislamiento individual con la concurrencia colectiva que exige el comercio y la economía.

De ahí que, tras el confinamiento, se haya iniciado la “desescalada” hacia una “nueva” normalidad que despierta sentimientos encontrados. Por un lado, lamentamos que tiendas, hoteles y negocios estén cerrados, y, por otro, nos embarga cierto recelo y hasta miedo que los mismos, una vez abiertos, puedan convertirse en focos de contagio por aglomeración de clientes.

De hecho, los bares han vuelto a llenarse de parroquianos que, con antifaces y enjuague de manos, acuden a desayunar o tomar el aperitivo acostumbrados. Las tiendas de todo tipo recuperan poco a poco el revoloteo de curiosos alrededor de escaparates tras meses con las persianas bajadas y la mercancía guardada en cajones.

El tráfico empieza a inundar las carreteras, provocando los primeros atascos y accidentes, una vez se ha dado vía libre a viajar por todo el país. Los parques y jardines reciben con alborozo el vocerío de paseantes que estaban deseando recuperar el contacto con ese trozo de naturaleza encapsulado en medio de las ciudades para escuchar el piar de pájaros y el griterío de los niños.

Las rutinas, pues, han vuelto poco a poco a conducirnos por donde solíamos, sea por ocio o por razones laborales, pero de modo precavido y desconfiado. Porque no nos fiamos de nadie que se acerque a nosotros ni respete las medidas de protección de las que continuamente nos alertan.

Pero, de tanto recelar, acabamos comportándonos como racistas con nosotros mismos, distinguiendo entre dogmáticos de la seguridad e higiene sanitaria y los relajados que la asumen con cierta flexibilidad. Grupo aparte son los que se saltan a la torera cualquier norma: los irresponsables.

Obviando a los flexibles, estas dos actitudes radicales son, como siempre, extremas e irreconciliables, y caracterizan a las eternas dos Españas en cualquier ámbito colectivo, tanto político como religioso, deportivo, etcétera.

En la presente ocasión, ese enfrentamiento nos obliga tomar partido entre si continuar confinados o recuperar cierta normalidad en la actividad social y productiva. Y se convierte en el nuevo debate que nos impulsa a la porfía, dividiéndonos entre apocalípticos o integrados en el asunto de la pandemia, como un aspecto más de esa cultura popular que se divulga a las masas a través de los medios de comunicación.

Desde tales posicionamientos, no son pocos los ciudadanos que se decantan por intentar proseguir con sus costumbres y rutinas, y no renuncian a disfrutar de sus vacaciones, aun con todas las medidas de protección que siguen imperantes. Han planificado viajes a sus segundas residencias veraniegas o alquilado alojamientos en aquellos destinos turísticos que pretenden continuar con el negocio en medio de tantas dificultades.

Pero constituyen una mayoría quienes temen exponerse a posibles o remotas posibilidades de contagio si salen de su casa o ciudad. Desconfían del aire que cualquier desconocido o conocido expele al respirar en su cercanía, en medio de la calle o en un restaurante. Sufren del síndrome de la cabaña, porque desisten de abandonar la reclusión a la que han sido obligados durante el confinamiento.

Se comportan como apocalípticos que, para acudir a cualquier sitio, abierto o cerrado, hacen uso de mascarillas, pantallas, guantes, hidrogeles y demás medidas de prevención de contagios, tal como reiteradamente aconsejan la prensa, la radio y la televisión. Los más fanáticos del rigor cuestionan a todo el que no actúe como ellos, echándole en cara el peligro que supone para todos que no sigan las recomendaciones como ellos entienden.

Que la norma legal contemple, en su articulado, que en espacios abiertos, siempre que se pueda mantener la separación interpersonal recomendada, no es obligatorio el uso de mascarillas, no les convence ni les exime de arrogarse la autoridad de interpelar a los “flexibles” por una conducta que tachan de “irresponsable”. Y que estos continúen su camino sin responder a la recriminación les parece más grave, si cabe. Tal respuesta les provoca mayor ofensa e indignación que si entablaran una franca discusión.

Y la verdad es que todos tienen parte de razón. La información facilitada ha sido abundante, pero poco clara, escasamente profunda y, en no pocas ocasiones, contradictoria. Durante el largo período de alarma –y todavía hoy–, los responsables gubernamentales y los medios de comunicación estuvieron cambiando de opinión sobre las condiciones de uso de las mascarillas, de la distancia mínima de separación entre las personas y de hasta si el virus podía sobrevivir más o menos horas o días sobre cualquier superficie, dependiendo si era de papel, metal o plástico.

La apertura gradual de comercios e industrias, incluso las consideradas esenciales, tenían una regulación diferente a la que regía a la totalidad de población. Lo que era considerado espacio cerrado con obligación de usar mascarillas, no lo era si se trataba de un establecimiento hostelero, puesto que con esa barrera bucal es imposible consumir ningún producto.

La sensación general es que se han ido improvisando normas conforme se iban adquiriendo conocimientos biológicos y epidemiológicos del patógeno causante de la pandemia. Y esas normas han debido de aplicarse dependiendo de los estratos sociales afectados y de sus respectivos intereses.

El resultado de todo ello es que cada cual ha entendido la información como ha podido, según el medio habitual utilizado para acceder a ella. Si a ello añadimos, además, el aprovechamiento de esta situación excepcional para la confrontación política, que no hace ascos a tergiversar hechos, ocultar datos y ser parcial en los argumentos, no debería extrañar que la gente esté dividida sobre qué es exactamente lo que se le pide y se le dice.

Y que, como ya determinó con su teoría Umberto Eco, hallemos verdaderos integrados y apocalípticos respecto de la información que reciben de los medios de comunicación y la cultura popular que estos fomentan. Una cultura, en este caso “sanitaria”, saturada de información imprecisa, cuando no espectacular, que lo mismo hace creer una cosa y la contraria. Ello explica la dicotomía de nuestro comportamiento: quedarnos encerrados o salir a la calle, usar mascarillas en todo momento o no hacerlo en espacios abiertos y manteniendo la distancia social, etc.

Se trata de una situación única que dará lugar al inevitable estudio sociológico que se elaborará en la era poscovid. En él se explicará cuánto ha habido de espontáneo o de provocado en nuestra actitud colectiva frente a la pandemia. Y qué responsabilidad tienen gobiernos y medios de comunicación en la respuesta dividida de la población. Y volverán a demostrarnos que reaccionamos como integrados a apocalípticos a la información mediática que nutre nuestro conocimiento de la realidad.

DANIEL GUERRERO

5 de julio de 2020

  • 5.7.20
En el siglo pasado, el autor francés Robert Guérin nos decía que “el aire que respiramos está compuesto de oxígeno, nitrógeno y publicidad”. Y si esto lo expresaba hace nada menos que cincuenta años, no me puedo imaginar lo que pensaría de lo que acontece hoy en nuestro mundo, en el que las marcas comerciales las llevamos encima como si fueran auténticos símbolos de distinción. Solo nos queda tatuárnoslas en los brazos, en las piernas o en el pecho, por encima del corazón, para que ese culto a los logotipos y eslóganes publicitarios acaben bien dentro de nosotros.



La publicidad, tan necesaria para promocionar y vender productos, se ha introducido tanto en nuestras vidas que finalmente no sabemos si ahora nos encontramos en una realidad real (y perdonadme por la tautología) o en una especie de videoclip en el que no somos más que actores secundarios de una historia planificada por las agencias publicitarias.

Relacionado con lo que he apuntado, hace bien poco no sabíamos que vivíamos en la normalidad, hasta que el Gobierno de este país nos anunció la ‘buena nueva’ de que entrábamos en la Nueva Normalidad. Frase que bien parece sacada de una agencia publicitaria a la que se le hubiera encargado la expresión más certera para levantar los ánimos alicaídos de una población hartísima del dichoso bichito.

Por entonces, cada cual construía su propia historia dentro del complejo, contradictorio y bastante absurdo mundo; aunque, como es lógico, entre todos, con distintos puntos de vista, buscamos que sea un poco más ordenado y racional. Si no fuera de este modo, las vidas de unos y de otros se parecerían tanto que viviríamos dentro de una normalidad que nos uniformaría más de lo deseable.

Sin embargo, y por suerte, no es así. Algunos son adictos al fútbol, mientras que otros u otras lo odian; unos son devotos de determinados santos, mientras que hay quienes no pisan una iglesia desde que hicieron la Primera Comunión; uno sueña con dar la vuelta al mundo, mientras que su vecino fantasea con tener un romance con Miley Cyrus; unas aguantan a un pesado marido que no mueve el culo del sofá en todo el día, al tiempo que sus amigas está tramitando los papeles del divorcio; unos no saben cómo llegar a fin de mes con el miserable sueldo que tienen como riders en Amazon, en tanto que Froilán no sabe cómo gastarse el sueldazo que recibe cada mes de sus papás…

En fin, que hablar meses atrás de normalidad para el conjunto de la población hubiera sido tan absurdo como pensar que todos los mamíferos se parecen a los gatos.

Si acaso había algo que pretendía, y pretende, normalizarnos era la publicidad que cotidianamente recibimos ‘por tierra, mar y aire’: familias todas muy felices, con chalés y piscinas, cuyos niños muy rubitos se toman sonrientes las verduras que les han preparado sus mamás con todo amor; o chicas muy monas cuya única preocupación es estar seguras de que la longitud de sus pestañas son las ideales; o jovenzuelos obsesionados por el último modelo de iPad que está a punto de salir al mercado…

Ah, y de los viejos (o aspirantes a viejos) no digo nada porque esos nunca aparecen en la publicidad, pues, aparte de no consumir como es debido, provocan tristeza en ese mundo idílico que se nos vende como la gran Normalidad de la sociedad consumista.

En todo caso, pueden aparecer en algunos spots televisivos en Navidades, porque eso de la nostalgia, de volver a casa y de estar todos reunidos alrededor de una mesa es bueno para esas fechas en las que hay que comer y beber mucho, además de comprar Lotería de Navidad, dado que son ellos los que recuerdan que hay que repartir décimos con la familia y los amigos.



Lo que ha faltado en esta campaña de promoción de la Nueva Normalidad, como tiempo atrás se hizo internacionalmente con la Marca España, es encontrar un buen logotipo formado por las dos ‘enes’ iniciales de ambos vocablos. De este modo, como acontece con las grandes marcas, caso de Apple, Nike, Adidas, New Balance o Huawei, cuyos logotipos son bien conocidos, lograría completarse ese optimista mensaje.

Y puestos a arrimar el hombro, ahí presento algunas propuestas de logotipos, desde el más minimalista al más romántico, que hasta puede servir a animar a la gente a casarse en estos fríos tiempos de distanciamientos. Pero advierto que, a pesar de que el diseño gráfico es una de mis pasiones y que he realizado numerosos logotipos, los que acabamos de ver los he sacado del banco de imágenes de Google.

Dudando de la eficacia de la nueva fórmula, yo me pregunto: ¿no hubiera sido más sencillo decir que entramos en un periodo sin confinamiento o en una etapa tras el estado de alarma, sin necesidad de acudir a la creación de un nombre que suena a expresiones codificadas como Año Nuevo, Estado del Bienestar, Semana Santa, Fin de Semana, Comunidad Autónoma… que, como vemos, están formadas por dos palabras?

La verdad, es que no creo que nos sintamos muy normales teniendo necesariamente que protegernos con mascarillas y con el dichoso bichito que sigue ahí amenazante, de forma que no podemos abrazarnos, darnos la mano, entrar y salir cuando a uno le plazca, acudir a los sitios que habitualmente lo hacíamos sin necesidad de estar atentos a los que tenemos alrededor… y, peor aún, sin saber qué va a suceder con nuestros trabajos o saber, por ejemplo, qué pasará con los críos cuando tengan que juntarse en los colegios.

Quizás, podamos hablar de un tipo normalidad cuando se encuentre disponible para todos nosotros una vacuna realmente efectiva, de modo que este tiempo en el que el virus ha trastocado nuestros ritmos cotidianos lo veamos como una especie de pesadilla o paréntesis en las más o menos ajetreadas vidas que llevábamos.

Bueno, como no quiero ser un aguafiestas, espero que tú, amable lector / amable lectora, te haya sentado bien la entrada en esta Nueva Normalidad y te encuentres lleno o llena de proyectos, al tiempo que el presente no se te haya complicado mucho.

AURELIANO SÁINZ

4 de julio de 2020

  • 4.7.20
Estoy contenta y agradecida porque Margarita, mi compañera del internado, me mande cada vez más textos para traducir. Me estoy planteando estudiar alemán y sumarlo al español, inglés, francés e italiano que ya domino. Sigo dándole clases a Julia, ahora también de Francés porque su colegio se ha convertido en bilingüe y sus padres no saben una palabra del idioma galo.



Me gusta y me distrae mucho ver cómo las expresiones en estos idiomas son tan distintas, a pesar de venir del latín. Mismos antepasados, pero evolución distinta. Yo siempre estuve feliz porque los hispanohablantes hayamos preservado tanto nuestra lengua de invasiones extranjeras. Me refiero básicamente a la invasión inglesa.

Partiendo de la base de que nuestra lengua es una amalgama resultado de las tantas influencias que hemos tenido en esta piel de toro, lo cierto es que España ha sido un país atractivo para muchos pueblos y, sin embargo, hemos resistido bien la colonización lingüística inglesa.

Franceses e italianos llevan años utilizando expresiones anglosajonas tipo "il weekend" en Italia o "le weekend" en Francia. A nosotros, sin embargo, aún nos queda nuestro fin de semana, si bien es cierto que tratamos de resumirlo en un "finde". La evolución natural de las lenguas es la de economizar, la de acortar las palabras, pero no es cambiar una palabra autóctona por otra de fuera que viene impuesta por unos medios que, para ser modernos, utilizan el inglés.

¿Qué opinaría Cervantes? Tenemos un idioma con un vocabulario vastísimo, rico, florido que no necesita de nada, ni de nadie. Cuando estamos mal, decimos "me duele". Me duele a mí, lo siento yo. En francés dicen que tienen un mal en el sitio del cuerpo donde siente el dolor. A mí me parece como algo externo, que estuviera en la superficie, sin penetrar. Los ingleses tienen un dolor. Nosotros no tenemos un dolor o un mal: sentimos dentro el sufrimiento.

"¿Cómo amaneció?", me decían las niñas del orfanato de Tegucigalpa. ¿Hay una manera más bonita de preguntar cómo estás y cómo has pasado la noche? Y ese "te extraño" mejicano... Nuestros hermanos de América son más poetas hablando, siguen con su maravilloso castellano antiguo que permite que dos niños se hablen de "vos" sin distanciarse.

Y ahora veo a la gente joven con sus "followers" y no sus seguidores; gente que te sigue porque le gusta lo que propones. O "influencers", esa palabra inventada para comprimir las tendencias que marca una persona en redes sociales. Pues no: es una persona influyente y punto. Aunque en algunas ocasiones no tengan de qué presumir...

Defendamos nuestro idioma y nuestra cultura, coño. Eso es lo que me dan ganas de gritar por la ventana. Y ahora me voy a hacer un salmorejo con un falmenquín y me dejo de tonterías y de hamburguesas...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 4.7.20
Como punto de partida de nuestra conversación, te propongo –querida amiga, querido amigo– que reflexionemos en voz alta sobre la idea de que supervivir o sobrevivir no es sólo añadir minutos a los minutos sino, sobre todo, lograr que cada instante se convierta en un renacer o, quizás, en un nacer. La luz de cada amanecer nos descubre un paisaje que, por muy parecido que sea al del día anterior, es completamente diferente, nos abre un panorama que está cubierto de novedades, de sorpresas y de interrogantes.



Sí; no sólo cada nuevo año, sino también cada nuevo día es un misterio que hemos de desvelar y un reto que hemos de afrontar. Despertarnos es advertir que tenemos toda la vida por delante y percatarnos de que lo mejor de la vida nos queda por vivir.

La etapa que ya hemos cubierto –sea cual sea nuestra edad– no resta nada al camino que nos queda por recorrer sino que, por el contrario, potencia nuestra marcha, asegura nuestros pasos, ensancha nuestros horizontes y profundiza nuestra conciencia de que, efectivamente, cada minuto es una nueva oportunidad que no hemos de desperdiciar.

La vida empieza hoy, tenemos toda la vida por delante y lo mejor de la vida nos queda por vivir. Los años ya vividos y las experiencias acumuladas, más que tiempo gastado, son recursos efectivos, fértiles cosechas y frutos maduros que, si los administramos con habilidad, están disponibles para que los aprovechemos y le saquemos todo su jugo. Cada episodio vivido encierra semillas fecundas que, si las cultivamos con esmero, germinarán y nos proporcionarán cosechas abundantes.

En contra de todas las apariencias, los caminos ya recorridos nos descubren unos horizontes más diáfanos, nos abren nuevas puertas y nos rompen ataduras convencionales. Madurar humanamente es ensanchar nuestra libertad para acercarnos a nuestra meta personal, para cumplir nuestra peculiar misión, para realizar nuestro proyecto inédito y para alcanzar ese bienestar razonable, necesario y, por lo tanto, posible.

Creer que la felicidad es aún posible es la primera condición para que trabajemos denodadamente por lograrla. En segundo lugar hemos de repasar esa amplia lista de razones que nos impulsan a pensar que merece la pena vivir: esos objetos bellos que nos recrean, esos seres buenos que nos estimulan, esos proyectos alentadores que nos apasionan.

En tercer lugar, con serenidad y con responsabilidad, hemos de considerar algunas de las situaciones molestas y nocivas que dañan el bienestar y que están en nuestras manos, al menos, aliviar, ayudando modestamente a poner orden y a asear nuestro entorno como, por ejemplo, a disminuir la crueldad, la ignorancia, el odio, el engaño y la miseria.

Hoy, sin duda alguna, se nos presentarán ocasiones propicias para crecer, para madurar y para disfrutar. Desde una perspectiva humana, podemos decir que no es cierta esa afirmación que repiten los manuales de Biología de que, a los veintitantos años, dejamos de crecer porque la mayoría de nuestras facultades –tallos permanentemente tiernos y fértiles– a medida en que más las usamos, aumentan su lozanía, su vigor y su rendimiento.

¿Quién te ha dicho que los años disminuyen nuestra capacidad de saborear, por ejemplo, un simple guiso de arroz con habichuelas o una rebanada de crujiente pan con manteca? Los sentidos corporales y, sobre todo, las aptitudes mentales, el gusto estético y la sensibilidad moral son herramientas que no sólo permanecen en pleno funcionamiento mientras no enferman sino que, si las cuidamos y las entrenamos de manera adecuada y constante, se desarrollan y aumentan sus poderes, se hacen más finos, más ágiles y más eficaces. Cuanto más vivimos, mayor capacidad poseemos para vivir.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO


3 de julio de 2020

  • 3.7.20
El teletrabajo, promovido por la tempestad del confinamiento, ha levantado un vendaval de despropósitos que el Gobierno ya se ha puesto manos a la obra para intentar reordenarlos. Con este propósito aprobará un anteproyecto de ley para resolver el entuerto. Como toda ley que se preste, también esta establece principios inalcanzables: el trabajo a distancia deberá ser voluntario.



Cuando se enfatiza sobre derechos fundamentales, siempre la realidad viene a desmentir o corregir las intenciones menos perversas. Uno de los principios más hermosos sobre los que se sustentaba la constitución fundacional de los Estados Unidos decía que el hombre tiene derecho a la felicidad. Aprobar una ley fundamentada en que el teletrabajo será voluntario es como obligarnos a creer en la Santísima Trinidad sin más explicación posible.

Pero la futura ley nace con buenas intenciones. El problema es que la realidad se muestra siempre muy tosca con las conquistas laborales. El texto tiene como objetivo “el establecimiento de derechos y garantías de las personas que realizan trabajo a distancia” y “establecer claramente los límites del ejercicio del trabajo a distancia pero que también le permita desplegar sus posibilidades”.

Entre sus retos principales está el de "los tiempos de trabajo y descanso", un factor que deberá estar especialmente protegido por la legislación. Claro, pero si nos atenemos a la experiencia de estos meses, es fácil deducir que, a distancia, la rentabilidad del trabajo es menor y las horas dedicadas al mismo son muchas más. La eficacia, en definitiva, es muy cuestionable.

En principio, el teletrabajo supone un ahorro cuantioso para las empresas: luz eléctrica, conexión con internet, teléfono, limpieza de espacios, material de oficina. La nueva ley plantea que la empresa deberá pagar los costes. Como siempre, se supone que será tirando a bajo coste. La empresa se ahorrará presupuesto en espacios.

El nuevo texto también recoge que la empresa deberá verificar que el lugar de trabajo es idóneo para los criterios de salud laboral. En principio, ya se sabe que no. La vivienda de un ciudadano medio no es excesivamente espaciosa. No digamos ya si trabaja el matrimonio o la pareja. La brecha social, que nos asoma cada día más al abismo después de estos meses de confinamiento, nos ha mostrado la precariedad telemática de muchos hogares.

Hay dos aspectos, a priori, positivos con la implantación del teletrabajo. De una parte, puede facilitar, en cierto modo, la conciliación familiar. De otra parte, el desplazamiento al lugar de trabajo facilitará la circulación del tráfico y podría ayudar a reducir la contaminación en grandes ciudades.

Pero hay un tercer aspecto a debatir. Quién define o estipula qué trabajo se puede ejercer telemáticamente y cuál no. Y esta duda nos conduce inevitablemente a un callejón sin salida. O mejor, a una pregunta sin respuesta: ¿Algunas empresas aprovecharán esta encrucijada tecnológica para abaratar costes y precarizar aún más a los trabajadores? Sin duda.

No obstante, imagino que el impacto será desigual según los sectores. En el marco laboral en el que yo me desenvuelvo, que es la docencia, sospecho que el trabajo a distancia tiene mal arreglo. Sobre todo, en el ámbito universitario.

A raíz de la experiencia de estos meses, la presencialidad es incuestionable en el mundo de la Universidad. Es verdad que buena parte de la gestión se puede resolver a distancia, que algunas asignaturas teóricas podrían vivir eternamente en tiempos de pandemia sin sufrir apenas infecciones. Pero las materias prácticas –como en mi caso ocurre con las escrituras periodísticas– estamos condenados no a reinventar su docencia, sino tal vez a empezar a enterrar en agosto un sueño que durante muchos años fue real.

La presencialidad se hace imprescindible porque, cuando el profesor hace de la empatía el mejor método de enseñanza, los jóvenes alcanzan a entender que la magia de la escritura necesita de un espacio real donde aprenderla. Porque más tarde, cuando el conocimiento es ya parte de sus vidas, es en otro espacio ficticio, a distancia, o desde las nubes o bien desde los sueños, donde la escritura se muestra ya no como un milagro, sino como un género concreto, como un formato sólido, donde la cadencia marca el ritmo de la prosa. Ahí ellos comienzan a respirar. No me imagino a mis alumnos y alumnas esforzándose con pasión frente a una pantalla donde alguien les habla del origen del periodismo moderno o de cómo se escribe el titular de un reportaje.

Me pregunto también a qué dedicarán el tiempo libre los conserjes, el personal de la limpieza, los técnicos. Y cómo se las apañarán, sobre todo, los inspectores, en su afán de alcanzar un mínimo nivel de codiciados espías sin vocación, buscando en el aula al profesor descarriado al que se le pegaron las legañas o que escucha la cadena SER en un atasco de tráfico.

Tal vez entonces, en un tiempo venidero, nos visiten en casa, podamos compartir con ellos un café –que pagaremos nosotros, claro– pero que también nos devolverá el rostro humano de aquellos perfiles profesionales que cumplían funciones parapoliciales pero que, en el fondo, estaban deseando que se inaugurara la era de la telemática para ellos, por fin, los inspectores, poder realizar un verdadero trabajo presencial, aunque sea en nuestras casas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

2 de julio de 2020

  • 2.7.20
Hace unos días llamé a un buen amigo para interesarme por él y preguntarle cómo se encontraba después del confinamiento o si había tenido alguna contrariedad sanitaria. "Todo bien", me respondía, lo que me alegró, como era de esperar. Pasamos a departir sobre diversas cuestiones, aunque todas ellas relacionadas con el sinvivir en el que nos ha metido el virus.



Para terminar la llamada, le sugerí que podíamos vernos y conversar de tú a tú un rato. ¿En tu casa o en la mía? Propuse encontrarnos bien en mi casa, en la suya o en terreno neutral. La respuesta me chafó un poco. “No quiero contagiar a nadie”. Sabía que no tenía nada relacionado con el virus. ¿Entonces? La respuesta era educada y contundentemente suave. Estaba cerrando la puerta a cualquier tipo de encuentro.

Nos conocemos desde tiempo ha y rápidamente capté su intencionalidad. El peligro de contagio nos rodea por doquier. Mi buen amigo es una persona formal, cumplidora a rajatabla con las normas, lo que no impide que esté disponible a echar una mano en lo que sea. Pero ante una posible contaminación –lejana o cercana– no dará un paso al frente, máxime si se trata, como en este caso, de vernos, charlar y poco más. Las normas se dictan para cumplirlas.

Esa misma tarde en el supermercado –soy quien responde del avituallamiento familiar– a mis espaldas suena una voz que me es también familiar y que me llama por mi nombre. Con gran alegría por ambas partes nos intercambiamos las noticias sanitarias de las dos familias.

El tiempo se congeló ante el estand de la verdura donde se dio el encuentro. Pese a la sorda mascarilla y la distancia establecida, sentimos correr por nuestro cuerpo un reguero de placer, un agradable deleite por el encuentro y, sobre todo, por confirmar que las circunstancias sanitarias eran normales –sobre todo, en relación al virus–, dentro de los achaques y dificultades crónicas que pudiéramos arrastrar desde hace tiempo.

La charla supo a poco y cada cual aceptó que debíamos continuar con la compra y que ya volveríamos a vernos en cualquier otro momento. Nos despedíamos con un abrazo virtual empapado en alegría y chorreando cariño.

Ya sé que son dos casos distintos, que el azar o la suerte nos retó a casi saltarnos las normas, que ante el placer de ver a una persona querida sobran gestos físicos…

La otra cara de esta situación, me refiero al personal que situaré en una edad de 40 años para abajo, es algo distinta. Ante todo quiere divertirse sea como sea; la mascarilla es un adorno impertinente que ni te deja respirar bien ni te permite ser oído en condiciones salvo que alces el tono de voz. Vamos, que dicha pantalla es un inconveniente innecesario, además de molesto. Total, para cuatro invisibles burbujitas que salgan de la boca… no hace falta tanta parafernalia.

Guardar una distancia conveniente tampoco resuelve nada. "Somos jóvenes y nuestro cuerpo está en perfecto estado", piensan acertadamente. Quizás lo que no saben o no desean pensar es que el “bichito” es mudo, sordo y ciego.

Hermano, bebe, que la vida es breve… Está claro que hablo del personal más joven, de ese tipo de personas cuya vida está montada –o se la hemos montado– alrededor del buen vivir, del disfrute ahora que podemos porque, después, nadie sabe lo que pasará ni cómo viviremos la vida… Y lo que va delante, va delante.

Valga de ejemplo la epidemia que nos cerca por doquier. No desvelo un secreto ni doy una primicia informativa si insisto en que dicho personal se mueve dentro del reclamo de la felicidad (“happycracia”). Volveremos sobre el tema.

En el libro Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas, sus autores dejan claro que “la felicidad es un producto que se compra… y se concibe como algo personal, como algo que cada uno elige”.

Resumiendo: “la industria de la felicidad que mueve miles de millones de euros afirma que puede moldear a los individuos y hacer de ellos criaturas capaces de oponer resistencia a los sentimientos negativos, de sacar el mejor partido de sí mismos controlando totalmente sus deseos improductivos y sus pensamientos derrotistas”.

Disfrutar de la compañía de los colegas, estrujar hasta la última gota de una botella de alcohol, echar humo por la nariz creando leves nubarrones de tabaco o de “maría” es todo un placer, dicen. La felicidad es el antídoto contra cualquier tipo de contagio, supongo que piensan esos jóvenes fortotes y cultos.

Cambio de tercio. Hemos sacralizado el valor de la solidaridad con un efusivo cariño, desde el oportunista político cuya intencionalidad traspasa ríos y montañas y nos han regalado (¿vendido?) una sobredosis de aplausos reales y abrazos virtuales a la caída de la tarde para sentirnos comprometidos con los profesionales que han ido dejando trozos de su salud en anónimos y solitarios enfermos. Incluso han aparecido brotes caceroleros campanilleando contra la autoridad –dicen que incompetente–.

Estamos ante un tipo de acoso a cielo abierto. El otro modelo de acoso es, digamos, personalizado y al que llaman “escrache” porque queda más fino, hasta tal punto que su definición, yo diría algo indulgente, lo precisa como “manifestación popular de protesta contra una persona, generalmente del ámbito de la política o de la Administración, que se realiza frente a su domicilio o en algún lugar público al que deba concurrir” (sic). ¿A que queda hasta bien? Mientras que acosar se entiende como “perseguir, sin darle tregua ni reposo, a un animal o a una persona” (sic).

Solo un breve comentario. Con el tema del acoso ("escrache" en fino) se está utilizando sin reparo la “ley del embudo”, que en su momento expliqué. Por todos los dioses del Olimpo, a un político no se le debe escrachar y mucho menos se le puede acosar. Esas acciones deberían estar vetadas para esos magníficos políticos que pretenden guiarnos por el buen camino. Faltaría más.

Vuelvo al campo de los valores. ¿Realmente pregonábamos solidaridad o solo era una forma de matar el aburrimiento? A primeros de marzo y a punto de ser confinados traté sobre el valor de la solidaridad. Estaba tomando partido por un sendero que invitaba a compartir con el otro. La solidaridad hace referencia a entrega, a justicia, a ayuda para un determinado colectivo necesitado de ella. Por eso significa cooperación, tolerancia, darse antes que dar, compartir, respetar...

En las circunstancias actuales, la mayor parte del compromiso recae sobre nosotros como sujetos capaces de asumir y responder de sus actos. La responsabilidad enmarca toda nuestra vida. Otro cantar será que la eludamos y nos la saltemos a la torera.

La información sobre el virus ha cerrado el mes con diversos rebrotes que han aparecido en España. Seré breve puesto que ya estamos algo empachados, motivo este que no es razón para saltarnos las normas establecidas.

Andalucía, Aragón y sobre todo Murcia están preocupados por dichos rebrotes. Sanidad registró 84 nuevos contagios. Otra piedra en el camino. Estamos a las puertas de unas vacaciones atípicas: colegios cerrados, un alto número de personal en paro y, sobre todo, deseos furibundos de sacarle partido al verano. Circunstancias que pueden volverse en nuestra contra.

Una referencia aciaga. La mal llamada “gripe española” de 1918 –por cierto, su origen no estuvo en España– dejó millones de muertos y está catalogada como la mayor epidemia sufrida por la Humanidad, solo fue superada por la Peste Negra medieval. La escritora Laura Spinney la comenta en su libro El jinete pálido, 1918: La epidemia que cambió el mundo, al que vale la pena echarle un vistazo.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

1 de julio de 2020

  • 1.7.20
Hay cosas que son invisibles porque son demasiado pequeñas para ser vistas por el ojo humano, como los virus. Otras son invisibles por la distancia existente entre ellas y el observador, por ejemplo, la torre Eiffel para alguien que esté en Cuenca. El calor desprendido por los cuerpos no podemos verlo, pero sí que puede “traducirse” en términos de radiación visible mediante cámaras sensibles a las radiaciones térmicas.



Incluso podemos ver “de noche” con cámaras especiales. Todas estas “invisibilidades” son relativas, ya que pueden volverse visibles con las adecuadas acciones encaminadas hacia ello: viajando de Cuenca a París o mirando a través de un microscopio.

Hay otras invisibilidades más “absolutas”, cuando lo que queremos hacer visible no es visible de forma natural. Quizás el ejemplo más importante, por las consecuencias que ha tenido en las sociedades humanas, es el de la escritura.

Con las escrituras alfabéticas o silábicas podemos “ver” el sonido de las palabras; y con las escrituras ideográficas podemos “ver” más allá todavía: podemos apreciar de un vistazo ideas, conceptos o hechos concretos sin necesidad de la intermediación de los sonidos del lenguaje.

Pero hay algunos tipos de imágenes –los símbolos– que representan invisibilidades todavía más complejas, por ejemplo, las banderas, que representan… ¿Qué es lo que representan? Está claro que las banderas son bien visibles, y que lo que representan no es visible ni de forma relativa, ni absoluta; más bien es algo bastante difícil de delimitar.

Las imágenes simbólicas nos permiten visualizar ideas abstractas o contenidos culturales propios de una determinada sociedad. En cuanto que imágenes, cumplen dos características propias: facilitan el acceso, global, instantáneo, a esos contenidos invisibles y se dirigen más a los sentimientos que a la razón; por ambas razones, los símbolos entran más en el terreno de lo mágico que en el de la lógica.

Los símbolos tienen, y han tenido en todo tipo de sociedades y momentos históricos, una gran importancia para favorecer la cohesión social y generar identidad de grupo. Los símbolos son fundamentales para crear y sostener sistemas ideológicos, tanto que Lévi-Strauss llega a afirmar que “la unidad básica del pensamiento humano es el símbolo, y que las entidades básicas con las que operan los seres humanos en un contexto significativo son los sistemas de símbolos”.

En la Edad Media, cada gremio tenía su propia bandera, como también tenían la suya reyes y señores feudales, etcétera. Y en las batallas era motivo de gran regocijo el arrebatar las banderas del enemigo. Desde el siglo XIX, con el auge de los nacionalismos, agitar una bandera ha sido una forma habitual de conseguir popularidad y, aparentemente, legitimidad. Parece que cualquier entidad colectiva que se precie necesita de manera imperiosa buscar o inventar una bandera como símbolo de identidad y como señal de la importancia de esa identidad.

Ejemplos notorios se pueden ver en la proliferación de nuevas banderas en los años sesenta del siglo pasado como consecuencia de la recién adquirida independencia de las antiguas colonias africanas; o, sin ir tan lejos, en las banderas de algunas de las autonomías creadas en España.



Evidentemente el origen de las banderas, como el de cualquier símbolo, es totalmente convencional, tanto en el diseño como en la elección de colores. La relación entre la entidad representada y la bandera es totalmente arbitraria. Aunque a veces, algunas enseñas antiguas “adquieren” profundas relaciones significativas en la emocionada fantasía popular, por ejemplo, la conocida leyenda que atribuye a la sangre del moribundo Wifredo el Velloso, el origen de la Señal Real de Aragón.

Este origen convencional hace que sea necesario aprender su significado y, por lo tanto, es importante la reiteración del uso y la fijación precisa del diseño visual –formas y colores–. Esto es más importante en cuanto el contenido representado es más genérico, abstracto y menos directamente visible por no existir imágenes perceptibles por medios naturales de esos entes.

Cuando la perdurabilidad de los significados es importante, también lo es la perdurabilidad de las imágenes que sirven de vehículos a los mismos. La asociación continuada entre imagen y usos incrementa su valor emocional y su fuerza significativa. Y por la misma razón, los diferentes usos que se hagan pueden hacer variar su significado, sus connotaciones y, sobre todo, sus implicaciones emocionales.

.La apropiación de símbolos ha sido una constante a lo largo de la historia. En el siglo XX, los movimientos fascistas se adueñaron de símbolos revolucionarios para hacer la contrarrevolución, por ejemplo el establecimiento del Primero de Mayo como fiesta oficial por el “Partido Obrero Nacionalsocialista” de Hitler en 1933.

También utilizaron en su bandera el color rojo asociado a los partidos y movimientos de izquierda desde la Revolución Francesa, aunque le añaden otro símbolo usurpado: la svastika sagrada del hinduismo y otras religiones y que ya aparece en restos del Neolítico.

Su uso por la Alemania nazi ha producido una asociación tan poderosa entre la esvástica y los horrores de dicho régimen que es difícil entender su significado como símbolo de armonía universal, pluralidad y prosperidad, cuando aparece al comienzo de los textos budistas.

Pero creo que lo más lamentable, y sobre lo que deberíamos reflexionar, es sobre el extraordinario poder de los símbolos sobre la conducta de los seres humanos y su prevalencia sobre el pensamiento racional ya que, como advertía André Leroi-Gourhan, "desde el Paleolítico superior, pero sobre todo a partir de la agricultura, el mundo de los símbolos (religiosos, estéticos o sociales) ha prevalecido siempre jerárquicamente sobre el mundo de las técnicas y la pirámide social se ha edificado de una manera ambigua, dando la preeminencia a las funciones simbólicas sobre la tecnología, motor sin embargo de todo progreso”.



Y aunque hoy en día podríamos pensar que hay un renovado prestigio de la tecnología, en realidad lo que prevalece es un uso de la misma como símbolo de nuevos mitos mágicos: innovación, progreso y crecimiento permanentes, frente a la cruda realidad de los recursos naturales limitados y la creciente –esta sí es una certeza– e injusta desigualdad en el acceso a los mismos.

JES JIMÉNEZ

30 de junio de 2020

  • 30.6.20
Me gustaría utilizar esta columna de opinión como un ejercicio de maduración, de compresión y de aprendizaje sobre la realidad que estamos viviendo. Los cambios nos inundan cada día y adaptarnos requiere un esfuerzo titánico y sin garantías, ya que pueden suceder cambios de forma constante y diaria. Por eso me gustaría pensar en voz alta y compartir esta reflexión sobre el mundo laboral que nos espera, sobre todo en el ámbito en el que me gano la vida: la cultura.



Estamos viviendo un momento de incertidumbre, un momento de cambio muy brusco de paradigma. Pero aunque el paradigma cambie, las personas seguimos siendo las mismas, a pesar de que el tiempo que hemos estado encerrados no nos ha afectado a todos por igual: cada uno hemos tenido una visión de lo que está ocurriendo, de cuál es nuestro papel dentro de este juego y si formamos parte de un modo pasivo o activo.

La sociedad como conjunto cambia pero el individuo permanece. Todos tenemos un mínimo (el mismo tiempo encerrados a causa de la cuarentena) pero cada uno alcanza su máximo (momento de reflexión, interpretación de las causas y las consecuencias o cómo se ve afectado en su trabajo). Y en este máximo encontramos diferentes visiones, perspectivas y, sobre todo, necesidades.

La función de este ejercicio reflexivo no es más que identificar cuáles son y serán las principales necesidades y, a partir de ahí, aunar las diferentes visiones y perspectivas. Creo firmemente que sería un error atender a un único sector productivo, ya que esta crisis nos ha tocado a todos y no entiende de clases, ni de segmentos de población en concreto.

Lo que está ocurriendo es el mínimo común denominador para la sociedad española, por lo que debemos mirar bajo esas gafas y entender que la especialización vertical no sería más que un paso atrás. Por ello, una de las propuestas que me parecen más interesantes es la sinergia horizontal: incluir y relacionar sectores que, a priori, no tienen relación directa.

Un ejemplo: los grupos de música necesitarán un local de ensayo y las tiendas de ropa necesitarán poner música y atraer de nuevo a los clientes. La sinergia horizontal permitiría que el grupo utilice este establecimiento como lugar de “ensayo” y la tienda utilice a la banda como cebo para atraer a clientes. Reconozco que se trata de un ejemplo loco e imprevisible y que, quizás, no sea válido, pero tengo claro que es importante crear relaciones atractivas tanto para el comercio como para la cultura.

Como decía antes, creo que dar pasos ahora mismo de acuerdo a nuestra especialización es ir con desventaja. Ahora es momento de entender la sociedad como un todo sin segmentar. Las necesidades mínimas serán comunes a todos.

Como hemos visto en redes durante todos estos días y veremos en los próximos meses, se han creado iniciativas culturales para amenizar, divertir y entretener a los usuarios de estas plataformas sociales. Podemos sacar muchas conclusiones a partir de aquí, entre ellas, que la cultura es un arma para “huir” de la realidad, para proponer soluciones a los problemas.

Así, podemos considerar la cultura como motor de avance intelectual; como puro entretenimiento; como herramienta para entender lo que ocurre,; para expresar las emociones que sentimos. En definitiva, la cultura es una propuesta de soluciones constantes.

Mi propuesta es relacionar e introducir la cultura en ámbitos donde antes no estaba tan presente. Ahora hablo en primera persona: yo me considero un artesano que intenta utilizar diferentes géneros y disciplinas para expresar lo que siente.

Para mí han sido tan necesarios el arte y la cultura en estos momentos como la medicina, salvando las distancias, claro está. Intento explicar esto un poco mejor: la medicina cura lo físico, puede modificar el transcurso de una enfermedad o, simplemente, alargar la vida de alguien. Pero ¿quién cura lo metafísico?

A mí me gusta hablar del “alma”, pero entiendo que existen grandes posibilidades de que el alma, tal y como la entendemos de forma generalizada, no exista. Por lo tanto, hablo de aquello que podemos sentir pero que no es físico: de lo metafísico, en definitiva.

El arte y la cultura es la medicina del alma, la medicina de lo metafísico. Por ello, creo firmemente que, en los tiempos que estamos, es tan necesaria la cultura y el arte como la medicina. Ambos, en su conjunto, nos curan. Y a mí el arte me ha curado el alma en estos momentos de angustia, de ansiedad y de incertidumbre.

Quizás sea esa la solución mas acorde a lo que estamos viviendo: llevar la cultura y el arte a los sectores comerciales más afectados, creando una sinergia horizontal, dejando una huella positiva en nuestro entorno que tenga como arma la cultura. Y quizás la fórmula pasaría por aprender un poco del cultivo ecológico y trasladar su filosofía a otros ámbitos. Porque si a las personas que me rodean les va bien, a mí también me irá bien.

DANY RUZ

29 de junio de 2020

  • 29.6.20
Más por suerte que por voluntad soberana de los votantes, los españoles más vulnerables y débiles (entre los que incluyo a los trabajadores, las amas de casa, las personas dependientes y la mayoría de los jóvenes y los niños) pueden albergar motivos para una cierta esperanza en que el Gobierno de España intentará defender y proteger los intereses generales de la ciudadanía.



Por suerte, el país está dirigido por un Gobierno de izquierda, nada radical, que conjugará, si no traiciona sus promesas, el interés social con el económico, lo que significa que no doblegará el primero a las exigencias del segundo, como hace y ha hecho siempre la derecha para satisfacer intereses particulares muy poderosos.

Las clases más desfavorecidas, las primeras que son olvidadas y que tienen que cargar con todos los sacrificios, tienen motivos para una cierta confianza en que, en esta ocasión de emergencia sanitaria y crisis económica, no serán dejadas de la mano de Dios por un Gobierno que, a los pocos meses de su formación, ordenó una subida espectacular del Salario Mínimo Interprofesional, comenzó a compensar el salario de los empleados públicos (profundamente devaluados por la anterior crisis financiera) y ha derogado el despido de cualquier trabajador por causas médicas.

Un Gobierno que, enfrentado a la crisis sanitaria, ha facilitado los Expedientes de Regulación Temporal de Empleo (ERTE) por causa de fuerza mayor, que benefician tanto al trabajador (no agotan su derecho al paro) como a las empresas (no asumen la carga empresarial de la cotización), gracias a los cuales el trabajador no rompe su vinculación laboral con la empresa durante el actual parón de la actividad económica causado por la pandemia.

Todas ellas son medidas de fuerte impacto para las cuentas del país que el Ejecutivo adopta priorizando las necesidades sociales a las estrictamente económicas, como se espera de un Gobierno de izquierda, sin por ello renunciar al sistema capitalista ni a la economía de mercado, por mucho que la derecha lo acuse de actuar de manera radical y hasta revolucionaria.

Comparado con la actuación del anterior Gobierno conservador durante la pasada crisis financiera, que practicó recortes drásticos en el gasto social, redujo a su mínima expresión al Estado de Bienestar y solo ayudó con el rescate europeo al sector financiero (los bancos) con préstamos a fondo perdido, el actual Gobierno parece más preocupado por que las clases desfavorecidas no salgan perjudicadas por la emergencia sanitaria-económica.

Ello es motivo de cierta esperanza en que las cargas no golpeen otra vez a los débiles y desafortunados de la sociedad, haciéndolos más pobres aún. Sus medidas han sido oportunas, necesarias y sensibles socialmente, diametralmente opuestas a las que tomaría un Ejecutivo preocupado exclusivamente por el interés económico y mercantil.

Muchos de los que aplaudieron por las tardes a los que se enfrentaban “en primera línea” a la pandemia, exhibiendo así un agradecimiento público a la abnegada actitud profesional de los sanitarios y otros colectivos, más por entretenimiento que por verdadera empatía, fueron los mismos que apoyaron con su voto los recortes en la sanidad y en el resto de prestaciones sociales como si fueran gastos suntuarios.

La ideología que considera elefantiásico al Estado y pugna por “adelgazarlo” es la misma a la que se adscriben los que ahora se indignan de que el Gobierno no disponga de recursos materiales y humanos para afrontar la emergencia sanitaria con mayor diligencia y eficacia.

Los que ahora apoyan de manera cómoda y nada comprometida (con aplausos) a los funcionarios públicos por su entrega en condiciones de carestía son los que anteriormente defendieron la precariedad en sus condiciones y recursos.

Los que privatizaron hospitales se quejan de falta de camas de Cuidados Intensivos y los que externalizaron servicios, porque eran más rentables prestados por la iniciativa privada, se sorprenden de que las residencias de ancianos hayan sido focos de contagio que diezmaron miles de vidas de nuestros mayores, a los que no se les permitió acudir a los hospitales para no colapsar las escasas camas de UCI. Es la actitud cínica de los hipócritas que no son consecuentes con sus decisiones políticas.

Afortunadamente, por suerte más que por voluntad expresa, existen motivos para una cierta esperanza de que las cosas no sean tan insoportables para “los de siempre”, para los que dependen de los servicios públicos, y de que se protejan también las necesidades sociales tanto como las económicas.

Hasta la derecha política, que no social, reclama ahora la potenciación de la sanidad y las redes de auxilio público de la población (sumándose incluso a la aprobación del Ingreso Mínimo Vital), aunque sea por mera estrategia electoral y con la boca pequeña.

Hay actualmente la oportunidad, simplemente coyuntural, de rediseñar y fortalecer la sanidad, la educación, las residencias de la tercera edad y demás servicios y prestaciones públicos en función de las necesidades de la población y no de su rentabilidad o sostenibilidad para las arcas del Estado, dejando de lado ese “darwinismo” social al que aspira el proyecto del neoliberalismo político-económico.

Entre otros motivos, porque se ha demostrado que sólo el Estado social, dotado con poderosas herramientas de justicia y bienestar, es capaz de afrontar con éxito retos como los planteados por una emergencia sanitaria de la magnitud de la que hemos vivido, aunque todavía no la hayamos superado definitivamente.

Por eso queda una tímida esperanza de que, con un poco de suerte, conscientes de la necesidad de una imprescindible solidaridad social, se pueda invertir la tendencia que hace hegemónica la economía y subsidiaria a la sociedad.

Y que las deficiencias de este modelo social, a la hora de “socializar” los costes cuando afronta crisis que son recurrentes, como la emergencia sanitaria o la pasada recesión económica, no afecten con mayor dureza a los estamentos más indefensos de la sociedad.

Ya que, por fortuna, quienes hacen posible que un Gobierno así pueda emprender tamaña transformación son los ciudadanos que, en su mayor parte, van a verse beneficiados de tales políticas: trabajadores, mujeres en general, amas de casa, jubilados y pensionistas, personas dependientes, jóvenes y niños. Y también, naturalmente, sus representantes políticos donde reside la soberanía popular a la hora de pactar y llegar a acuerdos que posibiliten disponer de leyes presupuestarias al efecto y del tiempo y estabilidad requeridos para ejecutarlos.

Si se contempla el futuro desde la perspectiva que ha proporcionado la experiencia sufrida, la conclusión inevitable es la de fortalecer el modelo social del Estado de Bienestar. Y para lograrlo sólo existe un camino: el de apoyar a los partidos que lo defienden y no a los que intentan debilitarlo en nombre de la economía y el mercado. Es decir, contar con un poco de suerte y una cierta esperanza en no malograr tales expectativas.

DANIEL GUERRERO

28 de junio de 2020

  • 28.6.20
Nos encontramos en un mundo en el que la mentira ha hecho acto de presencia de manera habitual en nuestras vidas, como si mentir fuera lo más normal del mundo y sin que se le dé excesiva importancia a las consecuencias que conlleva, por lo que cualquiera estaría dispuesto a hacerlo, especialmente si supiera que no iba a ser descubierto.



Hay que entender que las mentiras no son solo aquellas que nos decimos directamente, dado que vivimos en una sociedad en la que los medios de comunicación y las redes sociales se han hecho omnipresentes, de modo que la saturación de noticias y de comentarios de toda índole nos han invadido, acompañándose, claro está, de las denominadas fake news (bulos o mentiras planificadas) que pululan por los espacios digitales como aves dispuestas a posarse en el cerebro de los ciudadanos.

Pero no solo que estén muy presentes en estos medios, sino que las mentiras, en todas sus modalidades –engaños, bulos, embustes, simulaciones, falsedades, medias verdades, ocultamientos, tergiversaciones– forman un entramado tan complejo que es necesario estar bien preparado para no ser una de sus víctimas.

Sobre esta cuestión, recientemente, un amigo me escribía que “la mentira es una de las grandes calamidades de nuestra sociedad. La verdad, sencillamente, no se lleva ni se practica. Lo vemos a diario; asistimos perplejos al triste espectáculo de la política española en la que se ha impuesto la modalidad de la ofensa basada en mentiras. Es repugnante. Hay catedráticos de la intoxicación, maestros del lanzallamas con el combustible de las mentiras. Cosas horrorosas montadas en el artificio del embuste”.

Pasando al plano personal, quisiera apuntar que siempre he sentido un fuerte rechazo a la mentira y al uso de las variantes que se emplean para engañar. Estoy, pues, muy de acuerdo con lo que manifestó el psiquiatra Carlos Castilla del Pino cuando escribió aquello de que “no hay pecados, si los hubiera, se resumirían en uno: la mentira. Adán fue el primero que mintió a Dios al desobedecerle”. En otro párrafo manifestaba que “la mentira es el mal por excelencia. Cualesquiera que sean los males, siempre tienen una cosa en común: la mentira”.

Hay que reconocer que la mentira forma parte de la historia de humanidad y que, en más de una ocasión, no es fácil descubrirla, pues el que miente busca las estrategias a su alcance para no ser sorprendido como autor del engaño. Por otro lado, en el caso de que la víctima se percatara de ello y quisiera conocer la verdad, quien ha sido el autor de la mentira jurará y perjurará que eso que se le atribuye no es cierto, haciéndose el ofendido ante los interrogantes que se le hacen o las pruebas que se le presentan.

He de manifestar que Castilla del Pino, un gran humanista, no era creyente, aunque en la frase citada se remontaba al propio Génesis para hablarnos del supuesto comienzo de este vicio moral. No obstante, y remitiéndonos otra vez al texto bíblico, quizás el ejemplo más conocido, y del que se nos habló desde pequeños, fue el juicio del rey Salomón, quien tuvo que aclarar cuál de las dos mujeres mentía cuando alegaban ser las madres de un niño recién nacido.

Es significativo que la escena que explica ese relato haya sido plasmada en distintos lienzos por grandes pintores, caso de Peter Paul Rubens cuyo cuadro se encuentra expuesto en el Museo del Prado. También en el mismo museo puede verse la versión que realizó el pintor español José de Ribera, en este caso, dentro del estilo tenebrista, bastante distanciado del empleado por Rubens, tal como podemos apreciarlo en la imagen siguiente.



Recordemos esa historia bien conocida: dos mujeres que habían sido madres cada una de ellas de un niño, uno fallecido y el otro vivo, se presentan ante el rey alegando ser la verdadera madre del niño vivo. Salomón, para averiguar finalmente quién decía la verdad, dio la orden a uno de sus soldados para que con la espada lo partiera y le diera a cada una de ellas la mitad.

Una de las madres, aterrorizada, le suplicó que no lo hicieran y que se lo dieran a la otra; esta, sin embargo, estaba de acuerdo en que cada una se llevara la mitad del niño. Salomón entonces no tuvo ninguna duda y mandó que se le entregara a la primera mujer, ya que consideraba que era la verdadera madre.

¿Y por qué hablo de la mentira si, como bien apunto, forma parte de las relaciones humanas y nos tropezamos con ella con más frecuencia de la que quisiéramos? La razón proviene de que, no solo como persona sino como profesor, se me ha intentado engañar en más de alguna ocasión, por lo que me he visto en casos en los que he tenido que dilucidar cuál de los dos alumnos o alumnas decía la verdad y quién mentía.

El más reciente se me ha producido durante el confinamiento, en el que he estado desde casa corrigiendo los trabajos que me remitían los alumnos. El hecho me creó un malestar bastante grande, pues no solamente era el sentimiento de pesar de verte engañado por algunos de los que formaban parte de una clase a la que te has entregado con todo el entusiasmo, sino también porque no tenía la posibilidad de encontrarme presencialmente en mi despacho con las implicadas.

Tengo que aclarar que, como criterio pedagógico, siempre me he decantado por la evaluación continua a partir de trabajos que íbamos desarrollando a lo largo del curso; en vez de acudir a los exámenes tradicionales en los que el alumnado se lo juega todo a una carta. Por otro lado, como profesor, oriento y proporciono los recursos, teóricos o prácticos a los estudiantes para que puedan realizarlos con mi apoyo.

En el caso aludido, se trataba de dos alumnas que me presentaron trabajos muy similares. A ambas, por correo electrónico, les manifesté mis dudas para que me explicasen qué había acontecido. Una de ellas, la segunda en enviarme el trabajo, y sobre la que yo sospechaba que sería la que había copiado, juraba y perjuraba que ella no lo había hecho, e insistía en que no entendía qué es lo que podía haber sucedido.

Les indiqué que en cursos anteriores había tenido algunas experiencias similares, como fue el de dos amigas que me entregaron sus trabajos escritos que eran exactamente iguales, incluso con los mismos errores. Al llamarlas a mi despacho y podérselo demostrar, la que había sido la autora original me indicó que se lo había pasado solamente para que le sirviera de orientación, pero que en ningún momento imaginó que podía ser engañada.

Consecuencia del engaño: la amistad que mantenían, como me dijeron tiempo después sus compañeros, se rompió para siempre. Y es que la amistad, tal como he manifestado en alguna ocasión, no admite el engaño ni la mentira.

En este último caso que comento, al igual que hizo Salomón, solo cuando las amenacé con anular sus trabajos o llevarlos ante una Comisión del Departamento, empezaron a contar algo de la verdad. Pero soy consciente que, al no poderme ver con ellas, ambas se pusieron de acuerdo para no desvelar del todo lo que habían estado haciendo.

Lo triste, tal como se lo expresé a las dos, es que iban a ser maestras y sus comportamientos no auguraban nada bueno para el futuro cuando tuvieran que educar a sus alumnos, pues las personas que mienten dejan detrás un reguero de daños morales de graves consecuencias.

AURELIANO SÁINZ

27 de junio de 2020

  • 27.6.20
En nuestro país siempre se dice que "quien no tiene padrino no se bautiza". Y es una triste realidad. Las puertas están cerradas sin que nadie te ofrezca la posibilidad de mostrarte, de enseñar tus capacidades y tus ganas de trabajar.



Después de que mi padre cayera en desgracia, no tengo puertas a las que llamar. Así que aquí estoy, sola ante el peligro: el peligro de la exclusión social. Quizás debería haber dedicado más tiempo a trabajos importantes y menos a esos que no aparecen en la vida laboral, pero he hecho lo que he podido. Solo aparecen los años trabajados en la biblioteca privada del amigo de mi padre.

Tengo dos opciones: tirarme al suelo, llorar y esperar a que algo me caiga del cielo o coger una libreta y un bolígrafo y hacer una de esas listas que tanto me gustan con lo que sé hacer.

De todas formas, puedo respirar un poco mejor porque mi prima me buscado a una pareja para poder alquilar mi piso. Los dos trabajan y espero que ese dinero me permita cubrir mis gastos básicos: alquiler, luz, agua, internet... Si sobra algo para la comida, genial, pero he de moverme rápido y encontrar un trabajo que me permita si no vivir, sí al menos sobrevivir.

He estado pensando que estaría bien trabajar desde casa, con un ordenador, sin atascos y sin prisas. Me he puesto en contacto con una amiga del internado francés, que ahora tiene una pequeña empresa de traducción y me he ofrecido con mis cuatro idiomas y mi capacidad para redactar.

Ella aún se acuerda de mis relatos y cuentos. Sería genial poder traducir sobre todo obras literarias de otros países, ser una pequeña Borges. Aunque en este momento me conformo con que me paguen por llevar a mi idioma cualquier artículo o contrato. Tengo que tener los pies en la tierra.

Me ha contestado que no tiene mucho trabajo, pero que cuenta conmigo, que me irá dando pequeños encargos y ya veremos... Espero que ella sea mi madrina, mi hada madrina en este mundo laboral tan feroz. Y ahora me voy a darle clase de Análisis Sintáctico a mi vecinita Julia. Ella distingue el sujeto y el predicado y yo puedo comprar comida.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

26 de junio de 2020

  • 26.6.20
Esta semana, en un solo día, Sanidad ha notificado 196 casos positivos de coronavirus. La luz del verano relaja los ánimos, incrementa los riesgos de contagio y los brotes se multiplican. Las sociedades médicas se echan las manos a la cabeza ante este descontrol.



El coronavirus sigue al acecho y se alimenta de reencuentros familiares, de botellones donde los jóvenes buscan la felicidad encriptada por la pandemia, de turistas que vienen a tirarse en las playas después de haber colapsado aeropuertos y estaciones de ferrocarril. Todos van dejando un rastro de sangre en sus homilías, en sus descuidos, en su inconsciencia. No será fácil reencontrarnos en los hoteles con huéspedes que llevan marcada en la frente la cicatriz del exterminio, del caos, del fin.

A los familiares de residentes en 44 centros de mayores de Madrid vuelven a prohibirles las visitas por nuevos contagios. Leo en la prensa las manifestaciones de dos gestores de la empresa de ambulancias que contrató la Comunidad de Madrid para las residencias de ancianos. Denuncian que hay centros que no tenían sedación y que se podría haber evitado la muerte de entre un 30 y un 40 por ciento de los ancianos. La contundencia de la frase la elevó a encabezar la noticia: “El doctor hacía el certificado de defunción en la calle y se iba”.

Ayer la nota pintoresca la protagonizó un temporero de Almería que había viajado a Navalmoral de la Mata, en Cáceres. Se trata del paciente cero de un brote que había dejado 24 casos positivos de coronavirus. Como poco llama la atención de quien huye de la ley y de sus penalizaciones llevando consigo la consigna del contagio, la herida de la muerte.

Mientras tanto, el alcalde de Lanjarón bailaba bajo una lluvia artificial en la noche de San Juan abrazando a los vecinos. Los abrazaba, dijo luego, porque siempre estaba con ellos. En un país donde las autoridades democráticas no tienen dos dedos de cabeza será más difícil salir de este callejón donde nos ha atrapado la covid-19. En fin, como siempre, las anécdotas desbancan a otros titulares posibles para el interés de los lectores.

Las colas siempre anuncian las secuelas del caos. Así ocurre con las colas para conseguir alimentos y productos básicos. Cada día, las colas comienzan antes. Leo que, a las seis de la mañana, cuatro horas antes de que los comedores sociales abran sus puertas, los ciudadanos con necesidades comienzan a agruparse en colas cada vez antes y cada vez más largas.

La crisis de 2008 ya nos enseñó que este país no estaba libre de esos contagios de necesidades. Y esta pandemia nos ha devuelto el mapa apenas olvidado. Carecen los alimentos, los productos más básicos, los pañales. La situación, claro, es preocupante.

Los inmigrantes irregulares se meten en estas colas a hurtadillas, pendientes de que la Policía no les eche el ojo, porque sospechan que pretender alimentarse en tiempos de pandemia debe un delito condenatorio indeclinable. Vivir fuera de la tierra donde uno nace siempre es un viaje imprevisible y sin meta definitiva, sobre todo cuando solo llevamos con nosotros el papel para envolver el bocadillo. Cuando hay bocadillo.

En la otra acera, media España diseña sus días de vacaciones, su eterno confinamiento o su precariedad inalienable. En cualquier caso, miramos por la ventana y nunca vemos a quienes aún viven peor que nosotros, peor que nadie. Pero estas colas interminables, integradas por criaturas que lo han perdido todo para siempre, son el reverso de nuestra propia identidad, el espejo donde no nos vemos, el lugar en el que nunca querremos estar. Pero que nadie puede asegurar jamás que nunca integrará estas largas colas del infortunio.

Los supermercados ya no colaboran con las entidades solidarias. Leo el argumento y me quedo de piedra: o bien no les sobra nada o bien están haciendo su agosto. Bueno, estarán haciendo su junio y su julio. Y después vendrá agosto.

Y seguirán las colas interminables, los turistas estarán tirados en la arena de nuestras playas llenos de cerveza, y la covid-19 seguirá vigilando los movimientos de nuestros excesos y los escondrijos donde los amantes se limpian la piel con los besos que han esperado tantos meses. Entre un dislate y otro, como siempre, vencerá el amor.

Y mientras los nuevos amantes pasean por una ciudad reinventada, allá, en la esquina, las colas de los desheredados de la tierra, que seguirán pidiendo alimentos y otros productos de primera necesidad, serán un objetivo inapreciable para quienes saben ahora ya que el amor te aísla, afortunadamente, del mundo en el que vives.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

25 de junio de 2020

  • 25.6.20
En los momentos que estamos viviendo, creo que es necesario defender la herejía como una cualidad tan necesaria como escasa. No hablamos de esa herejía pueril propia de la rebeldía adolescente y del pensamiento político infantil. Hablamos de ir contracorriente, de manera razonada y con espíritu tan crítico como constructivo.



En los tiempos de la postmodernidad, la herejía es una cualidad que se asemeja al gusto por la lectura o el ejercicio. Muchos afirman que huyen del rebaño, que disfrutan de la lectura o que van con frecuencia al gimnasio.

Sin embargo, casi todos se esfuerzan en demostrar que se encuentran en el lugar correcto de una ficticia trinchera que otros han creado para ellos; en hacerse fotografías en la Feria del Libro, donde compran el único trozo de papel que van a leer durante el resto año; o bien, se esfuerzan en pagar su cuota en esos templos dedicados al culto al cuerpo como si fueran una ONG, porque o no van, o lo hacen para poner una fotografía en la red social de turno.

Y eso no es lo peor. Lo peor es que, en ocasiones, estos mismos autodenominados ‘herejes’ se atreven a ejercer de censores. ‘Postcensura’ lo denominan, aunque no es más que la vieja costumbre de linchar, antorcha en mano, al que no comparte tus ideas. Eso sí, en redes, que es mucho más civilizado. Dónde va a parar…

La herejía es un atentado contra la corrección política, que no es otra cosa que neopuritanismo disfrazado; un acto de traición a la pureza, que permite al sistema evolucionar; una obligación ética en tiempos de postureo ideológico. Pero no todos tienen el temple, ni de serlo ni de defenderlo sin caer en una suerte de iluminación personalista, cuando no mesiánica.

Un buen ejemplo de lo que estamos hablando es el abolicionismo. El feminismo radical y descerebrado que ahora mismo prevalece pretende imponer la idea de que solo existe un feminismo, y que debe ser abolicionista. Por tanto, de acuerdo con esta lógica, todo aquel que defienda la regulación del trabajo sexual no solo no es feminista, sino que es un machista.

Así lo aceptan los ‘rebeldes’ militantes en redes sociales. Se niega el debate. Y mientras, se ignora y discrimina a asociaciones feministas como Hetaira o Aprosex. ¿Eso no era cosa del heteropatriarcado?

Admito que el abolicionismo siempre me ha parecido una posición más propia de un vecino del barrio de Salamanca que uno de barrio obrero por las razones que ya expliqué aquí. Es fácil tener sólidos principios utópicos desde la comodidad de tu salón y, desde luego, pongo en duda que Irene Montero o Carmen Calvo sean más feministas que Amarna Miller.

En cualquier caso, y a pesar de lo señalado, sí que considero que es necesario un debate público, y jamás lo negaría. De hecho, se perdió una oportunidad excelente cuando el actual Gobierno negó a la Organización de Trabajadoras Sexuales (OTRAS) convertirse en sindicato. La herejía nunca puede ser intransigente, so pena de aspirar a dogma.

Sirva este ejemplo para entender lo necesario que es el pensamiento crítico, y cómo debe actuar. Máxime, en unos tiempos de cambio, donde jamás ha habido tanto borrego creyéndose librepensador. Es momento de ser valientes, aceptar lo que caiga, proponer nuevos debates y, sobre todo, derribar las trincheras ficticias que los populistas de turno tratan de imponernos –otra vez–.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO


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