:::: MENU ::::
Mostrando entradas con la etiqueta Firmas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Firmas. Mostrar todas las entradas

20 de enero de 2021

  • 20.1.21
Vivimos en un entorno plagado de imágenes artificiales creadas por otros seres humanos y plasmadas en todo tipo de pantallas (televisores, teléfonos, ordenadores, tabletas, consolas para videojuegos…), carteles y vallas publicitarias, revistas, libros ilustrados, folletos impresos, etcétera. Seguramente, no ha habido otro momento en la historia de las sociedades humanas en el que se haya dado tal densidad de simulacros visuales.


Prácticamente todas las culturas conocidas, tanto las existentes en la actualidad como aquellas de las que tenemos noticias del pasado, han desarrollado algún tipo de representación icónica:; incluso las que se han declarado iconoclastas. Pero de esto hablaré en otro artículo más adelante.

A lo largo de la Historia, las imágenes se han ido multiplicando y diversificando en respuesta a las necesidades y deseos de las personas. Y, para ello, se ha utilizado una gran variedad de soportes y herramientas para su realización. Los contenidos también han sido múltiples, aunque casi siempre dóciles a los imperativos ideológicos o a las modas vigentes.

Pero ¿cómo comenzó todo este arrebato de figuras y colores en favor de la utilidad y del placer? ¿Dónde y cuándo surgieron las primeras imágenes? Y, sobre todo, ¿por qué se hicieron? Estas preguntas me las he formulado desde hace muchos años y he intentado buscar respuestas en todos los libros y artículos científicos a los que he tenido posibilidad de acceder. Aprendí mucho, me ayudaron a encontrar algunas respuestas, a reflexionar y a ir cercando las posibles explicaciones a las cuestiones más controvertidas.

Me di cuenta de que los libros y el conocimiento académico, como en casi cualquier área de la vida, son imprescindibles, pero no suficientes. Quería ver las piezas originales de las que hablaban los textos especializados, así que visité los museos y cuevas, muchas cuevas (es de agradecer la paciencia de Ana, que accedió a pasar gran parte de sus vacaciones en estas “excursiones”). 

En algunos de estos yacimientos tuve el gran privilegio de poder conversar con los científicos que los estaban investigando. Lo más emocionante fue la visita a una pequeña cueva cantábrica en la que solamente estábamos tres personas, alumbrados únicamente con una pequeña linterna. Casi podía percibirse el aliento de aquellos artistas que habían sabido plasmar sabiamente la profundidad de sus sentimientos y vivencias en aquellas figuras tan hábilmente trazadas. Su espíritu impregnaba hondamente las tinieblas y cada rincón de los mágicos muros que separan, y también comunican, nuestra vida cotidiana con el inframundo habitado por lo sobrenatural.

Todo esto viene a cuento porque hace unos días que se ha publicado en Science Advances (revista de la asociación americana para el avance de la ciencia, AAAS) un interesante artículo que detalla los resultados del estudio realizado sobre unas imágenes encontradas en unas cuevas de Célebes (Indonesia). 

Estas imágenes representan a un tipo de cerdo verrugoso, Sus celebensis, específico de dicha isla. Hasta aquí poca novedad, ya que la mayoría de las pinturas encontradas en las cuevas prehistóricas de la región representan precisamente a este tipo de cerdo salvaje. En las aproximadamente 300 cuevas y abrigos con imágenes parietales, se han reconocido unos 73 cerdos, algo más del 81 por ciento del total de las representaciones animales.


Lo realmente asombroso es la edad que se ha atribuido a estas imágenes mediante las técnicas de datación: al menos 32.000 años para una de ellas y, para la más antigua, 45.500 años. Si tenemos en cuenta que los famosos bisontes de la gran sala de los polícromos de Altamira tienen una antigüedad estimada de 14.698 años, hay ¡nada menos que unos 30.000 años! entre las imágenes más antiguas descubiertas en Sulawesi y las imágenes cantábricas. Es una distancia en años muy superior a la que separa nuestro presente de los bisontes de Altamira.

No hace tantos años que se tenía la impresión de que el arte rupestre más antiguo era una exclusiva de Europa y, más concretamente, de la cordillera Cantábrica y de algunas regiones de Francia. Esto parecía reforzar las ideas supremacistas europeas que habían “justificado” el imperialismo colonialista. 

Los hallazgos sugerían que el nacimiento del arte pictórico se había dado en Europa y que había llegado a magistrales cotas estéticas en Lascaux o Altamira. Se fueron descubriendo más cuevas con pinturas del paleolítico en Francia, España, Italia, Rumania; pero también en la India (Bhimbetka), Rusia (Kapova), Australia (Bradshaw, Gabarnmung), Perú (Toquepala), Argentina (Cueva de las manos)…

El arte prehistórico ya no era una exclusiva europea, sino que se había producido a lo largo y ancho del planeta y por seres humanos de todo tipo de etnias y culturas. Y el reciente descubrimiento parece indicar que, incluso, antes que en Europa.

JES JIMÉNEZ

19 de enero de 2021

  • 19.1.21
Me abruman los azotes de realidad que estamos viviendo en estos días. No considero que sean malas noticias: creo que, tan solo, son atisbos de realidad. Y cuando nos golpean a nosotros, entonces ponemos el foco sobre ellos, tratándolos como desgracias o fatalidades. Es como si el rango de catástrofe se midiera de acuerdo al ojo que lo mira. Y si lo hace un ojo mal acostumbrado a los tiempos de bonanza, el desastre es algo que llega al más mínimo traspiés.


Pienso que hemos pasado un ciclo de cierta estabilidad. Décadas en las que los altibajos no han sido muy pronunciados. Y este hecho se puede traducir como equilibrio social. A grandes rasgos, todos hemos tenido la oportunidad de prosperar, dado que no ha ocurrido una hecatombe conjunta que frenara nuestro progreso. 

Creo que a partir de los años ochenta, nuestro umbral de “desastre” se redujo a las consecuencias que podía provocar un temporal, un apagón, la caída de un edificio, un parricidio… En otras palabras, hechos puntuales y aislados que afectaban a un núcleo de población en un lugar y tiempo concretos, en los que se encuentran unas víctimas muy bien localizadas mientras el resto mirábamos desde el confort. En cierta forma, nos animaba ver que a nosotros no nos había ocurrido aquello que observábamos.

Ante este paraje de calma y prosperidad, no existió la queja sobre asuntos que nos incumben a todos. Encontramos una sociedad “unida”, sin una latente polarización y con cierta serenidad ante materias de Estado. Nos encontrábamos unidos porque habíamos salido de una dictadura de cuarenta años, en la que sí se notaban de forma destacada los altibajos. No encontrábamos polarización porque todos entramos en un sistema de gobierno realmente nuevo para muchas generaciones.

Y la serenidad surgía a partir del disfrute del nuevo orden: si nos engañaban con algo u ocurría alguna injusticia, lo asimilábamos y mirábamos para otro lado porque nuestra posición social y económica no se sentía amenazada. Al menos, de forma directa.

Teniendo entonces los ingredientes de unidad y de serenidad, el resultado es una sociedad vulnerable, desvalida y, ante todo, inerme. Y si no lo veis así, pensad en un vaso de leche con Cola cao –o Nesquik, no se me vayan a ofender sus señorías–. Así, cuando dejas reposar la leche ya mezclada con el Cola cao, vemos cómo poco a poco todo se va asentando: cada elemento va ocupando su lugar, adquiriendo identidad propia y separándose del resto de ingredientes. Y para evitar que esto ocurra, necesitamos batir de forma constante y suave: así jamás perdemos la mezcolanza.

Pues pienso que España, en este preciso momento, es un vaso de leche con Cola cao que se ha dejado durante mucho tiempo reposar. En los años ochenta todo era unidad y serenidad, como he dicho. Pero vinieron los noventa y la entrada al nuevo milenio. Y dejamos que todo se asentara demasiado. 

Durante estas décadas ha habido un abuso de serenidad, ya que no hemos luchado por lo que era nuestro ni hemos mantenido un poquito de ajetreo en la escala social. Creo que el dogma era el siguiente: "si me va bien a mí, ¿por qué tengo que alzar la voz para que la situación global mejore?". Así llegamos a tener un país sin armas para enfrentarse a los tiempos de vacas flacas. Y cuando la impavidez gobierna, la polarización preside. La leche y el Cola cao dejaron de ser uno: abandonaron la unidad.

Y así lo vivimos en la crisis de 2008 cuando, estando todos bien recostados en nuestro sillón, vimos cómo aquello que no hicimos en su tiempo, indirectamente, nos daba en la cara. Y como he dicho antes, nuestro ojo, mal acostumbrado a los tiempos de bonanza, vio y sintió tal crisis como una catástrofe. Todos nos quejamos y nos lamentamos, pero cada uno de nosotros vimos como culpables a diferentes entes. Y es ahí, amigos lectores, donde nació la polarización que nos afecta hoy.

La polarización en España no busca localizar a quien tenga la mejor solución. Solo pretende encontrar al culpable de la miseria que nos asola, eludiendo nuestra responsabilidad cívica. Y si miramos con vista de águila, todos somos los culpables: yo soy culpable; tú eres culpable... Es buen momento, quizás, para dejar de pensar que ellos son los culpables, ¿no crees?

DANY RUZ

18 de enero de 2021

  • 18.1.21
Watergate es el precedente prototipo y más sonado de lo que tradicionalmente se conoce como periodismo de investigación, un caso en el que los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein requirieron participar activamente, investigando tenazmente y contrastando los hechos, con la ayuda de fuentes internas clave, y que hizo caer a Richard Nixon de la Presidencia de EE UU.


Un modelo anterior son los papeles del Pentágono, publicados por The New York Times poco antes de Watergate, que destaparon la historia clasificada de la guerra de Vietnam, impulsada por el Departamento de Defensa de EE UU, y que contenía una versión menos suave del conflicto que aquella otra que los ciudadanos conocían hasta entonces.

Neil Sheehan consiguió dos hitos clave en la historia del periodismo del siglo XX. El primero, la exclusiva de los documentos que demostraban que el Gobierno de los Estados Unidos mentía de forma sistemática y que estaba mandando a sus soldados a morir en Vietnam a pesar de saber que su sacrificio sería inútil. Esos documentos son conocidos como Los papeles del Pentágono.

Su segundo gran hito fue la resolución del Tribunal Supremo de Estados Unidos que garantizaba el derecho a publicar los documentos, una de las mayores victorias de la libertad de expresión en el siglo XX. Nunca la prensa había sido tan respetada como entonces y nunca más lo sería en el futuro. Ni siquiera con el caso Watergate, escribe Juan Carlos Laviana.

El pasado jueves murió Neil Sheehan a los 84 años en su casa de Washington. Hijo de inmigrantes irlandeses, nació en Holyoke, Masachusetts. Se graduó en la Universidad de Harvard y con 25 años llegó a Vietnam para cubrir la guerra, un conflicto que costó millones de muertos. Allí estuvo cuatro años. 

En 1964 escribió: “Me pregunto, cuando miro las aldeas campesinas bombardeadas, los huérfanos mendigando y robando en las calles de Saigón, y las mujeres y los niños con quemaduras de napalm en los hospitales, si Estados Unidos o cualquier nación tiene derecho a infligir este sufrimiento y degradación a otra gente para sus propios fines”.

Stephen Reese, vicedecano de la Escuela de Comunicación de Texas, asegura que históricamente “los periodistas siempre han pretendido las ruedas de prensa y las entrevistas a la tarea, más difícil, de investigar a partir de pruebas documentales, pero los papeles del Pentágono eran literalmente papeles, fotocopiados por la fuente que dio la voz de alarma”. Y añade: “Hoy la tecnología reduce enormemente los escollos para este tipo de filtraciones, y aumenta el valor de documentos materiales, como se ha visto en el caso de WikiLeaks”.

Pese a que es cierto que los papeles del Pentágono es más una filtración que puro periodismo de investigación, nadie discute la trascendencia de su publicación. Como también es cierto que Watergate, basado en la contrastación de fuentes informativas, tampoco fue el primer ejemplo de periodismo de investigación de la historia. Tal mérito debe recaer, sin duda, en el periodismo muckraking que surgió en Estados Unidos a finales del siglo XIX.

El término lo acuña el propio presidente Roosevelt, que comparó a estos periodistas con el hombre del Muck-rake (rastrillo de estiércol) y que basaban sus investigaciones en la denuncia social. Sus investigaciones se sustanciaban en la inmersión. No querían que las fuentes les contaran la historia. La querían vivir por sí mismos.

Nellie Bly representa el caso más sonoro. Ingresó en un manicomio haciéndose pasar por demente. Nada más salir escribió Diez días en un manicomio. Con la publicación de esta crónica consiguió que las autoridades sanitarias emprendieran importantes reformas en los hospitales de salud mental de Nueva York.

Las investigaciones inmersivas de Bly tuvieron sus repercusiones, al igual que la publicación de los papeles del Pentágono por parte de Neil Sheehan, o las investigaciones llevadas a cabo, contrastando fuentes fidedignas, de Woodward y Bernstein no cayeron en saco roto. Al final, las tras modalidades de periodismo de investigación dieron sus frutos.

La filtración que obtuvo Sheehan es la mayor de la historia hasta aquel momento: 7.000 páginas. The New York Times comenzó a publicar sus investigaciones el 13 de junio de 1971. Pronto se unieron a la tarea The Washington Post y The Boston Globe.

Estos informes desvelaban que la Administración Johnson había mentido sistemáticamente al Congreso sobre la importancia trascendental de aquel conflicto bélico y que varios presidentes de Estados Unidos sabían desde el principio que la guerra de Vietnam estaba perdida. El Gobierno norteamericano quiso impedir su publicación, pero el Tribunal Supremo sentenció que la prensa podía seguir publicándolos.

Después de estas exclusivas, Sheehan se dedicó a escribir A Bright Shining Lie (Una mentira brillante y luminosa) sobre la vida del teniente coronel John Paul Vann y la participación de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam, que publicó en 1988. Con este libro obtuvo el premio Pulitzer, el galardón más importante del periodismo, y un Premio Nacional del Libro. Steven Spielberg llevó esta historia a la pantalla en 2017 con el título Los papeles del Pentágono.

Sheehan nunca dijo cómo obtuvo estos papeles. En 2015 contó el secreto a The New York Times, con la condición de que no se publicara hasta después de su muerte. En la película de Spielberg, Sheehan tiene un papel muy secundario, pues el mérito lo compartiría también con Katharine Graham y Ben Bradlee, editora y director del periódico de la competencia, The Washington Post. Pero si Sheehan no se hubiese atrevido a fotocopiar, sin el permiso de la fuente, estos informes de la guerra de Vitenam, hoy, con toda probabilidad, no sabríamos qué malditas razones llevaron al Gobierno de Estados Unidos a crear el infierno en este país asiático.

Después de publicar estos informes y de varios años de permiso sin sueldo, Sheehan abandonó The New York Times. Era el precio que tenía que pagar por desvelar la verdad, siempre incómoda. Tal vez esta no fue la primera vez que ocurrió así: tampoco será la última.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

17 de enero de 2021

  • 17.1.21
Tradicionalmente, uno de los rasgos del carácter de las personas que genera mayor admiración es el de la valentía, como se demuestra que a lo largo de la historia y en las distintas culturas se haya expresado la fascinación que suscita quien posee los valores del coraje y la fuerza interior para enfrentarse a las situaciones difíciles.


Esto lo vemos cuando comprobamos que una parte significativa de los grandes relatos que configuran el imaginario colectivo que da identidad a los distintos pueblos es la apelación a los héroes, ya que son referentes que sirven como modelos a admirar y a imitar. Se nos muestran como seres dotados de cualidades especiales, muy por encima del resto de los mortales. En ellos el miedo parece que no hace mella, por lo que los entendemos carentes de este sentimiento negativo que paraliza a las personas.

De este modo, cada país, cada cultura, tiene varios personajes, reales o míticos, que sirven para aportar sentido de pertenencia a esa comunidad. Tradicionalmente, han sido los militares o los guerreros los que se encontraban en ese reducido grupo de celebridades de los que se habla de ellos con gran respeto, por lo que es habitual recordarles homenajeándoles con esculturas o bustos que perpetúen sus memorias. Son nombres que casi nos salen espontáneamente, puesto que han quedado grabados en nuestra memoria como símbolos y paradigmas del valor y el coraje.

Lamentablemente, en esa amplia pléyade heroica no cabe el género femenino; pareciera que el valor y el coraje son atributos exclusivamente masculinos, dado que la mujer quedaba tradicionalmente relegada a los valores maternales y domésticos, por lo que se la ha considerado como un ser inseguro, frágil y temeroso, necesitado del apoyo masculino para que pueda transitar con cierta seguridad por la vida.

Esta injusta valoración en los últimos tiempos ha sido muy cuestionada, puesto que el valor estrictamente asociado al ámbito castrense o a profesiones de alto riesgo ha perdido parte del peso que había tenido tradicionalmente. Ahora consideramos que no es necesario encontrarse dentro de conflictos bélicos o de alto riesgo físico para mostrar una actitud de fortaleza y decisión, entendiendo, de este modo, la valentía como una cualidad que en principio todos podemos tenerla, ya que también está ligada también a valores como la capacidad de resistencia, la sinceridad y la honestidad.

Y es que tal y como decía el psiquiatra Carlos Castilla del Pino: “No hay que ser un héroe. Ya es bastante con vivir el día a día”. Con esto, alguien que conocía bastante bien la mente humana, nos venía a decir que, en ocasiones, la propia vida nos coloca ante situaciones tan difíciles y adversas que hay que tener un gran coraje para salir bien parados de esos estados en los que no quisiéramos vernos.

Siguiendo este nuevo criterio, en la portada ha aparecido Nelson Mandela, Premio Nobel de la Paz en 1993. No es necesario que diga nada de la valentía de este hombre de raza negra que estuvo encarcelado durante 27 años por su oposición al régimen racista que existía en su país: Sudáfrica.


Pero no debemos olvidar que un año antes que, en 1992, una mujer indígena, de la etnia maya quiché, la guatemalteca Rigoberta Menchú había recibido también premio Nobel de la Paz. Y en este caso, quienes conocemos la historia más reciente de Guatemala y hemos estado en conexión con las comunidades campesinas mayas sabemos el enorme coraje que hay que desplegar en un país en el que la población indígena era y es sometida a las sistemáticas violaciones de los derechos humanos.

De cualquier forma, no es necesario tener la enorme resolución de estos dos grandes personajes para mostrar valores como la entrega, la entereza y la honestidad, dado que en estos tiempos de pandemia hemos aprendido a afrontar dignamente el trabajo en una situación colectiva enormemente adversa y desconocida.

Son ejemplo de ello los profesionales sanitarios, los cuidadores de mayores, los docentes y todos aquellos que soportan distintas situaciones infaustas (paros, cierres, aislamientos, enfermedades, fallecimientos, etc.) Y es que el esfuerzo responsable y la superación del miedo acaban siendo fundamentos de la valentía.

A todo esto habría que añadir la virtud de la empatía con los que se encuentran en las situaciones más adversas, ya que una valentía egoísta, que no considera a los demás, en última instancia se muestra como una expresión del narcisismo personal, base de la intolerancia o del fanatismo, por no decir la bravuconería, tal como la hemos visto y sufrido en un personaje tan nefasto cono Donald Trump, para quien las mentiras eran sencillamente unos meros instrumentos para alcanzar o mantenerse en el poder.

Entendemos, de esta forma, a la valentía como virtud humana que supone una actuación responsable, cargada de altruismo y de generosidad. Esto no implica que las personas que actúan bajo estos valores no sientan ningún tipo de miedo y no tengan en cuenta sus propias necesidades, puesto que es casi imposible que un acto que implica riesgo o posibles pérdidas personales no asomen los sentimientos menos deseables que subyacen en todos nosotros.

Por otro lado, hemos de considerar que los valores humanos no están aislados unos de otros. Así pues, en estos tiempos, cualidades como el compromiso, la prudencia, la paciencia, la empatía, etc., deben ser asumidos; no como rasgos que colindan con el miedo o la cobardía, sino con algo tan sencillo como es la sensatez y el sentido de que los héroes de este tiempo son aquellos o aquellas que asumen conscientemente su trabajo en estos tiempos con unos riesgos que mirando hacia atrás no los conocíamos.

Y es que no podemos esperar, tal como se nos contaba en los relatos heroicos o como hemos visto cientos de veces en el cine, a que venga un ser singular o con dotes sobrenaturales venga a solucionar un problema colectivo como es la pandemia en la que nos encontramos inmersos. Ahora es responsabilidad de todos salir de este atolladero.

AURELIANO SÁINZ

16 de enero de 2021

  • 16.1.21
"Fimosis" es un tecnicismo que está tomado del griego. Pertenece al ámbito de la Cirugía y etimológicamente significa "amordazar la cabeza del perro con bozal". Aunque practicada desde tiempos inmemoriales, en la actualidad los médicos que la efectúan y los varones que la padecen la declaran sin tapujos y la cuentan con detalles.


Los manuales explican que la fimosis es la estrechez del prepucio que dificulta el descubrimiento del glande y, a veces, la micción. No podemos olvidar, sin embargo, que la operación quirúrgica, que consiste esencialmente en la ablación circular del prepucio, es un rito que ha sido practicado de manera continuada por diferentes culturas.

La Antropología nos la describe como una práctica generalizada en algunos pueblos de América Central, como los nahuas (incluidos los aztecas) y los mayas; y en el Sur del continente americano, entre los teamas y los manaos de las Amazonas. Según testimonios de Estrabón e, incluso, de algunos viajeros modernos, también se observa en varios pueblos de África como, por ejemplo, entre los cafres.

Pero su empleo más frecuente desde la más remota Antigüedad está localizado en los pueblos de raza semítica o protosemítica. Entre los hebreos comenzó a practicarse como ceremonia religiosa por el patriarca Abraham, que fue el primero que se circuncidó, operándose él mismo en cumplimiento de una orden de Dios. Desde entonces, este rito es el signo y la condición de la Alianza hecha por Dios con el pueblo judío y se expresa en lengua hebrea por la palabra "berit", que significa "pacto".

El Islam lo ha generalizado entre los pueblos persas, indios, africanos, turcos, mongoles y en algunas comarcas chinas y malayas. Herodoto la interpreta como una medida higiénica, y el judío Filón, además de reconocer su eficacia para evitar el carbunclo, la explica como un símbolo de la pureza de corazón y como un medio que facilita una descendencia numerosa.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

15 de enero de 2021

  • 15.1.21
La nevada ha afectado seriamente a toda nuestra vida y, como consecuencia, ha trastocado los contenidos de la información y, por supuesto, nuestras conversaciones. Hemos dejado de referirnos a las cuestiones políticas y hasta nos hemos olvidado de los problemas de coronavirus. Las precipitaciones de nieve y las fuertes rachas de viento han obligado a cortar carreteras, a paralizar las operaciones en aeropuertos, a suspender trenes y a desviar vuelos. El temporal ha influido también en los deportes hasta tal punto que la Real Federación de Fútbol ha determinado la suspensión de muchos de los encuentros programados.


Estos hechos nos demuestran cómo no solo la cronología –el paso del tiempo– sino también la meteorología –los cambios atmosféricos– nos importan mucho. Fíjense como las encuestas nos dicen que, mientras que la información política interesa a un 34 por ciento de la población, los datos meteorológicos los siguen un 70 por ciento. Es que el frío o el calor, la lluvia o el viento influyen en el trabajo y en el ocio, en las actividades comerciales y deportivas y, sobre todo, en nuestro estado de ánimo.

El tiempo, aunque lo midamos linealmente, posee múltiples dimensiones. Los relojes y los calendarios nos despistan y nos engañan porque no son capaces de informar sobre sus contenidos ni de calcular la anchura, la altura y la profundidad de cada instante: hemos de aprender a valorar el tiempo y, en la medida de lo posible, a apresarlo entre nuestras manos.

No podemos borrar, corregir ni enmendar el camino andado, pero el trayecto recorrido nos advierte sobre la senda venidera. Tengamos en cuenta que, a pesar de la erosión del tiempo, el pasado, luminoso u oscuro, alumbra el futuro. Vivir es saborear los diferentes alimentos que la vida nos proporciona, es gustar sus colores, sus olores y sus sabores, y, también, probar su amargor o su acidez.

En contra de lo que nos dicen las ciencias, podemos perder el tiempo y recuperarlo, pararlo y aligerarlo, estrecharlo y ensancharlo, alargarlo y acortarlo, enriquecerlo y empobrecerlo. ¿No es cierto que usted ha vivido unos minutos larguísimos y otros cortísimos? ¿No es verdad que ha revivido momentos de felicidad o de dolor? El tiempo, efectivamente, es un billete ambivalente: su valor depende del empleo que de él hagamos. Y es que el tiempo –el cronológico y el meteorológico-, más que oro, es vida.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

14 de enero de 2021

  • 14.1.21
Desde hace algún tiempo, entre diciembre y enero, he dedicado unas líneas a las fiestas de Navidad y Reyes. Este año tampoco quiero dejar el tema de lado y, aunque sea a toro pasado, intentaré dar un repaso de estas fiestas que han contado con un final que, para desgracia de todos nosotros, está bloqueado y amargado por las secuelas del virus que nos rodea.


Confieso que las fiestas navideñas nunca me han entusiasmado. Supongo que a muchos de los hijos del hambre, la escasez y el estraperlo de la posguerra “incívica”, es decir, a los nacidos de 1940 a 1960, nos trae malos recuerdos. Y de eso van estas líneas. En el Llanete de la Cruz, la Navidad no era especialmente significativa para muchos de nosotros. ¿Y de Reyes para qué hablar? Los agujereados zapatos amanecían helados y vacíos. 

Como los Reyes Magos han sido atípicos este año, dadas las circunstancias, echo mano de uno de los poetas más cercanos para mí, que vivió en tiempos revueltos y con obstáculos por los cuatro costados. Me refiero a Miguel Hernández. Él, como otros tantos poetas, estuvo en el saco del olvido bastante tiempo después de la Guerra Civil.

Hernández nos dejó un filón de palabras cargadas de emociones y sentimientos. Son las vivencias de la España de su época, de una vida ligada e injertada a un ambiente rural repleto de pobreza, de analfabetismo y de intranquilidad sociopolítica. Tiempos de incertidumbre y confusión. En mi columna titulada El cabrero poeta dejé amplias referencias.

El 2 de enero de 1937, vísperas de Reyes, Hernández publica en la revista Ayuda del semanario Socorro Rojo el poema titulado Las desiertas abarcas, dado a conocer por su parte con toda intencionalidad. Cuando lo leí, mucho después, se me clavó en lo más recóndito del alma. ¿Motivo? Son versos cargados de tristeza, de frustración... 

La rabia runruneaba y apolillaba deseos, sueños, ilusiones de muchos de nosotros que, con hambre atrasada, gritábamos a los Reyes mendigando caramelos. Y los juguetes no llegaban por penuria cargada de hambre.

El poema refleja toda la pobreza y la miseria que había en la mayoría de la población en esos momentos. Es una queja personal cargada de rabia ante la injusticia social y política; es un grito rebelde lanzado a posteriori por alguien (el Hernández niño) que aun echa de menos la ausencia de los regalos de Reyes.

¿Por qué me identifico con este poema? La respuesta es simple: mi generación sí había tenido la suerte de aprender a leer y si, posteriormente a dicha fortuna, encontrábamos poetas como Machado, Lorca, Neruda o Miguel Hernández –que era todo un hallazgo por la belleza de sus versos–, ya podíamos sentirnos contentos.

En esa elegía, Miguel Hernández reivindica la triste y mísera situación en la que malvive el pueblo, analfabeto en su gran mayoría, saturado de pobreza física y económica. Para colmo, los horrores de una guerra fratricida agravan el momento. Pobreza, miseria, desesperanza... están reflejadas en unas abarcas rotas, vacías de regalos en un Día de Reyes en el que la ilusión florece en los ojos infantiles.

En el poema aflora todo ello en boca de un niño cualquiera, cuyas penalidades delata el poeta personalizándolo. Cierto que se trata de uno de los poemas menos conocidos, aun a pesar de ponerle música Serrat e incluirlo en el disco Hijo de la luz y de la sombra, editado en 2010. Pero tampoco consiguió hacerlo popular, por lo que también el poema pasó, digamos, algo desapercibido.


Quizás a algunos lectores más mayores, leer o releer el poema les refresque recuerdos envueltos en nostalgia manchada de tristeza. Más adelante dejo la letra e invito a oírlo cantado por Serrat. Realmente, el poema proyecta una queja contra todos aquellos que obvian la miseria que padece el pueblo. 

Es un amargo clamor contra los distintos estamentos del poder que se muestran ajenos a la desolación de gran parte de la población y, para gritarlo, se sirve de un acontecimiento aparentemente gozoso como era y es la llegada de los Reyes Magos.

Uno de los cantautores más importantes e interesantes para muchos conciudadanos que ya somos mayores fue, en esos momentos, Joan Manuel Serrat, que se atrevió a poner música a una serie de poetas de los años difíciles de este país: la Generación del 27.

En 1972 se atrevió a grabar un álbum con la poesía de Miguel Hernández. Y digo que "se atrevió" porque, en esas fechas, una serie de poetas –entre los que se encontraba el de Orihuela– seguían prisioneros en el maletón del olvido, ya que no eran bien “vistos” (conocidos ni reconocidos). Y nos fueron devueltos gracias a él.

Por esas fechas tuve la suerte de oírle en directo en Madrid. Aplaudí emocionado. En ese concierto abundaba la gente joven y atrevida para aquellos momentos. La Policía permanecía muy a la vista. Recuerdo que cuando Serrat se arrancó con la canción-poema Para la libertad, el griterío y los aplausos fueron atronadores.

El concierto lo seguí en compañía de un buen amigo que, posteriormente, un cruce de caminos nos separó y solo quedó en la lejanía de recuerdos que se apolillan con el tiempo. El disco consta de diez poemas de Miguel Hernández convertidos en canciones, entre las cuales no está el poema-canción que me incita a escribir estas líneas.

Las abarcas desiertas

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza,
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rio con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto,
hasta cubrir de sal mi piel
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

La estrofa en color rojo no aparece en la canción de Serrat y no he conseguido saber por qué. De entrada, rompe el hilo conductor del poema. Puedo pensar que es el grito del poeta que rabia, que llora ante un mundo injusto donde la pobreza aplasta toda ilusión y tampoco deja paso a unos brotes de alegría infantil. ¿Pretende el cantante que solo haga mención a la frustrada ilusión y por eso evita el grito de los mayores?

También es posible que Serrat suprimiera esos versos para que el poema fuera solo un lamento infantil. Seguro que los eruditos conocedores de la poesía de Hernández y del quehacer lírico de Serrat tendrán mejor explicación. Ni que decir tiene que las abarcas son “un calzado pobre de cuero o de caucho que solo cubre la planta del pie y se sujeta con cuerdas o correas sobre el empeine y el tobillo”.

Miguel Hernández conoció el lado más triste y mísero de la infancia: despiertan sus recuerdos y los plasma magistralmente en versos tan sentidos y conocidos como el poema Las nanas de la cebolla, que escribe para su hijo en 1939, estando ya en la cárcel. 

Y reitero: la España de buena parte del siglo XX sufre de pobreza y analfabetismo. Para más escarnio, se mete en una guerra a muerte (valga la redundancia, dado que toda guerra es "a muerte"). Las abarcas desiertas reflejan la penuria con la que el poeta vivió sus días: el hambre era el pan nuestro de cada día en aquella época. Son unos versos de lejano recuerdo infantil, quebrado por la rabia, la desilusión y la desesperanza de cada 6 de enero, con abundante calzado desierto o alpargatas vacías. La miseria no perdona. 

PEPE CANTILLO

13 de enero de 2021

  • 13.1.21
La era de la postpolítica no es la del reality show ni la producción del espectáculo en vivo, sino más bien la era de la postproducción y la ley de hierro del orden narrativo del nuevo espíritu del capitalismo. Esto es, lo verdaderamente real, lo determinante, lo que sobredetermina la escena en pantalla está más allá, y no es visible al público, con independencia de lo que la natural improvisación de los actores declama.


En otras palabras, siempre hay un guion que define los roles de cada figurante en La Isla de las Tentaciones, pero la tentación no está en la casa de Gran Hermano sino, como el capital, en la captura a posteriori, en la edición, en el making off del carrusel permanente con el que nos vienen entreteniendo en la parrilla programática de la vida en común. 

Solo así es posible entender qué se representa en la invasión del Capitolio y no quedar petrificado con el espectáculo obsceno que vimos en vivo y en directo. Pues, sí o sí, la coyuntura es solo el objeto contingente de actuación de la práctica política. 

El problema es que nos hemos acostumbrado a todo lo contrario por el efecto de los medios y la reducción de la política a mera actualidad de un presente perpetuo, desconectando hechos, como esta parodia, de la gestión de la crisis de 2008, cuando más resulta necesario vindicar el principio o hipótesis de trabajo relacional y cuestionar cómo hemos llegado a este estado de excepción. 

¿De dónde vienen, por ejemplo, redes como Club for Growth, Family Research Council y otras sectas ultras que amenazan nuestro futuro y reeditan experiencias anticipadas por Heritage Foundation o Moral Majority? Colectivos que Fox News y Breitbart News realimentan en la producción de ideología supremacista como parte de una escaleta bien calculada para cumplir con la narrativa de los intereses creados.

Lamentamos decepcionar al lector. No fue Trump el principal productor de esta distopía. Como hemos dejado evidenciado en diversas obras sobre la propaganda, fueron Reagan y luego Obama quienes convirtieron la Casa Blanca en un plató de televisión, en un espectáculo total –un signo indudable del neobarroco–, con una puesta en escena de emociones, humor, tensión dramática, de acuerdo al guion efectivo preparado en cada momento para consumo y deleite de la audiencia. 

La única novedad o radical diferencia de Trump, más allá de su cretinismo –similar por otra parte al de  Reagan es que su programa The Apprentice, en la NBC, era un reality show y no un espacio divulgativo. Si Isabel Pantoja o Cristina Cifuentes hoy traspasan las fronteras de lo pensable vía un programa de talentos o Supervivientes es que, en la era de la neotelevisión, domina la cultura bastarda, la contaminación y la confusión de actores, gentes, géneros y estéticas. 

Así, el dominio y el gusto por sociópatas como Tony Soprano o el protagonista de la serie YOU, o de nuevo Drácula en Netflix es nuestro Baal de Brecht y el Pato Donald, versión soft, de Mattelart. Donald (como el Pato) Trump, explica James Poniewozik, crítico de The New York Times, creció con Disney, que demonizaba a los nativos americanos, mientras en los ochenta del glorioso neoliberalismo de la era Reagan el imbécil cowboy de medio pelo se imaginaba como protagonista de Dallas o Dinastía

Nada que ver con las pendejadas de la Academia de la Historia que, como la Academia de la Lengua, se ha vuelto lenguaraz, y no lo digo por el escritor insulso bocachanclas que todos tienen en mente. El – dícese– escritor Juan Van-Halen confunde en sus diatribas de ABC "descentralización de las redes" con "desinformación" y "falsedad", como si los medios fueran garantía de transparencia y siguieran el debido protocolo deontológico. 

"Posverdad", según la RAE, es la distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y actitudes sociales. Justo lo que hacen cada día los muchachos de OKDiario y los hijos de Berlusconi de Mediaset, por no hablar de la Sexta y el universo Planeta. 

En suma, aunque les pese a los macarras de la moral, los principales artífices de las falsas noticias, oído al parche, no se pertrechan en Twitter, ni parten del rumor anónimo del WhatsApp, propio de situaciones de crisis como la del Capitolio, sino fundamentalmente en los medios periodísticos y las fuentes oficiales, sean las del hijo de Nerón, pato Donald Trump, o las del pulcro y cosmopolita ejecutor contra las libertades llamado Macron. Por cierto, ahora que pienso, ahí siguen los chalecos amarillos, dando una lección de escuela de ciudadanía, de pedagogía democrática, señalando que no cesarán en su voluntad y saber más allá del pogromo neoliberal y de lo que digan en el parte de guerra del noticiero diario. 

Saben, ciertamente, que la autonomía y el antagonismo son la base específica de mediación social de la política para una vida digna. Las clases, explicaba Poulantzas, son siempre portadores de estructura. Los sujetos son porque están siendo, advertía E.P. Thompson. Pero ¿cómo están siendo en la era de la postelevisión? 

Sabemos que el arte de la desinformación consiste en desilustrar, a nivel de conciencia, con una narrativa de la confusión, siempre seductoramente espectacularizante. Pero toda lucha tiene memoria y los idiotas no son tanto los esclavos como los señores de la nada, con cuernos o no, que de todo hay. 

En suma, la amoralidad de la pospolítica algo tiene que ver con la paleotelevisión. Aunque empiezo a pensar que lo que ilustra mejor la decadencia del imperio, más allá de vergonzosos episodios como el que se ha vivido en Washington estos días, que se encuentra siempre en las pantallas del patio trasero, a través de series de culto como La Casa de las Flores. Qué curioso: hemos de ir, paradójicamente, a la ficción para comprender la actualidad noticiosa. Cosas del mundo al revés.

FRANCISCO SIERRA CABALLERO

12 de enero de 2021

  • 12.1.21
Eran las once de la noche del 14 de noviembre de 1937. Riotinto se envolvía en una espesa niebla, con esa capa espesa de humedad que te cala los huesos hasta el fondo. No se veía nada en un metro a la redonda: apenas se podían distinguir vagamente las sombras de los mineros que entraban al tajo en el turno de noche. Pobres hombres, con sus viejos trajes, con unas ropas sobre otras, sin más abrigo que las manos en los bolsillos y la raída gorra. Iban con las cabezas gachas, tiritando de frío y con el hambre en sus ojos. 


A esa hora, la pareja de guardias civiles sacó de su casa a Joaquín Fariñas, mi abuelo. Estaba a punto de salir para su trabajo. Desde su casa al cuartel de la Guardia Civil había unos escasos quinientos metros. Se cruzó con varios mineros que, viendo a la pareja de agentes, se pasaron a la otra acera. 

Cuando llegaron al cuartel, a mi abuelo se le cayó el alma: los guardias se quitaron las capas y uno de ellos se marchó del pequeño habitáculo dejando a Tomás P. C. que, además, soltaba la pistola en el cajón de un raído escritorio con dos sillas desvencijadas que componían todo el mobiliario.

La primera patada fue a su bajo vientre y así continuó hasta que lo dejó tirado como un guiñapo ensangrentado en un rincón. Mi abuelo no podía respirar: la sangre que salía de su boca y de su nariz se lo impedía y no sentía ya nada de medio cuerpo hacia abajo a causa de las cientos de patadas que había recibido.

El torturador quería que le dijese el nombre de los compañeros de la UGT que habían ido junto a él en un camión a Fregenal de la Sierra, a confiscar trigo para hacer pan y repartirlo entre los más necesitados del pueblo. El atestado decía lo siguiente:

“Que sobre las veintitrés horas del día 14 de noviembre del año 1937 y acompañado de los guardias segundos Tomás Penis Corchado y Miguel Romero Banda se procedió a requerir al vecino de esta barriada al ser individuo que estuvo afiliado al deshecho Frente Popular para averiguar la actuación que pudo tener antes y durante el movimiento rojo, a cuyo efecto fue interrogado”.

Mi abuelo declaró que pertenecía a la UGT, que no ostentaba cargo alguno, que no salió en ninguna columna a luchar contra las tropas nacionales, que no quemó iglesias y que fue a desarmar a los guardias civiles con un grupo numeroso de personas porque se lo ordenó un individuo apodado “El comunista” que se encuentra fugado. Procedió al desarme del guardia segundo, Tomás Penis Corchado, que vivía fuera de la casa cuartel y le intervino el fusil y las municiones. Lo echaron en una camioneta y lo llevaron al sindicato.

También dijo que marchó a la sierra en una camioneta a buscar trigo que, posteriormente, cambiaron por harina que llevaron a la panificadora de la viuda de Centeno en la que se elaboraba el pan para la población y que estaba incautada por el comité.

Hay dos testigos que comparecen para ir en contra de Joaquín: Juan Acosta Gallego, que declara que pusieron unas banderas blancas para recibir a las tropas nacionales –y Joaquín, de malas formas, se lo afeó a los vecinos que las pusieron– y otro testigo, Pedro Gómez Gallego, de profesión practicante, que dice que le curó los pies llenos de espinas del monte por formar parte de una columna que iba a combatir a los fascistas.

Hubo un valiente, una buena persona, que a riesgo de que pensasen que era “rojo”, dio la cara por Joaquín: fue José Wert Mora. Este vecino declaró que Fariñas se presentó diciéndole que sabía que iban a registrar las casas para recoger ornamentos de culto y como su hermano había sido sacerdote y estaba muerto, pues se ofrecía a guardárselos él en su propia vivienda. Por lo tanto, sabiendo Fariñas que los tenía el sindicato, no los intervino, con lo que se concluye que Joaquín Fariñas no le delató.

En el resumen de las diligencias explican que el sujeto Joaquín Fariñas Mallorca tomó parte muy activa en el movimiento marxista, interviniendo en el desarme de la Guardia Civil; además, tomó parte de grupos que salieron a la sierra en busca de trigo y harina, como igualmente salió en columnas par combatir a las tropas nacionales, como consta en la declaración del mismo y de los testigos, siendo un sujeto de ideas muy avanzadas y peligroso. 

Se procede a su detención e ingreso en el Depósito Municipal de esta localidad, dando por finalizado este atestado para su remisión al teniente coronel jefe de Operaciones de Limpieza de las sierras de Badajoz. Sevilla y Huelva.

Junto a mi abuelo detuvieron a Emilio Lorenzo Salgado, Luis Lázaro Barrera y Hermenegildo Domínguez Blanco. El recuerdo que tengo de mi abuela Concepción, a la que sí conocí, es de una mujer pequeñita, muy morena, con su pelo recogido en un moño eterno y toda vestida de negro. Sus ojillos denotaban cariño y sus manos ásperas de trabajar eran las que mejores caricias daban. 

Para mi abuela, la típica frase “todo el mundo es bueno” no era un decir: realmente la representaba. Y esta mujercita recorrió cielo y tierra para que no condenaran a muerte a su marido, aunque ya lo había condenado su torturador, con dos hijos a cuestas: mi padre, de nueve años, y mi tía Concha, con siete, a la que tuvieron que cambiar el nombre porque se llamaba Libertad. 

Mi abuela fue de casa en casa pidiendo por su marido, diciendo que era un buen hombre que no había hecho daño a nadie y que, por favor, testificasen a favor para que no lo matasen. El documento del Consejo de Guerra que se celebró en Valverde del Camino dice así:

“En la plaza de Valverde del Camino, a diecisiete de diciembre de mil novecientos treinta y siete. Segundo Año Triunfal. Como secretario del Consejo de Guerra Sumarísimo y de Urgencia de la Zona, extiendo la presente acta para hacer constar que en este día se ha reunido el Consejo para ver y fallar las causas…”. 

A mi abuelo, Joaquín Fariñas Mallorca, lo condenaron a muerte junto a Emilio Lorenzo Salgado. Pero aquí no termina esta historia.

Continuará...

REMEDIOS FARIÑAS

11 de enero de 2021

  • 11.1.21
La pandemia nos ha devuelto al mundo de la lectura. O bien nos ha iniciado en ella. Depende de donde anduviera cada cual, obviamente. Fuera del paraíso del que nos expulsaron y donde hacíamos nuestra vida cotidiana, el mundo se nos antojaba demasiado ancho y desapacible. Así que era lógico que nos recogiéramos en un espacio más estrecho y acogedor como las páginas de un libro.


Las estadísticas vienen a contrariar cualquier pronóstico. Las pérdidas previstas al inicio del confinamiento superaban el 40 por ciento. Aparentemente, la realidad mostraba una foto abrumadora: librerías cerradas durante tres meses, adiós al Día del Libro, a Sant Jordi, a la Feria del Retiro y a todas las demás ferias. El mundo era un libro cerrado.

Aburridos de nuestra vida y encerrados en varios metros cuadrados, el libro se nos apareció de golpe como una lluvia abundante cruzando del desierto. No solo fuimos capaces de abrir un libro y sobrevivir a la lectura de las primeras páginas, sino que, frente a los 47 minutos de media de la antigua normalidad, durante el confinamiento dedicamos a la lectura 71 minutos diarios. Es decir, la media semanal alcanzó las ocho horas y 20 minutos. Y hasta aquí, eso sí, sin desfallecer ni enfermar.

Se supone, por supuesto, que esos 71 minutos estarían divididos en franjas de varios minutos a lo largo y ancho de la mañana y la noche. Un día, lo sabíamos antes también, da para mucho si mucho se aprovecha. Ojalá la vuelta a la libertad callejera y la felicidad desenfrenada no nos aleje de esa otra intimidad recuperada con nosotros mismos y con nuestro alter ego.

Después de todo, la lectura no solo nos lleva a reconocernos en nosotros mismos, o en aquellos otros que nunca fuimos o seremos, sino también en tantos personajes reales o ficticios que conocimos y reconocemos en los buenos libros.

Al respecto, Irene Vallejo, que tanto sabe y ha escrito de escritura y de lectura, en un opúsculo tan bello como breve, Manifiesto por la lectura, nos advierte: “El hábito de leer no nos hace necesariamente mejores personas, pero nos enseña a observar con el ojo de la mente la amplitud del mundo y la enorme variedad de situaciones y seres que lo pueblan. Nuestras ideas se vuelven más ágiles y nuestra imaginación, más iluminadora. Al asomarnos a la madriguera de un relato, escapamos de nosotros y nos proyectamos en los personajes de un país inventado”.

Lo que ya no nos atrevemos a intuir o saber es si ese mundo inventado, o no, lo seguirá siendo en nuestra imaginación y en nuestra memoria. Allá adentro, tal vez, sin nuestro consentimiento, las historias leídas adoptan la apariencia de guiones reales y propios. Es decir, no solo vestimos a sus personajes de una epidermis tangible, también los hacemos nuestros, adoptamos sus vidas falsas con un sometimiento aparentemente inútil.

Pero no, en el fondo, solo queremos indagar en un mundo nuevo porque el otro, ese que sí es auténtico, se muestra evanescente, vacío, sin esquinas en las que guarecernos. Mirábamos hacia afuera y solo había un vacío que no nos consolaba.

Era entonces cuando devolvíamos la mirada a las páginas de ese libro olvidado durante tanto tiempo y que ahora se nos mostraba no solo como un salvavidas o una guarida, sino como la única opción en un futuro deshecho o contrahecho. En cualquier caso, tan abstracto y evanescente que se perdía en la propia mirada.

La pandemia ha dejado otros dos datos dignos de mención. De una parte, la lectura digital creció en diez puntos. Por otro, la brecha de género volvía a coger carrerilla: el 66 por ciento de las mujeres se reconocieron lectoras, frente al 48 por ciento de hombres. Pero la lectura puede traer consigo también la reconciliación con el olvido.

Irene Vallejo escribe también: “Pero leer no solo nos enseña a superar desniveles y reparar ruina, es también gimnasia que vela por nuestra salud”. Y añade: “Los neurólogos están descubriendo que se cuenta entre los mejores ejercicios posibles para mantener ágil el cerebro”.

Es decir, que posiblemente pueda ayudar también a contener el alzhéimer, a desviarlo por otros aluviones menos escurridizos y más maleables, menos subterráneos y oscuros. O sea, ayudar a vencer una enfermedad tan nueva y antigua como la pérdida de memoria se podría paliar -en parte, sospecho- recluyéndonos en el laberinto inventado de una historia o en la ingeniería argumentativa de terracota que es un ensayo.

En cualquier caso, siempre aliviará los momentos asediados e interminables a los que nos sometió el confinamiento y los que más a menudo nos muestra la propia vida. Tal vez ahora, con un libro en las manos, sepamos mejor que nunca que se puede vivir varias vidas en una sola si sabemos destripar con ensañamiento y vehemencia los renglones torcidos y ensordecedores de la imaginación a la que nos somete la lectura, ya sea en un libro impreso o digital.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

10 de enero de 2021

  • 10.1.21
Estamos entrando en el 2021 y, definitivamente, dejamos atrás al 2020. No voy a explicar lo que ha significado el año que hemos abandonado, ya que todos lo sabemos y ahora vivimos con la esperanza de encontrar una salida al cerco de un virus que nos mantuvo y nos mantiene aún sin tregua y sin pausa.


A pesar de todas las dificultades, la música continuó grabándose y editándose, para regocijo de quienes consideramos que no es posible vivir sin un mundo que hemos creado para el disfrute de nuestros sentidos. Bien es cierto que han desaparecido revistas que llevaban años editándose, caso de la mítica Rockdelux, pero han aparecido alternativas digitales para cubrir estas ausencias.

A partir de lo indicado, tengo que apuntar que esta serie que llevo adelante continúa y que en este número voy a presentar diez discos que aparecieron en el 2020. Creo que son álbumes muy buenos, al tiempo que sus portadas me parecen excelentes, por lo que se sigue valorando el diseño gráfico como parte de la industria musical.

En esta ocasión, aparecen discos nacionales e internacionales. No es ningún top-10, puesto que, como he apuntado, he buscado una selección propia basada tanto en la música como en el diseño de las portadas: selección que paso a presentar y a comentar brevemente.


El cuarto álbum de Tame Impala, The Slow Rush, grupo australiano liderado por Alan Parker, se inscribe dentro del pop neo-psicodélico. La portada de corte surrealista ha sido diseñada por Neil Krug. En ella aparece una habitación de color rojo con las ventanas abiertas, de modo que va penetrando la arena hasta cubrir con amplitud los suelos.


La neoyorquina Lady Gaga publicó su sexto álbum de estudio a mediados del año pasado. Chromatica se inscribe en la línea house en el que la diva se mueve con facilidad. Magnífica portada que nos recuerda a los trabajos del diseñador suizo H. R. Giger, aunque en este caso se sale del cromatismo negro y gris, dando protagonismo al rosa magenta del fondo.


A pesar de sus 79 años, parece que Bob Dylan no puede vivir sin sacar un disco con el que ampliar su enorme repertorio grabado. El problema (o no) es que Roug And Rowdy Ways es un magnífico disco que hay que escuchar completo para entender que su vena creativa no para. Para la portada acudió al fotógrafo Josh que nos muestra una escena ‘retro’ que pudiera producirse en un bar de carretera con jukebox incluida.


Si miramos a nuestro país, me parece que El regreso de Abba, el décimo álbum del grupo catalán Sidonie, merece la pena ser destacado, pues contiene 23 temas articulados en lo que podemos llamar un trabajo conceptual. Por otro lado, los barceloneses han optado por una portada naif, en el que aparece un árbol con trazos que parecen dirigidos a los niños.


Robert Plant: otro de los grandes artistas que parece que han nacido para nadar dentro de los sonidos. Lejos quedan sus tiempos en Led Zeppelin, dado que a partir de 1982 cuando inicia su carrera en solitario nos ha dejado magníficos trabajos como este último titulado Digging Deep Subterranea. La portada se debe al diseñador británico Richard Evans, que trabajó en Hipgnosis, el equipo que creó gran parte de las portadas de Pink Floyd.


Volvemos al suelo patrio para presentar el último disco de larga duración, Ventanas, de los granadinos de Niños Mutantes. Si tenemos en cuenta que su primer trabajo, Mano, parque, paseo, apareció en 1998 podemos comprobar que ya tienen una larga trayectoria detrás. El diseño de la portada se inscribe dentro del geometrismo y del op-art, dando énfasis a la tipografía y a el uso de colores puros.


En la antítesis gráfica del disco de los Niños Mutantes se muestra The New Abnormal del quinteto de Nueva York The Strokes. No es la limpieza, sino la suciedad visual, característica de los grafitis y las pintadas urbanas, lo que predomina en la portada. Dos décadas después de que apareciera su exitoso Is This It nos ofrecen otro trabajo que supone la continuidad de aquellos lejanos sonidos.


Algún día se reconocerá que en este país hay excelentes diseñadores gráficos. Esto lo digo porque el segundo disco de Ànteros, …Y en paz la oscuridad, tiene una magnífica portada, en la línea del art Nouveau que predominó a comienzos del siglo pasado y la que se refleja el significado del título del álbum. La formación barcelonesa articula el rock instrumental de algunos de sus temas con otros de fuerza dentro del denominado post hardcore.


La banda estadounidense The Killers, formada en Las Vegas, en el año 2001, publicó su sexto álbum Imploding the Mirage en el año pasado. Como dato relevante, quisiera apuntar que todos sus discos han alcanzado el número uno en el Reino Unido. En este caso, me ha parecido oportuno seleccionarlos no solo musicalmente sino también por el diseño de la portada que recuerde a los murales que realizó el mexicano David Alfaro Siqueiros.


Como no podía ser de otro modo, cierro esta selección con el álbum Homegrown de mi admirado Neil Young. Y se trata de un disco que ha tenido que esperar nada menos que 45 años para que viera la luz, ya que estaba prevista su salida en 1975, pero que se prefirió que saliera el mercado Tonight the night. Incluso esa portada, de estética tan hogareña y con aires art déco, que ahora vemos estaba realizada por Tom Wilkes, el mismo que hizo Harvest, el disco más exitoso del canadiense.

AURELIANO SÁINZ

8 de enero de 2021

  • 8.1.21
En esta ocasión, queridos, admirados y respetados Reyes Magos, tras contemplar y disfrutar con los regalos que me dejasteis anteayer, he decidido escribirles esta carta para mostrarles mi profundo agradecimiento por vuestra generosidad y por vuestro acierto. Y tengo la impresión de que, a pesar de que en las vísperas de vuestra/nuestra fiesta recibís millones de cartas repletas de peticiones, son escasas las que os envían, después, para daros las gracias.


Por los diversos comentarios que he escuchado a mi alrededor y, sobre todo, por las expresiones gozosas de mis familiares, amigos y colegas, he llegado a la conclusión de que este año habéis sido muy generosos, de que nos habéis traído bastantes más regalos de los que nos merecemos y de que algunos de nosotros, incluso, hemos recibido algo más de lo que habíamos pedido en nuestras cartas.

Desde hace algún tiempo, queridos Reyes Magos, cuando se acercan estas fechas, me invade una creciente inquietud al pensar en la velocidad con la que os crecen las dificultades para cumplir con vuestro complicado oficio. Algunos regalos son tan voluminosos que no caben ni siquiera en vuestras inmensas y lujosas carrozas.

El problema mayor –según me contáis– se os plantea cuando ni siquiera recibís cartas en las que, de manera clara, os formulamos las peticiones. Os comprendo cuando decís que, por más vueltas que le dais, no siempre lográis encontrar algún objeto que nos sorprenda y que colme nuestras ilusiones; es que, efectivamente, en los tiempos actuales, cada vez somos más los niños, los adultos y los ancianos a los que no nos falta de nada. Tengo también la impresión de que todavía abundan quienes se sienten solos y no han recibido ni siquiera un regalo.

Comprendo que os preocupéis sobre todo por la desilusión que experimentan algunos cuando, a pesar de haber recibido todos los regalos que habían pedido, advierten que siguen tan insatisfechos y tan vacíos como antes.

Hay que ver la facilidad con la que todos nos creemos que, como nos explica la omnipresente y omnipotente publicidad, un perfume, un traje, un collar o un reloj nos hacen más importantes y nos proporcionan la eterna felicidad. Lo malo es que, tras poseerlos, nos seguimos sintiendo tan insignificantes como antes. “Qué pena tan grande es –me decía Lola– no saber disfrutar con las cosas tan buenas que tenemos en casa”.

Gracias, queridos Reyes Magos, por habernos ilusionado y sorprendido, por las veces que habéis pensado en nosotros, por haber tratado de acertar con nuestros gustos, por el tiempo que habéis gastado en buscar los regalos. Gracias, sobre todo, porque hemos descubierto que, en realidad, solo pretendéis que nos demos cuenta de una vez lo mucho que nos queréis. Un beso a cada uno.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

7 de enero de 2021

  • 7.1.21
Tanto los datos de Bloomberg como los de Forbes son elocuentes: los ricos se han vuelto aún más ricos en 2020. Y eso ocurre en un momento en el que los pobres son cada día más pobres en todo el mundo. Es más, de acuerdo con Bloomberg, ha sido un año récord, con un aumento de los beneficios de 785.764 millones de dólares para las cincuenta personas más adineradas del mundo. 


Este hecho contrasta con el contexto de auténtica ruina que viven tanto los ciudadanos como el propio Estado. Hace unos días, la ministra de Hacienda y Administraciones Públicas, María Jesús Montero, señaló la posibilidad de una caída del déficit público del 11,3 por ciento en España.

Llama la atención que muchos de los que defendieron hasta hace poco las políticas más neoliberales y austericidas, ahora hayan pasado a defender una suerte de ‘capitalismo de Estado’ para reducir las desigualdades sociales. Pero ojo, no en el sentido de Estado del Bienestar, que es el viejo sueño del auténtico progresismo europeo.

Este ‘capitalismo de Estado’ tendría como fin alargar las medidas excepcionales adoptadas para paliar los efectos de la pandemia para favorecer una mutación del sistema económico capitalista. Este sistema facilitaría la liquidez a las empresas, Boletín Oficial del Estado mediante, a la vez que se mantiene subvencionada a buena parte de la población. Esta última idea resulta tentadora para diferentes políticos sin escrúpulos, que ven la oportunidad de crear redes clientelares y dependencias electorales. De las pequeñas y medianas empresas nadie habla, por supuesto…

La opinión más interesante al respecto la he encontrado en Bloomberg. Desde una perspectiva liberal, Andreas Kluth plantea una crítica tanto al liberalismo salvaje precedente como a la intención de crear dependencias económicas. En este sentido, Kluth destaca los peligros para la democracia y para las libertades individuales que puede suponer este cambio. Los fantasmas que Byung-Chul Han previó en marzo empiezan a materializarse.

Es evidente que la inseguridad y la dependencia económicas provocan recortes de libertades y derechos. Es la nueva era que viene, basándose en un principio ya bastante consabido: la desigualdad inherente al sistema capitalista.

Thomas Piketty estudió esta cuestión concienzudamente en una de las grandes obras de referencia de lo que llevamos de siglo: El Capital en el Siglo XXI. Esta obra de difícil lectura y aún más difícil producción produjo numerosas ampollas en los defensores del neoliberalismo. Algunos afirmaron que su trabajo contaba con errores estadísticos, otros que era un radical peligroso. En cualquier caso, admito tener en estima el trabajo de este académico. Y lo hago por dos razones concretas.

La primera de esas razones es que ha demostrado ser un académico honesto, en tanto en cuanto dejó en acceso abierto sus datos de investigación. Sus datos cumplen con los principios FAIR, que todavía hoy no son seguidos por la mayoría de la Comunidad Científica: Findable (localizable), Accesible (accesible), Interoperable (interoperable) y Reusable (reutilizable). La segunda razón es que sus propuestas, aunque atrevidas y progresistas, demuestran en todo momento basarse en el mundo real. Parte de un pensamiento progresista real y responsable.

Una de sus propuestas más interesantes es el impuesto progresivo sobre el capital. En la misma línea que la conocida como ‘tasa Tobin’ –que empezará a aplicarse en España en unos días tras la aprobación de los nuevos Presupuestos–, la idea de este impuesto es reducir las desigualdades entre los más adinerados y los más desfavorecidos gravando el capital.

Sin embargo, Piketty no olvida un detalle fundamental: la necesidad de cooperación internacional para evitar la evasión fiscal. De hecho, en una entrevista publicada en 2014, insiste en la necesidad de la cooperación entre Estados Unidos y la Unión Europea. En especial, con respecto a la tasa Tobin: “Es que técnicamente es muy complicada, más complicada que el impuesto mundial sobre el patrimonio. Que, además, introducirá más transparencia financiera, se sabrá el origen de cada elemento de capital”.

Si bien señala que no hace falta esperar a la existencia de un gobierno mundial, Piketty plantea la necesidad de cooperación entre las grandes economías. Quizá por ello me genere dudas la tasa Tobin que empezará a aplicarse en España. Habrá que comprobar sus efectos, y más en el contexto actual.

En cualquier caso, como bien señala el economista galo, estas propuestas son solo parches que no resuelven el verdadero problema: las desigualdades inherentes al capitalismo. Mientras que la tasa de rendimiento privado del capital sea mayor que la tasa de crecimiento del ingreso y de la producción, las desigualdades seguirán en aumento. Dicho de otra manera: “Una vez constituido, el capital se reproduce solo, más rápidamente de lo que crece la producción. El pasado devora el porvenir”.

En cualquier caso, como bien señala Agustín Monzón: “La crisis del coronavirus habría representado así la puntilla a un modelo que parecía herido, por la sucesión de fallas del mercado y la percepción de que sus costes han recaído sobre las capas más desfavorecidas, mientras las clases altas han podido sacar rédito de las políticas de estímulo implementadas por los bancos centrales, que han supuesto, sobre todo, un impulso al precio de los activos financieros”.

El sistema económico y financiero no se sostiene, no por una pandemia, sino por una situación que ya era precaria. Cada ideología buscará una solución acorde a sus ideas. El capitalismo es el único sistema económico realista que tenemos por delante. Sin embargo, plantea una contradicción inherente que crea desigualdades y que va a más en tiempos de incertidumbre. 

Y no veo solución favorable en un momento en que la población parece más adocenada y sumisa que nunca, más orgullosa de su becerril ignorancia y, sobre todo, más sensible a una situación de incertidumbre que ya parece crónica.

El capitalismo es un mal necesario por falta de alternativas serias. Por suerte, es un sistema moldeable, que debemos adaptar en beneficio de la ciudadanía para reducir las desigualdades inherentes al sistema. Una labor difícil en un momento en el que hasta el agua cotiza en bolsa.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

6 de enero de 2021

  • 6.1.21
Estoy segura de que estas líneas serán las más duras que escriba. Digo "duras" porque tienes que verte en la situación de saber separar y separarte incluso de tu familia para poder respirar un poco de paz y tranquilidad.


Desde pequeños, siempre nos dicen que papá y mamá siempre nos protegerán. Que tus hermanos estarán ahí, pase lo que pase. Y sí, puede que en muchas familias esa armonía exista. Y supongo que por eso, esas personas que tienen esa paz familiar no puedan imaginarse la situación que pueden estar sufriendo otras familias.

Continuamente pensamos que todo está bien y, en el fondo, sabemos que en muchas ocasiones no es así. Pero intentamos lidiar con el dolor de la mejor forma posible. A pesar de lo que he dicho antes, de que existen esas familias en las que se respira tranquilidad, también tendrán sus problemas.

La vida no es perfecta y las relaciones, ya sean familiares, de amistades, de pareja e incluso la relación que tenemos con nosotros mismos, no lo son. Existen esos bajones, agobios, estrés, preocupaciones... Al igual que también están esos subidones, la adrenalina, la felicidad, el disfrute, el amor... Podemos decir que hay un poco de cada, un equilibrio. Esa coexistencia del bien y del mal.

Cuando somos felices y nos sentimos en esa plenitud... ¡Buah! Lo gritamos a los cuatro vientos. ¡Qué bien estamos! Pero cuando es al revés, cuando el día no va bien, hay problemas en casa, con la pareja, con algún amigo, o con nosotros mismos... nos callamos. E intentamos poner una buena cara para que así, de alguna forma, no se preocupe nadie. 

Y ese es el mayor problema que tiene el ser humano: no pedir ayuda y pensar que siempre podrá con todo. Pero no, no podemos. Para muchas cosas, el ser humano es muy independiente. Muy solitario y muy suyo. Pero necesitamos de los demás: su cariño, poder compartir momentos...

En varias ocasiones, cuando he aconsejado a alguien que pida ayuda profesional o incluso que no se guarden todo para ellos mismos, que se apoyen en las personas que los quieren, me han criticado. Me han dicho barbaridades como que es una pérdida de tiempo, un malgasto de dinero... Sin irme más lejos, en mi propia familia he recibido esta clase de respuestas al pedir ayuda.

He llegado a sentirme un estorbo, un problema para ellos y para el mundo. Sentía que no aportaba nada bueno. Y acabé en un bucle continúo de malas energías. Veía que cada vez iba a peor, que estaba cargando sola con todo. 

Así que decidí armarme de valor y gritar "basta". Pedí ayuda profesional aún sabiendo que en casa se me criticaría. Pedí ayuda siendo consciente de que, a pesar de estar en el año 2021, existen personas que no valoran la profesionalidad de otros a la hora de ayudar a las personas.

Os cuento todo esto porque necesitaba soltar malas vibraciones. Coger aire y seguir. Y bueno, para todos los que me leéis, ya sabéis que escribir me hace renacer de nuevo. Hacerme más mía y estar más tranquila con mi paz mental y con el mundo entero. Y por cierto, siempre seremos juzgados por alguien: que sean familiares no quiere decir que nunca vayan a hacernos daño.

MERCEDES OBIES

5 de enero de 2021

  • 5.1.21
Ya sé que el Evangelio de Mateo habla de estos personajes sin darnos sus nombres, sin afirmar que fuesen reyes, ni que fueran tres. Pero estoy convencido de que, dotados de todas esos rasgos con los que hoy los dibujamos, “existen en la realidad imaginaria” de la tradición, en las entrañas íntimas nuestra cultura, en la médula de las creencias populares y en el diccionario habitual del lenguaje popular.


Al menos tendríamos que reconocer que existe de la misma manera “efectiva” que, por ejemplo, Ulises, el primer gran héroe de la literatura, Don Quijote de la Mancha, personaje más universal de la Literatura española, o Hamlet el legendario personaje que, creado por Shakespeare, era un soñador y un contemplativo que estaba sumido permanentemente en sus dudas y en sus ilusiones.

Me atrevo a afirmar, incluso, que en la actualidad los Reyes Magos están vivos en nuestras mentes porque intervienen alentando nuestros sueños, nuestros deseos de ser sorprendidos con regalos y nuestras esperanzas de experimentar nuevas vivencias. 

Los Reyes Magos nos proporcionan la oportunidad de acceder a un mundo creado por la imaginación de ese niño que fuimos y que seguimos siendo porque, por muy racionales que nos creamos los adultos, los sueños siguen animándonos para que busquemos alicientes nuevos y experiencias inéditas, para que compensemos los temores generados por la dichosa pandemia.

Estas reflexiones se me han ocurrido tras conversar con un amigo que está hospedado en la Residencia de Ancianos de San Juan de Dios. Me confiesa que, a sus 96 años, sigue creyendo en los Reyes Magos y que, en muchas ocasiones durante su larga vida, los ha visto y ha hablado con ellos y les ha mostrado su agradecimiento por esos regalos que tanto le han servido para soportar algunos de los golpes que ha recibido.

Me ha explicado con detalles cómo, desde hace algún tiempo, cuando se acercan estas fechas, le invade una creciente inquietud cuando piensa en la velocidad con la que crecen las dificultades para que los Reyes cumplan con su complicado oficio.

Hace unos años –me dice– era suficiente con que repartieran pelotas, trenes o patines a los niños, y muñecas, cocinitas y costureros a las niñas. Por eso viajaban en aquellos parsimoniosos camellos. Fíjate cómo, en la actualidad, traen numerosos regalos a todos los miembros de la familia: a los hijos, a los padres, a los abuelos, a los nietos, a los tíos, a los sobrinos y hasta al perro y al gato.

Él lamenta, sin embargo, que, a pesar de esos excesos de regalos, cada vez es más difícil colmar las ilusiones porque –me dice textualmente– en los tiempos actuales, cada vez somos más los niños y los adultos a los que no nos falta de nada: hay que ver la desilusión que experimentan algunos cuando, tras recibir todos los regalos que habían pedido, siguen tan insatisfechos y tan vacíos como antes.

Son aquellos que viven en permanente desasosiego porque no disfrutan con lo que poseen y porque sufren con lo que tienen los demás. Son los que descubren que el caballo de cartón piedra, el balón de reglamento, la Barbie, la videoconsola, el televisor de plasma, el móvil, el ordenador e, incluso, el automóvil son globos multicolores que, cuando explotan en sus manos, solo contienen aire a presión. Os deseo –queridos amigos– que este año los Reyes acierten con vuestros deseos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

4 de enero de 2021

  • 4.1.21
Como una plaga bíblica, después de las campanadas de Noche Vieja y de haber sorteado la suerte con un plato de lentejas al devenir de un nuevo año que desearon más benigno, los vecinos de Roma despertaron al primer día de 2021 sin poder creer lo que veían sus ojos. Una lluvia de pájaros muertos había invadido las calles de la ciudad. Alfombraban el asfalto y los adoquines de granito después de que una lluvia anterior les rompiera de un solo golpe el corazón. Era concebible: se trataba de los fuegos artificiales con los que sus vecinos pusieron punto final a un año para olvidar.


Casi todos eran estorninos y se los podía ver sin vida por todo el centro de Roma, pero sobre todo alrededor de la estación Termini y via Nazionale, El Esquilino y Colle Oppio. Algunos usuarios, como turistas en su propio hábitat, grabaron atónitos con sus móviles las insospechadas imágenes. 

En cualquier caso, no es la primera vez que ocurre. La Organización de Protección de Animales advirtió ya de los riesgos de estas atronadoras celebraciones y de que los pájaros habían infartado por las explosiones de fuegos artificiales y de petardos. La portavoz de esta organización ha declarado que pudieron haber muerto de miedo, por volar juntos y golpearse contra sí, o hacerlo contra ventanas o líneas eléctricas.

Como una plaga bíblica, esta lluvia de estorninos muertos en Roma, y probablemente en muchas otras ciudades del mundo, se asemeja más a una maldición apocalíptica que a un exceso nada ecológico de cómo somos y de cómo decimos adiós a un año y a un ciclo de festines desatinados. 

Con la pandemia, en 2020 se cerraron las carreteras, las calles quedaron desiertas, y los pájaros de todo el mundo comenzaron a cantar de nuevo. Confinados en nuestros hogares, como si en ese infortunio nos hubiera tragado la tierra, las aves se sintieron libres ante un silencio inusitado e infractor de otra vida que amenazaba diluirse en una felicidad nunca compartida con otras especies.

En el área de Bay Area, en San Francisco, Estados Unidos, durante la pandemia, sus habitantes escucharon la presencia de más pájaros, y escuchando día tras día en sus días vacíos observaron que su canto era diferente. Jennifer Phillips, investigadora de Cal Poly, y Elizabeth Derryberry, profesora de la Universidad de Tennessee, en Knoxville, colaboraron para evaluar si el fenómeno se trataba de una respuesta ante la disminución del tráfico. 

Ambas científicas descubrieron que, durante la cuarentena, las aves respondieron con cantos más suaves, que podían viajar a una distancia mayor, sin obstáculos por el ruido, y que cantaban en un espectro de notas más amplio. Ahora, un cielo estrellado de lluvia incandescente y estentórea ha callado para siempre el canto de cientos y cientos de pájaros, que amanecieron tirados, con el corazón reventado, como un signo fatídico, en las calles más céntricas de Roma.

Las bandadas de estorninos, ya desaparecidas en muchos de nuestros paisajes, son una de las imágenes indelebles que conservo de mi infancia. Las vi muchas veces, cuando acompañaba a mi padre, cuando solo tenía diez o doce años, a pasear por la Laguna de Zóñar, en la zona sur de la provincia de Córdoba, a cuatro kilómetros de Aguilar de la Frontera. 

Se trata del único lago natural de Andalucía. De agua dulce, se abastece de acuíferos subterráneos y alcanza una profundidad de 14 metros. Por su riqueza en la biodiversidad e interés ecológico –la habitan más de 30 especies de aves–, se halla inscrita en el Inventario de Espacios Naturales Protegidos de la Junta de Andalucía. La Laguna de Zóñar, perteneciente a los Humedales del Sur de Córdoba, es la mayor de las seis lagunas nombradas Reservas de la Naturaleza por sus extraordinarios valores como espacios de hibernación y nidificación de aves.

En este paraje natural se podía observar las bandadas de estorninos que ensombrecían a su paso el cielo gris de un otoño que anunciaba ya el invierno cuando volaban sobre nuestras cabezas. Los cazadores lo tenían fácil: atrapaban a los pájaros con enormes redes invisibles. Adentro, encerrados como si fuera una jaula descomunal y perfecta de exterminio, los hombres procedían después a retorcer el pescuezo de estas pequeñas aves con técnica depurada y una frialdad de hielo. 

En aquellos días, los pajaritos fritos o en salsa se consideraba un manjar exquisito al alcance de cualquier bar o restaurante, su caza era legal, o al menos consentida, y las redes –tal vez ilegales–, con la colaboración ineludible de los fertilizantes y otros abonos, provocaron la extinción de algunas especies y prácticamente casi la desaparición de otras muchas. 

Alguna vez, por curiosidad o por compasión o por la ira contra estos carceleros, quise vivir la experiencia de entrar en una de estas enormes redes donde estaban atrapados miles de estorninos –mi padre accedió–, antes de que sus saqueadores ejercieran de verdugos, y sentí el aire como un huracán de plumas deslavazadas que atravesara mi cuerpo y sentí como que me trepaba sobre un cementerio de cuerpos inanimados.

El estornino es algo mayor que el gorrión, mide 20 centímetros de largo, es de color negro iridiscente, con un brillo púrpura o verde que lo embellece, salpicado de blanco en el invierno. Sus patas son rojas, y el pico es negro en invierno y amarillo en verano. 

Es una pequeña ave gregaria y ruidosa. Su canto es variado y poco musical. Imita los ruidos de su entorno, incluso los aprende. Sus huevos son de un azul claro. Las crías eclosionan a las dos semanas de la puesta. Es una especie omnívora. Se alimenta de invertebrados, semillas y frutas. Vuela sincronizado y al unísono, como lo hacen los bancos de peces, en bandadas que pueden ser beneficiosas por combatir plagas, pero, del mismo modo, estas bandadas pueden ser plagas en sí mismas. 

Su población ha disminuido en Europa desde 1980 como consecuencia de los cambios desarrollados en la agricultura y la reducción de invertebrados. Vive en bosques, terrenos agrícolas, cultivos arbóreos, parques, jardines y núcleos urbanos. 

Cientos de ellos dejaron de cantar definitivamente la noche de Año Nuevo. No fueron víctimas de la covid-19, por supuesto, sino de la estridente felicidad con que los vecinos de una de las ciudades más bellas del mundo pretendían olvidar un año de desatinos. Ahora sabemos por qué Roma, ineludiblemente, amaneció como si una lluvia imaginaria hubiera dejado sus calles ajadas de estorninos muertos la primera noche de este año.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


DEPORTES - MONTILLA DIGITAL



FIRMAS

Montilla Digital te escucha Escríbenos