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17 de septiembre de 2019

  • 17.9.19
El presidente de Estados Unidos, el impredecible Donald Trump, se comporta como un elefante en una cacharrería. Se mete en todos los “fregaos” que sus antecesores no pudieron resolver, sin respetar modos, normas ni prácticas habituales en política exterior y relaciones internacionales. Como todo fanático engreído, se cree en posesión de la verdad y con capacidad providencial para lograr cuanto se proponga. Y así le va, de fracaso en fracaso.



El último, un fallido acuerdo con los talibán de Afganistán en unas negociaciones tan insólitas como clandestinas. Su ilusión se acaba de estrellar contra la realidad del enésimo atentado talibán en suelo afgano, en el que murió un soldado norteamericano, que ha obligado a Trump, por decoro, romper abruptamente las negociaciones y suspender en el último momento una reunión en Camp David en la que se iba a firmar un documento por el que las tropas de Estados Unidos abandonarían aquel país, tras cerca de 18 años de lo que es la intervención militar en el extranjero más larga de la historia norteamericana. Trump pensaba que iba a resolverla de un plumazo.

Este nuevo “triunfo” de la Administración “trumpista” se enmarca en una política exterior errática e incoherente que parece obedecer a criterios nihilistas y mediáticos antes que a razones objetivas por resolver conflictos y poner orden en las relaciones entre países, sobre la base de la democracia, los derechos humanos y el respeto mutuo.

Como empresario fullero, Trump, principal impulsor de esta iniciativa, buscaba algún éxito con el que presentarse a la próxima campaña electoral de 2020 en la que persigue su reelección. Pero sin un plan serio ni apoyos regionales, ha vuelto a cosechar un fracaso estrepitoso. ¿Cuál será su próxima ocurrencia?

Ya había demostrado, en otras ocasiones, sus virtudes para avivar avisperos y empeorar los problemas, a pesar de sus promesas electorales de centrarse en los asuntos internos (America first) y no hacer de gendarme del mundo. Pero, contradictoriamente, Trump iniciaría su mandato lanzando la “madre” de todas las bombas convencionales –no atómica– precisamente sobre Afganistán, sin que todavía se conozcan los motivos ni la finalidad de aquella acción, más espectacular que militar, con que inauguraba su cometido como comandante en jefe del Ejército de los Estados Unidos.

Sus críticas a los mandatarios que le antecedieron, en especial a Obama, de no haber sabido “defender” los intereses de Norteamérica e involucrarla en guerras que le eran ajenas y de las que no salía “victoriosa”, se vuelven contra él y su heterodoxa actuación en el exterior. Ahí está, para atestiguarlo, la intervención yankee en Afganistán de la que no sabe cómo salir, sin que parezca una derrota.

También está en “lío” de Siria, donde se pretendía expulsar del poder al “tirano” Bashar al-Assad, aprovechando las revueltas conocidas como “primaveras árabes” (que tumbaron a tres dictadores, pero dejaron en el poder a otros tantos), y se ha acabado apoyando a su Régimen y Ejército en la guerra que libra, desde 2011, contra un batiburrillo de insurgentes y el autollamado Estado islámico.

Estados Unidos justificó su entrada en el conflicto alegando supuestos crímenes del Gobierno sirio por efectuar ataques químicos. Así, la segunda orden militar de Trump, desde que asumió el mando en la Casa Blanca, fue lanzar un ataque con misiles contra instalaciones sirias en las que supuestamente se fabricaba o almacenaba armamento químico, a pesar de que, como sucedió en el Irak de Sadam Hussein, jamás se han encontrado tales armas ni evidencias que impliquen al Gobierno sirio de su tenencia y uso.

Más aún, la Organización para la Prohibición de Armas Químicas, respaldada por la ONU, Médicos Suecos por los Derechos Humanos o el Instituto Tecnológico de Massachusets cuestionan su existencia. De este modo, Siria se ha convertido en el escenario geoestratégico de batallas a múltiples niveles.

En un nivel está Siria contra Al Qaeda. En otro, Estados Unidos, Israel, Arabia Saudí, Jordania y Emiratos Árabes Unidos, por un lado, y Rusia, Irán y China, por el otro, enfrentados, con la excusa de defender a quien no consultan –al pueblo sirio–, por mantener o ampliar sus respectivas influencias en una región rica en recursos y consolidar sus intereses económicos y políticos. Mientras tanto, Al-Assad sigue en el poder y Trump involucrado en otro conflicto del que no sabe cómo escapar, a pesar de considerarse un genio de las negociaciones.

Una “genialidad” puesta en evidencia con el ridículo de sus intentos por lograr un acuerdo con Corea del Norte que ponga fin a la carrera nuclear y balística de un país con el que formalmente Estados Unidos sigue en estado guerra. Ni sus visitas ni sus contrapartidas han conseguido lo que anteriores mandatarios no pudieron: doblegar al hermético régimen de Pyongyang para que se desarme y deje de constituir una amenaza a los intereses de Occidente.

Tras sendas reuniones inimaginables entre Trump y Kim Jong-un (en junio de 2018 en Singapur y febrero de 2019 en Hanoi), otra vez más mediáticas que diplomáticas, en las que se intercambiaron promesas de “normalización” de las relaciones, Corea del Norte continúa lanzando proyectiles hacia el Mar de Japón, con los que prueba nuevos lanzadores y misiles balísticos, al tiempo que Estados Unidos mantiene las sanciones económicas.

Si, de paso, pretendía alejarla de la “protección” china y la “comprensión” rusa, ha conseguido todo lo contrario. Y un fracaso que sumar a la caótica política exterior del inefable Donald Trump, que soñaba con ponerse la medalla por arrancar la “espinita” que hiere el orgullo de Estados Unidos desde la guerra de Corea. Pero ni sus métodos ni su personalidad incoherente le permiten materializar sus ensoñaciones, salvo la de gobernar, incomprensiblemente, el país más poderoso de la Tierra.

Ensoñaciones como las que lo llevan a intervenir, a su estilo, en el conflicto entre Israel y Palestina, decantándose abierta e incondicionalmente del lado hebreo y en contra de la legalidad internacional y las resoluciones de la ONU. Con ayuda de su yerno (que para eso está la familia, no el cuerpo de diplomáticos y expertos del Departamento de Estado), propugna un “acuerdo de paz” que, a cambio de inversiones sin concretar, renuncia a la solución de los dos Estados y a la devolución de los territorios palestinos ocupados.

Ello, unido a las decisiones que ha tomado de cortar toda ayuda a la causa palestina, incluidas las humanitarias, y al beneplácito con que ha consentido cuantas acciones ilegales ha cometido Israel (declarar Jerusalén como capital del Estado, derribos de barrios palestinos, disparar contra manifestantes civiles desarmados...), ha envalentonado al extremista gobierno de Benjamín Netanyahu, que actúa sin miramientos en su afán por destruir todo rastro árabe (un 20 por ciento de la población) en el Estado judío, extender la soberanía de Israel más allá de las fronteras establecidas por la ONU y despreciar los derechos que asisten al pueblo palestino.

Ni siquiera con tan formidable apoyo tiene garantizado Netanyahu su reelección como presidente sionista, en unas elecciones que han tenido que repetirse al no poder conformar una mayoría en el Parlamento. Y es que las maniobras de Trump, para forzar una solución del conflicto según convenga a una de las partes, parecen destinadas a cosechar un nuevo y sonoro fracaso.

Pero, no contento con los problemas que ya tiene en la región, Trump se empeña en sacudir el avispero de Irán (país con el que Estados Unidos no mantiene relaciones diplomáticas desde hace cuatro décadas) con su retirada unilateral del acuerdo nuclear, alcanzado en 2015 por Rusia, China, Reino Unido, Francia, Alemania y Estados Unidos, por el que Teherán se comprometía a reducir el enriquecimiento de uranio y poner su programa nuclear bajo supervisión del Organismo Internacional de la Energía Atómica, a cambio del levantamiento de las sanciones económicas internacionales que lastraban su economía.

Aquella decisión de Trump propició la respuesta iraní de retomar su programa nuclear si el resto de firmantes no garantizaba lo convenido. Creía Trump poder doblegar al gobierno de Hassan Rohani y obligarlo a negociar otro acuerdo, con la amenaza de nuevas sanciones e impidiendo la venta de petróleo iraní a terceros países. Pero ni Irán se pliega ni la voluntad europea es decidida, por lo que Teherán advierte con aumentar la producción de uranio enriquecido, combustible que sirve tanto para producir energía eléctrica como la bomba atómica.

Por si fuera poco, Irán endurece el control naviero por el estrecho de Ormuz, por el que circula más del 20 por ciento del petróleo mundial. La zona se ha convertido en un punto de fricción, con cargueros apresados o atacados, que podría desencadenar una guerra. Y todo por el empecinamiento estúpido de Trump de echar un pulso, provocando una crisis que no sabemos cómo acabará, en un asunto que estaba ya en vías de solución. Otro acto fallido de su política exterior estrambótica.

Y es que las iniciativas de Donald Trump son impulsivas, viscerales, impredecibles e incoherentes y, por tanto, peligrosas y hasta contrarias a los propios intereses de Estados Unidos. Solo el populismo radical explica algunas de ellas, con su visión cortoplacista, intransigente y simplista de los problemas, como son el abandono de los acuerdos climáticos del Tratado de París o la ruptura del tratado para la eliminación de misiles de medio y corto alcance (INF), firmado con la Unión Soviética en tiempos de Reagan y Gorbachov, lo que ha desatado una nueva carrera armamentística.

Con sus extravagancias, Trump ha impulsado el destrozo ambiental (ahí está Bolsonaro siguiendo su ejemplo) y la proliferación de armas de gran alcance y devastadora potencia. Todo un “triunfo” de su particular manera de abordar y agravar los asuntos en los que mete mano.

Como en Venezuela. Sus intentos de provocar un golpe de estado, de derrocar como sea al gobierno de Nicolás Maduro y de levantar al país, dividiendo a su población, en contra de sus dirigentes, sólo han conseguido alimentar una enorme crisis nacional –económica, política y social– en aquel país sudamericano, han ocasionado un empobrecimiento general que se ha cebado con los ciudadanos más vulnerables y han generado una avalancha migratoria de las que tanto teme Trump, pero han afianzado en el poder al Gobierno bolivariano, lo contrario de las pretensiones perseguidas.

Ni el reconocimiento a Guaidó como presidente interino, encabezando toda la oposición a Maduro, ni las ayudas prestadas –legal o subrepticiamente– a los movimientos antigubernamentales, con el apoyo explícito de Trump, han conseguido sus propósitos de sustituir un gobierno “hereje”, pero democrático, por otro afín a los intereses de Estados Unidos en la región. Otro fracaso más.

Queda por ver, por abreviar, lo que pasará con la guerra comercial con China, que va subiendo en grados y aranceles que encarecen los precios finales de los productos. Lo grave es que no es una batalla por igualar la balanza comercial entre ambos países, como se aduce con esa invención sistemática de falsedades a que acostumbra el discurso político, sino una guerra por el predominio tecnológico y la capacidad china de convertirse en un actor que disputa la supremacía de Estados Unidos en el mundo.

Trump ve con ojeriza sus avances tecnológicos y espaciales, su capacidad económica para invertir en todo el planeta y su potencial comercial para competir a escala global, pero se enfrenta a semejante reto con las armas pueriles de su matonismo negociador, aunque ello conduzca a una ralentización de la economía, incluida la del propio Estados Unidos.

No cabe duda de que las revueltas de Hong Kong se inscriben en ese enfrentamiento que libran ambos países. También sus amenazas a la Organización Mundial de Comercio (OMC), a la que tiene bloqueada e impide su función reguladora de las diferencias del mercado, para que cambie las reglas y considere ricas a naciones en desarrollo, como China, que hacen competencia al monopolio mundial norteamericano. Está por ver cómo queda esta guerra con China, pero por los resultados que avalan la conducta de Trump en política exterior, mucho nos tememos que acumulará un nuevo fracaso. Lo que pagaremos todos.

DANIEL GUERRERO

16 de septiembre de 2019

  • 16.9.19
En tiempos de relatores fallidos, ensayar la primera columna, y comprometerse a pensar desde el sur y desde abajo para un espacio como Andalucía Digital, hoy que priman los quintacolumnistas de toda laya, es cuando menos una temeridad. Pero uno siempre ha estado abonado a tentar la suerte, por esquiva que resulte. Hecha la invitación de mi colega Juan Pablo Bellido, aquí estamos, encontrando nuestra voz.



Dudamos como expresara Ibáñez con la imagen del ciempiés qué pata mover antes, con qué estilo escribir, para qué lectores, con qué agenda de temas y problemas interpelar al lector, nómada itinerante de los dispositivos móviles. Si emular a maestros de la columna como Vázquez Montalbán o retomar el clasicismo de Corpus Barga, o, más bien, quizás, por qué no, pegarnos más a la viva actualidad como el bueno de Francisco Umbral.

La política del estilo, como es sabido, es la política por otros medios. Cambia la forma, ha de cambiar la escritura, no tanto el mensaje. Y pensar en nuestro tiempo cómo pensarnos es, en buena medida, un problema de formas. Pero no tema el lector que nos vayamos por una deriva o disquisición más propia del periodismo y la literatura, que poco conviene a la política, y no hablamos precisamente de la realpolitik, sino de distinguir relato y realidad, el viejo dilema maquiavélico entre ser y apariencia.

Hoy que nuestros responsables públicos basculan, a golpe de encuesta, en la espiral del disimulo discutir de la palabra del verano, y probablemente el año –el relato– es algo más que cuestionar la comunicación política. Se trata, realmente, de comprender un síntoma de nuestro tiempo.

Etimológicamente, relatar significa volver a, llevar unos hechos al conocimiento de alguien, narrar vívidamente un suceso histórico y/o social. Lo curioso del término es que procede del verbo latino refero (volver a llevar). Sobran aquí las palabras, a propósito del inicio de la legislatura y la negociación de un gobierno de progreso. Pues el prefijo fero en la palabra que da origen en latín a relato indica transferir y trasladar o diferir y dilatar.

Y en ello estamos, en procesos psicoanalíticos, narcisistas, de transferencia y de diferimiento, pese a que la raíz latina indica también, en lo correspondiente al verbo fero, las acciones de legislar o producer leyes. Doble paradoja del estado de la nación. Previsible por otra parte, más allá de los actores en escena.

Dice Jacques Rancière que la ficción es la condición para que lo real pueda ser pensado, el problema es cuando lo real deja inane la ficción. Experiencias como el desastre de Macri en Argentina ilustran hasta qué punto la apelación al relato del cambio amenazan con la ruina y producen un hartazgo de incalculables efectos electorales.

De Salvini a Lenín Moreno, de Trump a Bolsonaro, de Sánchez a Iván Duque, vemos cómo las mentiras tienen poco recorrido y alcance, pese a su efectividad en la política del regate corto. En tiempos de grandes turbulencias e incertidumbres, sobran pues los asesores de marketing y estrategias de la imagen electrónica que nos chorrean, como dirían en el país austral, con un discurso de la vacuidad, en el que domina, parafraseando a Marx, pasiones sin verdad; verdades sin pasión; relatos de una historia sin acontecimientos; un proceso cuya única fuerza propulsora parece ser el calendario, y la caducidad, fatigosa, como vemos en España con la ingobernabilidad y las reiteradas convocatorias electorales, por la sempiterna repetición de tensiones y relajamientos; antagonismos que sólo parecen exaltarse periódicamente a efectos de inventario y justificación proselitista y partidaria, lo que termina por embotar y decaer el compromiso cívico, tejiendo como están desde Moncloa y las altas instancias del IBEX 35 las más mezquinas intrigas y comedias de mala calidad sobre el sentido de la Constitución y la Democracia.

El imperio de la retórica sin oficio ni beneficio, salvo el siguiente episodio de más de lo mismo, un melodrama, en definitiva, o telefilm de serie B con destino a rellenar minutos en la parrilla de programación a mayor Gloria de la cotización en bolsa va a tener un mal final, vaticinamos.

Pues el mundo de los cuentos y de las cuentas, los universos paralelos, comunicados y complementarios del entre-tenimiento, solo se sostiene si la gente tiene. La pausa del entre presupone más cosas. Si lo que se dice va por un lado mientras lo que ocurre va por otro y la realidad termina por desbordarse en los contornos del relato con toda la crudeza de lo vivido por la gente, que no es precisamente un melodrama, la representación deja de tener valor.

Llegado a este punto, lo que denominan la batalla por el relato no deja de ser otra cosa, en fin, que el cutre sainete del reino del filibusterismo. La asunción de una política de bellas palabras, consistente como costumbre en no hacer lo que se dice ni decir lo que se hace, deja de ser funcional.

Y los sofistas perniciosos de la política de lo peor se convierten en todo un peligro: no tanto por lo que dicen si no porque escamotean el contenido en el fragor de la frase y la espuma de la gestualidad malinterpretada de una suerte de culebrón que entretiene mientras nos tienen atentos a la pantalla.

Muchos profesionales de la opinión gratuita han acusado a Pedro Sánchez de ser el Ken de la política, un sinsustancia, un político fatuo de ínfulas incontenibles Pero el problema, como decimos, no es el actor, o los actores, ni el juego narcisista propio de toda representación.

El problema es la política del escamoteo, la prevalencia de un sistema de comunicación política creado para errar, una administración comunicativa hiperinflacionista, absorta en una suerte de autismo, empeñada en que olvidemos la historia y la vida de perversos efectos, como probablemente veamos.

Como suele ser habitual en este tipo de situaciones, esperamos equivocarnos, queda la traca final de la desafección: los jefes se regodearán, empezando por Sánchez, en la satisfacción agridulce de poder acusar a su pueblo de deserción y falta de apoyo, de ser responsables de la restauración neofranquista, y el pueblo replicará que fueron engañados en su manifestación en las urnas.

En definitiva, si bien no hay campo de acción sin discurso, la práctica política como storytelling, ni genera escucha ni tiene eficacia a largo plazo. Antes bien, contribuye al pensamiento cínico, y todos sabemos que tras la razón cínica anida el fascismo: en Estados Unidos, con las fake news, y en España con VOX. Todo consiste en lo mismo: la negación de la realidad para anular la voz de los de abajo, simple y llanamente.

En estas estamos, y en esta disputa el sentido común que es el común del derecho de gentes pasa por pensar las palabras y la comunicación de acuerdo al principio del clinamen. Lo demás es pura tontería. La cuestión es, hasta cuándo soportará la población esta secuela o mala película de una democracia de baja intensidad. ¿Renunciaremos a dejar en manos de asesores de imagen el presente y futuro de nuestra vida en común ? Espero que no, aunque dejen de leernos.

FRANCISCO SIERRA CABALLERO

15 de septiembre de 2019

  • 15.9.19
¿Conocemos bien los españoles la historia de nuestro país? ¿Somos capaces de enlazar correctamente unos nombres con otros? ¿Sabemos ubicar temporal y espacialmente los hechos más significativos que han acontecido a lo largo de los siglos en la denominada popularmente piel de toro?



Me temo que si exceptuamos a los especialistas, la mayoría tiene en su mente una especie de puzle en el que algunas piezas no encajan o lo hacen mal; y, en el mejor de los casos, esas piezas llegan hasta la Guerra de la Independencia, de modo que a partir de ahí empieza la confusión de nombres y de fechas.

Digo esto porque me parece que, por ejemplo, la figura del general José María Torrijos es poco conocida, a pesar de haber sido uno de los grandes defensores del liberalismo en nuestro país en el siglo XIX, y que esa lucha por lograr una nación en la que la libertad de pensamiento y de expresión fueran derechos reconocidos para toda la población acabó con su vida y la de los compañeros que le secundaban.

Es por ello por lo que creo oportuno hablar de su figura puesto que, si no me equivoco, el mayor lienzo que hay en el Museo del Prado es el que lleva por título El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, que por encargo del propio museo lo pintó Antonio Gisbert, el mismo que realizara Los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el patíbulo.

Y es que, tal como apunté en el artículo anterior, ambos cuadros se encuentran, frente a frente, en una sala del Museo del Prado para conmemorar el Bicentenario (1819-2019) de esta grandiosa pinacoteca de la que tenemos que sentirnos orgullosos todos los españoles.

Por otro lado, ambos cuadros, aparte de reflejar la simpatía de Antonio Gisbert (1834-1901) por los ideales del liberalismo, en el fondo configuran el reflejo de dos oportunidades perdidas para la modernización de España que fracasaron a favor del continuismo al afianzarse el letargo y el retraso secular de nuestro país.

Sobre el cuadro que ahora comento, conviene apuntar que tiene 6 metros de largo por 3,90 de alto, de modo que ocupa todo un lienzo de pared del Museo del Prado en una de las salas dedicadas a los cuadros de tipo histórico. Pero no es destacable solamente por sus grandes dimensiones, sino porque se trata de una magnífica obra no solo del siglo XIX sino de todos los tiempos del arte hispano.

Este es el motivo por el que Miguel Falomir, actual director del Museo del Prado, la compara con La rendición de Breda de Velázquez, Los fusilamientos de Goya o el Guernica de Picasso, referentes pictóricos en nuestro país, o el de La libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix de nuestra vecina Francia. Todo un auténtico reconocimiento a una obra que debería ser más conocida en las tierras hispanas.

Cuando se terminó de pintar este cuadro, habían pasado 28 años desde que Antonio Gisbert plasmara el ajusticiamiento de los comuneros de Castilla. En esta ocasión, se aprecia la madurez lograda por el artista en el campo del retrato de personajes, superándose pictóricamente, puesto que la grandeza de Torrijos y sus compañeros la muestra sin la escenificación teatral del anterior cuadro.

En este lienzo, el artista alcoyano recrea la escena en la que Torrijos y sus 48 compañeros están siendo fusilados en las playas de Málaga el 11 de diciembre de 1831, es decir, tres años antes de que naciera el pintor, por lo que la traición sufrida quien había sido el capitán general de Valencia, al ser delatado, era una historia próxima a la vida de quien, años después, la inmortalizaría en uno de los cuadros más relevantes de los que se exhiben en el Museo del Prado.



Y es que la maestría de Antonio Gisbert había alcanzado su plenitud pictórica cuando, en 1888, concluyó este enorme cuadro. Basta contemplar el rostro de José María Torrijos para comprender que no es meramente un retrato el que Gisbert realiza, sino un verdadero tratado de psicología, en el que intenta expresar con sus pinceles las emociones más profundas que le embargan al cabecilla de la rebelión en esos críticos momentos.

¿En qué piensa el general, cuyo protagonismo y destino comparte con sus compañeros? Ese rostro serio y sereno, cuyos ojos no miran hacia ningún lugar sino hacia el interior de sí mismo, se diferencia de los que tiene a su lado, pues basta un pequeño cambio en la mirada para que el significado del gesto se modifique. Es lo que sucede con el que muestra por parte del que aparece a su derecha, que sugiere un matiz algo interrogatorio sobre lo que acontece; o el del siguiente, que mira hacia el cielo, como apelando a la justicia divina, para el creyente una justicia superior a la de los hombres que parecen guiarse por el sentimiento de venganza.



Otro gesto que dentro del grupo se expresa es el de un gran afecto entre dos de los condenados. Y es que en los momentos previos a la muerte se suelen perder ciertas composturas establecidas socialmente, pudiéndose dar salida a los sentimientos más profundos. No es de extrañar, pues, que dentro de esta gran descripción de la psicología de personajes ante el término de la vida, también aparezca el de despedida entre hermanos o leales amigos.

No sabemos la relación que une a esos dos compañeros de Torrijos que se encuentran detrás del fraile franciscano que va tapando, uno a uno, el rostro de quienes van a ser ejecutados. Da igual. El fuerte abrazo entre ambos y el beso en la mejilla que uno da al otro se muestran como un signo de unión entre dos camaradas que han compartido la lucha por unos ideales y sienten que han llegado al final del camino. El camino de quienes lucharon por una sociedad más libre, más justa, pero que bajo el absolutismo de un rey, bastante necio y cretino como fue Fernando VII, se truncó, como no podía ser de otro modo.



En líneas generales, hay cierta evocación en el lienzo de Antonio Gisbert hacia el cuadro de Los fusilamientos de Goya cuando este muestra a los primeros fusilados yacientes en el suelo. Así, en el caso del pintor de Fuendetodos, vemos que tres de los ejecutados, el 3 de mayo de 1808, aparecen ya muertos en un suelo terroso, de modo que el más destacado aparece con el cuerpo volcado hacia abajo, los brazos extendidos en cruz y en medio del gran charco de sangre que ha derramado. En cierto modo, Goya evoca la idea de martirio en esos vecinos de Madrid ejecutados y que se alzaron contra la invasión francesa.

En el caso de Gisbert, la expresión general de su obra es más laica, más humanista, tal como correspondían a los ideales del liberalismo. Aquí, la sangre de los ejecutados apenas aparece, puesto que el pintor no quiere connotar en El fusilamiento de Torrijos la idea de martirio, tal como se desprende de la que mostró años atrás Francisco de Goya. Cuestión algo curiosa, puesto que Goya, otro gran defensor de los ideales del liberalismo, acabó exiliándose a Francia al no soportar el absolutismo de un rey que menospreció abiertamente la gesta heroica del pueblo.

Cuando indico que hay un cambio hacia una visión más humanista en el lienzo de El fusilamiento de Torrijos, quisiera apuntar que no es una mera interpretación subjetiva que realizo acerca de la obra de Antonio Gisbert. Si observamos en su anterior cuadro Los comuneros de Castilla, comprobamos que allí adquiere gran significado la concepción religiosa de la muerte, dado que los tres dominicos que acompañan a Padilla, Bravo y Maldonado tienen un importante protagonismo dentro de la escena, reforzado por las cruces que portan los frailes, así como por la incorporación de la iglesia de Villalar que sirve de fondo de toda la escena.

Sin embargo, en este segundo lienzo, los franciscanos que acompañan a los condenados tienen un papel secundario, al tiempo que las evocaciones religiosas son mucho más contenidas.

Para cerrar este escrito, y con el fin de no alargarme en exceso, quisiera indicar que soy consciente de que me he centrado más en el significado del lienzo que en la biografía de José María Torrijos, el mismo que llegó al cargo de capitán general de Valencia y ministro de la Guerra en el denominado Trienio Liberal, período breve de la historia de España que se extiende de 1820 a 1823. Pero entiendo que cualquier lector o lectora interesado en el tema puede ampliar la información de su figura por los medios digitales que ahora disponemos.

AURELIANO SÁINZ

14 de septiembre de 2019

  • 14.9.19
Lo que más me cuesta en la vida y me sigue costando es verme como un simple ser humano. Nunca me he permitido ser humana, falible, débil, indecisa, incoherente, dudosa, ridícula... Mi mente absorbió las enseñanzas externas sobre la perfección y sobre un dios que controla, ve todo y nos juzga. Y esas ideas me tiranizan.



Me tiranizan porque dentro de mí hay sentimientos y sensaciones que no me van a hacer nunca perfecta. Como cuando te sales de una línea, siempre me he aplicado un correctivo, que si bien no hace que me duelan los nudillos por el golpe de la regla metálica, sí me produce un dolor en el pecho. El oxígeno siempre falta cuando sabes que nunca llegarás a la cumbre de la montaña. Una montaña fabricada de normas que nunca cumple nadie, ni siquiera quien las predica...

¿Quién es coherente totalmente y vive como dice que hay que vivir? ¿Quién está seguro de todo y está en posesión de la verdad absoluta? ¿Quién no tiene miedo? ¿Quién no se pierde en los laberintos cotidianos? Últimamente, voy aceptando cada vez más que soy una persona de carne y hueso, con días cambiantes, con sensaciones que van y vienen como olas. No existe la línea plana en mi vida.

Buscándome quise convertirme en una especie de monje zen capaz de sortear todas las vicisitudes sin que me rocen. Imposible. Siento, me duelen las cosas –unos días más que otros–, mi humor no lo controla ni la Luna. Todo es cambiante: esa es la única verdad.

Con las puñaladas sangro y algunas han estado a punto de dejarme sobre el asfalto. Cuando estoy abajo, de repente surge una fuerza vital que me obliga a buscar respuestas y soluciones. Una fuerza que, cuando la quiero buscar, se esconde. Ella también es cambiante. ¿Hay algo permanente, inmutable, en nuestro universo? No.

Esta mirada nueva mía me acaricia como pestañas sedosas. Me conforta como los abrazos. Me dulcifica y me libera. En este camino terrenal he hecho lo que buenamente he podido. He actuado según mis circunstancias –como diría Ortega y Gasset–, equivocándome o no, sufriendo más o menos. Y es liberador sentirse humana, como cantan The Killers: "Only human".

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

13 de septiembre de 2019

  • 13.9.19
Hay un dicho popular que dice “cría fama y échate a dormir” que pienso que viene muy bien para el caso que vuelvo a retomar, después del primer artículo que dediqué a los autónomos y que ha generado algunos comentarios que me gustaría aclarar con una segunda parte en la que abordaré otros conceptos relacionados.



Tenemos la fea costumbre de meter a todos y todas en el mismo saco, de manera que cuando hablamos de algo, tendemos a englobar y maximizar, extendiendo nuestros dichos populares a todos sin excepción. Así, cuando decimos “todos los hombres son iguales” –es el primer ejemplo que me ha venido a la cabeza, no hay ningún trasfondo en el mismo– caemos en la injusticia de la generalización.

Igual ocurre en este tema. Cuando hablé de los autónomos, algunos lectores dijeron que me había quedado "corta" en mi análisis, ya que no había hablado de los autónomos que tienen grandes ingresos. Y sí, es cierto: no me referí a esos autónomos, aunque lo hice de forma consciente ya que, como bien indicaba en mi artículo, prefería centrarme en los pequeños, en aquellos que se enmarcan y se comparan con los grandes aunque no tienen ni una tercera parte de sus ingresos. Y es que estos pequeños autónomos son englobados por Hacienda y por la Seguridad Social en el mismo régimen que los que tienen mayor facturación, algo que me parece totalmente injusto.

En el centro urbano de cualquier pueblo de España observamos locales comerciales que abren y cierran constantemente, con actividades distintas. Se trata, en muchos casos, de emprededores que buscan una oportunidad de supervivencia en el trabajo por cuenta propia y que, muchas veces, terminan cerrando sus negocios agobiados por los impuestos y las tasas que pagan, ya que las ganancias de su trabajo acaban, en gran medida, en las arcas públicas.

Algo no está funcionando. En mi opinión, falta formación y seguimiento hacia estos emprendedores que, en ocasiones, y por desconocimiento, no gestionan bien sus negocios. No obstante, es obvio que se exigen demasiados impuestos para los pequeños emprendedores, que se enfrentan al mismo porcentaje de impuestos que los grandes, es decir, aquellos cuya facturación supera con creces los 1.000 o 2.000 euros de ganancia con respecto a uno pequeño.

Por ello creo que hay que hacer reformas en las leyes para los autónomos y diferenciar entre los pequeños y los grandes e, incluso, entre los medianos. Para ello, y como ya dije en el artículo anterior, además de estas reformas, se hace necesario que se pueda contribuir por factura emitida, remitiendo los impuestos y retenciones como también las cuotas en relación a lo que se factura.

De esta forma, se podría fomentar de forma eficiente que las personas que hoy día trabajan de manera clandestina, bajo la economía sumergida, pudieran darse de alta en el régimen de autónomos sin tener miedo a los impuestos que deben afrontar y pagar solo por lo que facturan.

Otra de las cuestiones a las que me refería y que quiero profundizar es la diferencia y discriminación que existe actualmente entre el asalariado y el autónomo. Y aunque es cierto que se han producido grandes avances en las leyes para el sector, aún es mucho el camino que hay que recorrer, ya que la diferencia de las pensiones por jubilación son el primer detonante de la discriminación que existe en el sector. No en vano, un autónomo cobra hasta un 40 por ciento menos que un asalariado. Mucha diferencia.

La Agenda 2030 defiende la necesidad de avanzar como sociedad “sin dejar a nadie atrás” y, como podemos observar en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), hay varios puntos específicos que nos hablan en sus metas de la erradicación de las desigualdades; de poner fin a la pobreza en todas sus dimensiones y de promover el trabajo decente y digno, lo que implica que desde la mirada de la Agenda 2030 y con el compromiso adquirido por España como uno de los 193 Estados firmantes para su implementación, se hace necesario analizar este sector, al igual que otros, promoviendo la igualdad de condiciones entre todos los sectores.

En España es muy común escuchar frases despectivas sobre los empresarios. En Andalucía, por ejemplo, aún persiste en el imaginario colectivo la figura del señorito y, en ocasiones, dentro de ella se engloba a algunos autónomos que, de forma valiente, se embarcan en la aventura de ser emprededores, poniendo en riesgo su propio capital y moviendo la economía y el trabajo.

Es verdad que existen fraudes, sí, pero no podemos decir que todos los autónomos son fraudulentos por el simple hecho de intentar buscar las oportunidades que en muchas de las ocasiones el sistema donde viven no les da ni les facilita.

Hablar de emprendedores y de trabajo es hablar del siglo XXI, ya que son muchas las carreras universitarias y los másteres que promocionan y educan a sus alumnos para ser emprendedores y tener su propio negocio, con lo cual, creo que estamos viviendo en un siglo con costumbres y leyes de siglos pasados, lo que hace que la agilidad con la que el Estado tendría que intervenir para que exista un verdadero bienestar se convierte en muros que hay que ir derrumbando.

Por desgracia, hay muchos colectivos que defienden más el pasado que el presente y se sienten ofendidos por las medidas que se puedan tomar y, como consecuencia, las posibles propuestas que se pudieran hacer sobre la mejora de los sectores como el de los autónomos se quedan siempre a medias y sin grandes avances.

Se hace necesario, pues, que trabajemos los ODS y la Agenda 2030 para romper con estereotipos y avancemos hacia las demandas reales de las personas en nuestros municipios. Para ello, tenemos que contar con todos y todas y construir una hoja de ruta democrática y participativa, con transparencia y con la legitimidad del pueblo, escuchando las demandas y luchando para mejora de los colectivos locales y sectores como el de los autónomos, lo que dará como resultado municipios más fuertes y capaces de gestionar desde y para las personas, dejando de lado las ideologías y participando de un proyecto de todos y todas.

MERCEDES C. BELLOSO

12 de septiembre de 2019

  • 12.9.19
Miguel Hernández nace en Orihuela (1910) en el seno de una familia de pocos posibles y morirá en Alicante (1942) después de vivir un vía crucis de contrariedades. Terminado el Bachillerato, y aunque le conceden una beca para seguir estudiando, su padre no quiso que continuara porque debía cuidar el rebaño familiar de cabras y repartir la leche.



Era un apasionado de la lectura y ello le costó más de un bofetón paterno cada vez que le cogía con un libro entre las manos. Para el padre, los libros significaban una pérdida de tiempo y “mañana hay que madrugar para salir al campo”.

Aunque suene raro lo que voy a decir, muchos de los nacidos después de la guerra y hasta muy entrados los años sesenta hemos oído el reproche y la bronca por “perder el tiempo leyendo” pues “no sirve para nada”. Hay que trabajar para arrimar “unos cuartos” a los enjutos ingresos familiares. Recordemos que por las fechas en las que estamos el analfabetismo era abundante y la lectura, un lujo de ricos.

Pese a la oposición paterna, Miguel adora los libros y a escondidas lee todo lo que cae en sus manos, lo que le permite desarrollar su capacidad para la poesía. Leerá tanto a los clásicos como a los poetas del momento. Se relacionará con Luis Cernuda, con Rafael Alberti o Pablo Neruda, también con Lorca y María Zambrano, entre otros.

Su primera tertulia literaria será en Orihuela, donde nace su amistad con Ramón Sijé que le “da alas” para seguir escribiendo. Sijé fue escritor, ensayista, periodista y abogado. Su corta vida le dio para mucho. Eran amigos del alma pese a diferencias económicas y de ideas.

Sijé muere en la flor de la vida, con 22 años. Miguel le seguirá diez años después. En su recuerdo escribe “Elegía a Ramón Sijé. En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería”. Es toda una sentida oda a la amistad que merece darle un repaso.



A partir de 1930 comienza a publicar poesía en revistas de la zona como El Pueblo de Orihuela o El Día de Alicante. Leía con emocionada avidez y comenzaba a escribir con diligencia como si sospechara que se le escapaba el tiempo. Libros y un cuadernillo para escribir eran su gran obsesión.

La Guerra Civil prendió fuego irremisiblemente en el verano de 1936. Con anterioridad el clima “convivencial” había empezado a calentarse hasta llegar a un grado intolerable de temperatura. ¿Culpables? Todos y ninguno. En 1937 viaja a Valencia donde asiste al Congreso Internacional de Intelectuales antifascistas.

Toda guerra es nociva y, si es “incivil” aun más, dado que enfrenta a padres, hermanos, amigos; lo pone todo “patas arriba”. Lo más grave está en que dicho enfrentamiento es una llaga “cuyo daño causa pena, dolor y pesadumbre” en ambos bandos. Es una herida que perdura en el tiempo y, como la mala hierba, brota a la mínima oportunidad. Basta que caigan cuatro gotas de pensamiento tormentoso para que dicha herida supure.

A partir de 1930 marcha a Madrid para dejar las cabras y convertirse en escritor. Se relaciona con los poetas del momento y colabora en distintas publicaciones. Vuelve a Orihuela, redacta Perito en Lunas (1933), donde se refleja la influencia de los autores que lee en su infancia y los que conoce en su viaje a la capital.



De vuelta a Madrid colabora en importantes revistas poéticas, trabaja como redactor en el diccionario taurino El Cossío y en las Misiones Pedagógicas, cuya labor será llevar la cultura a la España rural. En esos años escribe El silbo vulnerado, Imagen de tu huella y El Rayo que no cesa.

Un inciso. Tanto Lorca como Hernández serán destacados “misioneros pedagógicos”. A este respecto dice Miguel: “en los pueblos nos recibían recelosos (…) era cosa de ver a los labradores sentados sobre arados y carretas volcadas, la cigüeña de la torre asustada, los candiles con que alumbrarnos en la vara levantada de un carro, las estrellas tiemblan de frío por mí, y yo envuelto en mi capa parda de un labrador”.

Toma parte activa en la Guerra Civil como comisario de Cultura y al terminar ésta intenta salir del país después de haber recorrido distintas ciudades buscando refugio, pero la policía de Salazar lo caza en la frontera de Portugal el 15 de mayo de 1939.

Condenado a muerte, se la conmutan por una pena de treinta años que no los cumplirá porque muere de tuberculosis y tifus en marzo de 1942 en el Reformatorio de Adultos de Alicante. Sobre la muerte de su primer hijo escribía “murió con los ojos abiertos como dos golondrinas”. Él tampoco cerrará los ojos al morir por tener el mismo síndrome.

De la llamada “poesía de guerra” sobresale Viento del pueblo y El hombre acecha. En la cárcel escribe Cancionero y romancero de ausencias. La guerra poco a poco va eliminando a personas que sobran porque no se fían de ellas, porque piensan de manera distinta, porque… ¿Progresismo frente a regresismo? Odio ante odio, envidias, celos, mal de ojo de unos contra otros.



¿Por qué? La guerra es una herida que está en el corazón de muchos de nosotros, tanto de quienes van de “progres” y braman contra aquellos que por otras razones válidas o inventadas se les llama carcas. Algunos y algunas se les atragantarán los calificativos que les impiden ver más allá de sus narices.

Estos pensamientos van para las llamadas por Machado “dos Españas” que, al final, quedarán en una “Apaña” futura que no será ni grande –la hemos deshuesado– ni mucho menos libre. Libertaria puede que sí, pero ambos términos no son iguales.

Vamos a terminar lo que quedó en el aire a medio olvidar y profundizó aún mas entre guerra y dictadura. Luego vino la llamada Transición que, aparentemente, nos dio un descanso pero ha brotado tanta progresía falsa y fabuladora en los últimos años que parece dar la impresión de que estamos otra vez al borde del precipicio.

Mientras tanto, crece la inquietud, se nos torea con ideas baladíes y, poco a poco, se nos está llevando al huerto de “nunca jamás”. Nos entran en el redil del odio, el desprecio, el mal vivir, el hambre intelectual, cuestión esta última que no tiene importancia pues no sé qué comer del pensamiento crítico porque no sé ni lo que es.



En la entrega anterior, Lorca ocupó todas las líneas de trabajo. Corto me quedé. Hoy me he centrado en Miguel Hernández, otro misionero cultural e importante poeta de aquellos momentos aunque, terminada la guerra, quedará relegado al rincón del olvido. Era poco importante un pobre cabrero que, se supone, casi no sabría leer.

Cabrero por mandato paterno, no pertenece oficialmente al mundo de los “leídos” que se las pueden dar, y con razón, de cultos. Pienso en tantos otros escritores importantes entre los cuales Miguel logró asomarse a sus cielos de cultura y pronto brilló entre ellos con luz propia. No solo consigue destacar entre estos sino que también será admirado e impulsado por algunos de ellos. En Madrid pondrán su mirada sobre él Vicente Aleixandre y Pablo Neruda, dos grandes voces de la poesía que no tardarán en descubrir en el pastor cabrero talento y pasión por el verso.

Como podremos deducir, su afición a los libros le costará cara durante toda su corta vida. Primero en la niñez y juventud y, después, cuando en su pensamiento toman forma racimos de poemas que reflejan la realidad de su caminar, la cárcel le espera por haber tenido el atrevimiento de plasmar en sus versos sentimientos, deseos, esperanzas e ilusiones, nostalgia de hombre cargado de amor y cariño hacia los suyos que están alejados; que pinta sus sueños de tristeza en papel de estraza. Y, sobre todo, por derramar pensamientos críticos contra la opresión.

En este huerto de sinsabores solo cultivará palabras de derrota y deseos de esperanza. El hambre y la miseria de la prisión se empapan con el llanto lejano del hijo acuchillando aun más las paredes carcelarias. Hambre y cebolla es la hiel que envenena su dolor.



En su soledad carcelaria florece el Cancionero y romancero de ausencias, poesía para arrancar sus soledades y sacia su sed con los cuentos para el hijo ausente y desconocido. Soñar para no rendirse. Ensanchar el horizonte más allá de los hierros carcelarios para soñar despierto en un abrazo infantil. Se trata de vivir sin morir de ausencias. El hijo solo llegará a abrazar al padre por los versos y cuentos que le ha legado.

Poco después de muerto nacía (renacía) de la mano de Joan Manuel Serrat, un “comadrón”, poeta y músico donde los haya, que traía el alma enredada en los versos que reflejan momentos claves del poeta ahora resucitado en la música. Mi respeto y agradecimiento al trovador pues, gracias a su esmerado hacer, perviven en el pentagrama otros poetas casi olvidados.

Aquí concluyo este recorrido que, sin duda, es breve y pobre por mi parte. Hay mucha poesía por leer u oír. Solo Nanas de la cebolla merecería un monográfico detallado.

PEPE CANTILLO

10 de septiembre de 2019

  • 10.9.19
Poca broma con la salud pública. Nada de chistes con la infección por carne mechada contaminada que se ha producido en Andalucía. Más seriedad con un asunto en el que han fallado, por causas diversas, los controles que debían proteger a los consumidores de productos alimenticios ante cualquier manipulación, durante su obtención, elaboración, conservación y distribución, que no se ajuste a las debidas garantías higiénico-sanitarias.



Poca broma, pues, con el primer contagio masivo por listeriosis conocido en España y que ya ha ocasionado tres muertos, siete abortos y más de dos centenares de personas ingresadas en los hospitales tras consumir carne mechada. El asunto es delicado y muy grave.

Porque es incomprensible, aunque pueda explicarse, que de una fábrica, registrada y autorizada para tal fin, salgan productos a la venta para consumo público contaminados con una bacteria que causa una infección en quienes los consuman, sin que ningún control de calidad interno ni ninguna inspección sanitaria, a la que está regularmente obligada, los detecte.

Sin embargo, ha sucedido, y en dos empresas diferentes, evidenciando un cúmulo de irregularidades y negligencias que deberán ser aclaradas, corregidas y, si procede, castigadas con la exigencia de responsabilidades administrativas y penales que correspondan. Porque con la salud pública no se juega, máxime si el “juego” tiene consecuencias luctuosas para los ciudadanos.

Los culpables de esta situación, sea por acción u omisión, han de pagarlo, puesto que no se trata de un accidente o una eventualidad imprevista, sino de una falta de rigor en quienes manipulan carne con fines lucrativos y de los encargados en controlar que tal actividad se realice con todas las garantías pertinentes.

Están en juego la confianza en las instituciones gubernamentales u organismos oficiales de control y la profesionalidad de las empresas y la fiabilidad de los productos que se consumen bajo el marchamo de una presunta calidad y garantía sanitarias. Y tal confianza, que depende de las explicaciones y la gestión de esta crisis, pero también de las medidas que se adopten para evitar que se repita, es, hoy por hoy, ínfima. La actuación de las autoridades deja mucho que desear.

En primer lugar, por no haber detectado a tiempo el problema y evitado el contagio masivo de ciudadanos. Desde que se descubrió que el foco de la infección se hallaba en la empresa cárnica Magrudis, radicada en Sevilla, que comercializa carne mechada con la marca La Mechá, hasta que se incautaron tales productos y, finalmente, se clausuró la empresa, transcurrieron injustificadamente demasiados días que solo sirvieron para que el brote se extendiera entre la población.

Desde mediados de julio, la Junta de Andalucía conocía el pico de casos por listeriosis en los centros de salud pero, hasta el 15 de agosto, la Dirección General de Salud Pública y Ordenación Farmacéutica de Andalucía no decretó la alerta sanitaria. Demasiados días para comprobar que el producto en cuestión era el causante del brote infeccioso.

Se fueron tomando decisiones a expensas de los acontecimientos y no con la debida celeridad para anticiparse a ellos y evitarlos. Se produjo, incluso, un cruce de reproches entre administraciones (autonómica y municipal, con competencias compartidas en la inspección sanitaria) que en nada contribuía a tranquilizar a la población y minimizar el problema.

Mientras la cifra de afectados aumentaba, la información ofrecida por las autoridades, pese a la aparente asepsia profesional de los datos médicos, causaba más alarma que tranquilidad. De hecho, el llamamiento, primero, a todas las embarazadas y, posteriormente, a las que solo hubieran comido carne contaminada para someterse a un tratamiento preventivo con antibióticos, no ha ayudado a transmitir confianza sobre su necesidad, por cuanto muchas de ellas temen que la medida perjudique al desarrollo de los fetos.

Y, peor aún, denota que el alcance de la infección no se conoce ni se controla, ya que la circulación de los alimentos contaminados no se paralizó hasta muy tarde y, en todo caso, han ido apareciendo nuevos productos también contaminados que obligan a la Consejería de Salud y Familias a ampliar la alerta sanitaria, el día 23 de agosto, más de un mes más tarde de que apareciera el pico por listeriosis. Y más tarde aún, el 28 de agosto, se extiende la alerta a todos los productos de la empresa Magrudis.

Cuando al fin va remitiendo el número de afectados en los hospitales, después de dejar un reguero de muertos, abortos y más de 200 personas infectadas, un segundo foco de contagio se localiza en otra empresa, gaditana esta vez, que comercializa productos cárnicos con la etiqueta Sabores de Paterna y los distribuye por Cádiz, Huelva, Málaga, Madrid y otras provincias.

Ante este nuevo brote, se afronta la situación con más determinación y celeridad, decretándose una nueva alerta sanitaria el día 6 de septiembre, al poco de detectarse una intoxicación por consumo de carne contaminada. Ello hace que, en la actualidad, ambas empresas estén ya clausuradas e inmovilizada y retirada de la circulación toda su producción.

Pero ambas, también, son muestras evidentes de que algo no ha funcionado bien en el control e inspección sanitarios de los alimentos destinados al consumo humano. Unas irregularidades y unas negligencias que deberán corregirse, depurando responsabilidades, para evitar que vuelvan a darse. Y, derivado de todo lo anterior, unos delitos contra la salud pública que habrán de dirimirse, para que nadie crea que infringir la ley y las ordenanzas sale gratis, con la contundencia ejemplarizante de la Justicia.

Hay que tomárselo en serio porque no es ninguna broma atentar contra la salud de los ciudadanos. Y porque no es de recibo que una empresa mantenga una actividad sin que sea sometida con regularidad y rigor a las inspecciones sanitarias y controles correspondientes.

También, además, para exigir que la actuación de las autoridades competentes y la gestión de toda alarma sanitaria sean mucho más eficaces y celosas de lo que han sido, ya que, en el caso Magrudis, parecían mostrar una “cautela” que priorizaba el interés de la empresa a la salud de los ciudadanos.

Se perdía así, en aras de no perjudicar el buen nombre de un negocio, un tiempo que favoreció la extensión del contagio entre la población, cuando el posible daño a la empresa se compensaría con las indemnizaciones pertinentes, pero las muertes y quebrantos de salud de los ciudadanos no hay modo de restituirlos, mucho menos con dinero.

Ese tiempo perdido –algo más de un mes– en tomar las medidas oportunas –dictar la alerta, inmovilizar los productos y clausurar la empresa– para no perjudicar a una empresa, como ha argumentado algún responsable de la Consejería de Salud, no debiera consentirse ni repetirse. Pero, desgraciadamente, ha pasado en el primer y mayor contagio masivo por listeriosis acaecido en España. Es algo muy grave como para tomárselo a broma.

DANIEL GUERRERO

8 de septiembre de 2019

  • 8.9.19
En este año de 2019 se cumple el Bicentenario del Museo del Prado, de modo que quienes por estas fechas se encuentren en Madrid y sean amantes de la historia pueden recibir una grata sorpresa si se acercan a esta gran pinacoteca (para mí la mejor del Europa junto con el Louvre parisino).



La razón no es solo que haya una exposición antológica de tres grandes pintores: Velázquez, Rembrandt y Vermeer, sino que también se ha habilitado una sala para exponer el cuadro Los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el patíbulo que Antonio Gisbert pintó en 1860 y que se encuentra instalado en una de las salas del Congreso de los Diputados.

Contemplar este espléndido cuadro, que ocupa uno de los laterales de la sala en la que ahora está expuesto, junto con el Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, también del mismo autor, y que se muestra en la pared opuesta, es asistir a una verdadera muestra de arte pictórico de dos momentos claves de la historia de España.

Sobre ambas obras quisiera hablar, comenzando por la que cronológicamente es la primera, dado que una se refiere a los hechos acaecidos en 1521 y la segunda a los fusilamientos en la playa de Málaga de 1831, por lo que algo más de tres siglos separan a estos hechos históricos.

Acerca de su autor, el pintor Antonio Gisbert, quisiera apuntar que nació en Alcoy en el año 1834 y falleció en París en 1901. Contando con solo 26 años, presenta el lienzo de Los comuneros a la convocatoria que se lleva a cabo anualmente de la Exposición Nacional de Bellas Artes de España de 1860, recibiendo la primera medalla de esta convocatoria. Tras este reconocimiento, y como he indicado, el cuadro lo adquirió el Congreso, lugar en el que se encuentra de modo habitual.

El enorme éxito de la obra y el prestigio alcanzado por su autor dieron lugar a que posteriormente, con solo 34 años, fuera nombrado director del Museo del Prado, cargo que ocupó entre 1868 y 1873.

Las ideas político-sociales de Gisbert se inscriben dentro del liberalismo, que en el siglo XIX se contraponían a las conservadoras dominantes, por lo que no es de extrañar que en sus cuadros de corte histórico aparezcan personajes defensores a ultranza de la libertad individual, tal como sucede en el cuadro que ahora comentamos o en el que, como veremos en la siguiente entrega, el que realizó acerca del general José María de Torrijos, también de ideas liberales.

En el primero de los lienzos, el pintor alcoyano plasma la sublevación de los comuneros de Castilla contra las directrices de Carlos I, rebelión que comenzó en 1520 y acabó dos años después, hecho de gran significado, puesto que hay historiadores que la consideran como la primera ‘revolución’ o sublevación popular que se produce en Europa en los inicios de la Edad Moderna.

Recordemos que el 23 de abril de 1521 fueron decapitados Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado en la Plaza Mayor de la villa vallisoletana Villalar, pequeña localidad que en la actualidad recibe la denominación de Villalar de los Comuneros, en recuerdo al levantamiento que se produjo en algunas comunidades de la Corona de Castilla en contra de Carlos I, el rey que habiendo nacido en el año 1500, en Gante (Bélgica), llega a las Cortes de Valladolid en 1518, sin saber apenas nada de la lengua castellana y trayendo consigo un amplio número de nobles y de clérigos flamencos como su propia Corte.



Lógicamente, el recelo mostrado por las élites castellanas ante la posible pérdida de poder se extiende posteriormente a otras capas sociales que sienten las fuertes presiones fiscales, especialmente cuando el nuevo monarca pretende trasladarse a Alemania para ser coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

A esa pérdida de poder de los sectores señoriales se le empieza a sumar el descontento de las clases populares al saber las cargas de impuestos que se les imponen; más aún, las que residen en la parte central de la Corona de Castilla, ya que son las que han sufrido una crisis económica por las largas sequías de años anteriores.

Para comprender la relevancia de esta rebelión, hemos de tener en cuenta que por entonces la Península Ibérica estaba conformada por los reinos de Portugal y Navarra junto a la corona de Aragón (configurada por el Aragón actual, Cataluña, Valencia y las Islas Baleares) y la corona de la propia Castilla.

Entre las ciudades que se rebelan se encuentran Valladolid, Segovia, Madrid, Palencia, Salamanca, Toledo, Plasencia… todas en la Meseta o parte central del Reino. No lo hacen las del norte y las del sur de la península, si exceptuamos a Murcia y otras divididas en los dos bandos, como lo fueron Jaén, Úbeda y Cádiz, en Andalucía. Entre los años 1520 y 1522 se mantuvo la sublevación, pero la derrota de los comuneros en Villalar fue un golpe definitivo para este levantamiento.

Una vez expuestos sucintamente los hechos históricos, y que explican el significado del cuadro, conviene analizar artísticamente la obra presentada, por lo que daré unos breves apuntes de la composición. No cabe la menor duda de que el protagonismo de la escena se lo lleva la figura de Juan de Padilla, ubicada en el centro del cuadro, de modo que con gesto majestuoso, concentrado y sereno, parece meditar sobre la muerte que le es inminente.

Su serenidad se manifiesta en la frase que previamente le había dirigido a Juan Bravo, el primero en ser decapitado: “Señor Juan Bravo, ayer fue día de pelear como caballeros, hoy lo es de morir como cristianos” (frase que he extraído del libro Una pintura para una nación de Javier Barón, jefe del Departamento de Pintura del siglo XIX, del Museo del Prado).

Y es que el significado de la religión, tanto para los vencedores como para los vencidos, era fundamental en el momento de la muerte. De ahí que en el cuadro aparezcan tres miembros de la orden de los dominicos que han acompañado a cada uno de los que van a ser ajusticiados. El más destacado es el que le habla a Juan de Padilla, ya que aparece mostrando sus brazos hacia lo alto, como indicándole que no es lo mismo el juicio y la sentencia de los humanos que el juicio de Dios al que se verá expuesto una vez fallecido.

Conviene señalar que por entonces las ejecuciones era públicas, especialmente cuando estaban relacionadas con la alta traición al reino, que es la condena que recibieron los tres cabecillas de los comuneros derrotados en Villalar.

Comprobamos, por la estructura de la composición que Juan Bravo ya había sido decapitado, de modo que el verdugo, ubicado en un lateral de la escena, muestra con su mano izquierda la cabeza del ejecutado, al tiempo que con la derecha porta el hacha con el que la ha seccionado. A su lado, se encuentra el ayudante que corta las cuerdas que ataban al condenado, para dar paso a la ejecución de Juan de Padilla.

En el cuadro, Antonio Gisbert intenta no sobrecargar la escena con excesiva morbosidad, evitando, por un lado, la acumulación de sangre, al tiempo que aleja al pueblo apiñado alrededor del cadalso, siendo apenas perceptible para quien contempla el lienzo, puesto que las cabezas de los aldeanos se muestran un tanto difuminadas.

El valor histórico del cuadro se refuerza el cuidado que el pintor tuvo a la hora de documentarse en la vestimenta de todos los personajes, así como del entorno urbano, puesto que refleja fielmente la espadaña de la iglesia de Villalar con las dos campañas que actualmente posee.

Finalmente, quisiera apuntar que durante largo tiempo las figuras de los comuneros de Castilla fueron denostadas por los sectores más conservadores de nuestro país, puesto que ensalzaban la del monarca Carlos I. Sin embargo, a partir del siglo pasado empieza a ser valoradas por distintos historiadores, de modo que dan razón al levantamiento de los comuneros, llegando, de este modo, a que con la entrada en la democracia se instituyera el 23 de abril como el día de la Comunidad de Castilla y León, como reconocimiento a la gesta de quienes defendieron con sus vidas los derechos del pueblo.

AURELIANO SÁINZ

7 de septiembre de 2019

  • 7.9.19
¿Quemar un bosque o una selva y a miles de especies no está castigado? ¿No vale nada la vida de los animales grandes y microscópicos? ¿Las plantas no tienen derecho a existir? Decía mi chico el otro día, viendo uno de esos maravillosos documentales que hay de nuestro hermoso planeta: "Ojalá hubieran ganado ellos; ojalá los que hubiésemos desaparecido hubiéramos sido nosotros".



Ellos son la gran diversidad y riqueza de vida que hay sobre este planeta azul y la sinrazón de la gente y la ambición rastrera se los están cargando. Si los humanos no andáramos por aquí, no pasaría nada. No somos nada. Ni en la pirámide alimenticia, ni como aporte a la vida.

Si imagino un mundo sin personas, veo un ecosistema perfectamente regulado, donde los animales se podrían reproducir, y alimentarse unos de otros para llegar al equilibrio. Donde las plantas se comerían las carreteras y los linces podrían correr por Doñana sin que un coche los atropellase o sin que algún malnacido hiciese tiro al blanco con ellos.

Nosotros, no. Nosotros estamos podridos de ambición, de cortoplacismo, de atesorar un dinero que no vale nada después de este mundo, y que en éste solo tiene el valor que le queramos dar. Los billetes no dejan de ser papeles. Un día decidimos confiar en que ese papelito morado, azul, rojo o de cualquier color te permitía comprar cosas. Pero esa capacidad se ha desvirtuado queriendo algunos seres (¿humanos?) poseer cuentas llenas de ceros y papelitos de colores.

Me encantaría gritarles: "Imbécil, te vas a morir y, cuando la enfermedad te busque, todo eso que robas a los demás no te va a servir para nada". Quemar para recalificar terrenos, especular con ellos y obtener comisiones ilegales, creando un círculo de corrupción perfecto... De eso sabemos en España.

Quemar selva para que uno o dos humanos tengan cientos o miles de metros cuadrados para ellos solos. Que desaparezca todo aquello que tiene tanto derecho a la vida como nosotros. Se pierde para siempre singularidad, belleza, aire puro, diversidad, colores, hogares, libertad, bien común y se condena a los que tienen que venir al infierno del calor. A las generaciones futuras se les roba el espacio y el oxígeno sin que haya castigo. Y, lo que es peor, sin posibilidad de volver a tener algo que por derecho natural es suyo: la naturaleza.

Cuando veo lo que está pasando, me encantaría que existiera el infierno y que allí fueran los que encienden la mecha y los que tienen las manos sucias porque les pagan. Que sintieran en su piel lo que sufren los animalitos que han sido incinerados vivos en la Amazonia; que se ahogaran con el humo, como les está pasando a esos bonitos pájaros multicolores que planeaban libres sobre miles de árboles, que crecían verdes y fuertes hacia un cielo limpio, exhalando oxígeno para todos los que vivimos en este planeta podamos respirar.

Si existiera el infierno de fuego y ellos conocieran de su existencia, quizás su ambición y su egoísmo supino desaparecerían. Y por fin respetarían a todos los que creen inferiores, a todos los seres vivos, a sus propios hijos y descendientes. Y quizás se darían cuenta de que todos somos simples viajeros temporales que pronto se convertirán en polvo.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

6 de septiembre de 2019

  • 6.9.19
Nadie elige dónde nacer, aunque no podemos decir que no hayamos intentado descifrar estos códigos a lo largo de la historia. Y es que es sabido por todos que son muchos los grandes científicos que han intentado descifrar el porqué de nacer en un lugar u otro. Además, son muchas las disciplinas científicas y no científicas que intentan dar respuesta a estas preguntas, sin haber alcanzado, de momento, ninguna conclusión firme y contundente que sostenga que nacemos en tal o cual lugar porque es lo que nosotros elegimos. Incluso me atrevo a decir que muchos de nosotros nos hemos preguntado alguna vez por qué nacimos donde nacimos. Lo cierto es que aún quedan muchos enigmas que se escapan a nuestras privilegiadas mentes.



Sea como fuere, el lugar en el que nacemos es ese maravilloso microespacio en el universo en el que nos construimos como personas y como seres. Sin lugar a dudas, por esa dependencia de los otros con la que nacemos, somos seres sociales por naturaleza, y aprendemos de y a través de esas relaciones que vamos ejerciendo a lo largo de nuestras vidas.

El municipio, la sociedad y el núcleo familiar en el que nacemos son portadores de una historia, que es rica en conocimiento y en costumbres y constituye un soporte importante para el desarrollo de la persona, involucrándola de lleno en ese acontecer cotidiano y en un aprendizaje evolutivo que le lleva a poder tener herramientas para convivir en la sociedad a la que se pertenenece.

La familia es el soporte vital de aprendizaje del individuo desde el momento en que es concebido, de ahí la importancia del grupo familiar y de sus aportes a la construcción de los sujetos. Se trata de una transmisión sin precedentes desde los primeros meses de vida y, debido a esa dependencia con la que nacemos los seres humanos, estamos en permanente interacción con la retroalimentación de conocimiento que nuestro grupo familiar nos va transmitiendo gracias el vínculo que nos une.

El municipio, su cultura y los grupos que se mueven dentro del mismo son otra parte importante en la construcción de nuestro yo, así como de nuestro yo social. Por eso, la importancia de territorializar las acciones y políticas públicas resulta fundamental.

El municipio es, en definitiva, el microespacio donde el ser humano se forja como ser individual y social, donde realmente se pueden producir los cambios. Estamos siempre reclamando leyes para todo aquello que no nos gusta o que se sale de lo que históricamente está bien visto y aceptado. Sin embargo, son pocas las veces que buscamos el cambio desde la interactuación y el vínculo, llegando en muchas de las ocasiones a ignorar por completo que no existe cambio que sea firme y prolongado en el tiempo si no existe una necesidad social que lo impulse.

El valor más grande que hasta ahora existió es el de la familia, ocultando tras estas instituciones familiares grandes secretos que han transcendido de generación a generación. Pero, por suerte y poco a poco, los modelos de familia están cambiando, convirtiéndose en grupos más abiertos, más responsables con la gran labor que desempeñan en la construcción de sus miembros y, por tanto, liberando a los futuros ciudadanos de las grandes cargas históricas que reprimían y enfermaban al individuo.

Para Pichón Rivière, el ser humano se define como social a partir de la concepción del sujeto, que se va configurando en la trama compleja de los vínculos y en la red que se entreteje alrededor del mismo. Siempre se ha entendido que la Psicología Social es la psicología de los grupos y no es así: la Psicología Social, aun en el caso del menor de sus átomos, es el vínculo pero, también, es el sujeto en su mundo interno-externo y la forma en la que se constituye como tal en los diferentes procesos de interacción.

Estos apuntes sobre Psicología Social nos vienen muy bien para ratificar la importancia de trabajar desde los municipios y desde los grupos de pertenencia para que los cambios sean posibles. La Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) son locales, están diseñados y son para las personas.

Los ODS no son grandes retos que no se van a poder realizar: son problemas de la vida cotidiana, de la vida de los municipios que hay que solucionar y que, en consecuencia, nos ayudarán a tener municipios más volcados con sus ciudadanos y ciudadanos más involucrados con sus políticos, que se centrarán en trabajar para y por las personas.

Por tanto, tenemos las herramientas y, entre muchas otras, está la Psicología Social, que nació en Estados Unidos gracias a aquellos científicos que se fueron huyendo de la Guerra Civil y buscando respuestas a las causas que motivaron este conflicto armado. Esta corriente fue tomando fuerza y consistencia en toda América pero, sin embargo, en los países europeos aún la consideran como una materia menor dentro de la Psicología, fruto de esa absurda manía europea de querer meter todo en compartimentos estancos.

En conclusión, si verdaderamente queremos que desastres como el del Amazonas, el de la listeriosis o el del Open Arms dejen de existir, tenemos que comenzar a compartir conocimientos y experiencias científicas que nos ayuden a llegar a los municipios y a sus personas (a sus ciudadanos) para que desde la interacción podamos cambiar los microespacios de pertenencia, convirtiendo esos pequeños gestos en grandes acciones con resultados efectivos desde y para las personas.

MERCEDES C. BELLOSO

5 de septiembre de 2019

  • 5.9.19
¿Qué nos ha pasado para que, 230 años después de la Revolución Francesa, hayamos sustituido a los curas por ideólogos y tertulianos de medio pelo? Seguimos siendo rebaño. Durante la Revolución, una turba de súbditos, hartos de serlo, se movilizó contra el que era su monarca "por derecho divino". Con Luis XVI iba también un Antiguo Régimen apuntalado por la Iglesia Católica. “Todo lo sagrado fue profanado”, llegaría a decir Karl Marx.



Desde entonces, mucha sangre ha corrido para que hubiera una separación entre la Iglesia y el Estado, y para que fuera la diosa Razón, y no la moral, la que guiaran los actos de los ciudadanos. Por desgracia, a veces pienso que todo ha sido en balde.

Pongamos un caso ficticio, que apuntalaremos después con hechos. Imaginemos que los cordobeses se encuentran mañana por la mañana con una escultura en mitad de la Avenida del Gran Capitán. Los indigentes que rondan por la zona no saben nada, nadie sabe de dónde proviene tal invento. Sin embargo, sus cualidades artísticas son innegables.

Pongamos que el Ayuntamiento mantiene la escultura en su sitio y empieza a ser valorada por la población. Con los años, se convierte en uno de los símbolos de la ciudad. Los turistas llegan a Córdoba con la intención de ver la Mezquita-Catedral, tomar salmorejo y hacerse una foto con la escultura. Imaginémonos, incluso, que en las tiendas de recuerdos de cualquier parte de España se puede conseguir un llavero con la imagen de marras.

Pasan los años y los investigadores de la Universidad de Córdoba descubren que el autor fue una persona de moral dudosa. Pongamos, un violador, un ladrón de guante blanco, un asesino en serie, un maltratador... Se le atribuyen los peores delitos. ¿Cuál será la nueva relación de los ciudadanos con la obra de arte?

Como suele ocurrir en estos tiempos, habría reacciones para todos los gustos. Sin embargo, estoy convencido de que no faltaría tertuliano o ideólogo ilustrado que, desde el púlpito que le tocara, bramaría contra la escultura. La obra no puede ser separada del artista. El artista debe estar limpio de pecado para que su estigma social no alcance su arte.

No hay espacio para el ciudadano racional, ese ideal republicano por el que tanto se ha luchado. Una ciudadanía que valorara al artista y pidiera a la vez las responsabilidades penales que correspondiesen al autor. Tiene que haber una víctima por consenso social, y un villano al que, con independencia de lo que digan los jueces.

Como bien explicó Zigmunt Bauman,“esa cultura de victimización y compensación evoca la antigua tradición de la vendetta que la modernidad tanto se esforzó por ilegalizar y desterrar, pero que en estos tiempos modernos líquidos parece estar resurgiendo reencarnada de su mal sellada tumba”. Sobra decir, que la vendetta contra el artista no sólo le afectará a él, sino que también a su obra inocente.

Por todo ello, admito que me escandalizó la declaración de Lucrecia Martel, afirmando que no vería la proyección de la última película de Roman Polański. Era la presidenta del jurado del Festival de Venecia, uno de los más importantes del mundo, y su actitud fue más propia de un Torquemada que de una artista del siglo XXI: “Yo no separo al hombre de la obra”.

El seguimiento de la moral del rebaño y la interpretación de la Historia con los ojos del presente no son males exclusivos de España. Los hechos que se exponen ahora son del año pasado. Se le negó un homenaje a la escritora Enid Blyton, nacida en 1897 en el Imperio Británico, por considerarla “racista, sexista, homófoba y una escritora poco reconocida”.

Podría entender que esta acusación fuera un inconveniente para homenajear a un contemporáneo. Sin embargo, seamos serios. ¿Vamos a acusar de racismo y sexismo a una escritora nacida en el siglo XIX? No podremos homenajear sino a contemporáneos que compartan nuestros valores. Contemporáneos que, por supuesto, no tengan mácula. Cualquier día de estos, encontraremos en las plazas de las principales ciudades una hoguera para la quema de libros. ¿Qué va primero? ¿Un Don Juan Tenorio? ¿Unas Novelas ejemplares?

Quizá debamos depurar El Quijote, para eliminar las críticas a los “moros”, las escenas sexistas y las disertaciones morales. Dejemos solo el episodio de la pastora Marcela, y otros relatos sin contenido inapropiado. ¿Y Shakespeare? ¡A la hoguera con Hamlet!

En vez de reflexionar sobre una ética ciudadana, estamos imbuidos en una reivindicación continua de la moral del rebaño. Y el que no siga esa moral, o al menos lo aparente, tendrá que sufrir la estigmatización social: facha, machista… En algunos casos, podemos estar hablando de acoso en redes sociales o situaciones peores en la vida real. Es la represión de la turba.

A diferencia de los curas, los nuevos popes no tienen ninguna biblia a la que aferrarse. Quizá eso sea lo peor. Sus ideas cambian conforme cambian las modas y las ideologías predominantes. Hoy, los jueces de la moral dicen que algo es correcto y, mañana, pueden cambiar su juicio. Y siempre se te juzgará por los cánones más actualizados.

Hoy estás con la jauría, pidiendo la cabeza del hereje. Mañana puedes estar en la picota. Y así están las cosas. Polański es un genio, y eso no quita que deba responder por lo que hizo –confesó ante un juez, no ante un tertuliano, ni ante un provocador en redes sociales–.

Por su parte, Blyton promovió más la cultura con sus relatos que muchos escritores contemporáneos y ministros progres. Y, sin embargo, fue hija de su tiempo, que no se caracterizaba por la defensa de la igualdad social. ¿Quemamos sus obras? La plaza va a parecer el Amazonas…

Yo sí separo la obra del autor, y trato de juzgar desde el contexto. Los hijos no deberían pagar las deudas de sus padres. Y las obras de arte de cualquier tipo no deberían sufrir lo que pensemos de sus creadores.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

4 de septiembre de 2019

  • 4.9.19
Los últimos días de final de las vacaciones en Europa han sido preocupantes en Andalucía y en España y, curiosamente, guardan una estrecha relación con dos importantes Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS): la salud y la producción y el consumo responsable. Me refiero a la crisis de la listeria, una de las más graves que se han registrado en España en términos de vigilancia y de control sanitario.



Una empresa ha desatendido presuntamente los mínimos patrones de control que fijan las autoridades –en este caso, Ayuntamiento de Sevilla y Junta de Andalucía– y ha causado una tragedia humana entre dos centenares de ciudadanos que consumieron carne mechada contaminada por listeria. La cuestión no es baladí: el brote de Andalucía es el segundo mayor de todo el mundo, después del que se registró en Sudáfrica entre 2017 y 2018, con 1.060 casos confirmados y 216 fallecimientos.

La empresa, sus propietarios y gestores, es la primera en la cadena de producción y, por tanto, puede ser  responsable penal y civilmente. Para tener una idea de lo grave del asunto, hay muchas informaciones que apuntan a que si siquiera tenía los papeles en regla. De hecho, hay informaciones periodísticas que aseguran que no tenía ni licencia de actividad y que, durante casi cinco años, ha fabricado y vendido alimentos procesados sin cumplir con los requisitos administrativos necesarios.

La actuación de la empresa podría costar cara a sus responsables. Hasta cuatro años de cárcel contempla el artículo 363 del Código Penal para los delitos contra la salud pública cometidos por "productores, distribuidores o comerciantes que pongan en peligro la salud de los consumidores" o por fabricar o vender "productos nocivos para la salud".

Los agentes públicos, los técnicos veterinarios, los inspectores... son los segundos responsables en la cadena, obviamente con la responsabilidad política que corresponde a los agentes políticos que cuidan de las diversas áreas correspondientes, sanidad y consumo, que tienen una función fundamental en el control por parte del poder público del cumplimiento de las medidas sanitarias exigidas por ley y velar así por la salud humana.

En todo el mundo se conoce la calidad y el prestigio de los productos alimentarios de España, tradicional exportador a todos los continentes del mundo, además de ser la base del sistema alimentario de este país. Precisamente por ello se hace necesario reflexionar sobre lo que ha sucedido y cómo hacer para evitar nuevas tragedias humanas que pongan en riesgo el prestigio y el trabajo de miles de empresas que cumplen con lo establecido por las normas españolas –que, dicho sea de paso, se sitúan entre las más exigentes de Europa–.

Con todo, el problema no son las normas, ni el marco normativo: es la aplicación de la ley en el día a día, en los establecimientos industriales, muchos de ellos en pequeños pueblos o ciudades medias que representan un motor económico y de empleo y que colaboran con el desarrollo local.

Es importante que el compromiso de España en el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible se localice en los territorios de forma eficiente y eficaz. Para ello es fundamental que el sector productivo español, toda la cadena, independientemente del tamaño de la empresa, se apropien de los ODS y de las metas establecidas en la Agenda 2030, que buscan el bienestar para las personas (los consumidores) y para el conjunto del planeta, sin dejar a nadie atrás.

¿Y cómo pueden ayudar las empresas en este propósito? Pues encontrando nuevas soluciones que ofrezcan modalidades de consumo y producción sostenibles, ya que ello redundará en interés de la sociedad pero, también, de su propia cuenta de resultados.

Es preciso comprender mejor los efectos ambientales y sociales de los productos y servicios, tanto de los ciclos de vida de los productos como de la forma en que estos se ven afectados por su utilización en los estilos de vida. La identificación en la cadena de valor de los “puntos críticos”– donde las intervenciones tienen mayor potencial para mejorar los efectos ambientales y sociales del sistema en su conjunto– es un primer paso fundamental.

SANTIAGO MARTÍN GALLO

3 de septiembre de 2019

  • 3.9.19
Arde la Amazonia. En lo que llevamos de año, ha habido cerca de un 90 por ciento más de incendios que el año pasado, según datos del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE), organismo que, desde 2013, vigila desde satélites la deforestación a la que está sometida la mayor selva tropical del mundo, el “pulmón del planeta” que proporciona el 20 por ciento del oxígeno del aire y, al mismo tiempo, la que más dióxido de carbono (CO2) absorbe, mitigando el efecto invernadero que provoca este gas en la atmósfera, causante del calentamiento global.



Pero, aunque sea normal que en los meses secos (de julio a octubre) se produzcan incendios por causas naturales (rayos, por ejemplo), no lo es tanto que el número de ellos y su intensidad sean este año desproporcionados, hasta el punto de que se hayan registrados ya más de 75.000 incendios. Una cifra, a todas luces, preocupante y sintomática de que “algo” huele a quemado en la Amazonia.

Y no es una licencia literaria porque, por culpa del fuego, desde 2000 a 2017, se ha perdido en Brasil, según Greenpeace, una extensión de selva del tamaño de Alemania, es decir, unos 400.000 kilómetros cuadrados. Se trata de un auténtico crimen medioambiental del que el semanario The Economist señala posibles responsables, entre culpables directos y los que consienten la catástrofe sin hacer nada, al advertir que, desde que Jais Bolsonaro llegó al poder, los árboles desaparecen en Brasil a razón de dos Manhattans por semana. Es evidente que el presidente Bolsonaro no prende los fuegos, pero los facilita y los deja arder sin hacer apenas nada.

Y es que bajo su administración, formada por ultraconservadores y militares, se han tomado iniciativas tendentes a recortar la financiación de la preservación de la naturaleza y la protección del hábitat de las tribus de indígenas que habitan la selva. Reducir tales recursos y desmantelar organismos encargados de la protección medioambiental, como el Instituto Brasileño de Medio Ambiente y Recursos Naturales Renovables, han tenido como consecuencia una descontrolada y exacerbada deforestación de amplias zonas de la Amazonia y el incremento desmesurado de los incendios, la mayoría de ellos provocados.

Tan masiva es la agresión que, en los últimos 40 años, la Amazonia brasileña ha perdido un 20 por ciento de su masa selvática. Un ritmo de destrucción que Bolsonaro ha acelerado y que, de mantenerse, podría llevar a la desaparición de la selva amazónica en cuestión de pocas décadas.

La nefasta política medioambiental del dirigente ultraconservador brasileño es reflejo de su ideología neoliberal, la cual dogmatiza que los recursos y bienes de un país -y, por ende, del mundo- han de estar supeditados a la actividad mercantil, sin más regulación que la de la oferta y la demanda.

Es la mentalidad actualmente imperante en el planeta y la que hace resurgir los populismos ultranacionalistas de derechas, de los que Bolsonaro es sólo un ejemplo, y no precisamente el más destacado. Dicha mentalidad –lo primero es el negocio– es la que impulsa a algunos agricultores y ganaderos a perforar cientos de pozos ilegales en el entorno de Doñana, espacio natural protegido de España, para beneficio de sus explotaciones agrícolas o ganaderas, pero que ponen en serio peligro las reservas acuíferas y la viabilidad de un parque con humedales de excepcional riqueza y biodiversidad.

O la que mueve a Trump a revocar las regulaciones de la era de Obama, en su lucha contra el cambio climático, sobre los escapes de Metano de las instalaciones petrolíferas y gasísticas, y a revertir las restricciones a la explotación forestal, minera y energética del Bosque Nacional Tongass (Alaska), uno de los más importantes del mundo, permitiendo la construcción de carreteras y oleoductos.

La Amazonia brasileña arde, pues, por un afán desmesurado de explotar sus vastos recursos naturales y ampliar las posibilidades de un negocio que proporciona pingues beneficios a la élite económica y política del país. Así, se talan árboles –o se queman– para ampliar los espacios agrícolas y aumentar las áreas de pastos para el mayor rebaño comercial del mundo (más de 200 millones de bovinos), y potenciar un sector agroindustrial que mueve más de 100.000 millones de dólares en soja, carne y productos agropecuarios, como explica el periodista Heriberto Araújo en un artículo reciente.

Un negocio al que acompañan, como las rémoras a los grandes peces, la especulación lucrativa de la tierra, arrebatándosela a indígenas que apenas tienen contacto con la “civilización” y a humildes campesinos, para hacerse con el control y la propiedad de enormes extensiones de terreno, tan grandes como provincias o comunidades autónomas de España; los madereros clandestinos, los buscadores de oro ilegales y hasta las empresas de obras públicas y privadas que priorizan su cuenta de resultados a la protección del Medio Ambiente.

Para todos ellos, Bolsonaro es el instrumento que, aupado al poder, tolera desde el Gobierno esa catástrofe ambiental para favorecer los intereses mercantiles y económicos de la oligarquía del país. Y sólo ante las presiones de la comunidad internacional y las amenazas de los países que aportan donaciones millonarias, como Alemania y Noruega, para reducir la deforestación de la selva amazónica, es cuando el presidente de Brasil ha decidido enviar al Ejército para apagar los fuegos y ha aceptado, tras rechazarla inicialmente, la ayuda económica que la Unión Europea le ha ofrecido al respecto.

La ecología y el cambio climático son, para estas mentalidades neoliberales, simples argucias de sospechosos izquierdistas que pretenden boicotear la libertad de mercado y el sacrosanto derecho a la iniciativa y propiedad privadas, como si de mandamientos divinos se trataran.

Las advertencias de la ciencia sobre la necesidad de mantener el equilibrio de la biodiversidad y de evitar las emisiones contaminantes que la actividad humana provoca y que contribuyen, como factor determinante, al calentamiento de la atmósfera y el cambio climático, son recibidas por estos detractores de la sostenibilidad como si fueran auténticas “fake news”, mera y falsa propaganda proteccionista que obstaculiza el crecimiento económico y la creación de riqueza (riqueza para algunos, no todos, naturalmente).

Mientras tanto, la selva se destruye como nunca antes en la historia y el bosque amazónico que paliaba, absorbiendo CO2, nuestras emisiones de gases de efecto invernadero, apenas cumple con tal función que beneficia globalmente a la atmósfera del planeta. Los incendios que arrasan la masa forestal se transforman en una fuente de emisión de CO2.

Según un estudio de la Universidad de Lancaster, supusieron en 2014 el 6 por ciento de las emisiones anuales de todo Brasil. Aún no se sabe lo que supondrán este año, cuando Brasil lleva más de 70.000 incendios declarados hasta la fecha. Para los científicos, nos acercamos a un punto en que no será posible preservar las masas verdes del planeta.

Es decir, de seguir con los actuales índices de degradación de la naturaleza, nuestra propia supervivencia, y no sólo la Amazonia, estará en peligro. Por eso es imprescindible señalar a los que queman, hoy, la selva amazónica y cuantos desprecian la lucha por la protección el Medio Ambiente y contra el cambio climático. Nos va el futuro en ello.

DANIEL GUERRERO

1 de septiembre de 2019

  • 1.9.19
Recientemente he dirigido un trabajo fin de carrera referido a las adopciones familiares, estudiadas a través de los dibujos de los niños y niñas adoptados. La autora, María, la tuve como alumna en segundo curso. Ya en esos momentos me preguntó si al finalizar cuarto curso le podría dirigírselo sobre el tema de la adopción, puesto que, a pesar de tener un hijo biológico, era madre adoptante de dos niñas de origen chino, que ya eran adolescentes.



Esto nos hace ver que María era de edad mayor, pero con gran coraje y esfuerzo quería terminar los estudios de Magisterio, ya que, anteriormente, por responsabilidades familiares no pudo continuar con los estudios.

A partir de lo indicado, me ha parecido de interés abordar en esta ocasión cómo niños y niñas adoptados expresan cómo se sienten dentro de la familia a partir del dibujo, dado que en nuestro país se ha dado un salto importante en cuanto al número de adopciones. Se calcula que aproximadamente se han llevado a cabo unas cincuenta mil adopciones en la última década. Si a ello le añadimos que son muchos años trabajando con el dibujo de la familia en los centros de enseñanza, no era de extrañar que en algún momento me tropezara con dibujos de niños y niñas adoptados.

Y si hablamos de adopción, inevitablemente tenemos que consultar las obras del que creo que es la persona más formada sobre ello desde el punto de vista de la psicología. Me refiero a Jesús Palacios, que es catedrático de Psicología Evolutiva en la Universidad de Sevilla. A él acudiré en este artículo para recabar su autorizada opinión, puesto que mi faceta es la de la interpretación de los dibujos.

Ante todo hay que considerar que las familias adoptivas son muy diversas: familias biparentales y monoparentales, parejas heterosexuales y homosexuales (en nuestro país es legal el segundo caso indicado), con hijos biológicos previos o sin ellos, adoptantes de un solo niño o que adoptan más de uno, que lo hacen de bebés o de niños algo mayores, con problemáticas especiales o sin ellas… Todo esto hay que tenerlo en cuenta, puesto que habitualmente se tiene una idea un tanto simplificada o idealizada de la adopción.

De todos modos, tal como Palacios apunta, “aunque el número de quienes adoptan teniendo hijos biológicos ha crecido en los últimos años (estimándose en, aproximadamente, la cuarta parte de los adoptantes españoles), la mayoría llega a la adopción a través de la infertilidad”. Esto quiere decir que sin que la infertilidad en la pareja no estuviera presente, posiblemente, la adopción sería bastante más reducida de lo que hoy acontece.

Sobre el tema de la adopción hay bastantes ideas erróneas, como la creencia de que hay muchos bebés huérfanos que esperan ser adoptados, cuando, según Jesús Palacios, “la realidad es que quienes esperan ser adoptados tienen cierta edad, y casi en ningún caso llegan a la adopción a través de la orfandad, sino por la vía del abandono o el maltrato”.

De igual modo nos dice que “son mayoría los niños y niñas que han tenido alguna experiencia de maltrato (con predominio de la negligencia, pero con presencia de cualquier otro), y son mayoría los que han pasado por experiencias de institucionalización de mayor o menor duración y en condiciones de mejor o peor calidad”.

Lo que he indicado anteriormente nos conduce a erradicar la idea de que la vida de un niño o una niña adoptados parte de cero, ya que no es una página en blanco sobre la que se comienza a escribir la nueva historia de los padres y del hijo adoptado.

Hay que ser conscientes de que en este proceso se encuentra siempre el sentimiento de pérdida de quien ha sido adoptado, al tiempo que ha tenido que sufrir hasta que la adopción sea posible; sentimientos que están relacionados con la familia de origen, con la cual pudo o no haber convivido, a la cual pudo o no haber conocido, y de la que –de grado o, más habitualmente, por fuerza- ha sido separado.

Sin embargo, es frecuente que quienes adoptan crean que cuando reciben al niño o la niña que tanto desean comienzan desde cero, como si el cariño y la ilusión con que los reciben pudieran borrar lo que ha acontecido en la vida anterior de los pequeños. Por otro lado, y a lo largo de la convivencia, según Palacios, se dan casos de adoptantes “que tenían la expectativa de un cierto comportamiento, de una cierta relación de afecto, de una cierta vida familiar, pero se encuentran con la realidad de un nuevo hijo o hija y de una nueva vida familiar que puede distar poco o mucho de la imaginado”.

Por otro lado, a pesar de las dificultades y de los muchos interrogantes, puesto que también tendrán influencia el mayor o menor apoyo del entorno, “la vida familiar adoptiva transcurre por senderos muy parecidos a los de cualquier otra familia, con sus muchas alegrías y sus inevitables tensiones, con sus satisfacciones y sus frustraciones…”, nos apunta este gran psicólogo.

Con el fin de que conozcamos cómo representan sus familias algunos escolares que han sido adoptados, comienzo por el dibujo de una niña de origen chino de 10 años. En este caso, se trata de una familia monoparental, puesto que su madre de adopción no estaba casada.

Tal como la autora expresa por medio de la numeración, comenzó dibujando en la izquierda a su madre, para pasar, en segundo lugar, a ella misma, en el lado derecho. No obstante, su concepción de la familia se ampliaba con las dos hermanas de su madre -sus “titas”-, y las hijas de estas, que las había asumido como sus primas. Por el dibujo, se aprecia que la niña vive en un ambiente dichoso, sabiendo que es adoptada y siendo consciente de sus raíces.

Por otro lado llama la atención que todos los rostros fueran similares: ovalados, con dos circulitos para los ojos, sin nariz y bocas lineales sonrientes, como si la niña quisiera manifestar que todas las figuras femeninas se parecen a ella y entre sí.



Tal como nos dice Jesús Palacios, las familias adoptivas viven las alegrías y las tristezas de manera similar a las familias biológicas. Y entre esas tristezas se encuentran aquellas que se han separado o divorciado, dado que, necesariamente, este hecho repercute emocionalmente en los hijos, aunque posteriormente sea posible amortiguar el sentimiento de pérdida.

Es lo que le acontece a la autora del dibujo precedente, una niña de 8 años, que había sido adoptada por sus padres que tenían hijas biológicas mellizas. Lo cierto es que se produjo la separación y ella comenzó a trazar la figura de la madre, en el centro de la lámina. Después pasó a la del padre, pero, a continuación, la borró, como si ya no formara parte de la familia; en el lado izquierdo, algo distanciadas de ella a sus hermanas mellizas; pasó a trazarse a sí misma con su mascota; para finalizar con la casa, que sorprendentemente la llama “hotel”.



¿Cómo responde un chico o una chica cuando sus padres toman la decisión de aumentar la familia a través de la adopción de un nuevo hijo? ¿Se sentirán tan contentos o sus respuestas emocionales son de otra índole? En estos casos, es casi inevitable que surjan los celos, ya que habitualmente sienten que un “intruso” se ha incorporado a la familia. Esto es lo que expresa la autora anterior dibujo, una chica de 11 años, cuando en clase se les pidió que dibujaran la familia.

Como vemos, en el lado izquierdo de la lámina se encuentran su padre y su madre que tienen cogidos de la mano al niño que habían adoptado. La autora no se recata de poner claramente “hermano adoptado”, para que entendamos que, por un lado, están los hijos biológicos y, por otro, el que no lo es. Posteriormente, dibuja a sus dos hermanos y, en el extremo derecho, se traza a sí misma con un hipotético novio, de manera que debajo de ambos escribe “yo en el futuro”. En este caso se siente desplazada de la atención y del cariño de sus padres, manifestándolo, también, por la lejanía con respecto a sus padres y por el hecho de haber sido la última en representarse.



Por último, traigo el caso de un matrimonio que tenía tres hijas y decidieron llevar a cabo la adopción de dos niños. Lo cierto es que, curiosamente, adoptaron uno de raza negra y otro blanca, aunque el segundo tuviera la tez un tanto morena, pues era de origen latinoamericano.

Al llevar a cabo la investigación, se dio la circunstancia de que ambos se encontraban en el mismo centro, aunque en dos cursos distintos (2º y 5º de Primaria), pues uno tenía 8 años, el niño de raza negra, y el otro con 10 años.

Cuando el primero realizó el dibujo de la familia en la clase, inicialmente representó a sus padres adoptivos, en la izquierda de la lámina, para, a continuación, trazar una figura, coloreada con rotulador marrón, para sí mismo, lo que es manifestación de que se siente como el hijo preferido de la pareja, por la proximidad hacia ellos. Posteriormente, representó las figuras de dos hermanas; tras ellas, el otro hermano de adopción; vuelve con la tercera hermana; para cerrar, sorprendentemente, con el hermanito que habían tenido recientemente sus padres adoptivos.



Más tarde, recogí de la clase de quinto curso el dibujo del otro hermano adoptado. Y de nuevo, me encontré con otra representación un tanto curiosa, ya que el propio autor era el único que se había coloreado, dejando a los padres y al resto de los hermanos sin hacerlo.

Pero lo más llamativo es que al otro hermano de adopción le pinta de color negro la cara y las manos, al tiempo que los labios de color rojo, para que manifestar claramente que era de raza negra. Por otro lado, él se encuentra entre las figuras de sus padres adoptivos, al tiempo que a su padre, en este caso sí, lo representa sosteniendo al bebé que ha venido a incrementar el grupo familiar.

AURELIANO SÁINZ


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