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DIPUTACIÓN DE CÓRDOBA

CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

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10 de agosto de 2022

  • 10.8.22
Las objetoras y los objetores de conciencia al ahorro energético son legión entre los votantes del Partido Popular, Vox y Ciudadanos. Es lógico porque la derecha siempre reivindica la libertad para hacer lo que a ella le dé la gana y ahorrar en el ámbito que sea implica un esfuerzo, una autolimitación en beneficio propio y de la comunidad, que no son conceptos que practiquen con frecuencia.


Esta objeción de conciencia sobrevenida de los empresarios de muchos sectores al ahorro de energía se contradice con las quejas por los precios de la electricidad que venían aireando hasta hace nada. No es fácil hacer pedagogía del ahorro en la piel de toro, porque cuesta pedir sacrificios personales y colectivos.

Por eso voy a intentar en estas líneas plantear algunas propuestas que dan solución a algunas de las dudas planteadas en torno al real decreto para cumplir con los compromisos de ahorro de la Unión Europea frente a la guerra de Putin en Ucrania.

Se ha discutido mucho sobre la cantidad de inspectores que harían falta para exigir el cumplimiento de las temperaturas de calefacciones y aires acondicionados en los establecimientos privados. La solución está en la transparencia, hacer visible a la entrada de tiendas, supermercados y establecimientos hosteleros la temperatura del termostato del establecimiento. De esta forma cualquier cliente podría reclamar el cumplimiento de la norma y denunciar, en su caso, la infracción.

Son demasiados todavía los supermercados que no tienen sus vitrinas de productos refrigerados cerradas con puertas para evitar el consiguiente despilfarro de energía. Para ahorrar hay que invertir en cambios y mejoras y esto ya es otro cantar para una clase empresarial miope y cortoplacista.

Respecto al apagado de escaparates y anuncios luminosos hay que recordar que en Francia este ahorro se practica desde 2013 y que hay soluciones como la instalación de sensores de presencia para que el escaparate solo se ilumine cuando haya alguien que lo mire.

Regular la intensidad de la iluminación es otra de las soluciones para la iluminación de calles y plazas, sustituir las luminarias convencionales por farolas solares con detectores de presencia es la solución definitiva y más ecológica para las ciudades. La seguridad es compatible con el ahorro y la sostenibilidad.

Todas las buenas prácticas expuestas son las que la oposición objetora debería tener en cuenta antes de decir no a todo y mandar a paseo la agenda 2030, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y las recomendaciones de la Unión Europea.

ÁNGEL FERNÁNDEZ MILLÁN

8 de agosto de 2022

  • 8.8.22
A sus 34 años se dio cuenta de que la vida no había valido la pena, de que tenía pocos recuerdos para colgar en un marco, de que los hombres le habían rehuido sin entender bien las razones, porque se miraba en el espejo y adivinaba un cuerpo aún joven, algo entrado en carnes, pero todavía seductor en sus curvas.


Se miraba entonces los párpados algo caídos y las primeras raíces de unas arrugas que anunciaban una trayectoria acentuada todavía apenas imperceptible. Miraba sus ojos a través de sus ojos y descubría un rastro de tristeza persistente que le nublaba el encanto de la mirada. Supo ahora por qué aquel hombre no la había reconocido.

Cada tarde entraba a la cafetería a la misma hora, se sentaba a la misma mesa y comenzaba a hojear el mismo libro hasta que llegaba la mujer que esperaba. La recibía con un beso tierno, como si apretara entre los labios un pedazo de bizcocho. Ella se sentaba a su lado. Ella los veía reír, hablar con gestos resueltos, percibía cómo sus miradas se entrecruzaban más allá de la simple mirada y cómo sus manos se entrelazaban. Primero pedían un café y después una copa de trago largo: generalmente un gintonic.

A sus 34 años tenía un trabajo fijo, pero por las tardes echaba unas horas de camarera en esta cafetería. Por ahorrar algo, pero también por consumir las horas muertas sin nadie. Mejor que no lo hubiera hecho. Desde que lo vio por primera vez, ya no pudo conciliar el sueño.

El hombre había sido su profesor de Literatura en el instituto y desde el primer momento en que lo vio se enamoró de su voz, de sus lecciones, de su porte de hombre tranquilo y magnético. Le ocurrió a ella, pero también a prácticamente todas sus compañeras.

En las horas de recreo, ella recitaba a las amigas los versos que él les había recitado en clase y todas sucumbían a su manera entender y enseñar literatura. Cuando lo vio entrar en la cafetería la primera tarde, su primera sensación fue recitar en voz baja los versos de Juan Ramón Jiménez, y esa sensación nada más la devolvió a una juventud que siempre añoró.

Le pareció que el tiempo de golpe se había estacando en un momento que nunca había sucedido y que todo el futuro por venir no era nada más que un pasado que abominaba y que siempre quiso olvidar. Después ya en casa, como cada noche, se miró en el espejo y percibió sin fisuras el paso inexorable de los años. Lo supo sobre todo unas horas antes. Cuando ella se acercó a la mesa con ánimo de descubrirle su identidad inescrutable y él solamente acertó a saludar y a pedir un gintonic.

No le defraudó que no la reconociera en un primer momento, sino el hecho permanente e injustificado de que tantas tardes después no percibiera en él un atisbo de atracción. Las tardes se le hicieron indigestas y la vida se le atascó en la garganta como una espina de pescado que no la dejaba respirar.

Después del trabajo en la cafetería se iba a un cibercafé cercano y buscaba en Google alguna fórmula efectiva para paliar su desgracia. Escribía en búsquedas: "Cómo cometer un asesinato", "veneno instantáneo indetectable", "niveles de insulina tóxicos", "consejos para suicidarse", "cómo comprar un arma ilegal", "cómo matar a un cabrón", etcétera.

Un día cualquiera acertó con el bálsamo de la venganza. Siempre en pequeñas porciones se lo diluía en el café de cada tarde y día a día iba percibiendo en su rostro los rasgos de aquella sustancia indetectable que iba erosionando su vida con pasos certeros.

Después de una semana venía ya de manera intermitente y en su mirada ida escrutaba las horas de vida que lo arrastraban irremisiblemente al final. Una tarde el hombre dejó de venir a la cafetería y la sorpresa esperada le llenó los pulmones de un aire espeso que no deseó.

Esa misma tarde se despidió del trabajo, sintió el vacío de la vida al borde del abismo y supo mirándose al espejo que la juventud se había marchitado en ese mismo instante, aunque en realidad huyó sin ella saberlo muchos años atrás. Se preparó un café con otro sedante: hidrato de cloro. Y bebió sin gustarle un café tras otro, hasta que la vida se le fue de las manos.

Unos días después el hombre, ya con mejor semblante, volvió a ir al café cada tarde, se reunía con la misma mujer de antes y la nueva camarera que les atendía ahora veía en ellos una felicidad tan honda que descubrió en ellos la profunda razón que nos empuja a vivir a casi todos.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 24 de enero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

7 de agosto de 2022

  • 7.8.22
Me encuentro, por fin, inmerso en un libro que llevará por título El dibujo de la familia. Han sido muchos años investigando en las representaciones que realizan los escolares acerca de cómo ven a sus propias familias a través de sus dibujos. También han sido numerosos artículos los que he publicado en distintos medios, por lo que me parecía razonable que ya recogiera en una publicación todo lo que he ido escribiendo a lo largo de los años.


Bien es cierto que en la tercera edición de El Arte Infantil. Conocer al niño a través de sus dibujos incorporaba al final del libro un extenso capítulo dedicado a este tema. Pero he considerado que era necesario profundizar en un tema en el que se recogieran todas las modalidades que actualmente existen de familias, con el fin de indagar en la formación y el desarrollo de las emociones en niños y niñas a partir de ese núcleo social básico.

Son muchos los autores de distintas disciplinas (antropología, sociología, psicología, psicoanálisis, pedagogía…) a los que he acudido para fundamentar con solidez las tesis que desarrollo en el libro. Pero hay un caso que quisiera presentar en esta ocasión por la lucidez con la que abordó el significado emocional, especialmente dentro de los progenitores, de los cambios que se producían en el paso de la denominada familia tradicional a lo que podríamos llamar nueva familia –aunque, como he indicado, habría que hablar en plural, es decir, nuevas familias–.

Se trata de la psicoanalista Therese Benedek, de la que brevemente extraeré algunos párrafos de su obra La familia, que compartió con autores tan relevantes como Erich Fromm o Max Horkheimer. Brevemente, indicaré que Therese Friedman, que así es su nombre original, nació en 1892 en la localidad húngara de Eger.

Fue la única de los hermanos que realizó estudios universitarios en el campo de la Psicología Infantil. Tras seguir los cursos de lectura psicoanalista del húngaro Sándor Ferenczi, discípulo de Sigmund Freud, decidió pasar al campo del psicoanálisis.

Con su marido, Tibor Benedek, en 1936, un año después del ascenso al gobierno alemán del Partido Nazi de Adolf Hitler, decidió huir a Estados Unidos, tras haber trabajado en Berlín durante años en la Universidad de Leipzig, accediendo a la ciudadanía estadounidense en 1943.

En su nuevo país, comenzó trabajando como analista en el Instituto Chicago de Psicoanálisis. Fue una de las personas más relevantes en la implantación de esta disciplina en Estados Unidos, al haberse especializado en el estudio de la mujer dentro de las nuevas formas familiares. Fue presidenta de la Sociedad Psicoanalista de Chicago, ciudad en la que falleció el 27 de octubre de 1977 a la edad de 84 años.


Para que, básicamente, podamos comprender la visión de los niños acerca de cómo expresan sus ideas, tanto de la familia tradicional como de las nuevas formas familiares, que fueron estudiadas por Benedek, selecciono dos dibujos de cada una de ellas y paso a explicarlos.

En el que acabamos de ver, de un niño de 9 años, se distinguen las diferencias de tamaño y de roles de su madre y de su padre. Como podemos observar, su madre, en tamaño muy pequeño, se encuentra barriendo la casa; mientras que su padre, muy grande, trabaja sentado con el ordenador. Claramente, se aprecia la diferencia de los valores simbólicos que les atribuye en el seno de una familia con roles tradicionales.

Por otro lado, y dada la brevedad que exigen los artículos en medios digitales, destaco dos párrafos de Therese Benedek sobre la familia tradicional extraídos del libro La familia.

La estructura emocional de la familia patriarcal idealizada resultaba fija y estática: el padre-marido se suponía fuerte y activo y su papel consistía en proporcionar a la esposa y a los hijos no solo los medios de subsistencia necesarios sino también el amor y la protección indispensables, como medio de seguridad personal” (pág. 149).

Es indudable que no llegaremos a comprender los problemas del individuo actual si seguimos generalizando y creyendo que la imagen de los padres, forjada y experimentada por el niño, es la de una madre que constituye la única fuente de satisfacción, de placer y de un padre fuerte, infalible, representante amenazador del código moral” (pág.168).


La imagen de un padre fuerte, activo, infalible y representante del código moral de la familia, tal como manifiesta Benedek, se puede expresar gráficamente de diferentes modos. Aparte del aumento de tamaño, bastante habitual en los dibujos de niños y niñas cuando viven en familias tradicionales, también la posición que ocupan dentro de la escena del grupo familiar nos da pistas del simbolismo de autoridad paterno.

Es lo que vemos en el dibujo precedente, de una chica de 11 años, que comenzó por la figura de su padre, quien aparece sentado en una butaca, como signo evidente de autoridad. Posteriormente, trazó las de su madre, su hermana, sus dos hermanos y ella misma, todas de pie, rodeando el espacio ocupado por la figura paterna.


En las últimas décadas, y en las sociedades occidentales, los cambios en las estructuras familiares han sido enormes. Como expresión de esas transformaciones, que Therese Benedek comenzó a analizarlas ya en los sesenta y setenta del siglo pasado, aporto algunos párrafos de lo que ella consideraba rasgos de la nueva familia.

El matrimonio entre cónyuges iguales es el ideal de la sociedad democrática individualista [o de reconocimiento de cada individuo]. Nuestra aspiración cultural es, por consiguiente, que el matrimonio opere sobre el fundamento único del amor, es decir, no solo en función de la reproducción, sino también en la búsqueda de la felicidad, de la maduración individual de cada uno de los cónyuges” (pág. 159).

La obligación de estos es ayudarse mutuamente” (pág. 159).

La función actual de la familia es la siguiente: ha de crear las condiciones que permitan a cada uno de sus miembros intentar y conseguir la mejor integración posible de su individualidad y conservar, al contraer matrimonio, su capacidad de ajuste a las exigencias de la vida familiar” (pág. 167).

Como expresión de estas ideas, he mostrado el dibujo de Raquel, una niña de 10 años. Vemos que comenzó representando, en primer lugar, a su madre, como signo de la importancia que ella le atribuye dentro del grupo familiar. La traza segura y saludando con las dos manos; al tiempo que el padre está a su lado, con los brazos detrás de la espalda. Ella y su hermano aparecen juntos en la izquierda, ambos en actitud cariñosa.


Uno de los aspectos emocionales significativos dentro de las nuevas familias es que el padre no tiene problemas de mostrarse afectuoso con sus hijos o hijas, puesto que entiende que la virilidad no se encuentra en la idea tradicional que se transmitía según los valores que nos ha descrito Therese Benedek, de la que continúo con otros párrafos suyos.

En las mentes de los niños actuales la imaginería de sus padres no tiene contornos tan definidos” (pág. 168).

El comportamiento de los padres hacia el recién nacido está condicionado hoy por la igualdad entre el marido y la mujer, por la igualdad de su responsabilidad y por la similitud del goce que les producen los niños” (pág. 168).

El joven marido que ayuda a su mujer pone en marcha, inconscientemente, un proceso que le hará extremadamente difícil, por no decir imposible, el papel patriarcal del padre” (pág. 168).

Como ejemplo de lo indicado es el dibujo de Marina, una niña de 11 años. En él, vemos que el padre lleva en hombros a su hermana pequeña, de modo que esta expresa su alegría extendiendo los brazos. Por otro lado, el grupo familiar aparece muy unido por la superposición de los cuatro miembros que ha realizado la autora.

Para cerrar este breve recorrido por las ideas de Therese Benedek, viene bien esta frase en la que nos dice que “la familia tiene una función doble: es conservadora porque mantiene los logros del pasado; es progresiva, porque transmite los nuevos bienes culturales”. A fin de cuentas, dentro de los cambios de las estructuras familiares encontramos esa visión dialéctica en la que hay que saber articular todo lo favorable de las formas tradicionales con los nuevos valores que en la actualidad se defienden.

AURELIANO SÁINZ

6 de agosto de 2022

  • 6.8.22

–El Tiralíneas se comportó indignamente con un crío indefenso –se malhumoró don Mariano.

–Aparentemente. Olvidas el contexto, su llaneza con nosotros –justificaba el arquitecto, mientras se retiraba de la boca un resto de lo mascado–. Se burló, cierto; lo aguijaba para que su defecto…

–No era un defecto –corrigió don Fernán.

–Pues el efecto… su desgracia. Y lo aprobó, con buena nota, para que mantuviera la beca…

–¿Tenía beca? –se extrañó don Mariano.

–…No era mala persona, todo lo contrario; mantuve la amistad con él, siempre me dio buenos consejos. Puede que sea como dices, si con eso del alma te referías a las letras –le decía a Alatorre–, pero ni idea que haya escrito nada, aparte de aquellos dos libritos que le publicó la Balmis.

–De los que no quiere ni oír hablar –aseveró el señor Alatorre.

–¡Bah!, una forma de impostura, yo no me lo creo. Me parece que alguna vez os dije –ahora doblaba la servilleta don Hugo con mucho esmero y el desperdicio dentro– que se presentó en mi estudio. Me pedía presupuesto, quería construir una casa en el trozo de terreno que le habían legado sus padres. Esto ocurrió al poco de que ellos murieran. No pude atenderle, pasaba por una época de mucho trabajo…

–Era el desarrollo, uno de tantos desarrollos, otro desarrollo, siempre el desarrollo –ironizó don Mariano.

–¡Por qué simplificas lo complejo de ese modo tan simplón! –se exasperó don Hugo, un poquito.

– Tiene razón: el organismo y su ambiente. Relación complicada –metió baza, sonriente, don Fernán.

–Con el tiempo –prosiguió don Hugo; depositaba la apretada bola de papel en el borde de un plato –, la expansión de la ciudad ha multiplicado el precio del terreno. Ignoro si lo ha vendido; si es así, habrá ganado mucho dinero.

–¿No sería que el terreno fue detectado por el radar de Flores? –se malició don Mariano.

–¿A qué te refieres? –se mosqueó, ahora sí, el arquitecto.

–Sin las tradiciones, sin las viejas costumbres, las sociedades se deshacen. Solo polvo y ruinas –se soltaba, jaculatorio, don Mariano–. Con todo su fundamento, la ley no cohesiona, no es el cemento social. El rito, es el rito. Sabiamente lo anunció Confucio. Y yo añado: las fachadas, su hechura de piedra y ladrillo, son la tradición. Una fachada es la cara de la calle. Nos ha visto crecer. Dice lo que somos y lo que hemos sido. ¡Hay que respetar las fachadas, coño! ¡Pelear contra los constructores destructores, eso hace Francis! –brindó y se pimpló un trago.

–¡Un militar confuciano! –se guaseó, con alguna herida, don Hugo.

–Convertiste el Chalet del Gitano, con toda su hermosura de jardines, en un hotel de treinta plantas. Esta ciudad ya no es mi ciudad; con la complicidad de tanto alcalde chiquilicuatre la estáis borrando –acusó.

–¡Qué modo de entender el progreso! –se escandalizó–. ¡Eres un retrógrado! No voy a tolerar que me des el día –protestaba don Hugo–. Quéjate a los emigrados descendientes de aquel cacique, ellos dejaron arruinarse el palacete antes de venderlo.

–Es grave esto que pasa –reflexionó don Fernán–. Por eso, mira, le doy las gracias a Flores. Si hubiera venido, le daría un abrazo. Al menos, ya no se va a construir esa urbanización en la raya de las antiguas salinas.

–Si la cosa va a continuar por ahí… –amenazó el arquitecto– Porque tú contaminas con tu barco y tú, con vuestras prácticas… –señaló al militar–. En la más atroz siempre hay un militar –remachó–. ¡Ea!

–¡No! –saltó don Mariano.

–¿No? –retó don Hugo.

–¡No! Donde esté un uniforme, siempre HAY una orden. Y la orden parte siempre de un paisano, un paisano en su sillón, a kilómetros del ruido. Nadie le rinde más honores a la paz que un soldado. ¡So… capullo! –argumentó. Y envió la zarpa sobre las quisquillas.

–¡Bah, bah! ¡Bizantinismo, cutre bizantinismo! –oxeaba el aire a manotadas don Hugo.

–Como recreo y disfrute, después de los licores y la cabezada, os propongo la recogida de plásticos flotantes. Tengo aparejos para todos –propuso, divertido, don Fernán–. Vuestro acrisolado altruismo, inquebrantable voluntad y esas manos tan expertas, nos vendrían de perillas en Mar Limpio, disputarán por quién pesca más porquería.

–Tú, Fernán, no te pases. Se os ha subido el humo a las narices –bajó de su plácida nube masticatoria el señor Alatorre para reprenderlos–. Cuando te picas con la tontada… –le reprochó, conciliador, a don Mariano. Este ya se enconaba sorbiendo la cabeza de una quisquilla–. Pero bueno, bueno… ¡Ah!, he oído que está enfermo.

–¿Quién? ¿Flores? –se extrañó don Fernán.

–¿No os llegó la invitación?

–Lo vi como nunca en el Rincón de Josele. Comimos allí, ¿verdad, tú?

–Se hartó de aburrirnos –asentía don Mariano, que ahora se enjuagaba la boca con un buen trago de espumoso.

–Lo tenéis en el periódico, vocea su hallazgo en primera página –agregó don Hugo con menos sulfuro–. Le di las gracias, pero se lo advertí: si tú no asistes al ágape, yo no te asisto a la gala.

–Ha conseguido algo excepcional –ponderaba don Fernán–. Yo no pitaba nada; en esas concentraciones se chamulla una jerga que yo no…

–Ni yo, muy mala hora –le siguió el señor Alatorre.

–¡Tanta cara vanidosa, estrechar manos, y el cómo estás, y el qué bien te veo! Todo lo mandé a hacer puñetas –se hastiaba don Fernán–. Cené y dormí solo, en mi Loba, ¡una gloria!

–Igual que yo. Anoche tuve visita, me llegaron los nietos. Quién se resiste a jugar con el pequeño –alegó don Mariano.

Yo escuchaba sus voces, sus excusas, tan ajenas, persiguiendo el cabrilleo del mar entre los barcos.

–El señor Flores está de viaje –informé, al tuntún, por echar el sedal ni sabía bien para qué.

Se volvieron al unísono: admiraban el brote extraño, reciente, en mi silla.

–Y cuándo no –se le ocurrió decir a alguien.

–¿Dónde está ese terreno? –me centré en don Hugo.

Él me miró, confundido.

–El que heredó el señor Castilla –aclaré.

–¿Por qué quiere saberlo?

–Usted afirma que su valor ha aumentado.

–Sí, lo he dicho –admitió.

–¿Sigue a su nombre?

–Pudiera ser. Con ir al registro…

–Lógico, es lógico, le entiendo: puede que alguno quiera quedárselo, ¿no? ¿Y por qué no se encarga usted? –me endosó la diligencia, con amabilidad, don Fernán.

–Me encargaré –anduve presto.

HG MANUEL

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5 de agosto de 2022

  • 5.8.22
El conocimiento humano y, por lo tanto, su aprendizaje son procesos complejos en los que intervienen diferentes facultades. Para informarnos de los significados de los objetos y para interpretar los episodios que forman parte de nuestras vidas necesitamos ejercitar todas nuestras capacidades sensitivas, imaginativas, emocionales y racionales.


Sí, es indispensable que usemos la vista, el olfato, el oído, el gusto y el tacto. Como afirma Antonio Machado: “Hay que tener los ojos muy abiertos para ver las cosas como son; aún más abiertos para verlas otras de las que son; más abiertos todavía para verlas mejores de lo que son”. Me atrevo a decir que, sin el uso adecuado de los sentidos, no es posible que funcione ni la imaginación, ni el sentimiento, ni la inteligencia.

En El arte y la creación de la mente (Barcelona, Paidós, 2022), su autor, Elliot W. Eisner, nos explica el papel de las artes en la transformación de la conciencia y cómo el cultivo de las artes orienta –y a veces determina– nuestra comprensión de los episodios cotidianos.

¿Por qué y para qué? Porque “refina nuestros sentidos” para aumentar nuestra capacidad de experimentar el mundo en el que habitamos y “para que podamos imaginar lo que realmente no podemos ver, saborear, tocar, oír u oler”. Nos explica con claridad cómo la imaginación es una forma de pensamiento que “engendra imágenes de lo posible y que también desempeña una función cognitiva de importancia fundamental”.

Oportuna, a mi juicio, es su detallada explicación de los principios, criterios y pautas que hemos de seguir con el fin de determinar los objetivos, la metodología y los usos educativos de la evaluación en la enseñanza efectiva de las artes plásticas, y especialmente oportuna, en mi opinión, es su detallada descripción de los beneficios que proporciona a los alumnos y a los profesores la enseñanza artística.

Elliot W. Eisner, profesor de arte de la Universidad de Standfort, parte del supuesto de que todas las formas poseen cualidades que expresan o suscitan sentimientos o emociones y de que todas ellas se someten –o se pueden someter– al control inteligente de la experiencia y de la técnica.

Explica con detalle y con claridad cómo, si para ver es imprescindible aprender a ver, el arte es un cauce directo para educar el gusto y para orientar la vista y los demás sentidos: “Las artes nos invitan a prestar atención a las cualidades de lo que oímos, vemos, saboreamos y palpamos para poderlo experimentar”.

A mi juicio, es una obra oportuna y válida para que los docentes de las diferentes disciplinas científicas, humanas y artísticas revisemos algunas de nuestras teorías y prácticas pedagógicas y para que nos preguntemos si es conveniente y necesario adoptar algunas de estas ideas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

4 de agosto de 2022

  • 4.8.22
¿A qué lugar llamas paraíso, amigo mío? Soy demasiado joven, y demasiado incauto, como para definir un cielo en el que no creo. Quizá sea la materia pura, de celeste sustancia, donde las almas alcanzan el reposo que no alcanzaron como huella viva. A lo mejor, como se nos promete, sea el lugar donde tornamos en pureza, previa resurrección de la carne y liberación de las prisiones de la incertidumbre.


Amigo mío, tal vez tengas por cielo el lugar donde pecar, que es vivir, esté permitido por la revelación más esquiva. Sería el lugar donde los pecados capitales tendrían plaza legítima, y donde no haya que preocuparse por un mañana que no será ayer.

Más aún. Quizá llames paraíso al sádico lugar donde tornas en lo revelado, y ejerces a voluntad el reparto de los dones y las ausencias. Una apoteosis que ahuyente los complejos de la conciencia.

Tal vez, amigo mío, aspires a una suerte de santidad, como la supresión de los deseos. Un paraíso estático sin historia ni relatos. Un paraíso puritano, un cielo muerto. Pues vivir es pecar, y pecar es movimiento de aquelarre. Y el aquelarre nunca es celeste, por mucho que purifique en ardores.

Olor a bosque virgen, respiración pura, sonido de arroyo. Un mundo sereno puede ser también otro paraíso, mas no humano. Porque la serenidad permanente es un ideal y lo ideal nace de lo humano, concebido por los desvelos de la conciencia.

En fin, amigo mío. Hay tantos paraísos como fugitivos de los sinsabores de la vigilia. Te admito que no sé en qué consiste el cielo, ni si lo hallaremos en movimiento o reposo. Si somos materia impura, lo desconozco.

En cambio, sí me hago una ligera idea de lo que debe de ser el infierno. Dudo que sea de azufre y fuego. Tampoco el castigo eterno, cabrones tenebrosos, ni pesadillas sin despertar. No es puchero hirviente en la Córdoba estival o un mal concierto sin final. El averno no consiste en imágenes lúgubres, silencios o monstruos seductores.

Quizá, amigo mío, el infierno consista en vivir con miedo. Miedo de no poder pagar una factura o, peor, la certeza de no poder hacerlo. Puede ser la angustia de los padres de familia sin recursos, la amenaza de la bomba, las ausencias del solitario, la incertidumbre del desempleado o la lucidez del descreído

Tal vez el infierno se sustente más en los monstruos de la conciencia que en las torturas de la carne. Poco importa el origen de la creencia o el destino de la ensoñación: los paraísos pueden tener dimensiones mortales o divinas, pero el ser humano es la medida de todos los sufrimientos.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

3 de agosto de 2022

  • 3.8.22
Algunos autores han pretendido ver a Lilith como la serpiente-mujer que aparece en el fresco de Miguel Ángel sobre la expulsión del Paraíso. En realidad esto es muy poco probable, ya que no hay huellas de la presencia de ese personaje en los textos cristianos de la Edad Media y del Renacimiento. No se conocen referencias a Lilith fuera de las tradiciones y escritos judíos de esa época. Es más probable que Miguel Ángel siga modelos visuales previos.


Desde luego que no era ninguna novedad la representación de serpientes míticas como seres antropomorfos con cuerpo de reptil, pero con cabeza y torso –o solamente cabeza–, de mujer. Incluso hemos visto en la entrega anterior que la Serpiente Arcoíris puede presentarse con un aspecto plenamente humano.

La asociación de los espíritus de serpientes con el arcoíris se encuentra también en tierras muy lejanas del continente australiano. Los Baga de Guinea crean unas máscaras-estela que materializan, en forma de boa constrictor, a una poderosa Serpiente llamada A-Mantsho Ña Tshol. Su nombre indica la capacidad protectora y medicinal.

Es considerada como el enemigo más potente de otras fuerzas sobrenaturales dañinas. Y, al igual que la Yingarna de los aborígenes australianos de la tierra de Arnhem, protege a los niños en sus ritos de transición a la edad adulta.

Para los Baga, los espíritus de las serpientes se asocian con el arcoíris, al que se consideran fuente del agua de los ríos y de la constante renovación de la vida. Estamos, pues, ante una cadena simbólica que une y relaciona símbolos visuales y conceptos abstractos: el arcoíris como poderosa imagen natural es considerado como origen de los ríos y, tanto el arcoíris como los ríos, son manifestaciones del permanente proceso de regeneración de la vida y de la muerte.

Estas asociaciones simbólicas de serpientes, agua y recreación permanente de la vida se dan en otras culturas. Entre los Fon de Benín hay otra Serpiente arcoíris, Ayida-Weddo, cuyo culto se ha mantenido en el vudú haitiano y que, curiosamente, tiene como correspondencia católica a la Inmaculada Concepción.

En los dólmenes y menhires de los complejos megalíticos de Iberia y Europa occidental, la serpiente es símbolo de vida asociado a figuras de los antepasados. Según la arqueóloga Marija Gimbutas, la Diosa Serpiente tuvo un papel predominante en las religiones de la Europa oriental, entre 6.500 y 3.500 años antes de nuestra era (a.n.e.).

De hecho, la serpiente es uno de los motivos dominantes del arte de ese periodo. La Diosa Serpiente encarna el principio femenino porque, de hecho, es el principio femenino en sí mismo. Aparece vinculada a las aguas del cielo (la lluvia) y a las aguas terrestres. Y es considerada Señora de las fuerzas cósmicas generadoras de vida.

Se podrían citar infinidad de ejemplos sobre esta elevada consideración de la serpiente como símbolo claramente positivo: la Kundalini (poder de la serpiente) del yoga, como expresión de la toma de conciencia y guía de la transformación de la luz interior. O la serpiente de los mayas, uno de los personajes mitológicos más importantes del universo religioso de esta cultura mesoamericana. También destaca el rey de las serpientes, que dio cobijo a Buda o la doble serpiente de Esculapio, mientras que para los maoríes de Nueva Zelanda, la serpiente es el símbolo de la sabiduría terrena…


En todos estos casos, la serpiente tiene connotaciones positivas. ¿Por qué, entonces, la serpiente tiene un carácter tan negativo en la mitología cristiana? Regresemos al escenario de partida: al Paraíso de judíos y cristianos. Un hombre, una mujer, una serpiente y un árbol con fruta son los protagonistas del relato sobre la expulsión del Edén.

El capítulo tres del Génesis dice que “la serpiente era el más listo de todos los animales salvajes de la tierra” y nos cuenta cómo la serpiente dialoga con la mujer (todavía no tenía nombre, se lo pone Adán más tarde) y le explica a la mujer los motivos por los que el celoso Señor Dios les ha prohibido comer el fruto del árbol que está en medio del jardín: “pues sabía Dios que el día en que comieseis de él, se abrirán vuestros ojos y seríais como dioses que conocen el bien y el mal”.

Y, efectivamente, una vez que hombre y mujer han comido los frutos prohibidos, el mismo Señor Dios reconoce los efectos anunciados por la sabia serpiente: “Y dijo Dios: «Mira, Adán se ha convertido en uno de nosotros que conoce el bien y el mal…”. Significativa frase en la que podemos encontrar algunas pistas interesantes sobre las ideas de este Señor Dios:

a) El total ninguneo de la “mujer”, a la que no se incluye como “uno de nosotros”. Parece que no le concede la capacidad de adquirir el conocimiento del bien y el mal.

b) El reconocimiento bastante explícito sobre la realidad plural de los dioses: dice “nosotros”, que es un plural clarísimo.

Por cierto, que en ningún momento se menciona que el árbol prohibido sea un manzano ni ningún otro tipo de árbol de frutas conocidas. Sí se alude, sin embargo, a las hojas de higuera con las que cubren sus desnudeces. Pero volvamos a la Mujer –así en genérico, porque aún no tiene nombre–.

Si recordamos lo que ya vimos en entregas anteriores, Lilith aparecía como la mujer rebelde frente a esta otra mujer sometida. En realidad, la otra, la Mujer sin nombre, es mucho más valiente. Es capaz de rebelarse contra el dominio del Señor Dios que los tiene secuestrados en el Edén –que, a fin de cuentas, no es más que un jardín más o menos grande–. Viven alienados, alejados del conocimiento. Ni siquiera ven las sombras de la cueva de Platón: solo ven árboles, plantas y, quizás, algunos animalitos.

La Mujer está abierta a la comunicación con los “otros”, es capaz de escuchar a la Serpiente y es generosa y solidaria; comparte con Adán la liberación, mientras que éste tiene una actitud totalmente pasiva. Por su parte, la Mujer es lo suficientemente inteligente para elegir una actitud escéptica respecto a las normas divinas en vez de la comodidad de la creencia ciega. Y sabe distinguir la importancia del conocimiento para conseguir el pleno desarrollo personal.

Respecto a esta escena, escribió Mircea Eliade que de ella se desprende “el valor existencial del conocimiento. Dicho, en otros términos: la ciencia puede modificar radicalmente la estructura de la existencia humana”. Por tanto, creo que la auténtica heroína liberadora del género humano es la Serpiente de la sabiduría y el conocimiento.

JES JIMÉNEZ

2 de agosto de 2022

  • 2.8.22
Estimado Don Ramón: pensaba tutearlo, presuponiendo que, como a su líder, el presidente Juanma, le gustará que lo hagan. Pero como no sé si es una consigna de partido o una herramienta de marketing para demostrar cercanía al votante –y como ya no estamos en elecciones y ya solo somos ciudadanos–, lo mismo la distancia vuelve a acrecentarse, más aún tras su mayoría absoluta, y prefieren que los tratemos con el respeto que merecen sus cargos. Por precaución y educación, me reservo el tuteo.


En primer lugar, quería darle la enhorabuena por su nueva responsabilidad. Ahora vela por el medio ambiente de todos los andaluces, y pienso que su nuevo cargo es de vital importancia para el futuro de nuestra tierra. La pregunta es si para su partido también lo es.

Me alegra que Medio Ambiente vuelva a tener una Consejería propia: eso de mezclarla con Agricultura o Urbanismo, como se hace en algunos ayuntamientos, es una barbaridad. Pero me da mucha pena que crean tan poco en ella.

Su Consejería es la que debe velar por el bien común, por la protección de los ecosistemas, de los recursos naturales, de la salud y de nuestro futuro, frente a la especulación, al desenfreno, a la avaricia, al interés personal y a los delitos ambientales que provoca el capitalismo.

Su Consejería es la que debe buscar el equilibrio que nos permita desarrollarnos como sociedad, pero sin arrasar con todo lo que nos rodea. Debe aportar la sensatez, la cordura, la inteligencia, la planificación a largo plazo, frente al cortoplacismo y la sinrazón de los beneficios rápidos y suculentos.

Sin embargo, tengo la sensación de que su Consejería es, como decíamos en nuestra época de estudiantes, una maría, un brindis al sol. Principalmente, por el desprecio con el que trataron al medio ambiente en su primera legislatura, al obviar la palabra e incluirla como coletilla y con un término poco acertado y obsoleto, detrás de Agricultura, Ganadería y Pesca.

En esta ocasión, lo han escondido entre Sostenibilidad y Economía Azul, concepto manido y pervertido el primero; y ambiguo e ilusorio el segundo. También por esa falsa revolución verde, que podemos enmarcarla más en el término de greenwashing, que de gestión política. Pero, sobre todo, porque le han quitado a usted las competencias de aguas para incluirlas con Agricultura, que viene a ser lo mismo que, como le leí a un amigo el otro día, poner el zorro a vigilar las gallinas.

Para usted es una oportunidad, un escalón necesario, para seguir subiendo en el partido y en responsabilidades futuras. Su presión será estar a la altura de lo que esperan sus colegas, que no es otra cosa que la de comerse los marrones con la mayor dignidad posible.

Porque tenga usted claro que marrones se va a comer unos cuantos, como el que se le viene encima desde Europa por la promesa del cercano Juanma de legalizar los cultivos de la fresa en el entorno de Doñana, lo que supondrá el agotamiento de los acuíferos y la destrucción de uno de los ecosistemas más bellos y delicados que tenemos en Andalucía. Usted tendrá que salir a dar la cara, con informes poco fiables, afirmando que el Parque Nacional no se verá afectado.

Si me permite unos consejos, sea usted valiente, no sienta la necesidad de agradar a los que le han colocado ahí. Piense en el bien común y en defender el medio ambiente por encima de todo. No permita que lo ninguneen, no sea marioneta de nadie.

No voy a entrar a valorar si tiene usted formación en materia ambiental: para ser un buen gestor no hace mucha falta si se deja asesorar por los técnicos y los científicos. E, incluso, le recomendaría que escuche muy bien a los ecologistas, esos que a sus colegas le dan tanto miedo y a los que culpan de todos los males. Recuerde que, gracias a ellos, usted no cometió el delito de talar el Bosque de la Plaza Vieja. Espero que aprendiese la lección: no sobran árboles.

Le espera una legislatura movida y tiene un trabajo hercúleo por delante para cuidar los espacios naturales; vigilar los megaproyectos de energías renovables que están destrozando ecosistemas y perjudicando los pequeños pueblos rurales; la prevención de los incendios forestales; las macrogranjas; la gestión de los residuos; las construcciones de urbanizaciones en el litoral; la defensa de este frente a la subida del mar; las salinas del Cabo de Gata; las posibles riadas que se nos vienen encima tras el verano y adaptarnos con garantías a la emergencia climática, por citar algunos.

Mucha suerte, Don Ramón. De su gestión depende lo más importante que tenemos, lo que nos sustenta y protege. Para despedirme, me gustaría susurrarle dos palabras: "memento mori".

MOI PALMERO

1 de agosto de 2022

  • 1.8.22
Juan Pablo II y Benedicto XVI eran muy amigos. Durante décadas compartieron complicidades y ambiciones. Ambos querían ser papas, y lo consiguieron. Ambos detestaban la ideología marxista y cualquier emblema que oliera a justicia social, y la persiguieron como si se tratara de una peste. Ambos se sintieron siempre muy cerca del cielo. Y tal vez por esa misma razón no supieron o no quisieron ver por qué la miseria humana pone sus huevos en cualquier escondrijo o en cualquier palacio.


El primero se atrevió a decir que el limbo no existe, y su sucesor, no queriendo ser menos original, proclamó que el purgatorio no es un lugar físico. Vamos, como si todos los lugares ideados por el Vaticano fuesen menos físicos que el limbo o el purgatorio.

En fin, muerto el papa polaco, que reinó para romper el telón de acero, para dinamitar el muro de Berlín, para hacer añicos cualquier revolución, a Benedicto XVI le sobró tiempo para promulgar el decreto de beatificación de Wojtyla.

Curiosamente, este proceso de beatificación comenzó pocas semanas después de su muerte, cuando Benedicto XVI derogó las normas canónicas que obligaban a esperar cinco años desde el momento de la muerte para abrir una causa de canonización.

Esta decisión no ha pasado inadvertida en los medios de comunicación. Al parecer el argumento para esta beatificación no resulta demasiado consistente, pues el ya fallecido solo cuenta con un milagro en su haber. Con ese currículum y en la crisis en que andamos metidos, nunca obtendría una plaza de contratado doctor en la universidad española.

Se ve, claro, que las cosas del cielo se rigen por normas más volubles. El milagro aludido consiste, al parecer, en la curación de la monja Marie Simon Pierre, que padecía desde 2001 la enfermedad de Parkinson, mal que también sufrió Juan Pablo II. La religiosa superó todos los síntomas dos meses después de la muerte del Papa, y según los médicos del Vaticano lo hizo de forma “inexplicable”.

Hasta ahí, valga. Pero se ve que en el Vaticano a uno no le tienen en cuenta los descuidos o los encubrimientos. Por ejemplo, cuesta creer que el papa polaco y sus más íntimos asesores no tuviera conocimiento de los crímenes y de las tropelías cometidos por Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, de quien hoy se sabe con pormenores necesarios su perfil de pederasta y corruptor.

Tradicionalmente, la Iglesia católica ha encubierto a los pederastas. Son tantos los casos documentados y los testimonios hechos públicos en los últimos años, que me niego a entrar en detalles escabrosos. El sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal se ha hecho una pregunta que otros muchos cristianos también se han formulado: “¿Cómo va a ser declarado santo el que protegió a Maciel y su orden los Legionarios de Cristo?”.

Hay otro aspecto a destacar en contra el papa fallecido. En 2007, Wojtyla beatificó a 498 mártires de la Guerra Civil. La Iglesia puso esmero en explicar que esta beatificación se justificaba no porque fueran víctimas de la Guerra Civil, sino porque murieron como mártires de la persecución religiosa.

No dijo entonces la Iglesia que muchos de sus mártires fueron delatores en este conflicto bélico y que muchas personas inocentes murieron como consecuencia de su fiebre religiosa. El papel de algunos de estos delatores en la guerra y en la posguerra está suficientemente documentado como airearlo una vez más.

Por cierto, algunos de estos mártires, o una buena parte de ellos, fueron desenterrados de cunetas y cementerios y enterrados con sus familiares o en edificios religiosos. Es curioso también que el papa no se acordara entonces de algún cristiano del bando republicano para alzarlo a los cielos. Se ve que hay sitios reservados solo para algunos.

Juan Pablo II hizo tantos beatos y santos como todos sus precedentes juntos. Suprimió en los procesos de beatificación la figura del abogado del diablo, que era la figura que imponía rigor en las causas y revisaba con lupa las virtudes y los defectos de los aspirantes a ser ciudadanos escogidos del cielo.

Y es curioso. Hace más de mil años que un papa no beatifica a su antecesor en el cargo. Pero, claro, por un amigo, lo que haga falta, es lo que se dirá Josep Ratzinger para sus adentros. Un enchufe allá arriba no lo tiene cualquiera. Y si no, que se lo pregunten a los fallecidos de la Guerra Civil que todavía habitan algunas cunetas que las nuevas autovías cualquier día se llevarán por delante. Hoy en día, todo nos parece normal, porque sencillamente no alcanzamos a comprender cuándo detectamos un milagro encubierto.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 17 de enero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: J.P. BELLIDO

31 de julio de 2022

  • 31.7.22
Hubo un tiempo en el que los hombres creían que el sol era un dios que dirigía los destinos de los seres humanos, por lo que se le veneraba en distintas culturas como la egipcia (Ra), la griega (Helios), la sumeria (Utu), la inca (Inti)… Esto es lógico si tenemos en cuenta que, en aquellas épocas, se miraba al cielo, entre el asombro y el espanto, como la fuente que dirigía el rumbo de los mortales que poblaban la Tierra.


El cielo y la tierra. Esta era la dicotomía o dualismo en el que se desenvolvían las distintas religiones que intentaban explicar el origen del mundo a partir de sus conocimientos y deseos. En el Antiguo Testamento, libro sagrado de las tres grandes religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e islam) no se habla del sol, sino que en el Génesis (cap. 1: 14, 15) aparece: “Dios dijo: Haya lumbreras en el firmamento que separen el día de la noche, sirvan de signos para distinguir las estaciones, los días y los años, y luzcan en el firmamento para iluminar la tierra”.

Han transcurrido milenios desde que ese párrafo fuera escrito. No obstante, hay gente que sigue pensando en ese dualismo –cielo y tierra–, sin imaginar, tal como nos indica la ciencia, que el sol no es más que una estrella dentro de los miles de millones que existen en nuestra galaxia, la Vía Láctea, y que ésta a su vez es una galaxia más entre los billones de galaxias que pueblan un universo en expansión.

Desde este pensamiento de base científica, nuestro planeta queda reducido a una mota de polvo si contemplamos las asombrosas imágenes que recientemente nos ha proporcionado el telescopio James Webb de un cúmulo de galaxias, algunas de ellas nada menos que a 13.000 millones de años-luz de distancia.

Para que nos hagamos una idea de esa distancia, podemos sacar la calculadora e ir multiplicando por los 300.000 kilómetros que recorre la luz en cada segundo (multiplicando, a su vez, por los segundos que contiene un año). Vivimos, pues, en un espacio infinito que nos hace sentir insignificantes cada vez que pensamos en ello.

Sin embargo, cuando somos pequeños, imaginamos la naturaleza a partir de ese dualismo (cielo y tierra) dado que la experiencia directa de nuestros sentidos nos indica que vivimos y nos movemos sobre un suelo sólido del que no llegamos a conocer sus límites; que por encima de él está el aire; y, más allá, el cielo en el que se encuentran el sol, la luna y las estrellas que aparecen por la noche (es decir, las luminarias de las que se habla en el Génesis).

Este pensamiento primigenio arraiga con fuerza en el fondo de la mente, de modo que subyace en una parte significativa de la población como la forma, supuestamente real, del universo. Todo ello a pesar de las numerosas imágenes fotográficas o de los documentales emitidos en distintos medios en los que se explican los fundamentos del universo.

Cielo y tierra, presididos por el omnipresente sol. El mismo sol que por estas fechas nos achicharra. Y lo más curioso, tal como he observado en los dibujos de los niños cuando representan a la familia, es que muchos de ellos lo incluyen en la escena que han trazado como si formara parte del grupo familiar.


Como he apuntado, los niños no se suelen olvidar del sol cuando se les pide que dibujen a sus familias. Sin embargo, todos nosotros nos hemos acordado de él y de modo continuo en estas fechas de verano por el calor abrasador que nos llega (aunque de esto último, los humanos somos responsables por las alteraciones climáticas que estamos provocando).

Para que entendamos que esta estrella puede expresarse gráficamente de manera abrumadora, he acudido al dibujo de Teresa, una niña de cuatro años, para la portada del artículo. Es un enorme sol animista, es decir, que piensa y siente como las personas, por lo que le traza los ojos, la nariz (con un círculo similar al de los ojos) y la boca.

Ese sol infantil también puede aparecer en una de las esquinas superiores de la lámina, tal como lo hace Álvaro, que tiene un año más, es decir, cinco. En el dibujo aparecen el pequeño autor, junto a sus padres y su hermano, esperando a que el semáforo se ponga en verde para cruzar en el paso de peatones. Y, mientras tanto, muestra un sol asombrado al contemplar la escena familiar.


Se puede estar tentado a creer que esos rasgos animistas corresponden a las edades más tempranas y que, posteriormente, desaparecen. Sin embargo, siguen apareciendo a lo largo de Primaria, aunque, como veremos, con ciertas modificaciones. Así, el sol estará contento y sonriente si la familia es feliz, tal como se puede ver en el dibujo de Raquel, de ocho años, como si participara de las emociones que la niña manifiesta en su familia.

Sobre esta cuestión, les suelo preguntar a mis alumnos acerca de las razones por las que ellos creen que los escolares representan el sol mayoritariamente de forma animista. Me suelen responder que se debe a que lo han visto en los cuentos o en las películas de dibujos animados. Les explico que es a la inversa: en los cuentos y en los dibujos animados se les hace hablar a los animales que los protagonizan porque tenemos un pensamiento animista muy acentuado en las primeras edades. De igual modo sucede con los dibujos del sol, la luna y otros elementos de la naturaleza.


Bien es cierto que, a medida que se crece, las representaciones del sol se cargan de humor, por lo que se le hace partícipe de las escenas bromistas que los niños pueden plasmar, tal como acabamos de ver en el dibujo precedente.

Es lo que hace Javi, un chico de 11 años, que dibujó a su familia en el campo y, en tono de broma, se muestra montado en una bici persiguiendo a su padre que pide socorro, al tiempo que le indica que pare. Su ‘hermana mediana’, tal como el mismo escribe, se asusta porque ha visto una cucaracha. En este caso, el autor dibuja un enorme sol en el cielo, que, con gafas oscuras, se ríe de la familia que contempla en la tierra.


El sentido del humor aumenta a medida que uno va creciendo. Bien es cierto que ese clima de alegre optimismo debe existir dentro del seno de la familia, pues si no fuera así, difícilmente los autores de los dibujos realizarían escenas de esta índole.

Sirve de ejemplo el dibujo que realizó María Jesús, de 12 años, en la que se representa con su perro ‘Yaco’ que se le va escapando, al tiempo que su hermana mayor y su ‘cuñao’ los observan. Arriba muestra un sol animista, con cara de fastidio, como si dijera “menuda familia la que tengo debajo de mí”.


Cierro este recorrido por las representaciones del sol en los dibujos de los escolares con este tan singular de Javier, de 9 años, en el que se ha representado con su hermano pequeño y su madre portando los tres la camiseta del Barcelona y todos con un balón. También aparece su padre, vestido de verde, ya que es el portero, con otro balón.

Lo más sorprendente es que ha trazado a un sol sonriente con cuatro ojos: tres juntos de tamaño grande y otro por encima más pequeño. ¿Qué ha querido decir este niño con este sol tan singular? Lo cierto es que no podemos saberlo, pues Javier tiene síndrome de Asperger, déficit enmarcado dentro de los trastornos del espectro autista, por lo que no puede dar razones de algo tan singular como el que acabamos de ver.

AURELIANO SÁINZ

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