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27 de noviembre de 2022

  • 27.11.22
Cada vez somos más conscientes de que conocer el mundo de las emociones es de vital importancia para nuestras vidas. Paso a paso se tiende a pensar que no solamente es la razón la que preside o debe presidir nuestras existencias, ya que los sentimientos nos acompañan desde que nacemos, por lo que son inseparables de las formas de razonamiento.


Relacionado con lo anterior, debo apuntar que a lo largo de muchos artículos he ido explicando el desarrollo emocional de niños y adolescentes a través de los dibujos de la familia realizados en las aulas de Educación Infantil y Primaria. Pero no solamente deben ser en las primeras edades cuando se estudien los sentimientos a partir de las representaciones de las familias y los miembros que las componen; también quienes van a ser futuros docentes conviene que conozcan el complejo mundo de las emociones para que puedan entenderse a sí mismos y a los escolares con los que trabajarán en el futuro.

Las emociones pueden ser estudiadas desde el punto de vista conceptual, es decir, tratando de conocerlas en los seres humanos, en los que habitan tanto las positivas (amor, alegría, confianza, sinceridad, autoestima, etc.) como las negativas (miedo, tristeza, culpa, ira, vergüenza, celos, envidia, rencor, etc.).

Bien es cierto que en algunos casos esta separación no es tan nítida, pues algunas de las denominadas negativas, caso, por ejemplo, del miedo, sirven para la supervivencia del individuo. También hay otras que son ambivalentes, es decir, que pueden cumplir una función positiva o negativa, dependiendo del motivo o estímulo que las hace emerger.

Por otro lado, hemos de tener en cuenta que el rostro es la parte del cuerpo que las expresa con mayor nitidez, pues, tal como nos dice Carlos Castilla del Pino en su libro Conductas y actitudes, “la cara es la parte del cuerpo especializada en la expresión. (…) El lenguaje extraverbal está al servicio de la comunicación de nuestras emociones. (…) La lectura del rostro es fundamental para comunicarnos, para saber a qué atenernos respecto del otro".

Una vez que comprendemos el valor comunicativo del rostro, y con el fin de formar a quienes van a ser docentes, un grupo de profesores de la Facultad hemos llevado a lo largo de varios cursos un trabajo práctico que, basándonos en la experiencia Dibuja tu media cara, les planteábamos un trabajo similar a los alumnos y alumnas para que comprendieran la complejidad de las emociones.

Así pues, les indicábamos que se fotografiaran con la intención de que expresaran alguna de las emociones que habíamos analizado en clase. Realizada la fotografía, deberían hacer una fotocopia en blanco y negro en tamaño A4, para que, una vez dividida por la mitad, la pegaran a una hoja blanca y dibujaran la otra parte, con las técnicas que quisieran. He de apuntar que, además de avanzar en las técnicas gráficas, todos disfrutaban con la reconstrucción de sus rostros, que, en algunos de los trabajos, recordaban a los cómics.


Hubo que insistirles que esta actividad no era un tipo de selfi en el que se pretende quedar muy bien, sino que se buscaba la capacidad de expresar las diversas emociones del rostro, por lo que había que alejarse de algo tan habitual como son esas imágenes ideales que tanto abundan en las redes sociales. Por otro lado, se pudo comprobar que las emociones negativas son más fáciles de expresar con el rostro. De todos modos, en esta primera parte, comentaré algunas de las positivas, o cercanas a ellas, como son las dos que acabamos de ver y que manifiestan la alegría como una emoción básica del ser humano, aunque en el segundo caso la alegría se une a la sorpresa.


Todos sabemos, desde que somos pequeños, que la risa y la sonrisa son los gestos más habituales para manifestar la alegría. De igual modo, sirven para expresar la felicidad, que sería como un estado de bienestar estable, que tanto cuesta lograr, y que se suele revelar a través de la sonrisa y la serenidad del rostro. Es, a fin de cuentas, lo que han pretendido el alumno y la alumna de los dos trabajos precedentes.


En la actualidad, los emoticonos se han extendido y popularizado dentro de los mensajes digitales, ya que las palabras presentan limitaciones en el campo de las comunicaciones emocionales. Así, para indicar el amor se acude a emoticonos en los que aparecen corazones; sin embargo, en los dibujos libres se logra mayor expresividad. Por ejemplo, en el primero de los anteriores rostros la alumna deseaba manifestar el ‘enamoramiento’, por lo que acude a la mirada vuelta hacia arriba, junto con una leve sonrisa. Su compañera, en cambio, apuntó a la idea de paz y de sosiego interior, por lo que se muestra con los ojos cerrados (emociones algo complicadas de expresar a través de un emoticono).


Una emoción ambivalente es la duda, pues puede tener efectos contrapuestos, según el tema del que se trate y de la persona afectada. Si, por ejemplo, esperamos la confirmación de una buena noticia, pero no sabemos cuándo la recibimos, esa incertidumbre se vive con cierto nivel de inquieta alegría. Es lo que manifiestan las dos alumnas precedentes, de modo que sus miradas no son frontales, sino que los ojos se desplazan hacia los lados para dibujar esta emoción. Sin embargo, hay otras dudas que acaban agobiándonos, en función de la relevancia del tema que nos provoca incertidumbre.


De modo similar a la duda, otra emoción ambivalente es el asombro, ya que puede tener un sentido positivo o favorable, o negativo en el sujeto que se siente invadido por esta emoción. Así, la alumna que aparece en la portada de este artículo muestra un rostro en el que los ojos se abren mucho ante lo que se encuentra contemplando (aunque, por la forma de realizar el rostro y el esbozo de una cierta sonrisa podemos entender que es algo favorable). Otro modo de manifestar el asombro se logra a través de un rostro con una boca bien abierta, tal como lo expresan el alumno y la alumna precedentes.

Para cerrar esta primera entrega sobre el dibujo de las emociones, quisiera agradecer a los estudiantes que participaron en esta experiencia, por el entusiasmo con la que la acogieron y que tan buenos resultados se lograron.

AURELIANO SÁINZ

26 de noviembre de 2022

  • 26.11.22

Entre idas y venidas se me iba consumiendo la tarde. Compraba un bocadillo en la charcutería Hermanos Díaz, situada una manzana más abajo, a la vuelta de la calle donde estaba mi oficina, cuando recibí la llamada del profesor Segura.

–Comunicaba usted.

–Suele sucederme. Dígame –tenía hambre y estaba de malhumor.

–Pues verá… He copiado el texto para leerlo de seguido… He de decir que me ha gustado. Mucho… Pero me temo que esto a usted le resulta indiferente, ¿no?

–Pues…

–Veamos… es solo una impresión, ¿eh?, a vuela pluma, el tema es complejo. Hay, es notorio, un grito. De angustia. ¿Recuerda el archifamosísimo cuadro del noruego Munch? –lo recordaba porque algún grito reprimido, de impaciencia, se colaba entre las sartas de embutidos y bandejas con chacinas–. ¿Su vano intento de diseccionar el alma, etcétera? Bien. Lo menciono por el tema de la angustia. Aquí, el grito se desarrolla… Hablo de primera impresión, sin los necesarios matices. Su expresión queda implícita en el contexto. La confecciona el sujeto en tanto ha comenzado a gritar. Y lo peor, para él, claro, descubre el origen del grito mientras grita. Así pues, resultado irremediable, no cabe otro: queda el ser vertido en grito, entra en él y solo se circunscribe a la situación que se describe; el sujeto que lo padece narra en tanto desaparece. Una tragedia, intensa, auténtica, breve. Su desarrollo: un momento, el gorgoteo del ahogado, el frote de los pasos que conducen a lo invisible, oscura materia que sorbe la energía, liberada por conducto de un reflejo. Digo grito porque, en improvisada lectura, la expresión…

–Profesor… –la hermana Díaz me entregaba las vueltas en plena discusión con el hermano Díaz–, lo llamaré después. Le informaré de un fenómeno extraño, creo que se refiere a esto que me cuenta.

–¡Ah…! Pero, oiga, ¿se pelea usted con alguien? –se escandalizó.

–No, lo que oye son expresiones de cariño entre hermanos. Pero, dígame, ¿usted imprime sus fotografías?

–No. Las mando imprimir –replicó desconcertado.

–¿Para esta fotografía… –esquivé un carrito para la compra y a la ancianita que lo guiaba– se ha utilizado el mismo papel que en las otras?

–Eh… sí, papel baritado, grueso, sin blanqueador óptico.

Aquello me sonaba a chino.

–¿Y le queda alguna copia de esta fotografía?

–Naturalmente. Al menos dos, en mi archivo.

–¿Podría enviarme una, de inmediato, por correo urgente?

–Pues… sí, por supuesto. ¿Qué ocurre?

–¿La luz puede imprimir una imagen en ese papel?

–Es papel fotográfico para impresora. Preparado para fijar gotas de tinta. Naturalmente, no voy a explicarle todo el proceso.

–¿Está usted muy ocupado?

Mi pregunta le extrañó

–Digamos… que bastante, sí –se previno.

–Pues se me está ocurriendo que si le viene bien y trae usted mismo esa foto, contemplará un fenómeno muy interesante.

–Aunque de natural curioso, no soy amigo de fenómenos. ¿Cuál?

–Tiene que verlo con sus propios ojos. Además –añadí el aliciente–, tendría la oportunidad de dedicarle el tiempo que necesite al cuaderno del señor Castilla, sin intermediarios.

–Me intriga usted, no digo otra cosa. Un fenómeno que justifique cuatrocientos kilómetros, ochocientos ida y vuelta. Más el cuaderno…

Las académicas impresiones, en el fondo terribles, del profesor, el ajetreo del día, más la deshora, me quitaron las ganas de hincarle el diente al bocata. Pero deshice el paquetito y me obligué a masticar con los codos apoyados en el escritorio. En el patio la luz era un rescoldo que se apagaba. Lo más sensato era dar por concluido mi trabajo. Salvo que me enviaran a Antananarivo y allí continuara la búsqueda de Castilla, un hombre indocumentado y por tanto clandestino –una probabilidad tan remota como idiota–, mi pesquisa había terminado. Solo me quedaba redactar el informe, adjuntar la nota de gastos y…

Estriduló mi teléfono; así me lo pareció, por importuno y desagradable.

–La orden de búsqueda está en marcha. Alguien, desde arriba, empuja –me informó Longui.

–Creo que será inútil –le transmití mi pesimismo–. Castilla ha desaparecido, definitivamente.

–Eres muy rotundo. ¿Tan lejos te ha llevado la investigación?

–Es extraño; todos los caminos conducen a su casa, ninguno a la inversa. Su documentación está allí; el pasaporte está caducado; los pantalones cuelgan de una silla en el dormitorio, los mueves y suena la calderilla en los bolsillos. Y parece que se tomaba un café cuando sucedió lo que sucediera. Resulta evidente que Castilla no está en su casa; pero afirmaría que no salió de ella, si de algún modo fuera posible separar cuerpo y presencia. Porque hay, o lo noto, es una sensación… inquietante, en el reposo de los muebles y de todas sus pertenencias, algo de animal doméstico que aguarda la caricia interrumpida sin aviso en un instante concreto…

–¡Te has guillado! –se burló Longui–. Esto suena a desaparición voluntaria. Se rompen las relaciones, cualquier vínculo con el pasado, para comenzar otra vida allá donde se pueda o venga bien. Una pretensión descabellada y, por desgracia, frecuente. Al año se dan miles de casos, la gran mayoría voluntarios, y casi todos se resuelven.

Puede que, influido por la lectura de unos cuanto folios, la razón me hubiera descabalgado y Longui la tuviera por completo; pero estaba convencido de que Castilla no se había ido lejos.

–He visitado a unos cuantos vecinos –justificaba mi teoría– y tengo esa impresión de que su preocupación es llegar a fin de mes sin averías. Además, la mayoría de ellos es gente mayor. No creo que haya tenido un tropiezo con alguno. De todos modos, te voy a pasar una lista con sus nombres para que le eches un vistazo.

–Guárdatela, va de suyo. ¿Y no has encontrado un pasaporte nuevo?

–Ni por asomo.

– Pues lo renovó el año pasado, en noviembre.

–¡Ah!

– No sabemos si lo ha utilizado.

–Eres muy amable.

–A mandar, zoquete. Y guarda la imaginación para asuntos agradables.

Zoquete

Comencé a teclear ante la pantalla del ordenador.

HG MANUEL

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25 de noviembre de 2022

  • 25.11.22
Los profesores y los alumnos que se sorprenden cuando escuchan que el objetivo común y último de todos los niveles y de todos los ámbitos de la enseñanza es la lectura, probablemente, no advierten que leer es una destreza compleja en la que intervienen diversos mecanismos y múltiples factores.


Leer palabras no es solo deletrear grafemas sino, también, profundizar en los sucesos, adentrarse en uno mismo y, al mismo tiempo, acercarse a los otros; es escuchar y hablar; es ser otro sin dejar de ser uno mismo.

Adelanto mi pronóstico sobre la favorable acogida que obtendrá Marcel Proust (Barcelona, Paidós, 2022), obra de Roland Barthes que, a mi juicio, es oportuna, sorprendente y valiosa: aventuro mi opinión de que su lectura resultará sugerente y estimulante a los escritores profesionales y a los críticos aficionados, a los profesores y a los alumnos de teoría, de crítica o de historia de la literatura, y tengo la impresión de que, de manera especial, proporcionará ideas novedosas a los que ya conozcan por separado las obras del novelista Marcel Proust o del teórico y crítico Roland Barthes. Quizás la conclusión más importante sea que los dos son, más y antes que escritores, unos lectores cualificados de libros y, sobre todo, de la vida.

Estoy convencido, sin embargo, de que a quienes más aprovechará este libro será a aquellos lectores que sienten la vocación de escribir, pero que, como le ocurrió a Marcel Proust, experimentan durante largo tiempo la impotencia hasta que, finalmente, cuando temen que no dispondrán de tiempo para terminar sus obras, decidan entregarse plenamente a la escritura. La afirmación de Barthes es categórica: “El libro de Marcel Proust es la historia –no de una vida– sino de una escritura”

A los críticos les interesará la precisión con la que Barthes distingue las vidas del autor, del narrador y del personaje, su manera detallada de advertir las coincidencias y las diferencias, y, sobre todo, su crítica del uso que solemos hacer de las biografías.

En contra de los historiadores que afirman que la vida de un autor informa de su obra, Barthes defiende y demuestra que es la obra la que explica la vida: “la vida de Proust nos obliga a invertir este prejuicio: no encontramos la vida de Proust en su obra, sino que encontramos su obra en la vida de Proust”.

A partir de esta constatación Barthes concluye que el mundo no nos ofrece las claves para interpretar las obras literarias, sino que es todo lo contrario: son éstas las que nos abren el mundo para nosotros e, incluso, para identificar algunos sentidos de nuestras vidas porque, por ejemplo, “la verdad de Proust no viene de una copia genial de la `realidad´ sino de una reflexión filosófica sobre las esencias y sobre el arte”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

24 de noviembre de 2022

  • 24.11.22
Resulta paradójico que este Gobierno, tan versado en las teorías marxistas, haya caído en el error de mercantilizar las leyes. Tanto que reivindican su valor social, las ha convertido en mercancías con un precio y con un plan de mercadotecnia asociado.


No es una cuestión jurídica, sino de valores ciudadanos. Concebir la política como un juego tiene como consecuencia que el fin justifique los medios. Sin embargo, puede ocurrir que el juego te estalle en la cara donde y cuando menos te lo esperes. Y eso es lo que nos lleva pasando desde hace tiempo.

La polémica cuestión del ‘solo sí es sí’ es la punta del iceberg. Es lo que se ve porque es lo más humano, lo que más duele y lo más contradictorio. Sin embargo, ha habido otras novedades legislativas que han sido perjudiciales y que no tienen la misma visibilidad.

Frente a la ridícula sacralidad que el Ejecutivo de Mariano Rajoy mostró ante las leyes, nos encontramos ante un Gobierno que las desprecia. Y no por su contenido, lo que es muy legítimo, sino como instrumentos en sí. Con rango de ley o no, una norma es un instrumento que emana de la voluntad popular y que afecta a la vida de las personas, sea buena o mala. Por tanto, no es cosa con la que se pueda mercadear el Poder Ejecutivo, que ya no entiende de separación de poderes.

Elaborar, modificar o abolir una norma requiere de un estudio serio y sereno, que bajo ningún concepto puede estar sometido a la ley de la oferta y la demanda. La política siempre ha sido un circo pero, al menos, se había respetado el valor de las leyes.

Hemos tenido partidos políticos sentenciados por corrupción y, de hecho, en Andalucía tenemos a dos presidentes autonómicos sentenciados. Sin embargo, jamás nadie se ha enorgullecido de saltarse la ley o de despreciarla. Y eso está ocurriendo en este momento.

Ya no existe respeto ni por las normas, ni por los legisladores, ni por los juristas, ni por los jueces que deben aplicarlas. Si no hay respeto por las leyes –cuyo contenido puede y debe ser siempre objeto de debate–, ¿qué instrumentos para el progreso social nos quedan? Porque con Twitter no se progresa, y la calle es de todos, piense igual que el amado líder o no.

Jamás he visto tanta publicidad institucional, tanta propaganda, ni tanta comunicación cortoplacista. Cara nos está saliendo la imagen de este Ejecutivo. Todo tiene un precio en este mercado que se han montado en el templo de la Carrera de San Jerónimo y no creo en los mesías que prometen su expulsión.

Si todo vale, si la ley es una mercancía con un precio, y solo respetamos a unos pocos, la democracia se nos va a pique. Y ojo: cuidado con los mesías, que están al acecho.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO

23 de noviembre de 2022

  • 23.11.22
Terminábamos el artículo anterior subrayando la importancia de las condiciones sociohistóricas en la visión singularizada de los colores. Pero, evidentemente, esos aprendizajes culturales se sobreponen a las características fisiológicas de la visión humana. Sin conocer sus peculiaridades, difícilmente podremos comprender las múltiples confusiones y ambigüedades que se producen al manejar colores o al hablar de ellos.


Los colores que vemos no son una propiedad de los objetos: el color es un atributo de nuestra experiencia visual. La hierba no es verde, el cielo no es azul y la sangre no es roja. Simplemente, los vemos con esos colores. Es nuestro cerebro el que genera los colores que creemos ver en las cosas.

Por supuesto que los distintos tonos y matices de color dependen de las propiedades físicas de los objetos y de cómo reaccionan ante la luz que en ellos se refleja, pero son nuestros ojos y cerebros los que construyen la sinfonía de colores en la que vivimos sumergidos.

De hecho, otros animales ven esos mismos objetos en otras gamas de colores distintas o no ven color en absoluto. Sus diferentes modos de ver se han ajustado a sus necesidades vitales como resultado de un largo proceso evolutivo.

Las abejas y los ofidios, por ejemplo, son capaces de captar visualmente ondas electromagnéticas a las que son insensibles los seres humanos; las abejas pueden ver radiaciones ultravioletas imperceptibles para nuestros ojos, mientras que otros organismos 'ven' las radiaciones infrarrojas que nosotros percibimos como calor. Las criaturas del arrecife emiten fluorescencias que utilizan para comunicarse. Y así, un largo etcétera.


Un ejemplo extremo lo tenemos en una especie de camarón (Rimicaris exoculata) que vive en el fondo del mar, cerca de corrientes hidrotermales, a muy alta temperatura. Posee en su superficie dorsal unos grandes órganos con fotorreceptores adaptados para detectar niveles bajos de energía radiada por los fluidos hidrotermales, en una longitud de onda totalmente fuera de nuestro campo visual. Queda claro, pues, que no hay una única forma de ver el mundo y sus colores, sino que cada especie 've' un mundo diferente acorde con su propia evolución filogenética.

En cuanto a la visión humana, puede ser interesante hacer algunas precisiones. Así, la máxima sensibilidad del ojo humano se produce para una longitud de onda de 550 nanómetros (nm), que corresponde al verde-amarillo, color que vemos más luminoso (brillante) que los demás. Desde esa longitud de onda central, los colores aparecen menos luminosos, a igual intensidad de la luz, según se van aproximando a los extremos rojo y violeta.


Como podemos observar en la imagen, los colores del espectro no incluyen toda la gama de colores que podemos percibir. No hay marrones, ni magentas, ya que estos colores no forman parte del espectro de la luz solar. Los magentas se obtienen combinando las radiaciones luminosas de los dos extremos (rojas y violetas) y variando la proporción relativa de ambas, se obtiene una gama completa de púrpuras.

#Los nombres de los colores definen distintas áreas del espectro visible y corresponden a una longitud de onda dominante en esa área. Aunque ya vimos en los dos artículos anteriores que en la práctica del uso de los nombres de los colores dista de ser algo totalmente preciso, tal y como puede comprobarse en la imagen junto a estas líneas.

En 1969 se comprobó por primera vez y de manera experimental que en la retina humana hay tres tipos de fotorreceptores (conos) con pigmentos (opsinas) sensibles a diferentes colores (longitudes de onda). Para tener una visión del color como la que poseemos, necesitamos tres tipos –y solo tres– de conos. Los distintos colores que percibimos son la consecuencia de la estimulación luminosa desigual de los tres tipos de conos.

Se suele denominar estos tres tipos de conos como azules, verdes y rojos. Pero esta denominación es un tanto engañosa ya que, en realidad, los picos de sensibilidad de estos tres tipos de conos se dan para longitudes de onda aproximadamente de 437, 533 y 564 nanómetros.


Como podemos comprobar en la imagen inmediatamente anterior, los conos “verdes” sí que tienen su máxima sensibilidad al verde, pero los conos “azules” la tienen al violeta, y los “rojos”, al amarillo-verde, aunque extendiendo su capacidad de respuesta hasta el rojo por un lado y hasta el cian por el otro.

Así que teniendo en cuenta únicamente las características de los fotorreceptores presentes en nuestras retinas, los colores primarios no serían azul, verde y rojo, sino que deberían ser violeta, verde y amarillo-verdoso. Pero difícilmente encaja esto con la idea de colores primarios puros a partir de los que generar el resto de colores. No obstante, sobre el tema de los colores primarios escribiremos más detenidamente en otro artículo.

JES JIMÉNEZ SEGURA

22 de noviembre de 2022

  • 22.11.22
Cuando la política, la justicia, los medios de comunicación y la economía pisotean, caricaturizan y someten a quien defiende el sentido común, las evidencias y el clamor popular, pienso que no tenemos solución, que la estupidez es inherente al ser humano.


Beneficiar a violadores o maltratadores que han abusado en algunos casos de niñas, por posicionarse electoralmente atacando a la ministra de Igualdad, me parece ruin, mezquino y deplorable. Hay temas con los que no se debería jugar y la violencia hacia las mujeres es uno de ellos.

Que la interpretación de algunos jueces para aplicar la nueva ley es una maniobra política, algo que debería avergonzarnos y que, por desgracia, ya no nos sorprende, lo evidencia que el escándalo ha saltado la semana en que se celebra el 25N, con el objetivo de hacer arder las calles, de enfrentarnos a unos contra otros, de boicotear las mareas moradas, de simplificar las eternas y justas reivindicaciones.

Este año no hablaremos de patriarcado, de techos de cristal, de diferencias salariales, de discriminación social, de falta de equidad, de igualdad y libertad para elegir tu futuro, para vivir con dignidad, para defender los derechos humanos...

En esta ocasión nos escandalizaremos, pediremos el boicot a las artistas en el Mundial de fútbol, por la situación, entre otras cosas, de sometimiento que viven las mujeres en Catar, mientras dejamos indefensas y humilladas a las víctimas de violencia de género por rascar unas décimas en las encuestas electorales.

A la vez que lapidamos a Irene Montero por defender una ley que protege a las mujeres, y que solo la malintencionada e interesada interpretación de algunos jueces le ha intentado quitar el valor que tiene. O también nos dedicaremos a desvirtuar y ningunear los argumentos que enarbolan las mujeres.

No, no nos podemos comparar con Catar: aquí la ley defiende a la mujer, tiene los mismos derechos, deberes y oportunidades que los hombres, aunque solo sea sobre el papel; aunque las mujeres se sientan igual de indefensas y humilladas en la realidad; aunque algunos hombres sigan arrancándole las plumas de sus alas al nacer para impedirles volar, como sucedió en la isla de los cormoranes.

Perdonen que utilice una leyenda sin ningún rigor científico para explicar lo que creo que está pasando, pero, viendo el nivel de nuestros políticos, pienso que hay que ponérselo fácil. Quizás más que leyes, deberíamos contarles cuentos.

Cuentan que los cormoranes, machos y hembras, volaban y pescaban juntos. Disfrutaban tanto que olvidaban proteger sus nidos y muchos pollos morían de hambre. Ante esta situación, comenzaron a discutir cómo solucionarlo. Ellas querían repartir el trabajo; ellos, presumiendo de su fuerza y velocidad, defendían que habían nacido para pescar, no para cuidar los nidos.

Como no se ponían de acuerdo, una noche decidieron arrancarles una pequeña plumita de sus alas y, con ese sencillo gesto, consiguieron acortarlas e impedir que pudiesen competir con ellos. Gesto que repetían con todas las hembras que nacían, con lo que, con el paso de las generaciones, se convirtió en costumbre, en rutina, y arraigó la idea de que era una cuestión de leyes naturales.

Pero ocurrió que una joven cormorán quiso imitar a sus hermanos y, ante la frustración por no poder seguirlos, encontró la manera de igualarlos. Se dio cuenta de que la longitud de sus alas le permitía bucear a más profundidad, ya que podían moverlas a mayor velocidad bajo el agua.

A la vez, de pasar tantas horas al sol, la cera que impermeabilizaba sus plumas fue desapareciendo, por lo que al sumergirse se mojaban, pesaban más y podían llegar donde antes no llegaban. El único inconveniente era que como sus plumas se empapaban, tenían que secarlas al sol abriendo sus alas. Gesto que hacían con orgullo y que a los machos molestaba.

Quiso el tiempo que aquella estrategia de adaptación se impusiese a los largos vuelos, por eso los cormoranes son grandes buceadores, secan sus alas al sol y cuidan machos y hembras de los nidos. Una leyenda para contar a las niñas junto a la chimenea ahora que llega el frío, como las fábulas de Perrault, como los cuentos de Quiroga, como las parábolas de Jesús.

Quizás tengan la debilidad, como las leyes, de que para algunos pocos son interpretables, pero estoy seguro de que la sencillez del mensaje, como la ley del “sí es sí” para la mayoría, la hace comprensible. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

MOI PALMERO

21 de noviembre de 2022

  • 21.11.22
Octavio Ramírez, a sus 62 años, no había logrado vencer el miedo a viajar en vehículos a motor. Nunca pudo entender cómo un avión se podía mantener en el aire sin que la gravedad de la tierra o la inmensidad del cielo engulleran de un solo trago ese artefacto que se atrevía a calificar como un insolente desafío a Dios. Por esa razón, quizás, no entendía la publicidad de algunas agencias de viajes: “Vuelos sin sorpresas”. Por mucho que le explicamos que la frase solo hacía referencia a los gastos de gestión y que los vuelos aéreos eran muy seguros, él consideraba que bastante sorpresa era ya estar vivo a su edad con tanto adelanto tecnológico.


El mar tampoco era su fuerte. No entendía cómo un barco se podía mantener a flote sin volcar, pero aún más respeto le merecía la inmensidad del mar, un espectáculo que siempre admiró desde la seguridad que le proporcionaba la orilla, la playa, el acantilado.

Observar el mar, en calma o embravecido, era una escena que amaba como ninguna otra, pero que, como los toros, prefería ver desde la barrera. Sí sentía un cierto apego por las vías férreas del tren, que le proporcionaban cierta credibilidad que en modo alguno conseguía con el avión o el barco. Pero Octavio amaba los trenes del siglo XIX, aquellos artefactos empujados a trancas y barrancas a base de carbón y no estos trenes de alta velocidad que le delataban el vértigo que sentía con solo verlos desde el horizonte.

De la carretera, mejor ni hablar. Solamente las estadísticas anuales de accidentes mortales le provocaban incontenibles náuseas. Despreciaba su estética, esos modelos aerodinámicos que rompían todo pronóstico cuando alcanzaban la velocidad del rayo, que envenenaban el aire, que abarrotaban las calles de cada ciudad y que invadían los pasos de cebra y las aceras y los parques como si se tratara de un parking propio y colectivo. Esos armatostes que hacían de las ciudades rincones infectados, incómodos y ruidosos.

En el mismo pedestal colocaba vespas, motos y ciclomotores, una copia infundada y posmoderna de la bicicleta, el único vehículo de montar que Octavio Ramírez consideraba a la altura del caballo, del burro o del camello. De hecho, le gustaba llamarlo caballo de ruedas, como el “celerífero”, un antepasado de la bicicleta que inventó el conde francés Mede de Sivrac en 1790, al que también se llama caballo de ruedas. Consistía en un listón de madera, terminado en una cabeza de león, de dragón o de ciervo, y montado sobre dos ruedas.

Para Octavio, la bicicleta, a diferencia de los otros vehículos a motor ya mencionados, era un medio de transporte gratuito y sano, ligero y ecológico. Admiraba de la bicicleta tanto el tamaño como la estética. Sabía que otros antepasados de la bicicleta se remontaban al Antiguo Egipto, aunque solo se trataba de dos ruedas unidas por una barra; a China, aunque con ruedas de bambú; o a la cultura azteca, donde un vehículo con dos ruedas era impulsado por un velamen. Aunque con más precisión, las primeras noticias sobre un primer boceto de la bicicleta datan de 1490 y pueden verse en la obra de Leonardo da Vinci Codex Atlanticus.

Desde muy joven, Octavio Ramírez aprendió a montar en bicicleta. Las coleccionaba plegables e híbridas, de paseo y de montaña, estáticas y de carrera. Su casa era un museo y un homenaje personal a este invento de dos ruedas. Siempre presumió de no haber subido jamás a un vehículo con motor.

A pie o en bicicleta anduvo toda la vida hasta que aquel día crucial el tren de la vida se le puso enfrente. Las noticias decían, mezclando detalles innecesarios y de mal gusto, que el accidente fue una mezcla de imprudencia y mala suerte.

Eran las 15.30 horas cuando el paso a nivel de la barriada periférica de la ciudad donde vivía estaba cerrado. La policía indicó que un tren se aproximaba cuando la barrera estaba bajada, insistía, y además el semáforo estaba en rojo. Un autobús, continuó diciendo el policía, gesticulando e indicando así las dimensiones y la posición del vehículo, estaba detenido tras la barrera, de modo que anulaba la visión de Octavio Ramírez, que, como era preceptivo, viajaba montado en su bicicleta.

Decidió cruzar en aquel momento. Cuando vio el tren, la bicicleta ya volaba por los aires, y él también, pero sin paracaídas, otro invento que no amaba en absoluto, aunque éste, como la bicicleta, no necesitaba motor en sus descensos al paraíso del cual el tren lo había expulsado para siempre.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 16 de mayo de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

20 de noviembre de 2022

  • 20.11.22
Uno de los sentimientos básicos del ser humano es el de la autoestima, muy ligado a otros como el amor (propio), la alegría y la felicidad, que, a fin de cuentas, son indicios de sentirse bien consigo mismo. Por otro lado, debemos entender que la autoestima, además de los sentimientos indicados, se encuentra estrechamente relacionada con dos factores de tipo psicológico: la autoimagen y el autoconcepto, que se irán formando a medida que se crece.


Vemos, pues, que la autoestima aúna los campos afectivos y cognitivos de la persona, de modo que comienza a gestarse en la infancia a partir de elementos emocionales, como resultado de las expresiones de cariño de los padres hacia los hijos, para, posteriormente, y a medida que se adquiere autonomía, ir afianzando la imagen que se tiene de sí mismo, y de la que se supone se recibe de los demás, junto con los valores y cualidades que configuran el mapa del autoconcepto personal.

El fondo complejo de la autoestima proviene de que, ya como adultos, somos conscientes de que formamos parte de una sociedad altamente problemática, en la que tenemos que afrontar numerosos retos en nuestras relaciones cotidianas. En la actualidad, por ejemplo, las nuevas tecnologías, los medios de comunicación y las redes sociales nos sitúan frente a una cultura de la información en la que la rapidez y la instantaneidad han modificado los hábitos y comportamientos de tiempos pretéritos.

Ya no son solo las experiencias y las relaciones interpersonales directas, o las obtenidas a través de lecturas las que conforman el conjunto de nuestros conocimientos. Ahora se amplían, se multiplican y se diversifican por el conjunto de datos virtuales que recibimos de entornos muy alejados del nuestro, por lo que solemos vernos desbordados frente a acontecimientos en los que no podemos actuar, lo que genera cierta impotencia frente a una realidad que nos hace dudar de nosotros mismos.

Sabemos, por otro lado, que, en el proceso de configuración de la personalidad, llega el momento en el que uno tiene que valerse por sí mismo y tomar decisiones relevantes e intransferibles en las que juega un papel crucial la autoestima.

En apoyo a lo indicado, y aludiendo a los orígenes, los psiquiatras franceses Christophe André y François Lelord apuntan a tres factores como los pilares de la autoestima: amor propio, buena autoimagen y confianza en sí mismo. Según los autores citados, “hoy sabemos que el amor a uno mismo depende, en gran medida, del amor que nos prodigó nuestra familia cuando éramos niños y de los alimentos afectivos que nos ofrecieron”.

Llegados a este punto, cabe preguntarse: “¿Cómo podemos conocer los inicios de la autoestima en los niños?”. Desde la perspectiva en la que trabajo, quisiera indicar que el dibujo libre es un instrumento idóneo para indagar en los campos emocionales, por lo que ahora mostraré y comentaré varios dibujos en los que a través de la representación de la familia expresan esa naciente seguridad y confianza hacia sí mismos, que, sin lugar a duda, es, en gran medida, la manifestación de lo que ellos reciben de su entorno familiar.

Por ejemplo, si nos fijamos en el dibujo de la portada, el hecho de que su autora se haya dibujado la primera es una manifestación de confianza en sí misma, ya que se ha seleccionado para comenzar a representar el grupo familiar.


Otra de las manifestaciones de la identidad personal, en el caso de los escolares de Educación Infantil, es el aprendizaje del trazado del propio nombre. Desde que son bebés, han escuchado de sus padres su pronunciación cuando les hablaban; pero el que ellos aprendan a plasmarlo por medio de unos signos llamados letras supone un cierto orgullo personal.

Es lo que manifiesta una niña de 5 años que, al realizar el dibujo de la familia, se sitúa en medio de las figuras materna y paterna, una vez trazada la mesa del comedor. La pequeña, muy contenta, una vez terminado el dibujo de las figuras, escribió el nombre de cada uno de los tres miembros, con la alegría y satisfacción de que ya sabe hacerlos.


Otra manifestación de la autoestima se expresa por medio del tamaño con el que se traza a uno mismo. Esto queda bien reflejado en el trabajo de Adrián, un niño de 5 años que tiene TEA, es decir, Trastorno del Espectro Autista. En su dibujo alcanza un nivel gráfico similar al de otros niños de su edad, de modo que el pequeño se dibuja muy grande, con los brazos hacia arriba, como expresión de júbilo o alegría.

Llama la atención el trazado de dos soles y el hecho de que la figura femenina no represente a su madre, como habitualmente suele suceder, sino a una amiga que tiene en el colegio; pero esto forma parte de ese mundo emocional de niños y niñas con TEA, en el que resulta muy complicado penetrar.


La aceptación de la propia imagen da lugar a que se favorezca la autoestima. Como ejemplo de lo que indico, muestro el dibujo de Paula, una niña que había cumplido los 6 años y que, al pedir en la clase que dibujaran a una familia, me mostró la escena que acabamos de ver.

Dado que la niña es zurda, comenzó representando a su madre en el lado derecho de la lámina y con una larga melena; pasó a dibujarse a sí misma también con un pelo muy largo, incluso superior al de su madre; acabó, en el poco espacio que le quedaba, con la figura paterna. La pequeña autora manifiesta la autoestima y la identidad femeninas por la proximidad a su madre y por el trazado de esas melenas exuberantes.


A medida que se crece, los géneros masculino y femenino comienzan a diferenciarse también por los distintos gustos en los juegos. Como bien sabemos, en el caso de los niños, el fútbol es un juego colectivo con el que tempranamente se identifican.

Es lo que plasma Enrique, de 7 años, que representó a su familia alrededor de su deporte favorito, incluyendo a su hermana que hace de portera. El autor, como señal de autoestima y confianza en sí mismo, se dibuja en el centro de la escena; detrás aparecen su padre y su madre, a los que ha dibujado con un solo brazo, pero esto no es un error, ya que la dificultad del trazado del perfil de las figuras humanas lo conduce a la idea de que los dos brazos van juntos, tapándose el uno al otro en la misma dirección.


La autoestima se puede expresar a partir de la seguridad y el sentimiento de protección que llegan de los padres. De este modo, la autora del dibujo anterior lo manifiesta con bastante nitidez en la escena que ha plasmado. Así, en un plano general cercano al espectador, se representa a sí misma, siendo el centro de atención de la imagen; detrás, traza a su padre y su madre, de menor tamaño, puesto que están algo alejados. Las figuras paterna y materna se muestran, pues, como protectoras de la protagonista de la escena, ofreciéndole afecto y confianza, valores emocionales que recibe de sus progenitores y que son la base de su naciente autoestima.


Para cerrar este breve recorrido por la expresión gráfica de la autoestima, quisiera presentar otro ejemplo de este sentimiento manifestado a través de la cohesión y el cariño familiar. Tal como hemos ido viendo, debemos entender que en estas edades niños y niñas son básicamente receptores de los afectos de los adultos, aunque, lógicamente, ellos tienen también que responder a esas manifestaciones. Es lo que expresa gráficamente la autora del dibujo anterior, una chica de 11 años que ha representado a los miembros de su familia juntos y cogidos de la mano. Por otro lado, ella, que es la última en aparecer, se dibuja con su mascota, un pequeño perro que lo conduce con una correa.

AURELIANO SÁINZ

19 de noviembre de 2022

  • 19.11.22
He escogido al doctor Mario Alonso Puig como mi gurú particular. Y no lo hago bajo ningún sortilegio, sino desde el convencimiento de que el camino que él señala para serenar la mente es el correcto. Lo dice la ciencia y lo sabe aquella parte de mi cabeza que no se dedica a boicotearme.


Debo confesar primero que soy una adicta al estrés, al cortisol y a todas las hormonas que aquel produce. No ha sido fácil darme cuenta de ello. Corría y corría como aquellos pollos a los que mi abuelita les cortaba el pescuezo: sin ver nada.

Como ocurre con otras drogas, no eres consciente de cuándo empieza la adicción, el enganche, que cada vez pide más. No podría señalar una fecha, o quizá sí. Pero eso da igual. El tema es que se ha instalado un mantra en mi cabeza que me asfixia: "Hago, luego existo".

No hay lugar para el descanso y "no hacer nada" se presenta como una utopía imposible. Este "eterno-hacer" está lleno de listas interminables de tareas, de objetivos por conseguir. Y ninguno de ellos está dedicado al descanso de mi cuerpo.

Por eso, he empezado a meditar durante diez minutos al día. Y, créanme: es una tarea muy difícil para una mente inquieta. La teoría es fácil: llevar la atención a la respiración. Durante 21 días me he sentado a descansar en mi respiración y pocos días he logrado hacerlo.

La rapidez de mis pensamientos da vértigo. Uno te arrastra al otro y, de nuevo, tengo que sonreír y volver a mi respiración. La atención solo se educa con firmeza y benevolencia. Ella es como una niña de tres años que cambia como el viento.

Es maravilloso comprobar que no eres la única, que la mente inquieta es consustancial al ser humano. Al igual que el corazón no deja de latir, ella no para de pensar. La humanidad compartida ayuda muchísimo. Al fin de los 21 días he sido menos constante y es que la inercia de los últimos años es muy fuerte y se resiste al cambio.

Pero aquí sigo, volviendo a meditar, porque es maravilloso pararme y ser consciente de que no soy yo la que falla: son esos millones de pensamientos aprendidos los que me sabotean y no me dejan ver ese bonito bosque que es la vida. La vida de verdad, esa que tiene estaciones, sonidos, colores, olores y suavidad; esa que entra por los sentidos sin dejar de correr y te hace ver su magia. Y ahora, vuelvo a intentarlo.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

18 de noviembre de 2022

  • 18.11.22

El chaparrón había cesado y las nubes, poco a poco más blancas, desfilaban, se iban del cielo. Donde yo estaba, frente al añoso cartel: TALLER IMPRENTA BRETON, olía a tierra mojada.

El modesto local, de esos que cierra una simple cortina metálica, ocupaba los bajos de un edificio sin balcones que se había adueñado del más largo de los tres lados de la plaza; los otros los ocupaban dos vetustos caserones, con varios siglos asentados en su armazón, y el granítico muro trasero de una pequeña iglesia dieciochesca. Trataba de embellecer, de disimular el desaguisado, un tierno jardincillo con olmo y rosal que imitaba el triángulo de la plaza; para librarlo y escapar por la corta callejuela, curveaban los vehículos con rechino de gomas. Pasó una moto y crucé yo.

Un cuarentón desabrido en mangas de camisa, enjuto y largo como una pértiga, vino con un librito como si fuera a arrojármelo. «Menos mal que no es un ladrillo», pensé.

–Está sin pagar –me afeó.

–¿Puedo ojearlo?

Me lo puso con brusquedad en la mano; un objeto feucho, delgadito, de color verde.

–¿Paga usted?

Me entretuvo su antipatía, su mala baba, detalladas en la cara huesuda. ¿Preguntarle? ¿A semejante escarpelo? Tiempo baldío.

–¿No ha pasado por aquí Castilla? –le dedicaba una estupenda sonrisa de ingenuo que aguanté cuanto pude.

–Hace tiempo que por aquí no pasa nadie –aseveró, con cara de aleluya en un funeral.

–No saben lo que se pierden –le sonreí mientras pensaba: «¿A cuántos deudores incluirá nadie?».

No chistó; se dio media vuelta y regresó al fondo del taller para continuar haciendo no sé qué.

La portada, sencilla, mayúsculas, ningún dibujo; cuarenta y ocho páginas; título: El viaje; fecha de impresión: dos meses atrás.

Comencé a leer la introducción: «Sin que me diera cuenta, Ella fue para mí desde el principio una imagen del tiempo. Su rostro era un espejo deformante que marcaba el eclipse de mi vida…». Dudé entre llamar a la profesora o a la actriz para darle cuenta del hallazgo.

–Ya tiene usted su obra de teatro –triné alegremente.

–¿Cómo?

–La adaptación de la novela del señor Castilla.

–¡No es posible!

–Lo es, tengo un ejemplar en la mano –prolongué mi gorjeo.

–Un ejemplar… Mire, la esperanza se me voló, como la paloma, y vaya usted a saber dónde fue. Un ejemplar… –repitió, escéptica–. Usted dice que tiene un ejemplar de mí obra de teatro –insistió.

–En la mano, sí. Tiene una dedicatoria: «Para Ella, por su paciencia».

La di la dirección de la imprenta.

–Pero hay que pagar –advertí, atento siempre a los detalles.

–¿Pagar qué? –se mosqueó.

–La edición completa. Nada de ejemplares sueltos, el impresor es un hueso –le advertí.

–¡Jesús! ¿Y cuántos son?

–No muchos, veinticinco. Le da para regalar a los amigos.

–¡Qué sorpresas da la vida! No lo tenía a usted por chistoso.

Nunca lo he sido. Me despedí de la actriz, de sus dudas, con cierta impresión de chasco, y al impresor le dejé alguna esperanza de cobro.

Me llevó más tiempo visitar los tres restaurantes; como último recurso, me sentí obligado a hacerlo. En el primero, cerca de su casa, vagamente se acordaban de Castilla. En el segundo, muy próximo al instituto, uno de los camareros lo asoció a un grupo de profesores, el otro no lo reconoció. El último quedaba por el centro y servían comidas a domicilio; una de las camareras lo recordaba con simpatía, «Un señor amable, nunca metía prisa y daba las gracias por todo», y nada más, solo un tiempo indefinido cerraba todas las respuestas a mi pregunta: «No hace mucho», «Hace bastante». El tiempo nos transforma en sustancia volátil, lo desvanece todo.

Camino de mi oficina marqué el número de la profesora. Estaba en casa: catarro.

–¡Ha encontrado a Castilla! –me asaltó su alegría, con voz deformada pero reconocible.

–No la llamo por eso, lo siento –la bajé de la nube–. Quería preguntarle por Natalia.

–¿Natalia?

–La persona que dibuja…

–¡Ah, Natalia! Perdone. Una aniña muy aplicada, antigua alumna de Castilla. ¿Por qué me lo pregunta?

Le participé el hallazgo de las cajas.

–¡Ah, vaya! –se sorprendió–. Ni mención de que él hubiera escrito… ¡Cuántas cosas pienso decirle, ninguna agradable!

El enfado le provocó un acceso de tos.

–¡Perdón…! Natalia sufrió un accidente de tráfico. Le produjo una lesión cerebral y quedó en muy mal estado. Tenía problemas para moverse, para hablar… Una desgracia… –carraspeo, tos–. Castilla solía visitarla, y como a ella siempre le había gustado dibujar, y lo hacía muy bien, tenía cierta fama en el instituto, pues la animaba para que continuara haciéndolo. Era necesario, un estímulo para que continuara con sus ejercicios de recuperación, que eran durísimos. ¡Pobre niña! Pero le costaba, no movía con soltura las manos… –de nuevo irrumpió la tos–. ¡Perdón…! Él insistía, le apretaba explicándole que necesitaba a alguien que ilustrara sus libros. Y ella poco a poco, con mucho esfuerzo, con mucha voluntad, ¡qué sería de nosotros sin ella!, fue recuperando su afición, por fin encantada con la oferta de su profesor. ¡Ay, Natalia…! Murió el año pasado, en pleno verano. Un coágulo en el cerebro. ¡Pobre niña mía! Natalia…

Me oí respirar durante unos momentos, no me esperaba semejante final; luego llegó, reiterativa, la tos de la profesora.

–La edición de su último libro lleva meses en la imprenta. Nadie se ha hecho cargo de ella –le informé, aliviado por cambiar de tema.

No le daba para tanta sorpresa. Estaba interesada en recuperar la última obra impresa de Castilla; así que, le sugerí que acordara con Encarnita Centelles.

–La actriz relacionada con Castilla, usted me habló de ella –especifiqué.

–Había olvidado su nombre. ¿Y por qué yo tendría…?

Le expliqué lo de la adaptación, la informé del número de ejemplares y del importe a pagar al impresor.

–Creo que es la penúltima obra de Castilla –añadí.

–Ya… –tosió, se sonó la nariz. No parecía muy convencida.

–Ha pescado un buen catarro.

–Sí… –volvió a toser–. Hablaré con ella.

Me referí después al profesor Segura.

–Está muy interesado en los escritos relacionados con sus fotografías. Quizás ustedes, los amigos del señor Castilla, y asesorados por el señor Perals, consigan que esos cuadernos no se pierdan.

–¡Oiga! –se espantó la profesora–. ¿Quiere decir…? No le entiendo. ¿Ya ha concluido su trabajo?

–Lo siento, me he expresado mal –y tenía razón, aún me quedaba algo por hacer–. Verá, hay un cuaderno en el escritorio del señor Castilla que contiene unas fotografías y los correspondientes escritos basados en ellas. Usted me habló de ese encargo.

–Así es, me acuerdo –reconoció, y sumó un par de toses.

–He hablado con el autor de esas fotografías, el profesor Segura. Está muy interesado en leer ese cuaderno; él tiene otro, no sabe si repetido, que le envió el señor Castilla. Sobre este tema él desea información que yo no puedo darle. Si le parece bien, le doy su número de teléfono.

Ella no tuvo inconveniente.

–Hay algo más –continué–. Usted me habló de una foto, aquella que inquietaba al señor Castilla, ¿lo recuerda?

–Sí, perfectamente. Fue en nuestra última conversación.

–Creo saber a qué foto se refería. Hay en ella algo muy interesante que quiero comentarle. ¿Puede salir a la calle?

Mi pregunta la cogió desprevenida.

–Pues… no debo. ¿Por qué?

–Quiero que vea esa foto.

–¿Y no puede traerla a casa?

–Lo entenderá mejor si la ve donde está.

–¿Y a donde he de ir?

–A la casa del señor Castilla.

–Una pregunta tonta… –tosió y tosió–. La verdad es que me está poniendo nerviosa… –se le escaparon otro par de toses algo broncas–. ¡Y son muchos deberes para una enferma! –fingió enfadarse, eso me pareció.

HG MANUEL

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  • 18.11.22
Estoy de acuerdo en que, igual que para conducir un automóvil de manera segura son necesarios los espejos retrovisores bien reglados –esas extensiones de nuestros ojos que nos proporcionan una mayor visibilidad de lo que sucede detrás y a los lados del vehículo–, para seguir caminando por los complejos senderos de la vida es imprescindible que tengamos en cuenta las experiencias acumuladas en el depósito de la historia.


Esta afirmación, sin embargo, no debilita la importancia de la necesidad de mantener firme la mirada hacia adelante y a lo lejos, para leer las señales de tráfico que nos orientan hacia nuestro destino y que nos evitan chocar con obstáculos que amenacen nuestra supervivencia.

Por supuesto que me uno a las voces de esos agentes culturales que, entusiastas, claman para que recuperemos, interpretemos, adaptemos y difundamos nuestro valioso y fértil legado histórico, pero a condición de que el recuerdo y el estudio del pasado los convirtamos en oportunidades para analizar el presente y en estímulos para proyectar un futuro mejor.

Las conmemoraciones, además de rescatar trozos de las experiencias históricas, nos deben servir para construir un porvenir más justo, una sociedad más equilibrada y un bienestar mejor compartido. Es cierto que la cultura del olvido nos borra el sentido de nosotros mismos y el significado de nuestras acciones; destruye los fundamentos de nuestra historia y erosiona los cimientos de nuestra propia biografía, pero también es verdad que, para vivir el presente plenamente, hemos de divisar, aunque sea de una manera borrosa e imprecisa, un futuro mejor cimentado en valores humanos.

Los actos conmemorativos no deberían conformarse con ser meros transmisores de información, sino que, también, podrían ser invitaciones para la reflexión sobre la realidad actual y sobre su necesaria transformación, estímulos para la autocrítica del pasado y para la creación del futuro.

Conscientes de que los rápidos avances tecnológicos, científicos, artísticos y culturales alteran todos los aspectos de nuestras vidas y transforman el mundo, es imprescindible que los aniversarios propicien encuentros con diferentes especialistas que nos ayuden a atisbar, al menos, la manera de la que los permanentes e imparables cambios multilaterales afectan a nuestra realidad actual y a nuestros proyectos del futuro.

Parto del supuesto de que la cultura no es un patrimonio de ningún partido, no pertenece en exclusiva a la izquierda ni a la derecha, no son solo competencias de las ciencias o de las letras, sino ámbitos abiertos a la libertad de la creación “crítica”, científica, literaria y artística.

Estoy convencido de que, para conseguir que estas evocaciones del pasado nos ayuden a avanzar, tanto los grupos políticos de una o de otra ideología, como las asociaciones científicas, literarias y artísticas, además de ayudarnos a recordar nuestra historia, deberían pensar en la necesidad de promover una cultura integradora capaz de una transformación individual y de unas reformas sociales más humanas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

17 de noviembre de 2022

  • 17.11.22
Reconozco que esta columna tiene un título extraño: Vivir sin coche. Algunos dirán: "nunca he tenido carnet y vivo tan feliz". Otros: "¿Y por qué iba yo a pensar en vivir sin mi coche?". En primer lugar, me gustaría aclarar que tengo coche. Es más: hay dos coches en casa. De modo que nadie podrá acusarme de ser un talibán anticoches, aunque me encantaría poder quitarme uno de los dos de encima –el más viejo, que tiene más de 20 años y se lo robamos a mi padre porque, a pesar de su edad y discapacidad, se empeñaba en seguir conduciendo–.


Los coches cuestan lo que no está en los escritos. Me hace gracia la gente que solo cuenta la gasolina cuando compara el precio de un billete de tren o de autobús con lo que cuesta ir en coche. Si Hacienda permite a los profesionales desgravar de la Renta hasta 19 céntimos por kilómetro de coche, seguro que el precio real es el doble: de hecho, Alemania permite desgravar 0,38 euros por kilómetro. Porque a la gasolina hay que sumar letras, seguros, talleres, multas (ejem…) e imprevistos varios.

El otro día, mi esposa sufrió el reventón de un neumático en plena autovía, de noche, cuando estaba a 200 kilómetros de casa. Ayer tuvimos que llamar a la grúa porque no arrancaba. Es decir, más sustos, más gastos, más contaminación y más cabreos. Pero también libertad de movimiento, que se traduce en poder ir donde uno quiera, en el momento que quiera.

Como ya les dije en mi columna anterior, vivimos en un precioso pueblo granadino de 800 habitantes y somos familia numerosa, con hijos en la universidad, en Formación Profesional, preparando oposiciones... Y, aún así, repito la pregunta: ¿es posible vivir sin coche? Incluso, ¿es deseable vivir sin coche?

¿Me permiten la pedantería de ponerme de ejemplo? No me sobra el tiempo. Tengo una empresa –ya puestos, obtuvo el Premio Nacional de Movilidad en 2021–, soy presidente de una asociación que agrupa a 300 pequeñas y medianas empresas, tengo familia numerosa, debo escribir esta columna…

Precisamente por eso me encanta viajar en transporte público. ¡Precisamente porque tengo tan poco tiempo! ¡Precisamente porque me gusta el confort! Puedo dormir, trabajar, leer y enviar mensajes de WhatsApp, disfrutar del paisaje, tener la seguridad de que alguien se hace cargo si el autobús se queda tirado…

¿Uso el coche? Claro que sí. ¿Me gusta conducir? Más o menos, aunque odio ir de copiloto. ¿Prefiero viajar sin coche? ¡Mil veces! En España, desgraciadamente, el transporte público no metropolitano es la cenicienta de las políticas de movilidad. No es fácil viajar en transporte público por estos territorios.

Y lo peor es que existe una flagrante discriminación por lugar de residencia: en las áreas metropolitanas, el transporte público se subvenciona en algunos casos con más de 100 euros por habitante y año. En las zonas rurales, que son las que más apoyo necesitarían para frenar la despoblación, la cifra es desoladora: cero euros por habitante y año.

Por desgracia, hay todavía políticos con la mentalidad de considerar el transporte público no como una inversión sino como algo molesto, “para los pobreticos y los ancianos que no tienen coche”. Debería ser obligatorio moverse sin coche para cualquier cargo público relacionado con la movilidad. Ni oficial ni particular. Otro gallo cantaría.

Por cierto, estoy escribiendo esta columna en un stand de la Fira de Barcelona, mientras se está celebrando  Tomorrow Mobility World Congress, una de las ferias de movilidad más importantes del mundo. En frente tengo un microbús autónomo, sin conductor. Aquí está ya lo que en los próximos años se convertirá en nuestra vida normal. Y sí, hay muchas soluciones para poder vivir sin coche.

RAINER UPHOFF

16 de noviembre de 2022

  • 16.11.22
La España vaciada es tendencia en España y en muchos otros países de nuestro entorno. Los habitantes de las comarcas más alejadas del interior, de las zonas de montaña y de otros muchos territorios en declive por diferentes causas se quejan, con toda la razón del mundo, de la marginación y el abandono que sufren por parte de los poderes políticos y económicos, residenciados en las capitales de estados o comunidades autónomas.


La emigración del campo a las ciudades y a las zonas del litoral es un fenómeno difícil de revertir en una sociedad capitalista como la nuestra. Pero hay otro vaciamiento progresivo que se está produciendo de manera inadvertida y que afecta a casi todos los espacios rurales y urbanos y cuya causa es la digitalización de todas las actividades humanas.

Se trata del vacío que deja el cierre del pequeño comercio minorista en barrios y pueblos por el crecimiento desmesurado del comercio online, también de los miles de metros cuadrados de oficinas vacías por la digitalización de todas las gestiones administrativas.

Un viaje de ida y vuelta en autobús de Sevilla a Úbeda me ha permitido tomar conciencia del problema. Seis horas en el trayecto de ida y media hora menos en el de vuelta, entrando a numerosas localidades, ofrecen una radiografía muy exacta de lo que nos está pasando y de las nulas reacciones al nuevo fenómeno.

Estaciones de ferrocarril y de autobuses han cerrado las taquillas de venta de billetes y las han sustituido por expendedores automáticos e Internet. Ya hay pocas colas y los viajeros llegan con su billete en la mano o en el móvil y van directamente al bus o al vagón. También sobran los quioscos que antes vendían prensa en papel y revistas. Los locales comerciales han sido sustituidos en algunos casos por taquillas automáticas de Correos, Amazon u otros operadores para la recogida de paquetes o la entrega.

El recorrido por los cascos urbanos de pequeñas y medianas localidades nos brinda un panorama similar. Locales en alquiler o en venta, naves vacías en polígonos industriales con muchas parcelas sin edificar,... Vacío, abandono y sensación desoladora que en el caso de ciudades como Linares se acentúa por su declive minero e industrial.

Hasta aquí el diagnóstico de una situación negativa que sí puede tener remedio porque ya hay soluciones emprendedoras a este vaciamiento de espacios cotidianos. Los bajos comerciales de muchos edificios se están convirtiendo en viviendas, locales en centros comerciales y estaciones se están cediendo o alquilando a artesanos, emprendedores y entidades sin ánimo de lucro para actividades alternativas o nuevas. En los polígonos industriales hay naves ya reconvertidas en espacios de trabajo compartido (coworking) o teletrabajo.

Lo que sí está claro es que hay que derrochar imaginación y creatividad para encontrarle una nueva vida a esos espacios que se han quedado sin uso por la evolución de la sociedad y el avance tecnológico. Las administraciones públicas deberían apoyar las iniciativas de reutilización con facilidades, simplificación de trámites y cambios de planteamientos que responden a esquemas del pasado ya superados.

ÁNGEL FERNÁNDEZ MILLÁN
FOTOGRAFÍA: J.P. BELLIDO

15 de noviembre de 2022

  • 15.11.22
Se les ha terminado la paciencia con sus vasallos: contigo, conmigo. Se acabaron las máscaras, las muecas simpáticas, la inocente mirada, la teatral cordialidad. El capital, inmerso en una lucha fratricida por no perder su posición en el nuevo tablero de juegos que están creando, no tiene tiempo para fingir lo que no es, de darnos alas y hacernos creer que otro mundo es posible. Cuando las nuevas reglas estén escritas, ya volverán al pan y al circo, pero ahora toca el paso marcial, el látigo, la sangre, el miedo, el "¡se sienten, coño!".


Las circunstancias han querido que dos eventos a nivel internacional coincidan, no por unos días, en el tiempo, pero sí en el espacio mediático de nuestras vidas. La Conferencia de la ONU contra el Cambio Climático, donde con el diálogo, el intelecto, la ciencia, la razón, buscamos soluciones conjuntas para evitar la extinción de nuestra especie, y el Mundial de Fútbol, donde predominan las emociones, los impulsos, la fuerza, la visceralidad y no nos jugamos nada, pero nos tiene aletargados durante un mes, mientras Ucrania sigue en guerra (una de tantas), las armas nucleares se desempolvan y el frío, la sed, el hambre, la inflación y las migraciones comienzan a mostrar nuestra parte más animal.

Dos eventos, en teoría, muy diferentes entre sí, pero que el tiempo nos ha demostrado que son mero entretenimiento, el opio del pueblo, un teatro de máscaras. El fútbol lo teníamos asumido, pero las Cumbres por el Clima confiábamos en que fuesen algo serio, creíbles, un punto de inflexión en el devenir de la especie humana. Pero nada más lejos de la realidad. Ahora sabemos que han sido cortinas de humo, bonitos decorados de ilusiones, escaparates para atraer a los incautos, auténticas asambleas de majaras.

Esa confianza la perdí hace muchas cumbres, pero siempre me quedaba la esperanza de que la presión social, la ciudadanía, el pueblo, redirigiese a nuestros gobernantes hacia el necesario cambio de valores, de sistema económico, de estilo de vida.

Si disfruté con la COP25 de Madrid fue por ver a los jóvenes en las calles, en los pasillos del IFEMA, en las tarimas y mesas de conferencias sentados con los políticos, mostrándoles evidencias, exigiéndoles que les hiciesen caso a los ninguneados científicos, zarandeando, despertando, empujando al resto de la población. Llegué a creer que todo era posible, que la utopía estaba más cerca, que ante el abismo, estábamos reaccionando. Iluso de mí.

Aquellos movimientos sociales que crecían exponencialmente los desactivaron con una crisis sanitaria mundial, con una guerra en el corazón del dragón, de la vieja Europa, con una amenaza nuclear, con una crisis económica planetaria.

En apenas tres años hemos perdido derechos sociales, calidad de vida, objetivos comunes. Nos han vuelto a dividir, a convencer de que ellos tienen las soluciones, de que la guerra, las armas, el dolor, son la única solución para vivir en paz. Y lo más triste y peligroso es que ahora nos prohíben hablar, opinar diferente, quejarnos. Nos quieren quietos, preparados para defender sus causas. Y callados.

La censura se ha convertido en el mensaje de estos dos grandes eventos. En la COP27 de Egipto han preparado un recinto para la población civil, para las oenegés, para todo el que quiera decir algo fuera del mensaje oficial. Pero si tus cánticos, si tus protestas, si tus exigencias salen de esas cuatro paredes, te amenazan con la cárcel, con la expulsión del país, con las torturas y con la muerte. Que la ONU permita tal aberración y que muchos medios de comunicación sean cómplices de esta barbarie es vergonzoso.

Como es vergonzoso que la FIFA, aunque sea capital privado, permita que un puñado de ricos catarís, xenófobos, homófobos, misóginos y racistas organicen un Mundial de fútbol, cambiando las fechas de realización, mirando hacia otro lado ante las condiciones laborales de los que han construido esos campos, y advirtiendo a todos los jugadores, selecciones y visitantes que tengan cuidado con las camisetas que se ponen, lo que hacen, dicen y expresan, porque las autoridades del país pueden actuar contra ellos para defender su honor, sus leyes y su religión.

Estos eventos son un ejemplo, pero lo estamos viendo en Twitter, en nuestras Administraciones, en la cultura, en los medios de comunicación, en la cola del supermercado... El capital, el censor, el fascista, el dictador, se ha quitado la máscara de la hipocresía y presume de sus acciones, de su poder. No te fíes, no te rindas. Combátelo.

MOI PALMERO

GRUPO PÉREZ BARQUERO


CULTURA - MONTILLA DIGITAL


AYUNTAMIENTO DE MONTILLA

AYUNTAMIENTO DE MONTILLA

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DEPORTES - MONTILLA DIGITAL


LA ABUELA CARMEN - LÍDER EN EL SECTOR DEL AJO, AJO NEGRO Y CEBOLLA NEGRA


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