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24 de enero de 2020

  • 24.1.20
Gabriel García Márquez escribió alguna vez que todo ser humano tiene, en realidad, tres vidas diferentes: la pública, la privada y la secreta. Por alguna razón que el destino aún nunca ha decodificado, en ocasiones estas tres ramas de cada uno se unifican en una sola verdad.



Salman Rushdie, por ejemplo, vivía en todo su esplendor literario, cuando se salió del mundo para esconderse en una vida clandestina. El ayatolá Jomeini declaró su cuarta novela, Los versos satánicos, una blasfemia contra el islam, decretó en 1989 una fetua contra el escritor y ofreció una recompensa a quien lo ejecutara. Desde entonces, y hasta que se levantó la fetua, vivió en la sombra, rodeado de guardaespaldas.

La publicación de Gomorra en 2008, la primera obra de Roberto Saviano, conmocionó al mundo y cambió para siempre la vida de su autor. Este increíble y fascinante relato real es un viaje al imperio empresarial y delictivo de la Camorra. Publicado en 52 países, ha vendido 2.250.000 copias en Italia, y unos 10 millones en el resto del mundo, y fue elegido por la RAI como el libro del año de 2008 en Italia. Desde su publicación, Saviano ha vivido una vida paralela a la Rushdie. Huidos y condenados por escribir.

Thomas Pynchon, a quien solo le persiguen las leyendas, es el más elusivo de los escritores vivos. Se sabe que sus obras no las escribe un genio oculto ni un escritor famoso que esconde su nombre detrás de su propio nombre. Salman Sushdie lo conoció en una cena. Dice de él que es alto, de pelo blanco a lo Einstein y dientes de Bugs Bunny. Creyó que a partir de entonces se verían a menudo. Pero no. Nunca más supo de él.

Se le conoce por su narrativa compleja y laberíntica, así como por su aversión a los medios de comunicación. De él solo se conoce media docena de fotos de cuando era estudiante y recluta en la Marina. Su obra El arco iris de gravedad fue rechazada por el jurado del Premio Pulitzer por considerarla obscena y ganó el National Book Award; ajeno a la polémica, el autor mandó a recoger el premio a un comediante.

Citado periódicamente como candidato al Premio Nobel de Literatura, el crítico Harold Bloom citó a Thomas Pynchon como uno de los más grandes novelistas estadounidenses de su tiempo, junto a Don DeLillo, Philip Roth y Cormac McCarthy. Efectivamente, se merece el Nobel de Literatura, lo que nadie sabe es quién lo recogería en su nombre, en caso de que se le concediera, ni por qué rehuye tanto prestigio reconocido.

En estos tiempos en que todos exponemos nuestra intimidad en las redes sociales, cuesta entender a alguien como Thomas Pynchon, que preserva su intimidad al alcance de cualquiera. No importa las razones. Pepa Flores –o Marisol, como más gusten– también un día se escondió huyendo del flash, del papel cuché, de las tertulias del corazón, de quienes pretendían devorar sus vísceras para alimentar sus necesidades fagocitadoras. Quería que nadie se acordara de ella. Quería preservar los hilachos que conservaba de su intimidad mancillada y vivir lejos de los focos, de los fogones, del éxito mal entendido.

Ahora la gala de los Goya le rinde homenaje. ¿Aparecerá en aquel escenario? Claro que no. Ella no quiere hablar de un pasado que pretende olvidar, y su presente y su futuro se balancean en otro espacio del que solo ella es propietaria.

Todos nos enamoramos de ella. Primero, nos sorprendimos con la niña malagueña, con la niña prodigio, con su voz aguda, con su desparpajo. De golpe, sin darnos cuenta de que el tiempo todo lo muda, se nos hizo mujer. Y la quisimos aún más, con su voz rota y aguardentosa, con su tristeza tan bella de criatura maltratada. Pese a tanta confusión, no perdió la firmeza de su mirada ni la tristeza la tiró a un lado del camino.

Dijo que no quería recordar aquellos años del éxito y de la niñez perdida, que quería olvidar tanto desatino. Fue cuando los demás descubrimos que detrás de la fama se puede esconder la infamia, y que detrás de los aplausos se amasa una soledad honda que no se puede descomponer ni con ácido. Hace 35 años dijo que no hablaría de todo aquello. En 1985, después de presentar en el Festival de San Sebastián la película Caso cerrado, como si el título fuera un pie de foto de su propia vida, calló hasta hoy.

Tal vez la pusieron en lo alto del escenario para olvidar de la corrala con letrina compartida en la calle de Rufino de la niñez. Fue la novia que todos compartimos sin que los celos se interpusieran entre nosotros. Solo el fotógrafo César Lucas se atrevió a mostrarnos una Pepa Flores en la portada de Interviú en 1976, si bien las fotos databan de 1970, tal como muchos la concebimos en sueños inútiles. Su belleza exterior solo estaba a la altura de su alma.

Su boda con Antonio Gades se celebró en Cuba. Ni siquiera Fidel Castro se la perdió. Después, cedió los derechos de sus discos y de sus películas a cambio del olvido. Ni siquiera así lo consiguió. Porque el privilegio del olvido nunca les será concedido a criaturas como ella, en quienes la ética y la estética se funden para que nos olvidemos todo lo que sobra: tal vez del resto del mundo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

23 de enero de 2020

  • 23.1.20
Hay épocas mejores o peores para vivir. Al cómico Aristófanes (444 a.C.-385 a.C.) le tocó una regular, tirando a malísima: la Guerra del Peloponeso. Atenas había alcanzado su máximo apogeo político, económico y cultural, y a Aristófanes le tocó vivir las zozobras de la crisis económica, política y social que se vivió durante la guerra, así como sus consecuencias.



El conflicto era habitual entre las polis griegas. Sin embargo, esta guerra tuvo un cariz distinto. Atenas y sus aliados –y sus colonias, habría que añadir– se enfrentaron a la disciplina de los espartanos y sus asociados, así como la amenaza de su sistema de gobierno autoritario. En aquel momento, se trataba de una crisis sistémica de la Hélade, que no se resolvió hasta la ocupación macedonia, pasando por la hegemonía espartana y, después, por la fugaz estrella tebana, Epaminondas.

Suele calificarse a Aristófanes de conservador, aunque lo cierto es que en sus comedias se metió tanto con lo humano como con lo divino. Igual ridiculizaba al populista Cleón en Las avispas o Los caballeros, que a los dioses en Las ranas. Ni siquiera se libraron los ejércitos de Atenas y Esparta en Lisístrata, donde los dejaba sin sexo hasta que resolvieran el conflicto.

Como suele ocurrir en los tiempos de crisis, la sociedad se polarizó y empezaron los etiquetamientos indiscriminados. Aristófanes pone en boca de Bdelicleón, “el que odia a Cleón”, una afirmación que nos es cotidiana:
Es fuerte cosa que, sea grande o pequeño el motivo, a todo lo hemos de llamar tiranía y conspiración. Durante cincuenta años, ni una sola vez oí ese dichoso nombre de tiranía; pero ahora es más común que el del pescado salado, y en el mercado no se oye otra cosa. Si uno compra orfos y no quiere membradas, el que vende estos peces en el puesto inmediato grita al momento: «Ese hombre quiere regalarse como durante la tiranía». Si otro pide puerros para sazonar las anchoas, la verdulera, mirándote de soslayo, le dice: «Puerros, ¿eh? ¿Quieres restablecer la tiranía? ¿O piensas que Atenas te ha de pagar los condimentos?».
Es curioso comprobar cómo la historia se repite una y otra vez. Hace treinta años estaba pasado de moda hablar de fachas y rojos, los “tiranos” de la actualidad. En cambio, hoy los demagogos engatusan en todas las esquinas, hay personas tan sumisas como para prestarles oídos y, lo peor, se está fomentando una polarización social que augura lo peor.

Cada vez hay personas más convencidas de que la política va de llevar razón, y no de llegar a acuerdos con los demás. La ‘razón’ que lo justifica todo. Y no basta con ser ‘progresista’ o ‘patriota’, sino que hay que demostrar el compromiso con el ‘sentido común’.

¿Qué supremo juez de la moral decide qué se puede calificar como “feminista”, “progresista”, “facha”, “patriota” o “rojo”? ¿Cómo hemos llegado a aceptar este discurso como algo cotidiano? Es la tiranía de las etiquetas. Material para la comedia.

No podemos olvidar un hecho: los discursos no se imponen, se aceptan. Hace años que Vox existe, y no es tan lejano el recuerdo de Falange. Izquierda Unida también es una vieja conocida. Salvo el Partido Socialista, nadie ha cambiado de discurso de manera significativa, ni han cambiado sus filias, sus fobias, ni sus etiquetas. ¿Por qué ahora la población está más dispuesta a aceptarlas? ¿Han cambiado los discursos o han cambiado las personas?

Estas preguntas no tienen respuesta fácil. En cualquier caso, vivimos tiempos de populismos. Sálvese quien que pueda, y consumamos buena comedia.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO

20 de enero de 2020

  • 20.1.20
Ha sido noticia (¡todo un acontecimiento!) que una empresa de Jaén haya implantado la jornada laboral a sus trabajadores de cuatro días a la semana, respetándoseles íntegramente el sueldo. Acostumbrados como estamos a una “lógica” (neoliberal, por supuesto) que dicta lo contrario, que haya que dedicar más horas al trabajo para “producir” más, sin aumento de salario o, incluso, rebajándolo, lo decidido por la jienense Software Delsol parece una “ocurrencia” de algún empresario que ha perdido el juicio.



Sin embargo, no resulta descabellada, aunque sí “revolucionaria”, una medida que viene a ajustar la jornada de trabajo a unas circunstancias dramáticas de carencia de empleo y desigualdad social. Otras veces en la historia del trabajo se han adoptado restricciones y regulaciones legales sobre la jornada laboral de los trabajadores para adecuarla a las exigencias de cada época.

Desde el trueque a la moderna economía de la oferta y la demanda, los obreros han transitado desde la esclavitud hacia el estatuto de los trabajadores para conseguir una mejora progresiva de sus condiciones laborales, en función de las necesidades o circunstancias sociales. El paso dado por la empresa de Jaén es solo uno más en esa dirección.

Software Delsol únicamente se ha adelantado a una necesidad que acabará afectando al sistema del trabajo. Desde el presente mes de enero, sus 181 trabajadores disfrutan de una jornada laboral de 36 horas en invierno y 28 horas en verano, en vez de las habituales 40 horas semanales.

La mayoría de ellos acude al trabajo de lunes a jueves, y los que tienen que atender a los clientes lo hacen rotando en períodos de cuatro días de forma que, cada cuatro semanas, acumulan cuatro días extras de descanso. La empresa, que se dedica a prestar soporte de software a pymes de España y Sudamérica, ha debido aumentar su plantilla en 25 trabajadores más. Y todo ello, sin que la productividad acuse merma alguna.

Al contrario, gracias a la mayor implicación de los empleados ha mejorado la productividad, ha descendido el absentismo laboral (menos bajas) y se ha valorado la reducción del tiempo de trabajo como una forma de repartir beneficios entre la plantilla. Además, el buen clima laboral ha propiciado la fidelización de la plantilla, su corresponsabilidad con los objetivos empresariales y la atracción de talento.

Solo una mentalidad inmovilista, anclada en el pasado, mantendría el concepto de productividad por trabajador unido sólo al número de horas que dedica a su trabajo cada día. Con la revolución industrial, las máquinas y la electricidad potenciaron tanto la productividad que rebajaron la jornada laboral desde las 14 horas diarias, sin descanso, a las 8 horas diarias, con un día de descanso a la semana, lo que arroja un cómputo de 48 horas semanales.

Entonces, también, esa restricción de la jornada supuso toda una “revolución” que muchos empresarios rechazaron, al considerar que perjudicaba la “rentabilidad” de sus negocios y beneficiaba exclusivamente a los trabajadores.

Pero no solo fueron factores técnicos los que propiciaron aquella reducción de la jornada dedicada al trabajo, sino también económicos y mercantiles. Lo que producían las empresas debía ser vendido para que proporcionara beneficios, y para comprar (consumir) había que tener dinero (mejora salarial) y tiempo libre para gastar (ocio). Con la emergencia de la sociedad de consumo nació la exigencia de ocho horas de trabajo, ocho de ocio y ocho de sueño, que el mercado transformó en una nueva fuente de negocio y oportunidad de ganancias.

En la actualidad, con las nuevas tecnologías la productividad no ha dejado de crecer. La nueva “revolución tecnológica”, que la robótica y la inteligencia artificial impulsan, ha permitido que se produzca más con menos trabajadores.

El desempleo resultante es causa de una de las más dramáticas facetas de una desigualdad que aflora en las sociedades modernas. Un paro por escasez de empleo que condena a mucha gente a la exclusión social, a la marginación y al resentimiento, todo lo cual alimenta la conflictividad y los enfrentamientos en la sociedad.

Trabajar menos para que haya trabajo para todos no es una medida tan descabellada como pudiera pensarse. Es anticiparse a una necesidad que más tarde o temprano tendrá que adoptarse en el mundo laboral para combatir ese paro estructural que genera la revolución tecnológica y que socava la cohesión social y el bienestar de la población en su conjunto.

En vez de dedicar recursos a subsidios por desempleo y otras políticas contra la exclusión del mundo del trabajo, parece más sensato y razonable repartir el tiempo de trabajo, reduciendo la jornada laboral, para que más gente tenga posibilidades de acceder al trabajo.

Dado que la productividad no está ligada exclusivamente al número de horas dedicadas al cometido laboral, la reducción de la jornada y el reparto del trabajo beneficiaría la inserción social de los desempleados, el consumo en general y la conciliación familiar de todos los trabajadores.

Sería adecuar el mercado del trabajo a las exigencias de una sociedad inmersa en la revolución tecnológica y que afronta las consecuencias que esa revolución ocasiona, como son la desigualdad y la marginación por la escasez de trabajo. Visto así, la iniciativa de Software Delsol es una inteligente apuesta por el futuro y la preservación del trabajo en un mundo que revoluciona los viejos paradigmas empresariales, laborales y sociales. ¡Chapeau!

DANIEL GUERRERO

19 de enero de 2020

  • 19.1.20
Resulta bastante sorprendente que el segundo Premio Pritzker de Arquitectura que recae en nuestro país prácticamente hubiera pasado desapercibido para la mayoría de los medios de comunicación y que, excepto en el ámbito profesional de la construcción, casi nadie sepa que el equipo formado por Rafael Vilalta, Carme Pigem y Rafael Aranda lo recibiera en el año 2017.



En más de una ocasión, en esta serie dedicada a la arquitectura contemporánea, he manifestado que es un premio internacional que se concede anualmente y que fue creado en 1979 por el estadounidense Jay A. Pritzker. Sería algo así como el equivalente al Nobel en esta disciplina. En la lista de los premiados se encuentra Rafael Moneo, que lo recibió en 1996, y veintiún años después se le adjudicaría al estudio RCR Arquitectes de Olot (Girona).

Lo más sorprendente de esta concesión es que sus miembros, tal como he apuntado, no tienen su centro de trabajo en una de las grandes ciudades españolas, como cabría esperar, sino en una localidad gerundense de algo más de 35.000 habitantes. Y es que sus tres componentes volvieron, tras terminar la carrera, a su lugar de origen, para desde allí comenzar a abrirse camino en el trabajo de proyectos de edificación.

El equipo que forman Vilalta, Pigem y Aranda empezó a darse a conocer cuando en 1988, hace treinta y dos años, ganando el concurso para construir un faro en Gran Canaria, con una sorprendente propuesta de edificación horizontal, cuando tradicionalmente los faros son construcciones verticales. El impacto de este singular diseño dio lugar a que el proyecto fuera dado a conocer más allá de nuestras fronteras, caso de París o de Japón.

Lógicamente, el haber recibido el Premio Pritzker dio lugar a que recibieran encargos de ámbito privado de países como Taiwán, una de cuyas universidades les ha pedido el proyecto de un centro para sus estudiantes, en el que se incluye tanto la actividad social del campus como las de tipo deportivo.

Los encargos de entidades públicas, con las que han realizado varias obras, necesitan participar en los concursos que hayan sido convocados por esas entidades, como apuntaba Carme Pigem en una reciente entrevista,.

La filosofía que preside la obra de RCR tiene una estrecha relación con el entorno que la rodea, con especial énfasis en los valores que nacen de la propia naturaleza. “Nos interesa todo. Puedes aprender de todo. Cuando estás en el bosque y desde ahí ves un campo o un espacio abierto, te está dando una experiencia espacial que quizás es la que quieres hacer con la arquitectura.

Preparar espacios y vivencias que hagan de esta experiencia algo único. De la riqueza y emoción que se siente en la naturaleza se pueden destilar conceptos para aplicarlos en los espacios que creas”, apuntaba la componente femenina de este equipo de tres miembros.

Puesto que sus proyectos los trabajan con sumo cuidado, me ha parecido razonable mostrar tres de ellos para acercarnos a la obra de este equipo.





Las dos panorámicas fotográficas que hemos visto se corresponden con el exterior y el interior de la guardería El Petit Compte que proyectaron en el pequeño municipio de Besalú (Girona). Así, cerca de las construcciones medievales que predominan en la localidad y con la naturaleza de fondo, crearon un largo paralelepípedo con los colores del arco iris en su exterior y que continúan en el patio interior. Lógicamente, esta obra cargada de vivo cromatismo es un homenaje al mundo de los más pequeños, ya que el juego, la alegría y la vitalidad forman parte de sus mundos.



Otra de las obras relevantes de RCR es el museo Soulages, ubicado en la localidad de Rodez, que el pintor francés Pierre Soulages financió al convocarlo como concurso y en el que se expondría una parte significativa de sus obras. La propuesta que ganó fue la presentada por el equipo de Olot.

En ella enfocan la obra como si el edificio estuviera configurado por cinco paralelepípedos que a modo de cajas se insertan en la falla del terreno alojando cada una de ellas los distintos elementos de la colección. Todos estos volúmenes se cubren con planchas de acero corten, con una precisión tan medida entre ellas que fue necesario que una empresa de Olot se encargara de realizarlas, ante la imposibilidad de que lo hiciera una empresa francesa.



En el barrio de Sant Antoni, barrio tradicional del Eixample de Barcelona, se encuentra la biblioteca municipal que lleva la denominación de Biblioteca Sant Antoni-Joan Oliver. Proyectada por RCR Arquitects y abierta al público en el año 2007, aparece encajonada entre dos edificios de la calle del Conde Borrel.

Lo primero que llama la atención es su fachada en láminas metálicas verticales de color negro que se abren para dar entrada a la luz, al tiempo que la parte central es acristalada. Como suele acontecer en los edificios de los barrios tradicionales de la ciudad condal, cuenta con una manzana interior transformada en espacio público, con jardín para los niños y hogar de los jubilados, lo que genera una cohesión social entre colectivos de distintas edades.

AURELIANO SÁINZ

18 de enero de 2020

  • 18.1.20
Alma está malita, tiene bronquiolitis. Es tan pequeñita, tan linda y dulce, que te parte el alma ver sus grandes ojos apagadizos, las medias lunas moradas que se dibujan debajo de sus largas pestañas y que tanto contrastan con su delicada piel blanca.



Sigue observando y escrutando todo pero sin esa vivacidad que la caracteriza. Sus párpados le pesan, los cierra e inmediatamente los abre por el estornudo que ha expulsado el chupe de su boquita rosa. Es precioso ver el desarrollo de un ser humano: antes mantenía siempre los puños cerrados y ahora utiliza sus manitas para volver a ponerse el chupe. Sus padres al principio no querían que lo utilizara y ahora están contentos de que tenga algo que calme su malestar.

Si la llamas por su nombre te mira, ya conoce su nombre. Cada día es una aventura nueva, un momento de aprendizaje. Pero hoy si la llamas te busca, dibuja una pequeña sonrisa y después se viene abajo por el esfuerzo.

Los moquitos vienen y van por su pequeña naricita, haciendo que le cueste respirar. Es tan chica... La cojo para abrazarla y decirle que siempre la voy a querer y proteger. Le hago una cuna con mis brazos y ella me mira con ese azul intenso, hoy levemente apagado. Se va sintiendo querida y segura, mientras se sumerge en un sueño reparador y sus pestañas dan sus últimos aleteos.

El corazón se me deshace con esa mirada de “estoy malita; por favor, cuida de mí”. Es muy buena, solo gime de vez en cuando para hacernos saber que no se encuentra bien. Todos lo sabemos porque su vitalidad y alegría contagiosa están hoy dormidas.

¡Cómo se puede querer tanto a esta muñequita! Ahora entiendo cuando mis amigas hablaban de que cuando tienes un hijo no quieres ni que le roce el aire. Yo no la he parido, pero me he convertido en una de sus guardianas: es tan fuerte lo que me remueve el corazón su fragilidad...

Sobre ella estaría todo el día hablando en diminutivos, con miles de adjetivos cursis y delicados y es que ella es la reina, no la princesa, de nuestros corazones, de todos aquellos que la miramos y contemplamos sus progresos. Con su sonrisa se te olvidan las malas noticias y este mundo se convierte en un sitio precioso donde siguen naciendo niños y niñas para que sigamos descubriendo que el amor y la bondad existen.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

17 de enero de 2020

  • 17.1.20
La desigualdad tiene un horizonte ancho, un piso firme, una visibilidad neutra. Quien se niega a verla no la ve, incluso desmiente su existencia, mira al otro lado. Muy propio de este país. Pero la mirada no mueve el paisaje. Richard Wilkinson, epidemiólogo, historiador económico y activista británico, ha dedicado toda una vida a estudiar los efectos de la desigualdad. Y advierte de que sus efectos no son tan obvios.



No hay ciego más eficiente que quien no quiere ver. Pero la desigualdad afecta a la felicidad, al bienestar, a la salud, a la esperanza de vida, al valor de cada uno en la sociedad, a los resultados académicos de los niños.

Wilkinson no se queda corto. La desigualdad provoca el aumento de consumo de drogas, causa infinidad de problemas muy perniciosos. Pero estos estragos que son más habituales en los estratos más bajos –advierte Wilkinson– se extienden por toda la sociedad y nos alcanzan y dañan a todos.

La pandemia de la desigualdad se multiplica como las malas hierbas en los jardines bien ornamentados y regados, y se extiende como enredaderas y crece entre los muros de las fortalezas heridas de la sociedad del bienestar social. Insensible al tacto, quema la yema de los dedos, distrae la atención, confunde la memoria, distorsiona los sueños, altera la velocidad y la dirección de los vientos, desmiente las pocas verdades que ya apenas se sostienen por sí solas.

La desigualdad se extiende como un tsunami invisible, cuyos destrozos apenas percibimos, pero va dejando una regadera de muertos continuos y ajenos a nuestras vidas. Como si el caos no nos afectara, como si la pobreza cada vez más creciente solo fuera un mal ajeno, como si las vacaciones soñadas y nunca cumplidas no fuera con nosotros.

En esta oscuridad donde habitan los desheredados de la tierra, la luz es un bien inasequible, burdo, incómodo. Mejor no saber para no ir muriendo de vergüenza y desamparo. Mejor ignorar cuando no hay valor para asumir un futuro inasequible. Mejor callar cuando no hay palabras para describir la tristeza de no tener otro techo donde cobijarnos. En definitiva, no saber para no correr riesgos.

La crisis económica y financiara que nos abrazó y abrasó en la última década abrió una brecha social imposible de cerrar en muchos años o siglos. Nadie sabe. Es más. La brecha social va abriendo paso a la grieta cultural, que es la enfermedad y la barbarie que nos diferenciará aún más y que nos enfrentará.

Pero este temblor de tierra, como siempre, irá por barrios. Estudios y expertos coinciden en que la segregación aumenta, en relación a las crecientes desigualdades provocadas por el modelo económico vigente. Sergio G. Fanjul escribe que esta tendencia puede provocar problemas en las megaurbes hacia las que nos dirigimos inexorablemente.

Las Naciones Unidas prevén que un 68 por ciento de la población social mundial vivirá en ciudades en 2050. En España ya vive el 80 por ciento. ¿Qué decir de la España vacía y vaciada? Las ciudades, añade Fanjul, son y serán el escenario de los conflictos sociales presentes y futuros.

¿Qué elementos influirán en este proceso inaplazable e inevitable? La merma del Estado del bienestar, la mercantilización de la vivienda y la turistificación. Estas fuerzas son procesos que contribuirán a la separación entre las personas. La condición de crisol de gentes y de culturas en las ciudades se irá apagando irreversiblemente. De hecho, para quien se atreva a observar, el paisaje está pintado.

La desigualdad ya rompió los sueños, ahora comienza a provocar estragos en la vida cotidiana. Mientras tanto, nosotros distraemos la atención en series repetidas y repetitivas, con un vaso de ginebra entre las manos, pretendiendo ignorar la esperanza despedazada de los hijos y la incapacidad propia de argumentar verdades a medias que les calme de las palpitaciones que no adivinamos.

La desigualdad nos mata cada día y no lo vemos. Miramos más allá, donde solo hay objetos muertos. Y esperamos el amanecer como si un nuevo mundo, que no ha nacido, alumbrara en lo más hondo de un horizonte que nunca fue y que no está.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

16 de enero de 2020

  • 16.1.20
Enero lo tenemos casi vencido hasta tal punto que no nos acordamos ya de la Navidad. Quizás nos la evoquen los juguetes que los pequeños dejan esparcidos por la casa. Siendo algo quisquilloso, quizás nos la recuerde lo flaca que pudo quedar la cartera. Un año más hemos intentado reunirnos con la familia.



Hasta no hace mucho, era una fiesta familiar y digo "era" porque, entre otras razones, los distintos miembros de una familia no vivían muy lejos unos de otros. Pero eso cambió con la modernidad. Por diversos avatares nos hicimos –nos obligaron a hacernos– ciudadanos del mundo. Ahora es más difícil celebrar fiestas en familia, dado que muchos miembros viven en lugares a veces lejanos.

Durante las fiestas en general y sobre todo en Navidades, sale al escenario el tema y la preocupación por la soledad de las personas mayores y llamamos la atención sobre su vida solitaria. Gente de buen corazón organizan una cena para estas personas, pero ¿y el resto de días y meses? Nos enfrentamos a un problema de cierta gravedad.

Paradójicamente vivimos en un mundo interconectado por un clic del móvil desde donde mandamos bromas, chistes, fotos de familiares, consignas políticas, falsedades... Añadan los calificativos que quieran y puedan parecer más importantes.

¿La soledad, en el sentido más pernicioso, es una cuestión sólo de Navidad? Sabemos que no. Para quien o quienes vivan inmersos en la soledad no es un problema puntual, es una lacra de larga duración. Estamos ante un conflicto que, según los entendidos, es una epidemia, “un mal o daño que se expande de forma intensa e indiscriminada” (sic) y afecta cada día más a parte de la población de mayores.

Es posible que dicha soledad sea –o ya ha llegado a ser– la “epidemia que poco a poco se extiende y va afectando a parte de la población occidental”. Matizo el tema y para ello parto y me apoyo en el diccionario.

La soledad se entiende como “carencia voluntaria o involuntaria de compañía” (sic). Esta definición ofrece dos caras contrapuestas. Vamos con la primera cara. “Carencia voluntaria de compañía” que aunque, desde fuera, la clasifiquemos “como privación de algo o alguien” (sic) queda claro que la persona inserta en dicha fase actúa por absoluta libertad, lo que no quita que esté a solas consigo misma y con sus pasatiempos (hobby).

El hobby se entiende como “actividad que, como afición o pasatiempo favorito, se practica habitualmente en los ratos de ocio” (sic). Como pasatiempos podemos citar la lectura o la escritura, amén de pintar, esculpir, determinado deporte, montañismo… y un largo etcétera que puede llenar dicho impasse voluntario.

Este tipo de soledad preferida permite conectarse con uno mismo para indagar en lo más interior del yo personal; permite conocerse mejor, permite crear y mejorar con lo que se pueda estar haciendo. Permite retomar el rumbo de nuestra vida.

Por ejemplo, la lectura llama a la soledad así como la escritura requiere pensar aislado. Ambas labores necesitan el vivir solitario “retirado, que ama la soledad o vive de ella”. ¿Razón? En ese tiempo, el sujeto busca la riqueza personal en cuanto a conocimientos que le interesa indagar para poseerlos.

Si se busca el bienestar físico, psicológico y personal, la soledad puede ayudar a conseguirlo. Esta actitud parece un absoluto acto de egoísmo, pero solo se trata de un tiempo para organizarse, descansar, perfilar por dónde continuar el camino. Habría que añadir que “más vale solo que mal acompañado”, es decir, es preferible la soledad a una molesta compañía.

Indudablemente ello requiere cierta independencia o facilidad económica para no tener que depender del trabajo diario. Disfrutar de soledad a veces no es fácil por estar atados, enganchados en mil quehaceres y ser dependientes. La soledad puede resultar positiva en la vida de las personas siempre y cuando sea escogida por el sujeto por ejemplo para reorganizarse.

El psiquiatra Carl Jung nos deja claro que “la soledad es peligrosa. Es adictiva. Una vez que te das cuenta de cuanta paz hay en ella, no quieres lidiar con la gente”. La otra cara que pinta la definición se refiere a “la carencia involuntaria de compañía”.

Ciertamente, en este frente, el sujeto está solo o, mejor, lo han dejado solo. Aquí la soledad es una pesada carga que acompaña al humano en la mayoría de casos. Sin lugar a dudas, la soledad puede traernos tristeza y sufrimiento. Quizás éste sea el lado más amargo de dicho encierro.

Siguiendo el camino marcado por el diccionario, en la tercera definición explicita mejor el término "soledad", que supone “pesar y melancolía que se siente por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o de algo” (sic). En estas circunstancias, el sujeto sufre, añora, echa de menos la pérdida irreparable de un ser querido. Incidente que, se supone, lo aliviará el paso del tiempo.

En el caso de las personas mayores, la soledad es un mal que se debe tener muy presente y tratar de contrarrestarlo. La soledad aumenta el riesgo de muerte prematura en los mayores. Parece que las personas mayores que viven acompañadas o que tienen vínculos sociales satisfactorios, ya sea con familiares o amistades, desarrollan una mejor capacidad de recuperación para sobrellevar las adversidades y gestionar las tensiones del día a día. Aunque suene mal, “no basta con preocuparnos de los viejos solitarios solo en Navidad”.

Los humanos somos sociales por naturaleza, lo cual hace que busquemos necesariamente la compañía de otros humanos. Con la vejez se incrementa la soledad. Se deja el trabajo (la jubilación es necesaria y buena pero no siempre beneficia), los familiares tienen sus propias obligaciones, están lejos, aumenta la incapacidad ante determinados asuntos. Todo ello incrementa la tristeza de sentirse solo.

El cuerpo funciona con más dificultad, con lo cual, estamos más propensos a dolencias, dada las deficiencias inmunitarias. Es frecuente la aparición de enfermedades varias (cáncer, dolores musculares, problemas respiratorios…) a lo que habría que añadir una gama de malos hábitos alimenticios. El estrés se apodera del vivir.

En resumen, el avance de la edad supone en muchos casos un aumento de la soledad y la mala salud. En la actualidad llegar a mayor supone incluso un abandono familiar, dato que contribuye a empeorar la situación tanto en salud como en soledad.

Nuestra sociedad vive muy de prisa y la vejez anda muy despacio. ¿Un dilema? No, en esta frase quiero resumir con la mayor brevedad lo grave del tema. Con el paso de la edad andamos cada día más torpes. Elemental…

A lo largo de la vida de una persona los tipos y/o momentos de soledad pueden ser variados y dependen de múltiples circunstancias. Soledad puntual por cambio de trabajo y lugar de vivienda; soledad transitoria por estar pasando un mal momento que impide comunicarnos con los demás; soledad crónica porque nos hemos cerrado en nuestro rincón. La soledad puede ser autoimpuesta pero también nos la pueden imponer por determinadas circunstancias personales o familiares.

A la vista de lo dicho podemos confirmar que la soledad es una moneda de dos caras: ante todo somos seres sociales y ello hace que busquemos compañía; también somos huraños o, mejor, lobos solitarios. Por ello, sí que podemos hablar de la soledad como epidemia que afecta temporal o definitivamente a gran parte de los humanos y no deja de ser un problema que puede resultar grave. De hecho, se sabe que va de la mano con otros conflictos.

La soledad como tal no es mala. Es algo necesario para reponernos y energizarnos. Lo que daña a la persona es sentirse sola (vendría a ser algo así como dejados de lado con toda la intención). Verdadero o falso, es otro cantar. A veces el propio sujeto se aleja sin quererlo de los demás y cuando siente el escozor ya es tarde para reventar el grano.

Ojo a la soledad interior. Este sentimiento surge cuando centramos la atención en el propio ego: nadie me acompaña, nadie me escucha, nadie me quiere, nadie me ayuda, nadie me sonríe. Este amargo sinsabor genera frustración y solo desaparece cuando trasladamos el centro de nuestro yo al nosotros. Nos sentimos solos cuando nos empeñamos en separarnos de todos y de todo.

Voy a cerrar estas líneas con un pensamiento cargado de negatividad. A pesar de las posibilidades de comunicación que nos ofrecen los medios, parece que la soledad aumenta a gran velocidad. Según los entendidos, es una epidemia que se expande silenciosa afectando a buena parte de la población.

Dato importantísimo. La soledad lleva a muchos de los afectados al suicidio, dato del cual se habla poco o nada. Las noticias hablan por sí solas. “Unas 4.000 personas se suicidan en nuestro país cada año”. “El suicidio duplica las muertes por accidente de tráfico y es la principal causa de muerte de españoles entre 15 y 29 años de edad”. El número es considerable y tan importante como para no echarlo en el olvido.

Como dijo Gustavo Adolfo Bécquer, “la soledad es muy hermosa… cuando se tiene alguien a quien decírselo”.

PEPE CANTILLO

13 de enero de 2020

  • 13.1.20
Tras más de cuatro años de gobiernos inestables en España, parece que, con la investidura de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno, llegará por fin la normalidad a la política española y recuperaremos los usos convencionales de cualquier democracia: el de un Ejecutivo que se dedique a gobernar y el de una oposición que controle desde el Parlamento la labor del Gobierno.



Es decir, podremos dejar de cuestionar la legitimidad de un presidente investido por la mayoría establecida en el Congreso de los Diputados, y no consideraremos deslealtad institucional la función crítica y discrepante de la oposición. Y ambas funciones –gobernar y vigilar la acción de gobierno– se amoldarán a los procedimientos civilizados y respetuosos que se han echado de menos durante todo este tiempo perdido de inestabilidad. Eso, al menos, sería lo deseable.

Pero después del bochornoso espectáculo presenciado durante el debate de investidura y en la previa campaña electoral, caracterizados por las exageraciones, las descalificaciones y la demagogia, todo optimismo queda lastrado por la desconfianza que generan los actores de la política española, empeñados en demonizar al adversario, procurar una respuesta emocional en la gente y mantener la tensión, la sospecha y el juicio de intenciones, sin siquiera esperar a los errores y aciertos que cometa el Gobierno socialista, el primero de coalición en nuestra democracia.

Nada augura, pues, que la normalidad vaya a ser la tónica del nuevo período político que se avecina, lo que, sin duda, iría en perjuicio de nuestro país, de los ciudadanos y de sus expectativas colectivas o individuales. Para los pesimistas –esos optimistas informados–, la normalidad será más un deseo que una realidad.

Y es que veníamos mal y continuamos mal, a pesar de que, en teoría, se abre una Legislatura que debería ayudarnos a olvidar cualquier eventualidad electoral hasta dentro de cuatro años, para aprovechar ese tiempo en abordar y atender los graves problemas y retos a los que se enfrenta España. Toda una Legislatura para pensar en el bien común y el interés general antes que en los intereses particulares y partidistas de nuestros agentes políticos.

Pero el termómetro de lo que será el futuro inmediato, en cuanto a actitudes y compromisos de quienes nos representan, parece que registra una fiebre elevada debida a la confrontación, la polarización y la radicalización con las que se desenvuelve la diatriba política. Como si todos ellos asumieran aquella estrategia de “cuanto peor, mejor”.

No importa que el programa suscrito por este Gobierno de coalición de PSOE y Unidas Podemos sea tan razonable como cabía esperar de un Ejecutivo socialdemócrata, que pone el énfasis en medidas sociales y en la recuperación de derechos y prestaciones a los que más perdieron con la pasada crisis económica.

Un programa que no incluye nada de socializaciones ni ruptura de la economía de mercado, sino correcciones de aquellos abusos y privilegios a que es dada la concentración empresarial y el capital. Para ello, el futuro Ejecutivo prepara una Ley de Presupuestos que amplíe el gasto, pero también los ingresos.

Hay margen para ambas cosas, tanto para garantizar el poder adquisitivo de las pensiones y los salarios de los empleados públicos, como para aumentar la recaudación a través de nuevos impuestos (ambientales, de sociedad a entidades financieras...) y con la subida de dos puntos en el IRPF a los contribuyentes con ingresos superiores a 130.000 euros.

También promete abordar la derogación, parcial al menos, de la Reforma Laboral aprobada en 2012 por el Gobierno del PP, que devuelva a los trabajadores su capacidad de negociación y defensa ante las abusivas imposiciones empresariales. Así, está previsto prohibir por ley despedir a un trabajador a causa de su absentismo por bajas de enfermedad o embarazo. Y priorizar los convenios sectoriales a los de empresa.

El marasmo educativo será corregido por una nueva Ley de Educación, menos ideológica que la LOMCE y más útil para preparar a nuestros jóvenes a las exigencias de un mundo competitivo que demanda formación de calidad. Se potenciará la educación pública, se prohibirá la subvención a centros que segreguen en razón del sexo y se eliminará la asignatura de Religión, que será de carácter voluntario, como materia computable del currículo.

Dicho programa también contempla suprimir la Ley de Seguridad Ciudadana, la llamada “Ley Mordaza”, además de restringir los aforamientos políticos para luchar contra la impunidad de la corrupción, en el marco de la honestidad y transparencia en la dedicación pública.

Y, naturalmente, se afrontará el “conflicto catalán” desde el diálogo y la negociación para hallar soluciones respetuosas con el ordenamiento jurídico-legal a los problemas políticos y de convivencia entre catalanes y entre aquella región y el resto de España.

Por otra parte, los temores que parece infundir la ideología “comunista” de Podemos en el Gabinete de Sánchez pertenecen más bien a la propalación malintencionada del “miedo” que a la realidad. Bastaría con leer las declaraciones del líder de la formación, Pablo Iglesias, al medio digital eldiario.es para percatarse de que el “terror bolchevique” ha sido erradicado del ideario comunista desde mucho antes que naciera Podemos, cuando el eurocomunismo renegó de la “dictadura del proletariado” y aceptó el sistema democrático liberal para acceder al poder y efectuar reformas en el capitalismo, sin pretender eliminarlo.

Ni esas declaraciones de Iglesias, que será vicepresidente de Derechos Sociales del futuro Gobierno, en las que admite que “somos conscientes de nuestros límites”, pues la política, la nuestra como la de cualquier Estado europeo, está definida en el marco de la responsabilidad fiscal europea. Ni sus acciones, allí donde gobierna (ayuntamientos, Comunidades Autónomas), ofrecen motivos para temer “revoluciones” políticas o económicas.

Como tampoco sus “pares” en otros países (Portugal, por ejemplo), donde no se han dedicado a socavar el capitalismo y la economía de mercado, sino lo contrario: a enmendar sus defectos y abusos, cumpliendo con los objetivos de déficit, aclarando el marco regulatorio de la actividad económica y socorriendo a los más necesitados. ¿Es ello temible?

Sin embargo, la derecha, en sus tres versiones, sí intenta propagar ese miedo en la población, poniendo en duda, incluso, la legitimidad de nuestro sistema democrático, que establece la investidura de un presidente de Gobierno mediante una mayoría de votos favorables en el Congreso de Diputados. Y deslegitimando votos según la ideología del parlamentario, como si no todos fueran iguales en su condición de representantes de la ciudadanía.

Esa derecha no solo se niega a conceder los cien días de “gracia” al futuro Ejecutivo para cuestionar su labor, sino que incluso ya acusa al Gobierno todavía no nacido de ser un “peligro para el país”, ir “contra España”, ser mayordomo de una democracia “opuesta a la legalidad” y otras lindezas por el estilo, en feroz competición entre las tres derechas, del PP, Ciudadanos y Vox, por ver quién resultaba más duro y convincente en su oposición al futuro Gobierno.

No ha esperado a enjuiciar la legitimidad de ejercicio, la que deriva de su gestión, sino que ha comenzado por cuestionar su legitimidad de origen, la de su alianza con “comunistas, independentistas y terroristas”, como si ser de izquierdas, soberanista o proceder de la izquierda abertzale fuera delito.

Por todo ello, la “normalidad” que se espera que este Gobierno traiga consigo será bastante complicado de lograr. Porque, por un lado, mantener los acuerdos de gobernabilidad con las fuerzas dispares que lo han apoyado requerirá de denodados esfuerzos por satisfacer las exigencias de cada una de ellas, tanto económicas como políticas.

Y por otro, por el acoso implacable que ya aplica la derecha radical (política, mediática, económica), dispuesta a negar hasta el aire y la oportunidad a un Gobierno al que repudia y combate desde antes, incluso, de que sea haya constituido como tal. Ojalá estemos equivocados, pero recuperar la normalidad se antoja una tarea prácticamente imposible si de la confrontación se calculan réditos partidistas.

DANIEL GUERRERO

12 de enero de 2020

  • 12.1.20
A lo largo de los artículos que he tratado en esta serie aparecieron unos cuantos que estaban centrados de manera específica en algunos de los más significativos diseñadores que han trabajado para las carátulas de los álbumes. En esta ocasión voy a presentar un nuevo y singular nombre: el estadounidense Benjamin A. Vierling, muy poco conocido en nuestro país dado que sus trabajos se han centrado en una línea muy ligada a sus pinturas de corte místico y esotérico.



Previamente, quisiera recordar quiénes han pasado con anterioridad, indicando entre paréntesis en qué número de la sección en la que vieron la luz. Entre ellos se encuentran: Andy Warhol (12), Rick Griffin (14), M. C. Escher (15), Roger Dean (16), Storm Thorgerson (21) y Peter Saville (24).

Sobre Benjamin A. Vierling, tengo que indicar que es un pintor e ilustrador de 45 años, nacido en San Francisco en 1974. Su formación artística la lleva a cabo tanto en Estados Unidos como en Europa. Las imágenes de sus trabajos están ligadas a un misticismo arcano, por lo que utiliza en sus pinturas una técnica que se empleaba en el siglo XV: la mezcla de témpera de huevo y pigmentos de aceite.

Desde el punto de vista estético, su arte es el resultado de unificar imágenes dispares, de modo que las acaba integrando en trabajos de carácter simbólico en los que aúna arquetipos de corte religioso, mitológico o esotérico con temáticas o composiciones contemporáneas.

El resultado, a mi modo de ver, es bastante polémico, aunque reconozco el impacto que provoca en ciertos sectores que le gustan estas mezclas poco rigurosas. No obstante, tengo que reconocer que la meticulosidad y el preciosismo de sus obras nos remiten a un artista que bebe técnicamente del mayor de los realismos y conceptualmente del surrealismo.

Como ejemplo de lo que he indicado podemos apreciarlo en la portada, que no corresponde al diseño de ninguna carátula de disco, sino que es un cuadro de Vierling en el que aúna muchas de las características descritas.

Y ahora para que conozcamos a este sorprendente pintor y diseñador gráfico he seleccionado seis portadas de discos que las presento por orden cronológico de aparición en el mercado.



En el año 2006 apareció en el mercado estadounidense (también en nuestro país) un singular disco, Ys, firmado por Joanna Newson, compositora e intérprete nacida el 18 de junio de 1982 en Nevada City, California. Cantante, pianista, arpista y clavecinista, nos sorprendía con un brillante trabajo que tuvo una muy buena acogida. El diseño de Vierling para la portada nos la muestra sentada, en plano tres cuartos, con mirada oblicua hacia el espectador y, entre los muchos elementos que la rodeaban, con una hoz en su mano izquierda. Todo ello con algunas reminiscencias medievales, que unidas a cierto lirismo surrealista, nos adentraba en una obra verdaderamente brillante.



Damos un salto de cinco años con el fin de presentar la portada que Vierling diseñó, en 2011, para la banda canadiense Weapon, formada en el 2003 en la ciudad de Calgary, Alberta. Para comprender la estética que el diseñador adopta en este caso, hemos de tener en cuenta que la banda se inscribe en lo que se denomina ‘black death metal’, por lo que las referencias visuales a las fuerzas demoníacas se muestran en una composición abiertamente simétrica en las formas. Demonio y ángeles; cielo e infierno; cristianismo e hinduismo; el bien y el mal… todo unido en una especie de ‘melting pot’ muy del gusto de un tiempo en el que se entremezclan todos los símbolos y arcanos de las distintas culturas.



Una vez que Vierling penetra con sus diseños en el mundo musical del ‘black metal’, parece que los grupos adscritos a esta línea recurren ávidamente a él para que les realice las portadas de sus discos. Es lo que le sucede a la banda californiana Avichi. Una vez que el grupo había grabado el álbum The Devil´s Fractal, acude al diseñador para que les realice la portada. El disco aparece, al igual que el de Weapon, también en el 2011 y, como podemos apreciar, Vierling vuelve a un diseño de alta simetría donde las formas geométricas concéntricas tienen un fuerte protagonismo en la composición.



Parece que Satanás y las fuerzas demoníacas son los grandes arquetipos o fuerzas del submundo a los que acuden de modo habitual las bandas estadounidenses del ‘black metal’. Es lo que sucede con los miembros de Deiphago, que con su álbum Satan Alpha Omega, aparecido un año después, en 2012, quieren rendir tributo a una especie de ‘mesías’ caprino, que, envuelto en un círculo y con las referencias de los cuatro apóstoles en las esquinas, nos muestra un libro sagrado ardiendo. Los iconos que mezcla Vierling nos remiten de manera constante a la idea de la muerte, de lo oscuro, de un mundo guiado por fuerzas del mal como imán de atracción. El principio (Alpha) y el fin (Omega) como origen y final de un mundo conducido por un caótico poder maligno.



También en el año 2012, Vierling diseña otra portada para el grupo estadounidense Christian Mistress (Amante cristiano) dentro de esta línea, tan personal y tan atrayente, para las bandas de ‘black metal’. Así, en la portada de Possesion se aleja de las imágenes demoníacas que acabamos de ver para acercarse a una composición de corte surrealista, en la que una mano, que evoca a la de ciertos iconos de Jesús, se extiende hacia abajo, rodeada por un cuadrado inclinado con cuatro letras de ‘m’, al tiempo que sale una llama hacia la tierra esférica, que se encuentra en la parte superior. No obstante, el fondo negro de la composición no deja de ser una evocación a las partes más oscuras de la mente humana.



Cierro este recorrido de seis portadas de Vierling con la presentación de un grupo europeo, Aosoth, formado en París, y que acudió al diseñador estadounidense cuando en 2017 sacó a la luz su disco The Inside Scriptures. En este caso, Vierling se decanta por tonalidades claras, alejándose del cromatismo anterior, puesto que ahora nos presenta una especie de ángel-virgen rubia asaetada, evocando connotativamente la iconografía de San Sebastián, quien atado y semidesnudo se le suele mostrar cubierto de flechas. Aquí, dos ángeles cadavéricos acarician el cuello de la figura protagonista, mientras que a sus pies se despliega un conjunto de serpientes, y todo ello enmarcado en un grupo escultórico formado por dos cariátides masculinas.

AURELIANO SÁINZ

11 de enero de 2020

  • 11.1.20
Siempre hemos oído eso de que la fe mueve montañas y yo creo que es cierto. Se puede tener fe en miles de cosas: en uno mismo, en dios, en una piedra de la suerte, en un ritual, en una persona… Y todo es bueno si nos hace más humanos, nos ayuda a encarar nuestro día día con mejor cara, o nos ayuda a soportar con más fuerza el sufrimiento, que no es más que una de las muchas caras que tiene esta bendita vida.



Para ella, creer en Dios es tan necesario como respirar, cuando la enfermedad le aprieta, dejándola sin fuerzas y repleta de dolor, ella mira hacia arriba en su iglesia y siente que hay alguien que la cuida y la ayuda a caminar, ya sea en esta vida terrenal o en otra que pudiera existir. Rezar es un consuelo, una compañía en el duro páramo del dolor físico.

Para ella, llevar su colgante con su amuleto le permite moverse mejor entre la gente. Ese símbolo ahuyenta el peligro y atrae la dicha. Todo va bien si el Ommm la acompaña.

Para ella, comenzar el día siempre de la misma manera, con sus rituales cotidianos le da seguridad, le muestra un camino fácil en el cambio continuo de la existencia. La prepara para comenzar a marchar.
Hay miles de ellas y ellos, con sus piedras angulares que les protegen o ayudan. Todos dignos de respeto. Al fin y al cabo no somos más que transeúntes que se mueven sobre una bola que flota en un universo enorme, sin seguridad de ningún tipo.

Frágiles somos o así nos hicieron, con un puñado de horas para respirar el aire de esta tierra. Nada más. Y en ese andar a ciegas, a tientas, cualquier atisbo de fortaleza, de roca estable, nos puede ayudar a sentirnos por un momento dueños de nuestro destino. Cada uno lo hace lo mejor que puede...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

10 de enero de 2020

  • 10.1.20
Hay que ser muy serios para hablar de humor, para hacer humor, para defender la capacidad satírica y de dar opinión que tiene el humor en cualquier formato en los medios de comunicación. El periodista Jorge Bustos advierte que la mejor forma de opinión de un periodista no es el ataque frontal, sino la ironía.



El productor ejecutivo de El Intermedio, Miguel Sánchez Romero, sabe que unir humor e información es un trabajo muy complejo y que la utilidad del humor es hacer un ajuste de cuentas. Pero cabe preguntarse si vivimos en nuestro país el mejor momento para el humor. El excantante de Siniestro Total, Julián Hernández, asegura que “antes se podía hacer humor de todo y ahora parece que hay un patrón de qué es gracioso y qué no”. “Tenemos un problema”, dice, “con la ironía y el sarcasmo”.

No es ningún descubrimiento que la historia de la prensa satírica en España ha estado siempre ligada a la lucha contra la censura. Desde la primera revista, El Duende Crítico de Madrid (1735) que ya circulaba clandestinamente, múltiples cabeceras han desafiado al poder desde el humor y la sátira.

Aunque pueden parecer muy lejanas, las publicaciones del siglo XIX fueron en su momento cabeceras de gran difusión e impacto entre el público, especialmente a partir de la revolución de 1868, cuando se amplió la libertad de prensa y aparecieron las publicaciones que servirían de modelo a nuestro periodismo gráfico: Gil Blas (1864) y La Flaca (1869). Durante el siglo XX, la prensa satírica se modernizó. En los años veinte y treinta, se crearon algunas cabeceras vanguardistas de humor refinado como Buen Humor (1921) o Gutiérrez (1926).

El humor gráfico no se detuvo en España ni durante la Guerra Civil, periodo en el que coexistieron revistas satíricas en ambos bandos. Posteriormente, y ya en la postguerra, salió a la luz La Codorniz (1941) y hubo un buen número de publicaciones clandestinas que se siguieron publicando durante el periodo gris y monolítico del franquismo.

La última eclosión de la prensa satírica se produjo en la época de la transición democrática, una década de esplendor (1970-1980), con el nacimiento de cabeceras míticas como Hermano Lobo (1973), El Papus (1973), Por Favor (1974) o la decana del humor español, El Jueves (1977). Javier Domingo Gómez afirma que, aunque la prensa satírica ha sido considerada siempre prensa menor, sin embargo, ha tenido mucha importancia, a nivel popular, desde sus comienzos hasta nuestros días.

Hoy, en este sentido, parece que se inicia un renacer de esta prensa especializada. Una tendencia que se ha extendido, con distintos formatos, a otros medios. El humor se ha trasladado a la radio, la televisión o Internet, en el que tiene cabida una gran importancia las redes sociales y los característicos memes.

El humor es la herramienta idónea para decir cuanto no cabe en un editorial. Y aquí es precisamente que nos preguntamos dónde están los límites o si los límites al humor, la sátira y el sarcasmo deben existir. En todo caso, las consecuencias son previsibles.

La prensa satírica siempre fue combativa y por la misma razón la combatieron. En España, hace 40 años, los grupos de ultraderecha intentaron acabar con la redacción de El Papus. Y en París, fueron los grupos islamistas quienes atentaron en 2015 contra el semanario satírico francés Charlie Hebdo.

El ensayista estadounidense Elwyn Brooks White decía que “explicar un chiste es como diseccionar una rana. Lo entiendes mejor, pero la rana muere en el proceso”. Algo así pensaría el humorista Dani Mateo que tendría que explicar al juez cuando le llamó a declarar acusado de ofensas y ultraje a símbolos de España (artículo 543 del Código Penal) y un delito de odio (artículo 510) por simular sonarse la nariz con una bandera de España.

Parece ser habitual que la sátira moleste a quien no esté de acuerdo con ella. ¿Pero Dani Mateo cruzó la línea roja? ¿Hacer humor con un símbolo significa, necesariamente, reírse del símbolo? Se ha escrito que el objetivo del sketch de Dani Mateo no era reírse de la bandera, sino de quienes creen que la bandera es un símbolo intocable. Por eso juega con los dos elementos que la componen: el valor simbólico y el hecho material.

Es decir, no es solo un trapo, pero también es un trapo. Al usar ambos planos a la vez es donde se produce la incongruencia, uno de los mecanismos clásicos del humor. El sentido del sketch de la bandera era demostrar que, cuando los ánimos están muy caldeados, las banderas se vuelven más importantes que las personas. Y eso es peligroso. Por eso, dice, “me desmoronaba al comprobar que me había sonado en ella. Nunca fue ofender”.

Una de las funciones del escritor, y también del humorista, es molestar. Y a veces ambos molestan por hacer bien su trabajo. Según escriben Peter McGraw y Joel Warnen, el humor tiene que responder a lo que llaman una "agresión" o "violación benigna". Es decir, tiene que transgredir alguna norma social o alguna idea preestablecida, pero dejando claro que no se trata de una agresión real.

El humor provoca incomodidad, pero es inofensivo. Que un chiste resulte ofensivo, no significa que sea un delito. En el Undécimo Encuentro Internacional de Lengua y Periodismo celebrado en 2016 en San Millán de la Cogolla quedó claro que el humor es opinión, una toma de postura, un desajuste con la realidad, una discrepancia con el mundo. Y que el humor aplicado a la información es un ajuste de cuentas civilizado con el poder.

Pero también quedó claro que detrás de un buen chiste hay muchas horas de trabajo serio; que a quien opina en tono de humor, se le permite exagerar. Pero hay también un aspecto ético, una responsabilidad del humorista, vinculada a la libertad de expresión: que se pueda sostener en broma lo mismo que se pueda sostener en serio. Porque los límites del humor deben estar más marcados por la sensibilidad personal y social que por las leyes.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

9 de enero de 2020

  • 9.1.20
El acceso al alquiler es más complicado cada día. Las exigencias de los arrendadores se han vuelto exorbitantes, no valiendo ya con la fianza y un contrato fijo, sino que hay quien pide ya dos avalistas. Cualquier día de estos nos encontraremos un anuncio donde exijan, también, lágrimas de político honrado y orina de populista moderado.



En un momento de inestabilidad político-social y de bajos salarios –cuando lo hay–, la posibilidad de muchas personas e, incluso, familias enteras de abordar el imparable aumento del precio del alquiler y las garantías exigidas por los dueños de las viviendas resulta imposible. Un hecho que se ve agravado por la creciente presencia de viviendas destinadas al turismo.

En especial, resulta una grave complicación para que los jóvenes accedan a la vivienda. Incluso con empleo, la falta de una cotización mínima que les asegure un subsidio en caso de desempleo y los bajos sueldos les impide ofrecer la seguridad que los arrendadores ansían. Tampoco el resto de la población lo tiene fácil.

Por otro lado, la falta de solvencia de muchos inquilinos y la ausencia de agilidad en los trámites para expulsar a los morosos, por no hablar del estado en que, en ocasiones, dejan las viviendas, son argumentos sólidos de los arrendadores para mantener estas limitaciones.

La imagen que muchas personas tienen de los arrendatarios que no pagan el alquiler es la de familias bienintencionadas, con sus miembros en situación de desempleo y con graves problemas económicos. Y es cierto que es una realidad. Por desgracia, otro perfil que también existe es el del sinvergüenza que aprovecha su ocupación de la vivienda para vivir gratis, en lo que tarda la Justicia en dar la razón al arrendador y expulsar al inquilino.

Ahora bien, el aumento desorbitado del precio de la vivienda reduce las opciones de solvencia de los inquilinos. Y al reducirse estas opciones de solvencia, aumentan las inquietudes del arrendador, que aumenta las exigencias. Y así entramos en un círculo vicioso que solo puede resolver una equilibrada acción gubernamental.

Una de las promesas del tumor sanchista y su Gobierno pseudoprogresista es regular el alquiler en España. Habrá que ver si esta medida se lleva a buen fin y, sobre todo, si se hace bien.

La persona que pone en alquiler su vivienda lo hace para obtener un beneficio. Si se le perjudica en exceso, preferirá mantener su vivienda vacía antes que correr el riesgo de que se la dejen en mal estado a cambio de una miseria. O lo que sería peor, que a pesar de la medida, el moroso no pueda ser expulsado con agilidad de la vivienda y el arrendador prefiera no correr riesgos.

Por tanto, el nuevo Ejecutivo deberá alcanzar un equilibrio entre las necesidades de los arrendatarios y las debidas seguridades de los arrendadores. Sin embargo, la presencia de tantos populistas en el Gobierno me hace dudar de la capacidad del mismo de adoptar medidas equilibradas. Tiempo al tiempo.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

6 de enero de 2020

  • 6.1.20
Si no se produce ninguna zancadilla en el último minuto (¡y mira que ha habido muchas!), los Reyes Magos traerán mañana un Gobierno “estable” a España. Era lo que pedía la inmensa mayoría de los españoles en la carta a Sus Majestades de la Ilusión. Después de ocho meses de interinidad y dos elecciones generales, el candidato del PSOE, Pedro Sánchez, podrá al fin reunir una mayoría de votos favorables en el Parlamento que le permitirá ocupar el despacho presidencial del Palacio de la Moncloa, sin estar en funciones ni de manera provisional, como lo ha venido siendo desde que ganó una moción de censura al Gobierno de Mariano Rajoy, en mayo de 2018.



Si lo consigue, será el primer Gobierno de coalición que se formalizará en nuestro país desde la Segunda República, gracias al pacto alcanzado entre los socialistas y Unidas Podemos, más el apoyo parlamentario de otras fuerzas regionalistas, nacionalistas e independentistas. Pero contará con la frontal y beligerante oposición de la derecha (de todas ellas: la derecha, la ultraderecha y la ultra ultraderecha, como las calificó Pablo Iglesias), que ha hecho todo lo posible por bloquear e impedir la consecución de ese probable Gobierno de izquierdas. Es decir, si no se malogra a última hora, los Reyes Magos posibilitarán un Gobierno que acabe con la inestabilidad en la que se ha instalado desde hace un lustro la política en nuestro país. Ya era hora.

Las negociaciones para cerrar ese acuerdo han sido numerosas (por el número de partidos con los que acordar), complejas (por los diferentes y hasta opuestos intereses de cada uno de ellos) y, más que discretas, opacas y ambiguas. Todo ello daba pábulo a la desconfianza y el malestar, incluso en el propio PSOE.

Durante las mismas, algunos barones territoriales socialistas expresaron sus recelos por los compromisos que tuviera que aceptar su partido para ganarse el apoyo de otras fuerzas parlamentarias. Temían que se tuvieran que cruzar determinadas “líneas rojas” que todos ubican en las concesiones soberanistas que exigiera ERC, el partido independentista del líder catalán Oriol Junqueras, actualmente en prisión.

Existía temor también en otras autonomías, temerosas de la posibilidad de un trato privilegiado a Cataluña que, por mucho “conflicto político” que mantenga con el Estado, iría en detrimento de la igualdad de derechos y prestaciones que todas las comunidades merecen.

Todos, barones, autonomías y oposición, desconfiaban de unos apoyos, por otra parte imprescindibles, procedentes de partidos independentistas debido a las contrapartidas que pudieran exigir, aunque sea el mero reconocimiento político de su “singularidad” y el derecho democrático a perseguir sus objetivos, en el marco del “ordenamiento jurídico” existente; es decir, constitucional.

A pesar de todo, tales objeciones eran las tomadas por “amistosas”, planteadas por los que, en cualquier caso, preferirían la formación de un Gobierno de izquierdas a la repetición de unas terceras elecciones generales, de cuyo resultado nadie excluye un bandazo, por hastío, hacia la diestra.

La oposición de derechas, que recupera poco a poco terreno, apostaba por nuevas elecciones, bloqueando con una negativa férrea la investidura con sus votos o abstención de un presidente socialista. Y para denostar, a renglón seguido, los apoyos logrados en la bancada de la izquierda, única opción posible. En este sentido, la derecha ha actuado, dicho coloquialmente, como el perro del hortelano, que “ni come ni deja comer”.

Pero si el “fuego amigo” era el provocado por la desconfianza de lo convenido en ese pacto de investidura, el fuego enemigo, procedente de la derecha reaccionaria, lo fue –es y será– por su total y absoluta cerrazón a un acuerdo entre las izquierdas que haga posible la formación de un Gobierno de coalición del PSOE y Unidas Podemos, como si un gobierno de izquierda fuera la primera vez que sucede en España.

Mientras estuvo en fase de negociación, la derecha política y mediática no se cansó de denunciar que se estaba pactando con los que quieren “romper” España, con “comunistas, separatistas y golpistas”, todos ellos enemigos declarados de este país, aunque reúnan toda la legitimidad democrática para sentarse en el Congreso de los Diputados y ser tan dignos representantes de los españoles, como los demás diputados.

La voluntad de apostar por el diálogo para encauzar el conflicto territorial de Cataluña, supuso nada menos que la catalogación del PSOE como partido “no constitucionalista”, cuando entre los autodeclarados constitucionalistas se alineaban formaciones cuyos presidentes no habían votado la Constitución, otras que no existían cuando se aprobó y alguna que se posiciona en contra del diseño constitucional del Estado de las Autonomías y de algunas libertades y derechos constitucionales. Ese fuego enemigo se atrevió a tildar al candidato de “traidor” y “felón” por tratar de armar una mayoría parlamentaria que permita su investidura.

Cuando escribo este comentario aún no se conoce el resultado definitivo del pleno de investidura. Pero la munición empleada por la derecha, antes y durante la primera sesión, ha sido contundente y de grueso calibre.

A estas alturas de la democracia en España, tales actitudes viscerales de confrontación parecían haber sido superadas en el proceder democrático de la alternancia del poder y en los usos de cortesía, basados en el respeto y la educación, en las relaciones personales y la diatriba entre los políticos, cual adversarios y no como enemigos irreconciliables.

Sin embargo, las descalificaciones, los insultos, las amenazas, las mentiras y las insidias han acaparado el contenido de los reproches dirigidos desde determinados sectores sociales de la derecha –político, mediático, económico, etcétera– a los partidos empeñados en consensuar un Gobierno de izquierdas y a los partidarios que apoyaban tal iniciativa, por otra parte, perfectamente legítima y democrática, dada la mayoría representada en el Parlamento, derivada de la voluntad, expresada en las urnas, de los ciudadanos.

Incluso ha habido llamamientos, desde el catastrofismo más irracional, a una defensa de la patria ante una supuesta amenaza a “la seguridad nacional”, representada por el candidato socialista o por un Gobierno por él presidido en coalición con Podemos. Era lo que demandaba un exmilitar integrado en Vox a través de un artículo publicado en la edición de El Mundo de Baleares, en el que hace un llamamiento a “los poderes del Estado” para evitar la investidura de Sánchez e, incluso, examinar si había incurrido en crimen de traición. El mensaje es implícito.

Más explícito era el de un filósofo, columnista de ABC, que afirmaba que “la situación es gravísima” porque el Gobierno en funciones se apoya “en quienes quieren destruir la Nación y destruir la Constitución”. Asegura el alarmista que “otra guerra civil es posible”. Habla de odio para referirse a la memoria histórica, de la chabacanería instalada en el Parlamento, por la fragmentación partidista, y del imperio de la mediocridad, política y social. Por todo ello, concluye que “España casi agoniza” y  “que puede morir”.

Uniéndose al coro del catastrofismo apocalíptico, algunos “ministros” de la Santa Madre Iglesia Católica, la que aloja en sus templos tumbas de dictadores y de asesinos (Queipo de Llano sigue en la Basílica de la Macarena de Sevilla) que provocaron una guerra civil, la que paseó bajo palio, mientras vivieron, a los que firmaron sentencias de muerte, fusilamiento y garrote vil a inocentes que mantenían ideales contrarios al fascismo, no han dudado solicitar a sus fieles que "elevaran oraciones especiales por España" en todas las iglesias, misas y conventos.

España, a juicio de estos preclaros monseñores de la Conferencia Episcopal, está en una “situación crítica”. No piden rezar por los inmigrantes ahogados, ni por la miseria a la que están condenadas muchas familias a causa de un modelo económico injusto y egoísta, ni siquiera por las asesinadas por la violencia machista, que ha causado más muertes que el terrorismo de ETA, sino que piden orar para que el Altísimo, que se sienta a la derecha, naturalmente, impida un nuevo Gobierno progresista en España que pueda poner en riesgo el chiringuito de la concertada, la financiación pública de su tinglado eclesiástico y demás privilegios que disfruta “su” Iglesia en un Estado constitucionalmente no confesional.

Si todo lo anterior no es catastrofismo, al estilo de la portavoz parlamentaria del Partido Popular cuando dice que la situación actual es peor que cuando ETA mataba, ¿qué será entonces catastrofismo? Esos velados llamamientos a una intervención del Ejército (“los poderes del Estado”) o avisos de que “otra guerra civil” parece justificada, no constituyen simples ejemplos de una diatriba política polarizada, sino amenazas nada sutiles de una derecha radical que está dispuesta a utilizar todos los medios a su alcance para retener un poder, un gobierno, un país, una sociedad, una economía y una cultura bajo las directrices de su ideología.

Y ello es grave y peligroso. Porque si las derechas consideran que la democracia y la libertad solo son válidas si les sirven para retener el poder, tachando de ilegítimas las alternancias en el gobierno por decisión soberana de los españoles, entonces corremos el riesgo de que se produzcan todos los males apocalípticos que nos vaticinan si ellas no gobiernan. No hay que olvidar que fueron las derechas las que iniciaron la última guerra civil en España para “defenderla” del Gobierno legítimo de la República.

Tal vez por ello, sería “saludable”, aunque solo sea para “exorcizar” todos esos designios de maldad de los que se le acusa, que el primer Gobierno de coalición pudiera materializarse en la democracia española. Para demostrar que un Gobierno de izquierdas, en el que participe Podemos, no es ningún riesgo para el país, ni supondrá una hecatombe para la economía, la integridad territorial, la unidad nacional o la identidad de la población, tan plural y diversa como la de cualquier país moderno.

Más allá de un programa que incluye derogar los efectos más lesivos de la Reforma Laboral, aumentar el tipo impositivo a las rentas superiores a 130.000 euros, actuar contra la precarización del trabajo, adecuar nuestra sociedad a la cuestión ecológica y climática, atender la revolución feminista, regular la proliferación de las casas de apuestas, limitar los abusos en el alquiler de viviendas o ampliar las libertades básicas y los derechos sociales, más allá de todo eso, sería conveniente un Gobierno de izquierdas para fortalecer nuestra democracia en la normalidad de la alternancia en el poder, sin apelar al catastrofismo ni al fundamentalismo ideológico. Nadie está en posesión de la verdad, menos aún en política.

Por eso, puede que esta vez que los Reyes Magos acierten con el regalo que se merece el país: un nuevo gobierno estable y progresista que afronte los problemas que nos agobian. Y si se equivoca, dentro de cuatro años pedimos otro. ¿Dónde radica el peligro? ¿O acaso la gente no sabe votar?

DANIEL GUERRERO

5 de enero de 2020

  • 5.1.20
Ya nos encontramos en el 2020, habiendo traspasado esa línea imaginaria que supone el último día del año y, por ahora, acercándonos hacia el final de las Navidades. Sin embargo, no se han cerrado del todo ya que queda todavía algo verdaderamente mágico para niños y niñas: la llegada de los Reyes Magos.



Este es un ritual que desde tiempo inmemoriales se celebra, pues queda constancia de ello tanto en múltiples relatos, orales y escritos, como en las obras de los grandes pintores que desde la Edad Media hasta nuestros días han plasmado con gran carga de imaginación, sus recorridos o llegadas al portal de Belén (caso, por ejemplo, de la obra El cortejo de los Reyes Magos del pintor renacentista italiano Benozzo Gozzoli y de la que presento un fragmento más abajo).

En la actualidad, no nos queda más remedio aceptar que este gran evento se haya convertido, en cierta medida, en algo desmesurado, ya que a los pequeños se les atiborra de juguetes por parte de los miembros de la familia (padres, abuelos, tíos…) de modo que, sin ser consciente de ello, se les inicia en el consumismo, uno de los grandes males de nuestra sociedad y que, por desgracia, con el paso de los años resulta muy difícil de erradicar, pues acaba siendo parte de los hábitos personales.

Pero no voy a entrar a analizar este fenómeno, dado que sé por las investigaciones que llevo a cabo que también hay padres sensatos que intentan que sus hijos no entren en esta dinámica tan extendida en estos tiempos que vivimos.

También sé que hay gente que me estará leyendo que recuerde que en aquella lejana infancia solo venían los Reyes Magos a traernos esos juguetes que tanto nos ilusionaban y que durante las vacaciones navideñas los esperábamos impacientes. Lo malo es que habían situado la llegada de los Magos de Oriente el seis de enero, cuando se acababan las vacaciones y apenas teníamos tiempo de disfrutar.

Sobre el maravilloso relato de los Reyes Magos (dado que sabemos que no es un hecho histórico constatable) hay algo que suele salir a debate cuando se hace referencia al desencanto que sufren los pequeños cuando alguien mayor, o de su propia edad, les indican que no existen y que en realidad son sus propios padres.

En mi caso particular, que yo recuerde, siempre supe que quien nos traían los regalos eran los padres, quizás porque alguno de mis hermanos mayores se encargó de contármelo; no obstante, para mí no era ningún problema, ya que esperaba con la misma impaciencia la llegada de ese día emocionante en el que me levantaba muy temprano para ir al salón de la casa a comprobar que no se habían equivocado en lo que yo les pedí.



Acerca del tema de las creencias infantiles, abordaré en un artículo posterior el modo en el que niños y niñas piensan sobre lo que es real y lo que es ficción, puesto que uno de los hechos pocos conocidos es cómo se articula la realidad y la fantasía en sus mentes. De este modo comprobaremos la diferencia que existe entre mentirles (cosa que nunca debemos hacer) y el participar en una fiesta colectiva, de raíces tradicionales, que para ellos supone un enorme disfrute y un despliegue de sus capacidades de imaginación e inventiva.

¿Y qué pienso de la figura de Papá Noel que, paso a paso, se ha introducido en nuestro país y ahora convive y compite con nuestros Reyes Magos, de modo que los padres se ven abocados a duplicar los regalos y a tener un gasto extra, puesto que las presiones sociales y comerciales les empujan a ello?

La verdad es que de algún modo siento un cierto rechazo a la figura foránea del Papá Noel, que no se corresponde para nada con las tradiciones de los países mediterráneos, y que ha arribado como un producto más de consumo internacional que se extiende por todos los países.

Y es que antes de que lleguen los días de Navidad, aparece en los centros comerciales ese personaje regordete con barba y pelo canosos, con ropaje de color rojo y blanco, para invitarnos a gastar al máximo, puesto que fue diseñado en los Estados Unidos, país que se ha convertido en la meca del consumismo.

Recordemos que Santa Claus, San Nicolás o Papá Noel, que a fin de cuentas son lo mismo, tiene su origen en los países fríos del centro y del norte de Europa, y que entrando por la chimenea penetra en los hogares para traerles los regalos a los niños el día de Navidad.

Pero a diferencia esos magos que vienen en camellos por áridas y cálidas tierras llenas de palmeras hasta el rincón más humilde y alejado de la geografía española, la imagen que actualmente tenemos de Papá Noel, tal como en alguna ocasión he apuntado, se ha convertido en un producto internacional de consumo gracias a la Coca-Cola.



Para explicar su nacimiento, hagamos un poco de memoria y recordemos que el origen de la marca Coca-Cola se encuentra en la ciudad de Atlanta, en una farmacia que estaba regentada por un boticario llamado John Pemberton. Allí, en 1885 y en las traseras de la botica, Pemberton, en medio de sus habituales experimentos, produjo un vino francés a base de coca. Más adelante, modificó la fórmula omitiendo el alcohol y añadiendo otras esencias vegetales. Fórmula que la marca nunca ha dado a conocer del todo.

Al año siguiente, en 1886, Pemberton con su socio Frank Robinson empezaron a vender la bebida en la ciudad, a la que inicialmente denominaron como ‘Jarabe y Extracto de Coca-Cola’, para posteriormente quedarse como Coca-Cola. Dice la leyenda, que en cierta ocasión descubrió que algunos de sus empleados diluían el nuevo jarabe con agua fría y lo bebían para mitigar la sed en los calurosos días de verano de las tierras sureñas. De ahí surgió la idea de vender el jarabe como la bebida refrescante que hoy conocemos.

Desde el punto de vista de la comercialización, uno de los grandes saltos se produce en la década de los treinta del siglo pasado, cuando Coca-Cola Company le encarga al publicista Haddon Sundblom que diseñe los carteles para la promoción de la bebida durante las fechas navideñas. Así, Sundblom pinta un Papá Noel que lleva en su ropaje los colores del logotipo y de las etiquetas de la famosa bebida: rojo y blanco.

De este modo, la nueva imagen del Papá Noel se divulgó por todos los países en los que se tomaba ‘la chispa de la vida’, tal como años después se anunciaría la bebida. Serían, pues, los carteles de Sundblom los que proporcionarían una imagen unificada de Papá Noel, ya que en sus anteriores representaciones navideñas de los libros, grabados, litografías, carteles, etc., aparecía en distintas formas y con colores diversos.

Puesto que la publicidad está pendiente de todos los detalles, en años posteriores a su aparición, el diseñador estadounidense le quitó el color rojizo a los mofletes y a la nariz del primer Papá Noel que había creado, ya que parecía un borrachín y no era cuestión de que la imagen que ahora se difundía internacionalmente fuera objeto de mofa.

De este modo, se creó ese campechano y regordete abuelo, que con barba y pelo blanco nos invita, campanilla en mano, a que pasemos unas felices fiestas brindando con una botella de Coca-Cola, y, aunque en estos días la compañía no acuda a esta imagen, puesto que ya no la necesita, ahí quedan sus colores para que no nos olvidemos de consumir todo lo que podamos.

Así pues, siempre preferiré a esos Reyes Magos que ahora llegan cargados de caramelos el día anterior a los regalos que dejan en las casas para que los pequeños, con miradas de asombro, los vean en carrozas, más o menos ataviadas, y que llegan hasta el rincón más modesto de nuestro país.

AURELIANO SÁINZ

3 de enero de 2020

  • 3.1.20
La lluvia es uno de los fenómenos del medio ambiente más comunes y al mismo tiempo más sorprendentes y fantasmales, aún dentro de su simpleza. En términos científicos, la lluvia no es más que la precipitación de agua desde las nubes hasta la tierra. Pero qué es la lluvia antes de ser lluvia.



También en términos científicos, podríamos decir que todo se inicia con la condensación del vapor de agua que se encuentra dentro de las nubes y que, por ser más pesado al ser frío, cae por la gravedad hacia el suelo. Pero tal vez la lluvia, antes de serlo, pretenda ser algo más.

Jonathan Coe escribió una novela perfecta de título enigmático: La lluvia antes de caer. Escribe en estas páginas:

(…) No me importa que llueva en verano. Hasta me gusta. Es mi lluvia favorita.
—¿Tu lluvia favorita? –dijo Thea–. Pues la mía es la lluvia antes de caer.
—Pero, cielo, antes de caer en realidad no es lluvia. (…) Es sólo humedad. Humedad en las nubes. (…)
– Ya sé que no existe. Por eso es mi favorita. Porque no hace falta que algo sea de verdad para hacerte feliz, ¿no?

Donde no llega la ciencia, claro, la literatura abre otras posibilidades. La lluvia, por supuesto, antes de caer, también es lluvia. Aunque no exista para la ciencia. Pero todo lo es en tanto que nosotros pensamos que puede estar ahí.

Para mí, el agua ya caída de las nubes también es lluvia, una lluvia mansa que pisamos al andar y que se viste plateada con los primeros rayos de sol. El agua llovida sigue siendo lluvia, una lluvia atrapada en los campos cuarteados por la sequía, en los bulevares de las ciudades desiertas, una lluvia que se consume inexorablemente en ella misma y se hunde en lo más hondo de la tierra, como si la atravesara de punta a punta. Y tal vez siga siendo lluvia en ese mundo subterráneo que perdemos a la vista y a la conciencia.

El agua llovida nos trae el olor a tierra mojada, la sensación de que somos también elementos insignificantes del universo, una sensación de río improvisado que todo lo destruye y lo quiere para sí, que desmocha proyectos que creíamos imperecederos y construye balsas de agua donde antes todo era desierto, y mares sutiles que también desembocarán en los mismos mares de siempre.

El agua de lluvia viene para irse y, a veces, observando el paisaje después de la batalla, deja un reguero de muertos sólidamente fabricados y sin identidad, deja la tormenta –palabra prima hermana de tormento– un fogonazo de viento acabado y definitivo.

La lluvia, a veces, también es mansa, como el agua llovida que pisan nuestros pies y modela nuestros pasos en un caminar indiferente después de la lluvia. Más allá de la lluvia, entre ese espacio y tiempo de la lluvia antes de caer y el agua después de llovida, hay un enigma encriptado que juega con nosotros para devolvernos un mundo inexistente y necesario que solo existe en las propias palabras, y que más tarde se diluye en la propia memoria, donde un día nada existirá, sin más recuerdo que los zapatos mojados y el aire otra vez puro y limpio.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


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