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27 de noviembre de 2020

  • 27.11.20
Sin ánimo de restar importancia a la calidad futbolística de Diego Armando Maradona, calificado como el mejor jugador de fútbol de la historia, considero desproporcionados y peligrosos algunos –muchos– de los elogios que su fallecimiento está generando en el mundo entero. En mi opinión, la leyenda de su agitada vida fuera de los terrenos constituye el paisaje vital en el que inevitablemente se instala su virtuosismo con el balón.


Comprendo y respeto las lágrimas pero no apruebo que se canonice como modelo de dignidad ni de comportamiento humano. A la hora de aplaudir sus regates y sus goles, hemos de tener en cuenta su adicción a la cocaína, su amistad con la Camorra napolitana, su desprecio a los periodistas, sus burlas de las mujeres y su manera frívola de interpretar la vida humana.

La dignidad humana no depende del color de la camiseta, de las insignias que lucimos en las chaquetas o de los títulos que coleccionamos en las vitrinas. El valor de una persona no aumenta a medida en que crecen sus habilidades, sus riquezas, su poder o su ciencia. No confundamos la grandeza con la magnitud; la nobleza con la fama; la importancia con la vanagloria; el prestigio con la popularidad y la calidad con la cantidad.

La dignidad humana no estriba en las insignes prebendas o en los cargos honoríficos, ni el brillo de las apariencias coincide con la sustancia de la realidad, ni el ruido de la publicidad con las nueces de los hechos: no es oro puro todas las baratijas que relucen en las solapas.

La dignidad nada tiene en común con la jactancia, con la presunción o con la arrogancia, sino que se encuentra, justamente, en su cara opuesta. La dignidad humana guarda una relación directa con la integridad, con la generosidad, con la sencillez, con la naturalidad y, a veces, con la pobreza; depende más de la manera de trabajar que del puesto que ocupamos. 

Si es cierto que las peanas altas empequeñecen las figuras, también es verdad que, cuanto más bajitos somos más nos encantan las tarimas, los púlpitos y los escenarios. Yo también le deseo sinceramente que descanse en paz.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

26 de noviembre de 2020

  • 26.11.20
En el momento de escribir estas líneas tenía otra columna muy diferente a falta de rematar. En ella, para variar, criticaba al Kennedy español y su extraño concepto del diálogo. Sin embargo, he decidido dejarlo para mejor ocasión. Acabo de enterarme de la muerte de Diego Armando Maradona, y ese hombre me merece bastante más atención.


La Mano de Dios crea fascinación incluso entre sus detractores. Dejando la moralidad en la parroquia, nadie puede negar que es un fenómeno psicológico y sociológico. En este momento, medio mundo periodístico le está dedicando sus más emotivos elogios y sus más agrios reproches.

En este sentido, viene a mi memoria el recuerdo de un libro que me impactó mucho en mi adolescencia: La presentación de la persona en la vida cotidiana, de Erving Goffman. La obra desarrollaba la hipótesis de que la vida cotidiana era asumida por las personas mediante distintos enfoques dramatúrgicos. Diferentes roles para diferentes contextos y situaciones. No hay una identidad estable como tal, ni independiente, pues depende de una serie de interacciones sociales.

¿Cómo juzgar a un personaje como Maradona desde el prisma dramatúrgico? Si aceptamos que no hay una identidad estable y constante, tengo dudas sobre nuestra capacidad de juzgar moralmente a una persona en su conjunto. Como mucho, las acciones de los roles que adopta.

Y pocos ejemplos son tan dados a la perspectiva dramatúrgica como el de La Mano de Dios. En este punto, me atengo a las palabras de un hombre bastante más sabio que yo. El veterano periodista Ernesto Cherquis Bialo, en una entrevista en Televisión Pública Argentina en mayo de 2019, fue preguntado por la figura de Diego Armando Maradona. Su definición es impecable.


Por un lado, Cherquis resalta su naturaleza polifacética:

¿Usted cree que hay un solo Maradona? Yo creo que hay muchos. Hay por lo menos ocho, nueve Maradonas. Hay un Maradona que jugó al fútbol; hay un Maradona que alcanzó la celebridad; hay un Maradona hijo, que murió cuando murieron sus padres. Hay un Maradona padre, que se reinventa cada día; hay un Maradona amigo, que barre cambiando amistad. 

Hay un Maradona afectivo, un Maradona sublime, y hay un Maradona abyecto y un Maradona fenomenal. Hay un Maradona de frases inolvidables, y hay un Maradona cuyas frases es mejor no recordar. Es la suma de todo eso, en un solo hombre. Un genio”.

¿Cuál es el verdadero Maradona? ¿El que golpeaba a su pareja borracho o el que defendía las tesis bolivarianas? ¿El analista sublime o el entrenador inconstante? ¿El padre de sus padres o el padre de sus hijos? ¿El dios de la Iglesia Maradoniana o el vil payaso grotesco que nos pintan sus detractores? ¿Hasta qué punto fue influido por su entorno en cada uno de estos roles? “Canillas de oro, y letrina”, insiste el veterano periodista.

Por otro lado, Cherquis nos enseña otra dimensión fascinante de La Mano de Dios. No siguió el orden natural, a diferencia de Leo Messi:

Messi fue el hijo de su papá, y es el hijo de su mamá. Es el hermano de sus hermanos. Messi es el mejor de sus compañeros. Es el mejor jugador de fútbol en la actualidad. Pero siempre estuvo en el rol lógico, en el que la vida lo puso. Quizá por eso, los periodistas convertimos a Messi en un personaje que no es, y para el cual no está preparado para ser”. En cambio, “Maradona fue el papá de sus padres, el papá de sus hermanos, el superamigo de sus amigos, el protector de su protegido”.

Un hombre hecho a sí mismo. Un genio. Un hombre único que no negó exceso alguno, tomó el placer donde lo halló, y que fue capaz de lo mejor y de lo peor. Maradona no siguió nunca las leyes de la lógica y, hasta cierto punto, este hecho puede ser razonable si asumimos su rol familiar y social. ¿Cuántas personas puede haber fuera de ese rol lógico? ¿Salir de lo previsible te hace un genio? Claro que no.

Soy de la opinión de que todas las personas, y sus acciones, están más allá del bien y del mal. Como mucho, podemos juzgar las acciones realizadas en sus diferentes roles, y ni eso tengo claro. Prefiero dejar la moralidad al rebaño –y a los sanchistas y podemitas, que no dejan de ser otro rebaño–

Que Maradona descanse en paz. El mundo será el mismo sin él. Puede que incluso mejor. Pero, sin duda, mucho más aburrido.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

25 de noviembre de 2020

  • 25.11.20
Siendo tan pequeño no te das cuenta de todas las cosas que van pasando en la vida. De cómo una pequeña decisión puede cambiarte una gran parte de lo que terminará siendo tu futuro. Ese que vas amoldando sin darte cuenta, o sí. Supongo que a veces sí somos conscientes de algunas cosas, pero nunca tendremos la seguridad de cómo será todo: si irá bien, si llegaremos a todos esos pensamientos que tenemos guardados en las nubes. Los guardamos tan arriba, tan lejos de la realidad en la que tenemos los pies enterrados haciéndonos un poco esclavo de todo lo que hay en la tierra. En nosotros mismos.


Pensamos muchas veces: "esta vida es mía". Joder, y es verdad. Tenemos que decidir cómo encaminarla, con quién compartirla y a quién alejar de ella. Pero la vida va más allá de nuestras propias decisiones. Se juntan días de sol y días de lluvia.

Digo esto porque pasa igual con las personas que nos rodean, que comparten la misma etapa de vida. Nos aportan, nos restan, nos enseñan... Nos hacen cambiar dependiendo de la situación que pasemos con ellas. Nos van amoldando una parte de nosotros.

Algunas personas se vuelven frías por el daño que han recibido de personas rotas. Otras tienen la suerte de llenarse de amor y vivir de amor desde que nacen. Sin embargo, también existen personas que tienen una pequeña dosis de cada. De todo daño que llevan porque lo consideran como una parte de ellos y ese amor que han sentido en destellos de luz. Momentos.

Personas que han llenado un poco ese corazón lleno de cicatrices. Que sigue latiendo porque sigue teniendo todas esas metas allí arriba. En las nubes, deseando demostrar y demostrarse que la vida no es fácil, que hay factores –en este caso, personas– que te harán caer. Y otras que te harán volcar y estar un poco más cerca de la luna.

MERCEDES OBIES

24 de noviembre de 2020

  • 24.11.20
La información de actualidad (hic et nunc) ha perdido su sentido como, en parte, dicho sea de paso, los periodistas han olvidado la razón de ser de su oficio. En la era del Net Mercator viven, de hecho, en medio de una crisis irremediable, sin conciencia de los problemas reales que han de enfrentar los nuevos procesos de mediación, ni asumir la autocrítica necesaria, inmersos como están en el fetichismo tecnológico y en las fantasías electrónicas que han alimentado como fábrica de sueños la profesión y la propia cultura de masas.


De modo que parece inevitable que se imponga la máxima de "más información igual a menos cultura", con el riesgo añadido, del todo real a juzgar por cómo consideran la profesión los sondeos del CIS, de terminar eliminando al mensajero, básicamente por defecto u omisión. 

Y esta no deja de ser una paradoja de la mediación informativa en un momento en el que los medios y la información son centrales en la dialéctica de representación y proyección performativa de producción de la diferencia de nuestra modernidad líquida o, depende cómo se mire, más bien licuada. En definitiva, vivimos una irremediable crisis de confianza en los medios y en los informadores: junto a responsables públicos, uno de los oficios más denostados y desnortados del país. 

No ha de sorprendernos, por tanto, existiendo como existen personajes como Mariló Montero, que se vuelva a discutir por qué estamos como estamos cuando hay quien afirma, no sin razón, que los únicos medios serios de este universo del estercolero son El Jueves o Mongolia, medios adecuados al mundo invertido del Universo Monger, como diría mi amigo Alfonso Ortega. 

El resultado es que la desinformación se ha convertido en el talón de Aquiles de la democracia liberal. Por ello, la verdad es revolucionaria. Pero, ¿cómo conseguiremos avanzar en un ecosistema informativo tan tóxico y nocivo? Sabemos que hay iniciativas pioneras como Slashdot, Wikinews u OhMyNews, que tratan de revolucionar el oficio, ilustrando que el futuro del periodismo será como Periscope –un medio interfaz de 360 grados– o, sencillamente, no será. 

Ello exigiría, como consecuencia, asumir la movilidad radical, la convergencia y la multimedialidad. Pero la deriva del oficio no parece percibir que el viejo periodismo haya muerto. La espiral del simulacro y del silencio o, en verdad, la estrategia del disimulo, actúa por una suerte de mímesis estéril, medias verdades, infundadas prudencias y estereotipia decadentista de un orden que ya no reina ni logra conectar con los públicos que huyen hastiados de tanta banalidad e irrelevancia. 

Basta con analizar la escaleta de Canal Sur para confirmar que el oficio ha perdido el rumbo y, en el caso de los seguidores de Urdaci, hasta la vergüenza. Mientras esto sucede a diario, llama la atención que los dirigentes de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) se manifiesten contra la propuesta del Gobierno de monitorizar las desinformaciones en redes y periódicos digitales a lo OK Diario –más ordinario que ok–, pese a que está demostrado que la calidad del sistema informativo español es la peor de la UE, siendo como es la pauta dominante en el oficio entre tertulianos sin criterio, editores sin deontología y ejecutivos sumisos al IBEX 35 y a la mentira, la propaganda y la desinformación sistemática. 

Esta unanimidad sin rigor de los representantes del gremio es sintomática de una deriva de la negación o del negacionismo, a lo Trump. Así, el presidente de la FAPE repite un mantra falso instalado en facultades y redacciones: la mejor norma en material de libertad informativa es la que no existe. Y lo que existe no da para ley alguna, salvo la banalización del mal. 

Empiezo a pensar que el efecto burbuja no es de los usuarios de las redes, sino de los periodistas desconectados del mundo en el que viven. Sabemos que todo sujeto, en especial el actor-red, puede pertenecer al mismo tiempo –y de hecho participa– a varias comunidades y redes, formando parte de varios públicos. 

La multitud, con el efecto burbuja, tiende a imponer su intolerancia al dominar su espíritu la afirmación de las ideas propias sin fuerza ni contrapeso. En este horizonte del desperdicio de la experiencia, la falta de ilusión reinante entre los profesionales de la información es la negación de la libertad, el reverso de la noticia como ausencia de pedagogía democrática, el réquiem del ágora como esfera pública, en el sentido de Castoriadis. 

Y ya sabemos que sin isegoría no hay justificación alguna para escuchar el parte de guerra. Salvo como simulacro, algo ya reiterativo en los medios de referencia dominante. El problema de la lógica espectral es que terminaremos todos siendo medio zombis. Como rezaba una viñeta de El Roto, "tanta actividad virtual terminará por convertirnos en fantasmas". Seremos lo que ya somos, espectros de una vida no digna de ser vivida, gracias en buena medida a una información basura de tan baja calidad que hasta las fake news resultan más entretenidas y creíbles. 

FRANCISCO SIERRA CABALLERO

23 de noviembre de 2020

  • 23.11.20
Las mañanas de los domingos son un hábitat personal e irrenunciable que, en muy pocas ocasiones, abro a los demás. Me siento en la terraza, como hago también algunos sábados, y observo desde adentro los árboles quietos, los paseantes inquietos, la quietud del día a esta hora en que la mañana agoniza y la tarde, aún incipiente, invita al deambular sin rumbo, al café de primera hora. Anda el mundo hipnotizado de dudas, enajenado en una triangulación de conceptos intraducibles, deseoso, como siempre, de más fiestas.


Me siento en la terraza. En la mesa, el periódico. Algunos libros: Autorretrato, de Édouard Levé, un escritor necesario; Encuentro con Rousseau y Voltaire, de James Boswell, el inventor de la entrevista; El oficio de vivir, de Cesare Pavese, el maestro; Aires de las colinas, de Juan Rulfo, el genio enamorado de Clara, su mujer. Y una botella de cava a punto de nieve. ¿Qué hay que celebrar? Tal vez nada. Bueno, sí. Siempre la posibilidad de seguir existiendo, de aventurarnos en estos días de pronósticos inusitados a mirar siempre adelante cuando atrás hemos dejado tanto.

Alguna vez miro atrás, porque sé que no corro el peligro de transformarme en estatua de sal. No miro con miedo ni con nostalgia, sino con esa sensación sublime de saber que cualquier vivencia se queda para siempre con nosotros sin que altere el orden de otros días. 

A esta hora de la mañana, por segundos posiblemente, el día se detiene, se reduce a un tiempo que no es de ahora ni de después, que no sabemos por dónde vino pero que sí advertimos que ya se fue. En ese lapso mínimo de memoria alcanzamos a encontrarnos sin saber bien dónde y sin querer ni pretender regresar a ninguna parte. Allí, donde no sabemos con certeza dónde estamos o si apenas estamos, nos imponemos nuestras credenciales de empadronamiento para que nadie se atreva a echarnos a errar por las esquinas.

Las mañanas de los domingos son un paraíso inexplorado, tan sutil como la piel de una mujer ausente, cuyo recuerdo es lívido y embriagador. Me gustan las sensaciones que me atropellan, aquellas sin las que no puedes vagabundear por el mundo ni por dentro de ti, esos sentimientos inexplicables que te devuelven la felicidad envuelta en celofán, como una pieza única, como una piedra preciosa que no ha dañado ningún cincel. 

Los domingos, a esa hora del vermú, pasadas las doce, las horas son mansas y salvajes a la vez. En ellas caben los olvidos plastificados como minúsculos icebergs y los recuerdos indomables que te precipitan a un abismo sin laderas, al aire abierto de la mañana, al libro tantas veces leído que te persigue desde los sueños más quebrantados.

Es tiempo, ahora, de no estar con nadie, de otear un horizonte siempre lejano, un perímetro impuesto que te aleja de los demás y te conduce directamente a ti. Hay en ese momento un cansancio irreductible, desconocido, anónimo. El tiempo de la pandemia es también un tiempo de búsqueda. Cuando te expropian del paraíso, te vas con lo puesto: los zapatos, algún cuaderno para las anotaciones personales, una canción de la nostalgia, las cicatrices, los atropellos, los días nunca vividos que jamás volverán a estar.

En esa huida obligada, el futuro es una distopía, una palabra que pertenece al pasado. Ahora, aquí sentado en esta mañana de domingo, dos mundos se cruzan en dos vidas paralelas; se muerden las espaldas y no se reconocen; se huelen los labios y una mascarilla rompe el hechizo. Adonde miran esos cuatro ojos no hay un espejo, ni un reconocimiento, ni un alma melliza. Solo hay dos mundos. Uno que agoniza. Y otro que busca, a regañadientes, una excusa para doblegar a la impostura, a los dobladillos de la duplicidad.

Abro la botella de cava, escancio líquido en un vaso, más de medio vaso, no en una copa, y bebo con sed de conocimiento. El sol, generoso, empuja a confundir el otoño con una primavera anticipada. Hay en este mediodía una proximidad a la tristeza más austera que conozco, tan frágil que se puede confundir con fragmentos de una felicidad desbrozada por la memoria, donde habitan otras vidas que no son nuestras y algunas muertes que tampoco nos pertenecen. El cava, a punto de nieve, reconforta como un beso robado.

Me pongo en pie y, por un momento, adivino el resto del día. Será como otros: fugaz, bello, azul y sombrío. Y por detrás de aquellas colinas verdes y grises, el sol esconderá, en sus intenciones, otros párrafos que nadie escribirá, o que ya alguien escribió, palabras apócrifas que van de allá para acá buscándonos como sus auténticos autores y que nosotros rehuimos por miedo a que sean verdad, por ese temor desatinado a saber cuanto no deseamos, aun adivinando que es así, que la vida es ya otra.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

22 de noviembre de 2020

  • 22.11.20
Uno de los efectos de la pandemia en la que actualmente nos encontramos es la ausencia de contactos físicos por el temor al contagio. Esto lo hemos notado no solo por la distancia que mantenemos al charlar, sino en algo tan natural en nuestras vidas como son los besos y los abrazos que de modo habitual dábamos en la familia o con los amigos. Sentimos, pues, una enorme extrañeza al tener que renunciar a estos contactos tan frecuentes en culturas como la nuestra, en la que nos solemos expresar con efusividad con aquellas personas a las que queremos.


Las mascarillas que ahora necesariamente llevamos puestas nos distancian y nos sirven de barrera no solo ante aquellos que nos son desconocidos, sino que también ante los más cercanos, dado que parecen ser una señal que nos indican que los abrazos y los besos se han aplazado hasta un tiempo futuro que no logramos precisar cuándo llegará.

Pensando en aquellos besos que se han ausentado durante estos meses tan gélidos, asomó a mi mente el recuerdo de uno muy apasionado que acabó convirtiéndose en la quintaesencia del beso de los enamorados. Me estoy refiriendo al que se muestra en un cuadro que lleva precisamente la denominación de El beso y que realizó el pintor austríaco Gustav Klimt. Título que pareciera que antes de que Klimt lo trasladara al lienzo ninguna mujer hubiera recibido esa expresión de amor tan intensa.

Esto lo pude comprobar la primera vez que visité Viena. En aquellos días, consideré necesario acudir a ver las obras del pintor más famoso de esa pequeña nación que es Austria. Bien es cierto que la propia Viena, ciudad maravillosa situada en pleno corazón de Europa, merece la pena ser visitada, ya que es un verdadero placer recorrer sus calles, contemplar sus amplias plazas cargadas de monumentos o ver los edificios que proyectó el genial arquitecto Adolf Loos, el mismo que preconizaba una nueva arquitectura alejada de todo ornamento superficial.

Acudir, pues, al Museo Belvedere, en el que se encuentra gran parte de las obras del pintor simbolista Gustav Klimt, se ha convertido en un rito casi obligatorio para todo visitante que arribe a la capital austríaca. Y ni que decir tiene que ese lienzo se ha convertido en un auténtico símbolo del país, por lo que es imposible desmarcarse de los múltiples souvenirs que aparecen por doquier de los enamorados que se están besando.

Este cuadro, cargado de un halo de romanticismo, nos muestra a una pareja en la que el personaje masculino envuelve en un abrazo amoroso a la mujer que le acompaña, al tiempo que besa el rostro de su figura frágil que, arrodillada, parece acoger con gozo ese estado de mutua entrega. Flores, hojas, vestimentas con adornos dorados, rodean a ambos, que acaban fusionándose entre sí, formando un todo perfectamente unido.

Una vez concluida la visita, es difícil regresar de Viena sin que uno no haya comprado algún objeto, grande o pequeño, que nos haga recordar a este célebre lienzo. En mi caso, fue un pequeño reloj de pared, de formato rectangular, que lo tengo colgado en el estudio y que siempre me trae a la memoria los espléndidos días que allí pasé.


Pero no solamente la obra de Gustav Klimt se ha convertido en el icono del beso de una pareja difundida a nivel planetario, ya que es posible rastrear más imágenes dentro del arte que nos recuerden a dos enamorados en las que ambos manifiestan el amor que se profesan.

Otro lienzo, que curiosamente también lleva por título El beso, fue el realizado por el pintor italiano Francesco Hayez (1791-1882). Obra cargada de un halo romántico en la que contemplamos a una pareja medieval en pleno beso amoroso, ya que el rostro del protagonista aparece ocultado parcialmente por el sombrero que porta.

Como detalle quisiera apuntar que el propio Francesco Hayez, convencido del valor simbólico de esta escena, hizo cinco versiones de esta obra, una de las cuales salió recientemente a subasta en la sala Christie’s de Nueva York dentro de una venta dedicada al arte europeo del siglo XIX.

Ciertamente, en las artes plásticas no son frecuentes las imágenes de parejas besándose, pues no recuerdo otras similares a las citadas. No sucede lo mismo dentro de la fotografía y, de modo especial, en el cine, donde son muy habituales los besos de los enamorados en distintos ambientes o en diferentes situaciones. Porque en las imágenes del mundo del celuloide hay todo tipo de besos: recatados, furtivos, atrevidos, cálidos… y, lógicamente, los apasionados.

Así, sin mucho pensar, me viene a la mente el beso que Burt Lancaster y Deborah Kerr se dan en la orilla de la playa en la película De aquí a la eternidad; o el de Rhett Butler a Scarlett O´Hara en Lo que el viento se llevó; o aquel con el que se despiden Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en Casablanca.

Y dentro de la fotografía, un beso verdaderamente apasionado fue el que registró el fotógrafo alemán Alfred Eisenstaedt en el año 1945, con el que un marino y una enfermera celebran su reencuentro tras la victoria de las fuerzas de Estados Unidos sobre las japonesas.

Según se nos ha dicho, el fotógrafo envió todo el reportaje que había tomado durante ese día en las avenidas de Nueva York, pero fue precisamente esa escena la que a la redacción más le interesó por el romanticismo que transmitía. Le preguntaron a Eisenstaedt quiénes eran los jóvenes que allí aparecían; lógicamente, no supo decir de quiénes se trataba, dado que fue un hecho totalmente imprevisto que pudo registrar fortuitamente con la lente de su cámara. Pero, finalmente, ese beso fortuito quedó registrado para siempre como el de dos enamorados que se encuentran en medio de la gran ciudad.

Como he indicado, hay muchos tipos de besos. De ahí que se hable de besos apasionados, besos traicioneros (recuérdese el beso de Judas), besos esquimales, besos de compromisos, besos fraternales, besos dados con los dedos, besos furtivos, besos en los encuentros, besos en las despedidas…

No obstante, no quisiera cerrar este escrito sin citar esos besos anónimos que están cargados de enorme ternura: son los que espontáneamente dan los niños a sus padres o a sus abuelos. Son los más limpios, los más puros, los más inocentes. 

Son los que penetran en el corazón de quienes los reciben, porque no necesitan acompañarse de palabras ni de grandes declaraciones para sentir la franqueza y el cariño de quienes los manifiestan, sabiendo que llegan a las mejillas cargados de la alegría que solo los pequeños saben transmitir. Y estos, por suerte, durante estos tiempos tan distantes y tan glaciales no se han podido confinar.

AURELIANO SÁINZ

21 de noviembre de 2020

  • 21.11.20
De niñas nos enseñan cuentos con princesas desvalidas que portan preciosos vestidos largos y nos hacen soñar con tener uno igual con el que poder dar infinitas vueltas. Te crean la necesidad de tener un vestido hasta los pies para verte maravillosa y para poder convertirte en una princesa. Eso sí, una princesa de cuento, sin obligaciones.


Se ha vuelto a poner de moda esas anacrónicas puestas de largo que no eran otra cosa que presentar a la niña en sociedad para casarla. "Ahí la tenéis: joven, guapa y virgen; preparada para casarse con el mejor postor". Ese era el mensaje subliminar.

Y creces y te haces mayor y sigues queriendo tener un vestido largo, de talle pequeño y falda acampanada, que te convierta en el centro de una circunferencia de tules y sedas. Y te han hecho creer que así estás más guapa y eres más especial. El día de la boda muchas recurren a su sueño de princesa para rellenar ese gran momento. Gran momento porque así debe ser.

Recuerdo a una buena amiga escuchando de su prometido: "Pero a todas las mujeres les hace ilusión la boda: casarse, el traje...". Ella es tremendamente tímida y le causaba ansiedad ser el centro de algo. Eligió un vestido bonito, pero discreto y no quiso empezar el baile sola con el marido, prefirió que todos la acompañáramos. Sacó los pies del plato: el cuento no es así. No quiso ser princesa, ni reina. Solo quiso ser ella misma.

Te haces mayor, lees, te formas y descubres lo difícil que fue para la mujer deshacerse del corsé, dejar atrás esas pesadas faldas que llegaban hasta los pies y les impedían moverse con soltura. Tuvo que llegar el siglo XX, con sus feministas y sufragistas que dieron visibilidad a la mujer y la convirtieron en humana, dejando atrás la visión arcaica de ser solo un objeto más de la casa. 

Empezaron las féminas a no tener que vestir apretadas. El largo de las faldas se acortó, permitiendo el movimiento y proporcionando alivio en el estío. Se atreven con los primeros trajes de baño, muy lejanos a la nimiedad actual. Hasta los sesenta no se verán los biquinis, por lo menos en España.

Empiezas a reflexionar y decides que no quieres ser una princesa, ni buscar un príncipe; que quieres poder llevar la ropa que se te antoje en cada momento y lugar. Y sientes que vuelas por no estar constreñida por unas normas que solo hacen sufrir. 

Y no te gustan los príncipes sino que un chico con cara de vasquito, que lleva unos chinos y un polo de algodón; que no te abre la puerta del coche pero que te cuida y mima sin protocolos. Y entonces eres consciente de que eres feliz y de que tu vida es mejor que en un cuento.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

20 de noviembre de 2020

  • 20.11.20
Tras leer la reflexión de la semana pasada sobre la venganza estética, varios amigos me han pedido que me refiera al perdón, ese valor, ese arte y esa virtud que las ciencias humanas y las religiones explican y aplican de diferentes maneras. En el ámbito del derecho, de la política, de la ética y de la economía, se suele emplear como sinónimo genérico de indulto, amnistía, condonación, absolución, gracia o clemencia.


En su sentido más estricto, es una aportación religiosa de diferentes creencias y más concretamente de la judía, la musulmana y la cristiana, aunque los respectivos creyentes lo expresan y lo practican de diferentes maneras. Recordemos que esta palabra etimológicamente procede de “donar” y significa renunciar libre y gratuitamente a castigar un delito o una ofensa, a cobrar una deuda o a exigir una equivalencia.

Si analizamos el fondo de las acciones de perdonar y de ser perdonados descubrimos que son experiencias vitales muy hondas que están dotadas de múltiples dimensiones vitales, no solo religiosas individuales y colectivas, sino también antropológicas, psicológicas, sociológicas, jurídicas y políticas.

Por muy petulantes o ingenuos que seamos, hemos de reconocer que, por el mero hecho de ser humanos, desde el nacimiento hasta la muerte, estamos cargados de limitaciones, de deudas y de culpas, y que, en consecuencia, el perdón, más que un rebajamiento, es una necesidad y una grandeza. Todos –por muy íntegros que nos creamos–, para vivir en paz con nosotros mismos y con los demás, necesitamos continuamente perdonar y ser perdonados.

La experiencia del perdón fortalece la convicción de que no estamos de más en una comunidad, de que podemos ser alguien y hacer algo, de que no somos simplemente tolerados y, sobre todo, que, a pesar de nuestros errores, podemos seguir siendo nosotros mismos aceptando nuestra fragilidad consustancial. 

Cuando la experiencia del perdón es creativa, se instauran nuevas relaciones interhumanas y nuevos lazos interpersonales que, incluso, puede dar origen a una amistad más profunda, a una colaboración más eficaz y, en consecuencia, a una nueva vida.

Perdonar, efectivamente, es asumir la apuesta y el riesgo de rememorar el pasado asumiéndolo, y de encontrarse con el otro adoptando una actitud positiva, por encima de la culpabilidad que le atribuimos. Perdonar es un arte y hay que aprenderlo. Francisco recuerda que el primero en pedir perdón es el más valiente; que el primero en perdonar es el más fuerte y que el primero en olvidar es el más feliz.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

19 de noviembre de 2020

  • 19.11.20
Estamos enredados en los tentáculos de un pulpo maléfico llamado Coronavirus. Dicen que si se pudieran reunir todos los que pululan actualmente por el mundo cabrían en una cucharita y sobraría espacio para muchos más de la misma rama. El desastre es atroz.


Son muchas las personas que han caído en sus tentáculos. Desde que nos declaró la guerra, unas personas han muerto y otras luchan con dicho virus y están padeciendo los efectos y posibles secuelas que puedan quedar. El número de contagios parece hasta irreal. La confusión se une al miedo que podamos tener frente a esta amenaza. Digamos que nuestro mundo está patas arriba, que el miedo nos paraliza, que no se vislumbra la salida de este laberinto.

Las consecuencias son fatales. Muertos e infectados nos agobian. El entramado laboral hace aguas por los cuatro costados. Como consecuencia de dicho panorama, el número de personas sin trabajo aumenta día tras día. Las “colas del hambre” aumentan a buen paso y hacen temblar a muchas familias que, de la noche a la mañana, se han encontrado a las puertas de la miseria, sin saber hacia dónde vamos.

La información oficial sobre el tema confunde cada día más. El Gobierno va a la suya, jugando con las pocas esperanzas que pueda tener el pueblo. Ahora nos dicen que aumentarán el sueldo por aquí y mañana subiremos los impuestos. Como detalle penoso, a una familia con cuatro miembros las mascarillas –no olvidemos que son obligatorias por el bien de todos– suponen un buen puñado de euros a cuenta de un ERTE que se demora en pagarse o del paro cuando se cobre.

Hasta ahora tales (mas)carillas estaban gravadas con el 21 por ciento de IVA, lo que hacía que tal material protector y obligatorio fuera mucho más caro que lo soportable para una familia. Luego prometieron reducir el susodicho impuesto, algo que se terminó aprobando el pasado martes.

Por otro lado, el negocio de estos protectores suponemos que debe estar aportando pingües ganancias para los listillos de turno que trafican con ellas y les importa poco que sean falsas o no. Aquí me acojo a aquello de “piensa mal y acertarás”.

El personal aumenta a buen paso en las llamadas “colas del hambre y el Gobierno calla y sigue su deambular. Es más, las malas lenguas dicen que se ha incrementado el presupuesto de altos cargos y asesores. Eso está bien, que no pasen hambre (¿¡?).

Si miramos una foto, solo del personal de Gobierno, la vista parece titubear ante la gran cantidad de ministros dentro de sus correspondientes ministerios, lo cual hace que también haya crecido el número de directores generales, asesores, coches oficiales, servicios de seguridad (guardaespaldas se les llama) y un largo etcétera.

Los pasillos del nepotismo favorecedor están repletos. Quienes antes denunciaban las puertas giratorias del enchufismo ahora parecen que están suplantando a las oficinas del desempleo. Eso sí, los gastos oficiales están bajo secreto porque no hay que airear los favores que se tengan que hacer o la fidelidad que conviene asegurar. Cuando se mira a la caterva de políticos da la impresión de que solo se miran el ombligo y pasan de los problemas reales del personal.

Sigo con las colas del hambre. Tampoco es tan grave que algún día se queden sin comer (pensarán): así puede que disminuya un poco esa amplia obesidad que presentan muchos ciudadanos, tanto hombres como mujeres y menores. La comida basura ceba y mucho.

Sin trabajo no como, pero tampoco puedo pagar el alquiler que, dicho sea de paso, parece que ha subido últimamente algo más del 10 por ciento de precio. Se habla de que el número de personas sin hogar ha crecido bastante impulsado por los zarpazos que está dando la situación pandémica.

Varias ONG, Cáritas, Cruz Roja e iniciativas privadas están desbordadas por la endémica situación. A más contagios, más paro por el cierre de negocios varios y, como consecuencia, más pobreza. Estamos hablando de familias que hasta ahora vivían dentro de una cierta seguridad. En la lista aparecen tanto adultos, hombres o mujeres, como críos. El hambre no sabe de género ni de edad. Digamos que “la actitud solidaria con el sufrimiento ajeno”, llamada “caridad”, no ha muerto. 

Pero si en líneas anteriores dudaba del negocio de las mascarillas, ahora hay que alertar de los listillos que ofrecen falsos cupones de ayuda a familias necesitadas. Suplantando organizaciones benéficas o instituciones, buscan hacerse con los datos para, luego, sacar partido de ellos. Corren timos mil como los falsos inspectores de Hacienda, el timo del bitcoin que te hará rico, ofertas de trabajo inexistentes… y muchas más falacias.

Según Cáritas, las personas sin hogar han aumentado en España durante la pandemia un 35 por ciento. Miles de personas buscan refugio y comida en los diversos bancos de alimentos. Decenas de ONG dicen estar desbordadas por la crisis provocada por el coronavirus.

En la España de los años 1953 a 1963 y como consecuencia del llamado “Pacto de Madrid” firmado con EEUU en 1953, digamos que fueron los americanos quienes nos aportaron alimentos, como la leche en polvo, mantequilla y queso, para acallar un poco a las revoltosas y descontentas tripas de las familias más pobres del país. Por cierto, dicho pacto no fue gratis.

La siguiente información es de un surrealismo inexplicable. Parece ser que gente de VOX se dedicó en Almendralejo a recoger alimentos para los necesitados, acción que ha sido criticada por socialistas del pueblo. Y creo que la polarización política “confunde el culo con las témporas”. Las colas del hambre existen porque ha aumentado la pobreza entre nosotros. ¿Se puede echar una mano para mitigar dicha penuria? ¡Adelante, pues, sea quien sea el samaritano que ayuda!




Dichas colas están integradas por personas que hasta ahora podían pasar el mes más o menos apretados, pero pasaban. Ahora han caído en un vacío total. Para paliar el hambre están surgiendo iniciativas privadas cuyo interés es exclusivamente ayudar. Por cierto: “no tengo nada que ver con VOX”.

Contrapartida. Ante las colas del hambre desfilan 36.000 coches oficiales con chofer, depósito lleno de combustible, guardaespaldas... El despilfarro y el gasto sin sentido en determinados ministerios es una de sus prioridades… ¿No preocupa lo mal que lo esté pasando parte del pueblo? ¿El cáncer de la democracia son los políticos y adláteres?

Los responsables de esta esquizofrénica situación están más preocupados por dedicar el tiempo que les pagan a casi todo, menos a intentar ayudar a los que más lo necesitan… Y el número de pobres aumenta día tras día. Mientras Moncloa blinda como “secreto oficial” algún tipo de gastos que entran en la bolsa de lo oficial.

Me cachis en la mar. No seamos tan duros y tengamos un poco de comprensión con esas decenas de políticos que, a cambio de su sacrificio diario, solo reciben incomprensión, acosos domiciliarios y ataques en las redes sociales.

Cuando oigo o leo la palabra “hambre tiemblo recordando tiempos pasados. Quienes nacimos entre los años cuarenta a sesenta del siglo pasado, dicha palabra nos roe la mente y hace que las tripas rujan por el vacío alimenticio que nos dejaron. Malos recuerdos pasean por el huerto de la memoria.

PEPE CANTILLO

18 de noviembre de 2020

  • 18.11.20
En este cuadro realizado en Inglaterra a finales del siglo XVIII, podemos ver a unas angelicales criaturas practicando la cristiana caridad con un niño pobre. Es notorio el contraste en el tratamiento pictórico de los personajes: las ricas vestiduras de los hijos de sir Francis Ford y los lastimosos harapos del pobre vagabundo, los tonos sonrosados en los rostros de los niños ricos y el tono macilento en la cara del indigente. Hasta la luz está desigualmente repartida, favoreciendo (como era de esperar) a los radiantes jovencitos.

Beechey: Retrato de los hijos de sir Francis Ford dando una moneda a un vagabundo, 1793

Pero quizás lo más interesante es lo que no se ve directamente. El evidente bienestar de los afortunados niños proviene de su no menos afortunado padre, el ya citado sir Francis: rico hacendado perteneciente a la cuarta generación de propietarios de productivas plantaciones en Barbados. Productivas, muy productivas, gracias al trabajo esclavo. Naturalmente, sir Francis era también un enérgico defensor de la esclavitud en sus actividades políticas como miembro del Parlamento.

Estos niños tan bien vestidos, y suponemos que bien alimentados, pueden gozar de una vida llena de lujos y privilegios gracias al sufrimiento de muchos seres humanos que fueron arrebatados de sus paisajes y de sus seres queridos. 

Por si hubiera alguna duda respecto a la fuente de su riqueza, el señor Ford especifica claramente en su testamento que lega todas sus tierras y esclavos (“All my lands and slaves”) a su hijo mayor Francis, que no es otro que el mozalbete que aquí vemos vestido de rojo. Ahora ya sí podemos apreciar la hipocresía que trasluce esta obra de Sir William Beechey, probablemente sin que él tuviera intención alguna de reflejarla y mucho menos de criticarla.

La esclavitud y su práctica como origen de grandes fortunas ha sido y sigue siendo invisible en muchos otros lugares y momentos. Particularmente en España, donde la práctica de la esclavitud y su comercio se han convertido en una realidad histórica prácticamente imperceptible en los manuales y textos de estudio de colegios e institutos. 

Y eso, aunque tuvo un papel muy destacado en el tráfico de esclavos desde el siglo XVII al XIX. Tan destacado que puede considerarse como la cuarta nación en el poco honorable ranking del comercio de esclavos de la Edad Moderna.

En el siglo XVIII sí que era visible la práctica de la esclavitud, sobre todo en ciudades como Cádiz, Madrid o Barcelona. Solamente en Madrid, hacia 1760 había unos 6.000 esclavos, aproximadamente un 4 por ciento del total de su población.

La monarquía borbónica potenció notablemente esta comercialización de seres humanos. Y por supuesto, obteniendo notables beneficios: Felipe V obtenía un 25 por ciento de los ingresos netos de las compañías esclavistas. El ilustrado y sumamente elogiado Carlos III llegó a ser el mayor propietario de esclavos de España: aproximadamente 20.000 en las colonias de América y unos 1.500 en la península.

Y es que en 1763, el Gobierno de Carlos III decidió trasladar al Caribe español el modelo “productivo” de los ingenios azucareros que ya habían establecido franceses y británicos. Para optimizar los ingresos era necesario crear compañías nacionales para el tráfico de esclavos y lograr el libre comercio de los mismos, que se consiguió en 1789.

Mengs: Carlos III, hacia 1765

El número de esclavos introducidos en la colonia española de Cuba crece sin cesar hasta que en 1820 España decreta la abolición de la esclavitud, pero ¡solamente al sur del Ecuador! Así que los esclavos siguen llegando a Cuba y Puerto Rico: más de 300 barcos negreros transportando unos 60.000 esclavos, de 1821 a 1831.

La reina regente María Cristina de Borbón fue también, junto a su marido Agustín Fernando Muñoz, una de las mayores negreras de la época, enriqueciéndose ambos con el tráfico de esclavos y su explotación en las plantaciones de azúcar que poseían en Cienfuegos, Cuba.

Otros españoles que obtuvieron grandes beneficios con la esclavitud fueron: Antonio López y López, primer marqués de Comillas y fundador del Banco Hispano Colonial; Josep Xifré, el catalán más rico del siglo XIX; Julián de Zulueta, apodado “el príncipe de los esclavistas”, que tenía plantaciones enormes y tres ingenios azucareros en Cuba y para el que fue creado el título de marqués de Álava por Alfonso XII; y un largo etcétera.

Pero hubo uno que, a principios del siglo XIX, se convirtió en el mayor comerciante de esclavos del mundo: el malagueño Pedro Blanco, que modernizó las formas de comercialización con el uso de barcos más rápidos y nuevas formas de organización. Su vida ha dado lugar a un par de libros: Mongo Blanco, de Carlos Bardem (2019) y El negrero: vida novelada de Pedro Blanco Fernández de Trava, de Lino Novás (1933).

Un magnifico y detallado documento sobre las condiciones del tráfico de esclavos en el siglo XIX podemos encontrarlo en Los pilotos de altura de Pio Baroja. En forma novelada, se puede acceder al papel jugado por los comerciantes españoles afincados en Cuba y a la participación, por activa o por pasiva, de las autoridades coloniales. 

Se pueden leer con todo lujo de detalles las provisiones que los tratantes deben realizar para afrontar su empresa. En este aspecto parece que se ha avanzado bastante y… los “esclavos” actuales se pagan su viaje a Europa. Ya no es necesario invertir grandes sumas en fletar barcos y aprovisionarlos.

Para ampliar la información:
  • José Miguel López García: La esclavitud a finales del Antiguo Régimen. Madrid 1701-1837. Alianza Editorial, 2020
  • José Antonio Piqueras: La esclavitud en la Españas: Un lazo transatlántico. Catarata, 2011
  • Laberintos de libertad. Entre la esclavitud del pasado y las nuevas formas de esclavitud del presente. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, s/f.
JES JIMÉNEZ

17 de noviembre de 2020

  • 17.11.20
Desde hace un tiempo me pregunto el motivo principal del auge de la ultraderecha y de los nacionalismos extremos y debo confesar que no tengo una respuesta clara y concisa sobre ello. Pero sí tengo algunas sensaciones y reflexiones que me gustaría compartir en este espacio. No obstante, mi intención no es juzgar ni situar el límite entre el bien y el mal. Tampoco justificar ni excusar a nadie. Tan solo quiero compartir algunos aspectos que llevo observando durante meses.


Pienso que uno de los motivos principales del auge de la ultraderecha es la gran crisis de identidad que ha sido provocada, en gran parte, por la globalización. Este hecho ha permitido conectarnos de forma inmediata entre todos los habitantes del mundo, generando una gran red de comunicaciones y de comercio. 

Ahora nos puede influir directa e indirectamente lo que ocurre en otro lado del globo. Un ejemplo es la importación de la cultura norteamericana a Europa: si vemos las películas con más recaudación en España en los últimos años, podemos observar que los primeros puestos están siempre copados por las grandes producciones estadounidenses.

La globalización nos permite nutrirnos de la cultura y el quehacer de otros países y continentes. Pero ocurre desde hace muchos años que este trasvase provoca una sustitución de la cultura propia por la cultura que se importa desde fuera. Esto está causando, de forma indirecta, una gran crisis de identidad.

Conceptos como "identidad nacional", "patria" o "sentimiento patriótico" están asentándose en los mensajes políticos porque la población, realmente, no tiene un sentimiento de pertenencia o de identidad. Y no es algo que esté ocurriendo tan solo en España: está pasando en diferentes países que, a priori, son referentes democráticos. Ser español o francés ya no nos dota de una personalidad y de unos valores en concreto: tendemos más hacia la homogeneización de la cultura.

Esta crisis de identidad hace que no tengamos claro cuáles son nuestros principios ni nuestros valores, cuál es la herencia que hemos recibido ni a qué grupo pertenecemos. Me gustaría compartir un ejemplo que clarifica un poco más esta reflexión: en los años ochenta y noventa vivimos el auge de grupos suburbanos de pequeños grupos de población, como los punks, heavies, emos, canis, raperos, rastafaris... Todos vinculados a un estilo musical que determina unos valores, una estética y un comportamiento en concreto y que surgen, en la mayoría de casos, como movimientos-protesta o en contra del Estado, con ánimo de cambiar el sistema imperante. 

Las nuevas generaciones ya no se ven identificadas con estos grupos y colectivos, pues ahora estos grupos suburbanos están más relacionados con la identidad, con unos valores en concreto que tienen que ver con cómo te sientes o quién eres. 

Podríamos decir que los nuevos “grupos suburbanos” –y las comillas no son caprichosas en este caso– serían el colectivo LGTBI, los ecologistas, las feministas, los animalistas... Movimientos que surgen no como oposición sino como reclamación de derechos e integración.

En las tribus que se daban antes existía una influencia, por así decirlo, de afuera hacia dentro: ahora, estas tribus se definen más por lo que ocurre dentro de nosotros y lo expresamos hacia fuera. Es una cuestión mas de identidad individual que de pertenencia a un grupo. No se definen tanto por un estilo musical o por una estética en concreto. Lo determinante es la identidad. 

Y el hecho de que no pertenezcas a alguno de estos grupos no significa que vayas en contra de ellos. Para las personas que rechazan estos movimientos ya existe un grupo: la ultraderecha y los nacionalismos extremos, que defienden la identidad patriótica, la identidad única de un grupo de personas que pertenece a un territorio en concreto.

La globalización ha traído diversidad y la diversidad desencadena en heterogeneidad. Cuando en un país conviven tantas personas de diferentes pensamientos e identidades, renace el sentimiento de identidad nacional para resaltar nuestro sentimiento nacional que define cómo somos y hacia dónde debemos ir.

DANY RUZ

16 de noviembre de 2020

  • 16.11.20
Durante años, los astros se cruzaron en mitad del paisaje para que el nombre de Manuel Chaves Nogales se perdiera entre las sombras. Nadie reivindicó su nombre desde su muerte, en 1944, hasta que, de manera sinuosa, volvieron a reeditarse sus obras y su nombre ocupó, por vez primera, el lugar que se merecía. Probablemente, Chaves haya sido el mejor periodista de la primera mitad del siglo XX y su reconocimiento, hoy, es aplaudido y reivindicado en todos los ámbitos, más allá de las academias y de otros ámbitos.


Tanto es así que el próximo 23 de noviembre saldrá a la luz la Obra completa, en cinco volúmenes, con prólogos de Antonio Muñoz Molina y Andrés Trapiello, editada por Libros del Asteroide y Diputación de Sevilla. Un total de 3.664 páginas, pero, con bastante probabilidad, tampoco incluya la totalidad de la obra del periodista sevillano. 

La edición ha corrido a cargo de Ignacio F. Garmendia. Por alguna razón, se prescindió de María Isabel Cintas, que durante todos estos años ha sido la investigadora responsable de la recuperación de un nombre que estaba perdido en el precipicio del olvido.

Ya son de todos conocidas las trifulcas entre Andrés Trapiello, Abelardo Linares y María Isabel Cintas en torno a Chaves. Pero me cuesta entender –o lo entiendo– por qué se achica o se pretende achicar el nombre de Cintas cuando –y de eso no cabe duda– ha sido la principal investigadora en torno a este periodista. 

En 1993 ya se había publicado la Obra narrativa completa. Un año antes de que Trapiello reivindicara su nombre en Las armas y las letras, obra publicada en 1994. En 2001 la Diputación de Sevilla publicó, en dos volúmenes, la Obra periodística de Chaves, edición de Cintas, junto con La agonía de Francia. En 2006 se reeditó la Obra narrativa completa. Y en 2013, la Diputación de Sevilla publicó, ampliada, la Obra periodística, ya en tres volúmenes, edición también de María Isabel Cintas Guillén.

No se entiende, o cuesta entender, cómo no se ha contado con ella para esta última edición de las obras completas de Chaves Nogales. Dice Cintas que sí lo hicieron, pero querían que solo fuera colaboradora. Es lógico que no quisiera estar en segunda fila en este acontecimiento, y dice también que apoyó a Garmendia en todo lo que pudo para hacerle más fácil el trabajo recopilatorio. Y confía, eso sí, en su rigor para que el resultado final sea espléndido. 

Tampoco ella sabe cómo será el cómputo final. A diferencia de las ediciones anteriores, en esta ocasión las obras aparecen recopiladas cronológicamente. E incluyen, además de los relatos recopilados en La bolchevique enamorada, casi medio centenar de cuentos, encontrados por Linares y Cintas, así como algunos artículos no publicados en libro. La propia Cintas desconoce el resultado final de estos volúmenes.

Sea como fuere, la obra de Chaves Nogales –independientemente de que aparezca algún que otro original– necesita ya de una profunda revisión bibliográfica donde cada texto se identifique con el género periodístico de origen. Donde no se confunda obra periodística y obra narrativa. Y donde los textos de ficción y de no ficción se diferencien claramente. 

Si así fuera, se evitarían errores de bulto, como los propiciados por Martínez Reverte y Trapiello, quienes asumen que, como Chaves se exilió a Francia y después a Londres, cuanto escribió en La defensa de Madrid era pura invención. Claro, ignoran cómo se investiga y se escribe un reportaje. Un argumento vacío y falso donde han tropezado otros investigadores que se suman a rebufo del humo de la pistola. 

¿Y por qué ocurre esto? Por el desconocimiento de los géneros periodísticos. Chaves Nogales no es precisamente aquel periodista que se preste a inventar una historia. Además, desgraciadamente, la Guerra Civil escupía historias a mansalva para escribir y para llorar.

En 2017 tuve la suerte y la oportunidad de dirigir la tesis doctoral titulada Manuel Chaves Nogales, antecesor del periodismo narrativo. De la crónica al reportaje. Un estudio de caso: ‘La defensa de Madrid’, de la doctora Remedios Fariñas Tornero, colaboradora también de Andalucía DigitalEs la primera y la única tesis defendida en la Facultad de Comunicación de Sevilla sobre el periodista sevillano, y la segunda después de la tesis de María Isabel Cintas en la Universidad Hispalense. 

Acaso ha llegado el momento de leer a fondo y de investigar con profundidad los textos de Manuel Chaves Nogales, de contextualizar su obra, de saber con precisión el lugar que ocupa en esta profesión siempre herida de muerte, de descubrirlo a los jóvenes estudiantes de Periodismo para que encuentren en él una clara referencia de excelencia y, sobre todo, para romper viejos litigios que tan lejos quedan de una obra tan necesaria y honesta. 

Mi especialidad como catedrático de Periodismo en la Facultad de Comunicación de Sevilla son los géneros periodísticos, la escritura periodística, los textos fronterizos entre literatura y periodismo, la influencia de las tecnologías emergentes que posibilitan otros formatos, las nuevas fórmulas narrativas del periodismo cómic y un largo etcétera. 

Para los nuevos periodistas, Chaves Nogales es y debe ser un ejemplo a seguir. A ellos y a nosotros nos corresponde enmarcar su nombre en el lugar que le corresponde, lejos de trifulcas vanas de quienes ignoran de qué se nutría su corazón de periodista sensato y honesto.

Para Maribel Cintas. 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

15 de noviembre de 2020

  • 15.11.20
El pasado 13 de noviembre se cumplieron cinco años del atentado en la sala Bataclan, situada en el bulevar Voltaire del distrito IX de París. Un grupo de fanáticos pertenecientes al denominado Estado Islámico asesinaron a sangre fría a 89 personas que asistían a un concierto. Otros, de manera coordinada, continuaron sembrando el terror en distintos puntos de la capital francesa.


Resulta paradójico que este atentado se produjera en un lugar que lleva el nombre de uno de los grandes filósofos y escritores perteneciente a la Ilustración francesa del siglo XVIII y que con mayor pasión defendió la necesidad de que Francia fuera un Estado laico, al tiempo que arremetía contra los fanatismos religiosos. Pasados los años, en 1905, la Constitución francesa declaró oficialmente laico al Estado, con la separación de los poderes públicos de las confesiones religiosas.

Por otro lado, tengo que apuntar que la sala Bataclan fue proyectada en 1864 por el arquitecto Charles Duval en forma de pagoda china, por lo que su nombre original fue el de ‘Grand Café Chinois’, aunque cambió de nombre haciendo referencia a la opereta Ba-ta-clan de Jacques Offenbach.

A partir de los años setenta, en Bataclan se empezaron a programar conciertos de rock, por lo que el local se convirtió en un mítico lugar para los amantes de este género, ya que por allí pasaron nombres legendarios, desde Velvet Underground hasta The Eagles, sin olvidar a Lou Reed, David Byrne, Emmylou Harris, Alice Cooper y un largo etcétera.


Han transcurrido más de dos siglos desde que sus escritos sobre la intolerancia religiosa vieran la luz pero, por desgracia, los fanatismos religiosos siguen vivos y respaldados por políticos que se han apoyado en las distintas religiones o sectas religiosas para defender sus proclamas de odio contra la tolerancia, la diversidad cultural y de creencias de las personas. Conviene, pues, que echemos una mirada a este autor y destacar, a través de una selección de párrafos de sus obras, su pensamiento libre de prejuicios y de ataduras.

Puesto que Voltaire era un seudónimo que adoptó en su juventud, y del que nunca llegó a explicar la razón de este apelativo, conviene recordar que su verdadero nombre era el de François-Marie Arouet, que naciendo en París, el 21 de noviembre de 1694, acaba sus días en la misma ciudad a la edad de 83 años, es decir, en 1778.

Es importante indicar que su madre, que falleció cuando contaba siete años, era de familia noble, por lo que el pequeño François-Marie recibió una sólida formación en lenguas clásicas –latín y griego– en el colegio jesuita Louis-le-Grand de la ciudad parisina.

Esto nos lleva a apuntar que a pesar de sus invectivas en la madurez contra la intolerancia religiosa, él consideraba que la existencia de Dios era necesaria para explicar el origen del universo, aunque, una vez creado, no intervenía en su desarrollo ni en los asuntos humanos. Es, pues, lo que se conoce como deísmo, en el sentido de que se afirma la existencia de un ser supremo, pero sin que haya ninguna revelación, ni, en consecuencia, la necesidad de un culto hacia el mismo. Esta posición le generaría un ataque abierto por parte de las confesiones religiosas establecidas.

Tal como he apuntado, de sus escritos extraigo algunos pensamientos, al tiempo que indicaré las obras en las que aparecen. Comienzo por la crítica que realiza a los poderes políticos y religiosos como causantes del fanatismo y la intolerancia.

“La historia de los grandes acontecimientos de este mundo es poco más que la historia de sus crímenes. No hay siglo que la ambición de los seglares y de los eclesiásticos no la haya llenado de horrores” [Ensayo sobre las costumbres o Essai sur les moeurs (EM), vol. I, pág. 371].

“En todas las naciones la historia está desfigurada por la fábula hasta que la filosofía llegase para ilustrar a los hombres; y cuando la filosofía aparece por fin en medio de esas tinieblas, encuentra los espíritus tan cegados por siglos de errores que apenas puede desengañarlos; encuentra ceremonias, hechos, monumentos establecidos para constatar mentiras” [EM, vol. II, pág. 801].

“No solo la teocracia ha reinado durante mucho tiempo sino que ha empujado a la tiranía a los más horribles excesos que la demencia humana puede alcanzar; y cuanto más divino se proclamaba ese gobierno, más abominable resultaba. Casi todos los pueblos han sacrificado a sus hijos a sus dioses, ya que creían recibir esa orden desnaturalizada de la boca de los dioses que adoraban” [EM, vol. I, pág. 33].

“Bajamos los ojos y nos anulamos ante el prodigioso mérito de los que nos gobiernan: en cuanto nos acercamos a ellos quedamos asombrados de su mediocridad” [Le Sottisier (SOT), p. 43].

Las duras críticas que Voltaire lanzaba a los poderes políticos o al fanatismo nacido de las distintas religiones le llevó a ser encarcelado en La Bastilla en dos ocasiones, al igual que sufrir el destierro de su país. Así, entre 1726 y 1729, vivió su primer exilio en Londres, donde conoció al gran físico Isaac Newton y al filósofo de John Locke, a los que admiraba profundamente.

En 1756, vio la luz Ensayo sobre las costumbres. En esta obra se encuentra un capítulo dedicado a Miguel Servet, teólogo y científico español que fue enviado a la hoguera en 1553 por el Consejo de la ciudad de Ginebra y de las Iglesias Reformadas, en las que predominaban los calvinistas. Antes de esta obra, había publicado Mahoma o El Fanatismo, habiendo sido también objeto de polémica, por lo que su publicación fue prohibida.

“La superstición que hay que extirpar de la Tierra es que al convertir a Dios en un tirano invita a los hombres a ser tiranos” [Mélanges (MEL), página 1137].

“La caída del hombre degenerado es el fundamento de la teología de casi todas las naciones antiguas. La inclinación natural del hombre a quejarse del presente y a elogiar el pasado ha hecho imaginar en todas partes una especie de edad de oro a la que sucedieron siglos de hierro” [EM, vol. I, pág. 66].

“Si contásemos los crímenes que el fanatismo ha cometido desde las querellas de Atanasio y Arrio hasta nuestros días, veremos que esas querellas han servido mejor que los combates para despoblar la tierra, pues en estos no se destruye más que a los miembros de la especie masculina; pero en las masacres efectuadas por causa de la religión se inmola tanto a las mujeres como a los hombres” [EM, vol. II, pág. 662].

La fama alcanzada por Voltaire ha sido enorme, tanto que se le conoce como el personaje que acuñó el concepto de ‘libertad religiosa’ que hoy utilizamos como un derecho fundamental del ser humano. Por otro lado, su nombre va unido al de la libertad del individuo y al de la tolerancia entre las distintas creencias religiosas.

“Se ha pretendido en varios países que no le estaba permitido a un ciudadano salir de la nación en que el azar le había hecho nacer; el sentido de esta ley es claro: este país es tan malo y está tan mal gobernado que prohibimos a un individuo que salga por miedo a que se vayan todos” [Diccionario filosófico (DF), pág. 173].

“La única arma que existe contra ese monstruo es la razón. La única manera de impedir a los hombres ser absurdos y malvados es ilustrarles. Para hacer execrable el fanatismo no hay más que pintarlo. Solo los enemigos del género humano pueden decir: ‘Ilustráis demasiado a los hombres, insistís demasiado en escribir la historia de sus errores’. Sin embargo, ¿cómo pueden corregirse esos errores sino mostrándolos?” [EM, vol. II, pág. 931].

“Los hombres no son lo suficientemente sabios como para llegar a la tolerancia universal; no saben que hay que separar toda clase de religión de cualquier clase de gobierno (…). Llegará el día en que así sea, pero yo moriré con el dolor de no haber visto esos tiempos felices” [Carta a Elie Bertrand, 19 de mayo de 1765].

Cierro este escueto recorrido por el pensamiento de Voltaire con una frase que me parece fundamental: “Los países en los que hay libertad de conciencia se ven libres de un gran azote: no hay hipócritas” [SOT].

AURELIANO SÁINZ

14 de noviembre de 2020

  • 14.11.20
Mi amor y yo nos hemos visto después de tres semanas sin tocarnos y circunscribir nuestra relación a varias videollamadas al día. Poder estar conectados está bien, pero yo necesito su piel, necesito dormir pegada a él. Hemos aprovechado estas ventanitas que nos permiten desplazarnos para pasar dos días en el punto más meridional de Europa. 


Tarifa seguía con su paz, con su buena energía, con sus playas llenas de colores y su torre de Babel donde cabe cualquier persona del ancho mundo. Distintas lenguas, distintos aspectos, pero todo el mundo buscando ese viento que se lleva los malos sueños y nos reduce a una unidad caleidoscópica donde el blanco suma todos los colores. 

La isla de Las Palomas nos habla de unión entre el Mediterráneo –ese mar antiguo del que hablaba El último de la fila y que ha traído a tantos pueblos a nuestra península– y el misterioso Océano Atlántico que escondía un nuevo mundo y fue senda de todos aquellos que buscaban aventuras y nuevas rutas. 

Y allí estaba el Plus Ultra. Desde esta isla, ahora unida a la península por una carretera, se ve nuestro continente vecino, África, tan cerca y tan lejos en formas de vida. Mirando las luces de la noche del otro lado del Estrecho, que sospecho sean tangerinas, reflexiono sobre la diferencia de haber nacido en una u otra orilla. 

Yo estoy contenta en el lado que la fortuna eligió para mí. Siendo mujer y con mi carácter, creo que acertó de pleno. Y no solo con el lugar, también con el tiempo: éste es muy importante. Empecé a vivir en una Transición que olía a ventanas abiertas y a posibilidades; a mujeres libres dueñas de su destino; a hombres libres para ser ellos mismos, sin patrones previos. 

Ojalá vayamos ganando libertad para nosotros y para todo el mundo. Si existe un creador, eligió un ADN distinto para cada ser humano, por lo que todos no podemos sentir, pensar o amar de la misma forma. Uno nace con una semilla dentro y, si se lo permitimos, florecerá, dando lo mejor de cada uno. Todos no podemos ser rosas, ni claveles, ni jaramagos del campo, ni producir los mismos frutos, ni oler de igual manera. Solo tenemos que descubrir qué hay plantado en nuestro corazón. Y regarlo mucho. Muchísimo. 

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

13 de noviembre de 2020

  • 13.11.20
Tras escuchar la queja que un cualificado diputado profirió hace unos días en el Congreso ("Su venganza, señoría, no ha sido ética ni, mucho menos, estética"), algunos amigos me han preguntado con extrañeza, cómo un vicio, que por su naturaleza pertenece al ámbito de la moral, puede ser evaluado también artísticamente.


Recordemos que la "venganza" ha sido tratada, valorada y ejecutada de diferentes maneras en nuestra civilización judeo-cristiana. Si en el léxico actual, "vengarse" es castigar una ofensa devolviendo mal por mal, en el lenguaje bíblico la venganza restablece la justicia sobre el mal. Aunque la Biblia prohíbe vengarse por odio, permite que la sociedad y, sobre todo, Dios –el único vengador legítimo de la justicia– restituya el derecho atropellado compensando los males causados.

La venganza solidaria era un arma defensiva de la sociedad nómada israelita en sus orígenes; por eso, el "vengador de la sangre", convencido de que la sangre derramada clamaba venganza, compensaba al clan matando al asesino. Posteriormente, la Ley del Talión ("ojo por ojo y diente por diente") prohibió la venganza ilimitada de los tiempos bárbaros y frenó la pasión humana, pronta a devolver mal por mal.

En mi opinión, la venganza más eficaz y, probablemente, la más gratificante, es la estética: es la respuesta inesperada del agredido que, con un gesto elegante y con una palabra sobria, restablece el equilibrio; es la reacción controlada del ofendido que, con una sonrisa abierta o con unos elogios comedidos, se enfrenta a la cólera encendida del agresor y a las injurias apasionadas del atacante.

Aunque es cierto que el dominio de las armas dialécticas es una destreza difícil de alcanzar, también es verdad que devolver amabilidad cortés por toscas groserías, suavidad discreta por asperezas vulgares y silencio distante por gritos estridentes constituyen una estrategia de sorpresa, una táctica de disuasión y, a veces, un arma persuasiva. La venganza es un vicio ético, pero puede ser también una habilidad estética.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

12 de noviembre de 2020

  • 12.11.20
¿Cómo se explica que un Gobierno al que no le importa dialogar con proetarras y sediciosos en prisión no quiera ahora dialogar con los representantes de los profesionales del Periodismo? Por supuesto, hay que combatir las fake news, pero son la Justicia y las organizaciones profesionales que representan a los periodistas y que regulan la profesión los que deben velar por la salud informativa del país.


Empecemos por una definición. La Comisión Europea, parte interesada como veremos más adelante, define las fake news como “información verificablemente falsa o engañosa que se crea, presenta y divulga con fines lucrativos o para engañar deliberadamente a la población, y que puede causar un perjuicio público”.

Esta definición incluye dos obviedades que, a menudo, se obvian. La primera es que se trata de una pieza informativa, que no de opinión. Por tanto, desde un punto de vista jurídico, afecta al derecho reconocido en el artículo 20.1 d) de la Constitución, de “comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión” y, en ningún caso, al artículo 20.1 a), referido a la libertad de expresión, que también peligra. Obsérvese que ambas son libertades blindadísimas en la Carta Magna.

La segunda obviedad que suele obviarse, y es la más importante, es que una fake news es una noticia falsa, pero no en el sentido de ser errónea. O sea, una noticia equivocada o un reportaje con datos erróneos no es una fake news en sentido estricto, sino un texto informativo intencionadamente erróneo. Este punto es vital.

Por tanto, una fake news no es un texto de opinión que desagrade, ni una información que uno considere que es falsa o tendenciosa. Es una pieza informativa, o al menos en apariencia, que tiene como intencionalidad engañar en términos absolutos, o usando medias verdades.

Sin embargo, es esta segunda obviedad la que nos debe preocupar. En primer lugar, ¿cómo puedes estar seguro de la intencionalidad de nadie? En segundo lugar, ¿qué es verdad y qué no lo es? ¿Una verdad a medias hace pasable lo que no lo es? En según qué casos, entramos en el engorroso umbral de la Filosofía, que resulta bella para la reflexión, pero de difícil aplicación jurídica.

Noticias falsas, que no erróneas, ha habido siempre. Y casi siempre con la misma intencionalidad, que es beneficiar a un bando político o ideológico, y/o atacar a otro. Incluso se ha usado para atacar pueblos, razas y etnias.

¿Por qué son un problema ahora? La respuesta rápida, sencilla e interesada es que la culpa la tiene la proliferación de información en redes sociales, que desinforma a la población. Sin embargo, esa es una verdad bastante discutible.

Sin duda, las redes sociales han aumentado el flujo de información, pero no han creado nada que antes no existiera. La gran complicación es que esa información ya no se puede controlar. Un medio de comunicación tradicional tiene que pasar por un registro. Un blog o un pseudomedio digital, no.

Es más, cualquiera con ciertos conocimientos informáticos o con dinero para contratar a los que los tengan puede crear un medio digital de la noche a la mañana, con información de interés general veraz, salpimentada con mayores o menores cantidades de noticias falsas.

Ahora bien, he aquí la auténtica preocupación de Europa: las fake news han hecho ganar y perder elecciones, y nada menos que en EE.UU., como vimos con Donald Trump en su día. La injerencia rusa es un hecho poco debatible y los populismos están aprovechando una coyuntura favorable para aumentar sus filas. Y la falta de formación e interés por formarse de muchas personas han llevado a una ausencia creciente de capacidad crítica, que no de criticar.

Sin embargo, tal y como vaticinó Byung-Chul Han, en este caos, la tendencia no es reforzar el Estado de Derecho y dotarlo de recursos. La tendencia es avanzar hacia un Estado cada vez más autoritario. El sueño húmedo de Pedro Sánchez.

Solo el Poder Judicial y la propia profesión, a través de sus colegios profesionales y organizaciones, tienen legitimidad para combatir las fake news en democracia. La Justicia ya tiene herramientas para ello, si bien admito que son mejorables. Asimismo, ya hay proyectos interesantes como The Trust Project.

Sin embargo, ni esa ha sido la senda europea, ni está siendo la española. De acuerdo con el art. 3 de la Orden PCM/1030/2020, de 30 de octubre, por la que se publica el Procedimiento de actuación contra la desinformación aprobado por el Consejo de Seguridad Nacional, son instituciones o unidades gubernamentales las encargadas de responder, entre otras, a esas preguntas a las que hacíamos mención: ¿Cómo puedes estar seguro de la intencionalidad de nadie? ¿Qué es verdad y qué no lo es? ¿Una verdad a medias hace pasable lo que no lo es?

Terrorífico desde el punto de vista democrático. Dependeríamos de la buena voluntad de cada Gobierno. ¿Nos parecería así de bien si la respuesta a esas preguntas dependiera de personas como Ángel Acebes o Jorge Fernández Díaz?

En el texto no hay ni una sola referencia a organizaciones profesionales, como la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) o la Red de Colegios Profesionales de Periodistas.

De hecho, esta última señaló que consideraba “inaceptable” que la Orden 1030/2020 no reconociera a los periodistas y a las corporaciones de derecho público que les representan el “papel esencial en la lucha contra la desinformación” que sí atribuye a “los medios de comunicación, las plataformas digitales, el mundo académico, el sector tecnológico, las organizaciones no gubernamentales y la sociedad en general”.

Por su parte, la FAPE se ha mostrado preocupada por la medida, afirmando que: “La disposición publicada en el BOE deja en el aire varios aspectos importantes que nos suscitan una profunda preocupación por las eventuales consecuencias que pueda acarrear al libre ejercicio del periodismo”.

¿Serán organizaciones ‘fachas’ la FAPE y la Red de Colegios Profesionales de Periodistas? Y en lo que toca a la Justicia, la encontramos exhausta, falta de recursos y hastiada de los intentos partidistas de desacreditarla. Y, ahora, se le relega de su función de juzgar.

Los forofos del Gobierno del cambio –como si no lo fueran todos–, se escudan en el mandato europeo. Un mandato de la Comisión Europea motivada por el supuesto peligro que supone para la democracia este tipo de informaciones. Una mentira como un piano, pero útil como justificación.

A la Comisión, al igual que al Gobierno progresista, les importa muy poco la salud democrática europea, el bienestar de su gente y sus opiniones, siempre y cuando se vote ‘correctamente’. Lo que les preocupa es la injerencia de países extranjeros u otras fuerzas, como muchos de ellos mismos han hecho en otros países. Lo que les preocupa es perder sus privilegios. Y prueba de ello es que la censura, pues esto no es otra cosa por mal que suene, quedará en manos gubernamentales.

Todo lo europeo suena bien. Es como hace unos años el Tribunal Constitucional en España, hasta su descrédito por mérito propio. Todo lo que vaya bendecido por Europa es visto por una mayoría de la población como algo positivo. Y eso no es cierto, como puede atestiguar cualquier griego.

España es el país más incumplidor de Europa. Hasta tal punto que ha suscitado el interés de no pocos investigadores. Nuestro país paga multas copiosas todos los años por su retraso en adoptar o adaptar las medidas impuestas por Europa. ¿Es una casualidad la prisa por cumplir con esta medida en concreto? Dejemos el forofismo en el estadio, por favor.

La única forma eficaz y ética de luchar contra las fake news es a través de una combinación de factores. El primero, y más importante, es la formación de las personas. Cuanta mayor capacidad crítica, mayor capacidad de distinguir lo que es veraz, de lo que no, menor efecto tendrán las fake news. Y, por lo pronto, el Gobierno progresista no solo no está reforzando y dando importancia al pensamiento crítico en la Educación, sino que quiere eliminar la asignatura de Ética. Ni el PP se atrevió a tal cosa. Estos ‘fachas’...

El segundo factor es el ejemplo de los propios partidos políticos. Y estamos hablando de un Gobierno cuya ética comunicativa le permite el uso de bots en redes sociales. El tercer factor es el de dignificar y dotar a las organizaciones profesionales para que puedan hacer valer los principios deontológicos de la profesión periodística.

Por último, dotar de mejores herramientas legales a la Justicia y, por supuesto, de los recursos necesarios para agilizar denuncias y la imposición de penas. Una acción que, además, tiene que coordinarse a nivel internacional para garantizar su cumplimiento en un mundo globalizado, con unas redes globales.

Hay que combatir las fake news, nadie lo duda. Pero el procedimiento iniciado por el Gobierno no ofrece suficientes garantías democráticas, por mucha Europa que haya de por medio. Y de paso, ningunea a los propios profesionales de la Comunicación y a la Justicia. Nos jugamos nuestros derechos fundamentales. Y los estamos regalando por puro forofismo hispano.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

10 de noviembre de 2020

  • 10.11.20
El personaje de Mafalda me conmovió siempre y, aunque parezca mentira, lo he sentido como si fuera un personaje real. Sin embargo, pensándolo bien, se trata de una niña tan perfecta que sería imposible que existiese alguien como ella.


Hace unas semanas Mafalda quedó huérfana y Quino nos dejó a todos un poco abandonados. El dibujante hizo sus tiras de comic desde 1964 hasta 1973, pero Mafalda siempre será una niña eterna, al igual que su manera de ver el mundo. Sus ideas sobre los poderosos y los humildes, sobre la libertad y la vida o sobre los derechos humanos nunca pasarán de moda. 

La característica principal de mi querida Mafalda no es otra que la de adoptar un punto de vista adulto, pero con una inocencia infantil. Esto la hace profundamente dulce y humana. Mafalda está en todas las tragedias humanas. Y mira que son muchas. Demasiadas.

La niña reflexiona de forma que hace que su propio pensamiento nos perturbe por medio de textos muy breves. Así, con “Comienza un día con una sonrisa y verás lo divertido que es ir por ahí desentonando con todo el mundo” hace una crítica feroz al mundo y a la sociedad que nos rodea. Cuando quiere ser política lo es: “Señores, no es cuestión de romper estructuras, sino de saber qué hacer con los pedazos”; o antipatriarcal: “Lo malo de la familia humana es que todos quieren ser el padre”.

La sabia Mafalda decía que “la mejor edad de la vida es estar viva”. Ella lo está y lo seguirá estando eternamente: sus tiras humorísticas siempre estarán de actualidad porque nada ha cambiado en este mundo en 56 años que cumplía Mafalda hace unos meses.

La nena terrible, simpática y muy atrevida deslumbró a jóvenes y mayores. Porque Mafalda no es una niña cualquiera: es un compromiso con la humanidad; le preocupa tanto el mundo que no entiende cómo los adultos pueden hacerlo tan mal. 

Combina la inocencia de su mundo infantil con unos altos ideales. Es una luchadora social que comunica sus ideas desde su sillita con una inocente falta de inocencia. Joaquín Salvador Lavado (Quino) reflexiona a través de su personaje del mundo y de las gentes que lo habitamos.

Mafalda nació hace más de cincuenta años, pero sus pensamientos son muy actuales. Ha sido combativa en temas relacionados con la guerra, la maternidad, la niñez y también el feminismo. Mafalda: femenino singular es una recopilación de las viñetas que hizo Quino y convierten a su personaje en una niña que lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. 

Está tan presente hoy en día como hace cincuenta años, pues todo lo que denunciaba sigue de la misma forma. El mundo que Quino, a través de su Mafalda, acusa de esa manera tan dura y triste sigue estando igual que antes, con las mismas miserias que manifestaba nuestra protagonista. Por eso está tan vigente su legado.

De niña leía las viñetas de Mafalda y el gato Garfield, de Jim Davis. Me identificaba totalmente con Mafalda: yo no era de príncipes y princesas. Aunque los temas más universales y algunas otros no los entendía, esa rebeldía y, sobre todo, esa curiosidad, esas preguntas inteligentes y con doble sentido, me acabaron acercando al personaje. 

Se hacía preguntas sobre las injusticias, los peligros que acechaban y acechan a la tierra, la relación de esta sociedad con respecto a la mujer... Lo que más me gusta de ella, ahora que no soy tan niña y sigo leyéndola, es esa impertinencia y esa divina curiosidad. Esa misma rebeldía frente a la monotonía que hacía que odiara la sopa es la que tendríamos que mostrar todos frente a las injusticias de este mundo.

Se quedó en mi corazón y en el de mucha gente, posiblemente porque trata temas cotidianos: las relaciones entre padres e hijos, entre amigos. La familia de Mafalda es como la de muchos de nosotros, con sus defectos y sus virtudes.

Gabriel García Márquez, el Nobel de Literatura, escribió sobre Quino en 1992: “Lleva muchos años demostrándonos que los niños son los depositarios de la sabiduría. Lo malo para el mundo es que, a medida que crecen, van perdiendo el uso de la razón; se les olvida en la escuela lo que sabían al nacer; se casan sin amor, trabajan por dinero, se cepillan los dientes, se cortan las uñas y, al final, convertidos en adultos miserables, no se ahogan en un vaso de agua sino en un plato de sopa. Comprobar esto en cada libro de Quino es lo que más se parece a la felicidad”. Nada más que añadir. 

REMEDIOS FARIÑAS

9 de noviembre de 2020

  • 9.11.20
No me gustan tanto las novelas norteamericanas como las francesas. Las primeras se desparraman en sí mismas sin alcanzar el final, cientos de páginas que pugnan entre ellas por alcanzar el millar, buscando la calidad también en la cantidad, y ahí tal vez junto a la máquina de escribir el autor debería contar también con unas afiladas tijeras. En ocasiones, resulta un arma de trabajo imprescindible. Van de una digresión pensada a otra intuida, se extienden en pasajes prescindibles en loor de una extensión que nunca será su principal valor.


Las novelas francesas, por el contrario, son breves, precisas, exactas. Verdaderas obras de orfebrería. En castellano podríamos hablar de novelas cortas o novelitas. No contamos con una palabra que defina el género en toda milimétrica extensión. Los franceses, sí: nouvelle

Los grandes escritores franceses son maestros que manejan con justicia y cadencia el género. Albert Camus, Jean Echenoz, Emmanuel Carrère, Patrick Modiano y tantos otros. La perfección, no siempre, al menos en este género literario, es incompatible con la abundancia y el derroche. La cirugía y la creación literaria, a veces, se complementan matemáticamente para alcanzar la obra maestra.

Cuando leí El extranjero de Albert Camus supe, en ese mismo instante, que el Premio Nobel francés sería para siempre uno de mis escritores de cabecera. Y así ha sido. Me impactaron las primeras líneas de esta breve novela. José Luis Alvarado, que califica la novela de maravillosa, sostiene, por el contrario, que el comienzo es de una vulgaridad abrumadora: “Hoy, mamá ha muerto”. Esa sería, en todo caso, la primera frase. Pero el arranque no termina ahí: “Hoy mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo. “Madre fallecida. Sentido pésame”. Nada quiere decir. Tal vez fue ayer”. 

Ahora, eso sí, el arranque es perfecto y único. Frío, distante, ajeno a todo sentimentalismo. Un hecho irrevocable al que todos nos enfrentamos sin posibilidades de renuncia. A partir de ahí, la historia se deja llevar con una mecánica indisoluble.

He leído estos días a otra autora francesa, maestra lógicamente de este género. Leo el arranque de Una mujer, de Annie Ernaux, y no puedo evitar compararlo con el de Camus: “Mi madre murió el lunes 7 de abril en la residencia de Pontoise, donde la había ingresado dos años antes. El enfermero dijo por teléfono: ‘Su madre se ha apagado esta mañana, después de desayunar’. Eran más o menos las diez”. 

El libro está escrito con una frialdad y una distancia imperturbables, pero en ese abismo que abre entre ella y la madre ya ausente se escurre un velo de humanidad indescriptible. Se lo han reprochado, de hecho. Cómo no.

En Francia, el origen es un estigma, una vergüenza social, escribe Patricia de Souza, y Ernaux discurre por esos páramos identificándose con el paisaje, describiéndolo como el contexto de su propia vida, narrados desde una clase inferior a la clase media alta. No lo hizo Marguerite Duras, ni Simone de Beauvoir ni Colette, añade De Souza. Es la antítesis de Beauvoir. 

A su lado no está Sartre, no hay burguesía. Ernaux escribe de casas pequeñas, sin ducha, con baños en el jardín, silos, supermercados, trenes de cercanías en los pueblos olvidados. Un paisaje que nunca conoció Beauvoir. Ernaux cuenta que, paseando con su padre por Biarritz, siente vergüenza por no llevar ropa de baño para bajar a la playa. Toma conciencia de clase. Ella no tiene al lado a nadie que se llame Sartre.

Mezcla el estilo clásico con el popular, se rompe cuando escribe con la agilidad de un maestro de esgrima: te roza, pero no te mata. Deja vivir a lector para que apure las páginas restantes, en una estructura matemática fuera del concepto de cualquier género concreto. 

Ella misma lo confiesa al final del libro. Dice que no sabe de qué género se trata: “Esto no es una biografía, ni una novela, naturalmente, quizá algo entre la literatura, la sociología y la historia. Mi madre, nacida en un medio dominado, del que quiso salir, tenía que convertirse en historia, para que yo me sintiera menos sola y falsa en el mundo dominante de las palabras y las ideas al que, según deseo, me he pasado”.

Por supuesto. No importa el género. Hay textos que se escriben para romper los moldes, para hibridar los ya existentes, para crear una nueva teoría donde antes no había nada. Hay libros que se escriben con el pulso firme y el corazón machacado, con la identidad definida y el dolor goteando sangre o sudor pese a los años. 

Hay un dolor que nunca se extingue y que solo se puede escribir con la tinta indeleble de la memoria antes de que el olvido arrase con los días. Hay en este libro una verdad que el lector percibe como propia, nada impostada, que nace de las horas vividas, que también pueden ser las nuestras. De hecho, son también nuestras.

Annie Ernaux escribe por necesidad. Ese dice. Cuando termina de escribir un libro, se siente vacía. No se siente liberada, sino vacía. Por eso siente la apremiante necesidad de escribir las primeras líneas de otro. La vida, para ella, es escritura. Y su escritura es el reflejo inmediato y natural de su vida, donde el mundo dominante son las palabras.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


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