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26 de septiembre de 2021

  • 26.9.21
Hace ya algún tiempo, y en este mismo medio, publiqué un artículo que llevaba por título el de Trampantojos, explicando su significado y mostrando algunos ejemplos magníficos que es posible contemplar en distintas ciudades europeas, pues, en ocasiones, el arte pictórico no solo se encuentra en los renombrados museos, sino que podemos encontrarlo en plena calle, cuando hallamos estos murales expuestos al aire libre en grandes paredes.


En aquel texto indicaba que si acudíamos al Diccionario de la Real Academia de la Lengua veíamos que un “trampantojo” es una “trampa o ilusión con que se engaña a uno haciéndole ver lo que no es”. A partir de esta definición, podríamos deducir que sería una palabra compuesta de “trampa” y de “ojo” o, lo que es lo mismo, un equívoco visual.

También decía que en el lenguaje común no solemos emplear este término, ya que su uso más habitual se produce en el campo del arte y de la arquitectura. Por otro lado, hice referencia a los dibujos del holandés M. C. Escher, ya que en su producción encontramos numerosas creaciones con las que confunde al espectador, ya que son escenas que no pueden existir en la realidad tridimensional; solamente es posible contemplar esos espacios insólitos que Escher imaginó en una superficie de dos dimensiones.

Pero en la actualidad no hay que remitirse a pintores consagrados o pasear por aquellas reconocidas ciudades en las que hay trampantojos para la admiración de los visitantes; ahora es posible verlos en pequeñas poblaciones como es el caso del pueblecito de Romangordo que se encuentra cerca de Trujillo y Navalmoral de la Mata, en la provincia de Cáceres.

Merece la pena, si se está por esta provincia, acercarse a Romangordo y admirar lo que la imaginación ha sido capaz de llevar adelante en un entorno de lo que ahora llamamos "la España vaciada". La sorpresa acude pronto cuando paramos el coche, nos bajamos y comenzamos a contemplar las paredes pintadas con magníficos murales. Dada la cantidad que hay en el pueblo, haremos dos entregas: esta primera dedicada a los realizados en paredes y, la segunda, a aquellos plasmados en las puertas.

Algunas preguntas que le surgen al visitante es la de a quién se le ocurrió promocionar esta singular idea; también con quiénes contaron para ejecutarlos y cuánto pudieron costar los más de cincuenta trabajos realizados en este rincón de Extremadura de apenas 300 habitantes.


Las respuestas nos las proporcionó en su momento Charo Cordero, quien fuera alcaldesa del pueblo entre 2003 y la fecha de su fallecimiento en el año pasado. En su memoria se realizó el mural que encontramos en la entrada del pueblo, ya que se la muestra representada dentro de una composición muy evocadora, en la que aparece dando libertad a un pájaro de papel en el que pueden leerse las siguientes palabras: “Valientes, Iguales, Libres”, que son la síntesis de los valores que defendió para las mujeres a lo largo de su vida.


Según la promotora de esta magnífica iniciativa, todo ello comenzó con propuestas puntuales, pero debido a la favorable aceptación que tuvo en el vecindario y la repercusión entre la gente que se acercaba a visitar el pueblo o sus entornos, se continuó con la experiencia, de modo que en todo el municipio, sean paredes, medianeras o puertas, acabaron pintándose escenas ligadas a temas y tradiciones locales.


Si uno contempla detenidamente los trampantojos, comprueba la imaginación y la calidad de estos murales al aire libre, por lo que se entiende que no pudieron ser realizados por simples aficionados, sino que debió ser gente con una sólida preparación en el campo de la pintura.

En efecto, sus principales creadores fueron, por entonces, estudiantes de Bellas Artes en Madrid: Jesús Mateos Brea, Jonathan Carranza y David Bravo “Chefo”. Conviene apuntar que los tres forman en la actualidad el colectivo Muro Crítico y que proceden de localidades cacereñas: Plasencia, Madrigalejo y Moraleja, respectivamente.


El que los autores procedan de localidades cercanas a Romangordo resultó ser un factor favorable para llevar adelante esta enorme tarea, no solo desde el punto de vista económico, puesto que los gastos se reducen por la proximidad, sino también por la afinidad que pueden encontrar en un trabajo con el que sienten una clara adhesión. Por otro lado, según la alcaldesa, el gasto solo ascendió a veinte mil euros, provenientes de los fondos de ayuda que recibe el pueblo para pequeñas actuaciones municipales.


El número de paredes y puertas pintadas en este pequeño pueblo extremeño, tal como he indicado, supera la cifra de cincuenta repartidas por la localidad, aunque paso a paso van aumentando, puesto que no es una historia acabada, sino una especie de relato visual que continua y que se nos muestra cuando lo visitamos.

Por otro lado, los temas que el colectivo Muro Crítico ha abordado, de acuerdo con la Corporación municipal, están ligados a la memoria viva de los vecinos, de modo que algunos casos son personas reales quienes se ven representadas en estos trabajos, por lo que la identificación con esas imágenes podemos decir que es casi total.


Uno de los aspectos esenciales de los trampantojos, sea en ámbitos urbanos o rurales, es que las escenas que se plasman deben de estar claramente integradas en las características constructivas del edificio o la casa en los que se realizan. No tiene sentido pintar un mural en el que los colores, las texturas, los materiales o los contenidos creados supongan un claro contraste con el resto de la construcción.

Esto puede apreciarse en los tres que acabamos de ver: en el primero de ellos se simula a unos niños y a un gato bajando una escalinata; en el del centro aparece una mujer toda sonriente y con un mandil blanco que porta en su cabeza y sostiene con ambas manos unos cubos de hojalata cargados de agua y ropa; y, en el tercero, a una pareja de emigrantes que, a su pesar, abandonan el pueblo.


No pueden faltar aquellas palabras que son características de la localidad o de su entorno, dado que son señas de identidad que se han transmitido de generación en generación. Es por ello que, en una pared totalmente blanca, y que hace esquina redondeada, se ha escrito una larga lista de ellas para que no se las olviden en el mundo acelerado en el que ahora vivimos.


De igual modo, se homenajea también a la antigua escuela, de forma que una se muestra en la medianera de una casa, como si la escena fuera una ampliación de aquellas viejas fotografías reproducidas en tono sepia. Así, se ve de pie al viejo maestro y a sus pupilos sentados en los duros pupitres en la ardua tarea de adquirir los primeros aprendizajes que les servirán como herramientas con las que caminar por la vida.


Enlazando con el mundo de los aprendizajes, muy imaginativo resulta ser el mural de la pared baja que rodea una las viviendas de la localidad, de modo que se logra transformarla en una especie de anaquel en el que aparecen, a gran tamaño, distintos libros, junto con otros instrumentos escolares como son una regla y un cartabón, ambos de madera.


Viene bien que cerremos este primer recorrido por los trampantojos de Romangordo con una escena emotiva. Es la que amablemente nos proporcionó el Ayuntamiento de la localidad, en la que vemos a un grupo de alegres escolares con su maestro, que, orgullosos, posan delante de un mural que se ha pintado en una de las paredes del colegio. En él se muestra a un grupo de soldados británicos que enmarcan el lema “205 años de historia. XIII Ruta de los Ingleses”, hecho, que a buen seguro, forma parte de la memoria colectiva del pueblo.

AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍAS: AYUNTAMIENTO DE ROMANGORDO

25 de septiembre de 2021

  • 25.9.21
Viene Cecilia Álvarez (La Palma, 1955) enhebrando versos desde el año 2008, cuando apareció su primer poemario, El alma deshabitada, que había obtenido ese mismo año el Premio Ángaro de Poesía. Al mismo tiempo se publicaba una selección de sus artículos periodísticos, Elogio de la juventud añeja.


Continuando en el campo de la poesía, un año más tarde encontramos Primera luz. Y con cierta regularidad, nos ha entregado más publicaciones poéticas en años posteriores: Palabras al alba (2012), Adagio del silencio (2013), El lento suspirar de la aurora (2016) hasta llegar al aún reciente Almenara de sueños (2018).

Poeta, narradora, profesora de Literatura, periodista… Facetas diversas que confluyen en un mismo centro: el amor por la palabra como vehículo de autoexpresión personal y como vínculo de unión con tantos semejantes que, sin saberlo pero compartiendo sus mismos sentires, también forman parte de la urdimbre de estos poemas. Ahora, Cecilia Álvarez ha decidido seleccionar sesenta de entre todas sus composiciones para ofrecérnoslas en su primera antología, Versos enhebrados.

Esmerada selección la suya, sí; que no mezcla indiscriminada. Porque en esta Antología poética podemos hallar esos hilos –tan sutiles como firmes– que pespuntean, ya desde sus inicios, su obra creativa. En su Prólogo identifica Juan Francisco Santana Domínguez las claves dominantes en su poesía: la soledad y el silencio.

“Hay una soledad que buscas
y otra que te encuentra al doblar
la esquina de tu propio silencio”

(El alma deshabitada)

Bienvenida soledad como necesario estímulo para la creación; malhallada cuando se troca en paralizante impedimento para la expresión; cuando es una soledad que desemboca en un atronador silencio, como es perceptible en su composición “Donde habita el ocaso” (El alma deshabitada), en el que se siente golpeada “de silencio, de este silencio a voces / que arropa la desgana de vivir,”.

Y podemos constatar con un simple repaso a los títulos de los poemas incluidos en este libro el peso que el silencio adquiere en sus creaciones a lo largo de toda su trayectoria, y hasta qué punto ha llegado a convertirse en leit motiv de su obra poética.

Y como si de un efecto dominó se tratara, soledad y silencio actúan como desencadenantes de otros factores destructivos. Por ejemplo, el olvido. “Detrás de la memoria está el olvido”, sentencia Carlos Murciano desde los versos que, significativamente, encabezan esta Antología. Y ella lo confirma:

“Pero, en vano, persigues tu acordanza,
tu espejismo de niebla
y mueres de sed en cada aliento”.

(Almenara de sueños)

O la ausencia, que:

“Es esa palabra tan ovillada
a la presencia, tan colmada de silencio,
esa palabra encadenada al vacío,
al tiempo huido y lágrimas contenidas”.

(El lento suspirar de la aurora)

¿Qué hacer para conjurar los efectos devastadores de estos indeseables compañeros de camino? Aferrarse a la creación poética –incluso cuando ésta se resiste, cuando supone un arduo combate consigo misma– como vía de salvación.

Es entonces cuando la belleza triunfa sobre el desgarro del cotidiano vivir. Una belleza no exenta de tristeza –el “dolorido sentir” garcilasiano tiñe a menudo los versos de Cecilia Álvarez–; pero una belleza que, a fin de cuentas, consigue plasmar en sus poemas a base de una tenaz lucha de la palabra contra el vacío y contra la angustia; contra el efecto destructor del paso del tiempo.

Un arduo combate (vital y poético) con el que la escritora canaria ha conseguido en sus composiciones el triunfo de la luz sobre las sombras, de la memoria sobre el olvido… En definitiva, es el triunfo de su voz cálida y bien timbrada que rompe silencios indeseados y que, desde su propia soledad, acompaña la de tantos lectores con estos versos enhebrados de amor, de ternura y de sueños, capaces de suturar esas heridas producidas por tanta pesadumbre, por tanto dolor.

Ficha técnica

Título: Versos enhebrados (Antología 2008-2018).
Autor: Cecilia Álvarez (Prólogo de Juan Francisco Santana Domínguez).
Edita: Ediciones Idea. Colección Poesía Aguere.
Ciudad: Santa Cruz de Tenerife.
Año: 2019.
ISBN: 978-84-17764-16-6.

MARÍA DEL CARMEN GARCÍA TEJERA
FOTOGRAFÍA: TIBERÍADES

24 de septiembre de 2021

  • 24.9.21
A pesar de que el tiempo es una realidad continua que fluye sin necesidad de atravesar fronteras, su sucesión y su división en días y en noches, en semanas, en meses y en años nos ayudan para que revisemos nuestras personales trayectorias y reorientemos nuestros, a veces, despistados pasos.


Lo primero que se me ocurre al empezar este nuevo curso es reconocer que el presente y el futuro no lo improvisamos ni lo creamos de la nada sino que, en gran medida, lo hemos gestado en cada uno de los hechos realizados anteriormente. Cada uno de los pasos deja una huella en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu, en el cerebro y en las emociones.

Es así como se va formando lo que llamamos “carácter”, esa personal manera de pensar, de sentir y de hacer que “caracteriza” nuestra personalidad, ese estilo que impregna todas nuestras actitudes y nuestros comportamientos. Por eso decimos que lo que hacemos hoy condiciona lo que haremos mañana y, por eso, podemos afirmar que nuestra vida humana consiste en recoger, en saborear los frutos y en sembrar semillas.

Al empezar este nuevo curso nos encontramos con serios problemas generados por la pandemia del coronavirus. ¿Qué podemos hacer cada uno de nosotros? En esta ocasión, lo primero que se me viene a la cabeza es que, en vez de forjar sueños y fabricar ilusiones, pensemos, trabajemos, dialoguemos con seriedad y realismo.

Por lo pronto me conformo con evitar la tentación de hacer responsables únicos de todas nuestras desdichas al demonio, al sistema, a la globalización, al Gobierno o a la oposición. Se me ocurre que lo mínimo que podríamos hacer es que cada uno de nosotros nos preguntemos qué hemos aprendido tras considerar todos esos sufrimientos que en nosotros y en las personas más próximas ha causado la pandemia. A lo mejor hasta es posible que tengamos que cambiar de dirección algunos de nuestros pasos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

23 de septiembre de 2021

  • 23.9.21
De un tiempo a esta parte, el odio se ha aposentado entre nosotros de forma abierta y descarada. Es verdad que estamos pasando por el desierto de la pandemia que ha conseguido, además de limitarnos social y económicamente, enfrentarnos más de lo que estábamos por aquello de que "yo soy yo y a los demás, que les den".


Después de partirnos la cara en un enfrentamiento político-criminal, conseguimos –o, mejor, nos avenimos– a un convivir menos belicoso. Digamos que nos obligaron. Poco a poco fueron pasando los años y parecía que el deseo de vivir amainaba el olvido y con dicho deseo de subsistir crecía una cierta ¿paz? ¿Tranquilidad?...

Los más viejos, hijos de aquellos años luctuosos (“tristes, a veces fúnebres y dignos de llanto”), intentamos alcanzar una vida menos incómoda, menos mísera tanto para nosotros como para nuestros descendientes y para los hijos de nuestros hijos. El mantra (“literalmente, pensamiento”) que nos transmitían a unos y a otros era “estudia para que puedas ser alguien en la vida”.

Nuestros hijos, esa generación que ya superó los cuarenta, aceptó y transmitió la tácita consigna de prosperar, de vivir mejor que sus padres. Y hubo un tiempo en el que había cierta tranquilidad bullanguera, hasta que entre crisis económico-laborales y descolocados gobiernos entrados en la incompetencia, el sendero fue estrechándose y cada día aparecían más piedras en el camino.

La “multi España” saltó al escenario y, con ella, otras lacras –dicen que “de origen incierto”, aunque creo que no–, las cuales van dejando “secuelas o señales de una enfermedad o achaque” acompañada por “un vicio físico o moral que marca a quienes lo tienen”. En este caso, parece que han aflorado corrientes depravadas que da la impresión que han confundido el camino.

A todo lo anterior y para complicar aún más la situación, el virus vomita lava que aniquila a personas viejas y no tan viejas, saquea la economía como no podía ser de otra forma, y descoloca el diario vivir de los humanos. Por si no hay bastante, parió el volcán…

El virus vomita el magma que acumula el sustrato social arrastrando lava convertida en odio destructor que serpentea por las laderas de un país de por sí bastante tocado, tanto en lo social como en lo político y al que hay que añadir un personal joven que, en los últimos tiempos de este desierto, se embotellona. ¿Por qué?

¿Con todas las consecuencias? No, con dos cojones. Posiblemente solo alimentado por el deseo de “vivir a tope y deprisa” por lo que pueda ocurrir mañana. ¿Se pretende lacrar, es decir “dañar la salud de alguien, contagiándole una enfermedad”? No creo: solo se pretende vivir (aunque ello pueda lacrar, es decir, “dañar o perjudicar a alguien en sus intereses”).

¿Pretendemos resucitar viejos errores? Espero y supongo que no, al menos por parte de la mayoría del personal que no estando politizado se une a la fiesta por aquello de ir a donde va Vicente, es decir, a donde va la gente.

Nos guste o no, somos seres sociales que necesitamos de los demás, aunque a veces parezca lo contrario. A través del intercambio y de las relaciones interpersonales, los humanos nos enriquecemos. El diálogo y la escucha activa son armas valiosas para luchar contra la indiferencia, contra cualquier muro que nos separe. En estos momentos el odio es una vil empalizada donde masacramos a nuestros iguales. Las personas con actitudes extremistas, parece que tienden a ver y a pensar el mundo en términos de blanco y negro.

Dicho murallón solo puede derribarse si somos capaces de abrirnos a lo que nos puedan transmitir los demás. No olvidemos que el diálogo es un valor propio de personas maduras que quieren crecer, que no viven deseando el mal ajeno. Transmitir odio es manifestar un sentimiento negativo que desea el mal por el mal y se escurre por otras laderas que solo traen consigo nuevos incentivos para odiar.

Decía líneas más arriba que no solemos desear el mal de los otros. Matizo porque dicha afirmación no siempre es verdad. En nuestro mundo actual, vomitar “injurias, dicterios, maldiciones” en las redes contra las personas se ha convertido en el deporte nacional. ¿O debo decir estatal por aquello de las confederadas multi Españas? ¡Ojo al tropezón!

Quienes hicieron y sufrieron aquellos nefastos años ya están casi todos muertos; los que vinimos detrás parece que una losa de silencio “impuesta tácitamente” por los mayores hizo borrarla de nuestros registros; y los más jóvenes ni tan siquiera saben nada de ello. La esperanza colectiva quería soltar amarras para seguir hacia horizontes abiertos al mundo.

El criterio asumido era rebasar de una vez por todas ese manido “Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como”, expresión cargada de egoísmo aunque, en el mejor de los casos, se pueda aceptar como muestra de autosuficiencia. Es cierto que dicho refrán encierra un pensamiento moral que ratifica la postura de quien lo dice o a quien se le aplica.

El odio va ganando espacio a pasos de gigante y se extiende como mancha de aceite en el terreno político, rebotando a la vida diaria. Un odio que no tiene color político, puesto que es tanto de izquierdas como de derechas; un odio que parece querer destruir una sociedad que habíamos creado con un esfuerzo ímprobo, donde se suponía que cabíamos todos. Un odio que nos llevó a un enfrentamiento “incivil” que ¿pretendemos resucitar?

Los últimos meses han sido ricos y fructíferos en “dimes y diretes”, en comentarios y cotilleos mordaces, hirientes contra personas, en circunstancias en muchos de los casos sin fundamento, por el placer de herir. Usamos las redes porque, como es obvio, permiten el anonimato al no dar la cara. ¡Viva la valentía!

Hemos saltado a enfrentamientos directos. Sobre todo contra esas personas con las cuales no comulgo políticamente. ¿Cuánta malquerencia hemos babeado en los últimos meses (años) deseando lo peor de lo peor a esos prójimos cuyo ideario no me gusta? Y esto solo acaba de empezar, aunque viene de lejos y solo hemos resucitado una mínima parte del problema. ¿Pesimismo? Es posible.

Ahora el frente se agranda con la homofobia hasta el extremo de que hay “gentuza” que sale de cacería porque odia (¿o se divierte?) maltratando a homosexuales e incluso gritan a voz en pecho "¡mátalo, mátalo!"... Se acrecienta el odio y el acoso contra los llamados “menas” (menores extranjeros no acompañados).

Insultamos con asombrosa facilidad; injuriamos a “cara de perro” de forma dura y cruda porque el anonimato, terreno fangoso para valientes adalides de lengua bífida, permite bombardear al contrario. Y seguimos machacando a quien sea con nuestras sabias opiniones y contundentes acciones. Podríamos seguir…

Por desgracia para todos, aquí no hay buenos o malos. Hay personas con sentido común o eunucos mentales (castrados, capados). Necios ocultos tras el burladero de la cómoda guarida que les permite escupir contra vivos y muertos, niños y mayores, inocentes y culpables y, en caso de no ser culpables, los juicios paralelos conseguirán que lo sean.

Creo en la convivencia que no siempre es un jardín de rosas, pero que tiene más ventajas que inconvenientes. Que nos necesitamos unos a otros porque, como seres sociales, vivimos en compañía. Si olvidamos estas premisas hay que recordar el refrán que deja claro aquello de “arrieros somos y en el caminos nos veremos”.

“La noticia de que el salvaje ataque homófobo en Madrid no era tal ha puesto patas arriba la batalla partidista desatada a su alrededor. La izquierda instrumentalizó la supuesta agresión para atacar a la derecha, pero se le ha vuelto en contra. La falsa denuncia y el oportunismo político empantanan la lucha contra la homofobia”. Cierro estas líneas con una incómoda interrogante: ¿Por qué ha crecido la homofobia? “Los derroteros del mundo han hecho que haya crecido la intolerancia”. Mal camino.

PEPE CANTILLO

22 de septiembre de 2021

  • 22.9.21
Al principio del teatro de títeres, éstos eran considerados como réplicas artificiales de los seres humanos. Y, justamente, esta semejanza era la que atraía a los espectadores. De hecho, llegó a acusarse a los titiriteros de practicar la magia.


A la función mágica de los títeres sucedió una función teatral cambiante según distintas variables socioculturales que evolucionaron desde la satisfacción de la pura curiosidad por el espectáculo a la interpretación teatral similar a la de los actores humanos.

Como ya vimos en una entrega anterior, el relato puede llegar a conseguir un grado de identificación y una participación del público enormes. Cuando se apagan las luces de la sala y solo permanece iluminado el escenario, los muñecos resultan tan expresivos y sugerentes que parecen tener vida propia. Strindberg, que tuvo una gran pasión por los títeres, escribe: “Todo puede ser, todo es posible e inusitado. El tiempo y el espacio no existen. Sobre una débil trama de realidades, la imaginación teje y modela nuevas formas”.


El espectador se proyecta en los personajes y participa de manera activa en el espectáculo. Su imaginación recrea lo que se le muestra y se sumerge en el relato narrado. Incluso llega a sentir y a meterse en la “piel” de la máscara. Sí, “máscara”, porque el muñeco participa en gran medida de las funciones expresivas y comunicativas de las máscaras. Pero sobre éstas ya hablaremos en otro momento.

¿Qué es lo que sucede para que se establezca ese vínculo tan sugerente? ¿Cómo es posible que alguien, con una simple historia y una figura inanimada, consiga comunicar esa magia tan difícil de conseguir, incluso con grandes espectáculos? Pues precisamente eso: la naturaleza inanimada de los títeres transmutada en vida animada mediante el movimiento comunicado por el titiritero. Lo inerte, sin movimiento, sin vida, adquiere una nueva forma de existencia con energía dinámica, con aliento propio.

Básicamente, los espectáculos de marionetas son narraciones en las que los muñecos tienen, aparentemente, movimiento propio. El artista que los maneja es quien les infunde espíritu y personalidad: es el animador. De hecho, en las antiguas tradiciones de representaciones sacras, desde Java a la Grecia clásica, los manipuladores de las figuras eran considerados como oficiantes religiosos.

El manipulador infunde "vida" a la figura en el momento en que la hace moverse. Georges Sand ya los describía como seres de ficción dotados de vida por voluntad humana: “Estos seres ficticios son llevados a la vida por deseo del hombre y se mueven y hablan y, en cierto modo, se vuelven humanos, inspirados con vida para bien o para mal, para conmovernos o entretenernos”.

Uno de los autores que mejor ha reflejado esta relación de ida y vuelta entre títeres y humanos ha sido Oscar Wilde en su relato El cumpleaños de la infanta: "Unas marionetas italianas representaron la tragedia semiclásica de Sofonisba en un pequeño escenario levantado al efecto. Trabajaron tan bien y sus gestos fueron tan extremadamente naturales que, al terminar la representación, los ojos de la infanta estaban llenos de lágrimas".

"La verdad es que algunos de los niños lloraron de veras y tuvieron que ser consolados con pasteles, y el propio gran inquisidor se impresionó tanto, que no pudo evitar decirle a don Pedro que le parecía intolerable que unos muñecos hechos sencillamente de madera y cera coloreada, movidos mecánicamente por alambres, pudieran ser tan desgraciados y soportar semejantes infortunios".

Lo que caracteriza y diferencia a los títeres de otros muñecos o figurillas es la articulación de sus distintas partes que permite el movimiento. Y éste es un estímulo muy poderoso para captar y retener la atención. Además, el movimiento da lugar a la existencia verosímil de unos personajes y de un hilo narrativo.

.Si bien el espectador recrea a partir del objeto, éste cobra su significación a partir del movimiento. Es quizá por ello que la fascinación por el movimiento sea ineludible en las creaciones de las diversas culturas, desde sus remotos inicios en la Prehistoria. Para S. Giedion: "La representación del movimiento es consustancial al arte paleolítico desde sus inicios" y aporta algunos interesantes ejemplos del arte mueble y rupestre en la Prehistoria.

El esfuerzo artístico del titiritero siempre se ha centrado en dotar los objetos de "personalidad". Solo así tienen sentido y adquieren visos de realidad. "Siendo" reales pueden interesar al público. De ahí la importancia asignada al movimiento.

El movimiento debe tener cierto carácter orgánico y servir como vehículo de las emociones que el titiritero quiere transmitir. Esto implica la necesidad de concentración, incluso de compenetración entre el artista y el muñeco. Gordon Craig, uno de los autores clave en el renacimiento del arte de los títeres, escribía a principios del siglo XX: "Tú no lo mueves, le dejas moverse: eso es el arte". El objetivo es ofrecer una sensación de naturalidad.

El compositor y escritor Otakar Zich decía que observando al títere como algo vivo y dotado de movimiento, los espectadores olvidan que está hecho de materiales inertes y lo ven transformarse en un ser mágico, sobrenatural, fuera del ámbito de lo racional. En definitiva, es a través del movimiento, principalmente, donde cobra sentido específico el espectáculo del teatro de títeres.

JES JIMÉNEZ

21 de septiembre de 2021

  • 21.9.21
El ataque es continuo e incansable, por tierra, mar y aire. Y en mi cabeza suena "alarma": estoy ardiendo y siento frío. Manolo Tena pone la banda sonora a esta intensa y trágica semana en materia ambiental. Suma y sigue.


El artista sabe que su creación será interpretada, que sus palabras, sus metáforas, sus ritmos y su voz significarán cosas diferentes para sus lectores y oyentes. En este caso, la historia de adicción, de locura, de autodestrucción, de grito de auxilio del poeta, del músico, es para mí un claro reflejo de la relación del ser humano con su entorno: somos extraños en el paraíso; somos juguetes de la desilusión.

El infierno de Sierra Bermeja lo hemos seguido todos. A la pérdida de casi 10.000 hectáreas de bosque, que estuvo a punto de ser Parque Nacional, esta vez tenemos que sumarle la pérdida de una vida humana.

Hemos visto el miedo, la desesperación, la angustia, la incertidumbre, la rabia de cientos de personas que no sabían qué sería de sus vidas, de sus hogares o de su futuro, mientras nuestros políticos se despachaban y despellejaban ante los medios de comunicación mostrándonos su incapacidad de trabajar todos a una, de olvidarse de intereses personales y partidistas, de mirar por el bien común.

Nos hemos vuelto a sentir solos, abandonados, avergonzados, perdidos en el camino de vuelta al hogar, gritando nombres a los que nadie responde. Y ahora vendrán los reproches, los tirones de orejas a los alcaldes que dicen verdades como puños y que provocarán una paz tensa y un puñado de euros, de promesas, de inversiones, de regalitos, de parches insuficientes para evitar una nueva desgracia.

Presenciaremos el reconocimiento a los héroes que no quieren serlo, que prefieren ser trabajadores a los que no se les despide a final de campaña, a los que se les dote de los medios oportunos y necesarios para hacer su trabajo con garantías, a los que olvidaremos, hasta nueva emergencia, como hemos olvidado a los que llamamos "esenciales" durante la pandemia.

Mientras las cenizas del bosque lo cubrían todo, un grupo de ecologistas, conservacionistas y educadores ambientales, los versos equivocados, conmemoraban el segundo aniversario de la DANA de 2019 que nos mostró parte de las miserias de nuestra agricultura cuando el agua arrastró los plásticos y residuos de todo tipo por las ramblas de Almería.

Hicieron una limpieza simbólica en la Rambla del Artal para demostrar que las actuaciones que se anunciaron a bombo y platillo son insuficientes, ya que solo se limpió el cauce, pero no los alrededores, donde aún permanecen enterradas toneladas de plásticos que somos incapaces de gestionar antes de que lleguen al medio, antes de que termine el sueño, antes de que suene el disparo y la muerte deje caer el telón.

Ecologistas a los que se les señala, se les denigra, se les injuria por escribir y señalar el reloj que marca la profecía de un camino sin retorno; por culpabilizar a los individuos, de alma vacía, que llenan sus vidas, sus cuentas corrientes, cometiendo infracciones, delitos, que hemos aprendido a justificar como daños colaterales y que terminarán desmoronado, como las olas, el castillo de arena de nuestra agricultura y de nuestra economía.

No podemos seguir construyendo más invernaderos (en los últimos meses crecen como margaritas en primavera) cuando nuestra Administración reconoce que solo tenemos la capacidad para reciclar el 85 por ciento del plástico que generamos cada año y que 5.000 toneladas de residuos las tenemos que esconder bajo la alfombra, entre los arbustos del Cabo de Gata, en el fondo de la mar.

Y del mar viene la última barbarie humana de los últimos días. En las Islas Feroe, pertenecientes al Reino de Dinamarca, cada año sus pescadores tienen la autorización de la arcaica y vieja Europa que mira para otro lado, para masacrar los delfines y calderones que pasan por sus costas.

Este año han sido alrededor de 1.400 cetáceos los que han empujado hasta la orilla, para darles muerte a cuchilladas, a base de golpes que alargan su agonía, que cubren la bahía de sangre en la que se fotografían bañándose, orgullosos de una tradición que siglos atrás les garantizaba su supervivencia, pero que ahora los convierte en asesinos que enseñan a sus hijos a matar, en psicópatas que se regodean en el dolor, de insensatos que dicen comerse su carne contaminada de mercurio y otros innumerables metales pesados con los que hemos envenenado los mares y océanos del planeta.

Días de residuos, sangre y cenizas con los que estamos cubriendo el planeta, para demostrarnos que nos sentimos el público y el único actor, que estamos yendo pero no sabemos hacia dónde. Que somos el delirio y la confusión, que buscamos el principio y solo vemos el final. Que estamos ardiendo y solo sentimos frío.

MOI PALMERO

20 de septiembre de 2021

  • 20.9.21
Las fronteras, piensa cualquiera, están ahí para romperlas y violentarlas, para cruzarlas y volarlas por los aires, provistos de papeles o sin papeles. Fronteras lacustres, aéreas, territoriales, fluviales, marítimas. Fronteras políticas e ideológicas, que dividen países que hablan distintas lenguas y el color de la piel de sus ciudadanos no es el mismo. Puestas en mitad de nuestras vidas por la propia naturaleza o, en su caso, por nosotros mismos.


Alguien mira a un lado o al revés, y el mundo ya es otro. Como si alguien hubiese dado una capa de barniz al paisaje que esconde y nos mostrara otra vida ajena a nuestras expectativas. Sin embargo, este hombre piensa que las peores son las fronteras invisibles, aquellas que se pierden en lontananza, y que, pareciéndonos próximas, nunca se alcanza el límite de una y otra parte.

Están ahí sin estar, sin apenas existir, porque las inventamos cuando nadie acecha, conscientes de que vale la pena soñar a escondidas, inventar otro mundo fabricado a medida, un hábitat imaginado donde metemos los pies creyendo que es una bañera, pero entonces advertimos la inmensidad del océano.

Hay fronteras sospechosamente accesibles, sin vigías camuflados, ni linternas escrutadoras que alumbran una sombra inexistente, ni armas de fuego con silenciador que persuaden al intruso del viaje inútil. Él sabe que las fronteras que no existen son las más arriesgadas.

Pone un pie al otro lado y siente que el cuerpo se hunde en el fango, un fango cremoso con sabor a natillas y a canela, familiar y sutil, que ahoga con una dulzura espesa e inevitable. Este hombre se cansa de ir de allá para acá. Acaso no busca nada. Como le ocurriría a cualquiera de nosotros. Pero la sensación incolora de que los días muertos no se parecen en nada a las promesas que nos han dejado ahora al borde del acantilado, no le deja en paz.

Este hombre ha cruzado la frontera. Era inevitable. Ha dejado atrás una casa, una botella abierta, una mujer que le ama, un perro que duerme su ausencia. Cualquiera se pregunta qué busca allende los mares y los montes. Con toda probabilidad todo aquello que añora lo lleva puesto encima, como su propia piel.

Nadie busca nada afuera de él mismo. Toda esperanza anida tan dentro de nosotros que la podemos confundir con las vísceras, los tumores, las heridas de otras guerras perdidas. Es lo que tiene no mirar hacia adentro: que caminamos sin brújula, sin destino. Es difícil encontrar secuelas de nosotros mismos si no nos sentamos al borde del camino y definimos nuestras propias capacidades. El mundo es tan ancho que es fácil despeñarse por cualquiera de sus vértices.

Este hombre no sabe qué busca y, en este bien entendido, se tira a la tierra, sin agua y sin mapas. Piensa que también los mapas están contaminados, manipulados como parte de nuestra vida que son, desviados del único camino posible. Probablemente lleve razón. En cualquier caso, es inútil advertirle.

El ansia de libertad solo se alimenta de víctimas inocentes e innecesarias. Cualquier día de estos, despierta y advierte que las fronteras puede que no existan. Ese día se sentirá abatido, torpe, viejo tal vez. En qué enredar ahora las horas, se dirá cada mañana, cuando amanezca y las horas sean resplandecientes y nuevas.

Le gustaría adquirir alguna guía precisa sobre aduanas y peajes, puertos y aeropuertos, muros y vallas, límites naturales o creados por el ser humano, violentados o infranqueables, espacios desestructurados e inasequibles al desaliento.

Debe haber rincones en el mundo, sospecha, que nadie ha cruzado, que nadie soñó después de la era de los descubrimientos, algún lugar ignoto adonde los satélites no tienen acceso, alguna gruta sin espeleólogos, cavidades naturales en el subsuelo donde nadie puso sus botas, morfologías geológicas inadvertidas a la ciencia.

Debe haber en el mundo, piensa con desaliento, el lugar vacío al que pretende acceder, sentarse en mitad de esa habitación desamueblada, de ventanas cerradas, esperando que alguien entre en ese espacio y encienda la luz, y le diga ven: aquí no hay vida, la vida está afuera.

Mientras tanto, seguirá buscando por las esquinas de su ciudad una quimera moldeada con arcilla que se derrite en sus propias manos, invisible a los ojos de los demás, la isla desierta que sobrevivió a todo naufragio literario. Pero él está ciegamente convencido de que las sombras esconden fantasmas y que las noches son días de pilas y baterías gastadas, desconectadas de la luz que busca otros amaneceres.

Y cuando verdaderamente amanece, él no ve los árboles que crecen junto a la ventana, ni oye ladrar a los perros, ni vislumbra la claridad que ofrece la mañana. A veces, desde las fronteras invisibles que atenazan su mirada, el mundo es tan centelleante que le deslumbra para adivinar el paraíso que tiene a sus pies. Después observa más allá, donde una línea parte el techo de la cordillera, donde ya no hay nada, donde su mirada se extravía en la luz que se apaga dentro de él mismo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

19 de septiembre de 2021

  • 19.9.21
Para superar la actual crisis sanitaria, económica y social es imprescindible que los políticos, los profesores, los creadores de opinión y también los demás ciudadanos seamos conscientes de nuestro papel de protagonistas en la búsqueda del bienestar personal y de la paz colectiva. Y es necesario que, previamente, tengamos unas ideas claras sobre las cuestiones básicas de nuestros comportamientos éticos.


Por esta razón adelanto mi valoración acerca de la obra titulada Ética cosmopolita, de Adela Cortina (Barcelona, Paidós, 2021), cuya importancia no reside solo en su oportunidad sino en la solidez de sus razonamientos, en la agudeza de sus exámenes y, además, en la validez de sus propuestas prácticas.

A mi juicio, Ética cosmopolita es un libro importante, profundo, documentado y útil. El punto de partida de la reflexión de la profesora Adela Cortina, Premio Nacional de Ensayo 2015 y autora del libro Aporofobia, es la constatación de la necesidad de una ética cosmopolita para poder enfrentar los actuales desafíos del mundo.

Tras señalar que la pandemia nos ha lanzado al mundo entero y a cada uno de nosotros el reto de considerar la conexión inseparable que existe entre la vida y la muerte, nos explica con claridad cómo esa dualidad determina –debería determinar– los principios, los criterios y las pautas que orienten la economía, la política, la sociedad, la cultura y la ética.

Desde sus primeras palabras nos advierte cómo la principal consecuencia de la pandemia del coronavirus debería ser la valoración de la vida humana y, por lo tanto, de la salud como un bien humano primordial. En estos momentos, los demás bienes como la ciencia, el arte, el trabajo, la diversión y, por supuesto, la economía, están o deberían estar al servicio de la defensa de la vida y de la conservación de la salud física y mental.

Este presupuesto deberían tenerlo muy en cuenta, al menos, los políticos de las diferentes ideologías y de los distintos ámbitos de la administración, sin perder de vista que el objeto y el objetivo de la economía es superar la escasez y, también, eliminar la pobreza.

La alternancia vida y muerte, y la constatación de la fragilidad y de la vulnerabilidad de las personas y de los países constituyen el punto de partida para el análisis de la importancia de todas las decisiones personales y de las normas dictadas por las instituciones políticas, jurídicas, económicas y sociales.

La toma de conciencia de nuestra insuficiencia y de nuestra interdependencia, tanto en el ámbito local como global, lleva a la autora a concluir que es imprescindible y urgente potenciar el trabajo conjunto de las ciencias, de las tecnociencias y de las humanidades.

No se trata, por tanto, de resolver el dilema entre la salud y la economía porque, como bien muestra y demuestra la autora, en la historia rara vez se presentan dilemas que exijan la elección de una de las dos opciones, sino de “reflexionar creativamente buscando soluciones”.

Dando por supuesto que el responsable de esta dolorosa situación es el virus, en la solución del problema debemos intervenir de manera responsable y coordinada los ciudadanos y las instituciones políticas y empresariales.

En esta grave situación no existe otra opción que poner al servicio de la salud las investigaciones científicas, los medios económicos y, por supuesto, las ideas, los objetivos y las estrategias políticas. Todos deberíamos tener claro que el enemigo común, el covid-19, es más poderoso que cada uno de nosotros por muy importantes, fuertes o listos que nos creamos.

Su maldad estará por encima de nuestras astucias estratégicas, de nuestros conocimientos científicos y de nuestros recursos económicos si no colaboramos todos de una manera lúcida, generosa y disciplinada. Y la profesora Cortina propone que, para combatirlo, se refuerce la Unión Europea y los vínculos que nos unen a Latinoamérica, que cuidemos la palabra para lograr una construcción ideológica de la realidad, que fomentemos una democracia radical mediante un entramado de la razón y de los sentimientos y que cultivemos una Ética cosmopolita apoyada en una justicia global.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

18 de septiembre de 2021

  • 18.9.21
Ya compramos todo por Internet. Todo se hace a escala industrial, en países lejanos, en serie y sin alma. ¡Qué pena que se estén perdiendo los oficios artesanales! Porque a mí me gustan mucho los cuencos hechos a mano, cada uno distinto, paridos todos ellos a distintas horas. No hay dos iguales ni en forma, color o textura. Todo depende de la inspiración del momento. Se ve la mano humana, su falibilidad, la belleza de la imperfección y el mimo puesto en cada pieza.


Igual pasa con la costura. Esos maravillosos trajes de sastre hechos para ti y nadie más, como si se ajustaran a la singularidad exclusiva de tu ADN. A mí, en especial, me encanta el crochet o ganchillo. No practicarlo, porque para mí sería una obligación en vez de una manera de disfrutar, y para eso ya tengo las obligaciones que me ayudan a ganarme el pan sin gluten... El placer me lo proporciona su belleza: esas colchas hechas a mano durante eternas horas, con flores dibujadas por el hilo y las cavidades que quedan entre punto y punto.

Soy romántica. Lo soy desde la más tierna infancia, si es que fue tierna... Camisones bordados, sábanas de algodón con embozos llenos de dibujos garabateados con aguja y paciencia, vainicas primorosas en mantelerías de días de fiesta con sus inseparables seis servilletas... Mil tesoros que custodiaba mi abuela en su arcón. Algunos de esos me acompañan todavía en mi casa y los miro y remiro con la adoración que sentía y siento por su creadora, aunque ya no pueda abrazarla, pero sí sentirla.

Me he hecho un gran regalo: una colcha patchwork que llevo años buscando. Quería una hecha a mano, con sus trozos de telas de colores haciendo un todo, un preciosísimo mosaico donde no faltan las flores, la tira bordada y los lazos. Sensibilidad en vena, mujeres que diseñaron cada cuadro o triángulo y decidieron cómo sería el cuadro final, como en la película Donde reside el amor. Aún no la he estrenado. Espero los días fríos con alegría para poder cobijarme debajo de su belleza.

Una ensaladera comprada en un mercadillo de Portugal de corazones asimétricos, esta maravillosa colcha encontrada en Vielha, un cubrepán bordado que me regaló una buena monja (¿qué habría sido de ella?), el mantel de mi abuela, la colcha de ganchillo de mi bisabuela... Benditas manos. Que no se pierda nunca la artesanía, que los artesanos puedan seguir viviendo de su trabajo y que estos saberes milenarios no se pierdan. Se lo debemos a los que nos precedieron.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

17 de septiembre de 2021

  • 17.9.21
Hoy deseo hablarles de El caso del señor Crump, un libro escrito por Ludwig Lewsohn y editado por Hermida Editores. En mi opinión, uno de los mayores alicientes de esta obra de ficción –publicada en París en 1924 y censurada en los Estados Unidos– es la eficacia con la que Ludwig Lewisohn (1882–1955) nos traslada a una realidad que, alejada de nosotros en el tiempo y en el espacio, nos descubre unos problemas que siguen siendo próximos y actuales.


La obra narra y analiza los conflictos de una familia cuyos miembros se mienten a sí mismos, aparentando falsas reconciliaciones y obligándose a representar escenas grotescas con la intención de transmitir la impresión de que están profundamente enamorados.

La realidad es que usan ese torpe teatro como un escudo ante los juicios familiares y sociales. El interesante relato constituye una invitación para que conozcamos las múltiples contradicciones en las que caen quienes, a pesar de no sintonizar con los modelos de vida de sus parejas, se engañan a sí mismos aparentando lo contrario de lo que piensan, sienten y viven.

Es una explicación clara, detallada –y, al mismo tiempo, profunda– gracias a los análisis psicológicos que, como es sabido, constituyen las herramientas narrativas tradicionales que están vigentes en la actualidad y que, además, gozan, de una aceptación generalizada entre los críticos y los lectores.

Los relatos de estos episodios, más que simples anécdotas, son exploraciones serias que, además de interesarnos, nos distraen, nos divierten y nos hacen pensar. Son análisis detallados de unas maneras opuestas de concebir y de vivir el tiempo, el espacio, el amor, la belleza, la verdad, la alegría, la salud, el trabajo, el ocio y la diversión.

Pero, a mi juicio, lo más valioso de estos relatos es la lucha baldía que libra el débil y sumiso protagonista, Herber, un exquisito compositor musical, contra su propia amargura al no poder superar situaciones angustiosas a pesar de sus permanentes esfuerzos por ignorar los ataques directos de la egoísta, desaprensiva y voraz Anne, una mujer mayor que él, “experimentada adicta al sexo”.

Valoro, sobre todo, el tino con el que Ludwig Lewisohn logra interesarnos, divertirnos y hacernos pensar, contrastando los opuestos modelos de mundo, las distintas concepciones de la vida y del bienestar humano. Resulta desoladora la conclusión a la que llega Herbert tras las continuas reflexiones sobre sus constantes renuncias, sus reiteradas derrotas y sus profundas humillaciones: “la irritación no arregla nada”.

Aunque había aprendido lentamente a no escuchar, a no permitir que sus emociones se despertaran con el fin de conservar, en cierta medida, la independencia de su vida interior, tuvo que aceptar que “era imposible mantener su mente cerrada”. Poco a poco, a medida en que su conocimiento se clarificaba, fue aumentando la vergüenza de que los demás se daban cuenta de que su destino era ridículo y absurdo.

A mi juicio, esta novela constituye no solo una guía orientadora para los escritores noveles, sino también una propuesta que proporciona pistas y pautas a los estudiosos, historiadores de las relaciones humanas, y a los críticos de los modelos aún vigentes de la bondad y del bienestar.

Los retratos de los personajes, los relatos de los episodios y las descripciones de los escenarios nos proporcionan claves para definir la filosofía de la vida que explica cada uno de los episodios y la interpretación de los principios y de los valores que definen al ser humano, a la familia y a la sociedad de entonces y de ahora.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

16 de septiembre de 2021

  • 16.9.21
La Historia de la Comunicación no solo consiste en los productos comunicativos y en sus contenidos. Conocer las condiciones de producción nos permite comprender mejor esos productos y profundizar en cómo los procesos comunicativos contribuyen a (re)configurar las sociedades.


Por eso, en el contexto del ascenso de los talibanes en Afganistán, admito que he disfrutado de la visualización de Mujeres árabes lápiz en mano (Lizzie Treu y Eloïse Fagard, 2021), un documental con historias de vida de varias dibujantes de cómic en el mundo árabe. El documental puede visualizarse con subtítulos en abierto y en castellano en este enlace.

Es probable que las realizadoras del documental no fueran conscientes de su valor para la Historia de la Comunicación, puesto que es evidente que utilizan el prisma del arte para tratar cuestiones político-sociales: el cambio del rol de la mujer, sus dificultades y los retos del feminismo en el mundo árabe.

A lo largo del documental, queda patente el buen número de complicaciones a las que se enfrentan tanto para vivir con cierta libertad como para poder producir. Las novelas gráficas y demás productos en 2D nos ofrecen superheroínas que promueven cambios sociales, autoproyecciones de su creadora en una mujer desnuda, gigante y vigilante entre los rascacielos, tiras satíricas o relatos más o menos fantasiosos que tienen una inspiración y un efecto directos en la realidad.

En especial, admito que me he sentido atraído por el trabajo de la joven Deena Mohamed. Una muestra interesante de su obra es Qahera, una superheroína que lucha por los derechos de la mujer pero que, a la vez, tiene que aprender a no sobrepasarse. La violencia no es la solución. Para goce del lector, le indico que la obra también está en abierto y en lengua inglesa en este enlace.

Llama la atención el segundo número, dedicado a las feministas radicales de Femen. Qahera castiga a un grupo de activistas de Femen por su radicalismo, su islamofobia –aunque, quizá, sería más exacto hablar de una visión demasiado occidental y moralista del feminismo–, y su visión del hiyab como imposición.

“Así que sentíos libres de rescatarme en cualquier momento... La cuestión es, ¿quién os va a rescatar a vosotras?”
(Traducción libre del autor). Fuente: Qahera

Con respecto al perfil de las dibujantes, llama la atención el hecho de que casi todas manejan, al menos, un idioma extranjero. Sus orígenes sociales se encuentran en la clase media-alta de la sociedad y hacen uso de las nuevas tecnologías para crear y difundir sus obras.

Las influencias extranjeras están muy presentes en sus obras y, en especial, en la ya citada Deena Mohamed, que no duda en mostrar su gusto por el manga y el anime. Sin embargo, son muy conscientes de sus localismos y mantienen interrelaciones con otros artistas del mundo árabe.

Todas viven sus vidas con miedo a que, algún día, la represión se cebe con ellas de un modo u otro. También al machismo estructural de la sociedad en la que se integran: “En realidad, no me siento ni libre ni tampoco segura”, confiesa la marroquí Zainab Fasiki.

La creadora del controvertido proyecto Hshouma ha denunciado a lo largo de su carrera la confusión entre delito y pecado, así como esa violencia que no está a la vista. La violación de una chica con discapacidad en un autobús de Casablanca en 2017 dio lugar a una impactante ilustración –en su contexto social– en el que se ve una mujer violada.

“Los autobuses están hechos para transportar a la gente no para violar a las chicas”
(Traducción libre del autor) Fuente: Instagram [@zainab_fasiki]

La tunecina Nadia Khiari no muestra un menor compromiso político con su obra satírica Willis de Túnez, que recopiló en ¡10 años y todavía vivo! Esta obra hace referencia a los diez años que habían pasado desde uno de los últimos discursos del dictador Ben Ali en 2011 y recupera todas las caricaturas de Willis que había difundido desde entonces.

“¿Por qué el diálogo nacional es imposible? Difícil de dialogar. La boca llena”
(Traducción libre del autor). Caricatura de Willis from Tunis de Nadia Khiari. Fuente: Instagram [@willisfromtunis]

Son relatos feministas sin estridencias, sin dobles raseros, honestos y valiosos para comprender el rol social del cómic en la sociedad árabe como forma de manifestación de la disidencia.

“Hay algo que hierve”, dice una de las dibujantes en referencia a un espíritu progresista y reivindicativo que sobrevuela el mundo árabe. Es triste. En España, podríamos decir que hay algo que se pudre. Pero eso ya lo dejamos para otro día. Mientras, vale la pena disfrutar de este documental y del mundo que nos abre.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

15 de septiembre de 2021

  • 15.9.21
Dejó escrito Goethe que nadie es más esclavo que aquellos que falsamente creen ser libres. En nuestro país, esta sentencia debiera estar escrita a sangre y fuego en el espacio público. Más que nada porque, parafraseando a Pedro Lemebel, hay que tener miedo torero en una cultura política en la que las embestidas de personajes televisivos como del que nos ocupamos en esta columna son habituales en nuestros hogares. Y, de un tiempo a esta parte, constituye, diríase, la norma oficial y el sentido común en el espacio público.


Desde este punto de vista, Mi casa es la tuya es más que la república independiente de nuestra casa: es el caballo de Troya del neofascismo o el rayo que no cesa de la oligarquía bárbara, propietaria de un país donde, como la Casa de Alba, se reproduce la colonialidad del saber poder del espejo mediático, convirtiendo el país en un erial para el cultivo de la nulidad y la conversión del público en ilotas o esclavos de la nada.

Y es que actores políticos como el chistoso caballero representan, por antonomasia, el antiandalucismo, haciendo honor a su estirpe y origen británico y a su cultura colonizadora. Sí, las genealogías sirven para algo. Por ejemplo, para saber que su familia y abolengo tienen su origen en el proceso de colonización de familias inglesas que, atraídos por el comercio de ultramar con América, se instalaron en Andalucía para exportar los vinos andaluces. Vean la historia de Domecq, Terry o Byass.

Ya es paradójico que el icono del toro resulte ser una añagaza publicitaria de una familia bodeguera británica. Vamos, que nos tienen engañados, como el emérito, con el discurso de ser campechano, o la Duquesa de Alba, proyectada en los medios como cercana y popular mientras amplía su riqueza con la lógica de acumulación por desposesión y las subvenciones de la UE.

No sé ustedes, pero si de divertirse se trata, mejor Ozzy Osbourne, que más que transgresor es un arlequín digno de este tiempo. Nada que ver con el señorito bodeguero dado a voxiferar sentencias más propias de un señor feudal que de un personaje público digno de ser escuchado.

Los millones de audiencia no tienen por qué padecer el sentido común de un discurso destinado a hundir en la miseria a la mayoría y financiado con dinero público en medios como Canal Sur. Pero vivimos en el mundo al revés y en él no impera precisamente la razón.

En términos de Henry Giroux, se ha iniciado el macartismo propio de la cultura zombie, una cruzada que socava la democracia por exigencias del pogromo neoliberal singular del reino de España, el capitalismo de amiguetes, que ríase de Paquito el Chocolatero –perdón, del "Generalísssssimo"–.

El revisionismo histórico, la política del miedo, la normalización de la censura, la masculinización de la esfera pública, el supremacismo WASP (en clave nacionalcatólica para el caso de España) dan cuenta de un frente cultural por pensar, más allá del sistema educativo, considerando el grado de deterioro del espacio público.

Etnicismo, destrucción ecológica, aporofobia, racismo y concentración de la riqueza conforman las líneas de una distopía aterradora, a la par que desternillante, que enmascara la realidad y el precio de la luz (no solo de las eléctricas) en la toma de conciencia de una amenaza real que, esperamos, no alcancemos a confrontar demasiado tarde.

Conviene cuanto antes, como recomendara Gilroy, hacer lo político más pedagógico y lo pedagógico más político, empezando por el espacio catódico o mediático donde tendremos que coger el toro por los cuernos. Pues, como nos ilustrara Alfonso Sastre en una de sus piezas magistrales, más cornadas da el hambre y estos fulleros de moral distraída solo saben embestir.

Así son las cosas y así se las hemos contado, aunque no aparezca en el NODO diario del duopolio televisivo.

FRANCISCO SIERRA CABALLERO

14 de septiembre de 2021

  • 14.9.21
Sabe el peregrino que no camina solo, aunque el horizonte se presente desierto, pese a que las huellas se desvanezcan con la lluvia, a pesar de que el eco sea la única respuesta a sus plegarias. Sabe que cuando lo necesite, cuando crea desfallecer, una mano le ayudará a levantarse, una piedra se le ofrecerá para su descanso, un susurro le empujará a seguir.


Sabe que en cualquier momento él puede ser esa mano, la fuente, la sombra, el refugio, el faro, la estela de otro peregrino, porque en su camino aprendió que somos demasiado osados y cargamos más de lo que nuestros hombros pueden soportar, porque no sabemos encontrar nuestro ritmo, porque nunca nos paramos a pensar en nuestros límites y objetivos.

Sabe que seguir los sueños, las metas, los pasos, el ritmo, las ideas de otros, nos lleva a cometer muchos errores, nos conduce al fracaso, a la frustración, a las lesiones del cuerpo que terminan erosionando nuestra confianza, los pilares de nuestra fortaleza, nuestra autoestima.

Sabe que nunca debe infravalorar el camino, sino adaptarse a él, disfrutar de lo que le ofrece, de lo bueno y de lo malo. Sabe que le obsequiará con paisajes sublimes, colores impensables, texturas inimaginadas, sabores, olores, emociones, vivencias, compañía, sentimientos que lo harán sentirse invencible, único, inigualable, inmortal. Pero también sabe que se presentarán dificultades que pueden retrasar su paso o detenerlo para siempre.

Sabe que todo depende de él, de su imaginación, de su fuerza, de su humildad para pedir y recibir ayuda, de su capacidad para encontrar las alternativas, las soluciones, la manera de seguir adelante. Sabe que debe confiar en su intuición, en su instinto de supervivencia, porque si pierde el tiempo en lamentaciones, en buscar culpables a sus desdichas, la lluvia puede alcanzarlo, sus pies convertirse en piedra o el olvido anidar en él.

Sabe que la soledad hace la noche más oscura, el silencio más pesado, el frio, la angustia, el hambre más penetrante, pero no le tiene miedo porque sabe que hay fuegos que no calientan, comida que no sacia, agua que no quita la sed.

Sabe que debe huir de la amargura de los abrazos vacios, del aguijón de la condescendencia, de los besos de cortesía, sin calor, sin amor. Sabe que es mejor alejarse de esos compañeros de viaje porque lo conducirán a lugares en los que no quiere estar, a decir lo que nunca diría, a pensar solo en no pensar.

Sabe que a veces debe despedirse y dejar marchar a muchos con los que recorrería el resto del camino, a los que llorará y añorará cada día, pero a los que no puede seguir, ni obligar a que lo esperen. Sabe que cambiar su ritmo, su destino, sus rutinas, puede ser su perdición, una derrota que terminará lamentando. Sabe, y es su consuelo, que siempre aparece alguien con quien armonizar su paso, disfrutar del silencio, compartir las desventuras.

El peregrino sabe que no merece la pena mirar atrás porque las dudas, los quizás, son piedras ancladas en el fondo del alma que tarde o temprano frenarán su avance. Sabe que debe mirar al frente, estar siempre alerta, porque en cada paso le va la vida y necesita cada uno de sus sentidos para no errar, aunque sabe que terminará equivocándose, que los errores, los tropiezos, las caídas, son parte del proceso, del camino.

Sabe que las prisas no son buenas, que las agujas del reloj se convierten en lanzas que nos empujan a la desesperación, a la angustia, a la locura. Sabe que a veces conviene esperar a que pase la tormenta, a que florezcan las margaritas, a la salida del sol, a la mirada constante, a la palabra precisa, a la sonrisa perfecta. Sabe que no siempre gana el que llega primero, sino el que llega en el instante adecuado.

Sabe que lo más importante no es el destino, sino llegar; o encender una vela cada año, sino evitar que se apague; o postrarse ante una figura, sino sentirla aunque no pueda verla bajar de su altar, aunque no pasee por las calles entre nubes con olor a pólvora, entre aplausos, vítores y lagrimas de emoción, de devoción, de recuerdos, de ausencias, de esperanza, de fe.

Sabe el peregrino que cuando llega septiembre su corazón no entiende a razones, que lo que aprendió carece de valor, que todo lo que creía importante, imposible o insalvable no lo es, que las carreteras, ramblas y senderos se convierten en las arterias que soportarán sus pasos, y sueña con salir al camino para mirar a la Cruz, al azul, levantando sus manos, viviendo y cantando "¡Viva el Cristo de la Luz!".

MOI PALMERO

13 de septiembre de 2021

  • 13.9.21
La novela podría arrancar así: “Coincidían todas las tardes a las ocho. Él subía en Cisíon y ella en Monastiraki.” Una historia de encuentros que tienen lugar en el metro. Acaso no sea el lugar idóneo para darle alas a una narración de amor, pero a los escritores, en ocasiones, les da por ahí.


Él es joven, 21 años tal vez, seductor, viste pantalón de pana y jersey de cuello alto, cabello largo y descuidado, peinado hacia atrás. En una mano lleva un paquete de cigarrillos; en la otra, una carpeta llena de papeles. Siempre se sienta al fondo, junto a la ventanilla. Entonces, aparece ella. Una mujer madura, bien conservada, de pelo largo aclarado por el tinte.

En la historia, no debe ocurrir nada excepcional, nada que no acontezca en la vida. Pero en la vida, la mujer madura se siente atraída por un joven de 21 años. Se cruzan miradas. Siempre viajan en la misma dirección, a la misma hora. No es casualidad, por supuesto. Nada en literatura ni en la vida es azar.

Siempre se encuentran en los mismos asientos, las miradas se repiten y se encuentran inexorablemente; se buscan no solo los ojos, sino la biografía que esconden adentro, los momentos radiografiados de sus pasados remotos o recientes. Ambos se preguntan quiénes son, quiénes querrían ser a partir de ahora.

En un momento pretendido o fortuito –cada autor escribe el guion a su modo–, se entrecruzan unas palabras. La primera conversación siempre es ingenua, pero no baldía, torpe, solo busca los datos esenciales donde ubicarse los protagonistas.

Él vive con la madre y el hermano mayor. Estudia Electrónica. Por la tarde, toma clases de inglés. Su aspiración: obtener una beca de posgrado en Inglaterra. Ella trabaja en una delegación de Hacienda, aunque no lo necesita. Está casada. Tiene dos hijas. Cada mañana necesita tomar el metro, viajar, estar en la oficina. Necesita salir del hogar, enfriar el calor de la casa marital. De lo contrario, el mundo no tendría sentido.

Ahora se miran a los ojos sin parpadear. Hay chispas incandescentes en sus miradas. Como todos los enamorados, sienten que se dejan deslizar por un tobogán a una velocidad de vértigo que no logran controlar. Eso piensa ella; él, no sabemos. Han quedado para el viernes. Para hablar, para pasear.

Pero él prefiere quedar en un lugar concreto. Ella siente que el joven tiene la capacidad de alterar sus costumbres. No se pregunta si eso es el amor. Porque no lo sabe. En principio, se siente atraída por su juventud. Ella no se había casado por amor, así que le costaría averiguar qué la impulsaba a buscarle.

Al joven no le gustaban las chicas de su edad, sino las mujeres maduras, como ella. La llamaba de usted. Y, aun así, a ella le gustaba ese trato de respeto y atracción. Un día quedaron en una tabernita que él conocía, en un sótano, donde servían buen vino y el juke-box no paraba de soltar canciones repetidas de moda.

La clientela era vulgar, las paredes estaban ennegrecidas por el humo, las mesas cubiertas de manteles plastificados, lámparas de neón. Él le coge la mano y se la mantiene apretada. Visto así, los protagonistas de esta historia están condenados a mudar de escenario.

Él propone ir a casa de un amigo, para no ir callejeando por ahí. Ocurre en cualquier historia de amor. Como pensaría el poeta, siempre conviene tener un lugar a donde ir. Hay que cobijarse del mundo, perderse donde no los encuentre la luna llena.

Descendieron por una escalera de madera que daba a una pequeña habitación, como si fuera el camarote de un barco, escribe el autor, con las paredes adornadas con pósteres y mujeres desnudas. Ella lo piensa enseguida: ¿un picadero? Y no le importa. Hay sensaciones secretas que tiene que vivir, hacerlas propias, aunque después le cueste adaptarlas a su hábitat diario.

En el centro, hay una cama y una lamparita de color carne. A él no se le olvidaba que ella estaba casada, y a ella tampoco. Ella se escabulló de entre sus brazos y salió a la calle. La segunda vez no hubo escapatoria, ni intento de fuga por su parte. Él se esforzó por quitarle una combinación bordada de color rosa, las medias, el sostén. Temblaba todo su cuerpo.

Se decía a sí misma, y le decía a él, que estaba loca, que quería estar loca, que era inevitable no enloquecer algún día en la vida. Las noches de lujuria se repiten durante un tiempo, más bien breve, después el final se precipita en esta historia. El joven un día no sube al metro. Desaparece de su vida. Y ella se incorpora al hogar abandonado, donde nadie la ha echado de menos. Bueno, este último apunte, como alguno otro, es mío.

En cualquier caso, no hay que escribir la historia, porque ya está publicada con algunas variantes respecto a la sinopsis aquí descrita. Conocemos el arranque. Este sería el final. Ella, en el metro: “El trayecto le parecía interminable, toda una odisea. ¿Le seguiría pareciendo así de aquí en adelante?”. Sería correcto, como en el original, terminar con un interrogante, porque ahí radica la savia de la vida y el motor de sus dolores y de sus más ardientes locuras.

La historia la escribió en 1976 Menis Kumandareas, destacado representante del realismo social griego, perseguido en tiempos de la Dictadura de los Coroneles, autor de una obra llena de historias que, como esta, son metáforas poderosas de aquel tiempo, tal vez también de este.

Pero como ignoramos que esta historia se pudiera repetir tal cual, o incluso que alguna vez haya ocurrido y solo sea una invención del escritor griego, yo solo propondría escribir miles de finales diferentes e incluso incompatibles entre sí. El amor es lo que tiene: cada quién lo viene a su manera.

Hace unos años, cuando se publicó en español, leí este libro. Estos días, no sé por qué razón, he vuelto a releerlo. La señora Kula, así se titula esta novela breve de Kumandareas, narra el intento malogrado, de una mujer de mediana edad, de escapar de su vida estancada a través de la relación amorosa con un jovencito. Este y la mujer coinciden cada día en el mismo vagón del metro.

Así nace este idilio en la Atenas gris de los años setenta, en busca de una felicidad cotidiana que la vida no le dio a ella. En la contracubierta del libro, publicado en España en 2007 por 451 Editores, se puede leer que esta novela indaga en la soledad a las que nos abocan las ciudades, en la que el opresivo suburbano se convierte en escenario del amor.

Cuando cerramos la novela, del joven no sabemos nada más, sino que un día desaparece de la vida de esta mujer. Ella vuelve a su vida cotidiana, a su hogar y a su trabajo. Y el suspense permanece ahí. Tal vez viviera de la nostalgia el resto de sus días, o también, ahora que conocía el largo y curvo camino del hechizo amoroso, igual se echó a la calle, como haría cada día, no buscando, sino encontrando, a ese joven casual que, aunque nunca será parte de su día a día, sí le bastarán nada más algunas noches compartidas para entender que la vida nadie sabe, a estas alturas, de qué va verdaderamente. Porque, claro, las historias de amor se pueden asemejar mucho o demasiado unas a otras, pero nunca todas son iguales. Dicho de otro modo: toda historia de amor es única.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

12 de septiembre de 2021

  • 12.9.21
Parece mentira que existan canciones que casi todos las conocemos porque nos han acompañado a lo largo de nuestras vidas y que ya hayan cumplido, nada más y nada menos, que cincuenta años. Son temas que se encuentran dentro de magníficos álbumes que vieron la luz en el año 1971, pero podríamos decir que se han hecho casi inmortales, pues cuando los volvemos a escuchar los recibimos con toda la frescura que cuando se editaron.


¿Quién no conoce, por ejemplo, Mediterráneo, la espléndida canción de Joan Manuel Serrat que se encuentra en un disco verdaderamente mítico y que ha cumplido cinco décadas? ¿Quién no se ha emocionado con Imagine de John Lennon, ese canto a la paz y de esperanza de conocer un mundo muy distinto al que ahora nos encontramos, y que muchos nos empeñamos en que no sea una mera utopía, sino una realidad palpable que alguna generación finalmente pueda conocer?

He citado dos canciones, pero podrían ser bastantes más las que pueden ser recordadas por haber alcanzado esa cifra temporal tan contundente, al implicar medio siglo de existencia. No obstante, con intención de brevedad, me voy a limitar a comentar solo cinco álbumes que nacieron en ese año y que, no solamente son magníficos trabajos, sino que cada uno de ellos contiene al menos una canción que ha traspasado las líneas del tiempo.

Estos discos son: Mediterráneo (Joan Manuel Serrat), Imagine (John Lennon), Tapestry (Carole King), Aqualung (Jethro Tull) y Led Zeppelin IV (Led Zeppelin). Tal como he indicado, no me extenderé en los comentarios de los tres solistas y de los dos grupos que he seleccionado, porque, básicamente, se trata de homenajear a quienes nos dejaron esas pequeñas maravillas que hoy podemos escuchar directamente por algunos de los medios digitales.


Como no podía ser de otro modo, este breve recorrido lo comenzamos por Mediterráneo, el disco que Serrat publicó cuando contaba 27 años. Ya en su propia portada, lo vemos en una fotografía de plano medio que se superponía a una imagen marítima con un sol del atardecer, como homenaje a ese mar que tanto amaba y que desde su infancia, ya que nació en el Poble-sec de Barcelona, pudo contemplar y disfrutar.

Muy pronto, el disco tuvo una enorme acogida, ya que allí se encontraba la canción que daba título al álbum, con otras también cantadas en castellano, puesto que el bilingüismo ha sido siempre una seña de identidad de Joan Manuel Serrat. Así, a Mediterráneo le acompañaban La mujer que yo quiero, Qué va a ser de ti o Tío Alberto, por citar algunas de las más conocidas del álbum.


En el año anterior al que ahora comentamos, es decir, en 1970, se cerraba la trayectoria del mítico grupo de los Beatles con el inolvidable elepé Let it be. La falta de entendimiento entre Paul McCartney y John Lennon hacía imposible la continuidad del cuarteto, por lo que cada cual de los cuatro miembros siguió su propio camino, con discos más que notables, pero sin alcanzar la brillantez de cuando estaban juntos.

Bien es cierto que, antes de la separación, Lennon había grabado discos con su pareja Yoko Ono. Sin embargo, ya en solitario, en 1971, lanza su segundo disco de estudio, Imagine, quizás el más notable, o, al menos, el más conocido de su trayectoria en solitario. La letra de la canción, tal como he indicado, es un canto a la paz y a la esperanza de encontrar un mundo sin guerras. Una verdadera utopía.


También en el año que comentamos vio la luz un disco espléndido que lanzaba por entonces la cantante y compositora neoyorquina Carole King. Se trataba de Tapestry (Tapiz), que con el paso del tiempo logró vender 13 millones de copias. Como reflejo de las canciones que allí aparecían, vemos que en la portada del elepé se encuentra la propia autora en un relajado ambiente doméstico, sentada, vistiendo pantalones vaqueros, con labor de aguja en las manos y, delante de ella, su gato mirando también al espectador. En el disco se encontraban temas inolvidables como So Far Away, It´s too Late y la inolvidable You´ve got a Friend (Tienes un amigo) que fue también popularizada por James Taylor.


Cuando uno siente pasión por algún grupo, como me sucedía a mí con Jethro Tull, le resulta difícil elegir alguno de sus trabajos, por lo que tiene que guiarse por el éxito alcanzado para destacar alguno de ellos. Así, de forma casi unánime para la crítica, Aqualung fue considerado la cumbre del grupo británico liderado por Ian Anderson.

Era el cuarto disco de estudio de la banda, que había iniciado su andadura discográfica con su inolvidable This Was en 1968. Dada la capacidad creativa de Jethro Tull, su trayectoria sonora llega nada menos que hasta 2020, con Stormwatch 2. Sin embargo, Aqualung, ese disco que en la portada nos presentaban pintado a un huraño mendigo, que está ocultando con su mano izquierda algo dentro de su harapiento abrigo, ha pasado a la historia como uno de los grandes trabajos de la música popular.


Cerramos este breve recorrido citando al cuarto álbum de Led Zeppelin, la inolvidable banda capitaneada por Jimmy Page y Robert Plant. Curiosamente, desde el punto de vista del diseño, tiene ciertas semejanzas gráficas con el disco Aqualung, ya que en la portada del elepé se nos muestra una pared raída de la que cuelga un envejecido cuadro y en el que aparece un desaliñado anciano portando una carga de leña. No había ninguna otra señal, ni referencia al nombre del grupo; sin embargo, todo el mundo ya sabía de qué grupo era el disco que contenía joyas como el largo tema Stairway to Heaven (Escalera al cielo) o The Battle of Evermore.

AURELIANO SÁINZ

11 de septiembre de 2021

  • 11.9.21
Si quieres que el tiempo se pare, si quieres ver que esto de vivir es otra cosa, has de ir a Portugal. El sol calienta pero no quema, la brisa marina todo lo calma. Señoras con pañuelos oscuros en la cabeza que ofrecen sus productos, su artesanía o su bacalao secado al sol. Casas de colores, platos antiguos, vírgenes y santos. Mosaicos en el suelo que simulan olas, pisadas lentas... Pasito a pasito también se llega al destino.


Cadencia en el hablar, cabellos oscuros, mezcla de pieles y ojos que no buscan. ¿Para qué correr? ¿Dónde está el fuego? Comidas largas, paseos calmos buscando un banco en el cancelar y esperar a que la mar se trague el sol. Un sol redondo y naranja que se lleva el calor, dejándonos con el aire húmedo del Atlántico para que nos acune.

Es verano, pero la cama no lo sabe. Sábanas y colchas nos acompañan en estas noches que hablan de otoño. Solo la luz del día te devuelve al verano azul, al mar brillante difuminando la línea que separa los dos azules –el más oscuro es el del mar–. Gente que ríe, familias que saltan las olas, vendedores ambulantes que gritan –pero aquí las voces son más calmas–, líneas de casetas de colores que contrastan con las sombrillas bajas.

Nadie corre, nadie sube la voz. La cámara lenta está siempre presente. No hay obligaciones: solo sentir y descansar. Madres que comen a besos a sus hijos; niños que ríen saltando las obras. Es fácil mimetizarse en este paisaje, olvidar las preocupaciones y relajarse. Piel que siente la brisa húmeda y fresca, ojos pegados por la luz del océano y barcas que vuelven seguidas de miles de gaviotas hambrientas.

Por la mañana, abres los ojos y miras al cielo. Si la niebla y la bruma esconden el sol, es día de paseo. Si el sol brilla, la playa nos espera. Noches suaves con ese clima atlántico que estudiamos en el colegio. Solo queda sentir, cogernos de la mano y andar parándonos de vez en cuando para sorprendernos una vez más con el azul del cielo o con las olas plateadas del atardecer. Luego viene la rebeca, los abrazos, la cena ligera, la película consensuada y dormir juntos ayudados por el fresco.

Aún me queda algún pensamiento de los de "tengo que hacer". Pero, ante tanta calma y parsimonia, una se olvida de los deberes y vuelve al momento único e irrepetible. No quiero que este tiempo se acabe y ese pensamiento me impide disfrutar plenamente. Pero también lo dejo pasar, como pasan los olas: unas tras otras.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

10 de septiembre de 2021

  • 10.9.21
Con mucho gusto, y de una manera muy breve, respondo a los amigos que solicitan mi opinión sobre la renuncia del obispo de Solsona, Xavier Novell, por haberse enamorado. En primer lugar, inicio mi argumento con una obviedad: el enamoramiento es un estado emocional, normal, bueno e irreprimible de los seres humanos.


El enamoramiento es un proceso biológico, mental y emocional independiente, en gran medida, de la voluntad. Es un estado de ánimo tan potente que cambia o puede cambiar nuestra visión de las cosas y nuestra interpretación de los episodios más comunes. Efectivamente puede alterar nuestros propósitos iniciales, nuestros planes y nuestras vidas. Nos ocurre, nos puede ocurrir a todos y a todas con independencia del sexo y, por supuesto, de nuestra profesión.

¿Por qué ha renunciado Xavier al episcopado? Por una razón exclusivamente disciplinar: por una norma impuesta, al menos hasta ahora, que exige el celibato para ejercer el ministerio sacerdotal. Ha hecho, simplemente, lo correcto. No ha sido ni el primero ni será el último de los presbíteros, de los religiosos y de los obispos que se han enamorado y han decidido renunciar al ejercicio del ministerio.

Me han dolido muchos de los comentarios despectivos que he escuchado y he leído durante estos últimos días. Creo que tanto Xavier como Silvia han sido tratados de una forma inhumana sin tener en cuenta uno de los derechos humanos más elementales como es el del respeto a la propia intimidad. La libertad de expresión se ha convertido en un derecho al insulto y a la falta de respeto. Lo menos que podemos pedir es que los respetemos y que los dejemos en paz.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

GRUPO PÉREZ BARQUERO


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