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9 de abril de 2020

  • 9.4.20
Vulgarmente, por solidaridad se entiende “estar próximo al otro, identificarse con su problema, su postura o su situación”. Solidaridad vendría a significar algo así como “estoy contigo”, hago mía tu situación desde una empatía sentimental. Me adhiero a tu causa porque, en definitiva, quiero compartir contigo.



En el caso que nos ocupa, es de justicia hacer una matización de la solidaridad desde dos frentes: uno de entrega absoluta al trabajo asignado y, el otro, de empatía con el personal. Es decir, sanitarios, colaboradores, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y el pueblo encerrado.

Las actitudes solidarias no aparecen espontáneamente, sino que precisan de toda una cultura de educación y asimilación de actitudes por parte de cada uno de nosotros. La solidaridad requiere ante todo sensibilidad, pero alejada del individualismo en pro de acciones colectivas y compartidas. La solidaridad hace referencia a entrega, a justicia, ayuda para un determinado colectivo necesitado de ella, por eso significa cooperación, tolerancia, darse antes que dar, compartir, respetar...

Se es solidario respecto a algo, a alguien que me importa y por quien estoy dispuesto a una actitud de sacrificio, a darme para conseguir solucionar el problema. La solidaridad es ser capaces de pasar del yo al nosotros con todas las consecuencias que comporta. En ese frente está el personal sanitario y en los múltiples frentes que nos ha abierto la guerra vírica.

Pero también están la disponibilidad de empresas que aportan materiales de primera necesidad para frenar esta debacle, y la entrega de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, los militares, sin olvidar el ofrecimiento generoso de particulares. Son importantes esos aplausos enviados desde el encierro familiar que traspasan los balcones, dirigidos a nuestros abnegados héroes que luchan para dar seguridad y salvar nuestras vidas.

Estamos inmersos en un problema serio, global y desde luego mortal. Un enemigo destructor, un virus mortífero, que se ha materializado en la aldea global. El problema viral que nos ha cercado nos mantiene aislados, a la par que está deshaciendo las columnas del templo de la felicidad que teníamos construido y en el que hasta ahora hemos vivido. La alarma ha saltado en todo el planeta. Casi de golpe y porrazo, en unos países más que en otros, el mundo ha parado su actividad.

La autoridad competente ha ordenado el encierro por seguridad. Psíquicamente nos sentimos y somos libres de volar por un cielo a veces soleado; en otros momentos aparece cargado de sombrías nubes prietas de agua que cae arbitrariamente cuando quiere.

El lema es muy simple: “me quedo en casa”. Dicho argumento pretende darme la libertad de pensamiento, que no de movimiento. Asumida la situación seré libre –triste contradicción– para hacer lo que quiera dentro de las paredes de mi vivienda. Tengo derecho a no aburrirme para que el encierro no se haga insoportable. A estas alturas la prisión ya se nos hace penosa. Y lo que te rondaré, morena.

El trance que nos aísla es sumamente agobiante a todos los niveles. Estamos encerrados físicamente por una calamidad mundial que envuelve el aire que respiramos. Nos hemos convertido, de la noche a la mañana, en rehenes de un monstruo invisible que ahoga inmisericorde a quien se le ponga a tiro. Uso la palabra "ahogar" porque creo que define bien el peligro que se cierne sobre nuestras cabezas. La insuficiencia respiratoria, dicen, es la que asfixia nuestro vivir.

Otra plataforma imprescindible como base de la realización de la persona nos adentra en la responsabilidad que cada sujeto debe adoptar, primero para crecer como persona en sentido individual, y en segundo lugar buscando la integración en el colectivo donde con-vivimos. Ello implica asumir nuestra responsabilidad como miembros de una sociedad democrática junto con la tolerancia y el respeto a los demás.

En estos días de confusión, inseguridad, miedo a caer en las garras del monstruo, circulan entre nosotros muchos bulos, es decir, “noticias falsas propaladas con algún fin” (sic). Asustarnos puede ser una razón de dicho “buleo”. El bulo es una mentira sembrada con toda intencionalidad. También puede ser una de las razones para controlar una sociedad que tiembla ante un porvenir incierto. Vamos, que dichos bulos son algo así como un saco de porquería.

En nuestra sociedad somos muy propensos a manifestar sentimientos de afecto ante las personas queridas. Pues bien, dichos sentimientos están vetados en la medida en que nos aproximan al otro. El contacto con el otro que hasta ayer era –y en el fondo de nuestro corazón sigue siéndolo– la miel que endulzaba diversos momentos del día a día, se ha transmutado como si fuera un vil enemigo al que no podemos, no ya tocar, sino de quien tenemos que alejarnos.

Abrazar, besar, envolver en nuestros brazos, estrechar manos… son gestos de convivencia, son muestras de solidaridad, de amistad, cariño, alegría, que ahora están vedados por un posible contagio. Porque con ello podemos o nos pueden transmitir ese asqueroso virus que ha asesinado el afecto que pudiéramos transmitir a esas personas queridas con las que compartimos parte de nuestra vida.

Curiosamente, las circunstancias críticas de la pandemia que estamos sufriendo, de la epidemia en la que nos ha metido el destino, están produciendo unos daños colaterales que no podíamos, ni por asomo, imaginar. De momento, solo aludo a los humanos.

Aléjate del otro, sea quien sea; guarda para otro día los brotes de afecto, de efusividad, enciérrate en casa hasta que diga la autoridad competente. Serio problema. Dicho planteamiento nos abruma con creces. Es duro vivir en una isla solitaria rodeado de todos los demás.

Sumamente importante son las víctimas que se quedan en la cuneta. El número de muertes que deja la plaga crece a buena velocidad. Alguien dijo que gracias al confinamiento, el número de muertos por accidente de tráfico había descendido significativamente. Quizás comparando ambas cifras se pueda entender lo cretino de esta afirmación. Este carril nos lleva a diferenciar entre muertos directamente por el virus, ya sean jóvenes o viejos. Lógicamente los primeros suelen tener las defensas bien pertrechadas. Los segundos están más indefensos, más cuarteados.

El dilema que se plantea es de órdago: salvar a las personas que aún tienen vida por delante o a esos decrépitos sujetos que ya han vivido, poco o mucho. Morir por falta de aire (falta de respiradores) debe ser todo un drama si a ello añadimos la ausencia de seres queridos que puedan acompañarnos hasta que nos recoja Caronte con su barca para cruzar el río.

Hablo de dilema porque es duro dejar en la cuneta a unos y ayudar a salir del agujero a otros. Cuando he trabajado los dilemas morales en clase siempre fue difícil decidir por “A” frente a “B”. En el fondo del asunto que nos ocupa, creo que se ¿antepone? una opción frente a la otra. ¿Estamos ante un tipo de eugenesia selectiva?

La eugenesia dice que la practicaban entre los espartanos allá por los años de Maricastaña y consistía en despeñar a los mal-nacidos (nacidos con defecto) porque suponían una carga frente a los sanos (saludables) que serían magníficos soldados para defender al pueblo. Ya más modernamente, en determinados sitios se optó también por dicha eugenesia.

La eugenesia ha pretendido seguir diversas lineas: una de ellas, obtener mas calidad genética de las especies, humanos más sanos por selección artificial. Francis Galton, Darwin, Mendel son nombres conocidos dentro del campo de la eugenesia. El tema es amplio y complicado.

Frente a este dilema, la televisión pronto nos ha bombardeado con imágenes en las que se ve a nuestros mayores saliendo de las UCI, después de haber ganado la batalla al virus. La mano que mece la televisión pronto se ha esforzado en resolver dicho dilema. La sociedad cuida de sus mayores.

Educar en valores se hace ineludible, pero ¿en cuáles? La pregunta nos lleva a buscar esos valores que podríamos llamar universales en tanto en cuanto nos competen a todos los ciudadanos. Se hace estrictamente necesario concatenar determinados valores donde esté presente la libertad de la persona. Estos valores son imprescindibles para formar humanos capaces de dar, darse y compartir con los demás….

Estamos aludiendo a respeto, responsabilidad, compromiso, transparencia, honestidad, para conseguir renovar nuestra futura sociedad. Porque no nos engañemos: cuando acabe el encierro entraremos en una sociedad cambiada. Me atrevo a decir nueva o renovada.

PEPE CANTILLO

8 de abril de 2020

  • 8.4.20
Los tiempos de elevada mortandad son siempre, por lo general, momentos propicios para situaciones paródicas y una estructura del sentimiento proclive a la sátira y al humor negro cuando no a la bárbara contradicción y al burdo sinsentido. Entre las ocurrencias sorprendentes en la pantalla chica de esta crisis o situación de emergencia llama poderosamente la atención la publicidad orientada al discurso de la solidaridad para la venta. Un claro ejemplo de las formas perversas del eterno ritornello de la política de lo peor pues, por definición, la publicidad marca al público contra la vida en función del espejismo de la promesa de un nosotros que el propio mensaje niega.



En esta comunicación simulada, el sujeto, supuestamente racional y calculador, es un imposible, un Robinson falaz, que diría Marx, un negado actor social manipulado por las emociones y el fetichismo de la mercancía. Así, la marca funciona como señuelo que identifica y reclama al consumidor.

Se trata, en cierto modo, de una forma de jerarquización y distinción del mercado, estratificando la demanda en un proceso de individualización y diferenciación social que discrimina y unifica, a la vez, paradójicamente, el consumo social como lo hacen también los reality shows que hace tiempo aprendieron que todo y todos son vendibles y objetos de mercadeo.

Piense el lector en First Dates, la iglesia de la consumación de la cultura del postureo y el culipandeo como reclamo de la realización del valor de quien se exhibe. La publicidad, como este tipo de programas, marca así, posiciona e identifica tanto al producto como a los consumidores, desmaterializando el acto de consumo público mediante los atributos simbólicos que integran a los consumidores en el valor de cambio imaginario del producto, a condición de dotar de vida y existencia subjetiva, metafóricamente hablando, a los objetos y productos finales de la circulación de capital. Un poco muriendo, aunque sea con el deseo de superar la pandemia. Cosas curiosas de nuestro tiempo.

Pero no debería resultar sorpresivo. Ya sabíamos que la publicidad es la negación de la vida. Y que, como advirtiera Jesús Ibáñez, opera sobre los consumidores operando sobre los productos. Mediante productos transformados en metáforas, transforma a los consumidores en metonimias, en apéndices de la mercancía.

Los consumidores son parte de los objetos de consumo, son cosificados, mientras los productos y bienes de consumo público son subjetivados, adquieren personalidad propia, o la simulan, como efecto del discurso. La publicidad desmaterializa de este modo idealmente los objetos y productos de consumo hasta el punto de personalizarlos por efecto de la proyección con valores, normas y estilos de vida deseados, a fuerza de inducción y seducción.

El objeto u objetos de consumo igualan, de este modo, al consumidor en el acto imaginario de representación, a la vez que el discurso publicitario personaliza, distingue e individualiza a los receptores. La personificación del producto a través de la publicidad crea así un marco estético en el que la experiencia del receptor queda manipulada por la proyección ilusoria del deseo no realizado que anuncia el mensaje, deseo de vida se entiende.

Como bien dejara escrito un maestro de la sociología del consumo, el papel de la publicidad es, en definitiva, crear objetos personalizados (es decir, predicarlos, crear imagen de marca); su función de uso decae en favor de su función de intercambio simbólico.

Por ello, podemos caracterizar la sociedad de consumo y su universo publicitario como un sistema que promueve la publicidad y las técnicas de mercado, en función del principio de inversión por el que se cosifica a las personas y se personaliza a los objetos. El mundo al revés que diría Galeano.

La publicidad impone así la creencia de un orden social benefactor, el que nos sugieren las marcas, que dicen estar preocupadas en su discurso por la muerte y la pandemia, mientras proyectan la cultura de la muerte a través de la imagen feliz del goce que parece proporcionar el cuadro de atributos que marca el producto.

Pero, como decimos, la publicidad condensa los productos para desplazar a los consumidores. Pues la transformación cultural de la publicidad es la construcción de los productos en lo real mediante la expansión imaginaria en los anuncios. La publicidad opera, en este sentido, según la lógica de un simulacro: la realidad destruida, oculta o manipulada, se transforma en imágenes sintéticas de lo posible y deseado.

En otras palabras, por lo general, la publicidad recrea el mundo: crea una simulación imaginaria del mundo real para que nos recreemos en ella. El lenguaje conativo y la representación imaginaria de la realidad tienen por ello la función, en todo anuncio, de borrar la distinción entre emisor y receptor, por medio de la ocultación de los límites entre texto y realidad.

El secreto de la publicidad no es otro que el intercambio de un hecho (el deseo de placer por el consumo) por un dicho (la realización del deseo en el acto de consumo de la publicidad). De ahí que el discurso publicitario resulte una reivindicación posmoderna del hedonismo y del culto al cuerpo, aquí y ahora, cuando más impera el dominio de la cultura de la muerte, de lo no vivo, reducida la vida a pura señal de la proyección del deseo en el acto voyeurista del consumo de la publicidad y su mundo luminoso.

Más aún, la publicidad es una forma de sueño electrónico y de idealismo comunicacional. En ella, no se promociona productos, sino placeres, y no precisamente placeres materializables, sino más bien placeres de goce estético o imaginario.

Hablamos, claro está, del imperio de la cultura de las apariencias, un universo simbólico dominado por el poder reificante del valor de cambio en el que, como afirmara Wells, la función del discurso publicitario no es otra cosa que enseñar a la gente a necesitar cosas, a olvidarse de vivir.

A través de la comunicación, la publicidad equipara el valor de uso y la capacidad significante de los productos y el valor de cambio y sus posibles significaciones. Al respecto conviene recordar que el reino de la mercancía es dicotómico, dual, y se manifiesta tanto en su dimensión concreta como de forma abstracta, cualitativamente particular al tiempo que general.

En palabras de Postone, como mediación es una forma social, pues la publicidad media entre el proceso de producción y el universo simbólico de las prácticas de reproducción social a través del acto de consumo, verdadera garantía de retroalimentación de la circulación de capital.

Expresa, por tanto, esta dialéctica y dualidad resultando la dimensión proyectiva central en la función vicaria de la experiencia del sujeto orientada por el reino de la mercancía. Todo lo demás, todo lo que nos quieran decir sobre el hacer los hombres de negro, los transformistas del IBEX35, pónganlo pues en cuarentena. No vaya a ser que acaben infectados del mal sueño de una vida no digna de ser vivida.

FRANCISCO SIERRA CABALLERO

7 de abril de 2020

  • 7.4.20
Nada se habla estos días marcados tristemente por la pandemia mundial del Covid-19 del discreto lugar que ocupa el derecho a la salud en la Constitución Española de 1978, la cúspide de nuestro ordenamiento jurídico. El coronavirus ha conseguido que los más escépticos sean conscientes de la enorme importancia de mantener a toda costa un sistema sanitario público de calidad en un debilitado Estado del Bienestar como el nuestro.



La Constitución reconoce en su artículo 43 –dentro del Capítulo Tercero del Título I, “De los derechos y deberes fundamentales”– el derecho a la protección de la salud y refiere que “compete a los poderes públicos organizar y tutelar la salud pública a través de medidas preventivas y de las prestaciones y servicios necesarios”, precisando que “la ley establecerá los derechos y deberes de todos al respecto”.

Un lugar que a día de hoy se antoja insuficiente, pues el Derecho Constitucional agrupa en tres grandes bloques los derechos y deberes de nuestra ley de leyes según sus garantías: un nivel máximo reconocido a derechos como la vida, el honor, la libertad de expresión o la educación; un nivel intermedio en el que figuran derechos como el matrimonio, la propiedad o el trabajo y un nivel mínimo dentro del Capítulo Tercero –los “Principios rectores de la política social y económica”– en el que se incluye este derecho a la salud, la Seguridad Social o el medio ambiente.

Mi propuesta es que en una futura reforma de la Constitución se incluya en el catálogo de derechos con mayores garantías un derecho fundamental a la sanidad pública, universal y gratuita, de modo que se entienda como un derecho inherente a cualquier persona residente en nuestro país, independientemente de su capacidad económica y nacionalidad de origen.

Desde el punto de vista jurídico este cambio supondría una mayor protección del derecho, ya que los ciudadanos podrían recabar su tutela de una forma preferente y con mayor rapidez ante los juzgados y tribunales, llegando incluso a instancias máximas como el Tribunal Constitucional en busca de su amparo.

Además, los legisladores del futuro deberían respetar su contenido esencial, una prerrogativa que a día de hoy no protege al derecho a la salud, garantizado únicamente por lo que dispongan “la legislación positiva, la práctica judicial y la actuación de los poderes públicos”.

En la práctica, el reconocimiento de un derecho fundamental a la sanidad pública, universal y gratuita podría contribuir a que se destinaran más recursos económicos y humanos al sistema sanitario, con la consiguiente mejora de la atención primaria y la reducción de tiempos en las listas de espera, con unos profesionales que no tengan que marcharse a otros países porque los sueldos en España sean bajos, y se impediría que cualquier Comunidad Autónoma –son estas las que tienen la competencia de sanidad– potencien los centros privados en detrimento de los públicos, como ha ocurrido en algunas regiones durante los últimos años.

A diferencia de la Constitución, el Estatuto de Autonomía para Andalucía sí recoge en un lugar destacado el derecho a la “protección de la salud mediante un sistema sanitario público de carácter universal”, en concreto en su artículo 22, donde dispone un catálogo de derechos para pacientes y usuarios del Sistema Andaluz de Salud, aunque también se remite al legislador para establecer los “términos, condiciones y requisitos” del ejercicio de estos derechos.

Es cierto que días atrás se ha esbozado en diferentes medios de comunicación la idea de un gran pacto nacional por la sanidad. Yo propongo dar un paso más e incluir en una futura reforma constitucional la necesidad de blindar una sanidad pública, universal y gratuita como derecho fundamental que goce de las mayores prerrogativas de nuestro ordenamiento jurídico.

A nadie se le escapa la complejidad que supone llevar a cabo este cambio por la rigidez de nuestra Constitución. Incluir un nuevo derecho fundamental en la Sección 1ª del Capítulo Segundo del Título I, denominada “De los derechos fundamentales y de las libertades públicas”, requiere la aprobación del Congreso de los Diputados y el Senado por una mayoría de dos tercios de los diputados y senadores en ambas cámaras, la posterior disolución de las Cortes Generales y la ratificación del nuevo Parlamento por idénticas mayorías, además de un referéndum del cuerpo electoral.

Sin embargo, por su naturaleza de Gobierno de coalición y su escasa mayoría parlamentaria para afrontar cambios estructurales, tal vez cuando esta decimocuarta legislatura toque a su fin, Partido Socialista y Unidas Podemos deban poner sobre la mesa un proyecto de reforma constitucional de gran calado con aspiraciones reales de conseguir un amplio consenso entre las distintas fuerzas políticas del arco parlamentario.

Es decir, renunciar a máximos como la posición de la Monarquía o el lugar preferente de la Iglesia Católica para no posponer más en el tiempo otras grandes cuestiones como esta mayor protección de la sanidad, el blindaje de unas pensiones dignas, un mejor encaje constitucional para Cataluña y otras regiones históricas –reconociendo el papel de las 17 autonomías y la pertenencia del Estado a la Unión Europea–, aspectos como la limitación de mandatos o los aforamientos, impedir los bloqueos a la hora de formar gobiernos reformado el artículo 99 para la elección del presidente del Gobierno, reforzar otros derechos como la vivienda o las políticas sociales o revisar el papel del Senado como verdadera cámara de representación de los territorios y no como cámara de segunda lectura legislativa, o una más adecuada tributación del trabajo por cuenta propia, cuestiones siempre debatidas en las campañas electorales y sistemáticamente olvidadas.

Por lo acontecido en los últimos años, sabemos de la extraordinaria dificultad que supone un gran pacto de los diferentes partidos políticos, pero sus dirigentes nos deben este esfuerzo. Los ciudadanos somos quienes debemos exigirlo de una forma más contundente. El Estado del Bienestar en una sociedad como la nuestra, con una edad media cada vez más avanzada, hace imprescindible que la sanidad y las políticas sociales sean el mejor servicio que presten los poderes públicos para que de una vez el ciudadano sea el centro de la vida pública.

JESÚS ORDÓÑEZ TORRES

6 de abril de 2020

  • 6.4.20
Nadie en el mundo imaginaba la aparición de una pandemia mundial como la del coronavirus Covid-19. Ningún país estaba preparado para una emergencia sanitaria de envergadura global y propagación rápida, como esta. Por donde ha surgido, la capacidad de reacción ante un problema epidémico de tal naturaleza ha sido tardía y, en la mayoría de los casos, improvisada.



De la indiferencia inicial con que se percibía la génesis de la pandemia, como un asunto lejano y de sociedades poco protegidas sanitariamente, a la descoordinación vivida en Occidente cuando la infección lo ha golpeado, sin detenerse en fronteras o culturas, esta crisis sanitaria ha desatado un abanico de reacciones, que ha ido desde la improvisación hasta el reproche “repugnante”, dependiendo de cómo la pandemia ha afectado a cada país. Todo un alarde de lo que no debería hacerse cuando se precisa la ayuda de todos para afrontar un problema que atañe al conjunto de la humanidad.

Europa es muestra paradigmática de ese comportamiento egoísta e insolidario en la defensa a ultranza de las personas y sus vidas, no de sus bienes o negocios. El virus ha brotado de forma explosiva en Italia al poco de aparecer en China. De allí ha saltado a España y, poco a poco, va adentrándose en el Continente con la virulencia que le permiten los distintos sistemas nacionales de salud y las iniciativas de sus gobiernos.

No existen aduanas para una pandemia que se extiende desde Asia a Europa, de Rusia a EE UU y de Sudamérica a África, sin dejar atrás Oceanía. En todas partes, cada cual se presta a combatirla como puede, con sus propios recursos y su ciencia.

Por motivos complejos, no solo de estructura económica, los países del sur de Europa vuelven a destacar por la magnitud de esta tragedia, a la que se enfrentan con los instrumentos de sus respectivos Estados de Bienestar y limitadas capacidades. Pero también con la descoordinación y la incomprensión de los que creen estar a salvo de este mal por disponer de una economía saneada.

Una actitud decepcionante e inesperada entre socios de un proyecto de unidad política que debiera integrar, además del comercio, la economía y una moneda, también a las personas y la protección de sus vidas. Algunos motivos podrían explicar tal actitud, pero no justificarla.

En cualquier caso, no es momento de reproches, sino de arrimar el hombro, de remar todos en la misma dirección y de demostrar que Europa es la casa común de quienes son considerados europeos, hogar en el que todos confiaban encontrar refugio y no solo un simple zoco comercial.

De ser así, sería oportuno replantearse un proyecto que se muestra inútil frente a una amenaza sanitaria universal, a pesar de que desde el individualismo estatal tampoco está asegurado ninguna protección ante amenazas globales, como esta crisis se ha encargado de demostrar.

Y una vez más, desgraciadamente, los ricos vuelven a desentenderse de los pobres, propugnando dejarlos a su suerte. Así, Europa vuelve a dividirse, a la hora de actuar unida frente a la emergencia sanitaria, entre países ricos del norte y países pobres del sur, estos últimos, precisamente, los más castigados por la pandemia en suelo europeo y los que reclaman ayuda para afrontar un problema mundial.

Y en nombre de los ricos, Holanda, por boca de su ministro de Finanzas, Wopke Hoekstra, ha reprochado a los pobres, en concreto a España, no haber ahorrado lo suficiente para hacer frente a la crisis de Covid-19. De esta manera, los Países Bajos, gobernados por una coalición de ultraderecha y euroescépticos, antepone el rigor fiscal y la economía a la solidaridad y el derecho a la vida.

Es decir, exhibe la indiferencia de los privilegiados ante el drama humano de los socios desgraciados de la UE. Sin embargo, su visión no es moral, aunque implique consecuencias éticas, sino económica. Aducen que “la solidaridad europea es la liquidez en la UE”, con la que participa la solidaridad neerlandesa. Un rigor contable ante un problema humano.

El caso es que, efectivamente, España podía haber estado mejor equipada para afrontar la crisis del Covid-19 si hubiera puesto en marcha medidas preventivas, guardadas en su día para mejor ocasión. Por eso, se ha visto sorprendida sin las suficientes estructuras de prevención y salud pública exigibles, aprobadas, en el año 2011, en el texto de la Ley General de Salud, y que jamás se desarrollaron con la excusa de una crisis económica. ¿Se acuerdan?

Por aquel tiempo, tras la pandemia de la Gripe A, se entendió necesario disponer de una Agencia Estatal de Salud Pública o de un centro estatal, en su defecto, que garantice una acción coordinada con las comunidades autónomas ante nuevas emergencias sanitarias.

Tales medidas sufrieron los efectos de los recortes presupuestarios que podaron la sanidad española de forma dramática. Años en los que pasaron a iniciativa privada muchos hospitales de Madrid y de otras comunidades, la mayoría de las cuales estaban gobernadas por conservadores, bajo la premisa de obtener la mayor rentabilidad al menor costo.

Fue la época en que se intentó el cierre y desmantelamiento del Hospital Carlos III de Madrid, especializado en el diagnóstico y tratamiento de pandemias y enfermedades emergentes, iniciativa abortada por el brote de Ébola en África que contagió a un sacerdote español al que hubo que repatriar y aislar en dicho centro.

Ya no nos acordamos de todos esos desmanes que han propiciado que la sanidad española apenas tenga margen de maniobra para afrontar imprevistos. Y que carezca de mecanismos federales de recopilación de información, gestión de crisis y planes de respuesta coordinados con las comunidades autónomas que faciliten la movilización de los recursos disponibles en un país descentralizado como el nuestro.

No se trata, por tanto, solo de un problema de rigor fiscal, como reprochan los holandeses, sino de prioridades en el gasto público, lo que ha constreñido a la sanidad española, provocando que ahora se echen de menos, incluso, planes de contingencia, que no se han desarrollado, y hasta un registro de personal y medios susceptibles de ser trasladados en caso de necesidad.

Aquella ley jamás desarrollada, porque lo importante entonces era socorrer a los bancos gracias al rescate europeo, contemplaba “sistemas de alerta precoz y respuesta rápida” que tampoco se pusieron en marcha, lo que probablemente hubiera posibilitado actuar con mayor diligencia y premura durante la actual pandemia.

Parece inconcebible que se considerase un derroche, como entendió algún neoliberal de los que abundan, contar con camas “ociosas” de UCI por si surgía alguna necesidad, cosa que ahora vemos pertinente, y no que España, con 9,4 camas por cada 100.000 habitantes, estaba –y todavía está– bastante atrasada con respecto a las 29 de Alemania y otros países de nuestro entorno.

Ya es muy tarde para rectificar hoy, pero no para mañana. Ni los hospitales ni las camas de críticos ni los respiradores ni el personal sanitario surgen por ensalmo, no se improvisan de la noche a la mañana, cuando el problema nos castiga de lleno: ha de preverse.

De ahí que esta crisis del Covid-19 afecte a unos países más que a otros. Pero más que ahorros y economías saneadas, la diferencia la establece la previsión y las prioridades en el gasto público. Si alguna enseñanza hubiera que extraerse de esta crisis es la de que hay que reforzar, y mucho, nuestro Estado de Bienestar, modificar nuestro estilo de vida, rediseñar Europa hasta completar una verdadera unión social y política, también fiscal, y, por supuesto, ahorrar.

Pero, todo ello, se acometerá cuando recuperemos la salud, la confianza y la normalidad. Antes, todas las energías deberán centrarse en salvar vidas. No es momento de ejercer de profetas a toro pasado o hacerse el sueco, digo, el holandés.

DANIEL GUERRERO

5 de abril de 2020

  • 5.4.20
Hay un cuadro en el Museo del Prado que, junto a El jardín de las delicias del Bosco, me parece de lo mejor que se expone en esa enorme pinacoteca. Se trata de El triunfo de la muerte, del pintor flamenco Pieter Brueghel que realizó en 1562. Cuando Brueghel lo realizó, habían transcurrido más de dos siglos desde que la denominada como peste negra asolara Europa, pero la memoria de esta devastación humana permanecía en el recuerdo de las generaciones posteriores.



Describir la multiplicidad de escenas que se plasman en este cuadro con una visión netamente apocalíptica es penetrar en el horror de la muerte de la que no se libra nadie, puesto que los esqueletos, en medio de un paisaje sin hierbas y de árboles secos, con sus guadañas siegan la vida de todas las personas que encuentran, mientras que las llamas del infierno arrasan el horizonte.

En vano, uno de los personajes desenvaina la espada como queriendo hacer frente a un ejército de esqueletos que no pueden morir porque ya están muertos. Otro, inútilmente, se esconde debajo de la mesa, pretendiendo escapar del campo de visión de quienes no tienen ya ojos pero que localizan a cualquiera, dado que los miembros de ese ejército alcanzan a todos los seres vivientes. Ni las canciones de amor, ni los juegos de azar, ni el máximo poder que encarnan los reyes sirven para hacer olvidar la terrible última hora que a todos espera.

Para la gente de aquella época, las espantosas epidemias que azotaban a la población no eran el resultado de ningún virus, esos organismos que hoy sabemos que tienen la estructura más sencilla de los seres vivos. Por entonces, se estaba lejos de conocer sus existencias, por lo que las pandemias se atribuían a la ira divina como resultado de los pecados cometidos por el hombre, según se clamaba desde todos los púlpitos de diferentes credos religiosos.

De este modo, el significado último de la muerte había que encontrarlo no en las leyes de la propia naturaleza, puesto que todos los seres vivos, incluidos los humanos, fallecen, sino en el pecado cometido por Adán y Eva al desobedecer el mandato divino de no comer del árbol del conocimiento. Una vez desterrados del Paraíso, ambos dos y todas sus descendencias vivirían bajo el dolor y la muerte, que solo acabaría, según las iglesias milenaristas y los movimientos sectarios, cuando llegue el Apocalipsis anunciado en el evangelio de San Juan.

Una visión del final de la vida humana imbuida por las ideas religiosas que durante la Edad Media y siglos posteriores aterrorizaban a una población cuya vida de sufrimientos marcaba a gran parte de su existencia, pero que se resignaba ante el temor de lo que acontecería tras la muerte.



Una vez hecha una breve presentación del cuadro de Brueghel, y del que acabamos de ver un fragmento de tan magnífica obra, cabe preguntarse: ¿A cuento de qué traigo este terrible e impactante cuadro en estos días en los que la pandemia del coronavirus amenaza a una importante parte de la población del planeta?

He acudido a este cuadro para indicar que, en medio de la catástrofe sanitaria que sufrimos y de las múltiples informaciones que recibimos, las sectas y muchas iglesias evangélicas, mayoritariamente procedentes de Estados Unidos, están sacando provecho de esta gran crisis apelando al lógico miedo que por estas fechas asoma en la gente. Miedo que se convierte en verdadero pánico en ciertos sectores que no logran apaciguar la angustia y el terror que sufren ante la idea y la presencia de la muerte que ahora está más presente que nunca.

Tengo que apuntar que el miedo es un sentimiento primario que nace con nosotros como medio de defensa y de supervivencia y sin el cual no sobreviviríamos. Pero una cosa es el temor ante las amenazas reales o previsibles y otra es el que nace de ideas que se nos insuflan, especialmente en la infancia, etapa en la que comienza la formación de la persona y en la que todavía que no se tienen los recursos cognitivos para poder defenderse de aquellos relatos que pueden llegar a aterrorizar las mentes infantiles.

Muchos de esos miedos están construidos sobre la idea de la muerte, hecho crucial en la existencia de los seres humanos. De ahí que las sectas se nutran de personas inseguras, cargadas de miedos, con importantes problemas en sus autoestimas y que no dudan en renunciar a la libertad para entregársela a un líder, a un gurú o a una organización que te dicta todo lo que tienes que hacer a cambio de ofrecerte una supuesta seguridad, sobre todo en momentos de gran incertidumbre como acontece en los tiempos que vivimos.

Y aunque no sean muy visibles, para que comprendamos el significado que tienen las sectas en nuestro país, acudo a los datos que nos proporciona Luis Santamaría, miembro de la Red Iberoamericana del Estudio de las Sectas, quien nos dice que en España se encuentran funcionando unas 350 conocidas (puesto que hay otras que funcionan por la red) que cuentan con unos 400.000 adeptos. Una cifra verdaderamente sorprendente, pues refleja el alto número de personas psicológicamente vulnerables y dependientes de esos grupos sectarios que supuestamente las ofrecen seguridad y un sentido a la vida en estos tiempos de miedo y de angustia.

El propio Luis Santamaría nos indica que "el miedo es el arma más poderosa para los grupos que llevan años pronosticando el fin del mundo. Ahora aprovechan esta pandemia para reforzar sus argumentos, empleando la manipulación para atraer a personas que pasan por un momento de vulnerabilidad. Pero ahora, con lo que estamos viviendo y ante la incertidumbre general, estos grupos se presentan como el arca de Noé diciéndote: o con nosotros o con la muerte".

Bajo una infinidad de nombres: Testigos de Jehová, Iglesia Adventista del Séptimo Día, Iglesia Universal del Reino de Dios, Asamblea de la Victoria de Dios en Cristo, la Iglesia Mundial del Poder de Dios y un largo etcétera se extienden por distintos países, tanto de España como de Latinoamérica.

Por suerte, en la actualidad, una parte significativa de la población de nuestro país atiende a las informaciones y consejos que proporcionan los científicos y el personal sanitario especializado, de modo que adopta las precauciones debidas sabiendo que se trata de un virus que ha saltado de animales salvajes al ser humano, por lo que no disponíamos de las defensas naturales que nos protegieran de las infecciones que, tristemente, han acabado en pandemia. Pensar de este modo es lo razonable; acudir a gurús y a sectas que nos ofrezcan falsas protecciones y esperanzas no deja de ser absurdo y peligroso.

AURELIANO SÁINZ
IMÁGENES: JOSÉ BAZTÁN LACASA (MUSEO DEL PRADO)

4 de abril de 2020

  • 4.4.20
Con la palabra "distopía" se designa, según Google, un tipo de mundo imaginario, recreado en la literatura o en el cine, que se considera indeseable. Hoy mi chico me ha dicho por videollamada que Madrid es una distopía, que parece como si fuera 1 de enero por la mañana todo el tiempo: nadie se mueve por la calle, no hay ruido, es un silencio raro y carente de vida.



No nos podemos ver porque él tiene que trabajar y entra y sale a su oficina y yo estoy recluida sin un papel que me permita visitarlo. Yo no miro fuera: yo he decidido mirar dentro. La luz que se cuela por la ventana en este día frío de primavera, mis cincos macetas que permanecen ajenas a todo, ellas siguen pidiéndome agua y luz y hacen su fotosíntesis como si no pasara nada. Es primavera y ellas lo saben: están más verdes, más bonitas y alegres.

Entiendo el amor a la tierra, a los árboles, al olivo... Al fin y al cabo, ellos tienen su ritmo que nos habla de serenidad y vida. Contemplar cómo una semilla crece y se convierte en una flor y en un fruto más tarde es una magia que a menudo despreciamos, pero que es la única verdad que existe.

Ahora me busco más, escribo más, escucho mi cuerpo y sus necesidades. Ahora los rituales son la preparación de la comida, el descanso, elegir un buen libro o una buena película. Tengo tiempo para hidratarme la piel. La ducha no es algo automático: siento el agua y el gel que me limpian, que me protegen.

Bebo más agua, trato de pasear por mi casa, por mi hogar. Es verdad que ahora descubro lo bueno que sería tener un balcón por pequeño que fuera, en el que sentir el viento y el calor del sol. Pero no lo tengo. El tiempo frío acompaña porque me invita a estar dentro, a taparme con esa manta que compré hace tiempo y que es tan "gustosita".

El día no es plano, ni yo estoy siempre feliz y contenta, pero como me recordaba ayer una amiga, los días en los que no estamos encerrados tampoco son siempre felices. Las ondulaciones dibujan nuestros estados de ánimo. Es el tiempo de practicar la compasión con uno mismo; es el momento para callar esa voz que siempre nos exige y para la que uno nunca es suficiente.

Mirémonos como a niños y permitámonos errar y acertar, reír y llorar, estar alegres y estar tristes. Al fin y al cabo, de todo ello estamos hechos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

3 de abril de 2020

  • 3.4.20
Cincuenta artistas han puesto himno a esta pandemia que nos mantiene confinados en casa. La nueva de versión de la canción del Dúo Dinámico Resistiré se ha viralizado en las redes sociales en solo unas horas. Los derechos de autor que se obtengan con esta versión coral irán destinados a ampliar los fondos en la lucha contra el Covid-19. Además, cabe reseñar que los artistas han anunciado que ceden los derechos de la canción a la Comunidad de Madrid para que la empleen como banda sonora de los anuncios que crean necesarios para intentar frenar la pandemia de Covid-19.



Escucho esta nueva versión coral que ha perdido el tono edulcorado de sus creadores y ha ganado en fuerza y en coraje, un coraje que a todos les nace de adentro, donde a veces pensamos que ya no nos queda nada. Tiene la canción un ímpetu salvaje y tierno a la vez, una posibilidad extrema de exponernos ante nosotros mismos en un momento en que necesitamos hablar con alguien, sobre todo porque no hay nadie a nuestro alrededor para compartir la melodía.

Tiene la canción una alegría que no es improvisada y sí efectiva, pero al mismo tiempo, en esa demanda de volcar el ánimo hacia el lado positivo, demanda a voces una felicidad confiscada en tiempos confinados y complejos, en momentos en los que la música ayuda, no solo a sobrevivir, sino a lamer los minutos en cada nota musical, como si en ellas se nos fuera la vida. Quién lo diría, tal vez en este caso no se trate de una metáfora.



Sin embargo, a veces me cansa esta música desaforada y bailable hasta el extremo. Entonces, me refugio en el otro himno que nos ha regalado la pandemia. Bob Dylan grabó Murder Most Foul hace un tiempo. En Twitter ha escrito: “Manteneos a salvo, atentos y que Dios esté con vosotros”.

Es el regalo del Premio Nobel para los seres confinados por esta pandemia. Es la canción triste, melancólica, serena y arrolladora para estos tiempos demoledores. Es la canción del poeta, no del cantautor. No es el poema cantado, sino canción recitada de un premio Nobel. Hay una paz honda y descifrable en su voz gastada, en su letra medida, en el piano, en el violín.

Hace unos meses, para escribir un artículo académico sobre periodismo rock que me encargó mi amigo Carlos Serrato –y que aún no concluí porque fue creciendo en páginas y en registros–, descubrí al Bob Dylan de siempre y a ese otro Dylan huraño y esquivo que cuesta traducir entre sus versos esclarecedores. Sam Shepard lo describió como nadie en Rolling Thunder. Con Bob Dylan en la carretera.

Leerlo es de obligado cumplimiento. Pero ahora lo escucho en esta última canción, la pieza más monumental de su carrera, escribe Carlos Marcos, y descubro ángulos invisibles que no desentrañé en otras canciones ni en otras letras. No sé si es la canción más monumental, pero Un asesinato inmundo –sería la traducción del título– sí es la pieza más larga de su obra (16:56 minutos) y la única composición nueva en ocho años desde la edición en 2012 de Tempest.



Los adolescentes de mi generación crecimos con la música como una herramienta elemental e imprescindible para situarnos en una esquina de la vida. Estos días, confinados en casa, recurrimos a la música para ingerirla no como un entremés sino como el plato principal del día. Nos repechamos en el sillón relax o en el sofá y nos remontamos años atrás a atrapar con los puños cerrados la adolescencia dejada atrás.

A veces, muchas veces, cuando vuelvo a Montilla, en busca de un tiempo pasado, comemos y bebemos y escuchamos a nuestros músicos de siempre en el bar-restaurante El Convento, donde Miguel y Toñi nos deleitan con sus manjares y sus vídeos de la música compartida durante tantos años.

Estos días, el restaurante, como es lógico, está clausurado, pero de cualquier manera es una norma innecesaria, porque la higiene en el local es tal que dudo que ningún coronavirus se atreva a pisar el lugar si no quiere morir achicharrado por la limpieza total.

La música nos trae estos días los momentos vividos de la adolescencia y nos retrotrae a otro tiempo que vivimos con la inocencia y la pureza de los pocos años, la misma sensación que nos invade ahora los días, cautivos de una sinrazón que arrastramos sin entender del todo y por qué nos pasa a nosotros esto.

Cuando éramos adolescentes, tampoco entendíamos nada de lo que ocurría, porque la serenidad es una virtud que ofrecen los años vividos, pero poco importaba. Tal vez, porque la juventud no entiende de derrotas y ahora, repechados en estas melodías que fueron y son nuestra vida, nos disponemos a poner música a estos tiempos de desagravio que nadie intuyó y que tal vez alguien todavía cree que son de película.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

2 de abril de 2020

  • 2.4.20
Es imposible no recordar una de las mejores sátiras sobre la Guerra Fría, ¿Teléfono rojo: volamos hacia Moscú? (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb). Ante la inevitable catástrofe nuclear, al Gobierno de Estados Unidos no se le ocurre otra cosa que preparar la vida después de la catástrofe en los mismos términos que lo habían llevado al desastre. Mientras, el embajador soviético aprovecha para espiar a los americanos, con el mismo fin de retomar las hostilidades en mejor situación.



La lección de la película es que el ser humano, aparte de ser estúpido, no aprende de sus errores. Lo que estamos viviendo no es, ni de lejos, una catástrofe nuclear. Pero sí es una catástrofe económica y sanitaria de la que tardaremos tiempo en salir. Y estoy convencido de que, por desgracia, no aprenderemos tampoco la lección.

En lo que respecta al caso español, los mismos que hasta hace poco bramaban contra el “Estado totalitario” ahora reclaman que este les salve. Y, en efecto, esa es la obligación del Estado. Esté en el gobierno quien esté y con independencia de lo que dijera el imbécil de turno. Y precisamente por eso, muchos lo hemos defendido siempre frente a los feudos autonómicos, que están demostrando ser una traba en la gestión de esta crisis.

A decir verdad, echo de menos los imprescindibles debates sobre la violación de las gallinas por parte de los gallos, el derecho de autodeterminación de los cruzados amarillos, del buen dormir del Kennedy español y, añadimos, las tan necesarias ayudas a la tauromaquia, el gravísimo problema de la inmigración ilegal y la imperiosa necesidad de poner banderas en los balcones. La estupidez no entiende de colores políticos.

La vida ha puesto a muchos en su sitio. Ahora, los mismos que han destrozado el Estado, ya fuera concediendo lo esencial a los feudos autonómicos, o metiendo mano a la caja, por no hablar de sus defensores, reclaman al Estado recursos y decisiones. ¿Qué recursos, si entre unos y otros han dejado la caja vacía?

Ahora no es momento de criticar, sino de arrimar el hombro. O eso dicen los que han apoyado al tumor sanchista. Y obvian que en mitad de una declaración unilateral de independencia, no pocos fueron los que criticaron a Mariano Rajoy por aplicar un artículo constitucional que, por lo demás, solo fue criticable por su suavidad. Y ahora ha quedado patente.

Un país serio ya hubiera quitado de en medio a Quim Torra desde hace mucho. Es más, los posconvergentes deberían haber sido ilegalizados hace mucho por su apoyo a los Comitès de Defensa de la República (CDR). Cuando hablábamos del problema catalán, era a situaciones como la que estamos viviendo a las que nos referíamos.

Siempre he defendido que la Educación, la Sanidad, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y, por supuesto, todas las decisiones de carácter económico, deben estar en manos del Estado para su gestión centralizada. Y ello no atenta contra la identidad de nadie. Que el Estado tenga que estar consultando si puede llevar a personas ubicadas en las Unidades de Cuidados Intensivos de una comunidad a las de otra es una vergüenza.

El cachondeo autonómico ha dado lugar a una organización ineficiente en un momento de crisis como la que vivimos. Y como empecemos a hablar de la incompetencia del propio Gobierno desde que se desató esta crisis, les dejo material de lectura para todo el confinamiento.

En cualquier caso, no hagamos más sangre. Ya habrá tiempo para ello. Me conformo con que algunos sectarios empiecen a entender que un trabajador no tiene más patria que, como mucho, la sentimental. Y lo dice un defensor de la Patria Andaluza.

Sería estupendo que algunos tomaran conciencia de que el Estado es una herramienta para el bien público que depende del que lo use, y lo estamos desmantelando para que unos pocos puedan rascar más de la tarta. Que el debate debe centrarse siempre en cómo organizar mejor los servicios públicos, y no en quién tiene el derecho medieval de hacerlo.

Cuando esto acabe, sea como sea, habrá que reconstruir la economía del país. Y aunque a todos nos tocará participar en ello, no seremos nosotros los que decidamos qué hacer. Serán los miembros del Gobierno pseudoprogresista, el trifachito y los nacionalistas pirómanos. Desalentador, cuando menos.

Lo único que nos queda es, con los años, defender y revisar nuestra concepción del Estado. Defenderlo en las urnas y en las calles, del mismo modo que hemos defendido la igualdad, la protección del medio ambiente, y otros derechos y deberes que hace quince años no estaban en la agenda política.

Sin Estado solo existen dos opciones coherentes: la utopía anarquista o el caos. No se puede ser de izquierdas y atacar el Estado. Es la Derecha la que, de siempre, ha fomentado los feudos y los nacionalismos. No termino de entender cómo en España hemos podido retorcer tanto la ecuación.

Sea de la naturaleza que sea, ninguna crisis tiene sentido si no se sale fortalecido de la misma. Y si queremos fortalecer España, hay que defender al Estado, con independencia del color político del inquilino de La Moncloa. Porque llegan momentos como el que vivimos, y encontramos al Estado famélico y debilitado. No es patriotismo de bandera: es la necesidad de la gente.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

30 de marzo de 2020

  • 30.3.20
Llevamos más de dos semanas enclaustrados a cal y canto en nuestros domicilios para protegernos de un virus sumamente contagioso. Se trata de una pandemia que ha llevado la infección, el shock social y la muerte allá por donde ha pasado, desde China, núcleo inicial de la epidemia, hasta España, donde el número de afectados no deja de crecer.



Un tercio de la humanidad, como titula un periódico, vive ya confinado a causa de esta enfermedad: 2.600 millones de personas que tratan de eludir este virus encerrándose en sus casas. Es por ello que la atención y la preocupación de la gente y de los medios de comunicación están concentradas en este problema, tal vez el más grave, extenso e intenso que haya conocido nunca el mundo moderno.

Desde las antiguas pestes (bubónica, negra...), la última de las cuales también se originó en China, hasta la pandemia del sida, la población actual ignoraba la absoluta vulnerabilidad a la que está expuesta en estos tiempos caracterizados por la globalización, fenómeno que también alcanza las enfermedades, por la que una infección asiática se contagia al resto del mundo con la rapidez de nuestros desplazamientos y medios de transporte.

Jamás la actual generación viva del planeta se había enfrentado a un problema sanitario de semejante envergadura, y sin medios para combatirlo. Son tiempos, pues, de estupor y miedo. No resulta extraño, por tanto, que este asunto, que afecta a la salud de todos, eclipse todos los demás de la actualidad.

Pero la realidad, sin embargo, es diversa y compleja, y sigue ahí influyendo, de manera latente, en nuestras vidas y en la gobernanza mundial. Hay otros asuntos, menos urgentes si se quiere, que también forman parte del marco en el que se desenvuelve nuestra convivencia, como colectividades interrelacionadas e interdependientes, y condicionan nuestras expectativas de futuro.

Uno de esos asuntos es la monarquía: un tema muy espinoso, pero silenciado por el protagonismo de la pandemia. Se trata de la presunta actividad delictiva del Rey emérito, que está siendo investigada por la Justicia suiza a causa de una cuenta a su nombre utilizada para blanquear capitales y eludir impuestos.

Es un tema grave porque pone en cuestión la integridad moral de esta institución que encarna la Jefatura del Estado en España, un pilar básico del sistema democrático surgido con la Constitución de 1978. Tan grave para el crédito y la confianza de la Corona que el actual Rey de España, Felipe VI, se ha visto obligado a hacer público un comunicado oficial de la Casa Real para desvincularse de las actuaciones de su padre y renunciar a cualquier herencia que pudiera corresponderle, fruto de esas actividades presuntamente delictivas.

De esta manera, vuelve aflorar a la opinión el debate social sobre el régimen político del Estado, lo que acabará condicionando, no solo la política, sino también la convivencia serena y reflexiva de la población.

Porque la redefinición de nuestro Estado coexistirá con las tensiones territoriales que alimentan algunas regiones. No hay que olvidar que, aunque estemos confinados, el independentismo catalán vive sus horas bajas, pero sigue coleando. Continúa presionando donde y como puede para no ser ocultado por la coyuntura.

Así, un día exige, por ejemplo, el cierre de las fronteras catalanas –como si fuera un territorio independiente– para aislarse de la pandemia que asola España. Y otro día rechaza la colaboración que el Ejército pueda prestar en Cataluña durante la pandemia, viéndose obligado a rectificar más tarde, cuando se desbordan los casos, para solicitar la ayuda de la Unidad Militar de Emergencia (UME) para desinfectar instalaciones.

Con todo ello, el Govern no persigue proteger a los catalanes, sino conseguir iniciativas que puedan interpretarse favorables al objetivo secesionista. No cejan en el empeño de utilizar el mal que a todos nos afecta para sus fines políticos, dividiendo a la sociedad en su conjunto. Un espectáculo sumamente triste.

Mientras tanto, el mundo sigue girando. En EE UU, donde su presidente, Donald Trump, se permitió minusvalorar la gravedad de la pandemia y aprovechar su aparición en China para profundizar su guerra comercial con aquel país, han tenido que adoptar también el aislamiento de la población, el uso de las mascarillas y el cierre de muchos comercios. Trump es reacio a tales medidas porque, para él y para muchos empresarios y magnates, lo que prima es la economía, no la salud y las vidas humanas.

El presidente de EE UU comparte el gen más radical o ultra de algunos republicanos, que se ofrecen hipócritamente a morir por el mercado, cuando los que mueren son las víctimas de sus políticas contrarias a una sanidad universal y a las ayudas a los más necesitados.

Sin embargo, hasta Donald Trump también ha tenido que rectificar, entre otros motivos, porque en noviembre los estadounidenses vuelven a las urnas. Trump es hábil con enemigos inventados –China. Venezuela, inmigrantes...– que le sirven para envalentonarse y lanzar amenazas apocalípticas de nulo efecto, pero es incapaz de lidiar con los problemas reales, como la pandemia del coronavirus.

La próxima campaña electoral le ha obligado a impulsar el plan de rescate económico más importante, por su cuantía, en la historia de EE UU. Ha tenido que abandonar su ideología de que el mercado satisfaga las necesidades de los ciudadanos para asumir la que permite al Estado protagonizar la atención de tales necesidades, como preconizan los “socialistas”. Es decir, ha debido de hacer lo contrario de lo que pregona el neoliberalismo que él lidera.

Y, para colmo, ha tenido que pedir la colaboración de China para compartir información con la que hallar soluciones a este problema mundial. Es una mutación absoluta de su ultranacionalismo aislacionista hacia un internacionalismo multilateral. Y todo para no verse sobrepasado como un completo inútil en la gestión de esta pandemia que ya ha convertido a EE UU en el país con mayor número de infectados del mundo. ¡Cuántos sapos para ganar la reelección!

Pero no reniega a su condición de matón. Para compensar tantas renuncias ideológicas, cual sheriff del Oeste, Trump ha puesto precio a la cabeza de Nicolás Maduro, ofreciendo una recompensa a quien consiga derrocarlo en Venezuela. ¡Quince millones de dólares por su captura! Lo que no consigue con la política, incluso con los embargos, lo quiere lograr con la avaricia de los mercenarios.

Es la única estrategia que le queda para expulsar a Maduro, al que considera un dictador, del poder del país sudamericano, y que cuestiona la política y el derecho que se arroga el poderoso vecino del Norte para interferir en el resto del continente.

Es probable que el presidente venezolano pueda ser considerado un dictador, pero tanto como pueden serlo Putin en Rusia o Netanyahu en Israel, incluso Xi Jimping en China y, desde luego, Mohamed bin Salmán en Arabia Saudita. Todos ellos pretenden eternizarse en el poder y/o manipular las elecciones a su antojo para mantenerse en el cargo. Pero a ninguno, sin embargo, EE UU le ha puesto una recompensa para liquidarlos, como a Nicolás Maduro.

¿Qué ojeriza tiene Trump con Venezuela? Simplemente, intereses geopolíticos en una región que cree de su incumbencia, como considera a todo el continente americano. Ningún país gobernado por líderes o partidos de izquierdas han sido tolerados en ese “patio trasero” de EE UU y, tarde o temprano, máximo si poseen capacidad de autosuficiencia y de irradiar su ejemplo, como Venezuela con su petróleo, han sido barridos a las malas o a las buenas del poder. Como las cañoneras están mal vistas en estos tiempos, se recurre a manijeros locales, a los embargos y, ahora, a los cazarrecompensas, antes que acudir a las bombas de crucero y los marines.

Todo esto –y más– sucede mientras permanecemos en nuestras casas desde hace más de dos semanas, sin que apenas nos demos cuenta. La repercusión de tales hechos se notará en nuestras rutinas cuando vuelvan a la normalidad, ya sea cambiando las reglas en las relaciones internacionales, en la política nacional o en el precio de las energías. Así que preparémonos para cuando recuperemos la capacidad de seguir la actualidad en toda su complejidad y diversidad. No ha dejado nunca de actuar e influir en nuestras formas de vida.

DANIEL GUERRERO

29 de marzo de 2020

  • 29.3.20
Cumpliendo con esa invitación a la lectura que días atrás hice para estos tiempos de confinamiento (y que lógicamente yo tenía que ser el primero en cumplirla), al rebuscar entre los numerosos libros que tengo, me he tropezado con un breve texto de mi admirado Mario Benedetti que se encuentra en Vivir adrede, volumen que dormía pacientemente en los anaqueles tras su primer encuentro conmigo allá por el 2008.



Dentro del primer bloque de esos textos breves que contiene la obra, me he detenido en el que lleva por título Guarida. Lo que allí expresa el escritor uruguayo parece, en cierto modo, un vaticinio de lo actualmente nos está pasando con la reclusión forzada. Es por ello por lo que creo oportuno mostrar algunas de sus primeras líneas para reflexionar sobre los sentimientos más profundos que portamos los seres humanos. Dice así:

“El mundo es tan cambiante, tan inesperado, que es bueno construirse una guarida, no solo para desalentar al azar sino también y sobre todo para borrar las culpas que los buenos vecinos nos endilgan (…) En la guarida estamos ilesos mientras cunde algún desastre. Y nos contamos cuentos y encendemos la antorcha”.

¡Y vaya que si es cambiante e inesperado el mundo! ¡Que nos lo digan a nosotros que en los comienzos del siglo XXI creíamos, o nos hacían creer, que los grandes problemas estaban solucionados, por lo que simplemente era cuestión de paciencia para resolver los ‘flecos’ que quedaban pendientes!

Quizás fueran su larga vida, ya que falleció en el 2009 contando 88 años, y las múltiples experiencias vividas las que le indujeron a manifestar lo incierta que es la existencia, por lo que no conviene descartar del todo acontecimientos que nos pueden parecer insólitos.

El futuro, el porvenir, el destino, el azar son distintas formas de expresar que el camino hacia adelante nunca puede estar prefijado del todo, por mucho que intentemos apagar las dudas que nos agobian buscando fórmulas mágicas que anímicamente nos tranquilicen. Pues, tal como apuntaba Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, hemos de ser capaces de soportar un cierto nivel de incertidumbre en nuestras vidas para no caer en la intolerancia y en los dogmatismos.

Bien es cierto que tiempo atrás nadie podía imaginar que un desconocido virus procedente de una provincia del interior de China iba a crear un estado de tensión y alarma a nivel mundial tan alto que parece que tiemblan los cimientos de todos los países del planeta.

Pero, aparte de su socarrón humor cuando alude a esos ‘buenos vecinos’ que nos vigilan para echarnos las culpas, lo que sí me interesa destacar es la idea de que conviene construirse un refugio como protección ante la actual sensación que nos persigue al vivir en un mundo inhóspito y amenazante. Y él habla de ‘guarida’, comparando, de manera metafórica, nuestra casa con el cobijo que las distintas especies animales crean para asegurarse la protección de las agresiones externas.

Ciertamente, de repente ha asomado un sentimiento ancestral que nuestros lejanos antepasados tuvieron que albergar cuando necesitaron refugiarse en las cuevas que encontraron en las zonas rocosas, ya que la vida en el exterior abierto suponía estar pendientes de las amenazas que podrían llegarles de las especies animales depredadoras.

Allí se cobijaron. Allí se sentían seguros. En las cavernas organizaron sus vidas al calor de las hogueras. También comenzaron a realizar los primeros dibujos, cuando con grasas animales pintaron en las paredes de las rocas y a la luz de las antorchas que utilizaron para iluminarse. Por suerte, algunos de esos dibujos nos han llegado, caso de Altamira, y ahora, milenios después, admiramos la belleza de los animales y las figuras humanas representados



Con el paso del tiempo la caverna se transmutó en casa, nombre con el que llamamos al espacio íntimo en el que vivimos dentro nuestro mundo desarrollado. Eso sí, ahora rodeados de numerosos aparatos que nos facilitan la vida, más aún en estos tiempos inciertos que los sentimos como amenazas.

Así, en estas fechas, percibimos la casa con un renacido sentimiento primario, como una huella arcaica que anida en el fondo de todos nosotros y que ha resurgido a partir de la necesidad vital de aislarse.

La vivienda, piso o casa, la sentimos como si fuera un refugio que nos protege del exterior, que ha pasado de ser espacio de relaciones, de contactos, de encuentros, a lugar hostil en el que tenemos que estar el menor tiempo posible. Y, en el caso de que nuestra presencia fuera totalmente necesaria, conviene volver pronto a nuestro personal abrigo (al que Mario Benedetti llama ‘guarida’) para así guarecernos de esa pequeña alimaña que no hemos visto pero a la que tememos enormemente.

De todos modos, tengo que apuntar que los niños expresan en sus dibujos ese sentimiento primario de protección plasmando la casa cuando se les pide que representen la familia. Muchos de ellos, ante esta propuesta, no solo trazan a los miembros que la componen, sino que lo hacen dibujándose en el interior del hogar, como símbolo de calidez y protección, o poniéndola al lado o detrás del grupo familiar.

Así, he seleccionado dos dibujos que explican visualmente lo que he comentado. El de la portada, de un chico de 11 años, muestra con claridad ese sentimiento de protección que le proporciona verse junto a sus padres y a su hermano siguiendo un programa de televisión. En el segundo que acabamos de ver, de una niña de 9 años, la casa adquiere un enorme protagonismo en el conjunto de la escena familiar.

De lo que no podemos tener constancia es de que en las cavernas se contaran relatos, puesto que la lengua hablada no era posible registrarla. Es de suponer que los cuentos, tal como nos dice el escritor uruguayo, aparecieran de manera tardía. Lo cierto es que en nuestra cultura se han configurado como un placer compartido, que ayuda a la imaginación y al desarrollo de la fantasía de los más pequeños.

Y qué decir en estos tiempos en los que se hace casi necesario evadirnos durante unos ratos para distanciarnos de tantas noticias tristes y desalentadoras que nos abruman. Sin lugar a duda, los cuentos, para pequeños y mayores, forman parte de los grandes placeres que se viven en distintas etapas de la vida, hecho que debemos tener en cuenta en esta etapa de reclusión o de vuelta obligada a la ‘caverna’ que habíamos olvidado.

AURELIANO SÁINZ

28 de marzo de 2020

  • 28.3.20
Ya llevo dos semanas sin salir de casa. Trato de leer, escuchar música, ver cine clásico e intento moverme: para ello bailo sevillanas sola, que es un ejercicio fantástico y dedico un rato al día a ordenar los cajones, armarios, el frigorífico... Todo lo que se ponga por delante. Acabo de poner en orden el armario de los bolsos y he encontrado dos objetos que me han hecho sonreír y quererte contar sus historias.



Uno es un pañuelo blanco, pequeño, con un sencillo bordado que me dio una señora. Yo creo mucho en las personas y mi experiencia vital me dice que las buenas abundan más que las malas, aunque estas últimas brillen más por el daño que ocasionan a sus semejantes. Curiosa palabra: "semejante". Y es que todos somos iguales, todos nos ponemos enfermos y nos morimos. Da igual la condición social: la enfermedad no distingue de colores, ni de creencias, ni de posesiones.

Estaba yo en la parada del autobús, no me acuerdo qué año, pero sí sé que era primavera y que había olvidado mi mascarilla para protegerme del polen. No paraba de estornudar por mi alergia y el último pañuelo de papel no aguantaba más. Sin yo pedir nada, sin decir, nada, una señora que estaba en la parada con su marido se me acercó y me dio un pañuelito de tela.

"Quédatelo, lo acabo de coger limpio". Yo en un primer momento rehusé el ofrecimiento porque no era de papel. Podía ser un recuerdo, algo que ella bordó. Insistió tanto y vi que me lo decía de corazón, que le di las gracias y me lo quedé. Llegó mi autobús y me fui a casa y agradecí el vivir en un sitio en el que la solidaridad y la empatía no se han perdido; donde el otro cuenta y no nos posee el individualismo exacerbado.

También he encontrado mi viejo bolso verde de mil bolsillos. Es viejo por la edad que tiene y por todo lo que ha vivido conmigo, pero está impoluto, como si fuera nuevo. Lo curioso de todo esto es que es el bolso más barato que tengo, de tela impermeable. Me costó solo cinco euros hace miles de años.

Es perfecto para los viajes, con sus miles de cremalleras. Te permite compartimentar de todo: dinero, billetes de tren o avión, pastillas, galletitas, llaves, todo lo que se te ocurra... Y es que las cosas más útiles, las que te acompañan siempre, las que están ahí todo el tiempo, no son caras, no son de marca, no son la última moda... Son simplemente objetos que te hacen la vida más fácil. ¡Ah! Se me olvidaba decirte que no pesa nada. Y ya sé que he puesto "miles de años" y "miles de cremalleras"... Pero es que a las personas que son de donde yo soy, nos encanta exagerar...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

27 de marzo de 2020

  • 27.3.20
Estados Unidos y China se acusan mutuamente sobre la causa del origen del coronavirus. Se escribe estos días también sobre qué país logrará la fórmula mágica de una vacuna que nos devuelva de nuevo a la calle a celebrar esta primavera incipiente, a olvidar el confinamiento, la vida monótona que se repite cada día como fotocopias de invernadero.



La pandemia que a todos nos trae en vilo ha aparcado de momento la guerra comercial entre ambos países. Se escribe estos días también que la expansión del coronavirus reactiva el poder del Estado, levanta muros invisibles donde antes las fronteras dejaron de existir, rumbo a una Europa sin traviesas, con alambradas, de terruños blindados.

Se escribe también estos días que esta no va a ser la última gran pandemia que conocerá la humanidad. El virólogo Jared Diamond escribe que conviene empezar a pensar cuál será el próximo virus, y argumenta que, en 2004, cuando se produjo la epidemia del SARS, no lo hicimos y que, como consecuencia, y debido a ello, “no hemos podido evitar la epidemia actual, que casi con toda seguridad tuvo un origen muy similar a la del SARS”. Diamond es contundente y concluyente: “Mientras los animales salvajes sigan siendo utilizados en China como alimento y en la medicina tradicional, habrá más enfermedades de alcance mundial”.

Los detenidos ya no pisan los juzgados. Los interrogatorios se realizan por videoconferencia. Un ciudadano se enfrenta a la Policía Local porque, de camino al supermercado, solo carga en el coche cajas de cerveza. Los sanitarios hacen frente a un enemigo que no estudiaron cuando cursaban los años de Medicina, lo hacen en unidades de Cuidados Intensivos atestadas.

A las ocho de la tarde-noche, los vecinos de medio mundo salen a terrazas y balcones a aplaudir a este sector tan castigado y cansado de los días consumidos y consumados, esperando aquellos otros por venir menos apocalípticos. Un vecino pone música a la noche. Ayer sonó una saeta. Es el tiempo, pensarán muchos.

Leo en El País una crónica de Natalia Junquera. Hugo, que tiene tres años, se esconde en el armario. La madre le pregunta: “¿Qué haces en el armario?”. Para la pregunta incorrecta, el niño tiene la respuesta evidente: “Me escondo del coronavirus, mamá”.

Yo también me escondo del coronavirus. Cada mañana, cada tarde, abro las páginas de un nuevo libro e intento esconderme entre sus páginas. Intento devolver a algún personaje inventado de la historia a la cruda realidad y quedarme yo sumergido en algún capítulo cuyo desenlace no adivino. Pero al final desisto y vuelvo a este mundo que compartimos.

A veces me quedo descubriendo algo nuevo en alguna película que ya he visto veinte veces y, cuando es noche cerrada, salgo a la terraza y miro de nuevo el silencio que nadie quiere, el manto negro salpicado de estrellas, la luz intermitente de los aviones que cruzan el mundo con rumbo fijo a algún lugar adonde guarecerse del fin del mundo.

Los perros duermen. Y cuando los perros duermen, el mundo también duerme. Quizás en un sueño obligadamente compartido cuyo argumento conocemos y reconocemos cada noche. Los días se repiten con una monotonía perfecta, el miedo exige cada vez más otros resortes que no estamos obligados a cederle.

Sabemos que serán más meses los que tendremos que compartir con nuestras sombras, con nuestros errores, quizás ya sin sueños. Lo peor está por venir. Por qué la comunicación institucional se muestra tozuda y por qué no descifran sus mensajes con algo más de esperanza y con menos asperezas. Malos tiempos para la lírica, pensaréis. La cima de la montaña nunca se alcanza. Siempre lo peor está por venir. Después, nos llueven las cifras de los fallecidos, de los enfermos, de los días de desgracia acumulados.

Ahora escucho música. Bueno, no la escucho. Pongo música para espantar el silencio sonoro de estos días. Y salgo a ver la primavera luminosa de esta tarde. E imagino el mar en mis pies, tendido en la arena como tantas tardes en Isla, con un gintónic helado en una mano y un libro cerrado en la otra.

¿Europa fracasa? Las cifras no ayudan a negarlo. Quitan los respiradores a los pacientes más ancianos para ayudar a los enfermos más jóvenes. La vejez siempre se vendió a precio de saldo en todo mercado. La sabiduría de los años no es imprescindible para doblegar a un enemigo que solo muestra su capacidad de destrucción y no su cara. Ahorremos pensiones. También las epidemias aportan beneficios cuantificables.

Siempre amamos las cifras, nos educan con estadísticas, pero no nos dicen que cada número esconde un rostro, un DNI, una vida truncada. Hay muertes sin duelo. El mundo es un improvisado crematorio, un hospital de campaña montado sobre los cimientos de un espacio que albergaba congresos, ferias y otros eventos.

De momento, las ferias y las fiestas están suspendidas o aplazadas. El real de nuestra feria intensiva se abre en el salón de nuestro apartamento y conduce inevitablemente a la cocina. Al fondo alguien toca la corneta, como si el barrio fuera un cuartel. Tal vez sí, tal vez sea un cuartel. Al menos por unas semanas, que os deseo felices. En la medida que se pueda, claro está.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

26 de marzo de 2020

  • 26.3.20
Y dicen que un buen día caímos en la maléfica red de un virus con corona y todo. El país poco a poco y con cierta lentitud fue envuelto en un aislamiento preventivo por un periodo (¿sine die?) que después de san José sería ampliado un par de semanas más. Hay que recordar que la Organización Mundial de la Salud (OMS), máxima autoridad sanitaria, ya advirtió que el coronavirus se puede frenar si se aplican medidas.



La autoridad competente hace público, por razones de seguridad, un confinamiento “a cal y canto” aún mayor, es decir, que no salgamos a la calle bajo ningún pretexto y que permanezcamos encerrados en nuestras casas. Dicho confinamiento se inicia entrado ya el mes de marzo. Otra cuestión será cumplirlo a “pie juntillas”.

En referencia a la situación, el ministro de Sanidad, Salvador Illa, recuerda que “las medidas tomadas por España son las más duras de Europa e incluso del mundo”. El Estado de alarma llega tarde, pero duro. Graves razones sanitarias obligan a permanecer enclaustrados. ¿Salir? Lo imprescindible. Permanecemos en cuarentena por razones sanitarias.

Está claro que la situación es alarmante –yo diría muy alarmante–. Las personas que están muriendo aumentan por días. La mayoría de ellas son personas mayores que, por lógica, son más vulnerables dado que están más achacosas, tienen menos defensas para resistir al susodicho virus. En el momento de escribir estas líneas, se cuentan en España 56.188 casos confirmados y 4.089 fallecidos.

Estamos ante una pandemia, que según el Diccionario de la Real Academia Española, es una “enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región” (sic). Dicha pandemia, originada en China, ha dejado más de 473.500 personas contagiadas además de provocar la muerte a más de 21.500 personas en todo el mundo.

Este tipo de situaciones pandémicas suelen mostrar la valía de muchas personas de todas las edades y profesiones, sanitarias, policiales o simplemente personas corrientes, todas ellas capaces de entregarse al prójimo hasta donde haga falta.

Por desgracia también hay “malajes” (desagradable, que tiene mala sombra) a los que se les está recordando y de paso avisando que ser jóvenes no les hace invencibles, y también podrían morir a causa del virus. Problema: no ven necesario vivir recluidos.

Catástrofes de este tipo hemos tenido bastantes a lo largo de la historia humana. En el siglo XIV, la Peste Negra se llevó por delante, según estimaciones de los expertos, unos 200 millones de vidas. Hubo un antes y un después, otras ocasiones que amargaron la realidad del vivir humano. La Peste Negra marcó un hito fatídico.

De dicha etapa viene el nombre de “cuarentena” que consiste en “un aislamiento preventivo al que se somete a alguien por razones sanitarias durante un determinado tiempo para evitar que contagie su enfermedad”.

Quizás el motivo menos conocido sea el religioso, según cita Alfred López. Entre el pueblo judío hay abundantes eventos relacionados con la cuarentena: los años que Moisés vivió como pastor; el tiempo que pasó en el monte Sinaí hasta bajar las Tablas de la Ley; los años que los hebreos deambularon por el desierto hasta poder llegar a Tierra Santa; los días que Jesús pasó ayunando... También la Cuaresma dura cuarenta días, entre Carnavales y Semana Santa.

Otra explicación de dicho término hace referencia al puerperio, “período que transcurre desde el parto hasta que la mujer vuelve al estado anterior a la gestación” (sic). En definitiva, son cuarenta días que, en muchos de los casos, no llegaban a completarse.

También se aplicaba a los barcos cuando arribaban a puerto, ya que eran los que en sus bodegas llevaban al portador de la peste. Poco se podía hacer en aquella época para luchar contra ella. Las máscaras del carnaval de Venecia surgen en el siglo XVI para protegerse los médicos de los apestados. La “máscara de pico”, típica del carnaval, se conocía como “il Dottore della peste”.

Con frecuencia he dicho que en las distancias cortas es donde una persona se la juega. Con ello me saltarán una serie de palabras cargadas de consideración, de entrega y de servicio para con los demás. Paso a dejar un recuerdo de las actitudes positivas y generosas, desprendidas, caritativas, dadivosas, bondadosas, nobles... de muchas personas que se están dejando parte de su vida en este callejón. Un detalle casero.

En el bloque donde vivo, una de las mañanas, nada más empezar la alarma, encuentro en el interior del ascensor una breve nota avisando a los vecinos que si alguien con dificultades necesitaba ayuda (ir por avituallamiento, agua, medicinas…) que contaran con ellas. Era el ofrecimiento que hacían dos chicas a las personas que lo necesitaran. ¡Magnífico!

Indudablemente este periodo de nuestras vidas será duro, tanto para enfermos por culpa del virus como para las personas que pierdan su trabajo. Cuando la angustia de esta plaga pase nos espera el sobresalto de lo que pueda ofrecer el mercado laboral a corto plazo. Esperábamos una crisis, pero nunca una de tipo “medieval”, es decir una “peste” que afectará el entramado económico, social y demográfico.

Los viejos estaban infestados de soledad: ahora son personas de riesgo y no deben salir para no contagiarse ¿Miramos por ellos? Seguro. Pero salta una duda. Si se contagian llevan todas las de perder y colapsarán aun más los hospitales… Quietecitos en casa, para no contagiarse. La verdad es que se mire por donde se mire, los viejos somos un estorbo. Este pensamiento recorre calles, prensa y demás medios de comunicación.

Vejez y soledad serán cada vez más comunes. En fin, nuestro mundo siempre ha estado infestado de malas personas... Parece que somos muchos viejos en esta sufrida barcaza y, como la muerte tarda, la “naturaleza” nos ha mandado un virus capaz de todo.

Crónica y recorrido del maléfico virus en España. El 31 de enero se conoce el primer diagnosticado. El 9 de febrero aparece el segundo positivo y el 13, el tercero. El cuarto emerge el 24. El 25 aparece el octavo y el 26 ya tenemos 14 contagiados conocidos.

Sanidad tranquiliza al personal afirmando que si alguien ha venido de zona de riesgo no tiene que hacer nada. El 27 son ya 27 los contagiados y el 28 subimos a 59 infectados. Oficialmente se anuncian posibles medidas pero sin concretar.

El 1 de marzo hay 84 casos; el 2 subimos a 125; el 3 son 169 y un fallecido; el 4 hay 228 casos y dos fallecidos; el 5 llegamos a 282 y un muerto. Desde el Gobierno animan a llenar las calles el 8 de Marzo. ¿Grave error? Respeto a las mujeres, comparto alegrías y tristezas con ellas. En estos digitales he defendido sus valores y capacidades…

El 6 aparecen 365 casos; el 7 hay infectados 430 y 10 muertes, aunque el brote (dicen) está bajo control. El 8M infectados hay 674 y 17 muertos. El 9 se insta a no salir a la calle por un cambio de situación en el tema; el 13 amanece con 300 infectados y 100 muertos; el 14 se declara el Estado de Alarma (¿Estado de sitio?). La demora en el transcurrir de la contaminación es gorda.

El Gobierno cada día nos tranquiliza en la medida de sus medios, nos anima recurriendo a un llamamiento a la tranquilidad, nos apacigua con promesas que esperemos puedan cumplirse porque, en caso contrario, la mayoría del “populus” lo pasaremos muy mal. Al menos, eso sí, ya tenemos papel higiénico…
PEPE CANTILLO

25 de marzo de 2020

  • 25.3.20
Queridos amigos: ¡qué malos hijos tendrá esta señora doña Tierra, para que el niño Boris (que es un rajón), el Donaldo (que allá le va...), el de los ojos achinados (que a quién habrá salido...), el Pedrín y toda la numerosa ralea de esta oronda señora; para que, digo, la única manera de que se queden quietos sin matarse en las carreteras, sin echar bombitas de peste que le tienen a la pobre mujer y a toda la calle los estómagos levantados; en fin, sin hacer tantas trastadas, la única manera, digo, sea castigarlos sin salir mientras a ella le salga del moño! ¡Tenga usted familia numerosa para esto!



Y luego pagan justos por pecadores... No que al Solanito y al Jose, que son buenecetes, también ha habido que castigarlos, por tal que no se diga en la calle de Los Planetas que doña Tierra quiere a unos más que a otros... ¡Hay que joderse (que no nos oiga mamá diciendo picardías)! Nada, nada: un cachete a tiempo tampoco le hace daño a nadie...

Dice doña Tierra (madre al fin) que la culpa son las juntas; que los niños de más chicos no eran así, pero que desde que se les pegaron el Fondomonetarillo ese, el Banquito (¿no será el Paquito?; a la doña estos niños la tienen "más liada que la pata un romano"), uno que le dicen el Topamí y otros pocos así... La pobre señora, más buena que el pan blanco, ni siquiera conoce por sus nombres a toda la pandilla, pero ya le daban mala espina.

¿Y qué puede hacer una madre con tanto niño, mire usted, con la de cosas que tiene una? Y todo el día con los aparatillos esos, que parece que cuelgan de los árboles, que si "ja, ja" y "xq sí" y a hacer gansadas que le dicen, cree, retos... ¡Pero señor!, ¿los retos no eran una cosa de las novelas de caballerías, o unas tiendas de segunda mano?

Y luego, como está la tele. ¡Ojalay, ojalay, dice doña Tierra, hubiera nada más una televisión como cuando ella de más chica, a joderse con los coros y danzas y Luis Aguilé; pero luego había cosas la mar de bonitas, como cuando los teatros y la clave; y los programas de música (que a la señora Tierra –Tierri que le decían en su juventud–, como a toda la calle Planetas, la música siempre le hizo tilín como una cosa muy suya). Que sí, que anunciaban el Soberano y los cigarros rubios... Pero, ¡anda, que ahora con lo del juego! A ver, el tabaquillo y el vino, al fin y al cabo agricultura son: de la tierra vienen y conocemos quienes lo producen, nuestros vecinos son.

Y también se "jarta" uno de darle al frasco o al cilindrín: ¡qué curdas, que les dicen "jumeras" cuando se complican con el tabaquillo, vio Tierri de joven, que estaba más pendiente! ¿Y esto qué juego ni qué leches es? Para juego las canicas, el de la oca y hasta el “candicrás “. ¿Y en qué fanega se planta el juego ese de la tele? ¿En qué campo se recoge? Vamos, que quién produce.

Y que no tiene “jartura”: mientras más les dan, más quieren; y ni como el bingo, que por lo menos había que ir al sitio, se socializaba y tenía un horario: está uno solo a las tantas y “jugando” por la tele. Le da a la señora Tierrra en la nariz que lo que hay es “muncha “ mafia y mucha ruina. Y el Boris, el Donaldo, el Pedrín, ¡hala!, a decir que no es tan malo, mama, y el otro día llegó un facturón...

Nada, nada. Castigados sin salir, a ver si le bajan los humos. Y que pagan justos por pecadores, a ver... ¿Aprenderán algo los “joíos” niños estos? El otro día, doña Tierra Gea de Dios (que es su nombre completo, Pacha para los amigos) pegó la oreja al suelo por oír qué tramaban esos bribones. ¡Pues no que uno de los más tontos (doña Tierra es madre, pero no ignoranta) le estaba diciendo a otro que la que iban a liar de fiesta y follón cuando los soltara nuestra señora, en vez de estarse tranquilitos!

¡Otros pocos días en casa! ¡Pendejos! ¡Granujas! ¡Manteses, como decía mi abuela! Ahora se acuerda Tierri del nombre de una coplilla moderna, que ya tenía casi olvidada, de la Laurie Anderson: Language is a virus, “El lenguaje es un virus”. ¿No será Human is a virus, “El ser humano es un virus”?

Con lo monos que eran de chiquititos… A ver si aprenden, leñe.

JOSÉ ANTONIO PONFERRADA

23 de marzo de 2020

  • 23.3.20
Como si no acumulara suficiente desprestigio, una nueva mancha ha venido a empañar los brillos de la Corona real, aquella que cubre la cabeza inviolable y no sujeta a responsabilidad del Rey, aunque sea emérito. Parece que la fatalidad es el destino de una monarquía que nació de forma irregular, por capricho de un dictador; impuso “democráticamente” su legitimidad mediante un referendo sobre la Constitución que no ofrecía ninguna alternativa; actuó decisiva y ejemplarmente en momentos críticos de involución democrática, cuando los residuos del antiguo régimen pretendieron restaurar violentamente el fascismo; se le consintió un comportamiento personal licencioso e hipócrita, con sus amoríos y amistades de dudosa reputación; y ha acabado como empezó: el hijo repudiando al padre para salvar a la Corona.



Un historial nefasto para una institución que debe representar a los españoles, encarnar la Jefatura del Estado, y que aspira a eternizarse por vía consanguínea hereditaria. Tal vez esto último sea su mayor y más grave problema: que está condenada a un legado genético en el que no prima el mérito ni la capacidad, menos aún el refrendo soberano de la ciudadanía.

Don Juan Carlos de Borbón y Borbón, Rey emérito al ser jubilado del cargo y sucedido por su hijo Felipe, en quien abdicó en 2014, siempre fue un tipo campechano, sospechoso de trapicheos oscuros, aficiones privilegiadas (los elefantes de Botsuana y los yates de Palma de Mallorca lo atestiguan) y proclive a las malas compañías, todo lo cual le era tolerado mientras redundara en réditos para el país y a su empeño de abrirse al mundo, donde otras monarquías, como la saudí, lo acogían como un miembro de la familia, posibilitando unas relaciones que la vía diplomática no conseguía.

Pero su acceso al trono no fue voluntario ni elegido por sus “súbditos”, sino impuesto por un dictador que, tras salir victorioso de la guerra civil que había desatado contra la República, vio en aquel niño el instrumento para perpetuar su régimen autoritario en una monarquía reinstaurada, moldeada y “atada y bien atada” de acuerdo a sus gustos imperiales.

No respetó siquiera la línea de sucesión de una monarquía española de amplio recorrido histórico, sino que convirtió España en un reino a partir de un eslabón nuevo que Franco se encargó de educar y preparar para el futuro monárquico que él había planificado.

A tal efecto, promulgó una Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, convertida en ley fundamental de aquel régimen que dejaba todo previsto y aclarado. Tal es, sin duda, el “pecado original” de la monarquía parlamentaria que el rey Juan Carlos I, ejerciendo de jefe del Estado, quiso hacerse perdonar con el desempeño escrupuloso y constitucional, para dejar atrás la dictadura, de su papel arbitral en la política del sistema democrático surgido en 1978. No es cuestión, pues, de negarle méritos, porque es indudable que el rey Juan Carlos ha prestado grandes servicios al país como su más alto servidor público. Pero se los ha cobrado.

Durante sus más de 39 años de reinado, el Rey emérito compaginó su simpática y excelente imagen pública con sus tentaciones y avaricias, siempre al amparo del silencio y el respeto con los que su figura era tratada por los poderes públicos, los medios de comunicación y la sociedad en su conjunto.

Una imagen reforzada por su decidida intervención a la hora de frenar, no secundándola, la intentona golpista del teniente coronel Tejero quien, al mando de un grupo de militares y guardias civiles más el apoyo civil de la ultraderecha, pretendió liquidar la neonata democracia con aquella orden de “quieto todo el mundo”, pronunciada, pistola en ristre, en el Congreso de Diputados, en febrero de 1981.

De eso hace ya muchos años y las rentas del prestigio no dan para vivir tanto. Menos aún si se dilapida la fortuna de manera insensata y deshonesta. Escándalos y abusos han arrinconado al rey Juan Carlos, despojándolo de la máscara de autoridad moral con que ocultaba sus vergüenzas, confiado en su impunidad constitucional.

Lo que se silenciaba pero se sabía o intuía, lo que tapaban los poderes públicos y protegían con celo los servicios de inteligencia, ha terminado por aflorar, imposible ya de contener la bola inmensa de sinvergonzonería que ha ido engordando con pasión real.

Ya no son simples affaires sentimentales, viajes secretos o imprudencias en safaris de piezas mayores. Ya son conductas indecorosas, corrupción y supuestos delitos cometidos bajo el manto protector de su inviolabilidad. Trapicheos de envergadura que afloran bajo las faldas de una de sus incontables “amigas”.

La cosa se conoce porque la Fiscalía de Suiza investiga el entramado societario de una cuenta en un banco de aquel país, Mirabaud, que recibió 100 millones de dólares en 2008, transferidos desde Arabia Saudí. Esa cuenta era controlada por la fundación Lucum, domiciliada en Panamá y administrada por testaferros, uno de los cuales es un primo del Rey emérito.

El primer beneficiario de la fundación y de la cuenta era don Juan Carlos. Y de esa cuenta salieron 65 millones de dólares, en 2012, como donativo a favor de Corinna zu Sayn-Wittgenstein, una amiga íntima del Rey, la que lo acompañó a Botsuana, aparecía junto a él en actos oficiales y le asesoraba en otros temas.

La misma cuenta de la que también salieron otros dos millones para otra “amiga” del Rey, Marta Gayá. Al parecer, esta forma de romper una relación sentimental ha sido una constante del monarca, ya que utilizó idéntico procedimiento cuando acabó su “amistad” con Bárbara Rey. Entonces la despreciada actriz española amagó con contar lo que sabía, fue sometida a amenazas y acabó recibiendo otro generoso “donativo”, como el que se repitió con Corinna, que la hizo callar para siempre.

Lo peligroso de todo ello no es la desfachatez faldera del monarca, sino los delitos fiscales y la corrupción que supuestamente deja traslucir el comportamiento licencioso del rey Juan Carlos. Porque, gracias a la labor de la justicia extranjera, puede seguirse ya la pista del dinero, cosa que en España ha sido imposible a causa de la inviolabilidad del Rey.

Por eso se sabe que el ingreso de 100 millones de dólares se produce después de firmarse un acuerdo comercial entre España y Arabia Saudí para la construcción del AVE a la Meca, un acuerdo facilitado por las relaciones “familiares” entre ambas monarquías y rematado con la entrega de la medalla del Toisón de Oro al soberano saudí. La justicia suiza investiga una trama dineraria que acabó engrosando la cuenta del Rey tras pasar por testaferros y empresas offshore, el recorrido habitual para camuflar dinero negro y comisiones opacas.

Y esa era, precisamente, la dedicación “oficial” de la amiguita del Rey, ser “comisionista”, como ella misma se definía. Mientras mantuvieron la relación, Corinna tuvo conocimiento y accedió a información sobre la trama de empresas, fundaciones y testaferros de los que el monarca presuntamente se ha servido para ocultar su patrimonio. Un patrimonio millonario acumulado durante años, cuya procedencia jamás se ha hecho pública y ha eludido siempre la acción fiscalizadora de Hacienda.

Lo grave del asunto, por tanto, es que descubre a un Rey que cobra comisiones aparte de su “sueldo”, oculta su dinero a través de una red de corrupción y practica la elusión fiscal para no pagar impuestos. Es decir, además de la moralidad farisea de una monarquía que se exhibe como católica practicante y casa a sus hijos según los ritos de esta confesión religiosa en suntuosas catedrales (mientras comete infidelidades, separaciones y nupcias con divorciadas...), la actuación del Rey emérito desvela que supuestamente es capaz de cometer delitos que su fuero privilegiado no permitía, al amparo de la inviolabilidad que lo protegía. Se ha comportado supuestamente como un delincuente real.

La inviolabilidad del jefe del Estado es un escudo legal para proteger la institución e impedir su desestabilización por medios judiciales o políticos, no para amparar conductas delictivas de las personas que la encarnan o representan.

Con todas sus salvaguardas y fueros institucionales, hasta el Rey está sometido a la igualdad ante la ley, como el resto de los ciudadanos. Por eso es muy grave lo realizado presuntamente por don Juan Carlos de Borbón. Tan grave que su hijo, el actual rey Felipe VI, se ha visto obligado a difundir, en pleno estado de confinamiento del país, un comunicado desligándose de las actuaciones de su progenitor, renunciando a toda herencia que pudiera corresponderle a él y a su hija, la princesa heredera del trono, de ese patrimonio oculto, reconociendo que no tenía conocimiento de tales actividades ni que fuera nombrado beneficiario de su entramado societario y anunciando que avisó a las “autoridades competentes” de todo ello.

Ha tenido, pues, que “matar” a su padre para defender la monarquía, como su padre tuvo que hacer con su abuelo, que también tenía dinero en Suiza, para poder ponerse la corona que Franco le entregó arbitrariamente, en un acto autoritario más del dictador para impedir que los españoles eligieran un futuro no diseñado por él.

Una gravedad que se acrecienta cuando, en el propio comunicado de la Casa Real, se informa de que el rey Felipe VI hacía un año que conocía todo este embrollo escandaloso de su padre por ocultar una fortuna en paraísos fiscales.

Y lo sabía porque, según detalla en el comunicado, en marzo de 2019 recibió una carta de un despacho de abogados londinense en la que le comunicaban que había sido designado como beneficiario de la fundación Lucun, cuando su padre muriese.

A pesar de ello, no es hasta ahora, un año después, cuando el Rey ha proporcionado esa respuesta contundente, que ha hecho pública la Casa Real, con la que se desliga de su padre, de sus actividades y de sus negocios cultos, renunciando a toda herencia que pudiera legarle, fruto de ese patrimonio oculto. Contundente, pero algo tarde.

Una sociedad madura como la española admite que sus próceres no sean las idílicas personas que se imaginan, mientras puedan ser reprendidas por la justicia cuando cometen delitos. Del Rey al porquero, tomos somos iguales ante las leyes, aunque algunos, en función de su cargo, posean fueros y privilegios que hagan más escrupulosa la acción de la justicia.

Y en estos tiempos en que se exige a la totalidad de la población el acatamiento estricto de las órdenes del Gobierno para guardar un confinamiento riguroso en sus domicilios, so pena de sanciones, hubiera sido deseable que el mensaje que el rey Felipe VI dirigió a la ciudadanía, agradeciendo su colaboración y responsabilidad por tales medidas sanitarias, incluyera alguna referencia a la responsabilidad de todos, incluyendo a su padre, en el respeto a la ley, de la que nadie está exento.

Hubiera sido un detalle de honestidad y lealtad hacia un pueblo, al que representa, que afronta estoicamente momentos de grandes dificultades. Entre otras cosas, porque tan letal es para la sociedad la epidemia del coronavirus como la existencia de un presunto delincuente real. Y ya que habla de una cosa podría también hablar de la otra.

DANIEL GUERRERO


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