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10 de noviembre de 2019

  • 10.11.19
A finales de octubre asistí al II Congreso Internacional de Neuroeducación que se celebraba en la Universidad de Barcelona. Ya lo había hecho con anterioridad en el primero que se había desarrollado dos años antes, por lo que me pareció de gran interés continuar con esta nueva línea que se ha abierto dentro del campo educativo y que considero que implica aportaciones relevantes e inéditas.



Desde hace bastantes años conozco la ciudad debido a las visitas que he realizado, fuera por mi participación en congresos que se organizan en sus distintas universidades o por razones familiares, ya que mi hijo Abel reside en la ciudad condal. Sobre ella, creo que no es necesario que diga que Barcelona es una magnífica urbe que compite con Madrid en muchos aspectos: población, cultura, desarrollo industrial, turismo, etc., por lo que merece la pena visitarse al menos en alguna ocasión.

Por otro lado, también creo que resulta obvio indicar que la ciudad se encuentra en una situación convulsa como consecuencia de los retos independentistas que se despliegan tanto en la ciudad como en otros lugares de Cataluña. Incluso, algunos actos recientes han impactado en todo el país por el grado de violencia desarrollado por algunos grupos fanatizados.

Pero no voy a entrar en un tema que conllevaría un largo y complejo debate, sino que deseo centrarme en una noticia de la que tuve conocimiento durante mi estancia y que me dejó asombrado, pues para mí, que llevo muchas décadas como profesor universitario, nunca había conocido nada similar, puesto que resulta una abierta alteración de todo un proceso educativo.

Se trata de que algunos rectores han decidido implantar, sin contar con la aprobación explícita de los claustros universitarios, un sistema de ‘evaluación flexible’, de modo que aquellos estudiantes que, movilizándose en apoyo al ‘procés’ y no asistiendo a las clases como forma de protesta, puedan realizar una prueba o examen final que sea equivalente a la asistencia que realizan los estudiantes que sí acuden a las clases.

Para que podamos comprender correctamente el significado de esta cuestión conviene que realice algunas observaciones acerca del actual sistema universitario español.

Desde hace aproximadamente una década se implantó en las universidades españolas el denominado Plan Bolonia, del que la ciudadanía sabe algunos aspectos. El más conocido es que se eliminaban las licenciaturas (normalmente de 5 años de duración) y las diplomaturas (de 3 años), siendo sustituidas por los grados (de 4 años en España), que podrían ampliarse con los másteres (de 1 o 2 años), como forma de especializarse.

Dentro de las modalidades pedagógicas, se introdujo la denominada evaluación continua, que podría sustituir a los exámenes en aquellas asignaturas que así lo recogieran en sus programas o guías docentes, como ahora se les denomina.

En mi caso, puesto que así queda plasmado en las asignaturas de Educación Artística que imparto, siempre he optado por el sistema de evaluación continua, ya que creo que es el más justo y con el que mejor aprenden los estudiantes universitarios, puesto que el profesor tiene que implicarse mucho más en la clase, orientando tanto los aprendizajes teóricos como las actividades prácticas. Por otra parte, el alumnado lo prefiere, ya que le resulta mejor realizar la asignatura a base de trabajos que se les van corrigiendo, y, de este modo, saber las calificaciones que obtiene con los que se llevan realizados.

Esto, como contrapartida, conlleva el que los estudiantes asistan de modo regular a las clases, ya que si no se hace así no hay tal aprendizaje y evaluación continuos. Lógicamente, en mis asignaturas tomo nota de aquellos casos que por distintas razones no han podido asistir (enfermedad, problemas familiares, asistencia a alguna otra prueba, etc.).

En el caso de las universidades que estoy comentando, los rectores que han tomado esta medida la han justificado indicando que con ella se evitan los enfrentamientos en los campus universitarios.

Sin embargo, esto implica graves contradicciones, que paso a comentar. La primera es que se cede ante la presión que ejerce un sector (quizás, minoritario) de estudiantes que logran alterar los procesos educativos en su favor, y que, por muy respetables que sean sus ideas (si se llevan por cauces democráticos), van en detrimento de los criterios ya establecidos en las guías docentes que se actualizan y se aprueban antes de comenzar cada curso, y que, a fin de cuentas, es el ‘contrato’ que realizan las universidades con los estudiantes que pagan sus matrículas para recibir lo que se indica en esas guías.

Por otro lado, se cambian los criterios pedagógicos, en el sentido de que los conocimientos ya no se obtienen a través de un proceso continuado sino que se vuelven a los sistemas memorísticos que predominan en las pruebas o exámenes finales.

Además, no se cumple con una de las funciones relevantes que tiene la educación universitaria, puesto que, además de la preparación para la obtención de un título que capacita para una determinada profesión, se busca también la formación para ser personas adultas y responsables de sus actos; no sujetos inmaduros y caprichosos a los que se les protege de sus actuaciones.

Ellos deben saber que, por ejemplo, cuando un trabajador se pone en huelga corre ciertos riesgos, sean de tipo económico, de posibles sanciones e, incluso, en situaciones extremas les puede afectar a la propia estabilidad en el trabajo. La huelga o el paro no es un juego de adolescentes que creen que pueden actuar de manera coactiva sin que sus actuaciones les pasen facturas.

Entiendo que todo esto tiene un trasfondo ideológico del que prefiero no extenderme, puesto que la ruptura generada por el ‘procés’ en el campo institucional, político y ciudadano, se vive tanto en Cataluña y en el resto de país como una alteración de la convivencia con consecuencias bastantes graves.

Sin embargo, lo que nunca me podía imaginar es que los rectores de esas universidades públicas catalanas, que deben mantenerse ideológicamente neutrales en sus funciones y defender la legalidad institucional (ya que esto es distinto a la denominada ‘autonomía universitaria’), bajo el criterio de “evitar conflictos en los campus universitarios”, respaldaran o cedieran a los chantajes de aquellos estudiantes que desean imponer sus ideas a toda costa, incluso alterando algo tan esencial como son los programas o guías docentes de las asignaturas.

AURELIANO SÁINZ

9 de noviembre de 2019

  • 9.11.19
Es preocupante que la ciudadanía acepte que los representantes públicos roben y vayan a lo suyo. Es preocupante que haya gente que se decante por partidos anticonstitucionalistas que solo quieren coartar la libertad del otro, del que no piensa como ellos. España es una democracia joven que aún no entiende que pueden caber bajo su nombre distintas ideas y sentimientos que han de ser respetados. Respetar lo tuyo y lo mío.



Sigue habiendo mucha gente que quiere que todos seamos iguales y no lo somos. Cada uno de nosotros tiene un ADN distinto y una historia vital diferente. Es frustrante ver cómo la clase política habla de recortes y de desaparición de las pensiones mientras ellos roban dinero público sin pudor y sin que les remuerda la conciencia.

La adoración al becerro de oro les ciega y no nos ven. Algunos dicen ser cristianos pero no les duele el dolor del prójimo. Porque el prójimo sufre porque no tiene recursos para subsistir, porque no tiene trabajo o un techo en el que cobijarse. Y muchos de ellos vienen de la clase baja trabajadora que, de un día para otro, perdió su sustento porque el sistema prefiere sueldos más bajos en países pobres o robots que no sienten.

Votamos a opciones vacías, a programas que no existen o no se cumplen porque mentir ya no es pecado. La derecha arrincona a una mujer preparada para poner a un hombre que tardó mil años en sacar una carrera fácil. Se prefiere al muñeco de trapo que a la abogada del Estado.

La izquierda no aprendió nada de la guerra y vive en sus compartimentos estancos llenos de barreras. Pelean como gallos y, mientras, los que creen en ellos, los que quieren un mundo más justo, miran desde abajo sin entender por qué no los ven. Personas que son números y no carne y hueso.

Un partido que se erigió en estandarte de la limpieza, que quería ser la mano dura contra la corrupción, que parecía un soplo fresco y resultó ser humo negro. Del naranja al negro. Y ante el caos reinante empiezan a surgir esos partidos nacionalistas, esos que siempre provocan guerras sin sentido bajo una bandera que llora porque no quiere que la usen como arma.

Debates políticos sin propuestas políticas, pantomimas que se ríen de nosotros. Faltas de respeto como en el peor amarillismo; egos inflados y ausencia de puentes para hacer un país mejor. España ni es un nombre, ni un escudo ni una bandera. España son millones de personas que quieren vivir en paz, que quieren comer todos los días, tener un trabajo y tomarse una cervecita los fines de semana con sus amigos. El español es dócil, a veces demasiado, pero si está contento, si tiene lo necesario, no se echa a la calle a pegarse con nadie. No ve al enemigo en el vecino.

Quiero políticos que unan y no dividan, que piensan en todos, que busquen la estabilidad social y que no se crean nada, salvo unos simples servidores de la ciudadanía que es quien les paga. Volveré a votar con el corazón y la cabeza esperando que la sociedad mejore, que la gente sufra menos y que las posibilidades sean iguales para todos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

7 de noviembre de 2019

  • 7.11.19
Inicio estas líneas con una referencia de prensa sobre la Cumbre del Clima que se va a celebrar el próximo mes de diciembre. La ONU confirma que tendrá lugar en Madrid tras la renuncia de Chile. La cita está calentita aunque reconozco que no entra en el grupo de los pequeños gestos. El encuentro, en el que se prevé una asistencia de 25.000 personas, se celebrará entre el 2 y el 13 de diciembre próximos y, sin duda, es de interés mundial por su importancia.



España, ante la renuncia de Chile, se ha ofrecido para acoger esta Cumbre del Clima. La oferta la hace un presidente en funciones con la esperanza de que será la voz del pueblo en dichas fechas. ¿Pequeño gesto? ¿Gran farol? ¿Fe total en “los hados” como “fuerza desconocida que obra irresistiblemente sobre dioses, hombres y sucesos”?

Diez claves para entender un poco mejor este pequeño universo climático. Por su interés cito: ¿Por qué es importante la COP25? En síntesis, “la próxima Cumbre es la última reunión para activar el Acuerdo de París, cuya vigencia debe comenzar en enero de 2020. Dicho Acuerdo es vinculante de cara a limitar el calentamiento global”.

Mis líneas de esta semana se quedan apocadas ante tal evento. La polución, la escasez de agua potable, la deforestación por la quema de bosques, la desertización, el deshielo, el calentamiento global... piden soluciones globales y una legislación ambiental con compromisos de todos los Estados. El talón de Aquiles está en dichos compromisos.

Una curiosidad. Aquiles es un famoso héroe de la mitología griega. Todo su cuerpo era invulnerable, menos en el talón. Cuenta la leyenda que una flecha envenenada fue la causa de su muerte al clavársele en su punto vulnerable: el talón derecho.

El dicho permanece entre nosotros y alude a posibles puntos débiles de las personas e instituciones. Soberbia, orgullo, avaricia, envidia, ira, fastuosidad, vanidad, mentira, endiosamiento... pueden ser algunos elementos decorativos de personas y gobiernos. Puntos débiles del ser humano que lo caracterizan y por donde le puede entrar la flecha.

Vivimos en un mundo que nos convierte en interdependientes unos de otros; los problemas de unos afectan a los otros: emigración, deterioro del medio ambiente… son problemas que tienen una dimensión global, por eso las soluciones deben ser a escala global, porque sin acuerdos internacionales no encontraremos soluciones para ellos.

Este nuevo orden mundial debe estar basado en la justicia, la solidaridad, la cooperación y el interés común. En definitiva, en valores que garanticen los derechos de todos los seres humanos. A problemas globales, soluciones globales.

Habrá que hacer esfuerzos enormes dado el fracaso de algunas reuniones celebradas ya como la Cumbre de Río (Brasil, 1992) o el Protocolo de Kioto (Japón, 1997) donde no se llegaron a acuerdos y algunos países se descolgaron abiertamente.

En diciembre de 2015, la Cumbre Internacional sobre el calentamiento del Planeta y cómo evitar que dicho calentamiento fuera a más volvió a crear esperanzas. Los asistentes aceptaban la propuesta de la anfitriona (Francia) porque les parecía justa y equilibrada. El objetivo, al que se adhieren los firmantes, estaba en evitar que la temperatura global llegase a superar dos grados más. ¿Objetivo conseguido?

Según la prensa estaríamos ante un pacto universal tendente a reducir las emisiones de CO2. En dichas fechas dijeron que la Cumbre había sido todo un éxito (¿!?). Cuatro años después hay serias dudas sobre tal logro. ¿Intereses y dudas van juntos?

¿Declaración de buenas intenciones al ser rubricado el tratado por los países asistentes? ¿Gestos magníficos aunque lleguen con algún retraso? Pero como dice el refrán, “nunca es tarde si la dicha es buena”. Todo lo que podamos conseguir por la vía de compromiso político sea bienvenido. Algunas preguntas saltan solas: ¿Hay voluntad real de afrontar los problemas? ¿Todos los firmantes cumplirán?

Contrapartida. El cálculo de contaminación que ocasionó el desplazamiento de miles de personas para asistir a dicha Cumbre (2015) fue de infarto. La cita que adjunto habla por sí sola: “Una cumbre que ha consumido 300.000 toneladas de CO2 en aviones privados, delegaciones y consumo energético debería ser un evento histórico”.

Pero no queda claro. ¿Cuánto costará la Cumbre de Madrid? ¿Quién paga dicha factura incluidos los invitados especiales? El lugar elegido para celebrar la próxima cumbre del clima (COP25), podría acoger hasta 25.000 personas.

Cierto que el mayor daño medioambiental proviene de grandes empresas que producen diversos artilugios para los ciudadanos. Si hacemos referencia al mar, grandes barcos van dejando mierda a lo largo y ancho de los océanos. Economía pura y dura manda. Los océanos están plastificados a más no poder. Ejemplo reciente de daño ecológico son la gran cantidad de peces muertos en el Mar Menor. Hablan de algunas toneladas.

Los grandes gestos son necesarios. Implicar al máximo de países en esta debacle es un deber de todos. Los pequeños gestos de los ciudadanos ¿qué lugar ocupan? Una parcela muy importante y nada despreciable es lo que podemos hacer cada ciudadano para que el globo terráqueo no se caliente aun más.

Todos nosotros tenemos derechos y deberes y, en el ámbito ecológico, todo ladrillo hace pared. Consumir racionalmente agua, combustible, está en nuestras manos. ¿Cuántas veces cogemos el coche sin necesidad? El grifo del agua es fácil de abrir pero somos lentos en cerrarlo. Podríamos seguir con la letanía de este rosario nefasto.

Indudablemente, hablar y tomar conciencia de la macroecología es importante, pero esa misión atañe a la supraestructura planetaria; hablar y sobre todo actuar en el día a día y en cuestiones muy concretas, cercanas, caseras, es cosa de todos. A eso le llamamos reciclar. Cuando devolver botellas de vidrio se pagaba tirábamos menos envases.

La gente joven es la más concienciada en eso del reciclaje, tengo que reconocerlo. Les preocupa esa mezcla de latas, botellas, envases varios, plásticos… que hacemos junto a la basura orgánica. Y nos recuerdan que hay que separar tan diversos elementos. ¿Sí? Ciertamente, pero... ¿consejos vendo y para mí no tengo?

Da pena ver la ingente cantidad de porquería que queda esparcida por cualquier lugar dedicado un fin de semana tras otro, o con motivo de una fiesta inventada, para celebrar un botellón más. El campo de batalla de una noche “botellonera” de orgía y desenfreno es dantesco. Leo: “Un centenar de denuncias por beber en la calle y fiestas en pisos en la noche de Halloween”. La nueva moda, consistente en tirarle huevos al tráfico y a la gente, se llama “egging”. Dicha broma es el reto viral en Halloween. Leo: “Tres menores identificados por herir a un conductor al lanzarle huevos en ‘Halloween’”.

Detalles curiosos. Cuando la vejiga aprieta hay que mear. ¿Dónde? En cualquier sitio porque la calle es amplia y grande y, total, meada de más o meada de menos... Si, además, concurre un apretón de vientre, hay que cagar. ¿Dónde? Al amparo de un coche está bien. No estoy tocando de oídas en este tema.

Las calles de algunas ciudades apestan a orina, sobre todo en algunos rincones, hasta el punto que se tendrán que plantear si baldean añadiendo al agua zotal “desinfectante o insecticida que se usa generalmente en establos o para el ganado” (sic).

Nada que decir del abuso eléctrico manteniendo enchufados múltiples “aparatejos” que podrían reducir dicho consumo y, de paso, abaratar la factura. Claro que si dicho personal vive bajo techo familiar y no tiene ni remota idea del coste de la factura eléctrica…

¿Qué puedo hacer yo por el mundo? La respuesta es simple, realista, relativamente fácil de cumplir y sobre todo eficaz en el más amplio sentido. En definitiva, es una opción no desdeñable y a nuestro alcance. “Compartir, reciclar, reutilizar, comprar productos locales y apoyar iniciativas innovadoras está en nuestra mano. Son gestos que cuidan la naturaleza”.

PEPE CANTILLO

5 de noviembre de 2019

  • 5.11.19
El combate y captura de los grandes dictadores y terroristas que han osado enfrentarse en los últimos decenios a Occidente es imparable y también drástico. Estados Unidos, como brazo justiciero, salda estas cuentas con la muerte fulminante del enemigo, sin confiar en juicio alguno ni otra condena que no sea la simple eliminación física del criminal capturado.



El último en caer en manos de este destino inexorable ha sido el líder del denominado Estado Islámico Abu Bakr al-Baghdadi, quien había proclamado, en 2014, el sangriento califato de ISIS (en sus siglas en inglés), alentando una rebelión en Siria e Irak que extendió el terror más allá de aquellas fronteras, mediante atentados indiscriminados en países europeos y de otros continentes.

Fuerzas especiales de Estados Unidos anunciaron su muerte como consecuencia de una operación militar desarrollada en el norte de Siria, donde se escondía y fue acorralado hasta acabar suicidándose, al verse sin salida, detonando un cinturón explosivo.

Para el presidente norteamericano, Donald Trump, “murió como un perro, como un cobarde”, como calificó su muerte en una intervención bochornosa, pero propia de un mandatario soez. Se trata del último capítulo, que no el final, de una política justiciera por parte de Estados Unidos, que parece preferir la “Ley del Talión” a la hora de ajustar cuentas con los perseguidos, grandes criminales que merecen pagar por sus crímenes, en vez de proceder a su captura y puesta a disposición de un Tribunal que los juzgue y condene con la máxima severidad, preservando, en la medida de lo posible, sus vidas, para no comportarnos igual de sanguinarios que ellos.

Es cierto que los sátrapas asesinos no se dejan atrapar tan fácilmente ni levantan los brazos para entregarse de manera pacífica. No obstante, esa oportunidad debería presidir todas las actuaciones encaminadas a su captura, en consonancia con la superioridad moral de la civilización occidental y los valores que la sustentan, como son el respeto de los Derechos Humanos y la integridad de toda vida humana.

Llama la atención que no se trata del primer caso de ejecución fulminante de un perseguido desde que comenzara esta especie de “guerra” sin cuartel contra el fanatismo yihadista que lideró Osama bin Laden, cuando creó Al Qaeda. Este personaje, de origen saudí, fue el primer terrorista en organizar ataques directamente en suelo de Estados Unidos, que se saldaron con el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono en Washington, el 11 de septiembre de 2001, en el que murieron miles de personas inocentes.

Fue entonces cuando Estados Unidos asumió que el fenómeno yihadista suponía un enfrentamiento abierto que debería saldarse con la eliminación física de los líderes terroristas. Diez años estuvo Estados Unidos persiguiendo al fundador de Al Qaeda hasta que, en mayo de 2011, pudo abatirlo en su refugio de Pakistan mediante una operación especial de los Seal, unidades de élite del Ejército.

Tras matarlo y tomar muestras de identificación, arrojó su cuerpo desde un portaviones al mar, sin dejar constancia documental que corrobore estos hechos. Es otro ejemplo de esa Justicia drástica que Occidente está aplicando contra sus enemigos más peligrosos y detestables.

Ya anteriormente, en 2003, el Gobierno de George W. Bush había declarado la guerra a Irak, aunque no tuviera nada que ver con el ataque a las Torres Gemelas, y sus soldados capturaron a Saddam Hussein, el dictador que gobernó aquel país durante 24 años, de 1979 a 2003, en un zulo cerca de Tikrit, su ciudad natal.

Una coalición militar en la que participó España, liderada por Estados Unidos y sin respaldo legal de la ONU, invadió el país árabe con la excusa de que poseía “armas de destrucción masiva” que jamás fueron halladas, hasta la fecha.

Pero aquella vez se pudo coger vivo al prófugo, que fue entregado a un gobierno provisional para que un tribunal iraquí, ambos controlados por Estados Unidos, lo encontrara culpable de “crímenes de lesa humanidad” y lo condenara a muerte. Fue ahorcado en diciembre de 2006. Así, al menos, el dictador tuvo un simulacro de Justicia y las imágenes de su ejecución fueron difundidas en todo el mundo a modo de advertencia: quien la hace, la paga.

Sin embargo, más cruenta y sádica fue la suerte que corrió Muamar el Gadafi, otro déspota que había estado gobernando Libia durante 42 años hasta que unas revueltas, patrocinadas por Estados Unidos, acabaron con su régimen y grupos armados rebeldes, apoyados por la OTAN, lograron derrocarlo, apresarlo en su huida y asesinarlo de la manera más despiadada inimaginable.

Gadafi era un dictador con ensoñaciones de un imperialismo socialista, a semejanza del panarabismo de Nasser, que no dudó en patrocinar, entrenar y armar grupos terroristas de medio mundo, por lo que era cómplice de muchos atentados que sesgaron la vida de centenares de occidentales. Su captura y castigo eran merecidos, pero sin el salvajismo con que fue realizado.

Todos estos ejemplos de “justicia del talión” sirven para evidenciar una característica común: que el fin justifica los medios y que la venganza puede nublar las razones de hacer justicia ante hechos execrables que deben ser castigados. Pero de otro modo.

No defiendo a los asesinos, pero si nuestra propia defensa y nuestra justicia se ejecutan como hacen ellos, asesinando sin más, escasas razones encontraremos para justificar una justicia que se guía por el “ojo por ojo” y aplica aquello de “quien a hiero mata, a hierro muere”.

Tal vez sea el único método eficaz de actuar contra unos criminales que no están dispuestos a dejar de matar, pero no resulta consecuente con unos valores cívicos y morales que decimos encarnar, ni tampoco resuelve el terrible problema del terrorismo, puesto que alimenta el odio de un fanatismo que continuará buscando sucesores que lideren sus acciones terroristas.

Ni los centros de internamiento y torturas, como el de Guantánamo, ni las ejecuciones sumarísimas mediante operaciones militares consiguen cambiar unas mentes fanatizadas que declaran su enemistad asesina a Occidente. Sino que serán la ley, el respeto a los Derechos Humanos y la supremacía moral de nuestras democracias los que acabarán por derrotarlos, al demostrarles la equivocación e inutilidad de sus conductas y los prejuicios con que perciben una sociedad occidental que sólo persigue ser justa, plural, tolerante y pacífica, también en su relación con la sociedad islámica, con la que desea convivir en paz, mutuo respeto y en enriquecedor intercambio cultural.

La verdad es que ignoro cómo podríamos defendernos, capturar y juzgar a estos déspotas asesinos sin renunciar a nuestros principios, pero lo que sí sé es que sólo con la ley del talión y una justicia de aniquilamiento sin garantías judiciales no se podrá acabar con el fenómeno del terrorismo yihadista. Ni ningún terrorismo.

A lo mejor es que será cierto lo que decía Hobbes sobre que la concordia entre los hombres es artificial, puesto que estamos más inclinados al dominio que a la sociedad. Y por eso estamos en una guerra patente o latente de todos contra todos. Poco habríamos avanzado, si fuera así, desde entonces.

DANIEL GUERRERO

3 de noviembre de 2019

  • 3.11.19
Hay crímenes que nos conmueven profundamente porque rompen todos los códigos y esquemas morales con los que vivimos la mayor parte de los seres humanos, y que son el resultado de los muchos siglos por los que se han tenido que transitar hasta lograr afianzar, en gran medida, unos principios éticos que en la actualidad los consideramos como si fueran naturales.



No obstante, a pesar de esa convicción interna, lo cierto es que cada cierto tiempo se nos informa por los medios de comunicación de sucesos que nos asombran y nos indignan, de modo que la tristeza, la rabia y la impotencia se entremezclan cuando se nos describen los hechos que rodearon a esos terribles delitos.

No nos cabe la menor duda que, dentro de esos crímenes, los más horrendos son los que se producen en el seno o entorno familiar, especialmente cuando son los más indefensos, es decir, niños las víctimas, al tiempo que sus agresores se han movido por las pasiones generadas por unos celos patológicos.

Serían numerosos los casos a los que podríamos acudir. De todos es conocido, por ejemplo, el de José Bretón que no dudó en asesinar a sus dos hijos de corta edad como venganza por los celos que sentía hacia quien había sido su mujer. Y más cercanos a las fechas actuales se encontraría el terrible caso de Ana Julia Quezada, que asesinó al pequeño Gabriel, el hijo de su pareja de entonces.

Esta unión de celos y venganza en el seno de la familia o en las relaciones es un mal que, aunque excepcional, se repite de manera reiterada a lo largo del tiempo, puesto que a veces nos llegan noticias de asesinatos de mujeres por parte de sus exparejas y ante la presencia de sus hijos pequeños.

Reflexionando sobre lo expuesto, cabe preguntarse: ¿Son los celos y los deseos de venganza dos de las pasiones más profundas que anidan en lo más hondo de hombres y mujeres y que, ocasionalmente, pueden conducir a los crímenes más espantosos? ¿Son los principios morales o éticos en los que estamos formados los frenos más eficaces para controlar los impulsos que nos pueden conducir a rechazar los deseos de venganza ante duras afrentas que pudiéramos sufrir?

Sobre la primera pregunta, y si nos atenemos a los textos de la antigüedad, especialmente, a los relatos bíblicos (que, como bien he apuntado, se pueden entender de forma simbólica), podríamos afirmar que los celos y los deseos de venganza son las pasiones humanas más arcaicas, ya que se expresan con toda nitidez en la narración de la muerte de Abel a manos de su hermano Caín.

Reflexionando sobre estos sentimientos, y acudiendo a los relatos que han configurado en gran medida el pensamiento occidental, me ha parecido oportuno abordar también el significado de aquellas imágenes pictóricas, construidas a partir de los textos bíblicos, que han quedado plasmadas en magníficos cuadros y que hoy podemos contemplar en distintos museos.

Ciertamente, si visitamos algunos de los grandes museos de arte europeos comprobaremos que a partir de algunos de los cuadros expuestos se puede rastrear la historia de las ideas, las doctrinas, las normas y las pasiones que durante siglos fueron las predominantes en la mayoría de la población. Son creencias que, en su mayor parte, nacieron a partir de los relatos bíblicos o que tuvieron sus orígenes en las mitologías de la Grecia o Roma clásicas.

Y nada mejor que comenzar a entender las ideas, creencias, mitos y pasiones humanas tomando como punto de partida la representación de La muerte de Abel realizada por cuatro pintores: Tiziano, Rubens, Novelli y Coxcie.

Brevemente expondré los argumentos del primer crimen de la historia (tomando como referencia el relato de la Biblia), ya que todos hemos escuchado la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. También que, una vez fuera del estado de inocencia en el que vivían, concibieron a un hijo al que pusieron el nombre de Caín; más tarde nacería el segundo hijo que recibió el de Abel.

En el Génesis (libro IV, 8) se nos dice que Abel era pastor, al tiempo que su hermano mayor cultivaba la tierra. Ambos dos hacían sus ofrendas a Dios: Caín con los frutos de la tierra y su hermano Abel lo hace con la grasa de los corderos de su rebaño.

En el texto no se dan razones de por qué al poder divino las ofrendas del segundo le eran gratas, mientras que las de Caín eran rechazadas. Esta discriminación, bastante arbitraria en nuestra mentalidad actual, fue el origen de los enormes celos que se despertaron en Caín hacia su hermano. “Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín sobre su hermano Abel y lo mató”, según reza en el texto bíblico, sin que se especifique con qué instrumento comete el crimen.

De inmediato, la cólera divina pesó sobre la conciencia de Caín, por lo que acaba declarando que “mi culpa es demasiado grande para soportarla” y “cualquiera que me encuentre me matará”.

Tras quedarse solos, Adán y Eva posteriormente conciben un tercer hijo al que ponen el nombre de Set, uno de cuyos descendientes será Noé, destinado a convertirse a su vez en antepasado de todos los hombres después del Diluvio Universal.



A lo largo de la historia del arte, la muerte de Abel a manos de su hermano Caín ha sido representada de dos modos distintos: uno de ellos en escenas en las que aparecen ambos hermanos solos y otro con la presencia de la figura de Dios que contempla y enjuicia el crimen cometido.

En el primer modo se destaca la obra de Tiziano (1490-1576), el pintor italiano favorito del rey Felipe II. El lienzo, realizado entre 1542 y 1544, se encuentra en la iglesia de Santa María de la Salud de Venecia.

En la obra, Tiziano nos presenta a dos hermanos fuertemente musculosos y atléticos, tal como correspondían a las pinturas italianas de entonces. En un primer término aparece Abel con la cabeza ensangrentada, al tiempo que es aplastado contra el suelo rocoso por el pie izquierdo de su hermano. A su vez, Caín se muestra en contrapicado, descargando con toda su furia el arma homicida contra Abel. Al fondo de ambos aparece un humeante altar de los sacrificios, como recuerdo del motivo del primer fratricidio.

Otro de los lienzos, en el que únicamente aparecen Caín y Abel junto al altar de los sacrificios, es el que realizó el pintor alemán Peter Paul Rubens (1577-1640), dentro de la estética del barroco, predominante por aquel entonces en el arte religioso, tras la Contrarreforma que lleva adelante la Iglesia católica.

El cuadro puede contemplarse en la Courtauld Gallery de Londres. A mi modo de ver, no es de los mejores cuadros de este gran pintor, dado que las figuras de Caín y Abel se muestran muy forzadas, formando entre ambas una especie de arco para expresar el movimiento, tan característico del estilo en el que se inscribe Rubens. Quizás el autor, en ese intento de dejar espacio suficiente, buscara que el altar de los sacrificios que ambos ofrecían a Dios se apreciara con total claridad, como acontece en este caso.



La segunda modalidad, tal como he indicado, es aquella en la que tras cometer el crimen Caín se enfrenta a la pregunta que le hace Dios acerca de su hermano. Ya sabemos la respuesta del fratricida y la maldición que recae sobre él y sus descendientes.

En esta línea, en la que se muestran al autor del crimen, a la víctima y al juez supremo, se inscribe el cuadro del también pintor italiano Pietro Novelli (1603-1647), obra que se encuentra en la Galería Nacional de Roma.

El enfoque que plantea Novelli es muy distinto al de Tiziano y Rubens: en primer término, aparece Abel, yaciente en el suelo, al tiempo que Caín, aterrado por el crimen que ha cometido huye de la escena del delito y de la mirada de Dios, que surge en medio de un remolino oscuro de aire. Un Dios que, en cierto modo, se muestra más bien triste y apesadumbrado que irritado y vengativo, ante la visión del terrible hecho de las dos primeras criaturas engendradas, tal como se relata en el Génesis.

Quiero cerrar esta presentación del estudio de los celos y el consecuente deseo de venganza como las pasiones más arcaicas de los seres humanos, tomando el relato bíblico de la muerte de Abel, mostrando un cuadro que puede contemplarse en el Museo del Prado. Se trata del lienzo realizado por el pintor flamenco Michiel Coxcie (1499-1592), que realizó en el año 1550, en plena madurez pictórica.

A Michiel Coxcie, poco conocido en nuestro país, se le apodó en su tiempo ‘el Rafael de los Países Bajos’, aunque a mi modo de ver queda a bastante distancia de la brillantez creativa del pintor y arquitecto italiano Rafael Sanzio.

En este lienzo, el pintor de Flandes muestra también, en un primer término y con un gran escorzo, a Abel desnudo, al que únicamente le tapa una quijada de asno, instrumento que a Caín se le comienza a adjudicar a partir de la Edad Media, puesto que en el Génesis no se indica con qué instrumento mata a su hermano.

Más lejos se encuentra Caín, que, también desnudo, intenta ocultarse a la mirada de Dios que se le aparece envuelto en una nube y acompañado de dos querubines.

Y es que los remordimientos, estén o no basados actualmente en creencias religiosas, posteriormente surgen con intensidad en la mente del agresor, de ahí que ya en el propio relato bíblico Caín manifieste “mi culpa es demasiado grande para soportarla”, puesto que el recuerdo de la víctima acompaña al homicida.

AURELIANO SÁINZ

2 de noviembre de 2019

  • 2.11.19
Me da pena, mucha pena, cuando veo a la gente joven utilizando palabras en inglés. Cuando veo cómo se ha generalizado este idioma anglosajón en nuestro país. De mis viajes por Europa siempre volvía orgullosa de mi idioma y de lo poco que nos habían colonizado ligüísticamente los ingleses.



Recuerdo en Alemania cómo una chica de allí me contaba que, al no doblar las películas, la gente iba perdiendo palabras alemanas que eran sustituidas por alguna más fácil en el idioma del dinero. Cuando visité Francia e Italia pude comprobar cómo llevan años utilizando "weekend" para señalar el fin de semana. Me parecía triste que las lenguas latinas hubieran sucumbido ante las bárbaras.

Y ahora compruebo que los chicos no tienen seguidores sino "followers"; que no les gusta algo sino que le dan un "like". Lo más visto o leído es un "trending topic" y, mientras, Cervantes se remueve en su tumba y ve perdida su batalla. Él, que consiguió doblegar a los foráneos haciendo que su gran libro fuera el más traducido del mundo. Bueno, seguramente después de la Biblia viene El Quijote.

Cuando uno viaja por América y descubre los millones de personas con los que se puede comunicar es consciente de la gran riqueza que tenemos los hispanohablantes: nuestra lengua. Ésta y su cultura son más poderosas que el dólar o que cualquier otra moneda. Pero solo si somos conscientes de ese poder.

Dejemos de sentirnos inferiores; dejemos de creernos modernos por decir palabras en inglés. Defendamos lo nuestro, nuestra gran cultura y honremos a García Lorca, a Lope de Vega, a Garcilaso, a Machado y a la página anónima que escribió El Lazarillo de Tormes. Ser "cool" es hablar en una lengua tan antigua como la nuestra y que tanto ha contado en esta Tierra redonda.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

31 de octubre de 2019

  • 31.10.19
Me he decidido a haceros el favor de no hablar de las Elecciones de 10-N. Ya cansa. Prefiero hablar de un fenómeno que, aunque no me sorprende, me alarma como ciudadano y demócrata: la demonización de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. En especial, por parte de los que militan o simpatizan con la extrema izquierda.



Pongamos el siguiente caso: Unidas Podemos o cualquier otro partido ‘progresista’ alcanza la Presidencia del Gobierno. Perplejos ante el milagro, en vez de hacer peregrinación a Lourdes, los militantes y simpatizantes de la extrema derecha más rancia se dedican a cortar vías de tren y queman contenedores en las calles.

¿Cómo pensáis que actuaría este Gobierno? Antes de pensarlo, recordemos que estamos hablando de unos señores que se manifestaron contra los resultados de unas elecciones autonómicas legítimas solo porque no les gustó que Vox entrara en las instituciones.

A la vez que reprimo la carcajada, fantaseo con la imagen de unos mediadores enviados a las carreteras cortadas, portando ramos de flores con lazos morados. ¡Mejor! Con lazos verdes o rojigualdos, por eso de la empatía.

En cualquier caso, ser un agente del orden es como ser periodista o político: supone ejercer un oficio con mala fama. Del mismo modo que en una biblioteca no se tendrá aprecio al bibliotecario que mande a callar o que sancione por devolver un libro con retraso, por más que sea su trabajo, un agente del orden no levanta simpatías cuando ejerce su trabajo. Sin embargo, es un miembro vital para garantizar el buen funcionamiento de la sociedad.

En su pueril rebeldía, un amplio sector de militantes y simpatizantes de Unidas Podemos, así como de otros partidos de extrema izquierda, no dudan en criticar a lo que consideran un órgano represor. Se ha visto con claridad en los actos violentos de Cataluña, donde contamos con más de un centenar de mossos heridos, así como otros muchos policías nacionales. Quizá, el señor Iglesias comparta la idea de Sánchez Gordillo de que una mayor presencia de policías repercute en mayor inseguridad...

De hecho, no son pocos los descerebrados de extrema izquierda que han aplaudido en redes sociales la agresión e intimidación a agentes, e incluso los han hecho objeto de sus mofas. No voy a volver a entrar en lo que pienso sobre su incoherente posicionamiento con respecto al cachondeo catalán.

Sin embargo, me resulta escandaloso que estos radicales e intelectuales de medio pelo olviden algo esencial: los agentes que se están partiendo la cara en Cataluña también son trabajadores. Sí, trabajadores. Tanto como lo son los bomberos, los profesores o los bibliotecarios. Son personas que han pasado por un durísimo proceso selectivo y que invierten trabajo y horas de su vida en una serie de labores para obtener un salario.

Bajo el uniforme puede haber un neonazi o un votante de Unidas Podemos. También una persona a la que le dé igual todo mientras cobre a final de mes. Incluso de las Fuerzas Armadas, la institución más conservadora de este país, han salido miembros de Unidas Podemos –nada menos que José Julio Rodríguez, ex Jefe del Estado Mayor. Tanto o más podemos esperar de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.

No estamos hablando de Villarejo, ni tampoco de personas que acostumbren a almorzar con políticos o empresarios. Esos agentes que sostienen una porra o disparan pelotas de goma siguen órdenes, sin posibilidad de indisciplina alguna, mientras sus superiores les transmiten las órdenes por radio.

Hemos podido comprobarlo en los mossos, enviados a dar palos por el presidente Joaquim Torra, a la vez que han sido criticados por el mismo. Durante los incidentes del 1 de octubre, se les dio orden de pasar del referéndum, y pasaron. Incluso salieron inconscientes como Albert Donaire, mosso independentista, apoyando aquel sinsentido.

Ahora, los mossos se están partiendo la cara en las calles de Cataluña por la misma razón que no lo hicieron el 1 de octubre: porque es lo que se les ha ordenado. Son víctimas del sinsentido catalán, igual que otros muchos. Desde luego, son pocos los agentes que están por gusto en la Vía Laietana.

¿Hay agentes neonazis? Sí. ¿Hay agentes de extrema izquierda? También. Y maravíllense: los hay latinos, homosexuales, bisexuales, del Madrid y del Barça. ¿Que a veces se excede alguno? Sí. Y que algún palo no ha sido merecido, seguro que sí. Pero ningún vídeo, ninguna conversación de WhatsApp, ni ninguna declaración puede justificar la generalización y demonización de un cuerpo tan amplio y esencial para nuestra sociedad.

Son trabajadores que, en contadas ocasiones, no están a la altura de sus responsabilidades. Igual que muchos profesores y maestros, bomberos, funcionarios de prisiones… Porque es un colectivo humano. Y, sobre todo, trabajadores que ejercen su oficio para ganar un sueldo. Y en lo que respecta a las personas, en esta vida hay de todo.

El ataque descerebrado de la extrema izquierda en redes y en medios de comunicación a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad demuestra la inmadurez democrática de este país, así como favorece que la extrema derecha siga apropiándose, aunque sea simbólicamente, de las instituciones y símbolos que son de todos.

Que se sancione al que no haga bien su trabajo, sea en el ámbito que sea, y valoremos a los diligentes. Sobre todo, seamos maduros, analicemos bien las cosas y, si hay que pedir responsabilidades, que se haga a los auténticos responsables. Y ahora, llamadme facha.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

29 de octubre de 2019

  • 29.10.19
Las llamas del descontento parecen propagarse por toda Sudamérica. Cuando no es Venezuela, es Ecuador, Argentina o Chile, entre otros países, donde la ira popular, con más o menos virulencia, se manifiesta en las calles en contra de medidas o situaciones con las que los ciudadanos acaban perdiendo la paciencia.



Tampoco es que la región haya sido históricamente un remanso democrático y tranquilo, sino el escenario en el que se ha ensayado toda clase de revoluciones y dictaduras con las que las potencias de cada época –desde los antiguos colonizadores hasta la actual superpotencia del Norte– han pretendido manejar sus destinos y proteger intereses geopolíticos.

Una historia que todavía supura por heridas abiertas sin cicatrizar, como forzosa contribución al enriquecimiento de los explotadores. Y cuyas consecuencias aún perduran e influyen, de distintas maneras, en la atormentada realidad de cada uno de los países de América Latina.

Tanto es así que las revueltas que se suceden por gran parte del subcontinente no hacen más que poner de relieve un malestar que viene de antiguo y que no deja de crecer por los insoportables problemas del presente, hasta colmar la paciencia del oprimido más resignado con su condición.

El último conflicto en unirse al estallido popular en Sudamérica ha sido en Chile, provocando un terremoto social de consecuencias impredecibles. Se trata de un estallido súbito, como una explosión de hartazgo, debido a la subida de precio del billete de metro.

Un Gobierno que se dice democrático ordenó a la Policía reprimir las manifestaciones, desencadenando una espiral de acción-represión que ya ha causado más de una decena de muertos y centenares de personas detenidas, sin que el descontento popular se calmase. Y lo más curioso: sin que ningún partido dirija un rechazo que comenzó siendo una espontánea protesta estudiantil.

Sin embargo, ha servido de válvula de escape para desahogar la ira contenida de un pueblo que sufre desigualdad por unas políticas neoliberales hasta extremos inaguantables. De hecho, Chile es, hoy, uno de los diez países con más desigualdad del mundo, según el Banco Mundial, por culpa de un modelo económico que prima la privatización de los servicios básicos, la austeridad severa en el gasto social y la inversión centrada en sectores productivos rentables.

Se trata de la clásica receta neoliberal que ha permitido cierto crecimiento económico, pero que olvida a los más necesitados, a los que conduce a niveles de vida precarios, sin que por ello haya podido contener el altísimo endeudamiento del país. Una situación que ha generado tal injusticia social que los ciudadanos ya no la toleran. Y se han echado a la calle.

En Ecuador ha sucedido algo similar con la eliminación de la subvención del combustible, decretada por el presidente Lenin Moreno, que condenaba a los afectados, más de 300.000 ecuatorianos, a la pobreza. El encarecimiento del combustible suponía, además, por su impacto directo, el aumento en más de un 100 por ciento del precio de bienes y servicios, y más de un 30 por ciento en el de la gasolina.

Los más oprimidos no lo dudaron y, durante unas semanas, ocuparon calles, rodearon instituciones, obligaron al presidente a abandonar la capital del país, hasta que finalmente, después de graves enfrentamientos con muertos incluidos, consiguieron que se anulara el decreto y se mantuviera el subsidio al combustible. Una vez más, fueron políticas neoliberales y la desigualdad social las que generaron unas revueltas populares, tras décadas de injusticia y opresión.

También en Bolivia las protestas generalizadas han hecho acto de presencia, no por causa de medidas económicas, sino por el despotismo con que el actual presidente, Evo Morales, pretende eternizarse en el poder, tras unas elecciones a las que no debía presentarse y cuyos resultados causan recelo dentro y fuera del país.

Evo Morales había podido concurrir a estos comicios, los cuartos tras una década en el poder, gracias a una interpretación benigna del Tribunal Constitucional y del Supremo Electoral (TSE), a pesar de haber perdido un referéndum sobre la reelección indefinida, en 2016. Dudas en el recuento de votos, del que el TSE suspendió la publicación de resultados, provocando la dimisión del vicepresidente de este organismo, han desatado las alarmas y la movilización de la gente.

Una oleada de protestas ha recorrido el país y no han cesado las movilizaciones multitudinarias en las grandes ciudades para criticar al Gobierno. Y es que, aunque Morales haya sido el primer presidente indígena de Bolivia y sus promesas fueran de más democracia y mejor redistribución de la riqueza, ha terminado cansando a la ciudadanía por sus golpes de autoritarismo (ignoró la voluntad de sus electores en el referéndum sobre su perpetuación en el poder) y por el agotamiento de un ciclo económico que barrunta la reaparición de la recesión.

Es lo que tienen los líderes providenciales: se creen insustituibles y acaban convirtiéndose en represores de su pueblo, como Daniel Ortega en Nicaragua y tantos otros. Lo cierto es que la población ya no tolera ni el colonialismo ni la autocracia, porque aspira a la libertad y la justicia para construir sociedades en las que reinen la igualdad, la tolerancia y la prosperidad, en pacífica convivencia.

Estas elecciones, como las próximas de Argentina y Uruguay, marcadas por las tendencias, si no de fraude, sí de una opacidad que es reacia al control externo de su transparencia, evidencian unas democracias defectuosas, según la clasificación de The Economist Intelligence Unit, que son resultado de una evolución histórica plagada de colonialismo, regímenes autoritarios y opresión por parte de propios y foráneos.

Este devenir histórico convierte la desigualdad social en la mecha que hace estallar el conflicto y el descontento en unos países que, a pesar de haber conquistado la independencia, siguen siendo dependientes de un capitalismo mercantilista que dicta las normas e impone las condiciones, sea quien sea el que gobierne.

Los explotadores, que controlan el sistema financiero, los medios de transporte y fletes, la capacidad industrial y de valor añadido, y los mercados últimos, arrebatan las materias primas y las riquezas de América Latina, sin importarles las condiciones de vida de su población. Y, claro, estos países estallan en rebeldía e ira a la menor vuelta de tuerca, hartos de tanta opresión y pobreza.

Entre líderes providenciales que se convierten en caciques autoritarios y un sistema económico que agudiza la pobreza y concentra la riqueza en manos de los explotadores de siempre, a la gente sólo le queda el recurso de unas revueltas que se extienden por todo el subcontinente americano, donde el subdesarrollo y la desigualdad son el estigma imperecedero del viejo colonialismo, esta vez económico.

DANIEL GUERRERO

27 de octubre de 2019

  • 27.10.19
En el artículo anterior abordaba los planteamientos del psicólogo criminalista Vicente Garrido. En esta segunda parte quisiera partir de la visión de Javier Urra, también psicólogo, que fue el primer Defensor del Menor en nuestro país, entre 1996 y 2001 y presidente de la Red Europea de Defensores del Menor, autor que cuenta con una larga trayectoria en el estudio de los jóvenes muy conflictivos.



Para comprender el fenómeno de la agresividad y la violencia en los niños y adolescentes hay que entender que se dan dos posturas inicialmente contrapuestas, aunque, en ocasiones, pueden complementarse. La primera de ellas sostiene que la agresividad es algo innato y que forma parte del carácter de la persona; la segunda, en cambio, defiende que es algo aprendido como consecuencia de comportamientos que son el resultado de actitudes negligentes de los padres

La segunda es la sostenida por la mayoría de los psicólogos y docentes, quienes, sin negar que la agresividad forma parte instintiva del ser humano, consideran que su expresión en conductas violentas acaba siendo el resultado de aprendizajes, dado que también se puede aprender la actitud contraria: el control de la agresividad.

Esta es la posición que defiende Javier Urra en su libro El pequeño dictador. Cuando los padres son las víctimas. Así, con respecto al niño o el joven que acaba convirtiéndose en un pequeño tirano dentro del hogar, nos dice lo siguiente:

Se maltrata a nuestros jóvenes cuando no se les transmite pautas educativas que potencien la autoconfianza, ni valores solidarios y, en cambio, se les bombardea con mensajes de violencia. Se les maltrata cuando se les cercena la posibilidad de ser profundamente felices y enteramente personas”.

Es decir, que antes de ser un constante provocador ese niño ha vivido carencias significativas que han reforzado ciertas tendencias que tendrían que haber sido corregidas desde la más tierna infancia. Más adelante, Javier Urra continúa: “En la actualidad, el cuerpo social ha perdido fuerza moral. Se intentan modificar conductas, pero se carece de valores”.

Una vez descritos algunos aspectos esenciales que deben considerarse e inculcarse en el seno de la familia: el valor de educar, la transmisión de cariño y afecto, la firmeza en una autoridad racional y la enseñanza en edades muy tempranas en los derechos y deberes que todas las personas debemos asimilar, hay que atender a esos valores en su dimensión social y que dan cuenta del tipo de sociedad en la que vivimos.

Bien es cierto, como apunta este autor, que “algunos padres no ejercen su labor, han dejado en gran medida de inculcar lo que es y lo que debe ser. No tienen criterios educativos, intentan compensar la falta de tiempo y de dedicación a los hijos tratándolos con excesiva permisividad”.

Tal como he indicado, la educación que se recibe en el seno de la familia se debe complementar con la que aporta en la sociedad en la que se vive. Y ahora uno se pregunta: ¿Qué tipo de valores transmiten en la actualidad nuestras instituciones y los cargos que la ejercen cuando vemos que la corrupción, la mentira, el engaño y la hipocresía están al orden del día? ¿Acaso se le puede pedir a la ciudadanía un comportamiento ejemplar cuando el desaliento cunde ante el triste espectáculo que ofrecen quienes tienen poder educativo, mediático, económico o institucional?

No me cabe la menor duda de que cada vez se hace más difícil formar en valores como el esfuerzo, el respeto, la justicia equitativa, la honestidad, el respeto, la sinceridad, la tolerancia, etc. Y, sin embargo, es imprescindible la educación en ellos, puesto que no son bellas palabras a las que podemos acudir de vez en cuando, sino comportamientos que, caso de practicarse, consolidan relaciones sociales y familiares que dan sentido a nuestras vidas.

Lo expuesto nos sirve para entender esos comportamientos agresivos que, en el fondo, expresan la carencia de valores sólidos en los sujetos con comportamientos violentos. Sobre esta temática me he apoyado en mi experiencia investigadora en las aulas a partir de los trabajos gráficos realizados por estudiantes de Primaria y Secundaria. Y para que veamos algún ejemplo, he acudido a algunos dibujos que nos ilustran cómo se perciben a sí mismos aquellos que se convierten en dictadores dentro del propio hogar.

Para comenzar, me he servido del dibujo de un chico de 14 años que he seleccionado como ilustración de este artículo. En la escena, que nos muestra su propia visión de la familia, aparece en primer lugar su padre, alto, fuerte y con los brazos “en jarra”, como demostración de un talante duro y autoritario en el seno de la familia.

En segundo lugar, representa a su hermano menor, que, tal como el autor escribió por detrás de la lámina, es muy agresivo, tanto con su madre como con él. Esto queda mostrado por la proximidad que tiene con el padre del que parece aprende sus modos de comportamiento, ya que aparece con el brazo derecho en alto y con el puño cerrado, mientras que el izquierdo lo extiende, también con el puño cerrado, hacia su madre y el propio autor del dibujo.

La madre la traza en tercer lugar. Como podemos apreciar, aparece de espaldas con respecto a su marido y a su hijo menor, como si temiera a ambos. Los brazos los tiene pegados al cuerpo como señal de inseguridad, mientras que en el rostro se refleja la tristeza.

Cierra la escena la figura del propio autor, lo que es manifestación de escasa seguridad en sí mismo. Por otro lado, también aparece de perfil, de espaldas a su padre y a su hermano pequeño, y con las manos metidas en los bolsillos, lo que refuerza ese carácter débil e inseguro que tiene.



El carácter agresivo puede expresarse tempranamente, tal como acontece con Rafa, un niño de 4 años, que hacía la vida imposible a los otros niños, sus compañeros del aula de Educación Infantil. La profesora tenía que estar constantemente pendiente de él, puesto que los empujones, las patadas y los arañazos estaban a la orden del día.

Para comprender qué le sucedía en el seno de la familia, acudimos a plantear en el aula que dibujaran a su familia, una vez que, al ser pequeños, les explicamos qué es una familia y qué personas las componen.

Cuando vimos el dibujo fuimos conscientes del entorno en el que vivía este niño, puesto que nos presenta a su madre y a su padre como si fueran dos auténticos monstruos, con unas bocas en las que aparecen los dientes como si fueran puntas agresivas, al tiempo que muestran unos brazos grandes y amenazantes; todo lo contrario de lo que deben ser unos padres cariñosos y atentos con sus hijos.

Él se representa en el lado derecho, con dos ausencias significativas: no se traza la boca ni tampoco los brazos. El hecho de que no aparezca la boca expresa que no le dejan hablar y que constantemente le están diciendo que se calle. Por otro lado, la ausencia de brazos es signo de falta de cariño, pues con los brazos nos damos las personas afecto.

Llama, por otro lado la atención de que no representara a sus hermanos. En su caso, y al ser un niño muy pequeño pudiera deberse a que no planificó el espacio que ocuparían los personajes, por lo que una vez que trazó a sus padres y a sí mismo ya no le quedaba superficie para incorporarlos.



Aunque parezca una paradoja, la mente del niño agresivo está llena de imágenes de miedo y terror que ha podido experimentar de modo directo en el seno de su familia, en el colegio o por el contacto con los medios de comunicación, que, por cierto, en la actualidad están saturados de ellas desde pequeños.

Esto es lo que pude comprobar cuando Miguel, un niño de 9 años, muy agresivo, me entregó el dibujo de la familia. Tras charlar con él acerca de lo que había representado, pude comprobar que su casa, a la que traza de tamaño muy grande, de color rojo, evocando la agresividad, se encuentra en el centro de la escena, expresándonos que era en centro de sus vivencias.

Pero lo que más llama la atención es el carácter animista de la casa, ya que le traza ojos como si fuera una persona. Por otro lado, tras la puerta hay una silueta, que después de hablar con el chico, pude llegar a la conclusión de que era, según sus propias palabras, un fantasma que habitaba en su hogar. Fuera dibujó, con trazo muy impreciso, a los cuatro miembros de la familia y al perro que tenían.

Otro detalle a tener en consideración para comprender su agresividad es que se representó con un antifaz, como si quisiera mostrarse como un personaje que está al margen de la ley, como puede ser un ladrón.



La agresividad que algunos escolares desarrollan en las aulas, en ocasiones, suele ser el resultado de los malos tratos que recibe en el seno de la familia. Es lo que acontece con Francisco, un chico de 11 años que se encontraba en sexto curso de Primaria. En la clase, según su profesor, no dejaba trabajar a los demás, de modo que constantemente les estaba incordiando.

Paradójicamente, en el dibujo que nos presentó aparece de gran tamaño, como si fuera el más relevante de todos los miembros de la familia; sin embargo, tal como nos indicó su profesor era la víctima tanto de su padre como de sus hermanos dentro de la casa. Esto, a fin de cuentas, acaba siendo un modo de compensación emocional de la insignificancia que siente dentro de la propia familia, por lo que la compensa agrediendo de modo habitual a sus compañeros de clase.

AURELIANO SÁINZ


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