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Fútbol, colegio y un bar en la esquina: un día de deporte en Montilla a través de los ojos de un equipo joven

En Montilla, las mañanas empiezan temprano, pero para el joven equipo de fútbol, el pueblo despierta un poco antes que el resto. Mientras el sol apenas asoma sobre los viñedos, los adolescentes ya revisan sus uniformes, botas y horarios de clase. Su día se divide entre clases, entrenamientos y breves encuentros en el bar de la esquina donde discuten objetivos, notas y planes de futuro. En este ritmo, el fútbol y la escuela dejan de ser mundos separados y se funden en uno solo.


Una mañana escolar con vistas al campo


Para los jugadores, todo comienza en las aulas. Algunos se sientan junto a la ventana con vistas al campo escolar, repasando mentalmente el entrenamiento de la tarde. El interés por estos equipos juveniles se ve cada vez más impulsado por programas de colaboración e iniciativas de patrocinio local, incluyendo plataformas de entretenimiento como jackmillion, que ayudan a organizar torneos y a mantener la infraestructura. Los profesores saben que la mitad de la clase juega en el mismo equipo, así que las bromas sobre el partido de ayer o el próximo torneo son habituales. Los deberes y los exámenes se entrelazan con debates sobre formaciones y posiciones.

Carlos, defensa central, admite: «A veces, en clase de matemáticas, me sorprendo contando no los problemas matemáticos, sino las posibles opciones de saque de esquina. El profesor me regaña, pero luego, durante el recreo, me pregunta cómo jugamos el domingo. Entiendo que a él también le interesa, pero cada uno tiene su papel».

En este horario, la escuela no es un obstáculo para el fútbol, sino un socio esencial. Padres y entrenadores les recuerdan constantemente: sin buenas notas, no habrá viajes a los torneos. Así, los chicos aprenden a administrar su energía: prepararse para los exámenes, llegar puntuales a los entrenamientos y, aun así, encontrar tiempo para comentar la última jornada de La Liga con sus compañeros.

Camino al entrenamiento


Después de clase, el bullicio de las campanas escolares se transforma en el sonido de los timbres de las bicicletas y el zumbido de las motos. Los jugadores se dispersan hacia sus casas para cambiarse rápidamente y reunirse de nuevo en la puerta del estadio. Cada uno tiene su propia ruta: algunos pasan por la plaza, otros paran en casa de su abuela para comer un bocadillo, y otros recogen a un compañero con una pesada bolsa de deporte.

De camino, hablan de todo, desde los deberes hasta la lista de convocados de la selección nacional. Pero la conversación inevitablemente vuelve al tema principal: el partido del fin de semana. «Si hoy trabajamos en la presión, el sábado no tendrán adónde pasar el balón», declara con seguridad el delantero Manuel, y todo el grupo acelera el paso, como si el resultado del partido dependiera de ello.

Entrenamiento bajo el sol del atardecer


En el campo, los niños de la escuela matutina forman un equipo. El entrenador los saluda con una mirada rápida que deja claro de inmediato: ahora solo importa el trabajo. El calentamiento da paso a ejercicios técnicos, luego a ejercicios tácticos. El balón rara vez se queda con un solo jugador: pases, sprints, coberturas, indicaciones verbales. En este punto, a nadie le importa quién ha marcado más puntos en la historia; lo más importante es quién puede cubrir el flanco.

El entrenador enfatiza los detalles: posicionar el cuerpo correctamente, saltar a tiempo para un rebote, no desconcentrarse después de una pérdida de balón. Les recuerda que el fútbol no se trata solo de talento, sino también de disciplina, igual que en la escuela, solo que en lugar de cuadernos, hay césped y porterías. Los errores se analizan de inmediato, pero sin gritar: lo principal es que todos entiendan exactamente qué deben corregir antes del fin de semana.

  • Comienza con manejo de balón y ejercicios técnicos cortos;

  • Luego, con situaciones de juego de 3 contra 3 y 5 contra 5 con toques limitados;

  • Finaliza con jugadas a balón parado, donde todos conocen su posición en el área.

Pablo, el portero del equipo, dice después del entrenamiento: "Cuando practicamos los córners, me siento un poco más maduro. Esto ya no es solo fútbol infantil; todos tenemos una responsabilidad. Sé que si fallo un gol, decepcionaré no solo a mi entrenador, sino también a mis amigos."

El bar de la esquina como vestuario después del partido


Cuando se pone el sol y el campo se vacía, el equipo se dirige tranquilamente a su siguiente parada: el bar de la esquina. No es un lugar para fiestas ruidosas, sino casi como una extensión del vestuario, solo que con el aroma a café y el tintineo de los vasos. Los padres se reúnen aquí para recoger a sus hijos, el entrenador puede permitirse una sonrisa y una charla informal, y comentan todo lo que quedó sin decir en el campo.

Algunos toman un refresco, otros un chocolate caliente, y otros simplemente se sientan cerca y escuchan a los más veteranos hablar sobre el equipo local y el último partido de la selección nacional. A veces hay fútbol en la televisión, y los niños observan atentamente las alineaciones de los equipos adultos, probando las mismas posiciones.

María, la madre de uno de los centrocampistas, admite: "Para mí, este bar es tan importante como el estadio". Aquí veo cómo mi hijo interactúa con sus compañeros, cómo se preocupan por cada partido. Entiendo que para ellos el fútbol no es solo una actividad, sino parte de su amistad y de su personalidad."

Deberes y sueños de sábado


Montilla se tranquiliza al anochecer, pero las luces siguen encendidas en las habitaciones de los jóvenes jugadores. Libros de texto, cuadernos y el calendario de partidos están desordenados sobre la mesa. Algunos resuelven problemas de física, otros escriben ensayos, distraídos de vez en cuando por el balón junto a su cama. Los padres les recuerdan que es hora de ir a la cama, y los chicos rememoran mentalmente momentos del entrenamiento: una entrada exitosa, un pase preciso, un gol que casi se produce.

El partido del sábado se convierte en el centro de la semana. Es la razón por la que soportan madrugar, los deberes y las severas reprimendas de los profesores. Une la escuela, el campo y el bar de la esquina en una sola ruta que el equipo recorre una y otra vez, madurando con cada vuelta.

Esta ruta no tiene nada de espectacular, pero es precisamente en días como estos cuando se forja una verdadera aventura atlética: sin gradas para decenas de miles de personas, pero con emociones reales y una amistad que perdura tanto como cualquier victoria.

FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

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