Ir al contenido principal

Manuel Bellido Mora | Faros en tierra adentro (II)

Pasear hasta el local taller donde trabaja Juan Luque es, para él, una certeza permanente: la de sentir en lo más íntimo que pertenece a este espacio urbano que colinda con el campo abierto. Es estar en las calles en las que se ha criado. “Veo a la gente, me cruzo con vecinos y aunque no hablemos, puedo conversar con ellos con la mirada. Es gente que te conoce y a la que uno conoce. Y, así, te sientes en tu casa como lo más natural”.

Vista aérea del Barrio de las Casas Nuevas.
[FOTO: AYUNTAMIENTO DE MONTILLA]

Hay una etapa en la pintura de Juan en la que se evidencian estas sensaciones de cercanía. Están en el hecho de compartir este universo de pueblo, como diría Mario López. En el corazón de sus cuadros se aloja el entramado de caminos y viales que lo vieron crecer.

“Sí, porque esa arquitectura, que identifica espacios de convivencia, es la que mejor conocemos y reconocemos. Los edificios sindicales, las casas de Alvear y de Navarro. Es ese tipo de viviendas que ha configurado durante mucho tiempo lo que es el barrio. Este fue mi paisaje primigenio. Y esto, dentro de la pintura española, obedece a una cierta tradición. Es una corriente impulsiva que fue el leitmotiv de numerosas exposiciones. No sé si esto ocurrió como consecuencia un poco de la influencia de pintores como Antonio López”.

BODEGAS ALVEAR - CATAS A MEDIDA

“Esta etapa que yo viví relacionada con el paisaje urbano la quise vincular al barrio, a las Casas Nuevas. No podía ser de otra manera. Y por eso, surgieron una serie de cuadros que eran la expresión de este sentimiento. Yo, con esto, quise pintar esa luz sobre todo. Esos edificios de altura media con esas calles, con esos ladrillos inconfundibles, desde el Triángulo al gran depósito, pasando por la panadería de Bellido, por la iglesia. Es decir, la plasmación de los espacios por los que yo corría cuando era un chiquillo”.

Esta es la cartografía emocional de Juan Luque: aire libre, calles trazadas a cordel, embarradas, sin domar aún por el cemento, con su piel de caliza desnuda en la que el agua corría alocada por los regueros abiertos en la tierra blanda, indefensa. Era esa superficie casi mullida, sin resistencia, donde desaparecía las durezas, la mejor para clavar la lima en interminables e imaginativas competiciones.

“Claro que sí, es la escenografía de muchos momentos de mi vida. Fases de mi vida en las que he llorado, he corrido, he jugado al cobijo de todas estas manzanas, rodeándolas. Yo me he hecho un adolescente y he correteado por todas esas calles, alrededor de todos estos edificios”.

EVA LARA ASESORA PERSONAL INMOBILIARIA EN MONTILLA

“Cada vez que paso por la puerta de la iglesia o de la panadería y entro, vivo un momento de recreación al modo de la madalena de Proust. Ese olor de la panadería de tu casa, de la panadería de tus padres, me lleva a la infancia, a mi niñez. Hay ahí muchas imágenes y recuerdos que, de alguna manera, están también en mí y en mi pintura”.

De hecho, la familia de Juan residió largo tiempo en uno de estas estrechas viviendas. Su hogar estaba de cara al nuevo templo de la Parroquia de la Asunción. Lo vio crecer en fases que parecían inacabables, sin fecha límite para culminarlo. Ladrillo a ladrillo.

Avanzó a estirones, cuando se iba pudiendo, como todo lo que se hace a base de cuestaciones de fieles y de rifas. Así, fue cobrando altura, con su desnudo revestimiento, reñida con los adornos, de espaldas a la tradición barroca. Ajena al ornato como una hermana pobre del catolicismo. Era lo que correspondía a un mensaje renovador de los evangelios, conforme a la austeridad que predicaban las directrices modernizadoras del Concilio Vaticano II (1962–1965).

Construcción de la Parroquia de la Asunción.
[ARCHIVO FOTOGRÁFICO: FEDERICO CARACUEL]

“En la calle Raúl Porras estaba situado el primer piso que habitamos después de que mis padres salieran de una casa de vecinos. Pudieron adquirir un bajo que está justo enfrente de la iglesia. Entonces, muchos vimos construir esa iglesia, cómo se levantó. De ahí, de aquel piso pequeñito, pasamos a otro algo mayor en la misma calle, justo en la esquina de la farmacia de Puig. Era un tercero, al lado de donde vivía mi tía”.

Nuevo domicilio sin cambiar de aires


Con el tiempo, esas mudanzas y traslados de enseres, personas y objetos también habrían de materializarse en los cuadros de Juan, donde las líneas de las edificaciones y el entorno cobraban toda la fuerza de un formidable fenómeno estético.

“Para mí, el paisaje, más que la arquitectura en sí misma, ha sido un denominador común en mi trayectoria como pintor. Aunque haya tocado otras temáticas, el paisaje define mi obra. Desde que acabé Bellas Artes así ha sido. Tuve la suerte de que me concedieran la beca de Paisaje del Paular, en Segovia”.

MONSECOR - AYUDA A DOMICILIO Y SERVICIOS SANITARIOS

“El paisaje en todas mis etapas creativas ha sido una constante. Pero yo no entiendo el paisaje como lo que nos rodea, según el concepto decimonónico, sino que el paisaje ya se ha convertido en algo más. No solamente puede influenciarme lo que, físicamente, veo alrededor mío, sino que asimismo me dejo llevar por lo que también recibo a través de la imagen. Y la imagen nos llega a través de muchos medios”.

En este sentido, el cine como representación visual de la realidad en secuencias es, para él, una influencia primordial. En sus cuadros, se tiene la sensación de estar ante un sofisticado fotograma. E igual le sucede con la fotografía artística, esa que sugiere e invita a adentrarse en ella. Incluso en el lenguaje publicitario es posible rastrear algo que le incite.

“Son estímulos que nos entran y que te pueden provocar una pulsión emocional que te haga querer transformarlos en un cuadro”. En su caso, la memoria también es un venero inagotable. Es ahí donde, desde pequeño, se le han fijado algunas de sus temáticas recurrentes.

SUMINISTROS AGRÍCOLAS LUQUE

El circo es una de ellas. En esencia, las lonas bicolores de esta clase de espectáculos ambulantes representan el puro movimiento, a pesar de que puede dar la impresión de estatismo. Sin embargo, no hay nada inmóvil en estos pabellones ambulantes que se montan y desmontan en una ruta perpetúa, con paradas aquí y allá. Rutina y rito de la diversión itinerante.

“Tengo un recuerdo muy vivido de la explanada solitaria, algo aislada en un confín del barrio, donde acostumbraba a desplegar su artificio de quita y pon. Era un descampado frente al Instituto Inca Garcilaso. Y cuando llovía mucho aquel terreno deshabitado se convertía en una laguna. Allí nos metíamos los chiquillos con las botas katiuskas a patear aquel charco enorme. Pero allí era, precisamente, donde se levantaban los circos”.

Atraídos por ellos, nosotros íbamos hasta donde se había estacionado la caravana de los titiriteros. Acudíamos en pandilla o en solitario para presenciar cómo de la nada surgía una tienda improvisada, orgullosa de sus banderolas y de unos nombres exóticos, como de lugares remotos y fantásticos.

Berlin Zirkus en la Avenida de la Constitución.
[FOTO: MANU CÁRDENAS]

Saltimbanquis y trapecistas evanescentes


Y aunque parezca que todo aquello estaba predestinado a desvanecerse al instante, tras la función de fieras, payasos y acróbatas, hay algo de toda esa fugaz efervescencia que resiste en alguna membrana; un sedimento desenfocado que se va encajando inadvertidamente entre la maraña de los primeros recuerdos.

Habrá quien cuestione que algo tan efímero pueda tener algún tipo de repercusión. Puede ser, pero la decadencia de esas carpas desvencijadas permanece y aflora con una solidez rocosa. “Es el circo con esos colores desgastados. En los azules y rojos que conforman un universo ajado se contiene, así lo pienso, una gran belleza”.

Es un mundo aparentemente enmohecido que resulta atractivo en su ruina. En su soledad. Algo semejante transmiten los faros de Juan, que son fanales salinos incólumes, inalterables, cuya linterna giratoria aplaca el oleaje y, a cambio, orienta a los navegantes y pescadores en las tempestades más oscuras. Es el lenguaje de la luz.

Circo y faro, de Juan Luque.
[FOTO: JOSÉ ANTONIO PONFERRADA]

“Los faros son iconos, símbolos que yo utilizo para hablar de muchas cosas, como también lo son las carpas de circos y los moteles de carretera. Es provocar una emoción en el espectador con diferentes escenarios”, sostiene. Hay unas gotas de desamparo y tristeza en estas escenas que parecen arrancadas de una película. Está ahí, impactante, el paisaje como algo abrumador en el que casi se diluye, si no se empequeñece, la figura humana.

Solitud e incomunicación parecen adivinarse, casi tocarse, en estas obras de colores difuminados, pero no ensombrecidos. Lo humano está como en un segundo plano. Lo importante, en esta composición, parece la jaima desvaída. El faro tranquilizador entre la niebla.

“Al pintar el faro lo construyo. Y en él, es verdad, puede haber desolación y tristeza. Pero en otras ocasiones es una búsqueda puramente plástica. Muchas veces la desolación solo está en la mirada de quien se detiene ante esta imagen. He escuchado todo tipo de reacciones ante lo que yo hago y compongo. Hay quien lo considera como un mero adorno: «¡Uy, un circo! ¡Qué bonito! Lo voy a poner en la habitación de mi hijo. No ves qué colores más agradables». Y te hablan con alegría, con entusiasmo. «Perfecto», digo yo”

“Y sin embargo, hay otro tipo de personas que, ante la misma obra, efectúa una respuesta contraria a la anterior, diciéndote que a él los circos con esa atmósfera decadente le angustia y ahoga. Me parece que era Borges quien decía que nosotros, los pintores y escritores, creamos la fábula, pero que la moraleja, si la hubiera, corresponde al que mira el cuadro”.

Entregas anteriores


Faros en tierra adentro (I)

MANUEL BELLIDO MORA
FOTOGRAFÍA: VARIOS AUTORES

PÉREZ BARQUERO - BODEGA DE MONTILLA-MORILES

TEBEREÉ DISCO PUB MONTILLA


Quiénes somos
© 2020 Montilla Digital
C/ Fuente Álamo, 34
E-14550 Montilla (Córdoba) · ESPAÑA
montilladigital@gmail.com
ISSN: 3101-0377
ROMDA: VZ1I5LUCNM

Designed by Open Themes & Nahuatl.mx.