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24 de julio de 2020

  • 24.7.20
Luis Eduardo Aute, Luis Sepúlveda, Carlos Ruiz Zafón… y tantos otros. Ahora también Juan Marsé. Van dejando un rastro tras su muerte que no lleva a ninguna parte, porque todo lo dejaron en sus libros: esos mundos atávicos, absurdos, irreales, fantásticos y fantasiosos, extraños tal vez pero reconocibles, como si fuesen parte de nuestra vida, o una fotocopia desvirtuada de la vida real, de la de afuera, esa que se escapa por los desconchones de las casas abandonadas y los descosidos de los pantalones, paisajes de una posguerra nunca olvidada, imposible de recordar, una sombra en las páginas de esas novelas que siempre serán un anexo de nosotros mismos.



Todos fueron grandes, pero Marsé era grandísimo. Un hombre que nunca perdonó los reveses que da la vida, que maldecía a los idiotas y a los corruptos, que no creía en ninguna bandera porque decía, con Faulkner, que todas las banderas están manchadas de sangre y de mierda. Su madre murió en el parto, hijo adoptado, agradecido a los padres postizos pero tal vez nunca superó haber llegado a este mundo solo, huérfano, la palabra más triste del diccionario.

En 2014, publicó la novela breve titulada Noticias felices en aviones de papel, felizmente ilustrada por María Hergueda, entonces una joven ilustradora que creció en Soria y se licenció en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca. La novela arranca con el último consejo que Bruno recibió de su padre tres días antes de cumplir los quince años, cuando esperaba no volver a verle nunca más en la vida: “Nunca olvides que el amor verdadero que puedas merecer de una mujer no será el que estás buscando, sino el que no sabías que estabas buscando”.

No estudió Periodismo, pero lo sabía. Decía que la primera frase de una buena historia debía agarrar al lector por el cuello y nunca más soltarlo y que, al mismo tiempo, esa frase debía ser una síntesis del tema central tratado. Le gustaban también frases que fuesen sentencias, axiomas, proverbios, adagios, máximas.

La posguerra le metió entre ceja y ceja el paisaje en blanco y negro de una Barcelona devastada con la guerra, y en las aventis encontró la herramienta imprescindible para contar cuanto derramaba por dentro. Dicen que su prosa era fácil. Pero nada es más incierto. Su prosa era tan pulida y natural que aparentaba ser sencilla, pero, nada más arañar un tanto su superficie bruñida y pulimentada, el lector podía detectar su intensa labor de orfebrería, ese barroquismo encubierto que, aun asemejándose o confundiéndose, quedaba muy lejos del lenguaje oral que aparentaba ser.

Nació en Barcelona el 8 de enero de 1933, con los primeros zarandeos que los militares traidores comenzaban a dar a la República. Desde los trece años hasta 1959 trabajó como operario en un taller de joyería. En 1959 pasó de pulir piedras preciosas a transformar palabras pedregosas en auténticos diamantes.

Comenzó a publicar relatos en revistas literarias y ese mismo año obtuvo el premio Sésamo de cuentos. Después se atrevió con la novela. En 1961 concurrió al premio Biblioteca Breve con Encerrados con un solo juguete, que resultó finalista. Pero fue ya en 1965 cuando obtuvo el premio Biblioteca Breve con Últimas tardes con Teresa. Le siguió La oscura historia de la prima Montse (1970).

Yo lo conocí en 1977 cuando estudiaba en Madrid. Firmaba ejemplares en la Feria del Libro de Si te dicen que caí, la novela que hizo de él un grandísimo escritor y que le consagró como uno de los mejores escritores en castellano, ese idioma de Cervantes que él tanto amaba. La novela acabó en las tijeras de la censura franquista, de manera que la primera edición vio la luz en México, en la editorial Novarro.

Marsé tuvo que esperar hasta la muerte del dictador para que se publicara en España. Seix Barral lo hizo en 1976 y en marzo de 1977 entró en máquinas la primera reimpresión, que fue la que a mí me dedicó. Los estudiantes entonces, como ahora, no disponíamos de mucho dinero –yo me lo gastaba todo en libros y bocadillos de calamares–, y le dije que un escritor de izquierdas como él debía cuidar los precios de los libros. Pero él y yo sabíamos que esa no era su competencia. En la dedicatoria me decía: “A Antonio López, lamentando que el libro sea tan caro, pero con un abrazo. Juan Marsé. 77”.

Escribió, como tantos escritores, de los derrotados, de los vencidos más que de los vencedores, de aquellos desheredados de la tierra que pagaron con su sangre y su honor el precio de anteponer la vida ante cualquier otro fracaso que no fuese vivir de pie antes que morir arrodillado. Llevaba dentro el coraje nunca mancillado, la pena del niño que creció en una posguerra hambrienta y necesitada, el paisaje hecho añicos de unos ideales siempre inalterables en los que creyó a pies juntillas, la Barcelona rota por las bombas y la metralla, los sueños alimentados con palabras hasta reconstruir el fracaso colectivo, el fracaso que fundaría la mejor narrativa de nuestra posguerra, la mejor literatura de siempre.

Juan Marsé era así. Se vengó con sus novelas de una vida miserable que nadie, entonces, merecía. El Premio Cervantes le dio la razón, aunque ya no necesitaba ningún reconocimiento para que todos supiéramos que él era el reconocido escritor que hoy es y será para siempre.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


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