San Juan de Ávila será 'Doctor de la Iglesia' en octubre

Ya hay fecha. El próximo 7 de octubre, Benedicto XVI proclamará 'Doctor de la Iglesia Universal' a San Juan de Ávila, al inicio de la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos que se celebrará en Roma, tal y como lo ha anunciado el Sumo Pontífice durante el rezo del Regina Coeli.

La montillana Ángeles Pedraza seguirá al frente de la AVT

La montillana Ángeles Pedraza ha sido reelegida presidenta de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), un colectivo fundado en el año 1981 y que, según sus Estatutos, pretende "socorrer a todas las víctimas del terrorismo del abandono y marginación del Estado".

Montilla acogerá un 'Enduro Indoor' el 30 de junio

Pese a los cambios de última hora que la Federación Andaluza de Motociclismo ha introducido en el calendario de las diferentes disciplinas deportivas para lo que resta de temporada, el Moto Club Montilla ha decidido mantener su Campeonato de Enduro Indoor para el próximo 30 de junio.

Descienden las visitas al Museo Garnelo a finales de 2011

Las visitas al Museo Garnelo cayeron en un 35 por ciento durante el segundo semestre del año 2011. Así se desprende de un estudio elaborado por la Oficina Municipal de Turismo en el que se detalla que el 60 por ciento de las visitas se concentraron entre los meses de enero y junio.

Polonio se queja por la impugnación de las oposiciones

La senadora por la Comunidad Autónoma de Andalucía, Rosa Lucía Polonio, reclamó al Gobierno, durante una comparecencia ante el Pleno de la Cámara Alta, una "rectificación" de la decisión hecha pública el pasado mes de abril de impugnar las oposiciones convocadas por la Junta.

Las hermandades se oponen al traslado de la Feria de Día

Las hermandades y colectivos que desde hace dieciséis años vienen promoviendo la 'Feria de Día' en el centro de la localidad mostraron su "rechazo frontal" a la propuesta del equipo de gobierno del PP de trasladar esta celebración al Recinto Ferial, en el entorno del Polideportivo.

Prohíben "redadas indiscriminadas" de inmigrantes

La Dirección General de la Policía ha publicado una circular que prohíbe expresamente a los agentes "establecer cupos de identificación de extranjeros", así como desarrollar "actuaciones masivas o indiscriminadas basadas en criterios étnicos", una práctica denunciada por la AUGC.

Mostrando entradas con la etiqueta La putada de ser piano [Carlos Serrano]. Mostrar todas las entradas
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12 de mayo de 2012

Palabras, paciencia, sonrisa

Era un misterio tan antiguo como el vino. De piel salada y boca dulce. Fuerte como el mar que choca contra el acantilado creyendo que podrá derribarlo. Demasiado hermosa para un mundo tan frÍo. Sueña con ser ave y llegar muy lejos, huyendo de los cazadores.

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No era indiferente ante la torpeza de ellos de intentar meterla en una jaula. Perseguía ser luz. Podría escribir un libro sobre ella. Un poco de su esencia encerrada en unas páginas. Pero nunca lo intentó. No es de las que se dejan encerrar. La belleza no entiende de adjetivos.

Ahí entendió que ella siempre estaría a su lado. Estaba dolido debido a que tenía la ilusión de ponerse algún día la medalla de nunca haberle hecho daño. Por desgracia, ya no colgaría ese honor en su uniforme.

Llevaba perdido mucho tiempo. Era un soldado vagando por un páramo sin saber que acabó la guerra. Tiempos de paz con el rifle en la mano. La mayor parte de él era caos. No podía explicarlo. Lo intentó muchas veces cuando le preguntaban qué le pasaba. Soltaba por inercia un "nada".

Pero no el típico "nada" que obviamente escondía el problema. Era "nada" porque no sabía nada. Pero sabía que saldría de esa. El soldado llegaría a casa. Sano y salvo. Por desgracia, herido por las cosas que vio, que un poderoso enemigo le obligó hacer por sobrevivir, pero seguía vivo. Eso era lo importante.

Poco a poco iba siendo mejor escritor. Peor orador eso sí, pero eso iba a cambiar. No podía depender de por vida de su inspiración y de los bolígrafos que, más de una vez, se le reventaron en los pantalones. ¿Quién iba a quedarse con un poema, con un relato? Si quiere decir algo, abre la boca y escoge las palabras.

¡Cuántas veces tuvo la sensación de que aún no encontró su sitio! Seguía buscando. Y cuando lo encontrase, sabía que sería él mismo el único equipaje que llevaría en la mudanza. Él mismo y la foto de ella en su vieja cartera. Era el objeto más valioso guardado en aquel montón de cuero viejo.

Debía quitarse algunas telarañas de la cabeza que le permitieran ver claro el objetivo: estar a gusto consigo mismo. Se lo debía. A pesar de la tormenta de aquella noche, salió el sol. Ese era el mejor comienzo.

Hay amistades que tienen fecha de caducidad. Aquella no. Haría todo lo posible porque siguiera así. Cuando volviera de su caparazón, sabría que lo esperaría con los brazos abiertos, como siempre hizo. Bueno, no hacía falta esperar a atravesar el túnel. Ella siempre tuvo las palabras, la paciencia, la sonrisa.

CARLOS SERRANO

28 de abril de 2012

De chorizos y elefantes

Había una vez un reino muy lejano llamado España. No vivía tiempos felices. La bruja Crisis había quemado las cosechas y su dragón Recesión dormía tranquilamente sobre una colina, esperando recibir la orden de atacar a los aldeanos.

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Los caballeros del reino habían visto mermadas sus fuerzas. Unos estaban en el calabozo, o eso decían las leyes; otros, solo pensaban en comprarse un castillo nuevo.

Algunos colocaban a sus sicarios en los caminos para asaltar las caravanas con los impuestos del campesinado. Incluso existía uno que sufría de exceso de ego debido a que no paraban de regalarle armaduras nuevas. El pueblo de España sabía recompensar a sus héroes.

Los nobles no se ponían de acuerdo a la hora de encontrar una solución. Los nobles caballeros, la Orden de la Rosa, solo sabían gritar y gritar que la Orden de la Gaviota solo sabía quitar a los campesinos para pagar los caprichos de la bruja. Acusación a la que no faltaba razón. Pero la Orden de la Gaviota sabía lo que hacía.

¿Quién quiere campesinos cultos o sanos? Así son más fáciles de exprimir -digoooo... de poner al servicio del reino- y poder tener contenta a la bruja. Eran un poco despistados los caballeros de la Orden de la Rosa. Ellos tenían las soluciones, pero cuando ellos tenían más poder en el castillo de Moncloa, se les olvidó comentarlas. Esas cosas pasan.

Mientras tanto, el monarca estaba en paradero desconocido. Se tuvieron largas e inútiles charlas acerca de quién tenía la responsabilidad de la llegada de la bruja. Muchos decían que los tesoreros del reino. Otros, que todos tenían un poco de culpa.

El tesorero juega con la codicia del campesino. El campesino no puede permitirse dos vacas: pues por narices quiere dos vacas. El tesorero, con astucia, le deja el dinero para que pueda comprar su segunda vaca, pero el campesino no tiene las monedas para devolverle el dinero de dicho préstamo.

Mientras tanto, los caballeros seguían confiando en la bondad de los tesoreros. Cualquiera no deja dinero para vacas. También es cierto que desde la llegada de la bruja, los campesinos han sufrido el doble o el triple de hechizos malignos.

Fijaos, queridos amigos, cuán grande era el poder de la crisis que hasta hizo aprobar una ley absurda a los caballeros de la Orden de la Gaviota. A un campesino, por retrasarse un poco en el pago de su vaca, se la quitan. Pero si el tesorero roba seis vacas y paga media, se le perdona el tirón de orejas. He dicho "ley absurda" pero, en verdad, bien pensado, es comprensible: cuesta un huevo cuidar a seis vacas, no comparemos.

Mientras el reino de España seguía entre tinieblas, un buen día apareció el monarca. Su larga ausencia estaba más que justificada. Estaba en una lucha a vida o muerte con unas bestias milenarias a la que los magos llamaban "paquidermos".

En tal encarnizada lucha sufrió un herida en la cadera. Por ello, los juglares hicieron odas a tan heroica batalla. El monarca, víctima de su modestia, pidió perdón. Pidió perdón por no haber podido matar a unos cuantos paquidermos más. Como estaba la cosa en su reino, sería lo único que podrían comer sus súbditos.

CARLOS SERRANO

21 de abril de 2012

Campanilla se hizo adulta

Había buscado en muchas camas, besos y abrazos. Pero no era una mujer fácil. Era especial. Habitaba como podía la ciudad difícil. No iba con ella la palabra "hipocresía". Quizás por ello, más de una vez le dieron la espalda. No ser falso en el día a día es como la honradez en la política. Te sale caro, y se ve muy poco.

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Lo importante es que era feliz. Sonreía a todas horas, aunque su mirada era triste. Su cuerpo vivía el presente, su mente y sus sentidos, no. Esta contradicción no puede explicarse. Era una continua ausencia. Las personas así viven una larga búsqueda que nunca pueden dar por finalizada. Nunca están seguros de que están buscando. Son bellas personas queriendo ser ellas mismas. Si lo logran, pasan a ser hermosas personas.

También la caracterizaba el ser imprevisible. Formaba parte de su encanto. Mantenía cierta magia propia de la niñez. Aquella que perdemos con los años. La que hace que todo sea motivo de risa, de celebración, de juegos. Formaba parte del selecto club de urbanitas con luz propia. En su odisea particular, será muy útil.

Muchos la confundieron con un hada. Lo que disfrutaron de sus mejillas iluminadas cuando reía, aquellos a los que alegró con solo un abrazo, para preguntarles cómo le iba todo. Otros simplemente vieron en ella una pieza más en un montón de nada.

Ella seguía su camino. Ignoraba qué le esperaba tras cada curva, pero su afán de aventura hacía que sus pies fueran más deprisa. Siempre esperando a que alguna sorpresa saliera debajo de las piedras. Una frase escondida en los sobres de azúcar de algunas cafeterías que la hiciera recapacitar. El consejo de algún amigo, un nuevo chiste. Esas pequeñas novedades que pueden alegrarte el día cuando menos te lo esperes.

Por ello, estaba en una continua guerra civil contra ella misma. Su faceta mágica contra la que se tomaba la vida demasiado en serio. La segunda faceta está tomando posiciones estratégicas. Crecen las responsabilidades y, por tanto, sus preocupaciones. Pero la mejor faceta planta cara. Tenía tantas cosas de su parte...

Por supuesto, estaban ahí también los defectos, como todos nosotros. Se dio cuenta de que muchas cosas no volverán a ser las mismas. En el mismo momento que comprendió que las tres de la mañana no era hora de soñar que un príncipe azul la rescataba de una alta torre, era momento de beber la noche.

Por mucho que haga que hacer, siempre tendrá la tentación de tirarse por cualquier tobogán que encuentre. Y llegará a tirarse en más de una ocasión. Con un gran sonrisa. El día que desaparezca de su boca, muchas cosas habrán dejado de valer la pena.

Le queda mucho por aprender antes de finalizar su viaje. Huir, meter la pata hasta el fondo, pedir perdón miles de veces, errar, ser humano. Me encantaría decir cómo acabará, pero no depende de mí. Todas estas palabras quedarán encerradas en este papel: lo que pase fuera de él, no es mi jurisdicción.

CARLOS SERRANO

24 de marzo de 2012

Un público difícil

Podía. No iba a intimidarlo ni el micrófono, ni los desconocidos que tenía enfrente. Ignoraba cómo iba a lograr que olvidasen por un momento sus problemas a base de reír, pero le pagaban para ello. No sabía que era gracioso y que no lo era. Era parte de la magia de su oficio.

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El foco le molestaba. El tapón de la botella de agua no se abría. En cualquier momento sería lanzado a los leones. Sabían lo que querían, lo tenían muy claro. Por desgracia para ellos, el cómico tenía la mente en otra parte.

Sus pies van para el escenario. Su cabeza le pide que respire profundamente. Firmaría poder salir corriendo. Huiría de todo y de todos. Quizás llamaría aquel amigo vagabundo para unirse a su viaje sin destino. Escribiría su mejor espectáculo cuando recuerde lo mejor de sí mismo, acostado en camas que no serán ni por asomo tan cómodas como la suya.

Vaya situación más incómoda. No sabía qué hacía allí metido. Llevaba algunos años haciendo este trabajo. No eran nuevos para él los aplausos, las carcajadas, los incómodos silencios cuando el público se aburría con la actuación.

Los veteranos que daban grandes consejos a los novatos sobre cómo sobrevivir en el mundillo; los compañeros que, con su ego, llenaban cualquier bar; los que, al contario, a pesar de su talento, tenían una modestia que llegaba a incomodar. Los que solo actuaban una vez debido a que la audiencia no era del todo benévola con ellos...

Sirve de terapia, desde luego. Mientras el objetivo del chiste no sea ofender, aunque alguien siempre se ofende -es inevitable-, puedes desahogarte con lo que sea. Luego viene la corrección. Detalles de la actuación, una mera excusa para tomarte una copa con los del gremio.

Hay que dejarlo cuando no se siente esa opresión en el estómago. Es la primera de muchas señales de que no estás disfrutando de ello. Cuando te hace más ilusión el dinero que vas a recibir que la gente que va a verte. Cuando no te vale ya cualquier escenario.

La gente cree que siempre está en una continua actuación. Siempre le piden que haga algo que les saque de su aburrimiento, que elimine su curiosidad. Parece que el mismo momento que se enteran de su oficio, pierde el derecho a ser el mismo.

Billy Wilder dijo una vez que era mejor hacer comedia cuando se estaba triste y drama cuando se estaba alegre. Por esa regla de tres, le saldría la actuación perfecta. Creía que era una de las grandes paradojas de hoy en día. La tristeza interior del payaso.

CARLOS SERRANO

25 de febrero de 2012

Acordes, whisky, eureka

Ellos preguntarán qué, quién, cómo, cuándo y dónde. Todo muy profesional. Pero no estamos hablando de un accidente de tráfico, hablamos de una idea. No se le puede poner un pie de foto, un titular.

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Las ideas son gratuitas. Nacen en nuestra mente, de ahí no se mueven. Surgen en el momento menos esperado, no esperan a ser invitadas por el subconsciente. Son una estampida de potros salvajes a la espera del jinete adecuado.

Te haces una trenza. Te tomas tu tiempo, como si semejante tarea tuviera una importancia que los demás jamás llegaremos a comprender. De fondo, un cantautor intenta dar con una canción que te haga justicia. Tardará, aproximadamente, tragos y tragos de su botella de whisky.

No es que sea mal músico, simplemente es imposible encerrarte en una partitura. Lo que daría por saber quÉ piensas. Yo y todos los que tenemos la suerte de compartir tu belleza callada en este salón.

Todas las miradas se centran, con disimulo mal ocultado, en tus envidiadas manos sobre tu pelo. Aunque en voz alta digan que tu belleza no es para tanto, matarían por ser durante cinco minutos las yemas de tus dedos.

Se me han pasado las horas volando mientras te miro. Creo que el tiempo batió su propio récord. Me he pasado toda la tarde, y lo que quede de este día, en una esquina sentado.

La idea empieza a tomar forma. Ahora es casi nada, un grano de arena. Pero hace su aparición, y no saldrá de escena. El granito de arena va aumentando. Veo arena por todos lados. Es una playa que quiere devorarme. Necesito agua, mucha agua.

Alguien rompe el silencio echándose un hielo en su copa; otro cuenta un chiste verde. Tú, permaneces inalterable, congelada en el tiempo. Tan cerca, y al mismo tiempo, muy lejos. Cruzas las piernas, sabes que eres la emperatriz de la noche. De esta y de las que están por venir.

El cantautor apura otro vaso. Van tomando forma melancólicos versos. Tú abandonas la habitación. Se vuelven sombrías las paredes. La arena de aquella idea toma forma. Serás secuestrada.

Iremos en tren hacia la estación más lejana que permitan las escasas monedas que llevo en el bolsillo. Seré el único que vea todos los días hacerte trenzas. En algún lugar, una guitarra se cagará en mis muertos por ello.

CARLOS SERRANO

4 de febrero de 2012

'Soledad Blues'

Cuando nuestro héroe debe una disculpa, jamás encuentra las palabras precisas. Quien diga lo contrario, miente. La culpa extiende sus tentáculos a lo largo de nuestros frágiles cuerpos, ahorcando todo aquello que suponga un obstáculo en su macabro objetivo.

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Él, como yo, hubiese firmado, si hubiera sido posible, tener valor. Pero no tocó semejante virtud. Siempre todo lo contrario: sobran las malditas explicaciones. Ojalá tuviera en su poder una máquina del tiempo, y fuera posible volver atrás, sólo unos minutos, unas míseras horas.

Ya sólo queda mirar hacia adelante. Creo que puede hacerlo: basta con levantar la vista del asfalto unos centímetros. Allí está, el horizonte. Y todavía hay ciudadanos empeñados en usar palabras mucho más grandes que su persona.

Dicen estar solos. En su vida se tomaron la molestia de buscar su significado. Nuestro amigo cree que es una enfermedad para la que nunca hallarán cura. Hay algo que falla en su interior, como si estuvieran más cómodos disfrutando de sus pequeñas “desgracias” antes que salir con una gran sonrisa por aquello que tienen a su alrededor.

Temen al tiempo, como todos. Con barba habitada por inagotables canas, hace sonar su imparable arma de agujas y minuteros. Poderoso, cauto, corre y no para. También tienen el miedo más absurdo de todos. Temen tener miedo. Su fría manta de emociones, controladora inhumana, gritos, oscuridad, hielo de rotas ilusiones. Animal deforme con colmillos sangrientos. Gruñido nocturno, noche eterna... ¡corre!

No quieren ver en los espejos que los pulmones siguen respirando, el corazón latiendo. Él, como último sabio, no ignora la verdad. Es un eterno estado de guerra civil. Su pueblo era el dulce sonar del río, toda la vida por delante. Llegaron los necios uniformados, cobardes, le robaron la infancia descubriéndole el olor a pólvora. No vió nunca el mar, pero sí cómo moría la tierra.

Fue poco tiempo niño y demasiado soldado, manos llenas de fusil. En la trinchera acurrucado recuerda besos, aunque el aire no tiene su perfume. La boca le sabe a sangre. Por fin vuelve al pueblo y nada es lo de antes. Las casas son grises como su uniforme. El tiempo ganó, jaque mate.

Miró confundido, no hay nubes. Sólo humo negro de los malditos cañones. Unas lágrimas se escapan de su mejilla, quiere estar lejos, comenzar y olvidar las muertes, los gritos, el hambre. Pero ellos no pararán en su largo camino a reflexionar un momento sobre su posición en el tablero, ese mismo del que ignoran formar parte.

Caerán en la cuenta que siempre hay una ventana abierta. Eso es lo que siempre le molestó: tardan mucho en llegar a ese punto. Sigue su camino a ninguna parte mientras de fondo una trompeta canalla roza la perfección de la Soledad Blues.

CARLOS SERRANO MARTÍN

28 de enero de 2012

Onírico

Soñé contigo. No fue premeditado. Cerré los ojos y estabas allí, en el lugar de siempre. La mirada baja. Alguien no supo valorarte. Pasa demasiado a menudo en tu asfalto de humo y carmín. Risas que duran unos instantes para luego ser un recuerdo frío en algún lugar de la memoria. Palabras bonitas que van perdiendo su fuerza conforme van saliendo de bocas ajenas. Niebla.

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Tu guión, por desgracia, está mal escrito. Eres frágil. Intentas ser fuerte y, en cierto sentido, lo consigues. Logras mantenerte de pie en el ring. Pero siempre de una forma u otra logran atravesar tu armadura y herirte.

Los problemas, las frases con malicia, los golpes bajos, los desengaños amorosos, la vida en definitiva. Frágil, pero muy valiente. Te falta coger al toro por los cuernos. Los motivos sobran, debes creértelos. No voy a perder el tiempo enumerándolos. Cuanto antes te des cuenta, mejor.

De repente, levantas la cabeza. Se encienden las farolas de un parque cualquiera, pasa a ser el más importante del mundo. Me hablas de planes, de las cosas que te hacen ilusión, en definitiva, de ti misma.

Te diría que el tiempo a tu lado pasa volando, pero cada vez que estoy contigo no hay lugar para los relojes. Podemos hacer lo que queramos, cuando y como queramos. El único límite es el que marque el subconsciente.

Es curioso, ahora todo es más fácil. No hay nadie que te diga lo que estás haciendo mal con aire de falso triunfador que hace tiempo conoció tiempos mejores. No hay falsas palmaditas en la espalda, malos consejos. Antes de que pueda darme cuenta, ha desaparecido el parque.

Estamos en un lugar que me es muy familiar, demasiado. Lo tengo en la punta de la lengua. No me viene, es inútil. No ayuda a ubicarme el estar en tantas cosas al mismo tiempo, incluso en sueños. Estoy en muchas cosas a la vez.

Quiero estar cien por cien pendiente de ti, de cada palabra, de cada pequeña mueca. Es tarea fácil, pero me esperan algunas losas cuando el maldito despertador me traiga de vuelta al día a día.

Pero queda mucho para eso. Ahora me cuentas un maravilloso viaje que tenías en mente desde hace tiempo. Sol, palmeras, fina arena. Suena bien, muy bien. Tu cara es otra. Brilla, preciosa como siempre. Lástima que algún malnacido mate tu magia. Yo sigo a lo mio, disfrutar de la charla, no perder detalle, recrearme en tus ojos.

Ya casi no queda nada de la mujer que me encontré en la bruma, al principio de todo. Estás volviendo a ser, poco a poco, la de siempre. Ríes, por fin. Victoria. Un pitido no invitado, cabrón, ataca mi tímpano. Abro los ojos. La habitación, la radio dando las noticias: la realidad. Mierda.

CARLOS SERRANO

14 de enero de 2012

Un Guido jerezano

¿Qué es arte? Aparentemente una pregunta sencilla: solo debemos ir al diccionario y encontrar su significado en una de sus múltiples páginas llenas de conocimiento. En la prehistoria ya hablamos de "arte" refiriéndonos a aquellas figuras que representaban el día a día de los hombres y mujeres prehistóricos en las cuevas de la Península Ibérica y del resto de Europa.

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Las inmensas catedrales góticas son consideradas "obras de arte", al igual que los cuadros de Picasso o Ciudadano Kane, la genial película del director norteamericano Orson Welles. ¿Dónde está la frontera? Si definimos "arte" como la "capacidad del ser humano para trasformar las materias primas para expresar un sentimiento o una idea", estamos admitiendo miles de posibilidades.

El arte es un aspecto muy importante actualmente: algunos de los llamados "artistas" son reconocidos y bien remunerados. Una fotografía puede mostrar miles de horrores y concienciar a una sociedad entera; una película puede hace reír y llorar a miles de espectadores; y una obra de teatro, poner en pie a un teatro entero.

También existe un tipo de arte que no viene definido en ningún libro. Yo soy incapaz de explicarlo. Pongamos que es un brillo especial que poseen algunas personas. Llamémoslo "ganas de vivir". Simplemente, es un maravilloso virus que se propaga antes de que puedas darte cuenta.

Debemos situarnos en Jerez de la Frontera. El lugar exacto dentro de esta ciudad gaditana da lo mismo. El protagonista de estas líneas, Armando Carrillo, no varía su comportamiento. Le da igual la Plaza del Arenal, la calle Larga, la Plaza de las Angustias o el parque González Hontoria.

Eso sí, siempre con un sencilla pero eficaz filosofía de vida por bandera: disfrutar de las pequeñas cosas, de los pequeños momentos, y contagiar, a cuantos más mejor, de esa maravillosa enfermedad llamada "alegría".

"La vida es bella", dice continuamente. Será casualidad que la oscarizada película de Roberto Benigni, de mismo título, sea su favorita. Al igual que Guido, protagonista del film, siempre intenta derribar las dificultades a golpe de sonrisa y buen humor. Sus armas son un pañuelo de lunares, el maestro Camarón y el gran Paco de Lucía. En definitiva, no es que sea un experto en el tema artístico, pero ignoro el motivo de que no haya personalidades así expuestas en ningún museo.

CARLOS SERRANO

24 de diciembre de 2011

El paseo más largo del mundo

Hace veinte minutos estaba compartiendo sudores con ella en su cama. Dos besos fríos más tarde, de nuevo caminando sin rumbo por aquella avenida. Se encendió un cigarro, era consciente de que la ciudad no podía sorprenderle. Compartía miedos con aquellos desconocidos que habitaban las calles. Sus excusas por no quedarse en ese refugio que muchos llaman "casa". Un trabajo, cada vez más difícil de encontrar, unos recados que bien pueden esperar unas horas, cualquier cosa vale.

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El recuerdo del montón de folios en blanco en su escritorio no conseguía levantarle el ánimo. Pero cualquier amago de unas líneas, por muy malas que fuesen, sería mejor que nada.

Tras dar varias vueltas borracho por el pueblo y salir a la misma plaza, admitió que estaba perdido. Se arrepintió de no haber escuchado las sabias palabras del párroco, natural del lugar, de esperarle a la salida de misa. Era un hombre de suerte, al quinto intento de llamada, el párroco le cogió el móvil. A pesar de su estado, pudo explicarle su situación para que acudiera a su rescate...

- ¡Vaya mierda! ¿Un párroco? ¿En qué estoy pensando? ¿Qué hace mi protagonista en ese pueblo? Puedo -no, mejor debo- hacerlo mejor. Veamos, busquemos un nombre... Felipe.

Periodista, casado con dos hijos. Su redactor le envía a un pueblo a escribir un reportaje para la revista de viajes para la que trabaja. Descubre un secreto sobre el pueblo y los habitantes harán todo lo posible por quitárselo de encima.

Estuvo dándole muchas vueltas a la historia de Felipe. No lo tenía fácil. La cara sonriente que dejó sola en aquel colchón empezaba hacerse un hueco en su cabeza.

- Parece sacado de un película mala de serie B. Lo que necesito es algo con gancho. Ahora están de moda los vampiros y los zombis. ¿Un pueblo de vampiros? No, John Carpenter me mataría... La mujer de Felipe llama a la Policía para anunciar su desaparición. ¿Quién mató a Felipe? ¿Por qué? ¿Una secta de vampiros? ¿Una de zombis?

Su recuerdo se hacía cada vez más fuerte. Quería pensar rápido en otro relato. Si no acababa ella con su salud mental, lo haría el redactor jefe, si la entrega no llegaba a tiempo.

- Pienso con calma… Un pianista antes de un importantísimo concierto. Un misterioso hombre le hace chantaje. El pianista le ha robado las partituras, amenaza con contarlo a la prensa. No está mal... ¿Ahora qué?

El misterioso hombre mata en una acalorada discusión al pianista. El público se mosquea por el retraso. Su mosqueo es inútil: los muertos no tocan el piano. La seguridad del teatro descubre el cadáver.

Darwin jamás estuvo tan nervioso. No estaba preparado para salir a escena aún... Muchos críticos decían de él que llegaría muy lejos si no perdía ese talento que había demostrado tener en más de una ocasión para interpretar a los grandes clásicos al piano.

Por fin llegó a casa. "A la mierda el maldito relato", pensó. El cuerpo le pedía dormir. La almohada es, en muchos casos, la mejor musa, si no contamos a los ojos marrones que muchas veces quedan esperando en alguna cama solitaria, de esas que habitan cualquier urbe.

CARLOS SERRANO

3 de diciembre de 2011

Una de adolescencia

Era lo de siempre. Claro está que las cosas cambiaron un poco respecto al año pasado. Empezaron los nervios ante la presencia femenina, el intentar quedar como el macho alfa ante el resto. Si para ello había que joder al prójimo poniéndolo en evidencia, no se dudaba. Era una guerra sin cuartel por el objetivo más hormonal de todos. Tocar pecho antes que nadie y disfrutar de los quince minutos de fama por ello.

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Normalmente, el “humillado” era él. Reconocía que era un blanco fácil. Acné rebelde, pésimo jugador de fútbol, algo tímido... Y tenía la osadía de hacer reír a la gente. Tuvo claro que para sobrevivir a la adolescencia había que tomar un rol. Si no, podías darte por muerto.

En toda pandilla está el imán para las mujeres; el buen estudiante; la amiga que todo el mundo, llegada cierta edad, quiere tirarse; el macarra... Él era el gracioso, creo. No es que tuviera un show montado ni nada por el estilo. Simplemente decía tonterías que habitaban en su cabeza. Y la gente reía. Era una sensación gratificante aunque una vez le dejaron, según ella, debido a que no aguantaba su sentido del humor. Tiene que haber de todo, supongo.

Ser el blanco de las bromas para conseguir ligue le hizo más fuerte. No había manera de herirlo. Antes de recibir la primera broma, tenía preparada ya la contraofensiva. La originalidad destacaba por su ausencia.

Si no era el físico, era el peinado, o el llevar gafas. Siempre pensó que era triste que se pensara que era digno intentar echar un polvo ridiculizando a alguien a quien llamas “amigo”. Sus miembros viriles, obviamente, no pensaban igual.

Ironías de la vida, el acoso y derribo terminó cuando vieron que con el gordito gafitas era con quien más hablaban las candidatas a ser poseídas por el machote tipical spanish. Por poseer el gran superpoder de disfrutar de una conversación mirando a los ojos y no al escote.

A veces era difícil. Pero es cierto que disfrutaba hablando con ellas. Cada una era un territorio nuevo que explorar. Pasara lo que pasara, siempre salía ganando. Una gran amistad, una sonrisa que recodar, una mirada a la que dedicar unos versos... De vez en cuando, también conseguía no dormir solo.
CARLOS SERRANO

19 de noviembre de 2011

La sirena y el ratón

Una vez esperándola, con la esperanza de que por fin me hiciera caso, desayuné con un tipo que decía ser un importante espía. Creía que el Gobierno norteamericano le perseguía por sus conocimientos sobre el once de septiembre. Querían matarlo. Yo no le mataría. Le llevaría por los platós de televisión y a vivir del cuento.

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Él, al menos, tiene una emocionante vida entre manos. Yo sólo tengo miedo, mucho miedo. Desde que tengo uso de razón, siempre tuve miedo. De los matones de mi calle, de los insectos, del futuro. Dejo para otros el papel de héroe. Yo me quedo en la sombra.

Recuerdo la primera vez que tuve miedo. Recuerdo la primera vez que invadió mi cuerpo. La calle sólo estaba iluminada por una farola. Apenas pasaban coches a pesar de que era temprano. El instituto situado enfrente del bloque de edificios marrón tenía un aire siniestro. No ayudaban a eliminar esa imagen aquellos árboles del patio moviéndose al ritmo del viento, ni las humedades que invadían el tejado y las ventanas.

Sólo oía el ruido de mis propias pisadas. Cuando llegué a mi portal pulsé el portero automático. Una voz metálica me contestó y abrió la puerta. Subí las escaleras corriendo hasta llegar a mi casa. Entré.

Encendí las luces. Busqué en cada habitación. No había nadie. No pude dormir aquella noche. Cada ruido, por muy pequeño que fuese, me desvelaba. Ese soy yo: un eterno ratón asustado. Pero basta de desvaríos... No nos olvidemos de ella, no la perdamos de vista. Sería el peor de los crímenes.

Aproximadamente diez minutos. Era lo que tardaba aquella belleza en coger el bolso y pisar la calle. El gran espejo situado enfrente de la puerta de entrada a su domicilio era el culpable de que tardase tanto en realizar una tarea tan cotidiana.

Se colocaba el pelo, comprobaba que el maquillaje estuviera perfecto, aunque no le hiciese falta; alisaba su ropa, daba un beso al aire y salía a comerse el mundo. Era la mejor parte del día. Ver el ritual de aquella sirena perdida en el mar de asfalto.

Demasiadas mentiras y te quieros vacíos. Se reconoce al instante a ese tipo de mujeres. No podía apartar la mirada de ella. Sentado en aquel sofá, mientras la televisión daba noticias que carecían de importancia. Podríamos decir que el día a día duraba veintitrés horas y cincuenta minutos. Ese era mi secreto. Nadie podía arrebatármelo.

Un buen día salió a la calle con prisa. No perdió ni un segundo. Adiós a la magia. Sabía que echaría de menos esos diez minutos. ¿En que los invertiría? Un café, un paseo, una copa quizás. A veces, tener tiempo libre es una putada.

Poco a poco, el ritual desapareció, ella dejó de hacerlo. Con el tiempo fue sustituido, pero no era lo mismo. Diez minutos. Ahora, simplemente espero a que vuelva. Unas veces, fumando un cigarro. Otras, escribiendo. Con suerte, algún día volverá la sirena a su pequeño océano de vidrio.
CARLOS SERRANO

12 de noviembre de 2011

Fragmentos

Todo tiene un principio. Del cálido refugio materno salimos a la guerra del día a a día. Por un trabajo, un mendrugo de pan, un beso. Soldados del ejército más poderoso del mundo toman las calles. El ser humano. Hay hijos de puta triunfadores, grandes personas que jamás tuvieron en sus bolsillos más que lo necesario para que sus piernas aguanten para la jornada siguiente. No sé por dónde empezar. Ignoro qué me hizo creer que era digno de contar una historia que seguramente no le interesará a nadie.

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Será todo más fácil si pensamos en una meta. Pon de tu parte, por favor. Imagina que estas líneas son el último soplo de aire de un náufrago en medio de una isla desierta, y tú, el barco salvavidas.

Soy normal. Sangre, pulmones, pupila. Sudor, pelo, dientes. Sueños, frustraciones. No tengo la fecha exacta, los nombres van y vienen, es un caos. Perdonad el desorden. Alguien intentará poner orden: gracias por el esfuerzo. Estoy sin control.

Los dedos aporrean el teclado como si tuvieran vida propia. Todas las palabras suenan bien en mi cabeza. De hecho, me preocupa que no existan las suficientes para decir todo lo que hay que decir. Es una de las grandes frustraciones de la humanidad. Irnos de este mundo sin decir todo lo que queríamos soltar por nuestra boca. La medicina moderna intenta alargarnos la vida cada vez más para que esto no ocurra y que nadie se quede con una última frase en los labios.

Seguramente a estas alturas, más de uno, y de dos, pensará: "otro pesimista". Jamás me consideré eso. Creo en la felicidad por encima de todas las cosas. El único dios verdadero. Bien es cierto que no puede rezársele, que no tiene ningún libro sagrado, pero todos soñamos con ella. Creemos que algún día llegará. Tarde o temprano nos hará una visita. Puede que dure un día, unos instantes, una semana, meses, años, cinco jodidos minutos. Por ella merece la pena levantase cada mañana, abrir bien los ojos, echarle cojones a la ciudad cuando quiera hundirnos.

Llegamos a la gran cuestión. Un motivo. No pretendo hacer reír ni hacer llorar. Ni siquiera haceros pensar en algún asunto en particular. Peco de ser poco trabajador. Aquí, incluso, de egoísta.

Este conjunto de letras, es fruto de una mente inquieta. Si no hubieran sido escritas, quién sabe qué habría hecho en su lugar. Pongamos que estáis leyendo una vomitona. Metralla de un puesto fronterizo. Y buscad vuestro propio motivo para leerlas. Yo solo las deposito en una caja de Pandora. Sólo faltan valientes que la abran, para que todo esto tenga algún sentido.

Siempre he odiado los hospitales. Su olor a enfermedad. Los doctores que creen que cuidan a máquinas. Sabía que no venía a un hotel de cinco estrellas precisamente. No podía más. Este día tenía que llegar. La hora de decir basta. Era sólo cuestión de tiempo que me mirase al espejo y viera mi reflejo deforme.

Quizás sin darme cuenta -ocurre muchas veces en las grandes ciudades-, cruzo la frontera que separa el mundo real de la imaginación. Demasiadas mentiras. Para no dormir solo, arrancar bellas y efímeras sonrisas de descocidas los sábados por la noche. Para sobrevivir. Creía en la utopía de que por pura estadística alguna de mis historias cobraría vida. Muchas veces soñé ahogarme en el fondo de un vaso. Que mi cabeza impactaría contra algún hielo.

Los amigos, la familia... eran escaso cemento para tapar las grietas que asoman en mi interior. No puedo dejar de sentirme triste. Este es el problema. Los falsos viajes, las amantes, los falsos ascensos en el trabajo. Triunfos de humo. Supongo que estoy donde me corresponde. Un loco, un manicomio.

Antiguamente, se creía que los locos eran personas que tenían contacto con los dioses. Se les respetaba e, incluso, se les pedía consejo. Ahora se les encierran. Los que no tienen la suerte de recibir atención médica, vagan por las ciudades, aislados. Temidos por la gente. Marginados.

Igual no es que estén enfermos, es que el resto tendría que estar encerrado por ser los verdaderos dementes. Cómo cambia todo. La evolución, dicen. Sinceramente, a veces me encantaría dirigirme al encargado de que todo vaya hacia adelante, pero mal. Por favor, no apriete más el botón. A no ser que esté completamente seguro de que esta vez no va a meter la pata.
CARLOS SERRANO

29 de octubre de 2011

Un día entre semana

Siempre dejaba su ventana abierta. Las obras enfrente de su calle provocaban que un polvo gris escombro le despertara entre ataques de tos a las siete de la mañana. La mayoria pondría el grito en el cielo. A él le gustaba.

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Decía siempre que era la manera que tenía la ciudad de despertarlo. Anoche volvió a verla. Fue testigo de cómo varios intrépidos intentaron tomar aquel bastión de curvas, olor dulce y maquillaje, a base de frases mil veces dichas y sonrisas de perfecto galán ensayadas ante el espejo.

Disfrutaba de las cosas sencillas. Una copa siempre llena y una buena conversación con cualquier desconocido. Era de esas personas capaces de ir a por el periódico y pasarse horas hablando con el quiosquero o con el panadero, depende del recado.

Aquella mañana la resaca dolía más que de costumbre. Obviamente, debido a que bebió más que de costumbre. Era un excelente bebedor, pero a veces perdía el control. Es la mejor terapia contra la vida en la jungla de alfalto. Con sus indígenas llenos de dióxido de carbono y manías; su creerse cuerdos cuando la locura es propia de las mejores personas. Ellos huyen de ella.

No tenía ganas de volver a la oficina. Era su prisión, todos tenemos una. Dijeran lo que dijeran su familia y amigos, odiaba aquel edificio. Todos iban vestidos igual. Hablaban igual. Les hacían pensar igual. Pero, eso sí, necesitaba el dinero.

La humanidad sería más feliz si no dependiera del magnate dólar. Incluso de él dependía el seguir respirando. Llegó tarde. Tras el rapapolvo del jefe, que se esforzaba cada día más en demostrar su total incompetencia para ocupar ese puesto, era el turno del mágico primer cigarillo de la mañana.

Algún día mandaría todo aquelllo a la más lejana de las mierdas que hubiera en el mundo. Ese plan le hacía sonreir sin darse cuenta. Por el momento, tenía que seguir tragando. Sólo quedaban once horas para la primera copa y ver de nuevo aquellos ojos marrones, la sonrisa perfecta resistiendo el asedio de cada noche.
CARLOS SERRANO

15 de octubre de 2011

Dijo "basta" el Ave Fénix

¿Cómo describirla? ¡Vaya putada! Si lloviera, las gotas ni la tocarían: el agua sabe que no merece su cuerpo. En caso de fuerte viento, no se atrevería a despeinarla: el viento sabe que no merece su pelo. Una mujer de labios amargos es ardiente verano. Cualquiera firmaría derretirse.

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Aquella mañana, cuando despertó, ignoraba que era el día más importante de su vida. No sabría explicarlo, pero estaba harta, muy harta. De personas que se cruzaron en su camino con sonrisas nocturnas, amabilidad fingida. Sólo eran caballeros de etílica armadura deseando transformarla en su próxima montura.

No podía con que todos la tratasen como si les debiera algo, como si estuviera constantemente defraudando a alguien. Tenía la peor enfermedad del mundo: falta de amor propio. En nuestros días, es muy común padecerlo.

Además, sufría mucho por los cánceres que padece el mundo. Injusticias. Estaba muy nerviosa. Le sudaban las manos, su preciosa cara. Mentiras, muerte, calentamiento global. Abuso de poder, corrupción... Un largo etcétera.

Sabía cuáles debían ser las palabras que formarían su gran discurso a la vida. Una vez pronunciado, no temería jamás sus represalias. No pudo contener las lágrimas cuando vio su reflejo en el pequeño espejo del cuarto baño. Lo lograría. Su monólogo sería triunfador indiscutible de la noche.

Una vez dicho, era pura estadística. Tarde o temprano aparecería ese tipo más próximo a un personaje Disney. Creen que existen ¿quién soy yo para contradecirla? Que a un hombre de carne y hueso la conquistará con su sentido del humor, con su optimismo.

Pero al final, pasará como siempre. Será algo así como un "he navegado entre tu pelo de olor a recuerdos pasados, he visto en tus ojos, la mirada de alguien cansado. He sentido odio ciego e inútil por no ser yo quien te sonrojara al decirte 'te quiero'; he huido a mi mente, llena de paisajes solitarios. Quiero recordarte como alguien que, con mano de acero, vino a salvarme. Pero al saborear tus labios, secos y agrietados, me doy cuenta de una cosa: el tiempo nos ha separado con su gigantesco brazo".

De vez en cuando, hay que soltarse un poco con la vena lírica. Pero ella resurgirá de sus cenizas cual Ave Fénix. Siempre lo ha hecho.
CARLOS SERRANO

18 de septiembre de 2011

Demasiado pronto

Querido David:

Siempre fuiste muy despistado. Quizás por ello te confundiste de tren y acabaste en una estación lejana, demasiado lejana. Todos cometemos errores en la vida. Para mí, tú pagaste un precio muy alto por los tuyos.

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He oído mucho sobre tu viaje. Que vas rumbo de un lugar mejor, que lo tenías planeado desde hace mucho. Podrías habernos llamado, quizás estaríamos todos juntos tumbados en cualquier playa de Sudamérica, como tantas veces hablamos en aquellas inolvidables noches de borrachera, que marcan el principio de las mejores amistades.

Sólo espero que no pierdas tu pasión por escribir aquellas canciones, estés donde estés, donde siempre nos veíamos reflejados gracias a tu capacidad de mirar a la gente a los ojos, volcar sus sensaciones más ocultas en las líneas de un verso. Siempre sospeché por ello que eras medio brujo.

Debo pedirte perdón. Tú me ayudaste en mis primeros años de carrera en una ciudad desconocida. Yo no fui capaz de darte el consejo, escribirte las líneas, darte el abrazo que pudieron haberte hecho abrir los ojos. Veo tu cara siempre riendo en la cama de un frio hospital diciéndome si sacábamos el tema de tu guerra: "Serrano, está controlado tranquilo. No te preocupes".

Pero a pesar de tu magia no pudiste con tu peor enemigo. No es una lucha fácil, pero parecía que sólo te faltaba asestar el golpe definitivo para decapitar a la bestia. Recuerdo el calendario de tu cuarto señalando los días, las semanas, los meses. Podrían haber sido años, el resto de tu vida. Pero ese es el tren que no pudiste coger amigo mío. Siempre fuiste, como he dicho, muy despistado.
CARLOS SERRANO

10 de septiembre de 2011

Los reyes del parque

Un año dura más de trescientos días. Cada día tiene veinticuatro horas. Es tiempo de sobra para hacer planes, muchos planes. Cuál es el mejor bar donde ir con los amigos; llamarla o no un día de estos para que sepa que sigues vivo; qué hacer en definitiva. Todo se resume en un enorme ¿qué hacer?

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El tiempo pasa. Muy pocas veces podemos evitar pagar la factura. Pero hay ocasiones en que no molesta. Un día cualquiera sales a la calle y decides ver al mejor psicoterapeuta del mundo. Un amigo de los de toda la vida, en peligro de extinción, y unas litronas bien frías de La Auténtica. La llamábamos así porque era la única tienda del barrio que, en plena dictadura de la litro con tapón de rosca, seguía vendiendo cerveza con su chapa de toda la vida.

Nos pusimos al día enseguida. Él seguía trabajando de esto, aquello. No había perdido su gran sentido del humor, su capacidad de robarte una carcajada aunque estuvieras muy jodido. Yo seguía escribiendo para algún periódico gratuito; de vez en cuando me publicaban algún relato, nada importante.

Sin más preámbulos, llegó el turno de recordar anécdotas. Teníamos para parar un tren. La mayoría de cuando éramos quinceañeros. No está mal que te recuerden de vez en cuando lo idiota que eras en aquel entonces. En eso no hemos cambiado mucho. Sinceramente, muchas veces pensé en la posibilidad de que nunca hemos dejado de tener quince años.

Cuatros litronas, algún cigarro, muchas risas. Empezamos a contarnos problemas. De esos que no aguantan mucho tiempo dentro del cuerpo, de los que se te agarran al pecho y a la garganta: debes vomitarlos a la persona adecuada. Te das cuenta de una de las escasas verdades absolutas de esta vida. Como dijo el dramaturgo, "los amigos de verdad se cuentan con los dedos de la mano de un manco".

Hacía unos cuantos años que no nos veíamos. El tiempo, el que uno de los dos viva en otra ciudad... Las excusas para que muera una amistad son muchas. Más son los motivos para no perderla. Parecía que no hubiésemos perdido el contacto. Como siempre, escuchó atentamente mis palabras. Pronunció la única frase que podía elevarme el ánimo, y me dio un abrazo.

Sentado en aquel banco de un parque cualquiera, comprendí el motivo de que llevara más de diez años llamando a esa persona "amigo".
CARLOS SERRANO

3 de septiembre de 2011

Goodbye, Oslo

Ahí estaba. Iba a conseguir que se me cortara el primer café del día. No daba crédito. Existen elementos que nos recuerdan que alguna pieza del ser humano anda defectuosa. Una avería para la que no existe remedio. No me lo creía. Un error, una broma sin ninguna gracia, algo totalmente diferente. "Por favor", supliqué en vano. Era la realidad de aquella mañana. Ojalá me hubiera quedado en la cama.

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La fotografía dice mucho. Sonrisa de chacal. Era un ser superior, si definimos la superioridad como capacidad de ignorar por completo el valor de la vida humana. Asco. Parece estar esperando una medalla.

Explicará tranquilamente a una justicia apaleada los minuciosos detalles de una acción cobarde, ideada y llevada a cabo por un cobarde. Escribirá un libro sobre su hazaña; la gente lo devorará con sumo interés: el público adora a los locos. Eso explicaría lo de la mirada. Relajada, pero a la vez desafiante.

Ignoro el principio biológico que hace respirar el mismo oxígeno a gente así y al resto de personas que habitamos como podemos este globo. Nunca fui hombre de ciencia.

Se cree que es digno de aparecer en los libros de Historia. Quizás un hueco en acciones sin nombre que hace que nos replanteemos que un gran porcentaje de la humanidad está podrido.

Para ellos era un día más. Los autobuses les llevaban a los centros comerciales, a hacer turismo, a los puestos de trabajo. En las escuelas sus hijos bostezaban deseando que llegase la hora del recreo. Se servían los cafés en las cafeterías.

Todo fue un espejismo. Esta monotonía frágil se deshizo en pedazos cuando el coche bomba explotó en el centro de Oslo. Murieron ocho personas. En la isla de Utoya, en un tiroteo mortal, fueron cazados setenta y seis jóvenes. Anders Behring Breivik juzgó que no eran dignos de seguir viviendo.

La ciudad donde nunca pasa nada, del país donde nunca pasa nada, pasó a ser protagonista de la prensa, de los informativos, de los programas de debate. Nadie encuentra un porqué de la matanza. La razón es simple: no hay un motivo. La más absoluta de las locuras no tiene razón de ser, sólo destruir, sembrar el pánico.

Hay que estar agradecido a un embotellamiento el que no haya más víctimas. El terrorista tuvo un error de cálculo a la hora de contabilizar el tiempo que tardaba en trasladarse a sus objetivos. Al final, la bestia tuvo destellos de humanidad. Hay que joderse.
CARLOS SERRANO

6 de agosto de 2011

Ítaca

Había dos opciones, estaba enamorado. Es de los que piensan que si ella es feliz, él también. No cae en la cuenta de que su felicidad, como en un 99 por cientode las veces, podía encontrarla junto a otra persona. Un masoquista del amor. No es un caso aislado, es un caso muy típico en nuestro día a día.

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Se piensa que es inmune a esa terrible bestia de los celos. Iluso. Cree que es fácil ver a esa mujer por la que siente el sentimiento más humano de todos, junto a su hermano odio, con otra persona que no sea él mismo. No hay alcohol suficiente que borre esa sensación, que haga olvidar.

Tiene varias opciones. Poner tierra de por medio. Sería duro, siempre es duro. Aquellos ojos le habían salvado más de una vez la vida. Su colchón en más de una ocasión fue una isla de besos, caricias, gemidos y sudor. Lo mantenía a salvo del mundo exterior. Lleno de ruidos, dióxido de carbono, caras grises.

Pero no puede. Hay una especie de cadena que mantiene su mente en una sonrisa determinada, la repite varias veces como si fuera una película. Aunque no todo está perdido. Reconoce que no es lógico estar pegado al teléfono esperando que suene, pensando excusas para llamar por si no lo hace.

La busca en otras pupilas, otras risas, otras curvas. Es inútil. Hay una sola. Como todo lo que merece la pena en esta vida. Tiene una pesadilla desde hace algunas noches. Ella mira melancólica y cuenta los doce pasos que la separan de la ventana. Por muchas veces que mire su impasible rostro, pidiendo alguna explicación razonable, entre risas y lamentos, le responde: "no puedo". Una vez libre, se va con el primero que pasa, y el carcelero lamenta no haber tirado la llave de la jaula.

Provoca que lleve varias noches sin dormir. Es ley de vida. Si no sufrimos algún desengaño tras otro, no hemos vivido. A veces se pone de buen humor. El otro no es un mal tipo, la trata bien. De hecho, cerraron varios bares la semana pasada. Esto nos deja la otra opción de la que hablo, es gilipollas. Al enemigo ni agua.

El eterno dilema. Quiere hacer las cosas bien, pero se pasa. Nos pasa a todos, no hay un libro de instrucciones. En estos temas la clave está en el ensayo-error. No hay otra forma. Caerse y volverse a levantar. De mil formas puede decirse.

Por fin cae en la cuenta. Es posible que pueda verla sin sentir resquemor alguno. Incluso podríamos estar hablando de una buena amistad. Llamarla de vez en cuando para tomar alguna copa que otra, un café, etc. Lo dicho, un masoquista del amor.

Podríamos decir que ya terminó su Troya particular. No fue arrasada ninguna ciudad, y aquí el protagonismo no lo tiene ningún caballito de madera. Tarde o temprano ese Ulises regresará a Ítaca. Hay tantas Penélopes...
CARLOS SERRANO

9 de julio de 2011

La Reina de la ginebra

Allí estaba. Puntual como siempre. En aquel bar al final de la Gran Vía, al lado de la Plaza de España. Bar pequeño, pero de servicio excelente. Dos dedos de whisky si entraba el cliente contento para mantener su optimismo; si había que levantarlo, tres.

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Esperó aproximadamente media hora. El tiempo justo de terminar la primera copa. Ella llegó bien preparada para la guerra verbal que tendría lugar en diez minutos aproximadamente. Vino con aquel vestido rojo que dejaba claro que iba a dar batalla sin cuartel, no iba a dejarse intimidar.

Eso y sus grandes ojos marrones, bastarían para desarmar a cualquier hombre armado de cualquier puto ejército del mundo. Se sentó sonriendo, y mirándolo fijamente pidió su ginebra de todos los viernes.

Con lo bien que lo había preparado todo, pensaba el pobre iluso nervioso, había perdido el combate antes de que sonara la campana. Hay cosas que no viene en los libros. Situaciones como esta son la mejor universidad.

La femme fatale cedió terreno muy hábilmente. Jugó con su pelo castaño, reía sin parar, el creía que tenía posibilidades de salvarse de la quema. Por ello dio un largo sorbo relajado a su vaso. Se estaba confiando, grave error.

Tras varias rondas, se pusieron al corriente de sus vidas. Ninguno era lo que esperaba de sí mismo. Trabajos que no llenaban, amantes que prometían mucho y sólo dejaron una fría firma en el colchón, viajes soñados que nunca hicieron.

De repente, sobre el pobre soldado acurrucado en la trinchera, cayó el ataque sin piedad de la artillería pesada.

– Ya no te quiero.

Lo soltó como si fuera la frase más fácil del mundo. Paul Warfield Tibbets Jr. se lo pensó menos para lanzar la bomba sobre Hiroshima.

Se quedó en blanco. No tenía ningún comodín en aquella partida. Jaque mate.

Como siempre, hubo un intento de salvar aquella masacre por parte de la agresora:

- Tranquilo, te llamaré. Creo que eres un hombre muy interesante, me haces reír, pero encontré a otro con quien me entiendo mejor -él leyó entre líneas, "con quien follo mejor".

Salió corriendo a la calle. Obviamente, fue una mala noche. A pesar de las bombillas que, sobre las cabezas de los transeúntes, intentaban dar luz sobre las heridas que todos tenemos en el pecho.

Llegó a una fiesta como tantas otras. Recurrió a los besos que sólo alivian durante unas horas. Se bebió la oscuridad para encontrar sus más bajos instintos que nos permiten ser nosotros mismos, que hunden nuestra careta de barro y vergüenza.

En el último tugurio miraba fijamente aquellos ojos verdes. Era preciosa, ella lo sabía, doble peligro. No supo cómo, pero estuvieron hablando de todo y de nada al mismo tiempo. Todo para acabar, como dijo el poeta, echando el polvo más triste del mundo.
CARLOS SERRANO

2 de julio de 2011

Oda al puchero

Ciertas palabras logran que un batallón salga victorioso en la batalla aniquilando a su semejante. Hacen arder todo aquello que hace que merezca la pena despertarse cada mañana; solo debieran tener su cárcel de lengua, saliva y dientes. Pero ciertas palabras logran que no se marche, que se queden a tu lado. Hay ciertas palabras que merecen la pena. Ya sean adjetivo, verbo, determinante o conjunción.

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A veces las apariencias engañan. Es una palabra bien sencilla, no llama la atención. No tiene la musicalidad de compañeras de diccionario como "libertad", "amor", "justicia", "sexo"... Para mí era una gota de agua en el gran océano que es nuestro idioma.

Ignoro cuántas uniones de letras realiza un hombre a lo largo de su vida. Cientos, miles, millones. Supongo que la cifra disminuirá considerablemente si dejamos de contar aquellas palabras que no tengan nada de especial.

Por ejemplo, una cita filosófica improvisada en la madrugada con buenos amigos en un bar; una frase dicha en el momento preciso que logra robar un beso en cualquier portal... Estos ejemplos se librarían de la quema. Es inútil usar tecnicismos como "género" o "número".

Son pocas, pueden contarse con los dedos de una mano. Hacen que el día a día sea más llevadero. A pesar de su gran función social, no obtendrán jamás reconocimiento alguno. No tienen calles con su nombre, ningún político inaugurará un monumento para que su memoria no se pierda. Son superhéroes que no tendrán jamás un comic, muñeco o superproducción de Hollywood.

El superpoder de la palabra que inspira estas líneas es muy poderoso. Provoca la risa en una persona muy especial. No es una risa común. Es de estas risas que termina en carcajada. Siete simples letras logran que se le ilumine toda la cara. Es digno de verse.

Podemos decir que es la mejor terapia posible. Para cuando todo te parece absurdo, cuando caminas por la ciudad sin una dirección concreta, cuando todo pierde su sentido. Solo abres la boca y lo dices.

Todo nace de nuevo. Ves las cosas de otra manera. Ríe, tú ríes, es el plan perfecto. Por ello, me encanta. Reconozco que no es una palabra muy glamurosa, pero le tengo cariño.

Cada día vemos el telediario. Guerras, hambre, pobreza. Es normal que nos invada una ola de pesimismo. Pero gracias a una palabra, una sonrisa, esta posición pierde fuerza. Sienta bien ser optimista de vez en cuando.
CARLOS SERRANO