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21 de diciembre de 2014

  • 21.12.14
Lo más razonable después de haber tratado, aunque sucintamente, la vida y la obra de Norman Foster es que escribiera acerca de la de su colega Richard Rogers, otro de los arquitectos más significativos en esa estética denominada como high-tech, es decir, aquella en la que se incorporan los avances y las innovaciones procedentes del mundo de la tecnología.

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También porque Richard Rogers, siguiendo el planteamiento que hago de estudiar a aquellos arquitectos que han realizado obras en nuestro país, ha llevado a cabo proyectos significativos, entre los que cabe citar la Terminal número 4 del aeropuerto de Madrid-Barajas y el campus Palmas Altas en Sevilla.

A ello habría que añadir los numerosos reconocimientos que ha logrado, con especial significación el Pritzker de Arquitectura en 2007, lo que nos hace ver que nos encontramos ante uno de ese grupo selecto formado por 37 arquitectos que han recibido este reconocimiento, desde que se comenzara en 1979 y se le concediera al estadounidense Philip Johnson, del que ya hablé en esta sección.

Es, pues, el tercer arquitecto italiano al que se le ha concedido, tras Aldo Rossi (Pritzker en 1990) y Renzo Piano (en 1998). Y no me equivoco cuando lo ubico en Italia, porque Richard Rogers nació en la bella ciudad de Florencia el 23 de julio de 1933, aunque pasados los años se nacionalizaría como británico, por lo que se le suele colocar al lado de estos cuando se cita tan estimado premio.

Lo cierto es que su padre, Nino, que era médico y su madre, Dada, artista y alfarera, tenían una gran admiración por la cultura británica, ya que el primero de los dos era descendiente de emigrantes ingleses, por lo que a su hijo no le puso Riccardo, como correspondería a un niño que había visto la luz en el país y la ciudad que eran la cuna del Renacimiento, sino el muy británico nombre de Richard.

Una vez que pasó su infancia y adolescencia en su ciudad de origen, y siguiendo los consejos familiares, se trasladó a Londres para estudiar en la Architectural Association, aunque terminaría graduándose en la universidad estadounidense de Yale.

En estos años conoce y entabla una estrecha amistad con Norman Foster, con quien formaría el estudio Team 4, pero debido a la escasez de trabajos y la falta de perspectivas laborales no le queda más remedio que deshacer el estudio a finales de 1967. De todos modos, y a pesar de este contratiempo, su amistad con Norman Foster se mantendría a lo largo de los años.

Otro arquitecto al que habría que citar en su vida es a Renzo Piano (del que ya hablé en otra ocasión), dado que se conocían y compartían sus inclinaciones por las estructuras ligeras y flexibles, visibles y abiertas en vez de ocultas en el interior de los edificios. Por otro lado, ambos tenían tendencia hacia la búsqueda de sistemas y procesos de construcción que proporcionaran escala y ritmo a los edificios que proyectaban.

El contacto con Renzo Piano fue de lo más fructífero, ya que su propuesta conjunta para el concurso internacional convocado por el Ayuntamiento de París para la construcción del Centro Cultural Georges Pompidou fue la ganadora. Hay que tener en cuenta que se presentaron nada menos que 680 concursantes de todos los rincones del mundo, y que en el jurado se encontraban nombres de gran prestigio como Jean Prouvé y Philip Johnson, por lo que resultó sorprendente que dos arquitectos de algo más de treinta años y sin apenas obras previas se alzaran con semejante reconocimiento.

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Lo mínimo que se puede decir de la propuesta de Rogers y Piano para la creación de un centro cultural en el mismo corazón de París es que planteaban un proyecto totalmente arriesgado y rupturista, pues sin ningún tipo de pudor chocaba con todo un entorno de edificios del siglo diecinueve y comienzos del veinte, edificios que rodearían a otro nuevo que más bien recuerda a la arquitectura fabril que es posible encontrar en un polígono industrial.

Aunque ya he hecho referencia a este centro cuando he hablado de Renzo Piano y de Norman Foster, traigo en esta ocasión dos encuadres distintos para que comprendamos que la obra de ambos arquitectos tuvo la misma importancia que la de Gustave Eiffel cuando proyectó su torre en 1889 para conmemorar la Exposición Universal que se llevaría a cabo en París. Ambos, torre y centro cultural, se han convertido en verdaderos símbolos e iconos arquitectónicos de la capital de Francia.

Observando ambas fotografías, comprobamos en que la primera, tomada como vista aérea, se nos muestra un edificio que tiene la forma de un paralepípedo rectangular, cubierto de tuberías y de estructuras metálicas pintadas con colores intensos; nada que ver con aquello que lo rodea. En la segunda, correspondiente a una de las entradas, se comprueba que es una arquitectura eminentemente high-tech, sin relación con los materiales tradicionales conocidos: ladrillo, piedra, madera, hormigón, etc.

Puesto que Rogers ya tiene 81 años, es fácil entender que ha firmado numerosas obras en distintos países. Sin embargo, en esta ocasión me quiero centrar en algunas que ha realizado en España, pues existe la posibilidad de conocerlas sin tener que salir fuera de nuestras fronteras.

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Demos un salto importante en el tiempo con respecto al edificio comentado y nos situamos a finales de la década de los noventa para presentar la obra de Rogers más significativa y más conocida en nuestro país, pues todo aquel que se haya desplazado al aeropuerto de Barajas ha visto las cubiertas ondulantes que cubren la nueva terminal.

Para esta nueva terminal se convocó, en 1997, un concurso internacional promovido por AENA (Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea). El mismo fue ganado por un consorcio de arquitectos e ingenieros, cuya cabeza más relevante era la del italo-británico Richard Rogers.

Con un total de 1.200.000 metros cuadrados de superficie, la nueva terminal de Barajas está considerada como la mayor obra que se ha realizado en Europa en los últimos tiempos, y, a pesar de ser un edificio gigantesco en extensión en el que el usuario podría perderse, las referencias que tiene con el exterior permiten que pueda orientarse a lo largo del mismo.

Desde el punto de vista de su terminación, nos muestra un diseño atractivo, en el que predominan las cubiertas ondulantes, con láminas de madera clara y los pilares metálicos inclinados de color amarillo y verde, lo que hace que esta obra sea más cálida y humanizada que otras con su fría tecnología high-tech.

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Los amantes de las delicias que proporciona un buen vino no solo conocen los de nuestra tierra, sino que saben que aquellos que tienen la denominación de Ribera del Duero se encuentran entre los tintos con gran reconocimiento.

Pues bien, en la localidad vallisoletana de Peñafiel hay una empresa, inicialmente cooperativa, que tiene el nombre de Bodegas Protos y que tuvo la excelente idea de encargarle en los noventa a Richard Rogers el proyecto de las nuevas bodegas.

En este caso, el arquitecto no acudió a las ‘excentricidades’ Frank Gehry cuando este proyectó la bodega-hotel ubicada en el pueblo alavés de Elciego, y que se asemeja más a una exhibición escultórica que a un edificio. De todos modos, ese proyecto, que puede consultarse en el artículo que escribí sobre Gehry en esta misma sección, respondía a la estética con la que se ha hecho famoso el arquitecto de origen canadiense.

Rogers, como podemos comprobar, fue más comedido, puesto que la mirada del bello castillo medieval de Peñafiel planearía constantemente sobre las bodegas.

La sencillez de la obra proviene de que en una superficie triangular crea unos espacios cubiertos por unas bóvedas de cañón de color ocre rojizo, aludiendo al que habitualmente tienen las tejas, de modo que se van ampliando a medida que se acercan al lado más largo de la parcela.

La obra fue acabada en 1997, y dos años después alcanzó a ser finalista en el prestigioso premio Stirling, denominación que hace referencia al gran arquitecto James Stirling.

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Las dos últimas grandes obras de Richard Rogers en nuestro país son el hotel Hesperia Tower, abierto en 2006 y ubicado en Hospitalet de Llobregat, y el Campus Palmas Altas, inaugurado en 2009 en Sevilla.

Nos vamos a referir a este último para cerrar este breve recorrido, dado que fácilmente es posible conocerlo en la ciudad hispalense.

El Campus Palmas Altas se encuentra en la zona sur de la ciudad, cercano a la avenida de Jerez que se inicia a la altura del estadio del Benito Villamarín. Es la nueva sede del grupo Abengoa, empresa sevillana tecnológica de proyección internacional, cuya actividad principal es el desarrollo sostenible de las industrias de infraestructuras medioambientales y energéticas.

El conjunto está formado por siete bloques de oficinas, dispuestos a ambos lados del espacio de una plaza central y de una secuencia de plazas interconectadas, cuya escala y carácter evocan la intimidad de los patios andaluces en contraposición a los espacios abiertos que caracterizan los parques de negocios convencionales.

Esta obra de Rogers responde a los requerimientos de Abengoa cuando la empresa pretendía que el ‘campus’ se convirtiera en un modelo de referencia sostenible en el futuro. Tengo que indicar que, en este sentido, ha recibido destacados premios, entre ellos el concedido a la excelencia medioambiental por parte del Institute of Architects (AIA) del Reino Unido, lo que es indicio de que, efectivamente, se cumplen esos requerimientos de edificios sostenibles y respeto medioambiental.

AURELIANO SÁINZ


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