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17 de noviembre de 2013

  • 17.11.13
Si hay un arquitecto extranjero cuya obra haya supuesto un verdadero impacto en las últimas décadas, en el sentido más positivo de la palabra, ese es Frank Gehry, autor del Museo Guggenheim de Bilbao. Y es que este edificio desde muy pronto se convirtió en el símbolo de la renovación de la industrial ciudad vasca, marcada, tiempo atrás, con un cierto aire de tristeza y por el escaso atractivo que acompañan a los entornos cargados de fábricas y naves industriales.

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Pero antes de hablar de este edificio emblemático, conviene que conozcamos algo acerca de la biografía del arquitecto canadiense. Frank Owen Goldberg, que así es su nombre original, nació el 28 de febrero de 1929 en la ciudad de Toronto, de padres judíos procedentes de Polonia.

Tras pasar los años de infancia en su ciudad natal, se desplaza a Estados Unidos, país del que adquiere la nacionalidad, por lo que casi todas sus referencias proceden de este gigante americano. Los estudios de Arquitectura los realiza en la Universidad del Sur de California, ubicada en Los Ángeles, ciudad en la que comenzaría a realizar sus primeros en innovadores proyectos arquitectónicos.

Para poder acercarse a las obras de Gehry, que recibió el premio Pritzker de Arquitectura en 1989, es decir, cuando contaba con sesenta años, conviene indicar que sus impactantes obras son una mezcla de arquitectura, escultura y diseño por ordenador, pues las formas curvadas de sus edificios solamente pueden plasmarse gráficamente con el auxilio de un potente software industrial similar al que es empleado para construir los jets Mirage.

Como en otros artículos sobre Arquitectura, vamos a comenzar el recorrido de las obras más significativas de este autor con las dos más relevantes que ha realizado en nuestro país, pues de esta manera podemos comprender mejor el significado de sus trabajos.

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Para quienes se acercan a Bilbao, es casi visita obligada acudir al Museo Guggenheim de la ciudad vasca. Inevitablemente se sorprenderán de la insólita imagen de este edificio. Pero conviene saber que este museo pertenece a la Fundación Solomon R. Guggenheim, de modo que el primero de ellos, claramente innovador en su momento, es el que se encuentra en Nueva York, siendo proyectado por Frank Lloyd Wright, uno de los arquitectos más importantes de final del siglo XIX y mediados del XX.

El singular edificio, inaugurado el 18 de octubre de 1997, llama la atención por las formas curvilíneas que adopta una parte del mismo, y que han sido recubiertas por planchas de titanio. De igual modo, la piedra caliza y las cortinas de cristal cubren parte de las paredes externas de este museo que se encuentra ubicado junto a la ría de Bilbao.

Conviene apuntar que, desde el primer momento, recibió el apoyo casi unánime de todos los que lo contemplaron. Acerca del mismo, el arquitecto estadounidense Philip Johnson, autor de las torres inclinadas o Torres Kio de la Plaza de Castilla de Madrid, dijo que era “el edificio más grande de nuestro tiempo”.

A nadie le cabe la menor duda que este museo supuso una clara revitalización de la ciudad, ya que recibe una media de más de un millón de visitantes al año, lo que ha dado lugar al desarrollo de la economía y del turismo de la región.

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Dado el enorme éxito alcanzado por el Museo Guggenheim de Bilbao, los herederos del Marqués de Riscal se pusieron en contacto con el arquitecto canadiense para que proyectara en Elciego, pueblo de Álava, una bodega que al mismo tiempo fuera hotel y que siguiera las líneas por las que encauzó la obra anterior.

Usando otra vez las placas de titanio (de tono rosado para homenajear al vino de esas bodegas), el cristal y la piedra caliza, Gehry realizó una obra verdaderamente desbordante, con las cubiertas ondulantes que más bien recuerdan a las olas del mar o a los vaivenes del vino en la copa antes de tomarlo.

Esta obra no ha tenido la repercusión que alcanzó el Guggenheim. A mi modo de ver, supone ya un exhibicionismo un tanto mareante de los logros alcanzados anteriormente, porque si en un museo de arte contemporáneo tiene sentido un edificio que recuerde a una gran escultura, no está tan justificado en una bodega, cuya imagen responde a otro tipo de arquitectura. Y más aún cuando se encuentra muy cerca del pequeño pueblo con su clásica torre parroquial, por lo que parece un artefacto totalmente extraño en ese lugar.

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Quien haya salido de viaje por el centro de Europa y haya pasado por Praga, la capital de la República Checa, lo más probable es que haya conocido el singular edificio de Frank Gehry llamado unas veces “Casa danzante” y en otras “Fred y Ginger”, en recuerdo a Fred Astaire y Ginger Rogers.

Acabado en 1996 y ubicado junto al río Modava en un barrio con edificios barrocos, góticos y modernistas, en este caso generó una gran polémica por el enorme contraste que mantenía con todo el entorno. Sin embargo, contó con el respaldo del entonces presidente checo Václav Havel, ya que fue un gran defensor de esta obra, quizás, un tanto guiado por la fama internacional del arquitecto que la firmaba.

Lo cierto es que la “Casa danzante”, que evoca a una pareja de bailarines, construida con materiales no tradicionales, como son el cristal y distintos tipo de metales, se ha convertido en un referente a visitar en la hermosa ciudad en la que vivió Franz Kafka. Y es que, en ocasiones, los nombres conocidos de los arquitectos tienen la virtud de potenciar la fama de los edificios que han proyectado.

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Siguiendo en Europa, otro edificio que habría que citar es el DZ Bank, situado en la Plaza París y cerca de la famosa Puerta de Branderburgo de Berlín. Acabado en el año 2000, he de indicar que exteriormente es bastante sobrio, si tenemos en cuenta las “provocadoras” obras que Gehry suele proyectar. Pero si el visitante de la capital alemana tiene curiosidad y entra dentro, se encontrará interiormente en un enorme atrio acristalado con un cuarto aislado recubierto de metal, y que recuerda a una gran escultura.

Sin embargo, y personalmente, me parece muy bien resuelta la fachada que da a la calle Behrenstrasse, con sus paredes de suavidad ondulante, cubiertas de piedra natural y ventanas de cristal azulado, que van desde abajo hasta el techo. Y es que en este lado, Gehry tenía que acatar las estrictas normativas de edificación correspondientes a este entorno de Berlín. Curiosamente, una vez que tiene que aceptar las normas, Gehry logra una fachada sobria y de gran valor estético.

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A pesar de su notoriedad internacional, durante décadas Gehry no había construido un edificio público importante en Los Ángeles, ciudad en la que residía y tenía su estudio. Con la inauguración del Walt Disney Concert Hall en otoño del 2003, se rectificó ese fallo.

Ubicado en el centro de Los Ángeles, cerca del Museo de Arte Contemporáneo del gran arquitecto japonés Arata Isozaki (del que hablaremos en otra ocasión, dado que tiene numerosas obras en nuestro país), se inició con una donación de 50 millones de dólares de la fallecida Lillian Disney.

Hay que indicar que Gehry había sido elegido como arquitecto para este edificio en 1988, empezando las obras en 1999. Como en el caso del Guggenheim de Bilbao, utilizó el programa informático Dassault CATIA para diseñar y construir la estructura; no obstante, en lugar de revestimiento de titanio, en este caso, utilizó planchas de acero inoxidable. Por otro lado, se implicó tanto en este proyecto que también diseñó el mobiliario interior con capacidad para 2.265 localidades, llegando, incluso, a idear el órgano de madera.

Posdata: Se podría ampliar el comentario de los trabajos de Frank Gehry, pero considero que con los cinco que he expuesto los lectores se pueden hacer una idea cabal de los criterios estéticos de este gran y polémico arquitecto. Lo cierto es que son obras de un alto presupuesto, no al alcance de países en crisis económicas como es el nuestro en la actualidad.

AURELIANO SÁINZ
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