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6 de octubre de 2013

  • 6.10.13
Un artista verdaderamente sorprendente es M. C. Escher, puesto que su obra resulta ser tan singular que podemos considerarla como única, ya que no ha tenido seguidores en sus trabajos de dibujos o de grabados que son el resultado de minuciosos estudios matemáticos, con especial significación las representaciones geométricas. Por otro lado, sus imágenes se han divulgado a través de libros editados en numerosos idiomas, ya que no son cuadros o pinturas que pudieran exponerse en algún museo.

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Pero vayamos por el principio, aportando algunos datos biográficos para que conozcamos a este autor. Maurits Cornelis Escher nació en 1898, dentro de una próspera familia en Leeuwarden, Holanda, siendo su padre un reconocido ingeniero hidráulico.

Según nos informan sus biógrafos, era un estudiante bastante malo en casi todas las asignaturas. Para él la escuela constituía una auténtica pesadilla. El único rayo de esperanza lo constituían las dos horas semanales de dibujo, en las que podía dar rienda suelta a su imaginación.

Su padre, a pesar de las deficientes calificaciones de su hijo menor, consideraba que debería recibir una sólida formación científica para que pudiera ejercer en el futuro la profesión de arquitecto. De este modo, Escher se matriculó en 1919 en la Escuela de Arquitectura y Artes de Haarlem. Como era de esperar, y con gran disgusto del padre, al poco tiempo dejaría los estudios de arquitectura, puesto que el joven estudiante para lo único que tenía un enorme talento era para el dibujo.

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Demos, ahora, un gran salto en el tiempo y situémonos en 1960, para iniciar esta primera parte del estudio de su obra con los dibujos de los espacios imposibles. Así, en su trabajo Escaleras arriba y escaleras abajo encontramos la enorme creatividad e imaginación de este genial dibujante. Personalmente, creo que es la mejor de sus creaciones de los espacios imposibles que a lo largo de los años construiría.

Observándola detenidamente, uno se pregunta: ¿Cómo es posible que en la parte superior de este edificio imaginario un grupo de personajes con la cabeza cubierta por una especie de capucha se encuentren bajando y otro subiendo en la misma escalinata cerrada sobre sí misma? ¿Es ello posible?

Hay que analizar muy despacio el dibujo para encontrar una explicación convincente; en el caso de que se logre dar con alguna. Pero adelanto a los lectores que hay que ser bastante perspicaz o tener una buena preparación en geometría para ser capaz de entender este dilema.

Retrocedamos de nuevo a los años de juventud de nuestro autor. Como ya tenía claro que su futuro se encaminaba hacia el dibujo y el grabado, a sus 24 años realiza un viaje al norte de Italia, donde, aparte de enamorarse de las montañas italianas, lo hace también de una joven suiza llamada Jetta Umiker, con la que se casaría dos años después.

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Las influencias italianas permanecerían a lo largo de su vida (como las andaluzas, como veremos en la segunda parte de la obra de Escher). Esto se evidencia en esta ilustración titulada Belvedere, de 1958, en la que está representado un mirador, con personajes que parecen extraídos del medievo, y desde el que se domina un paisaje montañoso de tipo alpino.

Como puede comprobarse, dos personajes están subiendo a través de una escalera de mano que parte del interior de la planta baja para alcanzar la superior por su lado exterior, algo que, desde el punto de vista físico, es imposible dentro del espacio real de tres dimensiones.

A diferencia del dibujo anterior, en este segundo es factible contemplar las distorsiones que realiza el autor para que, aquello que tridimensionalmente es imposible, pueda representarse en las dos dimensiones de la lámina en la que lo ha realizado.

Podemos suponer que estas creaciones ya estarían latentes en la juventud de Escher. De todos modos, su feliz estancia en Italia se ve interrumpida por el ascenso del fascismo. Con su mujer y sus tres pequeños hijos decide trasladarse, inicialmente, a Suiza, donde estuvieron viviendo un par de años, antes de volver a Bruselas, ciudad cercana a su país de origen.

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Siguiendo esta primera entrega de espacios imposibles, nos encontramos con otra de las propuestas muy conocidas del autor holandés. En este caso se trata de la que lleva por título Cascada. Como puede comprobarse es otra arquitectura imposible, que solo se puede plasmar en las dos dimensiones de la lámina, pero que no podría construirse en la realidad.

Y es que, si observamos detenidamente el dibujo, comprobamos que el agua que impulsa la rueda dentada va subiendo hacia arriba para caer en cascada en un tiempo infinito que nunca acabaría. De nuevo surge la interrogante: ¿Cómo es posible que las mansas aguas que se desplazan en una cinta horizontal de forma tranquila acaben cayendo en cascada hacia el mismo principio del que salen? ¿No rompe las leyes que rigen la naturaleza este hecho?

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Antes de realizar estos dibujos que estamos comentando, Escher ya había trabajado con mundos imposibles de espacios interiores, logrando sorprendentes resultados, puesto que las perspectivas y los puntos de vista se alteraban con el fin de lograr extraños resultados.

Esto es lo que se aprecia en este grabado en formato cuadrado y que lleva por título Relatividad. En él vemos personajes anónimos que suben o bajan por escaleras, de modo que las paredes se convierten en suelos y a la inversa, dando lugar a una auténtica alteración de las coordenadas espaciales por las cuales se mueven los sujetos.

¿No sería, quizás, una interpretación de lo que la Física nacida de los postulados de Einstein, que nos anuncia que no vivimos en un espacio de tres dimensiones, tal como nos dicen nuestros sentidos, sino que hay que contar con una cuarta dimensión, como es la temporal, o que la realidad tiene más, pero que para nosotros es imposible comprender más de tres?

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El comienzo de estas representaciones espaciales con distintos puntos de visión habría que situarlo en la obra de 1947 titulada Arriba y abajo. Desconozco si Escher conocía a fondo los postulados de Einstein en el sentido de que el universo se curva por la intensidad de las fuerzas gravitatorias que lo controlan.

Lo cierto que la propuesta que nos hace en este trabajo, en el que vemos a un niño que mira hacia una ventana en la que asoma una figura femenina, la realidad queda duplicada, como si no pudiéramos estar seguros o con la certeza del mundo en el que vivimos.

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En la mayoría de los trabajos de Escher, las escenas que construye son de carácter amable, con imágenes que invitan a despertar la imaginación y la fantasía de quienes las contemplan. La única verdaderamente inquietante es la que tituló como Cubo de escalera, en la que unos pequeños reptiles, monstruosos y articulados, se mueven por los suelos pétreos de unos espacios, algo carcelarios, sin que encuentren salida a este laberinto.

Uno podría realizar múltiples interpretaciones acerca de esta escena. Me imagino que algún pesimista podría apuntar que es así como nos vemos en la actualidad: como pequeños monstruos que deambulan dentro de una sociedad-laberinto sin atisbar ninguna salida dentro del espacio caótico en el que nos movemos.

AURELIANO SÁINZ
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