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CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta La vida empieza hoy [José Antonio Hernández]. Mostrar todas las entradas
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11 de marzo de 2022

  • 11.3.22
Por muy cansinas que nos resulten las alarmantes informaciones sobre el imparable crecimiento de los trastornos mentales originados por los rápidos, múltiples y graves episodios que, en la actualidad, estamos sufriendo, es inevitable que insistamos en la necesidad de, en la medida de lo posible, conocer su naturaleza y frenar sus efectos.


Una de las características comunes de estas perturbaciones psíquicas es la ansiedad, esa tensión física y mental que está llegando a ser el denominador común de los comportamiento políticos, sociales, laborales, económicos, deportivos y culturales. En todos ellos advertimos que se eleva el nivel de estrés y el de presión hasta tal punto que no dejan lugar para, simplemente, vivir.

Si el ansia –ese deseo vehemente de emprender una actividad– es un motor decisivo para iniciar, para continuar y para terminar los trabajos difíciles de una manera exitosa, la ansiedad –esa inquietud incontrolable por actuar de manera inmediata– constituye, paradójicamente, un freno potente que puede paralizar o, al menos, entorpecer el progreso de las tareas complejas.

El profesor Judson Brewer, director de Investigación e Innovación del Mindfulness Center y profesor de Medicina en la Universidad de Brown, nos cuenta con detalle en Deshacer la Ansiedad (Barcelona, Paidós, 2022) cómo él fue descubriendo el origen, los factores y los efectos de la ansiedad, no solo investigando en las neurociencias sino también analizando sus propios ataques y los de los pacientes a los que él atiende.

En esta obra, además de explicarnos de manera clara y detallada cómo surge la ansiedad, nos propone unas fórmulas prácticas para identificar sus detonantes, para comprender la sucesión de los ciclos de miedo y de preocupación, y nos proporciona unos métodos prácticos para actualizar las redes de recompensa cerebral con el fin de liberarnos y de romper los ciclos de ansiedad.

Sus explicaciones sobre el funcionamiento del cerebro, sus pautas para descubrir los factores desencadenantes de la ansiedad nos descubren cómo, de manera progresiva, ese freno se va apoderando de todos nosotros y haciéndonos correr el riesgo de caer en el desánimo, en el desaliento y en la apatía. Y es que, efectivamente, la ansiedad, unas veces, nos bloquea y nos resta fuerzas y, otras veces, nos lanza al vacío o nos impulsa para que demos brincos frenéticos y saltos mortales.

En mi opinión, uno de los valores más importantes de este oportuno libro es que nos explica con claridad lo que nos ocurre a cada uno de nosotros en estos momentos críticos y, además, nos habla a nosotros en nuestro propio lenguaje.

Te agradezco, estimado amigo Judson, tu generosidad por compartir con nosotros tus experiencias, tu acierto en el uso de un lenguaje asequible y tu humilde disposición de seguir aprendiendo de los pacientes e, incluso, de nosotros tus lectores.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

4 de marzo de 2022

  • 4.3.22
Efectivamente somos animales humanos, y, por lo tanto, no somos solo animales. Somos personas que pensamos, que imaginamos, que hacemos proyectos y que nos ilusionamos, que nos alegramos y nos entristecemos, que practicamos acciones buenas y acciones malas, que sentimos amor y odio, que nos relacionamos con otras personas que son sujetos de derechos y de deberes.


Nuestro mundo es un espacio compartido en el que pretendemos movernos con libertad, y, para mejorarlo y para hacerlo más habitable, necesitamos dirigirnos a otros seres libres, conversar con ellos, dialogar y colaborar.

Con estas afirmaciones tan elementales y tan sabidas, llegamos a la conclusión de que, para entendernos, debemos estudiar y aplicar, además de los principios de la Física, de la Química, de la Biología y de la Genética, las nociones de otras ciencias que nos expliquen las maneras humanas de actuar.

A mi juicio, este es el punto de partida implícito y la conclusión clara a la que he llegado tras la lectura detenida de La mente parasitaria. Cómo las ideas infecciosas están matando el sentido común (Barcelona, Deusto), una obra de Gaad Saad que nos cuenta cómo su vida, y, más concretamente, sus dolorosas experiencias en la guerra civil libanesa y en la guerra desatada, sobre todo, en los campus universitarios estadounidenses contra la razón, la ciencia y la lógica, han determinado que, como “librepensador alérgico al pensamiento de grupo”, se decidiera a ser profesor tras comprobar que esa “intelectualidad universitaria” generaba unas corrientes patógenas de pensamiento que influían en el resto de la sociedad.

Reconociendo que somos animales que pensamos, sentimos y actuamos, nos advierte sobre los riesgos de invertir este orden y de actuar impulsados por las emociones sin razonar previamente. A su juicio, esta alteración del orden racional genera unas formas de pseudo profundidad enmascarada de verdad.

En esta obra analiza minuciosamente los elementos patógenos de la mente que determinan unos patrones de pensamiento, unos sistemas de creencias, de actitudes y de modos de pensar que parasitan la capacidad de emplear la razón, la lógica y la ciencia para conducirnos por el mundo.

Explica con detalle cómo “aunque cada virus de la mente constituye una cepa distinta de locura, todos se rigen por el rechazo total de la realidad y del sentido común”. Su conclusión, sin embargo, es positiva y esperanzadora: “La cura está delante de ti: es la búsqueda y la defensa de la verdad: es el nuevo compromiso con las virtudes de la revolución científica occidental y la Ilustración. Marchen, soldados de la razón. Juntos podemos ganar la batalla de las ideas”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

25 de febrero de 2022

  • 25.2.22
En la actualidad, la mayoría de nosotros, a no ser que nos veamos sorprendidos por una enfermedad mortal o por un accidente trágico, nos encaminamos con relativa rapidez hacia una dilatada ancianidad. A mi juicio, debería ser normal que nos preguntáramos cómo estamos viviendo o cómo viviremos ese último recorrido que, si lo preparamos con habilidad, con esmero y con sabiduría, podría ser el tiempo adecuado para recuperar oportunidades, para aprender y para emprender los caminos de una longevidad lo más grata posible, para abrir puertas a lo desconocido, para escribir páginas aún en blanco, para extraer enseñanzas de las dolencias y de las limitaciones físicas y, en resumen, para vivir, para disfrutar y para celebrar lo que nos queda de vida.


Tengo la impresión de que, en contra de la opinión generalizada, el futuro, más que de los jóvenes, puede ser de los mayores porque, como revelan las estadísticas, el número de los nacimientos está descendiendo, mientras que la cantidad media de vida de los ancianos está aumentando.

Confieso que, mientras cavilaba sobre estas elementales ideas, he descubierto Un instante eterno. Filosofía de la longevidad (Madrid, Siruela Biblioteca de Ensayo), un libro de Pascal Bruckner que las propone, las plantea y las explica de una manera clara, interesante y, al mismo tiempo, profunda.

Sus reflexiones, fundamentadas en análisis serios, en datos contratados y en experiencias vividas, nos ofrecen la oportunidad para que nos planteemos de manera razonable las cuestiones fundamentales de la vida humana como, por ejemplo, si deseamos vivir mucho tiempo o vivirlo de una manera razonable, intensa y provechosa.

Un instante eterno. Filosofía de la longevidad nos proporciona orientaciones concretas para alimentar el bienestar y para soportar las adversidades de las enfermedades físicas y de los trastornos mentales, en un periodo en el que convivimos tanto con nuestros contemporáneos como los que han fallecido y a los que convocamos con nuestros agradecidos recuerdos.

Su punto de partida es la constatación del “cómico desajuste generacional”, esa tendencia generalizada a perseguir “la eterna juventud” mientras olvidamos que la edad humaniza el paso del tiempo, pero también lo hace más dramático.

Efectivamente, es frecuente que se produzca una alteración de los valores cuando, por ejemplo, consideramos la infancia o la juventud como el fin de la existencia, como la meta a la que pretendemos –inútilmente– regresar tras un largo viaje.

A juicio del autor, Pascal Bruckner, el hecho de que una de cada dos niñas que nazcan hoy llegará a los 100 años evidencia que la longevidad nos afecta a todos porque saber que podemos llegar a vivir un siglo cambia por completo la concepción de los estudios, de la carrera, del trabajo, de la familia, del amor e, incluso, de la muerte.

Es probable que los que lean con atención esta oportuna reflexión, con independencia de la edad que hayan alcanzado, pronuncien la palabra "gracias" con la que culmina el libro: “la única palabra que debemos decir cada mañana, en reconocimiento del regalo que se nos ha dado”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

18 de febrero de 2022

  • 18.2.22
La Ilustración, el periodo de nuestra historia cultural en el que se defiende que la razón humana debe desautorizar las convicciones arbitrarias enraizadas en emociones o en fantasías, posee en la actualidad una sorprendente validez.


Sus ideas deberían guiarnos para evitar dejarnos engañar por las interesadas llamadas publicitarias, para aliviar la saturación de ilusiones vacías, para combatir el cansancio del dogmatismo de la derecha y de la izquierda políticas. Estoy convencido de que hoy necesitamos reconciliarnos nuevamente con la razón.

En el libro titulado En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso (Barcelona, Paidós), su autor, Steven Pinker, nos muestra cómo el progreso debe ser guiado y estimulado por la razón, por el pensamiento, por la ciencia y, en resumen, por el humanismo, por esas pautas que nos descubren los valores humanistas de la vida, de la salud, del sustento, de la paz, de la seguridad, de la libertad, de la igualdad, de los derechos humanos, de la alfabetización, del conocimiento, del bienestar, de la familia, de los amigos y de la naturaleza.

Con una exhaustiva y detallada aportación de datos contrastados, nos demuestra cómo las permanentes aspiraciones de mejora se pueden lograr mediante los intercambios de ideas que orienten nuestras maneras de concebir y de practicar la economía, la política, las relaciones sociales, el arte y la cultura. Estoy de acuerdo en que esta es la mejor, la única manera, de lograr que progresemos y que todos vivamos mejor.

En el mundo actual, cuando se acepta que el uno por ciento ha acaparado la mayor parte del crecimiento económico de las últimas décadas, y que los demás solo intentamos mantenernos a flote mientras que nos vamos hundiendo lentamente, el problema más grave es la permanencia y la defensa –a veces de manera violenta– de convicciones erróneas e irracionales como, por ejemplo, que “la Tierra es plana, la negación de la evolución o el daño de las vacunas”.

Efectivamente es cierto que, en este siglo XXI, cuando se produce un acceso sin precedentes al conocimiento, también nos está invadiendo una imparable marea de irracionalidad. La lectura de esta obra nos redescubre el imprescindible poder del conocimiento para seguir mejorando, para acercarnos al bienestar justo, necesario, compartido y posible de la sociedad.

Estoy de acuerdo en que una concepción humana de la organización de la convivencia social, económica, cultural y política, basada en los hechos e inspirada por los ideales de la Ilustración –la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso– reformulados, como hace Steven Pinker, con el lenguaje del siglo XXI, pueden aportar la lucidez necesaria y abrir un horizonte de esperanza para mejorar nuestras vidas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

11 de febrero de 2022

  • 11.2.22
Tengo la impresión de que, en el ámbito laboral, en el de la cultura, en el de las relaciones políticas e, incluso, en el de la convivencia social y familiar, se está extendiendo de forma progresiva el surf, ese deporte marítimo que practican muchos jóvenes y que consiste en deslizarse por encima del mar sorteando las crestas de las olas.


Es posible que en esta moda influyan las estrategias publicitarias y las condiciones de vida pero, sin duda alguna, uno de los factores decisivos es el avance invasivo de esos ruidos ensordecedores, de esa agitación frenética y de esas llamadas delirantes que nos distraen e impiden la concentración.

El hecho cierto es que las herramientas que, en principio, deberían servirnos para mejorar la calidad de nuestras tareas y, en general, para vivir la vida de una manera más intensa navegando, nadando e, incluso, buceando en las actividades más valiosas y más provechosas, nos están distrayendo y alejando del bienestar personal y del éxito profesional que exigen entrar y “concentrarse” en el interior de nosotros mismos.

En el libro titulado Céntrate (Deep work) (Barcelona, Península, 2022), el profesor de Ciencia Computacional, Cal Newpot, nos explica con detalle, con sencillez y con rigor la importancia de la concentración para las tareas profesionales que exigen pensar, y analiza minuciosamente las crecientes dificultades con las que tropezamos precisamente con las tecnologías digítales cuya finalidad debería ser facilitar nuestros trabajos. Señala cómo, mientras las tecnologías avanzan a una endiablada velocidad, nuestras habilidades mentales se ralentizan: “las máquinas son cada vez más inteligentes y nosotros cada vez más torpes”.

Nos explica de manera clara –muy clara– los valores, la escasez y la eficiencia del “trabajo a fondo”, y la necesidad de que nos entrenemos para desarrollar destrezas y para llegar al máximo de aprovechamiento de las capacidades mentales y, en palabras textuales, “para fortalecer el músculo mental”.

Ese es el camino directo e inevitable para lograr que nuestras tareas sean más eficientes, más gratificantes e, incluso, más rápidas. Nos proporciona unas pautas concretas y sencillas como, por ejemplo, meditar, memorizar, planificar, cuantificar las actividades, aislarse, fijar horarios y ritmos de trabajo o abandonar las redes sociales.

A mi juicio, además de sus análisis minuciosos, de sus razonamientos coherentes y de sus explicaciones claras, son de agradecer sus amenos relatos de comportamientos que ilustran sus teorías. Su conclusión es terminante: “Comprometerse con el trabajo profundo no implica una postura moral ni es una aclaración filosófica. Es, eso sí, un reconocimiento pragmático de que la capacidad para concentrarnos, es una destreza que nos permite hacer cosas valiosas”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

4 de febrero de 2022

  • 4.2.22
Partiendo de la influencia decisiva que, según Max Weber, las diferentes culturas ejercen en nuestras maneras de comunicarnos los seres humanos, resulta una obviedad asumir que es indispensable tenerlas en cuenta para practicar el arte de la persuasión no solo en el mundo de las relaciones internacionales económicas, políticas, educativas y artísticas, sino también en las tareas laborales, sociales y, a veces, familiares, en esos contactos que establecemos en nuestros pueblos y ciudades.


Erin Meyer –reconocida especialista en relaciones internacionales– nos proporciona en el libro titulado El mapa cultural (Barcelona, Península) los principios, los criterios y las pautas que orientan las difíciles y fascinantes tareas de conocerlas y de aplicarlas como herramientas aliadas para lograr la eficacia comunicativa mediante la sintonía de intereses de interlocutores procedentes de orígenes culturales distantes, para dirigir grupos de trabajo y para establecer provechosas relaciones comerciales, laborales, científicas, técnicas e, incluso, culturales y humanas.

Sus detallados y agudos análisis prácticos nos demuestran la frecuencia con la que los líderes olvidan la importancia decisiva que posee el conocimiento de los dos factores fundamentales de la comunicación: el emisor y el receptor cuando, por ejemplo, poseen diversas formas de proyectar la imagen de autoridad.

Pone de relieve cómo no se suele advertir el valor determinante de las convenciones y de las convicciones culturales ni la influencia determinante de algunas barreras invisibles como los movimientos, las actitudes, los gestos corporales y los comportamientos de la vida ordinaria, una serie de diferencias cuyo desconocimiento suele hacer imposible el entendimiento.

Por mucho que nos esforcemos por explicar los contenidos de nuestros mensajes como, por ejemplo, los valores de un producto o de un proyecto, si no aplicamos las fórmulas adecuadas en las diferentes culturas, nos resultará imposible lograr la participación y atraer el respaldo de los interlocutores para hacer realidad nuestras propuestas.

Erin Meyer llega a la conclusión de que el directivo inteligente y global es el que ha aprendido a adaptarse a las diferentes situaciones modificando sus posturas y practicando, por ejemplo, la humildad, invirtiendo tiempo en escuchar y aplicando fórmulas para establecer relaciones cordiales.

En mi opinión, sus análisis detallados, sus explicaciones claras y sus conclusiones prácticas sobre la necesidad de adoptar determinadas actitudes para alcanzar el objetivo de lograr la persuasión efectiva constituye una fuente fecunda para orientar a los que necesitan ejercer un liderazgo en el ámbito intercultural.

Estoy convencido de que estas propuestas pueden ayudar para que se reduzcan esas distancias que, a veces, separan los proyectos y la consecución de las metas. Descifrar las diferencias culturales constituye, sin duda alguna, una condición imprescindible para trabajar eficazmente con clientes, con proveedores y con colegas de todo el mundo.

Estas son las razones que me mueven a valorar como oportunas y útiles las fórmulas prácticas y concretas que Erin Meyer propone para, por ejemplo, motivar a los empleados, complacer a los clientes, organizar teleconferencias en los actuales ámbitos internacionales y, por lo tanto, interculturales, que, como es sabido, está dividido y subdividido por densas barreras invisibles.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

28 de enero de 2022

  • 28.1.22
Aunque a finales del siglo pasado se iniciaron algunos intentos para reubicar las investigaciones y los estudios médicos, ha sido en esta centuria cuando se están dando unos avances relevantes. En mi opinión, es posible que el coronavirus también haya contribuido a replantear algunas de las cuestiones sobre las vías por las que se ha de discurrir para alcanzar un conocimiento más adecuado de las enfermedades y, por lo tanto, para descubrir y aplicar las terapias más eficientes.


La situación actual está sirviendo para que los profesionales de la salud adquieran mayor conciencia de que la Medicina es en la teoría y debe ser en la práctica una Ciencia inter y pluridisciplinar, dependiente de las ciencias biológicas y de las tecnológicas, y conectada, también, con las ciencias humanas y sociales.

La razón es, o debería ser, obvia: la causa final de todas ellas es proteger y beneficiar a los seres humanos y mejorar a la sociedad. El diagnóstico, el tratamiento y la prevención –y, por lo tanto la vacuna– de este problema humano, social, político y económico ha sido posible gracias a la colaboración estrecha y continua de los investigadores científicos, de los médicos y de todo el personal sanitario, de los técnicos, de profesionales de los medios de comunicación y, de manera especial, de los pacientes.

Hay una obra, oportuna, seria y estimulante, titulada Epistemología e innovación en Medicina (Plaza y Valdés Editores), coordinada y editada por el profesor de Filosofía, David Casacuberta, y por la catedrática de Filosofía de la Ciencia, Anna Estany, que pone de manifiesto de manera concluyente la necesidad de replantear el lugar del conocimiento médico y su relación con otros saberes.

En los detallados análisis elaborados por 19 especialistas de Ciencias Médicas, Filosóficas, Humanísticas y Sociales, explican de manera rigurosa y de forma clara cómo, poco a poco, se está superando aquella interpretación mecanicista del siglo XX que estudiaba el cuerpo como una máquina compuesta de piezas unidas pero separables.

Los médicos van aceptando que los pacientes desempeñan un papel más activo en la caracterización de su estado de salud, y va creciendo el número de los profesionales de la salud que reconocen que la medicina no es solo una ciencia sino también un arte. En la actualidad se acepta que la medicina es una ciencia humana fructíferamente relacionada con la antropología, con las humanidades y con las ciencias sociales.

Se tiende a encontrar, por lo tanto, una visión más interdisciplinaria y multidisciplinaria de los problemas científicos que se plantean en la medicina, y se camina de manera acelerada hacia una innovación que vaya de la mano de la integración de los saberes biológicos, sociales y culturales.

A mi juicio, los diferentes análisis elaborados desde diferentes ópticas disciplinares –desde la Filosofía, la Psicología, la Sociología y, por supuesto, desde las Ciencias Médicas– nos proporcionan una serie de pautas para replantear de manera global la enseñanza y la práctica de los cuidados sanitarios.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

21 de enero de 2022

  • 21.1.22
La comparación de la vida humana con los ríos, uno de los versos españoles que han quedado grabados en nuestra memoria colectiva, expresa según todos los críticos literarios el dolor de Jorge Manrique tras la muerte de su padre, el destino universal de todas las vidas y, también, el carácter fluido y transitorio de nuestra existencia.


En mi opinión es también una imagen de la influencia del pasado y del futuro, de la memoria y de expectativas, en cada uno de los momentos presentes. Nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras conductas son los resultados de experiencias anteriores y, también, de aspiraciones alentadoras

Para vivir el día a día de una manera tranquila, segura y lo más grata posible es necesario que nos apoyemos, al menos, en el pasado próximo y en el futuro cercano: en el ayer y en el mañana, en los recuerdos y en las esperanzas. El presente de los seres humanos es una combinación, a veces no equilibrada, de huellas imborrables y de ilusiones esperanzadas.

Somos lo que fuimos y lo que seremos. Por eso es saludable que alimentemos las baterías vitales con recuerdos sanos y con proyectos estimulantes, evitando, en la medida de lo posible, las amarguras rencorosas y las vanas ilusiones.

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar”… estas palabras de Antonio Machado tan repetidas nos sirven también para describir de modo magistral lo que es el camino de la vida. No hay un camino preestablecido de manera definitiva y, por eso, cada uno de nosotros puede configurar su sendero, su historia personal, llena de desvíos, de esquinas y de cruces, de aciertos y de errores, de momentos felices y de tragos amargos.

La etapa que ya hemos cubierto –sea cual sea nuestra edad– no resta nada al camino que nos queda por recorrer, sino que, por el contrario, potencia nuestra marcha, asegura nuestros pasos, ensancha nuestros horizontes y profundiza nuestra conciencia de que, efectivamente, cada minuto es una nueva oportunidad que no deberíamos desperdiciar.

Nuestra vida es un viaje que, como nos cuentan los poemas homéricos, es a veces de regreso Ítaca, a nuestro hogar, a ese punto de partida que, en el fondo, es o puede ser las aspiraciones hondas de esas aventuras que mueven muchos de nuestros proyectos innovadores y de nuestras íntimas aspiraciones.

Ya hemos repetido más de una vez que los viajes, por muy lejos que nos lleven, siempre alcanzan su fin y su finalidad en el punto de partida: viajamos para regresar a nuestro hogar y para descubrir en él unos alicientes de los que carecen los mejores hoteles.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

14 de enero de 2022

  • 14.1.22
En esta ocasión me permito comenzar aludiendo a la respuesta que le ofrecí a un amigo que me había preguntado quiénes eran los destinatarios del libro titulado Cháchara (Barcelona, Paidos), obra de Ethan Kross. Tras advertir el énfasis con el que resumí, con una sola palabra (“ejemplar”), mi juicio sobre sus análisis, en vez de preguntarme por su contenido, lo hizo sobre sus posibles lectores.


“¿A quiénes lo recomiendas?”, me preguntó. Y yo le dije: “He llegado a la conclusión de que interesará a las personas preocupadas por la salud mental, a los profesionales de la enseñanza, a los comunicadores, a los psicólogos y a los psiquiatras”.

En mi opinión, sus valores principales residen en su fundamentación en las investigaciones de los más acreditados especialistas, en sus detallados estudios en el laboratorio de la emoción y del autocontrol de la Universidad de Michigan, y también –y sobre todo– en el empleo de un lenguaje que, a pesar de su rigor, nos resulta claro, ameno e interesante.

Partiendo de sus propias experiencias, el profesor Kross, un especialista en Neurociencia que ha profundizado en la relación entre el dolor físico y el dolor emocional, nos cuenta los resultados de los análisis de los trastornos que él sufrió tras recibir una amenazadora carta anónima.

Este episodio determinó su decisión de investigar minuciosa y profundamente en las ventajas y en los riesgos de mantener monólogos interiores y de cultivar la introspección, “la facultad de prestar atención a los propios pensamientos”. Progresivamente fue descubriendo cómo el uso de la capacidad de imaginar, de recordar y de reflexionar ampliaba la capacidad para resolver problemas y para abrir sendas inéditas para su bienestar.

De manera sorprendentemente atractiva, nos muestra diversas herramientas para practicar los soliloquios, y nos detalla el lado oscuro de esas conversaciones que tenemos con nosotros mismos, esas “chácharas” que perjudican la salud, la vida familiar, las relaciones sociales, el ejercicio de las tareas profesionales porque –afirma– “esa inevitable dualidad de la voz interior es un verdadero rompecabezas de la mente humana”.

En mi opinión, sus fórmulas sencillas para empezar a aprender las técnicas que nos ayuden a aprovechar nuestra voz interior, a controlarla, a interpretarla y, cuando sea necesario, a dulcificarla, son –pueden ser– unas guías prácticas para abordar y para resolver situaciones estresantes con serenidad y con valentía. En resumen, sus análisis y sus propuestas son instrumentos prácticos para dominar la frecuente tensión que nos generan los pensamientos negativos y para sacar partido a los constructivos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

6 de enero de 2022

  • 6.1.22
Para orientarnos en los complicados caminos de la vida diaria y para evitar los riesgos de cometer errores debemos buscar e interpretar las señales que nos avisan de peligros y nos señalan destinos saludables. Desde la antigüedad, las estrellas eran las guías que conducían a los navegantes y a los viajeros de los desiertos, y la Estrella de Belén fue, según la tradición cristiana, el astro que orientó a los Reyes Magos al lugar del nacimiento de Jesucristo.


Más allá del significado teológico, la Estrella de Oriente simboliza la esperanza de superar las dificultades y de sortear los amenazantes nubarrones que, según algunos de los pronósticos, nos traerá el nuevo año. En mi opinión, deberíamos tener en cuenta las recomendaciones de los profesionales que, esperanzados, nos proporcionan orientaciones para esquivar el virus y para proteger la salud y el bienestar de los nuestros.

En estos momentos necesitamos prestar atención a los portadores de la estrella de la ilusión, la estrella del “volveremos a sentirnos esperanzados”, justo en el momento que empezamos a atisbar el fin de esta calamidad. Esta es la ocasión para fijarnos en la estrella que guía y nos reconforta en un mundo confuso y asustado, que nos orienta para seguir adelante disipando las penumbras de las angustias y ofreciéndonos con su brillo y con su luz unos acicates concretos en los que aferrarnos.

En mi opinión, podríamos confiar, sobre todo, en las personas próximas que, sin aspavientos y sin publicidad, se están dejando la piel ayudando a los más necesitados como, por ejemplo, los sanitarios, los miembros de ONG o de bancos de alimentos, de comedores sociales, y tantas y tantas personas que están dando un paso al frente para que las heridas de la pandemia sean menos dolorosas.

Estoy convencido de que la Estrella de Oriente, más que en los sermones piadosos pronunciados desde los elevados púlpitos y más que en los mensajes paternalistas o fraternalistas transmitidos desde confortables despachos y, por supuesto, más que en estas palabras transcritas en periódicos, está aquí mismo, muy cerca de cada uno de nosotros, en esa persona amable que nos ofrece una palabra cariñosa y un gesto de amistad.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

31 de diciembre de 2021

  • 31.12.21
El fin del año tiene mucho de despedida de una etapa de la vida y, por lo tanto, un sentimiento de gratitud que compensa los inevitables dejos de tristeza. No nos despedimos para morir, sino para seguir viviendo sintiéndonos felices porque convivimos con las personas a las que queremos y porque desocupamos los espacios de objetos caducados y los tiempos de tareas inútiles. Los finales, efectivamente, tienen mucho de liberación porque la vida tiene etapas y porque debemos obedecer a las indicaciones de la biología.


Me gustaría poseer habilidad para transmitiros a los amigos más jóvenes los deseos y la voluntad de vivir lo más plenamente posible y de seguir creciendo; desearía tener la destreza para persuadiros de que todos podemos seguir mejorando, y la convicción de que la humanidad en su conjunto puede seguir renovándose.

Éstas son las razones que me mueven a defender la costumbre de entrecruzarnos felicitaciones durante estas fechas tan cargadas de historia y tan llenas de simbolismos esperanzados. Estoy convencido de que, por muy estereotipadas que sean las frases que usemos, si salen desde lo profundo de nuestro corazón, además de infundirnos ánimo, estrechan los lazos que nos unen y nos transmiten unas saludables energías para seguir caminando.

Por eso, en este fin de año, en vez de dejarnos arrastrar por el temor o por la tristeza ante lo desconocido, podríamos animarnos mutuamente para palpar con detenimiento cada uno de los instantes que nos quedan por vivir. Yo les deseo –queridas amigas y queridos amigos– felicidad y felicidades.

Les pido, al menos, una palabra amable, un abrazo cordial y un beso cariñoso. A todos vosotros –queridas amigas y queridos amigos– a los que siempre recuerdo y a los que, sabiéndolo o sin saberlo, hacen grata y fecunda mi vida, les deseo felicidad y felicidades. Vosotros son mis mejores regalos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

24 de diciembre de 2021

  • 24.12.21
La Navidad es la fiesta de la proximidad. La conmemoración del nacimiento de Jesús de Nazaret es una amable invitación para que, reconociendo la peculiaridad del mensaje cristiano, nos decidamos a acortar las distancias, para que nos acerquemos los unos a los otros, para que suprimamos las desigualdades, los escalones y las barreras arquitectónicas, económicas y sociales.


La Navidad es una llamada cordial para que colaboremos y dialoguemos, para que nos despojemos de las insignias, de los escudos y de los emblemas que nos distancian y nos enfrentan, para que descendamos de los sitiales, de los tronos, de las sedes, de las cátedras y de los sitiales y poltronas que nos separan. Recordemos que la palabra “prójimo” es la misma que “próximo” y significa eso: “semejante”, “cercano” o “vecino”.

Pero el acercamiento, para que sea verdadero, ha de ser físico y real. Los gestos simbólicos, rituales y litúrgicos, cuando no van acompañados de comportamientos acordes, resultan vacíos, cómicos y contraproducentes: son aspavientos decorativos que, en vez de acercarnos, nos generan risas, bromas y, a veces, indignación.

Vestirse con chaqueta de pana en los mítines, montarse durante unos minutos en un autobús, prescindir de la sotana o del hábito religioso o lucir vaqueros rasgados son guiños que, si no van acompañados de un compromiso social, en vez de acercamiento, pueden ser interpretados como expresiones de frivolidad, como inmaduras actitudes provocativas, como interesadas llamadas publicitarias o, simplemente, como mero seguimiento de la moda.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

17 de diciembre de 2021

  • 17.12.21
Según un principio fundamental de la Pedagogía, los seres animados –y, sobre todo, los humanos– aprendemos imitando a otros que nos sirven de modelos. Imitar, además, es la manera más grata de establecer relación y comunicación con quienes admiramos.


La imitación es, efectivamente, un mecanismo básico en el aprendizaje de los comportamientos individuales, familiares y sociales. Es ahí donde reside, por un lado, el poder de las conductas de las personas que nos sirven de modelos, y, por otro lado, es también donde deben ejercitar la responsabilidad que contraen.

Los influencers no pueden o no deben olvidar que son modelos de identificación no solo en sus comportamientos profesionales sino, también, en sus actitudes y conductas morales y sociales. Esta realidad tan simple posee unas dimensiones desmesuradas en la actualidad debido al poder difusivo de las redes sociales, especialmente cuando las emplean los personajes más admirados de nuestro tiempo.

Ética para influencers (Madrid, Plaza y Valdés, 2021) es una obra rigurosa, crítica y oportuna, escrita por el profesor e investigador Juan Carlos Siurana, coordinador del Programa de Doctorado en “Ética y de Democracia”, de la Universidad de Valencia.

Se trata, a mi juicio, de una herramienta imprescindible para comunicadores, educadores, profesores, agentes sociales y, sobre todo, para padres sensibles a las permanentes influencias que recibimos a través los diferentes medios de comunicación y de las aplicaciones del mundo virtual.

Importante, sin duda alguna, es la advertencia inicial sobre la conexión que se establece entre la tendencia a imitar esos modelos de comportamiento, el ansia de felicidad personal, el deseo del bienestar familiar y la exigencia de justicia social.

Apoyándose en una detallada cuantificación de los seguidores y de los imitadores de los más importantes influencers del deporte, del cine, de la música, de los videos, de la moda, de la belleza, etcétera, nos explica de manera clara cuándo es buena o mala, y nos ofrece unas herramientas prácticas y fáciles de emplear para que cada uno de los lectores extraigamos nuestras propias conclusiones.

Efectivamente, este libro es un manual de ética práctica, una llamada a la responsabilidad de los influencers, de las personas y de las organizaciones que poseen un considerable número de seguidores y que, de hecho, sirven de guías y de referentes a muchos que repiten de manera casi automática sus comportamientos.

Y, sobre todo, es un aviso y una orientación práctica para quienes, de manera ingenua, atraídos por los éxitos de esos seres “ejemplares”, no siempre distinguen entre sus aportaciones realmente beneficiosas y sus comportamientos banales y, quizás, perjudiciales.

Como afirma el autor, junto a la ética para influencers, en el fondo descubrimos una ética para los seguidores. Más que oportuna, su lectura es, sin duda alguna, útil, grata y necesaria. Estoy de acuerdo en que “el beneficio máximo que los influencers pueden aportar a la sociedad es que aquello por lo que se han hecho famosos –sea el deporte, la música, la moda, los videojuegos, o cualquier otro ámbito– lo desarrollen con sentido ético. Es decir, que sepan transmitir los valores que impregnan esas actividades y que hacen que sean beneficiosas para la humanidad”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

10 de diciembre de 2021

  • 10.12.21
Durante todo el siglo XX y durante los años que han transcurrido en este siglo XXI, algunas frases de los filósofos más influyentes como, por ejemplo, La muerte de Dios, de Nietzsche (1844-1900) o El final de la Metafísica, de Heidegger (1899-1976), se han repetido como eslóganes propagandísticos por quienes, movidos por fines ideológicos diferentes, no siempre han interpretado correctamente sus significados. En ocasiones, incluso, han llegado a ser aceptadas o impuestas como dogmas de fe de la modernidad por los que se confesaban agnósticos.


Gianni Vattimo, profesor de Filosofía Teorética en la Universidad de Turín y especialista en estos dos pensadores calificados como los "críticos más radicales de la modernidad" y, también, como los "más anticristianos", reconoce que han sido, paradójicamente, quienes “a él lo han reconducido a la fe cristiana o a algo que se le parece mucho”.

En Después de la cristiandad. Por un cristianismo no religioso (Barcelona, Paidós, 2021), el autor muestra, de manera clara, detallada y profunda, cómo el pluralismo posmoderno permite volver a encontrar la fe cristiana porque, aunque en la actualidad ya no es sostenible creer en el Dios de la Metafísica y de la Escolástica medieval –un Dios que no es el de la Biblia–, sí es posible y válido asumir la noción bíblica de la creación, de la contingencia y de la historicidad de nuestro existir.

En mi opinión, este redescubrimiento guarda cierta analogía con la sorpresa que provocaron los primeros seguidores de Jesús de Nazaret. No se trata de saltar sobre la historia, pero sí, quizás, de hacernos contemporáneos para revivir aquellas palabras y aquellas conductas interpretadas y valoradas por ciudadanos tan diferentes como los judíos y los paganos.

Es una invitación para que nos preguntemos cómo la vida de Jesús de Nazaret se conjuga con la vida del mundo actual. Parto del juicio de que hoy, más que definiciones, se necesitan vivencias y convivencias de experiencias capaces de transformar la vida humana individual y colectiva.

He llegado a la conclusión de que la lectura de Después de la cristiandad. Por un cristianismo no religioso arrojará luz a quienes tratan de interpretar y de valorar la validez de los mensajes evangélicos precisamente en unos tiempos y en unas circunstancias en las que es necesario y debería ser posible pensar, conversar, discutir, dialogar, disentir y colaborar en unos proyectos de renovación sin hipotecas metafísicas ni fundamentalistas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

3 de diciembre de 2021

  • 3.12.21
Más tarde o más temprano todos caemos en la cuenta de que nos necesitamos mutuamente, de que todos somos frágiles en algún momento y de que, entonces, tendremos que pedir ayuda para afrontar las situaciones de dificultad. Vivimos nuestra vida en el aquí y en el ahora junto con otros, atrapados en la realidad de problemas continuos que hemos de resolver sobre la marcha y con la ayuda de los demás. No nos preocupemos demasiado por los que no son conscientes de esa debilidad porque ya verán cómo la misma vida se ocupará de que se den cuenta de que la naturaleza y la humanidad funcionan –deben funcionar– de esa manera solidaria.


Para descubrirlo es suficiente con que miremos a nuestro alrededor y prestemos mayor atención a las personas necesitadas de ayudas con independencia de los lugares en los que se encuentren, de la edad, del sexo, de la profesión, de la ideología y de las demás circunstancias biográficas económicas y sociales de cada una.

La pandemia nos sigue mostrando la fragilidad de nuestras vidas y, al mismo tiempo, nos está descubriendo lo importantes que somos los unos para los otros y la necesidad de que nos cuidemos mutuamente y de que establezcamos relaciones humanas apoyadas en el respeto, en el reconocimiento y en la confianza mutuas.

Los psicólogos nos explican que, tras las grandes crisis y en situaciones graves, muchas personas y también muchas sociedades desarrollan “resiliencia”, ese conjunto de destrezas que nos sirven para superar los obstáculos, para encontrar la formas de cambiar el rumbo, para sanar emocionalmente y para continuar avanzando hacia las metas personales y sociales previstas o, quizás, para descubrir nuevos sentidos y propósitos en la vida.

¿Cómo? Recobrando fuerzas, recuperando la confianza y, sobre todo, siendo más altruistas, más comprensivos y más compasivos con los que más sufren. Lo primero que se me ocurre es que, además de ampliar los conocimientos, deberíamos dominar las emociones negativas que nos conducen a alejarnos y a menospreciar a los otros como, por ejemplo, los miedos, la ansiedad, la ira, el enfado o la tristeza, y, sobre todo, que cultivemos las emociones positivas como la alegría, la gratitud, la comprensión, la empatía, el perdón, la esperanza, el amor y la compasión, esos valores que nos hacen, simplemente, humanos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

26 de noviembre de 2021

  • 26.11.21
Me parece muy oportuna, sin duda alguna, la publicación de Poemas del Dios y del Diablo (Madrid, Hermida Editores, 2021), obra de José Regio, una de las creaciones poéticas contemporáneas más importantes de la lengua portuguesa. También es acertada, por supuesto, su edición bilingüe.


Los textos escritos de poesía lírica son partituras, soportes visuales para que los recitemos en voz alta porque, como es sabido, sus sonidos son elementos esenciales para que disfrutemos de sus ritmos y de sus melodías. Por eso me permito sugerir –incluso a los que no dominen el idioma portugués– que lean en voz alta las dos versiones. Comprobarán cómo los sonidos generan unas sensaciones conectadas a experiencias emocionales e imaginarias.

Esta es la razón por la que las diferentes composiciones líricas se distinguen, sobre todo, por la musicalidad, por los ritmos, por las pausas, por las melodías y por la entonación. Los poemas nos suenan y nos resuenan mientras los leemos o los escuchamos. Aquí reside, en parte, el disfrute que nos proporciona este arte poético.

Teniendo en cuenta la escasa atención que los lectores de lengua española hemos prestado a la literatura portuguesa, en mi opinión, el conocimiento de esta importante obra nos proporciona una visión bastante cercana de los contenidos y de los estilos que gozaron de notable prestigio y de excelente crítica durante los primeros años del siglo pasado en el país vecino.

Con su juego de palabras, de imágenes y de conceptos estos Poemas del Dios y del Diablo nos generan reiteradas sorpresas al proponernos unas cuestiones que despiertan nuestra curiosidad, estimulan nuestro interés, mantienen la atención y, finalmente, nos impresionan con las soluciones menos esperadas. Es una literatura que nos descubre el resplandor y la oscuridad del misterio humano, y nos cuenta la visión y los ecos emotivos que la realidad de las cosas cotidianas despierta en José Régio.

Poemas de Dios y el diablo, a través de diferentes tipos de oposiciones de palabras, de sensaciones, de emociones y de ideas, nos descubre la profunda respuesta que en el cuerpo y en el espíritu generan los objetos y los episodios cotidianos de la vida.

Mediante antítesis (“amor y odio”, “blanco y negro”, “grande y pequeño”, “claro y oscuro”) y a través de paradojas (“orgullo de la humildad”, “un vacío lleno de muerte”, “amor cruel”), el poeta nos explica esa contradicción existencial entre la vida y la muerte que forman una unidad indivisible porque están simultáneamente presente en cada etapa de muestra existencia humana.

Tengo la convicción de que esta obra –que mezcla rasgos románticos, modernistas y vanguardistas– responde al modelo de literatura vigente en la actualidad y muestra cómo el espíritu humano, cuando se enfrenta con episodios dolorosos, estimula la reflexión sobre la complejidad de la realidad humana, sobre la contradicción de los deseos y de los temores en los que, en última instancia, estriba en esa permanente unidad de la vida y la muerte que invade todo el dominio humano, esas dos partes complementarias de un proceso irreversible.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

19 de noviembre de 2021

  • 19.11.21
Es probable que muchos de los lectores se hayan formulado la pregunta que le sirve a Steven Pinker de punto de partida del “Prefacio” de su oportuno libro titulado Racionalidad (Barcelona, Paidós 2021) y de guía orientadora de sus detallados análisis, de sus claras explicaciones y de sus atinadas conclusiones: “¿Cómo es posible que en esta época en la que se han desarrollado tantos nuevos y poderosos medios de razonamiento se haya infestado la esfera pública de fake news o noticias falsas, remedios de charlatanes, teorías de la conspiración y retórica de la posverdad?”.


Todos hemos podido comprobar cómo, tanto en los comentarios que emiten los analistas de las diferentes secciones culturales, sociales, económicas y políticas como en las conversaciones entre compañeros y amigos se escuchan lamentaciones sobre la progresiva irracionalidad de nuestros juicios y decisiones.

El autor, profesor de Psicología en la Universidad de Harvard, nos recuerda el hecho cierto de que hemos descubierto las leyes de la naturaleza, se ha transformado el planeta, se han prolongado y enriquecido nuestras vidas y se han articulado las reglas de la racionalidad, aunque también sea cierto que, con frecuencia, las incumplimos.

Estoy de acuerdo con el autor en que, cuando los problemas afectan a nuestras vidas y a nuestros intereses inmediatos a “nuestra realidad vivida”, entonces los comprendemos, pero a condición de que se planteen de una manera adecuada y en un lenguaje comprensible. Entonces, afirma, descubrimos que “la gente no es tan estúpida como parece”, ni que la racionalidad es una conquista exclusiva de la civilización occidental sino un patrimonio de nuestra especie.

Agudos, luminosos y, al mismo tiempo, prácticos son sus análisis sobre la lógica y el pensamiento crítico, sobre los aciertos y las falsas alarmas, el yo y los otros, sobre la naturaleza del rumor, sobre la sabiduría popular y el pensamiento conspirativo. Importantes sus distinciones de la racionalidad del individuo y de las dos modalidades de creencias: la mentalidad realista y la mentalidad mitológica.

En la situación actual no hay duda de que, más que oportuno, es necesario que asumamos la obligación de exponer argumentos racionales en favor de la racionalidad con el fin de que, al menos, evitemos la permanente tentación de argumentar solo para desacreditar al adversario en vez de defender nuestras ideas y nuestras propuestas propias.

En mi opinión, este libro puede ser una herramienta importante –imprescindible– para que los políticos, los educadores, los comunicadores y todos los ciudadanos responsables luchemos contra esas afirmaciones irracionales, esas propuestas falsas, esos pensamientos que, por no ser reales ni posibles, nos generan angustia y malestar. Aceptemos, al menos, que el realismo y la razón son ideales importantes e imprescindibles y, por lo tanto, posibles.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

12 de noviembre de 2021

  • 12.11.21
En el mundo actual nos resulta difícil llamar por su propio nombre esa “maldad” que a veces está inoculada en las intervenciones de los poderosos y que también se aloja en el fondo secreto de muchas de nuestras decisiones aparentemente bien intencionadas.


Todavía más extraña suele ser la valoración positiva y la denominación explícita de la “bondad” como la senda más segura y más humana para lograr la felicidad personal y como el surco más fértil en el que hemos de sembrar las semillas del bienestar colectivo.

Esa es, quizás, una de las razones de mi grata sorpresa al leer Bien y mal, de Martin Buber (Madrid, Hermida Editores, 2021) que, a pesar de su profundidad, es un libro claro, interesante y provechoso. Su autor, Martin Buber (1878 -1965), filósofo judío austríaco-israelí y defensor del diálogo entre judíos y árabes en Palestina, nos ofrece una interpretación sobre el bien y el mal, apoyada en un lúcido y agudo análisis de varios salmos de la Biblia.

Tengamos en cuenta que los salmos, además de poseer unos valores poéticos y musicales, contienen claves proverbiales para interpretar la vida humana e ideas luminosas para orientar los comportamientos individuales y colectivos. En resumen, podríamos afirmar que proporcionan unos fundamentos sólidos en los que asentar una antropología y una ética.

Como el mismo autor nos explica en el “prólogo”, las imágenes del bien y del mal, que proceden de mitos israelitas y persas, nos permiten señalar su correspondencia con la realidad biográfica del hombre actual y algunas de las pautas que orientan o desorientan nuestros comportamientos sociales.

Con su interpretación de unos salmos (el 12, el 82, el 83 y el 1) y tras relacionarlos entre sí, identifica cómo la mentira alcanza un nivel supremo de perfección –y, por lo tanto, de perversión– con el fin de ser usada como un instrumento de poder y de dominio ingeniosamente controlado.

Clarificadoras nos han parecido sus denuncias categóricas de las mentiras en la vida individual y en la colectiva, y estimulantes sus explicaciones de los efectos que acarrea la pérdida de los dos valores básicos sobre los que descansa la vida en común de los hombres: la voluntad de corresponder a las expectativas de los otros y la coherencia entre los pensamientos y los comportamientos que generan falsedad en el conocimiento del mundo y de la vida, y que “falsifican las relaciones del alma con el ser”.

En mi opinión, esta obra, además de explicarnos cómo la verdad es un elemento integrante de la justicia y de la bondad, nos orienta para que miremos cara a cara la vida, nos proporciona unas razones válidas para denunciar perversiones asumidas como normales y unos criterios seguros para reflexionar sobre la trascendencia de los valores morales y sobre las consecuencias de su menosprecio.

Esta obra –interesante para los creyentes de las diferentes comunidades judías, cristianas y musulmanas–, puede ser, una valiosa ayuda para lograr el bienestar personal, familiar, social y político, un estímulo para recorrer el empinado camino que conduce al crecimiento de la justicia, al logro de la paz y, sobre todo, al fomento del respeto a los principios, a los criterios y a las pautas de la convivencia humana.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

5 de noviembre de 2021

  • 5.11.21
Acreditados especialistas en teoría y en crítica literaria han calificado a Fernando Aramburu como poderoso narrador, como autor plenamente maduro y como uno de los mejores escritores españoles de la actualidad. Otros han valorado Los vencejos (Barcelona, Tusquets, 2021) como una novela vital, original, potente, extraordinaria, ácida, enternecedora y como “un monumento literario”. Coincido con estas valoraciones y justifico mi juicio positivo de su elevada riqueza literaria.


En mi opinión, los valores de esta obra están determinados por la eficacia comunicativa de un lenguaje con el que Fernando Aramburu elabora su relato a través del recurso de la escritura de un diario personal en el que el protagonista, además de desahogarse contándonos las desdichadas experiencias de su niñez y de su juventud, nos narra episodios nocivos con su esposa, con su hijo y con su amigo.

El punto de partida –su decisión de terminar con su vida– nos plantea el asunto de la esencial relación de la vida con la muerte, una cuestión natural que, a pesar de ser idéntica para todos los seres vivos, cada uno la asume de forma diferente: si para algunos es una experiencia de destrucción, para Toni, el protagonista, es una liberación o, simplemente, el fin de la existencia; si, para muchos, es el fondo de los miedos que experimentan en diferentes situaciones, para este profesor de Filosofía es la cancelación de una vida decepcionante y aburrida. Por eso, tras haber vivido cincuenta y cinco años, decide no seguir viviendo.

Considero que la elevada calidad de esta obra estriba en la habilidad con la que Fernando Aramburu armoniza los “dis-cursos” trazados por las sensaciones, las emociones, las fantasías y los pensamientos de Toni con las experiencias diarias que éste vive.

De esta manera logra un relato literario en el que los significados de comportamientos aparentemente caprichosos nos descubren las claves de diversos aspectos de una realidad que, observada desde fuera, nos parece similar a las de muchas de las personas con las que convivimos.

En esas combinaciones de hilos de colores emotivos y racionales, reales y ficticios, dibuja el perfil humano de Toni claramente expresado con sus palabras claras, con sus actitudes displicentes y con sus reacciones airadas.

Gracias a sus penetrantes análisis, esta obra de ficción nos traslada, paradójicamente, al mundo de la realidad: un mundo cercano al nuestro tanto física como ética y socialmente. Sentimos la sensación de que presenciamos y vivimos estos episodios experimentando las contradictorias sensaciones y los hondos sentimientos del protagonista tan acertadamente dibujado. Con su lenguaje claro descubrimos los fondos psicológicos de unos comportamientos que, a primera vista, nos podrían parecer extraños.

Las explicaciones claras y, al mismo tiempo, profundas que nos proporciona Toni evidencian los análisis psicológicos del autor que, como es sabido, constituyen las herramientas narrativas tradicionales que están vigentes en la actualidad y que gozan de una aceptación generalizada entre los críticos y los lectores.

Los relatos de estos episodios son exploraciones serias que, además de interesarnos, nos distraen, nos divierten y nos hacen pensar. Son exámenes de unas maneras opuestas de concebir y de vivir el tiempo, el espacio, el amor, el desamor, la soledad, la amistad, el sexo, la belleza, la verdad, la alegría, la tristeza, la salud, la enfermedad, el trabajo, el ocio, el aburrimiento, la diversión y hasta la mediocridad política.

Valoro, sobre todo, el tino con el que Fernando Aramburu logra interesarnos contrastando los opuestos modelos de mundo, las distintas concepciones de la vida y del bienestar humano. Esta obra constituye, a mi juicio, una explicación de las contradicciones en las que las personas normales vivimos. Los vencejos no solo es una novela interesante, sugestiva y amena, sino también una guía orientadora para los escritores noveles que busquen pistas y pautas para sus creaciones.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

29 de octubre de 2021

  • 29.10.21
La obra Ser humanos. Todo lo que necesitas saber sobre el cerebro (Barcelona, Paidós, 2021), elaborada por el neurocientífico Facundo Manes y por el semiólogo Mateo Niro, trata sobre la complejidad del funcionamiento del cerebro humano, “la estructura más compleja en el universo”, esa “computadora” central que controla todas las funciones de nuestro cuerpo. Adelanto mi conclusión: es valiosa por su rigor científico, por su claridad y por su contenido práctico.


Desde que Santiago Ramón y Cajal propuso el concepto de “cerebro plástico” y demostró que es un órgano en permanente renovación, los neurólogos siguen profundizando en su funcionamiento y los investigadores de las Ciencias Humanas aprovechan los descubrimientos para aplicarlos a sus respectivas disciplinas: a la neuroética, neuroestética, neuropoética, neurorretórica, neurolingüística, neuroeconomía y, por supuesto, a la neuropsicología y a la neuropedagogía.

Todos parten del supuesto de que, de igual manera que las Ciencias Humanas han de apoyarse en las Ciencias Naturales, éstas también han de pedir ayuda a las Ciencias del Espíritu con el fin de cumplir la tarea de iluminar la vida de los ciudadanos actuales.

Nuestra experiencia común nos confirma la tesis que la Neurología ha demostrado: que no podemos definirnos como máquinas biológicas que operan de manera automática, sino como seres que, en cierta medida, somos capaces de influir en nuestra constitución personal.

Los seres humanos y las sociedades humanas somos, por lo tanto, el producto y a la vez los productores de nuestras arquitecturas cerebrales. Esta concepción dinámica e interactiva posibilita la elaboración de programas científicos interdisciplinarios y, a través de ellos, se propicia una vía de desarrollo cultural y científica de los valores humanos.

Los autores de esta obra, tras explicar las nociones de emoción, sentimiento y razón, memoria, percepción y atención, nos señalan cómo el cerebro está constantemente tomando decisiones y cómo la creatividad humana, el pensamiento crítico o la empatía adaptan las conductas a escenarios cambiantes.

También nos advierten cómo algunos saberes básicos de las Ciencias Humanas son imprescindibles cuando nos enfrentamos con las situaciones límites de la vida: con la soledad, con el silencio, con el sufrimiento, con el amor, con la enfermedad y con la muerte.

Tras las crisis de la pandemia es posible que nos volvamos más individualistas o más solidarios. Por eso, nos advierten: “Es necesario pensar de nuevo sobre nosotros mismos. Y, a partir de esto, esforzarnos por desarrollar un espíritu colectivo más robusto que pueda hacer frente a las consecuencias de esta crisis y también prepararnos para futuras amenazas. Salir de esto fortalecidos es un enorme desafío, porque se trata de abordar las consecuencias físicas, psicológicas, económicas y sociales al mismo tiempo de reconocernos nuevamente” (p. 13).

Esta obra es oportuna porque nos responde de manera sorprendentemente clara a preguntas que muchos de nosotros nos hemos hecho sobre los efectos de esta pandemia en las personas y en la sociedad como, por ejemplo, la relación entre nuestros pensamientos y nuestras emociones, sobre los miedos, sobre la relación del cerebro con la violencia, sobre el estrés o sobre la memoria y sobre la posibilidad de que “las máquinas lleguen a ser más sabias que los seres humanos”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

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