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Mostrando entradas con la etiqueta Agua llovida [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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22 de noviembre de 2021

  • 22.11.21
La Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque quiere recordar los cien años del nacimiento del escritor y bodeguero montillano José Cobos Jiménez con una conferencia de Antonio Varo Baena y una exposición de sus libros, en cuyas vitrinas también se pueden ver algunos libros míos que dediqué a este articulista. Varo ha calificado a Cobos como el Azorín montillano. Y creo que no se equivoca al llamarlo así. Tuve la suerte de compartir con él muchos fines de semana en Córdoba en los últimos años de su vida, cuando volvía de Montilla y partía para Sevilla cualquier domingo de aquellas semanas siempre recordadas, y compartíamos en unos y otros bares, o bien en la casa de alguno de sus hijos un almuerzo abundante de exquisiteces y tertulias golosas.


Era un escritor local. Escribía de Montilla. Y siempre he pensado y he escrito que ese es su gran valor. Saberse hijo de una tierra y aprender a amarla dejando el rastro de sus venas y de sus vísceras en la tinta impresa de los libros. Adoraba sus títulos, breves y bellos, como si fueran un poema comprimido en varias palabras, frases a veces robadas a un poema y que en la portada del libro cobraban una nueva identidad, otro significado, títulos que parecían proceder de aquella escuela que inauguró Marcel Proust con En busca del tiempo perdido y que alcanzó su cumbre con El desorden de tu nombre, aunque, dicho de paso, el título no es de Juan José Millás, solo lo ganó a un amigo jugando a las cartas. De esta escuela de títulos prodigiosos procede también Pepe Cobos. Baste recordar esta breve galería: Menos que nube, Al correr del tiempo, Corazón plural o Montilla, verde estrella.

Recuerdo cuando Manolo Cobos me mostró los folios de este último manuscrito. Le propusimos a su padre la publicación del libro. Él aceptó, después de añadirle algún capítulo más. Hice el prólogo y el Ayuntamiento lo publicó un año después. Le pedimos a Antonio Povedano la ilustración de la portada, que vio la luz sobre un fondo verde de hoja de pámpano. Manuel Ruiz Luque, como siempre, cuidó la edición.

Los años pasan en su fluido insobornable y la memoria, aunque ya deteriorada, conserva algunas imágenes inalterables en su poso. Siempre recuerdo a Pepe Cobos sentado a la mesa de alguna terraza, frente a la estación de ferrocarril, con el puño cerrado de su mano derecha en el que a veces apoyaba el mentón. Bebía tinto de Valdepeñas. Hablaba. Le gustaba hablar. De vez en cuando, hacía unos mohínes que lo llevaban a mover su nariz celestial y que lo caracterizaban. Era de oratoria fluida y elegante. Le gustaba escuchar a su interlocutor y mostrarle trozos de su vida como el carnicero que despedaza la pieza para ofrecer la porción medida, justa y limpia.

Hablamos entonces tanto de aquellos libros que nunca escribió, que nunca supe por qué alguien como él un día opta por abandonar la pluma o la máquina de escribir y solo esboza delante de los amigos los manuscritos de escritura encriptada en el olvido o en cualquier otro lugar al que nadie tiene acceso, tampoco él. Nunca sabré por qué alguien decide no escribir más o por qué piensa que su obra ya está ultimada, cerrada para siempre, sin saber acaso que un escritor nunca es dueño de sus propias palabras ni de su indeclinable destino. Y Pepe Cobos lo sabía, pero la vida le había golpeado sin compasión. Ahora, allí sentado, escuchando el silbido de los trenes que partían a cualquier rincón del mundo o que regresaban de cualquier otro ángulo de la vida que ya no ansiaba conocer, él se debatía entre un tiempo luminoso que se diluía en sus recuerdos y un futuro brumoso que pisaba sin mucho entusiasmo.

Pero le bastaba con que la conversación se encendiera un tanto para que los fantasmas difusos del desencanto se borraran en el frío inclemente de aquellos inviernos cordobeses. Nunca sabremos qué sueños masticaba en lo más hondo de su espíritu ni qué libros hubiera escrito si la vida le hubiese otorgado algunos otoños más de aquella felicidad serena con la que alimentaba sus días últimos.

En las cartas que su familia ha cedido para esta exposición, el visitante puede conocer la correspondencia que el escritor montillano mantuvo con Azorín, El Caballero Audaz o Dámaso Alonso, entre otros muchos. Con él se fue un modo de entender la vida, de compartirla, como se desprende de estas misivas, de mirar al pueblo, esa capacidad para describir las cosas pequeñas y para amar esos detalles nimios e insignificantes que hacen de cada día un hogar que huele a pan recién horneado y que nadie ve a no ser que alguien como él nos advierta del peligro de cruzar el lugar sin apercibirnos de pon dónde andamos.

Lo recuerdo siempre elegante, cercano, soportando el peso de la tristeza con una disciplina espartana, reventando a cada instante el dolor como si fuese un globo de feria, que flota a nuestro alrededor sin alcanzar nunca los tejados de la ciudad ni el azul del cielo. Lo veo sentado a nuestro lado, empuñando su bastón, mirando a ninguna parte o hacia dentro de él mismo, consciente de la labor bien hecha e inacabada, pero hermosa, sencilla, equilibrada, con las aspiraciones precisas de quien solo aspira a contar, pisando con sus botas el terruño donde nació, la vida que nos ha dejado en unos cuantos libros: breves, coherentes, bien medidos en su narrativa y en sus aspiraciones. Me gusta leerlo y releerlo. De él he aprendido que hay que saber mirar las cosas como si fueran menos que nube, con un corazón plural a prueba de sobornos emocionales, a la par que andamos al correr del tiempo, persiguiéndolo en sus bucles y controlándolo con la palabra clara, cristalina, justa, imprescindible. Eso es la escritura, me diría él. Cómo lo sabía.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

15 de noviembre de 2021

  • 15.11.21
El periodista montillano José María Carretero, más conocido como El Caballero Audaz, escribió que la resaca de la Primera Guerra Mundial había traído a España un gran contingente de tipos exóticos. Entre ellos, aristócratas prófugos que frecuentaban salas de juego en San Sebastián y noches galantes en la ‘Parisiana’ de Madrid, así como siniestros aventureros que buscaban refugio en el Barrio Chino de Barcelona. Y solo faltaban conspiradores políticos como Gorki, hasta que Francia extraditó a Trotsky a nuestro país. Sentado en uno de los despachos de la Dirección General de Madrid, a Carretero le sorprende que este sea un revolucionario peligroso, sino más bien un hombre de apariencia inofensiva del que se dice que es un “tremendo agitador”. Lo describe así: “De mediana edad, un poco achaparrado, vestido con cierto abandono, mira desdeñosamente por unos ojos grises y, bajo ellos, sus cejas espesas, lleva negros lentes con montura de oro. Por sus bigotes, grandes y lacios, que empiezan a grisear, se le creería un burócrata sedentario, un jefe de negociado o, mejor aún, un burgués profesor de un Liceo Francés”.


Trotsky viaja a España a fines de 1916, expulsado por el Gobierno francés, y en enero de 1917 parte para Nueva York. En 1929 publicó, por primera vez en español, Mis peripecias en España, un libro que, según escribió, debía “su origen a la casualidad”. Posteriormente, después de varias ediciones, en 2011, vio la luz con el título En España. Diario de un viaje, 1916-1917. Carretero no supo de la edición de este libro y este hecho tan simple le ha delatado después de tantos años. Aunque de su impostura ha dejado alguna huella indeleble en sus escritos.

Dos inspectores de Policía franceses acompañaron a Trotsky hasta la frontera. Curiosamente, los mismos que escoltaron a Pablo Iglesias. Al llegar a San Sebastián describe su mar severo sin malicias: gaviotas, espuma, aire, espacio. Le sorprende que las mujeres vistan con mantilla y los hombres estén tocados con boina en vez de con sombrero. Le asombran los colores y los gritos. Ve a guardias municipales, “que no tienen nada de guerreros”, con bastón. Describe también a los militares: “Los uniformes de los militares son complicados, producto, por lo que se ve, de madura reflexión; pero no dan la impresión de seriedad”.

Compara a España con Francia, que la dibuja más primitiva, más provincial, más tosca. Un país en el que se bebe vino en botijos y se habla a voces, las mujeres se ríen a carcajadas y los hombres andan envueltos en capas con forro encarnado o en chillonas mantas a cuadros con bufandas que les cubren hasta la nariz. En realidad, escribe, “se muestran habladores impenitentes”. En el tren, de camino a Madrid, describe cuanto ve: “Llanuras arenosas, colinas con matas enfermizas y arbustos enclenques. Aurora gris. Casas de piedra sin adornos. Paisaje triste. Palos de telégrafo bajos, como en ninguna parte. Por la carretera, asnos cargados de fardos. España. Pero yo, ¿para qué estaré aquí?”

En Madrid, una multitud le arrebata las maletas, le proponen limpiar sus botas, comprar periódicos, cangrejos, cacahuetes. Escribe que la ciudad deja mucho que desear desde un punto de vista sanitario, que hay mucha moneda falsa, que en las tiendas cargan los precios sin piedad y que las chinches abundan en las fondas. El ritmo de la vida es perezoso. Madrid es una ciudad provinciana, escribe. Ausencia de industria y abundancia de devoción hipócrita. En las calles, la prostitución no llama la atención como en las ciudades francesas. En los cafés hay pocas mujeres, su presencia está mal vista. Piensa que España se parece a Rumanía, o dicho mejor: “Rumania es una España sin pasado”. En las calles hay también muchos asnos cargados con grandes cestas en los costados, o sea, con serones. Su conclusión es inevitable: “Todo esto sigue absolutamente igual que en los tiempos de Dulcinea del Toboso y hasta de sus lejanos bisabuelos. Por la noche, gritos en la calle… A pesar de la devoción española, los curas fuman abiertamente en la calle”.

En Madrid conocerá la Cárcel Modelo. La policía registró sus bártulos. Le quitaron el cortaplumas, unas tijeras, el dinero. La celda era grande, tenía una alfombra en el suelo, mal olor y una cama incómoda, una sábana sospechosa, dos armarios rinconeros con vidrieras, un biombo, un sillón, una mesa con un crucifijo, todo sucio y lleno de escupitajos. Al día siguiente le contaron que en esa cárcel había celdas de pago y celdas gratuitas. Su celda era de pago. Cuenta que la prensa en España inició una campaña a su favor. No habla de Carretero. En la cárcel, para tener electricidad hasta la una de la madrugada, tenía que pagar dos pesetas y media. Esta frase de Trotsky define a la perfección, no solo la cárcel en la que se hospedaba, sino el corazón del país: “Esta cárcel de Madrid es verdaderamente admirable. Aquí todo se puede tener: un buen cuarto, cerveza, vino, tabaco, luz hasta hora avanzada de la noche; basta solo pagar. Este liberalismo carcelario está sin duda fundado en motivos de orden fiscal. Al alquilar estas ‘habitaciones amuebladas’ a sus inquilinos más pudientes, el Estado economiza en los gastos carcelarios, y, tomando en cuenta el déficit permanente del presupuesto español, esta cuestión no deja de tener su importancia…”.

El Gobierno español traslada a Trotsky a Cádiz y después a Barcelona, donde partirá para Nueva York. En su viaje al sur, describe el paisaje. Ya cerca de Córdoba, escribe: “Olivos. ¡El Sur! El suelo es suavemente ondulado. Tranquila variedad. Casitas blancas. Edificios árabes, sin techo. El Mediodía español”. En el tren, los vendedores de lotería no le dejan en paz. Le sorprende el espacio que ocupa la lotería en la vida social. Descubre y describe el Guadalquivir: “Aquí, en sus orígenes, es un riachuelo estrecho y sucio, de agua amarillenta, pantanosa, que parece inmóvil, al menos hasta Córdoba… Cactos enormes, sin vida, impasibles al sol. Aquí y allá altos abedules, acacias, olivos, encinas. Un castillo vetusto en lo alto de unas peñas, reparado hace poco y habitado por un duque”. Dice que los españoles son amables y sociables, pero también sucios, escupen en el suelo, arrojan papeles y colillas bajo los asientos. Y del sombrero cordobés sugiere que es fuerte, con anchas alas redondas y, por esta razón, “produce un gran efecto”.

Trotsky no solo ve paisajes y celdas. También ve mujeres. De las sevillanas ha oído que son “un dechado de belleza” y de las andaluzas, en general, que son dignas de toda atención. Ya en Cádiz, el sol quema y el aire de otoño es agradable, el cielo es azul. Pasea por las calles de Cádiz, mal cuidadas y con los olores de España –a aceite y comidas picantes, vino, ajo y pobreza humana–, balcones, ancianos durmiendo en los bancos, barberos, limpiabotas, mujeres en el umbral de la puerta y en los balcones, soldados, guitarras, juego de dominó en los talleres, mucha pobreza, muchos colores, mucho ruido.

Me encanta la visión de Trotsky de nuestro país, la capacidad de dibujar en tan pocas páginas un mapa étnico tan singular para él, sin desprenderse de su humor inteligente, como lo hace en este párrafo donde todos reconocemos el país en el que vivíamos y en el que tal vez todavía vivimos: “ Un poco de estadística social: durante media hora que he pasado en el café, los chicos me han ofrecido doce veces el ABC, diario madrileño ilustrado; cuatro individuos me asediaron con billetes de lotería; tres pordioseros me pidieron limosna; tres vendedores ambulantes pasaron ofreciéndome cangrejos cocidos; dos trataron de venderme dulces misteriosos, y si los limpiabotas no vinieron a ofrecerme sus servicios, fue porque uno de ellos ya estaba lustrándome los zapatos desde que entré en el establecimiento”.

De Cádiz partirá para Barcelona, donde se embarcará para América. Le interesa más el Ebro que el Guadalquivir, con su corriente rápida de aguas turbias. Y llega a Barcelona, ciudad de tipo hispanofrancés, extraviada en un infierno de fábricas, humos y llamaradas, pero también de flores y frutas, ciudad industrial de tipo moderno. Describe Cataluña como la región más emprendedora de España, que aún conserva sus tendencias separatistas. En el buque que lo llevará a Nueva York ha embarcado también un sobrino de Oscar Wilde, exboxeador, pero con nombre cambiado, y en parte también escritor francés, por su procedencia de línea materna.

Como ya me esperaba, Trotsky, en este librito singular y curioso, no habla del periodista montillano. No me sorprende. Y eso que alude en determinados momentos a la prensa española. Pero ni huella de El Caballero Audaz. Siempre tuve la sospecha de que Carretero se había inventado alguna que otra entrevista. De hecho, en su día ya lo acusaron de haber imaginado la falsa entrevista realizada al pretendiente al trono de España don Jaime de Borbón, primo de Alfonso XIII. El propio Galdós asegura que este coloquio es “una obra maestra”, pues narra este encuentro con una serie de detalles que “supera la realidad”.

Si Carretero hubiese conversado con Trotsky, con toda seguridad que el revolucionario ruso hubiese dejado constancia de esta conversación en un libro tan minucioso y exquisito como este en el que narra sus peripecias por España. En cualquier caso, poco importa. Sobre todo, si tenemos en cuenta que la entrevista es el género más utilizado para la ficción desde tiempos inmemoriales del periodismo. Y, además, sorprende que alguien que alcanzó a entrevistar a figuras destacadas de la vida española como Unamuno, Pío Baroja, Galdós, Valle-Inclán, Pablo Iglesias, Alfonso XIII y tantos otros, necesitara completar su galería de personajes históricos y reconocidos con entrevistas imaginadas.

Me gusta la descripción que Carretero esboza de Trotsky. La entrevista la recoge en el volumen cuarto de Galería, publicada en 1948, pero yo no la hallé en ninguna publicación periódica del momento, ni diario ni revista. Tampoco mi labor de campo fue tan rigurosa como para asegurar, a pies juntillas, que no la publicó en aquellos días de finales de 1916. Pero si alcanzó a entrevistarlo, tampoco se entiende que se guardara la primicia en un bolsillo del gabán. A fin de cuentas, da igual. Ya sabemos a estas alturas que la ficción también es una herramienta útil en el periodismo. Quién lo diría.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

8 de noviembre de 2021

  • 8.11.21
Despertó de un sueño abrasador y extenuante, pero asimismo apacible y vivificador. Cuando abrió los ojos no supo qué día era ni cuánto tiempo había andado por un mundo que nunca fue suyo, o tan diferente al que había vivido hasta entonces. No le importó demasiado, porque siempre quiso cambiar su vida de cualquier modo y a cualquier precio. Así que, al incorporarse, no reconoció la habitación, ni la ropa que había vestido el día anterior, aunque estaba mal colocada en la silla del rincón. Abrió la ventana y el paisaje le pareció desconcertante, otro, irreconocible.


Pensó que no había dormido suficientemente y que el cansancio del día anterior le enajenaba la razón. Pero no era así. Se sentía despierto, con los reflejos a flor de piel, los ojos iluminados por el sol de la mañana. Buscó en otras habitaciones de la casa retazos de su vida anterior. No encontró ningún objeto propio que le fuera propio. Le costó asimilar su nueva identidad en el error desconcertante de que era él mismo en un cuerpo que no era el suyo. En el cuarto de baño le deslumbraron los focos del espejo y, cuando fijó la mirada en el rostro proyectado en el cristal, no supo que era él mismo.

Le gustó del otro su pelo cano, su piel sin apenas huellas del desahucio de una existencia apurada de desencuentros, sus manos suaves que haberlas empleado en trabajos cómodos, su aspecto desenvuelto de quien no sufrió lo suficiente. Se preguntó qué veía en este hombre que le era propio, qué le había robado de una personalidad ya marchita, extraviada en lo más hondo de su ser.

No le disgustaba la realidad que se construía a cada paso, le costaba identificar los detalles más nimios, leer los títulos de otros libros que no le despertaban interés o pasión alguna. Y pensó quién vivió allí todos estos años y que pudo ser feliz con tan poco. Quiso imaginar su porte, definir sus esperanzas, meterse tan adentro de él para asimilar como propias sus entrañas y sus días truncados por el tsunami del fracaso o del infortunio, o también por el sinuoso éxito de los elegidos. Pero no halló ni un solo indicio de infelicidad. Desconcertado, volvió a abrir la ventana y en el mismo paisaje que unos momentos antes le desconcertó, dibujó la sospecha de que aquel otro hombre de quien no sabía nada pudo haber sido feliz en algún momento o, tal vez, en muchos de sus días. En cualquier caso, rechazó esta última idea por ambiciosa e irrealizable.

Ahora pensando, sentado en el sillón, se dispuso a ordenar el día y, también en lo posible, sus horas futuras. No le pareció banal reconstruirse desde el vacío más limpio, ni adolecer de recuerdos le cerró la posibilidad de inventarlos de nuevo y, de este modo, acomodarlos a ese futuro posible al que ahora se entregaba a modelar. En un principio, le pareció una tarea ardua, si bien reconfortante. Le costó vestirse con un sentido de la estética diferente, adaptarse al olor de las mismas paredes, encontrar en los mismos sabores otros que le avivaran nuevas sensaciones. No rechazó el olor del café, pero el whisky se le antojó que olía a chinches. Aunque no acertó a entender si esa relación improvisada entre whisky y chinches tenía algún sentido.

De golpe se sintió cansado, como si no hubiese descansado durante semanas o meses, y optó por meterse en la cama. Antes había cerrado la ventana, había bajado la persiana. Se cubrió hasta las orejas, como si así pudiera salir del mundo de los vivos, y, en un silencio total, oyó sus propios pasos en la habitación y otro, que no era él, si bien se le asemejaba demasiado, le llamaba a despertar. Pero él no estaba dormido. Así que concluyó que las escasas energías de las que disponía le llevaban a construir escenas irreales en las que no creía ni podía creer.

Extraviado en estos y otros pensamientos, se quedó dormido. En pocos minutos logró encontrar la puerta abierta de aquel sueño en el que había sido feliz. Pensó incongruentemente que lo lógico sería no despertar jamás, hacer de aquel espacio onírico su hábitat para siempre. Nunca pensó que un hombre pudiera vivir permanentemente en un sueño. Y ahora la idea no le parecía desproporcionada, sino posible. En unos instantes entendió que aquel descubrimiento le podía cambiar su existencia e, incluso, patentándola a su capricho, la vendería a otros. Y así, en el transcurso de un tiempo controlado, todos seríamos otros, sin ser conscientes de tal artilugio.

Llegado un momento, este hombre no recuerda si despertó o se quedó divagando en el mismo sueño. La memoria es lo que tiene cuando no está: no solo enajena a cualquiera, sino que lo empuja a una equivalencia equivocada, forzada, dispar. Cuando este hombre abra de nuevo los ojos, sabrá que la vida no se ha movido de su sitio, que es él quien ha transmutado en otro. Y esa sensación de tocar lo insondable, de sentir lo inalcanzable, le llevará a otra conclusión baldía e inútil. Pero ya no lo recordará.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

1 de noviembre de 2021

  • 1.11.21
El periodista Juan Cruz pregunta a Suharma: “¿Qué certeza le ha supuesto más dolor?” El músico catalán responde: “La misma que me produce felicidad: que todo va a terminar. Hay cosas que se sufren muchísimo. Pero el sufrimiento también es estar vivo, entregarme completamente a todo lo que me va sucediendo”. Así es, desde luego. La vida no es moneda de doble cara. También tiene su cara y su cruz, su as y su envés. Pero nos gusta mirar solo desde un ángulo, desde aquel en que la distancia coloca los objetos donde se pueden ver con más nitidez y menos sombras.


En la vida, en nuestra vida, hemos tirado a un lado los desescombros que dejan las arrugas, el corazón que está cansado, la piel áspera de los años transcurridos, la memoria fracturada de pérdidas, el dolor como rincón donde guarecerse de un futuro que ignoramos. Hemos diseñado nuestras biografías en un laboratorio de moda, pero no nos han dejado elegir la estatura que nos lleva de un lado a otro, ni los ojos que evitan la enfermedad, la dependencia o la minusvalía, ni las manos que buscan cada noche las mismas manos que se fueron nadie sabe a dónde, ni acaso las lágrimas que escondemos como felices impostores de un currículum falseado y fotocopiado en sueños.

Hemos deshecho con malabarismos de incompetencia los momentos aciagos, el miedo a la muerte, las pérdidas que no queremos ni podemos olvidar. Nos gusta vivir a este otro lado de la mampara donde casi todo es fetiche y mentira, alfombra roja y celebraciones con música envasada al vacío. Hay en toda perversión ascuas de tristeza que se nos escapan por los ojos, silencios que gritan a nuestros oídos sordos confesiones que nos son ajenas, aunque sean propias. Hemos dejado al dolor tirado en mitad de la calle para que no desdiga de nuestro traje de gala, para que no huela a alcanfor en la fiesta que nunca se apaga, en la vida que quisiéramos eterna.

Pero la vida es la vida con sus sombras y sus luces, en los días negros y en las noches fulgentes, más allá de donde el dominio de nuestros pasos impone una presencia altiva y dominante, porque después, allá donde los árboles extienden sus sombras inabarcables solo que quedará, como ya advirtió Héctor Abad Faciolince, el olvido que seremos. Acaso el olvido que somos ya sin advertir que todo cuerpo se diluye al paso de las horas, en la impotencia e imposibilidad de atrapar cualquier momento para momificarlo donde los recuerdos ya no admiten más caprichos irreales.

Hay un dolor que nos habita y que al mismo tiempo que nos va matando a cada instante también nos resucita para no morir con un hilo de voz que no es la nuestra, y nos arrastra, sobrecogidos, por los laberintos insondables de la memoria, donde duermen, quizás, todas las voces que perdimos y que escuchamos cuando el silencio nos atenaza. En esa intención insultante de pretender caminar dejando atrás el sufrimiento que nos es propio, hay un escarnio que despreciamos y que nos humilla, que envuelve cada hora de nuestra residencia en la tierra, aunque pretendemos esbozar una sonrisa de dentífrico que no vende ni nos gusta ni le gusta a nadie.

En la vida equivocada e infeliz también hay una belleza que todos buscamos, porque los errores y los fracasos también unen y empatizan, y los sueños desvencijados también valen para contar una historia, porque la felicidad encriptada en las vísceras tal vez canse tanto como la pérdida más cruel. Hay en el dolor mucho del color indescriptible con que vemos el lado oscuro de nuestras entrañas, el ángulo desde el que pretendemos esquivar los días que se apagan, la vida que se difumina en esas calles estrechas que frecuentábamos cuando la juventud engolfa de vitalidad la existencia.

Pero ahora, cansados, rechazamos el dolor, aunque sabemos también de su esfuerzo inútil, porque de donde venimos, que no adonde vamos, no se acepta un halo de cansancio, ni unas ojeras de vértigo, ni la piel deshidratada, ni la belleza camuflada con efectos de focos o de cremas rejuvenecedoras. Porque ya sabemos que, de donde venimos, la vejez es una palabra excluida del diccionario, y la enfermedad una acepción pocas veces útil, y la fealdad un mal pandémico del que se debe huir. En ese lugar de donde venimos, que no es al que vamos, hay que lucir una perfección a prueba de trileros, una sonrisa diseñada milimétricamente para la seducción, y una atracción sexual que enajene al más incauto.

Reivindicar el dolor, podría pensar cualquiera, es sumirse en un baño de demencia, lucir una fístula por donde el pus emana el mundo que nadie quiere ver. Pero el dolor, quién lo diría, también es un pedazo inalienable de la vida, de esa vida de donde vivimos y de donde venimos, y tal vez lo sea también de esa otra vida que nos lleva no sabemos a dónde. Hoy, día de todos los santos, sabemos, aunque nos cueste, que la belleza de la vida radica, después de todo, en esa brevedad que nunca lograremos atesorar en un frasco como el perfume más preciado. Saberlo no provoca dolor, aunque duela. Ignorarlo no nos hace más felices, pero, como recuerda Shuarma, “el sufrimiento también es estar vivo”.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

25 de octubre de 2021

  • 25.10.21
Leo el título del reportaje de Sandra López Letón y me pongo a temblar, a pensar que la historia se repite sin que apenas algunos años se hayan deslizado sobre nuestra piel y a intentar prever el cataclismo que se cierne sobre nuestras vidas: “La vivienda en el mundo vuelve a calentarse”. Explicación: la pandemia ha creado el caldo de cultivo para que algunos países tengan mayor riesgo de burbuja inmobiliaria. La razón es ancha y de peso: la previsible quiebra del gigante chino Evergrande, la promotora más endeudada del mundo. ¿Y España se ha sumado ya a esa hecatombe de la que ya comienza a escribirse? El precio de la vivienda sube y el salario de los ciudadanos baja o se mantiene congelado en el mundo. La fórmula ideal. Más pobres al canasto.


La pandemia, escribe esta periodista, ha sido la tormenta perfecta: la amplia liquidación por unos estímulos fiscales y monetarios nunca vistos capaces de mantener en pie la economía global, el sabroso ahorro de las familias acumulado desde el comienzo de la pandemia, los bajos tipos de interés favorables al endeudamiento y las sospechosas expectativas diseñadas de recuperación económica. Súmese a este diagnóstico de diseño la necesidad de viviendas y la falta de mano de obra y de materiales, así como los altos costes de construcción.

Al parecer, antes que nosotros, otros países se mecen en el borde del acantilado: Nueva Zelanda, Canadá y Suecia. Pero no están solos. Les siguen Noruega, Reino Unido, Dinamarca y Estados Unidos. España alcanza ya el puesto 17.º en este listado del peligro. Libre de peligros, escribe la periodista, pero no de sustos. De sustos, por supuesto que no. Con lo que nos gustan los ladrillos en este país, bastará con que nos esforcemos un tanto, tampoco mucho, para que escalemos sin esfuerzos la cúspide del descalabro. En el segundo trimestre de 2021, el precio de la vivienda subió un 3,3 por ciento, pero se esperan más subidas en España.

Que yo sepa, los jóvenes españoles no pueden acceder a una vivienda. No porque les dé urticaria pensar en el tema, sino porque han heredado de nuestros mediocres sueños las migajas menos sustanciosas. Así que el mercado se lo han dejado al antojo que quienes invierten sus ahorros en ladrillo para vivir de la renta de su alquiler. España, ya lo sabemos, es muy dada a prodigar rentistas que no saben hacer otra cosa. Y no son pocos. El mismo reportaje señala que en julio se pagaron casi 15.000 casas al contado, sin hipoteca.

Pese a todo, los más entendidos advierten que en España, al menos de momento, no se ven señales de burbuja. Si bien José Carlos García Montalvo, economista y catedrático de la Universidad Pompeu Fabra, destaca que “eso no quiere decir que mañana no estemos como EE UU”. Por su parte, el organismo de la OCDE advierte sobre el aumento gradual de los precios de la vivienda durante 2021. Los datos aparentan ser tranquilizadores: los precios están a un 20 por ciento por debajo de los máximos de 2007. Pero esta es una verdad parda. Es decir, oscura sin miramientos. 2007 fue el año del polvorín. Alcanzar esa cima supondría enterrar para siempre el futuro de este país en un montón de escombros predecibles. Se niega, pero la sombra de la burbuja es alargada en un país sin horizontes donde el ladrillo y el turismo chabacano y masificado son las únicas y torpes salidas a la desesperación. Carlos Martín Urriza, director del Gabinete Económico de CCOO, lo tiene claro: “Cuando el coste de un bien como la vivienda se desacopla de la capacidad de pago de la población llega un momento en el que el ajuste de la burbuja se vuelve inevitable”. No quiero ser pesimista, pero hacia allá vamos.

Nada más cruzar la próxima esquina, nos tropezamos ya con una nueva ley de vivienda y con novedades para una nueva regulación del alquiler. El alquiler, ese otro problema tan emparentado con el ladrillo. ¿Es la solución? Difícilmente. De siete millones de jóvenes, uno de cada tres de entre 25 y 35 años cobra menos de 1.000 euros. Que yo sepa, todavía no se han construido en las grandes ciudades pisos que se puedan alquilar con sueldos tan esquilmados. La solución, que ya la practicamos nosotros a su edad, está inventada: compartir piso. Con amigos o con pareja, si ella tiene acceso a un sueldo ruin como el nuestro. ¿Pero hasta cuándo?

Se ha escrito, y todos lo sabemos, que la vivienda, como el trabajo, es un bien básico. Mientras tanto, las familias más modestas mudan sus años de jubilación a las periferias de las ciudades. La sociedad, cada día, es más desigual, en salarios y en viviendas. Los conoceréis por los ladrillos en que viven, parece decir la publicidad del futuro. Y junto a los ladrillos alquilados, conviven en buena armonía los ladrillos desocupados, vacíos. Algunos datos son estremecedores. En 2001, España contaba 3,1 millones de casas desocupadas. Diez años después, y gracias al impulso benéfico de los desahucios, la cifra creció hasta los 3,4 millones. Pese a las medidas adoptadas en algunas comunidades autónomas –incentivos para quienes alquilan pisos y sanciones o expropiaciones de uso para quienes practiquen lo contrario– el problema sigue latente.

Lejos o cerca de nuestras vidas, la burbuja inmobiliaria es una gaviota que pivota sobre nuestras playas como un mal endémico, que nunca abandona de manera elegante nuestra economía cotidiana y que se cierne sobre nuestras ciudades como un ave de presa presta a engullir el futuro apenas repuesto de otras crisis que nunca quisimos. Han bastado tan solo unos meses de sosiego económico –o de paréntesis caótico de nuestras finanzas maltrechas– para que la sombra siempre alargada de la sospechosa burbuja inmobiliaria cierna sobre nuestras cabezas otro apagón de esperanza.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

18 de octubre de 2021

  • 18.10.21
Hoy se ha impuesto el término periodismo narrativo para denominar a todos aquellos textos de no ficción que se adentran en un lenguaje creativo y metafórico y cuyos registros varían de la primera persona autorial a la tercera persona del autor equisciente, al narrador-autor como protagonista del texto e incluso a la crónica autobiográfica. En definitiva, textos que cumplen doble función: una referencial, en tanto que son géneros informativos que describen la realidad, y otra estética, porque muestran preocupación por la voluntad de estilo que se materializa en textos muy bien escritos.


Estos géneros periodísticos, como es lógico, están precedidos de una profunda investigación por parte del profesional que, en muchos casos, le lleva a la inmersión en los hechos que investiga. Es decir, el propio periodista prefiere vivir los hechos a que se los cuenten las fuentes informativas. Siempre, por supuesto, que así fuese posible. Es en esta modalidad del periodismo narrativo donde hay que ubicar buena parte de la obra periodística más significativa de Manuel Chaves Nogales.

A lo largo de casi 150 años, es decir, desde finales el siglo XIX, este periodismo narrativo, cuyo apelativo probablemente tampoco sea el más acertado, ha recibido distintas denominaciones: periodismo literario, periodismo informativo de creación, periodismo de largo aliento, periodismo lento, nuevo periodismo o periodismo reposado, entre otros.

En cualquier caso, se pueden distinguir tres momentos esenciales en la evolución de esta modalidad periodística: periodismo muckraking (1880-1920), nuevo periodismo (1960-1970), aunque su proyección trazará su sombra alargada en el tiempo, y el periodismo narrativo actual que nace en la última década del siglo XX y se extiende hasta nuestros días.

Chaves Nogales vivirá entre estos dos primeros movimientos periodísticos, pero su eco alcanzará al tercero. De los muckrakers aprenderá la necesidad de la inmersión, de estar en el lugar de los hechos. De aquí que tenga sentido su conocida frase cuando afirma que el periodismo es andar y contar. O como bien diría también Piero Brunello, autor de Sin trama y sin final, antología de la poética de Chéjov, basta con unos buenos zapatos y un cuaderno de apuntes para «ofrecer buenas ideas, y tal vez aliviar la soledad, a quien se proponga hacer un reportaje, a quien guste de viajar de modo responsable y a cualquiera que aprecie una escritura precisa, honrada y comprometida». De este principio compartido con otros muchos profesionales parte el compromiso de Chaves como buen periodista de inmersión.

En el periodismo de inmersión, el profesional se introduce en un ambiente, comunidad o situación, durante un tiempo determinado para experimentar en su propia piel las vivencias que un día contará, interactúa con los habitantes de ese microespacio y después narra desde una perspectiva personal y empática aquellos trozos de existencia que nadie le contó desde afuera, sino que él mismo protagonizó.

El periodismo de inmersión, como método de investigación, se propone comprender la realidad a partir de la experimentación y, como consecuencia, se hace evidente que el redactor narrará los hechos con un alto grado de subjetividad. La inmersión requiere tiempo. Aquí Chaves Nogales cumple al pie de la letra el espíritu de esta modalidad de periodismo.

El término periodismo muckranking lo acuña el propio presidente Roosvelt. Tradúzcase por rastreadores de basura, periodistas rastrilladores, escarbadores de basura o incluso estercoleros. Y fueron precisamente estos escarbadores de basura quienes protagonizaron la inmersión periodística. Hoy, el término se ha generalizado y designa una tendencia periodística que se consolida en la prensa norteamericana de finales del siglo XIX y que basa sus investigaciones en la denuncia social. Desde luego, el contexto social, político y económico así lo demandaba: corrupción política y empresarial, abusos del poder de la élite de banqueros, pobreza, analfabetismo, concentración de capitales, condiciones laborales pésimas de los trabajadores, inmigrantes. La realidad puso el tema. Los periodistas, el método.

Las denuncias no cayeron en saco roto y el presidente Theodore Roosevelt tomó iniciativas legislativas que culminaron en reformas en 1906. El punto álgido del periodismo muckraking se sitúa precisamente en ese año, pero su esplendor apenas duró una década. En 1910 comienza su declive. Los medios de comunicación dan la espalda a los muckrakers y buscan un futuro más estable a la sombra de una política informativa más oficial e institucional. Hacia 1920, los medios abandonan esta práctica periodística. El periodismo de investigación abre un largo paréntesis, que no se cerrará hasta los años sesenta, cuando los denominados nuevos muckrakers volvieron al primer plano de la actualidad, pero esta vez con un trabajo menos activista y más profesional. Pero su huella nunca se borrará y se extenderá a Europa.

El periodismo muckraking dejó escritos con tinta indeleble nombres para la posteridad donde muchos cronistas americanos y europeos actuales pusieron sus ojos: Jacob Riis desenmascaró escándalos inmobiliarios en Nueva York; Josep Pulitzer destapó casos de corrupción de políticos; Palph Nader escribió sobre una industria automovilística que prestaba mucha atención a los diseños y poca a la seguridad; en 1904, Upton Sinclair se infiltró durante siete semanas en un matadero para denunciar las condiciones de insalubridad con las que se trabajaba en un centro de procesado de carne. Su libro The Jungle (La Jungla, 1912) incentivó reformas legislativas. En cualquier caso, de entre todos, John Reed brilla con luz propia.

En Ciudad Juárez contactó con las tropas rebeldes, convivió con los soldados y se ganó el respaldo de Pancho Villa. Lo cuenta en México insurgente (1914). No fue un observador indiferente en Diez días que estremecieron al mundo (1918), donde narra los primeros días de la revolución rusa de 1917. Una de las mejores crónicas periodísticas del siglo XX, el más claro precedente de lo que cuarenta años después se denominaría Nuevo Periodismo y un espejo claro y nítido en el que los cronistas de nuestros días encuentran una referencia vigorosa y sin tachaduras. Chaves Nogales conocía la obra de Reed, que influyó en su estilo personal, en su compromiso con la realidad y en la primera persona con que escribiría sus textos.

Paralelamente, el periodismo moderno, aunque de manera paulatina, comienza a implantarse en todo el mundo, también en España. La retórica de la objetividad –o del distanciamiento– encontró su coartada en la aparición del telégrafo, en el nacimiento del periódico como empresa capitalista y en el desarrollo del periodismo informativo. La retórica de la objetividad impondrá la impersonalidad de los textos periodísticos y la distancia impuesta al profesional abrirá una brecha en su compromiso con la realidad. Se impondrá la tercera persona, la eliminación de adjetivos y adverbios, la ausencia del autor dentro del texto. La retórica de la objetividad –mal entendida– dará al trasto con los muckrakers, con el periodismo comprometido, con la inmersión en los hechos por parte del profesional.

La objetividad, como una lacra inextinguible, marcará el revestimiento austero de la noticia, pero pronto también otros géneros, como la crónica, sucumbirán a esta cirugía de la impersonalidad autorial. Aunque sobrevivirán autores adeptos a la libertad de creación y de expresión, y al compromiso que nos dejaría diamantes muy pulidos cuando ya la objetividad se imponía en todos los diarios. No obstante, en este periodo entre 1920 y 1960, cuando mueren los muckrakers y comienzan a aparecer los nuevos periodistas, algunos nombres dejarán ya marcado el rumbo de este nuevo movimiento: John Reed, sobre todo, pero también George Orwell, en Reino Unido, quien ya se apresuró a practicar el periodismo gonzo, término que acuñaría años después Hunter S. Thompson; Albert Londres, en Francia; Ernest Hemingway y Lilian Ross, en Estados Unidos; Chaves Nogales, en España.

Los estragos que trajo consigo la objetividad no fueron todos negativos. La objetividad creó e impuso el reportaje neutral con obras como Hiroshima, de John Hersey (1946), que influiría directamente en los autores del nuevo periodismo con obras como A sangre fría, de Truman Capote, u Honrarás a tu padre, de Gay Talese. Una tríada que es el culmen del género. Pero años antes, también Chaves Nogales o Rodolfo Walsh se acercarían a este nuevo género, pero de manera fallida.

Desde luego, la teoría del distanciamiento intoxicó con sus consecuencias negativas. En el sentido, claro, de no entender que la objetividad en la profesión debe ser el método de trabajo –como ya advirtieron Bill Kovach y Tom Rosenstiel–, por cuanto el periodista debe dudar de todo lo que oye, debe contrastar las distintas fuentes informativas y verificar los hechos. Desde un punto de vista ético, el periodista solo alcanza a ser subjetivo, responsable y honrado. La objetividad como método lo salva del infierno y de la falacia. La distancia de la objetividad mal entendida ha condenado al profesional a cubrir ruedas de prensa, a veces sin preguntas y casi siempre cosechando información sin contrastar y sin interés, pero cuya publicación reclaman y dan por válida las empresas informativas para las que trabajan.

No hay filtros. La retórica de la objetividad ha ayudado a crear este contexto: excesos de periodismo de mesa, abuso de fuentes institucionales, sobreabundancia de informaciones, gestación de nuevas rutinas productivas al hilo del desarrollo en línea, la proliferación de contenidos basura, multiplicada por los agregadores de contenido, y en definitiva el agotamiento de los modelos tradicionales de periodismo.

Tampoco en España Chaves Nogales fue un lobo solitario en esta modalidad de periodismo narrativo. Corpus Barga, que cruzó los Pirineos con la madre de los Machado en brazos, se exilió posteriormente a Lima, donde todavía muchos de sus escritos deambulan extraviados en las hemerotecas a la espera de que, como en el caso de Chaves, algún investigador se apresure a identificarlos y desenterrarlos.

Su obra periodística es de una calidad y precisión nunca inferior a la del periodista sevillano. Pero también Ramón J. Sender dejó huellas impecables de rigor en la investigación y calidad de estilo en este periodismo narrativo. Bastaría con recordar su crónica Viaje a la aldea del crimen, publicada en libro en 1934, obra maestra en su género, que narra los acontecimientos que tuvieron lugar en Casas Viejas los días 10, 11 y 12 de enero de 1933.

Como es natural, también hay nombres de mujer. Ya en los años veinte, destaca Josefina Carabias (1908-1981), considerada la primera mujer que hizo periodismo tal y como lo conocemos hoy. A diferencia de Colombine, Josefina era ante todo periodista y trabajaba codo a codo con sus compañeros. En cambio, Colombine, aunque fue la primera mujer que obtuvo un puesto de redactora, se consideraba más escritora que periodista. Carabias hizo de este oficio su vida. Sacó adelante a su familia sólo con los ingresos que obtenía del periodismo. Sobre ella, otra grande del periodismo, Pilar Narvión, decía que era “la Oriana Fallaci española”.

Por su parte, la periodista Carmen Eva Nelken era otra mujer adelantada a su tiempo. Adoptó el pseudónimo Magda Donato. Ejerció la profesión de periodista desde 1917 en El Imparcial, La Tribuna, Informaciones, y posteriormente en Heraldo de Madrid, Estampa y Ahora. Uno de sus trabajos más brillantes fue introducirse en un hospital geriátrico y contar la historia humana de aquel centro rodeado de pobreza y falta de medios. Entre otros títulos de sus crónicas se puede destacar “La vida en la cárcel de mujeres”, “Cómo se vive en un albergue de mendigas”, “Una mujer en busca de trabajo” o “Un mes entre locas”. En este sentido, siguió la estela dejada por Nellie Bly cuando se hizo pasar por loca para escribir su crónica inmersiva Diez días en un manicomio, una de las diez mejores primicias de la historia del periodismo.

Magda Donato fue capaz de visibilizar la vida de las mujeres en su dimensión social. Creía en el periodismo como un medio cuyo fin es incidir en la realidad para mejorarla. Su trayectoria profesional abarca casi todo el periodo republicano y no acabaría hasta que el estallido de la Guerra Civil la mandó al exilio. Margherita Bernard desmenuza su trayectoria y estilo en el prólogo de Reportajes, el libro antología que publicó Renacimiento con sus “reportajes vividos” de la época de la II República.

Todos estos periodistas que vivieron el periodo de 1920 a 1960 marcarían ya las pautas que años después Tom Wolfe esbozaría en su legendario libro El Nuevo Periodismo. Ya estructuraban sus textos narrando los hechos escena por escena y registraban el diálogo en su totalidad. Recogían el retrato global del comportamiento de los personajes, que se hallaba en estrecha relación con la transcripción del diálogo en su totalidad. Y comenzaron a utilizar asimismo la técnica del punto de vista en la tercera persona. Este incipiente divorcio entre autor y narrador permitirá que sean los personajes quienes hablen por sí mismos y dará origen a un nuevo género: el reportaje neutral, que Chaves, en España, y Rodolfo Walsh, en Argentina, practicaron con imprecisiones lamentables y desconocimiento consciente.

Como escribe Muñoz Molina, estos talentos estallan en “una encrucijada precisa de inspiración contemporánea y de aprovechamiento de la tecnología. En efecto, el desarrollo del periodismo es paralelo a la aparición de las nuevas tecnologías. El periodismo moderno estalla con el telégrafo en 1844, cuyo impacto en la población no fue inferior al que en nuestros días vivimos con la incorporación de internet a nuestras vidas. A este se suman el ferrocarril, en 1830; la rotativa, en 1846; la linotipia, en 1886, o el uso del papel continuo, desde 1851. Y posteriormente también el teléfono, la radio, el automóvil o el aeroplano.

El avión influyó de manera determinante en la obra periodística Ramón J. Sender y, sobre todo, en la de Chaves Nogales. Fruto de esta curiosidad y necesidad por narrar desde una perspectiva más amplia es La vuelta a Europa en avión, libro que el propio Chaves califica como reportaje pero que no es sino una magnífica crónica de inmersión. Él mismo, en un escrito posterior, lo reconoce así y escribe: “Al regresar ahora, recogidos en un volumen, mis reportajes sobre la vuelta a Europa en avión, me avergüenza un poco haber opinado y definido tanto”.

Era lógico. El reportaje era entonces un género en germen que no se consolida hasta la publicación de Hiroshima en 1946. En España, la clara influencia de la crónica florida y excesivamente personalizada recogida del siglo XIX, perseguirá a sus autores hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, tan distante del estilo periodístico que imponía en sus albores la teoría de la objetividad.

Chaves Nogales volvería a intentarlo cuando escribió Los secretos de la defensa de Madrid. Esta vez la inmersión no fue posible. El exilio había puesto tierra de por medio. Así que optó por llevar a cabo una amplia labor de campo documentándose en toda aquella información facilitada por las fuentes. Andrés Trapiello advierte lo evidente: que este es un libro “en el que Chaves no asegura que haya sido testigo directo de los hechos narrados”. En parte, no lo fue.

Por esta razón, él mismo rechaza la crónica y opta por el reportaje. Tal vez su hermano, que era militar y asistente del general Miaja, y el propio general Miaja pudieron ser sus fuentes o algunas de sus fuentes. Obviamente, el libro está escrito con las técnicas del reportaje, pero el resultado último es un reportaje fallido, porque en el último capítulo el autor vuelve a la primera persona, a la opinión reiterada, al excesivo protagonismo. Un capítulo, por otra parte, prescindible e innecesario, que hubiese dado al género la posibilidad de ser el primero o uno de los primeros reportajes neutrales de nuestra historia.

Tampoco fue necesaria la inmersión para escribir El maestro Juan Martínez que estaba allí (1934). El libro no es una novela, como alguien ha escrito. Tampoco es un reportaje. El método de trabajo es la entrevista, pero el resultado final es un soliloquio. Se trata de una historia de vida. Género que, por otra parte, poco practicado por los profesionales de la información. Sí lo hicieron Albert Londres, Ryszard Kapuściński, Elena Poniatowska y, posteriormente, Svetlana Alexievich, maestra indiscutible de un género que le valió la concesión del Premio Nobel de Literatura en 2015 “por su obra polifónica, un monumento al sufrimiento y al coraje de nuestro tiempo”.

Lluís Bassets advierte que, si nos acercamos a las narraciones de la periodista bielorrusa, “no encontramos ficción, poesía o literatura dramática, los géneros usualmente valorados como literatura, sino unos relatos casi siempre en primera persona de millares de desconocidos ciudadanos rusos y de las antiguas repúblicas soviéticas, gente común que explica sus propias vidas, emociones, experiencias e ideas”. Los libros de Alexiévich tienen mucho de historia oral, de antropología social, de memorialismo colectivo, pero que son ante todo fruto de un trabajo periodístico.

Por supuesto, Alexiévich utiliza la entrevista como método de indagación en las fuentes informativas, es decir, busca la confesión de aquellas personas que sufrieron la tragedia que relatan. Pero el resultado es un soliloquio, una historia de vida, un relato contado en primera persona por su propio protagonista, en el que desaparecen las preguntas indagatorias y la voz del profesional que las formula. Un recurso utilizado en ciencias sociales, pero también en periodismo.

Y es lo que también hizo Chaves Nogales en este libro. Ya desde el título, dice quién se responsabiliza de esta historia: Juan Martínez, que estaba allí. Él se limita, que no es poco, a escribir cuanto le cuentan. También Alexievich advierte desde el título: Voces de Chernóbil. No es ella quien habla, sino las víctimas de la catástrofe.

En todo caso, la mayor parte de la obra de Chaves Nogales la integran crónicas, un género que él cultivó desde sus inicios. En estas, narradas en primera persona, el periodista observa y pregunta. La entrevista, como género auxiliar, es parte del cuerpo informativo de la crónica. Pocas veces esta aparece aislada, como género autónomo, sino más bien integrada en esta otra estructura más extensa y compleja. Estas entrevistas, en ocasiones son breves, son formuladas a personajes anónimos, pero en otras responden a las características de un género concreto: la entrevista perfil. Formato integrado por las descripciones del autor fruto de su observación, así como por la fórmula pregunta y respuesta, por la que el entrevistado se expresa con su propia voz.

Chaves Nogales no solo cultivó los géneros informativos, también textos de opinión, como el artículo y el ensayo. Su primer libro, La ciudad, es un ensayo. El último, publicado en 1941, La agonía de Francia, también lo es. El primero, más lírico. El segundo, más reflexivo, más taxativo en sus argumentaciones, a veces excesivas, pero es también el libro más preciso en su estilo, más contundente y cerrado en su estructura. El libro mejor escrito de Chaves Nogales. Aparentemente, está escrito con una continuidad y unidad como prevista para nacer en libro y no, como otros, en entregas seriadas en los diarios.

El escritor sevillano también escribió ficción. Su segundo libro, Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos, es ficción. Reconoce Chaves en el prospecto que quiso escribir “una gran novela”, pero al final el volumen derivó en un conjunto de relatos. A sangre y fuego, aunque inspirado en hechos reales, también es ficción. El propio Chaves califica el libro como un conjunto de novelas breves, basadas, a veces, en hechos reales y, otras, en sus propias invenciones. También la ficción merodea por las páginas de La bolchevique enamorada y otros relatos.

En definitiva, es posible y necesaria la catalogación de la obra de Manuel Chaves Nogales. Garmendia, por su parte, lo ve innecesario. Dice que la prosa de Chaves “se resiste a ser catalogada”. Yo no lo creo. Y añade que, incluso en los textos informativos, “puso el cronista literatura”. Tampoco lo creo. El cronista escribió poniendo cada palabra en su sitio y procurando que la cadencia lograda no ensombreciera la verdad de los hechos, que es lo que hace y lo que debe hacer todo buen periodista, cuando informa y cuando opina. Y lo que debe hacer, por supuesto, todo buen escritor.

Ignacio F. Garmendia, en la Obra completa de Manuel Chaves Nogales, publicada en 2020 por Libros del Asteroide, ha preferido establecer en los textos un orden cronológico y en parte temático, y rechazar la diferencia entre géneros periodísticos y literarios y, por supuesto, entre los propios géneros periodísticos, un ejercicio, nos enseña, que –escribe Garmendia– “me parece más un pasatiempo universitario –dicho sea con todos los respetos– que una cuestión que concierna a los lectores”.

También difiero, como es natural. El lector también debería saber por qué un periodista se compromete en el mismo texto, o por qué escribe en tercera persona, o por qué es el protagonista de la historia, o por qué opina cuando no debería, y por qué escoge una historia y rechaza otra. Tal vez haya que esperar a la próxima publicación de las obras completas de Chaves Nogales para que el lector sepa por qué el autor, a veces, opta por la ficción y, otras, se embarra en la realidad. El propio Chaves advierte al lector en casi todos sus libros, aunque a veces yerre, del género en el que anda metido. Es cuestión de ética y también, como no podía ser menos, de estética.

Ponencia incluida en la mesa de periodistas “Chaves Nogales y el periodismo de su generación” para el curso de verano “Chaves Nogales, un periodista para el siglo XXI”, organizado por la Universidad Internacional de Andalucía y celebrado en el Monasterio de la Cartuja de Sevilla los días 5 al 8 de octubre de 2021.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

11 de octubre de 2021

  • 11.10.21
Estaba leyendo un texto teatral de Alessandro Barico, el mismo texto que escribió para el actor Eugenio Allegri y el director Gabriele Vacis. Y opinaba, al igual que el autor, ahora que lo tenía entre sus manos en formato libro, que era un texto que se mantenía en vilo entre una auténtica puesta en escena y un relato para leer en voz alta. También le parecía, como al mismo autor, que era una historia hermosa que valía la pena contar. Se trataba de la leyenda del pianista en el océano: Novecento.


De entre sus páginas desgajó un párrafo que parecía más propio de su vida que del guion del escritor italiano. Y lo leyó en voz baja, escuchándolo, recreándose en la verdad honda que escondía: “No hay quien lo entienda. Es una de esas cosas que es mejor no pensarlas, porque si no puedes acabar volviéndote loco. Cuando se cae un cuadro. Cuando despiertas una mañana y ya no la amas. Cuando abres el periódico y lees que ha estallado la guerra. Cuando ves un tren y piensas tengo que largarme de aquí. Cuando te miras en el espejo y te das cuenta de que eres viejo.”

Fue entonces cuando alzó la vista y ella estaba allí. Sí. Habían pasado los años. Inevitablemente, la vida había cruzado un ecuador ya transitado y vacío. Se sentó frente a él con su asentimiento. Tenía los ojos cansados de otras tardes que ya declinaron, aunque todavía firmes y enigmáticos. Y la mirada hermosa de su juventud. Era la mirada de una mujer que amó siempre al mismo hombre, pero que vivió con otro que la cuidó en los días difíciles y respetó sus balbuceos y convicciones. El tiempo raspa como una lija cualquier cavilación que cae presa en su piel. Eso pensaba ella. Y así se lo dijo.

Él no sabía qué decir ahora cuando el presente crecía frente a un tiempo pretérito, libre como una gaviota libre y mansa. Ella le dijo que no había pasado un día en su vida que no se hubiera acordado de él. Sin nostalgia y sin rechazo. Con la aceptación y la derrota que cualquiera adopta como una segunda piel, escondida bajo la epidermis, donde duelen menos los sentimientos y donde es más fácil simular que nada pasa, donde se puede negar toda sospecha, donde ayuda a vivir con la esperanza última que siempre viaja en otro departamento del mismo tren.

Él la miraba como quien descubre que él también había escenificado otra obra teatral que alguien le había asignado sin su consentimiento, pero cuya interpretación había sido no solo correcta, sino aplaudida con éxito mientras se tambaleaba entre las tablas de la confusión. No es posible vivir tantos años, pensó en aquel momento, sin saber con precisión qué destino era el propio, cómo uno se puede engañar hora tras hora, minuto a minuto, sumando décadas y décadas, con los huesos oxidados de dormir en un sueño ajeno, buscando otros brazos que también buscan los suyos pero que son otros. Apretarse al cuerpo equivocado, desearlo incluso, amarlo incluso cuando el frío empuja a los amantes al engaño mutuo.

Él no supo qué decir. Nunca supo. Ahora se puede entender. Porque la serenidad que ofrece la edad siempre compensa con esa sensación de un olvido alquitranado que pesa demasiado para cargarlo a la espalda. Cada cual va dejando atrás los trasuntos de solvencia irreversible. La luz de las tardes nunca se apaga, aunque, cuando nos sentamos frente al mar, sabemos que una tormenta se esconde debajo de la arena, prensada y doblada como una sábana limpia para almacenar en el armario, donde los utillajes de la vida recobran una animación prestada que desordena nuestra voluntad amputada.

Ella le dice que solo vino a eso, a decirle que nunca le olvidó, que era imposible hacerlo, que no hubiera podido intentarlo siquiera. Se lo decía ahora que el tiempo pudría los abrazos como racimos de uvas secas, y las primaveras eran eternas en la casa vacía, y los recuerdos no se pueden envolver para tirar o vender al mejor postor. Nadie se puede desprender ni del tiempo vivido ni de los sueños que no fueron realidad, sobre todo de los sueños que siempre estuvieron a nuestro lado y duermen ingrávidos un vacío de penumbras apagadas.

Él volvió a mirarla con esa felicidad fatua que cualquiera desecha. Ella no dijo nada. Los años la habían embellecido aún más. Conservaba esa pequeña sonrisa que la infantilizaba y que él siempre deseó. Ella se puso en pie y, al despedirse, le besó los cabellos ya canos. Solo le dijo, despeinándolo: Sigues siendo el mismo. La vio caminar y subir la avenida. No supo qué decir ni por qué no dijo nada. Abrió el libro por cualquier página y encontró otro párrafo que también parecía sacado de su vida: “Iba tirando a base de fantasía y de recuerdos, y es lo único que puedes hacer, a veces, para salvarte, no hay nada más. Un truco de pobres, pero que siempre funciona.”

Después se levantó y salió a la calle. Comenzó a caminar en dirección contraria hacia donde ella iba. Esbozó una sonrisa leve. Ahora tenía la sensación confirmada de que había vivido una existencia prestada, pero no se sintió pesaroso. Sabía que ella hoy también pensaría en él. Tal vez esta sea otra manera de vivir, pensó. Cuando cruzó la esquina todavía esbozaba una sonrisa aún más pronunciada y volátil.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

4 de octubre de 2021

  • 4.10.21
Si no fuera porque nos cubrimos parte del rostro con mascarilla, parecería que el mundo vuelve adonde estaba antes de la erupción del caos, donde se abría el apocalipsis con sus dudas y sus últimos adioses. Después del confinamiento, cuando volví al lugar de trabajo, la facultad me parecía el escenario de un asesinato múltiple: los bancos, sellados; los suelos, con indicaciones por dónde podías pisar y hacia dónde debías dirigirte; anuncios en las paredes y en las puertas con normas precisas y recetas para sobrevivir al laberinto reducido de un edificio en el que era más fácil morir desorientado por confusión que derrotado por la pandemia, como si fuese un capítulo más de Cien años de soledad adscrito a nuestra historia laboral. Nunca aquel espacio estuvo tan vacío, y de ese vacío siniestro surgía una voz profunda que se incrustaba adentro de cada uno, advirtiendo quizás de las derrotas y las catástrofes que la vida no pregona a priori.


Pero ahora, cuando volví con la presencialidad de los alumnos al cien por cien, y la vida volvía limpia como un manantial recién instalado entre las mismas paredes, de nuevo me sentí extraño en aquella realidad que ya casi había olvidado. Acostumbrados a una soledad obligada, el cuerpo, tal vez el alma también, se acostumbran a los rincones sin nadie, al silencio denso e incluso desapacible, pero que, día a día, se mete en los huesos y comienza ya a ser parte del mismo organismo. En cualquier caso, no cuesta demasiado esfuerzo habituarse de nuevo a la vida dejada atrás. Pero también es cierto que, en estos meses en que el bullicio y el alboroto dejaron de reinar en nuestras fiestas y en nuestras noches, nos fuimos habituando a un mundo en calma, a encontrar una serenidad hasta entonces diluida en el ruido del mundo.

Vuelves y sabes que lo haces adonde ayer eras feliz o donde, al menos, transcurrían los días de una existencia controlada y confortable. Hay lugares nunca elegidos, pero donde nos acomodamos como si los hubiéramos buscado en sueños. Ahora bajo al bar o al restaurante, y aquellos vecinos o clientes, que desaparecieron durante estos prolongados meses, regresan como si el tiempo se hubiera congelado y los hubiera devuelto al tiempo presente sin rasguños y sin morriñas. Están sentados tal cuales, como cuando las vacaciones fenecen y el otoño comienza a robar horas al día, y las noches se apresuran a cubrir los paréntesis que ya desechó el albedrío de las mañanas felices.

Miro a mi alrededor y encuentro los momentos de antes, si bien trastocados por una nostalgia malsana que diluyo con chupitos de whisky y lecturas nuevas y desconcertantes, intentando entender quizás que este mundo que tengo delante de mí es una fotocopia de aquel otro que nos incautaron cuando la vida era tan frágil como una pompa de agua de jabón. Y tan efímera y estática como los ojos que miran a ninguna parte. Sé que hemos vuelto. Pero adónde. Acaso la soledad donde nos escondimos, fabricada a nuestra medida, ahora nos la quieren expropiar, como si fuese patrimonio inventariable. Saben de esta soledad como si fuera un bien mueble, sin que nosotros hayamos publicado la razón de su naturaleza o la permeabilidad de su consistencia o la fragilidad de este arrojo. Ahora nos demandan que paguemos el IBI correspondiente o bien abandonemos la zona de confort, porque afuera nos espera el teatro de la vida con su cerrado programa de varietés distendidas, que nos harán olvidar sin dolor los días que vivimos solos con nosotros mismos.

Juan Sebastián Bach –el escritor, no el músico– escribió esta frase desquiciada: “Sacadme de este mundo. No es el mío.” Nosotros no podríamos gritar lo mismo, porque el mundo sigue estando ahí. Con sus cortapisas, sí. Pero está. Acaso nosotros somos quienes hayamos cambiado, y el entorno nos viene ancho o estrecho, acomodaticio o cambiante, largo como el invierno o bien embriagador como el estío. Andamos buscándonos en los bolsillos en el ADN, el DNI, el pasaporte, las facturas olvidadas, las desveladas fotos, la frase que alguien susurraba cuando estaba al lado y que ya no está. Este mundo es como aquel, queremos pensar, pero no es el mismo. O lo es. Pero qué hacemos ahora con nosotros, naufragando entre dos vidas apenas vividas ni reconocibles, mirando hacia una cuando la otra se desdibuja inevitablemente en una memoria desorientada, o buscando desentrañar la segunda cuando la primera empuja con entusiasmo hacia un destino incierto y apetecible, como todo aquello que seduce por ser precisamente incierto, por abrir la duda acorazada del infortunio pasado.

Yo me quedo aquí, observando el vuelo desvariado de los pájaros, buscando la sombra del mismo árbol, intuyendo que el curso del río no detiene su caudal en cualquier orilla, sino que busca invariablemente el mar, sabiendo que no importa quién llama a la puerta cuando la soledad se amansa y necesita de otros brazos. A veces, bajo los ojos al libro que leo o que escribo y advierto, son cierto desasosiego y no menos inquietud, que ahí está metido el otro yo que ahora me andaba buscando.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

27 de septiembre de 2021

  • 27.9.21
Cómo lo harán los talibanes en Afganistán, no levanta demasiadas dudas. Durante la dictadura anterior (1996-2001), ya tuvieron la oportunidad de ponernos al día de en qué consiste su arte de gobernar. De momento, como ya era de esperar, han anunciado que el Ministerio de Asuntos de la Mujer pasará a ser conocido como Ministerio de la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio.


Las palabras “virtud” y “prevención” ya son, de por sí, para mirarlas con demasiado respeto. La primera medida al respecto lo dice todo: el nuevo ministerio ocupará la sede del desaparecido Ministerio de Asuntos de la Mujer.

También se sabe que las funciones de los agentes de este nuevo ministerio serán las mismas que en la anterior dictadura. Es decir, recordarán a los viandantes la obligación de acudir a las plegarias cinco veces al día, vigilarán la longitud de la barba de los hombres y que las mujeres no anden solas por las calles. Podrán hacerlo, por supuesto, si se empeñan. Pero tan arriesgada decisión les podría hacer probar en sus propias carnes las varas de los fundamentalistas. Que, según se entiende, no son precisamente caricias deseadas.

El acoso a la mujer no es novedad. Desgraciadamente, era de esperar. Sobre todo, desde que se dejó ver que el gobierno es absolutamente masculino. El hecho de que la sede para establecer el cuartel general de los vigilantes de la moral, donde antes se ubicaba el Ministerio de Asuntos de la Mujer, no es una medida de puro trámite, sino una advertencia que, desafortunadamente, pronto derramará sus frutos sobre ese derecho usurpado a las mujeres. De hecho, sus reacciones no se han hecho esperar.

Algunas mujeres cambian de casa cada dos días. Como le ocurre a la diputada por Nimruz, Fereshta Amini, quien, para colmo de desgracias, confiesa que su ex se ha unido a los talibanes y cada día le amenaza con matarla. Por su parte, Farzana Kochai, de 29 años, diputada por la minoría nómada kochi, advierte de que no es capaz de superar el miedo.

En cualquier caso, no son las únicas activistas y políticas afganas que están expuestas a amenazas e intimidaciones tras la disolución de hecho de la legislatura por el golpe de los fundamentalistas. De los 250 miembros de la Cámara baja de la Asamblea, 69 eran mujeres. Ser mujer en Afganistán, para el fundamentalismo, es un estigma.

Pero esta retórica y práctica del miedo talibán no queda ahí, sino que avanza como la lava de un volcán hasta incrustarse en todos los poros de la piel y en cualquier escondrijo legal que pueda desviar su recorrido programado e infalible. Ya lo ha anunciado el ministro de Prisiones, el mulá Nooruddin Turabi: volverán las ejecuciones y las amputaciones, como ocurrió en el primer periodo de dictadura talibán. Y volverán, claro, sin discriminación de género.

Hay que ampliar considerablemente el número de criaturas sometidas a la desesperación. Pero esta vez, afortunadamente, sin tanto rigor como en el periodo anterior: con toda probabilidad, esos castigos no se convertirán en un macabro espectáculo, como sí lo eran en el periodo 1996-2001, a fin de dar ejemplo e imponer la autoridad a sangre y fuego frente a un público frenético necesitado de esa justicia del ojo por ojo, como si el escenario fuese un circo romano. Que entonces lo fue, pero ya arrancando el siglo XXI.

Turabi, tuerto –tal vez dios es justo en sus sentencias–, se siente satisfecho con que vuelvan las ejecuciones y cortes de manos. Pero no tiene claro que se haga con público. El gobierno talibán, al parecer, también está dividido en este tema. No es el caso, en este supuesto, del delegado de Información y Cultura en la provincia de Kandahar, Noor Ahmed Sayed, quien es contundente en este sentido: “Cuando se cuelga a alguien delante de todo el mundo es para dar una lección y se obtienen muy buenos resultados porque todo el mundo ve lo que puede ocurrir”.

Hay quien todavía no ha logrado olvidar los recuerdos más sombríos de aquel quinquenio talibán en que las ejecuciones por asesinato y las amputaciones de miembros a ladrones eran un dramático y bárbaro espectáculo ante miles de personas. No obstante, Sayed quiere compartir la responsabilidad de la barbarie: “Si alguien mata, hay que matarlo. Pero puede salvarle la vida la familia del asesinado”.

Recuerdo una crónica de Alfonso Rojo escrita desde Kabul en 1998, titulada “Justicia talibán en el estadio de Kabul”. En la misma el enviado de El Mundo fue testigo de la ejecución de un homicida y de la amputación de una mano a un ladrón. El cronista describe con detalle el bárbaro espectáculo en el estadio de Kabul ante la presencia de 100.000 personas.

Esta es la descripción de la amputación de la mano del ladrón: “Una vez listo el material mandaron al joven que se tendiera en el suelo, boca arriba. Todo fue muy rápido. Mientras un talibán sujetaba la cabeza del condenado, uno de los enfermeros le clavó la aguja en el antebrazo y le inyectó la anestesia; otro hizo un torniquete y el doctor seccionó la mano por la muñeca y vendó el muñón. Inmediatamente, como si fuera un fardo, echaron a Alí en la furgoneta y se lo llevaron a la calle”.

Y añade Rojo: “Fue entonces cuando un talibán bajo y gordo, que se cubría con un turbante negro y llevaba a la espalda un kalashnikov, se agachó, cogió la mano, ya rígida, del césped, la levantó a la altura de los ojos y dio unos pasos con ella, como haría un torero triunfador con la oreja de un astado tras una buena faena”.

Después, describe cómo ejecutan al homicida: “Pasaron unos minutos en los que los espectadores se rebullían inquietos, antes de que el hermano de Alí Amat se incorporara y se aproximase sigilosamente al condenado. Cuando estaba a un par de metros de su espalda, un talibán le entregó un fusil. Regodeándose en los gestos, el muchacho apoyó una rodilla en tierra y se encaró el arma. Apuntó con cuidado al centro de la espalda, entre los dos omoplatos, contuvo la respiración y apretó el gatillo. Alí Quijah se agitó y cayó boca arriba estremeciéndose. El joven volvió a apuntar, esta vez a la cabeza, y disparó de nuevo. Todavía descerrajó un tercer tiro. Este último en la cara. Los talibanes arrojaron el cadáver a la camioneta, saltaron a sus vehículos y desaparecieron hacia la ciudad entre bocinazos y gritos”.

El párrafo final de la crónica no tiene desperdicio: “A las cinco de la tarde lo único que quedaba en el estadio de fútbol de Kabul eran tres vainas vacías de munición de kalashnikov, una mano ensangrentada e irreconocible y los envoltorios de los chicles y las galletas consumidas por el público durante las tres horas que duró el macabro espectáculo”.

Normalmente, estas ceremonias del escarnio eran los prólogos a los encuentros de fútbol. Acaso ahora, según promete Turabi, estos teloneros ejecutarán su teatro terminal entre bambalinas, lejos de un público que no se sabe si aprueba estas sentencias del ojo por ojo. Turabi perdió un ojo y una pierna combatiendo con las tropas soviéticas. Tal vez, pensará para él mismo, por qué solo yo voy a ser un tullido en este país condenado eternamente a la infamia. No solo pretende acabar con los teloneros del terror, sino que permitirá la televisión, los teléfonos móviles, las fotos y los videos. E incluso que las mujeres ejerzan como jueces.

De cualquier manera, no hay suficientes razones para entusiasmarse. El currículum que lleva a sus espaldas no es suficiente crédito para poner en él demasiada confianza. La infamia no puede conllevar nunca una segunda oportunidad. La infamia, después de todo, no puede tener perdón. ¿Qué sentido tendría?

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

20 de septiembre de 2021

  • 20.9.21
Las fronteras, piensa cualquiera, están ahí para romperlas y violentarlas, para cruzarlas y volarlas por los aires, provistos de papeles o sin papeles. Fronteras lacustres, aéreas, territoriales, fluviales, marítimas. Fronteras políticas e ideológicas, que dividen países que hablan distintas lenguas y el color de la piel de sus ciudadanos no es el mismo. Puestas en mitad de nuestras vidas por la propia naturaleza o, en su caso, por nosotros mismos.


Alguien mira a un lado o al revés, y el mundo ya es otro. Como si alguien hubiese dado una capa de barniz al paisaje que esconde y nos mostrara otra vida ajena a nuestras expectativas. Sin embargo, este hombre piensa que las peores son las fronteras invisibles, aquellas que se pierden en lontananza, y que, pareciéndonos próximas, nunca se alcanza el límite de una y otra parte.

Están ahí sin estar, sin apenas existir, porque las inventamos cuando nadie acecha, conscientes de que vale la pena soñar a escondidas, inventar otro mundo fabricado a medida, un hábitat imaginado donde metemos los pies creyendo que es una bañera, pero entonces advertimos la inmensidad del océano.

Hay fronteras sospechosamente accesibles, sin vigías camuflados, ni linternas escrutadoras que alumbran una sombra inexistente, ni armas de fuego con silenciador que persuaden al intruso del viaje inútil. Él sabe que las fronteras que no existen son las más arriesgadas.

Pone un pie al otro lado y siente que el cuerpo se hunde en el fango, un fango cremoso con sabor a natillas y a canela, familiar y sutil, que ahoga con una dulzura espesa e inevitable. Este hombre se cansa de ir de allá para acá. Acaso no busca nada. Como le ocurriría a cualquiera de nosotros. Pero la sensación incolora de que los días muertos no se parecen en nada a las promesas que nos han dejado ahora al borde del acantilado, no le deja en paz.

Este hombre ha cruzado la frontera. Era inevitable. Ha dejado atrás una casa, una botella abierta, una mujer que le ama, un perro que duerme su ausencia. Cualquiera se pregunta qué busca allende los mares y los montes. Con toda probabilidad todo aquello que añora lo lleva puesto encima, como su propia piel.

Nadie busca nada afuera de él mismo. Toda esperanza anida tan dentro de nosotros que la podemos confundir con las vísceras, los tumores, las heridas de otras guerras perdidas. Es lo que tiene no mirar hacia adentro: que caminamos sin brújula, sin destino. Es difícil encontrar secuelas de nosotros mismos si no nos sentamos al borde del camino y definimos nuestras propias capacidades. El mundo es tan ancho que es fácil despeñarse por cualquiera de sus vértices.

Este hombre no sabe qué busca y, en este bien entendido, se tira a la tierra, sin agua y sin mapas. Piensa que también los mapas están contaminados, manipulados como parte de nuestra vida que son, desviados del único camino posible. Probablemente lleve razón. En cualquier caso, es inútil advertirle.

El ansia de libertad solo se alimenta de víctimas inocentes e innecesarias. Cualquier día de estos, despierta y advierte que las fronteras puede que no existan. Ese día se sentirá abatido, torpe, viejo tal vez. En qué enredar ahora las horas, se dirá cada mañana, cuando amanezca y las horas sean resplandecientes y nuevas.

Le gustaría adquirir alguna guía precisa sobre aduanas y peajes, puertos y aeropuertos, muros y vallas, límites naturales o creados por el ser humano, violentados o infranqueables, espacios desestructurados e inasequibles al desaliento.

Debe haber rincones en el mundo, sospecha, que nadie ha cruzado, que nadie soñó después de la era de los descubrimientos, algún lugar ignoto adonde los satélites no tienen acceso, alguna gruta sin espeleólogos, cavidades naturales en el subsuelo donde nadie puso sus botas, morfologías geológicas inadvertidas a la ciencia.

Debe haber en el mundo, piensa con desaliento, el lugar vacío al que pretende acceder, sentarse en mitad de esa habitación desamueblada, de ventanas cerradas, esperando que alguien entre en ese espacio y encienda la luz, y le diga ven: aquí no hay vida, la vida está afuera.

Mientras tanto, seguirá buscando por las esquinas de su ciudad una quimera moldeada con arcilla que se derrite en sus propias manos, invisible a los ojos de los demás, la isla desierta que sobrevivió a todo naufragio literario. Pero él está ciegamente convencido de que las sombras esconden fantasmas y que las noches son días de pilas y baterías gastadas, desconectadas de la luz que busca otros amaneceres.

Y cuando verdaderamente amanece, él no ve los árboles que crecen junto a la ventana, ni oye ladrar a los perros, ni vislumbra la claridad que ofrece la mañana. A veces, desde las fronteras invisibles que atenazan su mirada, el mundo es tan centelleante que le deslumbra para adivinar el paraíso que tiene a sus pies. Después observa más allá, donde una línea parte el techo de la cordillera, donde ya no hay nada, donde su mirada se extravía en la luz que se apaga dentro de él mismo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

13 de septiembre de 2021

  • 13.9.21
La novela podría arrancar así: “Coincidían todas las tardes a las ocho. Él subía en Cisíon y ella en Monastiraki.” Una historia de encuentros que tienen lugar en el metro. Acaso no sea el lugar idóneo para darle alas a una narración de amor, pero a los escritores, en ocasiones, les da por ahí.


Él es joven, 21 años tal vez, seductor, viste pantalón de pana y jersey de cuello alto, cabello largo y descuidado, peinado hacia atrás. En una mano lleva un paquete de cigarrillos; en la otra, una carpeta llena de papeles. Siempre se sienta al fondo, junto a la ventanilla. Entonces, aparece ella. Una mujer madura, bien conservada, de pelo largo aclarado por el tinte.

En la historia, no debe ocurrir nada excepcional, nada que no acontezca en la vida. Pero en la vida, la mujer madura se siente atraída por un joven de 21 años. Se cruzan miradas. Siempre viajan en la misma dirección, a la misma hora. No es casualidad, por supuesto. Nada en literatura ni en la vida es azar.

Siempre se encuentran en los mismos asientos, las miradas se repiten y se encuentran inexorablemente; se buscan no solo los ojos, sino la biografía que esconden adentro, los momentos radiografiados de sus pasados remotos o recientes. Ambos se preguntan quiénes son, quiénes querrían ser a partir de ahora.

En un momento pretendido o fortuito –cada autor escribe el guion a su modo–, se entrecruzan unas palabras. La primera conversación siempre es ingenua, pero no baldía, torpe, solo busca los datos esenciales donde ubicarse los protagonistas.

Él vive con la madre y el hermano mayor. Estudia Electrónica. Por la tarde, toma clases de inglés. Su aspiración: obtener una beca de posgrado en Inglaterra. Ella trabaja en una delegación de Hacienda, aunque no lo necesita. Está casada. Tiene dos hijas. Cada mañana necesita tomar el metro, viajar, estar en la oficina. Necesita salir del hogar, enfriar el calor de la casa marital. De lo contrario, el mundo no tendría sentido.

Ahora se miran a los ojos sin parpadear. Hay chispas incandescentes en sus miradas. Como todos los enamorados, sienten que se dejan deslizar por un tobogán a una velocidad de vértigo que no logran controlar. Eso piensa ella; él, no sabemos. Han quedado para el viernes. Para hablar, para pasear.

Pero él prefiere quedar en un lugar concreto. Ella siente que el joven tiene la capacidad de alterar sus costumbres. No se pregunta si eso es el amor. Porque no lo sabe. En principio, se siente atraída por su juventud. Ella no se había casado por amor, así que le costaría averiguar qué la impulsaba a buscarle.

Al joven no le gustaban las chicas de su edad, sino las mujeres maduras, como ella. La llamaba de usted. Y, aun así, a ella le gustaba ese trato de respeto y atracción. Un día quedaron en una tabernita que él conocía, en un sótano, donde servían buen vino y el juke-box no paraba de soltar canciones repetidas de moda.

La clientela era vulgar, las paredes estaban ennegrecidas por el humo, las mesas cubiertas de manteles plastificados, lámparas de neón. Él le coge la mano y se la mantiene apretada. Visto así, los protagonistas de esta historia están condenados a mudar de escenario.

Él propone ir a casa de un amigo, para no ir callejeando por ahí. Ocurre en cualquier historia de amor. Como pensaría el poeta, siempre conviene tener un lugar a donde ir. Hay que cobijarse del mundo, perderse donde no los encuentre la luna llena.

Descendieron por una escalera de madera que daba a una pequeña habitación, como si fuera el camarote de un barco, escribe el autor, con las paredes adornadas con pósteres y mujeres desnudas. Ella lo piensa enseguida: ¿un picadero? Y no le importa. Hay sensaciones secretas que tiene que vivir, hacerlas propias, aunque después le cueste adaptarlas a su hábitat diario.

En el centro, hay una cama y una lamparita de color carne. A él no se le olvidaba que ella estaba casada, y a ella tampoco. Ella se escabulló de entre sus brazos y salió a la calle. La segunda vez no hubo escapatoria, ni intento de fuga por su parte. Él se esforzó por quitarle una combinación bordada de color rosa, las medias, el sostén. Temblaba todo su cuerpo.

Se decía a sí misma, y le decía a él, que estaba loca, que quería estar loca, que era inevitable no enloquecer algún día en la vida. Las noches de lujuria se repiten durante un tiempo, más bien breve, después el final se precipita en esta historia. El joven un día no sube al metro. Desaparece de su vida. Y ella se incorpora al hogar abandonado, donde nadie la ha echado de menos. Bueno, este último apunte, como alguno otro, es mío.

En cualquier caso, no hay que escribir la historia, porque ya está publicada con algunas variantes respecto a la sinopsis aquí descrita. Conocemos el arranque. Este sería el final. Ella, en el metro: “El trayecto le parecía interminable, toda una odisea. ¿Le seguiría pareciendo así de aquí en adelante?”. Sería correcto, como en el original, terminar con un interrogante, porque ahí radica la savia de la vida y el motor de sus dolores y de sus más ardientes locuras.

La historia la escribió en 1976 Menis Kumandareas, destacado representante del realismo social griego, perseguido en tiempos de la Dictadura de los Coroneles, autor de una obra llena de historias que, como esta, son metáforas poderosas de aquel tiempo, tal vez también de este.

Pero como ignoramos que esta historia se pudiera repetir tal cual, o incluso que alguna vez haya ocurrido y solo sea una invención del escritor griego, yo solo propondría escribir miles de finales diferentes e incluso incompatibles entre sí. El amor es lo que tiene: cada quién lo viene a su manera.

Hace unos años, cuando se publicó en español, leí este libro. Estos días, no sé por qué razón, he vuelto a releerlo. La señora Kula, así se titula esta novela breve de Kumandareas, narra el intento malogrado, de una mujer de mediana edad, de escapar de su vida estancada a través de la relación amorosa con un jovencito. Este y la mujer coinciden cada día en el mismo vagón del metro.

Así nace este idilio en la Atenas gris de los años setenta, en busca de una felicidad cotidiana que la vida no le dio a ella. En la contracubierta del libro, publicado en España en 2007 por 451 Editores, se puede leer que esta novela indaga en la soledad a las que nos abocan las ciudades, en la que el opresivo suburbano se convierte en escenario del amor.

Cuando cerramos la novela, del joven no sabemos nada más, sino que un día desaparece de la vida de esta mujer. Ella vuelve a su vida cotidiana, a su hogar y a su trabajo. Y el suspense permanece ahí. Tal vez viviera de la nostalgia el resto de sus días, o también, ahora que conocía el largo y curvo camino del hechizo amoroso, igual se echó a la calle, como haría cada día, no buscando, sino encontrando, a ese joven casual que, aunque nunca será parte de su día a día, sí le bastarán nada más algunas noches compartidas para entender que la vida nadie sabe, a estas alturas, de qué va verdaderamente. Porque, claro, las historias de amor se pueden asemejar mucho o demasiado unas a otras, pero nunca todas son iguales. Dicho de otro modo: toda historia de amor es única.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

6 de septiembre de 2021

  • 6.9.21
Siempre volvemos al mismo lugar, a la misma casa, al único rincón posible, empujados por los libros leídos, por la música de la nostalgia, por los recuerdos infalibles. La vida, después de todo, es un cúmulo de navegaciones y de regresos como, más o menos, diría Pablo Neruda.


Se quema el mes de agosto en los eriales de la memoria y allá andamos nosotros para poner orden en el divertido caos de la existencia venidera, que no es otra que una prolongación fotocopiada de los días pasados. Pero el transcurso del tiempo desbroza también toda memoria advenediza, aquella que sobrevive a cualquier imprevisto naufragio y esta otra con la que nos tropezamos de narices y nos rompe de golpe la vasija donde escondíamos las fotografías de las horas olvidadas.

Vuelvo de unas vacaciones a las que no sé si un día de estos me fui, o si he retornado al cataclismo monótono llevado nada más que ese viento colectivo que se amansa cuando vivimos en colectividad. Me tiendo en mi sillón de siempre, sin libros, escuchando el Canto General de Mikis Theodorakis, esa obra magna en la que el autor griego puso música a los versos de Neruda.

He escuchado este disco cientos o miles de veces. Dos o tres o cuatro veces el mismo día, durante días y meses y años. La majestuosidad elocuente de letra y música, la profundidad salvaje de una obra diferente, impresionante, grande.

Neruda y Theodorakis, dos nombres que son parte inalienable de mis recuerdos. Como también lo son para mi amigo Antonio García Martínez. Hace unos días murió el compositor griego. Compuso piezas clásicas y populares, otras que eran clásicas y populares, algunas en la cárcel. Escribió sinfonías, óperas, balés, música para teatro, bandas sonoras para películas, incluso marchas de protesta. Pero nunca se le pasó por la cabeza escribir marchas militares. O eso me gustaría pensar. Había nacido en la isla de Quíos y en los últimos años andaba retirado del alboroto de la existencia. La salud le estaba rompiendo ya la vida.

Yo le amaba por esa música honda y solemne que era su Canto General. Ahí estaba también la sangre enardecida del poeta chileno, los versos sinfónicos de ese gran libro, por ambicioso, y tan grande, por extenso. Escuchaba esa música tan mía, mientras leía y releía los poemas en una edición de la Biblioteca clásica y contemporánea de Losada, impresa en Buenos Aires, esa editorial que nos asomaba a las páginas prohibidas en España por el régimen.

En esa editorial leí por primera vez Tercera residencia, cuando Franco comenzaba ya a agonizar. Cuando murió el general, recuerdo que el PCE imprimió y distribuyó por toda la Ciudad Universitaria un panfleto donde reproducía un poema incluido en aquel libro: “El general Franco en los infiernos”. Nadie ha escrito mejor obituario anticipado al dictador.

Siempre recordaba cómo arrancaba aquel libro que tanto le impresionó a Theodorakis: “Antes de la peluca y la casaca/ fueron los ríos, ríos arteriales:/ fueron las cordilleras, en cuya onda raída/ el cóndor o la nieve parecían inmóviles:/ fue la humedad y la espesura, el trueno/ sin nombre todavía, las pampas planetarias”.

Editorial Losada publicó la obra, por primera vez, en 1955. Yo conservo la sexta edición, en dos volúmenes especialmente revisados, de 1975, el mismo año que murió Franco. Tampoco es casualidad. El azar no existe cuando los astros se alinean buscando la misma luz.

En la contracubierta del libro se podía leer que en esta obra Neruda cantaba a América en su totalidad, desde sus raíces hasta sus problemas actuales, y en cuyas páginas “toda realidad se vuelve sustancia poética para su inspiración, una de las más apasionadas de la lengua española en nuestros días”.

Pero el Canto General no era la obra más conocida de Mikis Theodorakis. Más popular era Zorba el griego. Cualquiera recuerda a Anthony Quinn bailando esta danza con los brazos en alto al borde del mar. O Z (1969), dirigida por su compatriota Costa-Gavras. O Serpico (1973), el thriller de Sidney Lumet protagonizado por Al Pacino.

En 1967 la junta militar griega lo encarceló y lo torturó, prohibió su música. Como otros artistas griegos, el exilio le llevó a París. Regresó en los años setenta y compatibilizó su carrera artística con la política. Los años le confundieron la ética y la estética y pasó de militar en la izquierda, desde el año 1988, a entrar en las filas del partido conservador. Incluso fue diputado en los años ochenta y noventa, y ministro en el Gobierno de coalición integrado por el centro-derecha y los comunistas.

Estos días he vuelto a escuchar, de manera reiterada e insistente, también anímicamente necesaria, el mismo disco después de tantos años, descifrando el trasunto de los versos nerudianos y la música alta del compositor griego: alta como el vuelo del cóndor perdido sin rumbo en la cordillera de los Andes que, muchos años después, recorrí buscando una identidad compartida, un compromiso con la memoria, un encuentro con los poetas y con los compositores que nos ayudaron a crecer cuando aún ignorábamos qué podría ser de nosotros sin sus versos y sin su música, y dónde podríamos haber acabado si nunca les hubiésemos conocido o nunca hubiésemos sucumbido al bálsamo incorregible de sus creaciones y de sus propuestas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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