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Mostrando entradas con la etiqueta Agua llovida [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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31 de enero de 2020

  • 31.1.20
El viajero probablemente siempre, o durante mucho tiempo aún, optará por los mismos destinos ya conocidos. Tal vez solo cambiará a la larga su mirada. Los años proponen siempre otros ángulos desde donde observar la vida. En los primeros viajes buscábamos la sorpresa, tener debajo de los pies la tierra que nos mostraban por primera vez imágenes fijas o en movimiento.



No éramos los primeros descubridores de ciudades ya conquistadas y asumidas como trozos propios de nuestra o de otra cultura. No descubríamos, más bien reconocíamos e identificábamos bastantes años después aquellos espacios que la humanidad había asumido como paisajes propios en otro momento en que nos existíamos.

Tal vez nosotros incorporábamos alguna anécdota a nuestras vidas de los días vividos en aquel lugar de ensueño. No es el caso de los inmigrantes y de los refugiados que fueron expulsados de su propia tierra para no morir de inanición o persecución en la propia casa.

No viajaron por propia voluntad. Entre las muchas razones o motivos que podríamos esbozar para viajar por el mundo, la más sofisticada sería para dedicarnos a aquello que nunca hacemos en la zona de confort. Cambiar unos días de lugar para empezar a ser otros y hacer cosas diferentes.

La escritora polaca Olga Tokarczuk, galardonada con el Premio Nobel de Literatura 2018, escribe en su hermoso libro Los errantes que para ella lo más molesto es la quietud y añade que su energía que ella tiene en sí es generada por el movimiento: el vaivén de los autobuses, el traqueteo de los trenes, el rugido de los aviones del avión, el balanceo de los ferrys. Estar aquí, pero sin acomodarnos a que todos los días respiremos el mismo aire y repitamos los mismos protocolos de convivencia y de rutina.

Los años nos cambian. Obviamente. No solo porque habitamos un esqueleto malherido por el huracán del pasado o porque los demás adivinen en nuestra piel aquellos sueños ya inexorablemente resquebrajados. En mi caso, debo decir que me sigue gustando viajar, pero, cuando alcanzo el objetivo, huyo del movimiento y busco la quietud y serenidad necesarias sentado a la mesa de un bar o a la sombra de un árbol.

Viajo a Londres y vivo a la sombra del Támesis, no busco las vistas panorámicas del complejo cultural South Bank, ni al otro lado persigo las alturas del Palacio del Parlamento, la torre del icónico Big Ben y la Abadía Westminster, ese rincón imponente al que suelen ir y volver los reyes de vez en cuando para acomodarse bien la corona en sus cabezas monárquicas por si una revolución equivocada les pidiera cuentas algún día.

Al contrario, cruzo de punta a punta Porto Bello Road, atestada de tiendas donde puedes comprar bufandas de cachemir, sombreros de variados colores y estilos, corbatas, souvenirs inútiles, y de tenderetes con frutas y verduras.

Para estudiantes hispanos y otros trabajadores precarios que buscaron en la capital londinense un futuro que logramos desbaratar sin apenas esfuerzo en muy pocos años, y pronto golpeados también por el Brexit, Porto Bello abre las puertas de Foods & Wins of Spain, un comercio donde nuestros compatriotas buscan su identidad entre toritos de plástico, jamones de cebo, embutidos, quesos, vinagres, botes de Cola-Cao, desodorantes Billy, abanicos, chocolates varios, cafeteras, pimientos secos, botellas de Soberano, fabada Litoral, Chiquitín, productos Nenuco, conservas Ortiz, Licor 43, masa de churros... A unos metros, en Tavistaock Road, La Bodega ofrece a sus parroquianos fugaces sabores de nuestros pueblos.

Nos hospedamos en el Hotel Vincent House, ubicado entre Kensington y Notting Hill. Nos recibe María, una canaria gorda y simpática que se busca la vida entre carreras equivocadas y se busca en una escritura personal antes de que el sueño se la lleve cada noche hasta perderse en las playas cálidas de su isla dejada atrás.

Mi amigo Jesús Carrasco, que fue un pianista consumado y de una sensibilidad y virtuosismo manifiestos, vino a recoger un chelo que adquirió por internet. El vendedor tiene aires poco fiables. Con el chelo cargado a su espalda, le digo que deberíamos sentarnos en el pub que tenemos delante de nuestras narices: The Eagle, ubicado en Ladbroke Grove W. 10.

Nos sentamos sin otro fin que beber cerveza, objetivo alcanzado sin demasiados esfuerzos. Optamos por un plato de comida tradicional, un fish & chips, con puré de pera y salsa tártara. Pasan las horas por el día y las cervezas por nuestra mesa. Después de cinco horas, ya sin apenas luz, emprendemos el paseo de vuelta al hotel. Satisfechos con el cansancio ligero que proporciona el alcohol, Londres es otra ciudad.

Sentados como ingleses en este pub, observamos un barrio tranquilo, un cielo ahíto de nubes grises que no rompen en lluvia, ocho grados de temperatura, algo inusual en el mes de enero. Observando la ciudad, sin prisas, paseando por sus calles sin horarios obligados, no buscamos otro Londres, solo aquel que se desprende de las hojas caídas, la luz breve de los días del norte, el sabor sinigual de Johnnie Walker.

El whisky en Londres tiene un olor y un sabor diferentes e inimitables. Se lo digo a Jesús. Jesús me dice lo mismo. El avión sirve para desplazar al viajero de una a otra punta del mundo, pero solo un whisky único como el escocés te puede llevar a alcanzar el cielo. Un paraíso –quién lo diría– aún por descubrir y conquistar. Un cielo que viene y que se va, como algunas mujeres. Como todo paraíso codiciado que tuvimos entre las manos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

24 de enero de 2020

  • 24.1.20
Gabriel García Márquez escribió alguna vez que todo ser humano tiene, en realidad, tres vidas diferentes: la pública, la privada y la secreta. Por alguna razón que el destino aún nunca ha decodificado, en ocasiones estas tres ramas de cada uno se unifican en una sola verdad.



Salman Rushdie, por ejemplo, vivía en todo su esplendor literario, cuando se salió del mundo para esconderse en una vida clandestina. El ayatolá Jomeini declaró su cuarta novela, Los versos satánicos, una blasfemia contra el islam, decretó en 1989 una fetua contra el escritor y ofreció una recompensa a quien lo ejecutara. Desde entonces, y hasta que se levantó la fetua, vivió en la sombra, rodeado de guardaespaldas.

La publicación de Gomorra en 2008, la primera obra de Roberto Saviano, conmocionó al mundo y cambió para siempre la vida de su autor. Este increíble y fascinante relato real es un viaje al imperio empresarial y delictivo de la Camorra. Publicado en 52 países, ha vendido 2.250.000 copias en Italia, y unos 10 millones en el resto del mundo, y fue elegido por la RAI como el libro del año de 2008 en Italia. Desde su publicación, Saviano ha vivido una vida paralela a la Rushdie. Huidos y condenados por escribir.

Thomas Pynchon, a quien solo le persiguen las leyendas, es el más elusivo de los escritores vivos. Se sabe que sus obras no las escribe un genio oculto ni un escritor famoso que esconde su nombre detrás de su propio nombre. Salman Sushdie lo conoció en una cena. Dice de él que es alto, de pelo blanco a lo Einstein y dientes de Bugs Bunny. Creyó que a partir de entonces se verían a menudo. Pero no. Nunca más supo de él.

Se le conoce por su narrativa compleja y laberíntica, así como por su aversión a los medios de comunicación. De él solo se conoce media docena de fotos de cuando era estudiante y recluta en la Marina. Su obra El arco iris de gravedad fue rechazada por el jurado del Premio Pulitzer por considerarla obscena y ganó el National Book Award; ajeno a la polémica, el autor mandó a recoger el premio a un comediante.

Citado periódicamente como candidato al Premio Nobel de Literatura, el crítico Harold Bloom citó a Thomas Pynchon como uno de los más grandes novelistas estadounidenses de su tiempo, junto a Don DeLillo, Philip Roth y Cormac McCarthy. Efectivamente, se merece el Nobel de Literatura, lo que nadie sabe es quién lo recogería en su nombre, en caso de que se le concediera, ni por qué rehuye tanto prestigio reconocido.

En estos tiempos en que todos exponemos nuestra intimidad en las redes sociales, cuesta entender a alguien como Thomas Pynchon, que preserva su intimidad al alcance de cualquiera. No importa las razones. Pepa Flores –o Marisol, como más gusten– también un día se escondió huyendo del flash, del papel cuché, de las tertulias del corazón, de quienes pretendían devorar sus vísceras para alimentar sus necesidades fagocitadoras. Quería que nadie se acordara de ella. Quería preservar los hilachos que conservaba de su intimidad mancillada y vivir lejos de los focos, de los fogones, del éxito mal entendido.

Ahora la gala de los Goya le rinde homenaje. ¿Aparecerá en aquel escenario? Claro que no. Ella no quiere hablar de un pasado que pretende olvidar, y su presente y su futuro se balancean en otro espacio del que solo ella es propietaria.

Todos nos enamoramos de ella. Primero, nos sorprendimos con la niña malagueña, con la niña prodigio, con su voz aguda, con su desparpajo. De golpe, sin darnos cuenta de que el tiempo todo lo muda, se nos hizo mujer. Y la quisimos aún más, con su voz rota y aguardentosa, con su tristeza tan bella de criatura maltratada. Pese a tanta confusión, no perdió la firmeza de su mirada ni la tristeza la tiró a un lado del camino.

Dijo que no quería recordar aquellos años del éxito y de la niñez perdida, que quería olvidar tanto desatino. Fue cuando los demás descubrimos que detrás de la fama se puede esconder la infamia, y que detrás de los aplausos se amasa una soledad honda que no se puede descomponer ni con ácido. Hace 35 años dijo que no hablaría de todo aquello. En 1985, después de presentar en el Festival de San Sebastián la película Caso cerrado, como si el título fuera un pie de foto de su propia vida, calló hasta hoy.

Tal vez la pusieron en lo alto del escenario para olvidar de la corrala con letrina compartida en la calle de Rufino de la niñez. Fue la novia que todos compartimos sin que los celos se interpusieran entre nosotros. Solo el fotógrafo César Lucas se atrevió a mostrarnos una Pepa Flores en la portada de Interviú en 1976, si bien las fotos databan de 1970, tal como muchos la concebimos en sueños inútiles. Su belleza exterior solo estaba a la altura de su alma.

Su boda con Antonio Gades se celebró en Cuba. Ni siquiera Fidel Castro se la perdió. Después, cedió los derechos de sus discos y de sus películas a cambio del olvido. Ni siquiera así lo consiguió. Porque el privilegio del olvido nunca les será concedido a criaturas como ella, en quienes la ética y la estética se funden para que nos olvidemos todo lo que sobra: tal vez del resto del mundo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

17 de enero de 2020

  • 17.1.20
La desigualdad tiene un horizonte ancho, un piso firme, una visibilidad neutra. Quien se niega a verla no la ve, incluso desmiente su existencia, mira al otro lado. Muy propio de este país. Pero la mirada no mueve el paisaje. Richard Wilkinson, epidemiólogo, historiador económico y activista británico, ha dedicado toda una vida a estudiar los efectos de la desigualdad. Y advierte de que sus efectos no son tan obvios.



No hay ciego más eficiente que quien no quiere ver. Pero la desigualdad afecta a la felicidad, al bienestar, a la salud, a la esperanza de vida, al valor de cada uno en la sociedad, a los resultados académicos de los niños.

Wilkinson no se queda corto. La desigualdad provoca el aumento de consumo de drogas, causa infinidad de problemas muy perniciosos. Pero estos estragos que son más habituales en los estratos más bajos –advierte Wilkinson– se extienden por toda la sociedad y nos alcanzan y dañan a todos.

La pandemia de la desigualdad se multiplica como las malas hierbas en los jardines bien ornamentados y regados, y se extiende como enredaderas y crece entre los muros de las fortalezas heridas de la sociedad del bienestar social. Insensible al tacto, quema la yema de los dedos, distrae la atención, confunde la memoria, distorsiona los sueños, altera la velocidad y la dirección de los vientos, desmiente las pocas verdades que ya apenas se sostienen por sí solas.

La desigualdad se extiende como un tsunami invisible, cuyos destrozos apenas percibimos, pero va dejando una regadera de muertos continuos y ajenos a nuestras vidas. Como si el caos no nos afectara, como si la pobreza cada vez más creciente solo fuera un mal ajeno, como si las vacaciones soñadas y nunca cumplidas no fuera con nosotros.

En esta oscuridad donde habitan los desheredados de la tierra, la luz es un bien inasequible, burdo, incómodo. Mejor no saber para no ir muriendo de vergüenza y desamparo. Mejor ignorar cuando no hay valor para asumir un futuro inasequible. Mejor callar cuando no hay palabras para describir la tristeza de no tener otro techo donde cobijarnos. En definitiva, no saber para no correr riesgos.

La crisis económica y financiara que nos abrazó y abrasó en la última década abrió una brecha social imposible de cerrar en muchos años o siglos. Nadie sabe. Es más. La brecha social va abriendo paso a la grieta cultural, que es la enfermedad y la barbarie que nos diferenciará aún más y que nos enfrentará.

Pero este temblor de tierra, como siempre, irá por barrios. Estudios y expertos coinciden en que la segregación aumenta, en relación a las crecientes desigualdades provocadas por el modelo económico vigente. Sergio G. Fanjul escribe que esta tendencia puede provocar problemas en las megaurbes hacia las que nos dirigimos inexorablemente.

Las Naciones Unidas prevén que un 68 por ciento de la población social mundial vivirá en ciudades en 2050. En España ya vive el 80 por ciento. ¿Qué decir de la España vacía y vaciada? Las ciudades, añade Fanjul, son y serán el escenario de los conflictos sociales presentes y futuros.

¿Qué elementos influirán en este proceso inaplazable e inevitable? La merma del Estado del bienestar, la mercantilización de la vivienda y la turistificación. Estas fuerzas son procesos que contribuirán a la separación entre las personas. La condición de crisol de gentes y de culturas en las ciudades se irá apagando irreversiblemente. De hecho, para quien se atreva a observar, el paisaje está pintado.

La desigualdad ya rompió los sueños, ahora comienza a provocar estragos en la vida cotidiana. Mientras tanto, nosotros distraemos la atención en series repetidas y repetitivas, con un vaso de ginebra entre las manos, pretendiendo ignorar la esperanza despedazada de los hijos y la incapacidad propia de argumentar verdades a medias que les calme de las palpitaciones que no adivinamos.

La desigualdad nos mata cada día y no lo vemos. Miramos más allá, donde solo hay objetos muertos. Y esperamos el amanecer como si un nuevo mundo, que no ha nacido, alumbrara en lo más hondo de un horizonte que nunca fue y que no está.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

10 de enero de 2020

  • 10.1.20
Hay que ser muy serios para hablar de humor, para hacer humor, para defender la capacidad satírica y de dar opinión que tiene el humor en cualquier formato en los medios de comunicación. El periodista Jorge Bustos advierte que la mejor forma de opinión de un periodista no es el ataque frontal, sino la ironía.



El productor ejecutivo de El Intermedio, Miguel Sánchez Romero, sabe que unir humor e información es un trabajo muy complejo y que la utilidad del humor es hacer un ajuste de cuentas. Pero cabe preguntarse si vivimos en nuestro país el mejor momento para el humor. El excantante de Siniestro Total, Julián Hernández, asegura que “antes se podía hacer humor de todo y ahora parece que hay un patrón de qué es gracioso y qué no”. “Tenemos un problema”, dice, “con la ironía y el sarcasmo”.

No es ningún descubrimiento que la historia de la prensa satírica en España ha estado siempre ligada a la lucha contra la censura. Desde la primera revista, El Duende Crítico de Madrid (1735) que ya circulaba clandestinamente, múltiples cabeceras han desafiado al poder desde el humor y la sátira.

Aunque pueden parecer muy lejanas, las publicaciones del siglo XIX fueron en su momento cabeceras de gran difusión e impacto entre el público, especialmente a partir de la revolución de 1868, cuando se amplió la libertad de prensa y aparecieron las publicaciones que servirían de modelo a nuestro periodismo gráfico: Gil Blas (1864) y La Flaca (1869). Durante el siglo XX, la prensa satírica se modernizó. En los años veinte y treinta, se crearon algunas cabeceras vanguardistas de humor refinado como Buen Humor (1921) o Gutiérrez (1926).

El humor gráfico no se detuvo en España ni durante la Guerra Civil, periodo en el que coexistieron revistas satíricas en ambos bandos. Posteriormente, y ya en la postguerra, salió a la luz La Codorniz (1941) y hubo un buen número de publicaciones clandestinas que se siguieron publicando durante el periodo gris y monolítico del franquismo.

La última eclosión de la prensa satírica se produjo en la época de la transición democrática, una década de esplendor (1970-1980), con el nacimiento de cabeceras míticas como Hermano Lobo (1973), El Papus (1973), Por Favor (1974) o la decana del humor español, El Jueves (1977). Javier Domingo Gómez afirma que, aunque la prensa satírica ha sido considerada siempre prensa menor, sin embargo, ha tenido mucha importancia, a nivel popular, desde sus comienzos hasta nuestros días.

Hoy, en este sentido, parece que se inicia un renacer de esta prensa especializada. Una tendencia que se ha extendido, con distintos formatos, a otros medios. El humor se ha trasladado a la radio, la televisión o Internet, en el que tiene cabida una gran importancia las redes sociales y los característicos memes.

El humor es la herramienta idónea para decir cuanto no cabe en un editorial. Y aquí es precisamente que nos preguntamos dónde están los límites o si los límites al humor, la sátira y el sarcasmo deben existir. En todo caso, las consecuencias son previsibles.

La prensa satírica siempre fue combativa y por la misma razón la combatieron. En España, hace 40 años, los grupos de ultraderecha intentaron acabar con la redacción de El Papus. Y en París, fueron los grupos islamistas quienes atentaron en 2015 contra el semanario satírico francés Charlie Hebdo.

El ensayista estadounidense Elwyn Brooks White decía que “explicar un chiste es como diseccionar una rana. Lo entiendes mejor, pero la rana muere en el proceso”. Algo así pensaría el humorista Dani Mateo que tendría que explicar al juez cuando le llamó a declarar acusado de ofensas y ultraje a símbolos de España (artículo 543 del Código Penal) y un delito de odio (artículo 510) por simular sonarse la nariz con una bandera de España.

Parece ser habitual que la sátira moleste a quien no esté de acuerdo con ella. ¿Pero Dani Mateo cruzó la línea roja? ¿Hacer humor con un símbolo significa, necesariamente, reírse del símbolo? Se ha escrito que el objetivo del sketch de Dani Mateo no era reírse de la bandera, sino de quienes creen que la bandera es un símbolo intocable. Por eso juega con los dos elementos que la componen: el valor simbólico y el hecho material.

Es decir, no es solo un trapo, pero también es un trapo. Al usar ambos planos a la vez es donde se produce la incongruencia, uno de los mecanismos clásicos del humor. El sentido del sketch de la bandera era demostrar que, cuando los ánimos están muy caldeados, las banderas se vuelven más importantes que las personas. Y eso es peligroso. Por eso, dice, “me desmoronaba al comprobar que me había sonado en ella. Nunca fue ofender”.

Una de las funciones del escritor, y también del humorista, es molestar. Y a veces ambos molestan por hacer bien su trabajo. Según escriben Peter McGraw y Joel Warnen, el humor tiene que responder a lo que llaman una "agresión" o "violación benigna". Es decir, tiene que transgredir alguna norma social o alguna idea preestablecida, pero dejando claro que no se trata de una agresión real.

El humor provoca incomodidad, pero es inofensivo. Que un chiste resulte ofensivo, no significa que sea un delito. En el Undécimo Encuentro Internacional de Lengua y Periodismo celebrado en 2016 en San Millán de la Cogolla quedó claro que el humor es opinión, una toma de postura, un desajuste con la realidad, una discrepancia con el mundo. Y que el humor aplicado a la información es un ajuste de cuentas civilizado con el poder.

Pero también quedó claro que detrás de un buen chiste hay muchas horas de trabajo serio; que a quien opina en tono de humor, se le permite exagerar. Pero hay también un aspecto ético, una responsabilidad del humorista, vinculada a la libertad de expresión: que se pueda sostener en broma lo mismo que se pueda sostener en serio. Porque los límites del humor deben estar más marcados por la sensibilidad personal y social que por las leyes.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

3 de enero de 2020

  • 3.1.20
La lluvia es uno de los fenómenos del medio ambiente más comunes y al mismo tiempo más sorprendentes y fantasmales, aún dentro de su simpleza. En términos científicos, la lluvia no es más que la precipitación de agua desde las nubes hasta la tierra. Pero qué es la lluvia antes de ser lluvia.



También en términos científicos, podríamos decir que todo se inicia con la condensación del vapor de agua que se encuentra dentro de las nubes y que, por ser más pesado al ser frío, cae por la gravedad hacia el suelo. Pero tal vez la lluvia, antes de serlo, pretenda ser algo más.

Jonathan Coe escribió una novela perfecta de título enigmático: La lluvia antes de caer. Escribe en estas páginas:

(…) No me importa que llueva en verano. Hasta me gusta. Es mi lluvia favorita.
—¿Tu lluvia favorita? –dijo Thea–. Pues la mía es la lluvia antes de caer.
—Pero, cielo, antes de caer en realidad no es lluvia. (…) Es sólo humedad. Humedad en las nubes. (…)
– Ya sé que no existe. Por eso es mi favorita. Porque no hace falta que algo sea de verdad para hacerte feliz, ¿no?

Donde no llega la ciencia, claro, la literatura abre otras posibilidades. La lluvia, por supuesto, antes de caer, también es lluvia. Aunque no exista para la ciencia. Pero todo lo es en tanto que nosotros pensamos que puede estar ahí.

Para mí, el agua ya caída de las nubes también es lluvia, una lluvia mansa que pisamos al andar y que se viste plateada con los primeros rayos de sol. El agua llovida sigue siendo lluvia, una lluvia atrapada en los campos cuarteados por la sequía, en los bulevares de las ciudades desiertas, una lluvia que se consume inexorablemente en ella misma y se hunde en lo más hondo de la tierra, como si la atravesara de punta a punta. Y tal vez siga siendo lluvia en ese mundo subterráneo que perdemos a la vista y a la conciencia.

El agua llovida nos trae el olor a tierra mojada, la sensación de que somos también elementos insignificantes del universo, una sensación de río improvisado que todo lo destruye y lo quiere para sí, que desmocha proyectos que creíamos imperecederos y construye balsas de agua donde antes todo era desierto, y mares sutiles que también desembocarán en los mismos mares de siempre.

El agua de lluvia viene para irse y, a veces, observando el paisaje después de la batalla, deja un reguero de muertos sólidamente fabricados y sin identidad, deja la tormenta –palabra prima hermana de tormento– un fogonazo de viento acabado y definitivo.

La lluvia, a veces, también es mansa, como el agua llovida que pisan nuestros pies y modela nuestros pasos en un caminar indiferente después de la lluvia. Más allá de la lluvia, entre ese espacio y tiempo de la lluvia antes de caer y el agua después de llovida, hay un enigma encriptado que juega con nosotros para devolvernos un mundo inexistente y necesario que solo existe en las propias palabras, y que más tarde se diluye en la propia memoria, donde un día nada existirá, sin más recuerdo que los zapatos mojados y el aire otra vez puro y limpio.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


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