Montilla vivió ayer un espléndido Martes Santo que dejó en sus calles una sucesión de estampas de honda belleza, en una de las jornadas grandes de la Semana Santa local, marcada por la salida procesional de la Cofradía Penitencial de la Vera Cruz, de la Franciscana Hermandad de la Humildad y de la Hermandad de la Santa Cena.
La ciudad se entregó así a un día intenso, largo y luminoso, de esos que sostienen la memoria sentimental de una Semana Santa. Desde última hora de la tarde y hasta bien entrada la medianoche, Montilla fue enlazando silencios, sones, inciensos y rezos en un itinerario emocional que tuvo tres acentos distintos y complementarios.
La Escuchuela, la antigua calle Sotollón y el Barrio de las Casas Nuevas ofrecieron ayer un mosaico cofrade de gran riqueza, en el que convivieron la antigüedad patrimonial, la devoción popular, la belleza de los estrenos y esa forma tan particular en que la primavera parece acompasarse con la respiración de los cortejos en Montilla.
Y es que el Martes Santo volvió a confirmar su condición de jornada mayor en la Semana Santa montillana. No solo por reunir tres estaciones de penitencia, sino por la manera en que cada una de ellas aportó un matiz propio a un mismo relato de fe y tradición.
Hubo historia y singularidad artística en torno al Santo Cristo de Zacatecas y la Virgen del Socorro; recogimiento, emoción íntima y música de hondo arraigo en la salida de la Humildad y Paciencia y de María Santísima de la Caridad en sus Tristezas; y una poderosa afirmación de identidad de barrio y alma vitivinícola en el discurrir de la Santa Cena y de María Santísima de la Estrella.
A primera hora de la tarde, la ciudad comenzó a mirar hacia la Parroquia de Santiago Apóstol, desde donde partió la Cofradía Penitencial de la Vera Cruz y Devota Hermandad del Santo Cristo de Zacatecas y Santa María del Socorro, Madre de Dios y Madre Nuestra.
La hermandad más antigua de Montilla volvió a hacer visible el peso de los siglos sobre un trono y unas insignias que no solo desfilan, sino que cuentan una historia. Fundada en la primera mitad del siglo XVI, la corporación crucera encarna una de las raíces más profundas de la religiosidad local, de modo que su salida procesional adquirió ayer un valor que trascendió lo estrictamente ceremonial para convertirse también en una afirmación de memoria compartida.
Además, el cortejo volvió a desplegar una estética reconocible y sobria, con la Cruz de Guía del siglo XVII, anónima y realizada en madera policromada, escoltada por los faroles diseñados por Manuel Jurado y Miguel Ortiz, inspirados en la Capilla Sacramental del templo mayor de La Escuchuela. La bandera corporativa, confeccionada en terciopelo verde y enriquecida con una pintura de la reconocida artista montillana María José Ruiz, añadió al desfile una nota de distinción que enlazó elegancia y devoción en una misma pieza.
Sin duda, uno de los grandes centros de atención de la noche estuvo en el paso del Cristo que llegó de las Indias, que incorporó por primera vez las doce cartelas del Apostolado, bendecidas el pasado 22 de febrero durante la Solemne Función de Regla.
La obra de la artista montillana Inmaculada Navarro Polonio no fue un mero estreno ornamental, sino una ampliación simbólica y patrimonial de notable importancia, al recrear en pequeño formato los apóstoles pintados por José Santiago Garnelo y Alda que se conservan en la Parroquia de Santiago Apóstol. Esa fidelidad técnica y esa sensibilidad artística aportaron una nueva lectura al conjunto, enriqueciendo aún más una hermandad ya de por sí marcada por su extraordinaria densidad histórica.
Por otro lado, el tramo de acólitos precedió al paso con incensarios y naveta de estilo manierista, en coherencia con el resto de insignias diseñadas por Antonio Maya Velázquez y ejecutadas por los Hermanos Zamorano. Sobre el trono, dirigido por Florencio Polonio Córdoba, las imágenes del Santo Cristo de Zacatecas y Nuestra Señora del Socorro compusieron una escena de poderosa intensidad devocional, sostenida tanto por la fuerza expresiva de las imágenes como por el caudal de significados que las acompañan.
Y es que el Santo Cristo de Zacatecas continúa ocupando un lugar singularísimo en el patrimonio religioso español. La talla de origen colonial, elaborada con caña de maíz, madera de colorín y papel amate, fue donada en 1576 por el montillano Andrés de Mesa tras su regreso del Virreinato de Nueva España.
Esa procedencia convierte a la imagen en una pieza única, atravesada por una historia que enlaza dos orillas y varios siglos. Junto a ella, la advocación de la Virgen del Socorro, introducida en España por las huestes de Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán, refuerza todavía más el espesor histórico de una devoción que ayer volvió a avanzar entre cirios y miradas con un aire de solemnidad antigua.
De igual modo, la presencia de la Banda de Cornetas y Tambores de la Brigada “Guzmán el Bueno” X volvió a imprimir al cortejo ese sello castrense y contenido que distingue a esta estación de penitencia dentro del panorama cofrade montillano. La escuadra de gastadores y los banderines militares reforzaron ese perfil tan característico, sostenido también por el estrecho vínculo que la hermandad mantiene con el Regimiento Córdoba 10, distinguido como Hermano Mayor Honorario. Bajo el cielo apacible de la noche primaveral, esa unión entre disciplina, tradición y fervor volvió a adquirir una fuerza singular.
Mientras la noche avanzaba por el centro histórico, la ciudad se preparaba también para otro de los momentos más esperados del Martes Santo: la salida de la Franciscana Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia, María Santísima de la Caridad en sus Tristezas y San Francisco Solano desde la casa natal del santo patrono.
Si la Vera Cruz dejó tras de sí un rastro de antigüedad solemne, la hermandad de El Santo ofreció una de esas estampas en las que la emoción parece abrirse paso a través de la música, del recogimiento y de una devoción intensamente vivida en las calles del casco histórico.
Y es que la climatología acompañó el desarrollo del cortejo, sin la amenaza de lluvia que en otras ocasiones introdujo dudas o retornos precipitados a la sede canónico. Esa estabilidad permitió que la corporación desarrollara su estación de penitencia con normalidad, favoreciendo una contemplación más reposada de los detalles y de los momentos más esperados por sus fieles.
En ese contexto, uno de los focos de atención volvió a situarse en el paso de palio de María Santísima de la Caridad en sus Tristezas, obra del imaginero Miguel Arjona Navarro realizada en 1987. La dolorosa volvió a recorrer las calles de Montilla acompañada por la Banda de Música Jesús Nazareno de Almogía, conocida popularmente como la Banda de Los Moraos, una formación de amplia trayectoria que volvió a aportar al discurrir de la Virgen una sonoridad reconocible y profundamente ligada a la emoción del palio.
Además, el repertorio volvió a incluir la marcha En tus Tristezas, Caridad, compuesta por el joven director Juan Alberto Gómez Villanueva específicamente para esta imagen. La pieza se ha consolidado como uno de los hitos recientes de la historia musical de la hermandad, y su interpretación volvió a cargar de significado el paso de María Santísima de la Caridad en sus Tristezas por las calles montillanas, en una noche donde la música no fue un mero acompañamiento, sino una prolongación sensible del sentimiento colectivo.
Por otro lado, el palio volvió a deslumbrar con un conjunto textil de gran personalidad, en el que destacaron las bambalinas y el techo en terciopelo bordados en el Taller de Salteras, así como el singular manto pintado por Alberto Vega. Esta obra, nacida de la implicación de la cuadrilla de costaleros y de más de seiscientos vecinos que dejaron su nombre en la pieza, volvió a adquirir un valor especial, porque en ella no solo hay arte, sino también una huella comunitaria que convierte el ajuar en una forma visible de pertenencia y de afecto compartido.
De igual modo, la Santísima Virgen de la Caridad estrenó un nuevo fajín de registros, enriqueciendo así su ajuar con una pieza realizada sobre lamé de oro, con brocados antiguos, encajes en punto de España y galonería en oro, rematada con flecos de canutillo y canelones dorados. Fruto de una donación y realzada por la labor de su vestidor, Álvaro Ruiz, esta incorporación volvió a subrayar el cuidado con el que la hermandad sigue acrecentando su patrimonio material y devocional.
Entretanto, el paso de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia avanzó acompañado por la Agrupación Musical La Unión, con la que mantiene una estrecha vinculación desde hace tres lustros. La formación decana de la Semana Santa montillana interpretó, entre otras composiciones, la marcha Hvmilitas Dei, obra del montillano Carlos Ramírez Raya, reforzando así el vínculo entre imagen, música y sentimiento que define buena parte de la personalidad de esta cofradía.
Sin duda, uno de los pasajes de mayor intensidad se vivió, una vez más, en la calle Alta y Baja, donde la imagen del Señor, sentada, coronada de espinas y sumida en la contemplación, volvió a encontrarse con el calor de un pueblo que espera su llegada como quien aguarda un rito aprendido y renovado cada año. Allí, la procesión adquirió un tono especialmente cercano, casi íntimo, como si el recogimiento del Martes Santo se concentrara por unos instantes en ese diálogo silencioso entre la imagen y calles repletas de devoción.
Asimismo, las levantás dedicadas a figuras especialmente vinculadas a la hermandad añadieron una dimensión de memoria y gratitud al desarrollo de la noche. Los nombres de Rafael Cerrillo, consiliario perpetuo y fundador; del hermano mayor Francisco Tejedera Arrabal, fallecido el 12 de mayo de 2005 a los 32 años; del costalero Miguel Ángel Sastre García, fallecido el 3 de octubre de 2023; o de Antonio Herrador Navarro, autor del paso del Señor y fallecido el 28 de noviembre de 2024 a los 91 años, resonaron como evocaciones de una historia colectiva sostenida también por quienes dejaron su huella en la vida interna de la corporación.
Finalmente, los nazarenos lucieron los cordones franciscanos realizados por las Hermanas Clarisas Franciscanas de Montilla, incorporados al hábito que identifica a esta hermandad desde su primera salida en 1996. El detalle, discreto pero elocuente, volvió a reforzar el carácter propio de una corporación que ayer hizo de la humildad, de la caridad y de la memoria una forma de presencia en las calles.
Casi al mismo tiempo, en el Barrio de las Casas Nuevas comenzaba a latir otro corazón del Martes Santo montillano. Desde la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción salió la Hermandad del Señor en la Santa Cena, María Santísima de la Estrella y Nuestra Señora de las Viñas, una corporación singular dentro de la Semana Santa local por ser la única que representa el misterio eucarístico de la Transubstanciación. Su estación de penitencia volvió a reunir simbolismo, arraigo barrial y una profunda conexión con la cultura del vino que define parte de la identidad histórica de Montilla.
Además, la salida desde el templo de las Casas Nuevas volvió a estar envuelta en esa atmósfera tan propia del barrio, donde la espera se vive de un modo especialmente cercano y el paso de la cofradía se percibe casi como una prolongación del pulso vecinal. A partir de las 20.30 de la tarde, la jornada se abrió allí a una nueva cadencia, más pausada y envolvente, en la que fe, tradición y memoria compartida avanzaron de la mano.
La imagen del Señor en la Santa Cena, donada por Francisco de Alvear, conde de la Cortina, volvió a ocupar el centro del misterio con la fuerza de una obra del imaginero malagueño Pedro Pérez Hidalgo, concluida y policromada en los Talleres Salesianos de la Trinidad, en Sevilla, bajo la dirección de José María Geronés.
Bendecida el 21 de febrero de 1960, la imagen salió por vez primera ese mismo año, entonces en la jornada de Lunes Santo. Desde entonces, el Señor de la Santa Cena conserva intacta su capacidad para articular una de las devociones más reconocibles de la Barriada de las Casas Nuevas.
El Señor portó de nuevo el cáliz realizado en 1993 y las potencias estrenadas en el Martes Santo de 1996, elementos que forman parte de un conjunto devocional profundamente arraigado en la historia reciente de Montilla. Cada uno de esos detalles volvió a recordar que la cofradía ha ido construyendo su identidad no solo desde el simbolismo del misterio que representa, sino también desde una continuidad paciente y fiel en el tiempo.
Por otro lado, tras el paso de misterio avanzó María Santísima de la Estrella, acompañada por la Banda de Música Pascual Marquina de Montilla, formación estrechamente vinculada a una hermandad fundada en 1956 por personas relacionadas con el mundo del vino, las bodegas y la vid.
La banda protagonizó además uno de los estrenos destacados de la jornada con la interpretación de la marcha Emperatriz del Gran Capitán, compuesta por el músico montillano José Antonio Muñoz Pérez e inspirada en la propia titular mariana. Ese estreno añadió a la noche un motivo adicional de expectación y de emoción.
De igual modo, la hermandad volvió a incorporar una medida orientada a favorecer la inclusión, de manera que el cortejo recorrió sin acompañamiento musical el tramo comprendido entre la calle Beato Pedro de Madrid y la Floristería Eva, con el objetivo de facilitar la presencia de personas con hipersensibilidad sensorial o trastorno del espectro autista. El gesto añadió a la estación de penitencia una dimensión de sensibilidad social que convivió con naturalidad con el resto de los elementos tradicionales del desfile.
Además, uno de los instantes más íntimos y esperados volvió a producirse en la Plazuela de la Inmaculada, donde las Madres Concepcionistas entonaron su tradicional canto a la Virgen de la Estrella. El acto, cargado de recogimiento y emoción, culminó con la ofrenda floral al Santísimo Cristo del Calvario, que preside uno de los retablos del convento de Santa Ana. Fue uno de esos momentos en los que el bullicio del exterior parece retirarse unos pasos para dejar que la devoción hable con voz baja.
Pero la noche de la Santa Cena volvió a avanzar también entre signos que enlazan la fe con la identidad vitivinícola de Montilla. El paso de la cofradía por la puerta de las históricas Bodegas Alvear, las más antiguas de Andalucía, volvió a trazar ese puente entre incienso y memoria, entre religiosidad popular y cultura del vino, entre la emoción de la Semana Santa y la biografía profunda de una ciudad que se reconoce a sí misma en esos símbolos.
Así, las tres estaciones de penitencia compusieron ayer un Martes Santo de gran plenitud, sostenido por la serenidad del tiempo, por la respuesta de la ciudad y por la capacidad de cada hermandad para ofrecer un rostro distinto de una misma fe.
La Vera Cruz dejó el poso de los siglos y la singularidad irrepetible del Santo Cristo de Zacatecas; la Humildad y Paciencia y la Caridad en sus Tristezas llenaron de hondura humana, de música y de memoria las calles del casco histórico; y la Santa Cena y la Estrella hicieron del Barrio de las Casas Nuevas un espacio en el que la devoción volvió a dialogar con la tradición vitivinícola y con la vida cotidiana de sus vecinos.
En definitiva, Montilla cerró ayer una de las páginas más hermosas de su Semana Santa de 2026. Bajo una climatología primaveral que acompañó toda la jornada, la ciudad vivió un Martes Santo de equilibrio casi perfecto entre patrimonio, emoción y fervor popular. Una jornada de cirios encendidos sin sobresalto, de marchas que encontraron su sitio exacto en la noche, de barrios entregados a sus cofradías y de imágenes que, una vez más, caminaron entre los montillanos con la fuerza serena de lo que nunca deja de conmover.
La ciudad se entregó así a un día intenso, largo y luminoso, de esos que sostienen la memoria sentimental de una Semana Santa. Desde última hora de la tarde y hasta bien entrada la medianoche, Montilla fue enlazando silencios, sones, inciensos y rezos en un itinerario emocional que tuvo tres acentos distintos y complementarios.
La Escuchuela, la antigua calle Sotollón y el Barrio de las Casas Nuevas ofrecieron ayer un mosaico cofrade de gran riqueza, en el que convivieron la antigüedad patrimonial, la devoción popular, la belleza de los estrenos y esa forma tan particular en que la primavera parece acompasarse con la respiración de los cortejos en Montilla.
Y es que el Martes Santo volvió a confirmar su condición de jornada mayor en la Semana Santa montillana. No solo por reunir tres estaciones de penitencia, sino por la manera en que cada una de ellas aportó un matiz propio a un mismo relato de fe y tradición.
Hubo historia y singularidad artística en torno al Santo Cristo de Zacatecas y la Virgen del Socorro; recogimiento, emoción íntima y música de hondo arraigo en la salida de la Humildad y Paciencia y de María Santísima de la Caridad en sus Tristezas; y una poderosa afirmación de identidad de barrio y alma vitivinícola en el discurrir de la Santa Cena y de María Santísima de la Estrella.
A primera hora de la tarde, la ciudad comenzó a mirar hacia la Parroquia de Santiago Apóstol, desde donde partió la Cofradía Penitencial de la Vera Cruz y Devota Hermandad del Santo Cristo de Zacatecas y Santa María del Socorro, Madre de Dios y Madre Nuestra.
La hermandad más antigua de Montilla volvió a hacer visible el peso de los siglos sobre un trono y unas insignias que no solo desfilan, sino que cuentan una historia. Fundada en la primera mitad del siglo XVI, la corporación crucera encarna una de las raíces más profundas de la religiosidad local, de modo que su salida procesional adquirió ayer un valor que trascendió lo estrictamente ceremonial para convertirse también en una afirmación de memoria compartida.
Además, el cortejo volvió a desplegar una estética reconocible y sobria, con la Cruz de Guía del siglo XVII, anónima y realizada en madera policromada, escoltada por los faroles diseñados por Manuel Jurado y Miguel Ortiz, inspirados en la Capilla Sacramental del templo mayor de La Escuchuela. La bandera corporativa, confeccionada en terciopelo verde y enriquecida con una pintura de la reconocida artista montillana María José Ruiz, añadió al desfile una nota de distinción que enlazó elegancia y devoción en una misma pieza.
Sin duda, uno de los grandes centros de atención de la noche estuvo en el paso del Cristo que llegó de las Indias, que incorporó por primera vez las doce cartelas del Apostolado, bendecidas el pasado 22 de febrero durante la Solemne Función de Regla.
La obra de la artista montillana Inmaculada Navarro Polonio no fue un mero estreno ornamental, sino una ampliación simbólica y patrimonial de notable importancia, al recrear en pequeño formato los apóstoles pintados por José Santiago Garnelo y Alda que se conservan en la Parroquia de Santiago Apóstol. Esa fidelidad técnica y esa sensibilidad artística aportaron una nueva lectura al conjunto, enriqueciendo aún más una hermandad ya de por sí marcada por su extraordinaria densidad histórica.
Por otro lado, el tramo de acólitos precedió al paso con incensarios y naveta de estilo manierista, en coherencia con el resto de insignias diseñadas por Antonio Maya Velázquez y ejecutadas por los Hermanos Zamorano. Sobre el trono, dirigido por Florencio Polonio Córdoba, las imágenes del Santo Cristo de Zacatecas y Nuestra Señora del Socorro compusieron una escena de poderosa intensidad devocional, sostenida tanto por la fuerza expresiva de las imágenes como por el caudal de significados que las acompañan.
Y es que el Santo Cristo de Zacatecas continúa ocupando un lugar singularísimo en el patrimonio religioso español. La talla de origen colonial, elaborada con caña de maíz, madera de colorín y papel amate, fue donada en 1576 por el montillano Andrés de Mesa tras su regreso del Virreinato de Nueva España.
Esa procedencia convierte a la imagen en una pieza única, atravesada por una historia que enlaza dos orillas y varios siglos. Junto a ella, la advocación de la Virgen del Socorro, introducida en España por las huestes de Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán, refuerza todavía más el espesor histórico de una devoción que ayer volvió a avanzar entre cirios y miradas con un aire de solemnidad antigua.
De igual modo, la presencia de la Banda de Cornetas y Tambores de la Brigada “Guzmán el Bueno” X volvió a imprimir al cortejo ese sello castrense y contenido que distingue a esta estación de penitencia dentro del panorama cofrade montillano. La escuadra de gastadores y los banderines militares reforzaron ese perfil tan característico, sostenido también por el estrecho vínculo que la hermandad mantiene con el Regimiento Córdoba 10, distinguido como Hermano Mayor Honorario. Bajo el cielo apacible de la noche primaveral, esa unión entre disciplina, tradición y fervor volvió a adquirir una fuerza singular.
Mientras la noche avanzaba por el centro histórico, la ciudad se preparaba también para otro de los momentos más esperados del Martes Santo: la salida de la Franciscana Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia, María Santísima de la Caridad en sus Tristezas y San Francisco Solano desde la casa natal del santo patrono.
Si la Vera Cruz dejó tras de sí un rastro de antigüedad solemne, la hermandad de El Santo ofreció una de esas estampas en las que la emoción parece abrirse paso a través de la música, del recogimiento y de una devoción intensamente vivida en las calles del casco histórico.
Y es que la climatología acompañó el desarrollo del cortejo, sin la amenaza de lluvia que en otras ocasiones introdujo dudas o retornos precipitados a la sede canónico. Esa estabilidad permitió que la corporación desarrollara su estación de penitencia con normalidad, favoreciendo una contemplación más reposada de los detalles y de los momentos más esperados por sus fieles.
En ese contexto, uno de los focos de atención volvió a situarse en el paso de palio de María Santísima de la Caridad en sus Tristezas, obra del imaginero Miguel Arjona Navarro realizada en 1987. La dolorosa volvió a recorrer las calles de Montilla acompañada por la Banda de Música Jesús Nazareno de Almogía, conocida popularmente como la Banda de Los Moraos, una formación de amplia trayectoria que volvió a aportar al discurrir de la Virgen una sonoridad reconocible y profundamente ligada a la emoción del palio.
Además, el repertorio volvió a incluir la marcha En tus Tristezas, Caridad, compuesta por el joven director Juan Alberto Gómez Villanueva específicamente para esta imagen. La pieza se ha consolidado como uno de los hitos recientes de la historia musical de la hermandad, y su interpretación volvió a cargar de significado el paso de María Santísima de la Caridad en sus Tristezas por las calles montillanas, en una noche donde la música no fue un mero acompañamiento, sino una prolongación sensible del sentimiento colectivo.
Por otro lado, el palio volvió a deslumbrar con un conjunto textil de gran personalidad, en el que destacaron las bambalinas y el techo en terciopelo bordados en el Taller de Salteras, así como el singular manto pintado por Alberto Vega. Esta obra, nacida de la implicación de la cuadrilla de costaleros y de más de seiscientos vecinos que dejaron su nombre en la pieza, volvió a adquirir un valor especial, porque en ella no solo hay arte, sino también una huella comunitaria que convierte el ajuar en una forma visible de pertenencia y de afecto compartido.
De igual modo, la Santísima Virgen de la Caridad estrenó un nuevo fajín de registros, enriqueciendo así su ajuar con una pieza realizada sobre lamé de oro, con brocados antiguos, encajes en punto de España y galonería en oro, rematada con flecos de canutillo y canelones dorados. Fruto de una donación y realzada por la labor de su vestidor, Álvaro Ruiz, esta incorporación volvió a subrayar el cuidado con el que la hermandad sigue acrecentando su patrimonio material y devocional.
Entretanto, el paso de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia avanzó acompañado por la Agrupación Musical La Unión, con la que mantiene una estrecha vinculación desde hace tres lustros. La formación decana de la Semana Santa montillana interpretó, entre otras composiciones, la marcha Hvmilitas Dei, obra del montillano Carlos Ramírez Raya, reforzando así el vínculo entre imagen, música y sentimiento que define buena parte de la personalidad de esta cofradía.
Sin duda, uno de los pasajes de mayor intensidad se vivió, una vez más, en la calle Alta y Baja, donde la imagen del Señor, sentada, coronada de espinas y sumida en la contemplación, volvió a encontrarse con el calor de un pueblo que espera su llegada como quien aguarda un rito aprendido y renovado cada año. Allí, la procesión adquirió un tono especialmente cercano, casi íntimo, como si el recogimiento del Martes Santo se concentrara por unos instantes en ese diálogo silencioso entre la imagen y calles repletas de devoción.
Asimismo, las levantás dedicadas a figuras especialmente vinculadas a la hermandad añadieron una dimensión de memoria y gratitud al desarrollo de la noche. Los nombres de Rafael Cerrillo, consiliario perpetuo y fundador; del hermano mayor Francisco Tejedera Arrabal, fallecido el 12 de mayo de 2005 a los 32 años; del costalero Miguel Ángel Sastre García, fallecido el 3 de octubre de 2023; o de Antonio Herrador Navarro, autor del paso del Señor y fallecido el 28 de noviembre de 2024 a los 91 años, resonaron como evocaciones de una historia colectiva sostenida también por quienes dejaron su huella en la vida interna de la corporación.
Finalmente, los nazarenos lucieron los cordones franciscanos realizados por las Hermanas Clarisas Franciscanas de Montilla, incorporados al hábito que identifica a esta hermandad desde su primera salida en 1996. El detalle, discreto pero elocuente, volvió a reforzar el carácter propio de una corporación que ayer hizo de la humildad, de la caridad y de la memoria una forma de presencia en las calles.
Casi al mismo tiempo, en el Barrio de las Casas Nuevas comenzaba a latir otro corazón del Martes Santo montillano. Desde la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción salió la Hermandad del Señor en la Santa Cena, María Santísima de la Estrella y Nuestra Señora de las Viñas, una corporación singular dentro de la Semana Santa local por ser la única que representa el misterio eucarístico de la Transubstanciación. Su estación de penitencia volvió a reunir simbolismo, arraigo barrial y una profunda conexión con la cultura del vino que define parte de la identidad histórica de Montilla.
Además, la salida desde el templo de las Casas Nuevas volvió a estar envuelta en esa atmósfera tan propia del barrio, donde la espera se vive de un modo especialmente cercano y el paso de la cofradía se percibe casi como una prolongación del pulso vecinal. A partir de las 20.30 de la tarde, la jornada se abrió allí a una nueva cadencia, más pausada y envolvente, en la que fe, tradición y memoria compartida avanzaron de la mano.
La imagen del Señor en la Santa Cena, donada por Francisco de Alvear, conde de la Cortina, volvió a ocupar el centro del misterio con la fuerza de una obra del imaginero malagueño Pedro Pérez Hidalgo, concluida y policromada en los Talleres Salesianos de la Trinidad, en Sevilla, bajo la dirección de José María Geronés.
Bendecida el 21 de febrero de 1960, la imagen salió por vez primera ese mismo año, entonces en la jornada de Lunes Santo. Desde entonces, el Señor de la Santa Cena conserva intacta su capacidad para articular una de las devociones más reconocibles de la Barriada de las Casas Nuevas.
El Señor portó de nuevo el cáliz realizado en 1993 y las potencias estrenadas en el Martes Santo de 1996, elementos que forman parte de un conjunto devocional profundamente arraigado en la historia reciente de Montilla. Cada uno de esos detalles volvió a recordar que la cofradía ha ido construyendo su identidad no solo desde el simbolismo del misterio que representa, sino también desde una continuidad paciente y fiel en el tiempo.
Por otro lado, tras el paso de misterio avanzó María Santísima de la Estrella, acompañada por la Banda de Música Pascual Marquina de Montilla, formación estrechamente vinculada a una hermandad fundada en 1956 por personas relacionadas con el mundo del vino, las bodegas y la vid.
La banda protagonizó además uno de los estrenos destacados de la jornada con la interpretación de la marcha Emperatriz del Gran Capitán, compuesta por el músico montillano José Antonio Muñoz Pérez e inspirada en la propia titular mariana. Ese estreno añadió a la noche un motivo adicional de expectación y de emoción.
De igual modo, la hermandad volvió a incorporar una medida orientada a favorecer la inclusión, de manera que el cortejo recorrió sin acompañamiento musical el tramo comprendido entre la calle Beato Pedro de Madrid y la Floristería Eva, con el objetivo de facilitar la presencia de personas con hipersensibilidad sensorial o trastorno del espectro autista. El gesto añadió a la estación de penitencia una dimensión de sensibilidad social que convivió con naturalidad con el resto de los elementos tradicionales del desfile.
Además, uno de los instantes más íntimos y esperados volvió a producirse en la Plazuela de la Inmaculada, donde las Madres Concepcionistas entonaron su tradicional canto a la Virgen de la Estrella. El acto, cargado de recogimiento y emoción, culminó con la ofrenda floral al Santísimo Cristo del Calvario, que preside uno de los retablos del convento de Santa Ana. Fue uno de esos momentos en los que el bullicio del exterior parece retirarse unos pasos para dejar que la devoción hable con voz baja.
Pero la noche de la Santa Cena volvió a avanzar también entre signos que enlazan la fe con la identidad vitivinícola de Montilla. El paso de la cofradía por la puerta de las históricas Bodegas Alvear, las más antiguas de Andalucía, volvió a trazar ese puente entre incienso y memoria, entre religiosidad popular y cultura del vino, entre la emoción de la Semana Santa y la biografía profunda de una ciudad que se reconoce a sí misma en esos símbolos.
Así, las tres estaciones de penitencia compusieron ayer un Martes Santo de gran plenitud, sostenido por la serenidad del tiempo, por la respuesta de la ciudad y por la capacidad de cada hermandad para ofrecer un rostro distinto de una misma fe.
La Vera Cruz dejó el poso de los siglos y la singularidad irrepetible del Santo Cristo de Zacatecas; la Humildad y Paciencia y la Caridad en sus Tristezas llenaron de hondura humana, de música y de memoria las calles del casco histórico; y la Santa Cena y la Estrella hicieron del Barrio de las Casas Nuevas un espacio en el que la devoción volvió a dialogar con la tradición vitivinícola y con la vida cotidiana de sus vecinos.
En definitiva, Montilla cerró ayer una de las páginas más hermosas de su Semana Santa de 2026. Bajo una climatología primaveral que acompañó toda la jornada, la ciudad vivió un Martes Santo de equilibrio casi perfecto entre patrimonio, emoción y fervor popular. Una jornada de cirios encendidos sin sobresalto, de marchas que encontraron su sitio exacto en la noche, de barrios entregados a sus cofradías y de imágenes que, una vez más, caminaron entre los montillanos con la fuerza serena de lo que nunca deja de conmover.
JUAN PABLO BELLIDO / REDACCIÓN
FOTOGRAFÍA: PABLO PORTERO
FOTOGRAFÍA: PABLO PORTERO


























































