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16 de agosto de 2021

  • 16.8.21
Absurdamente cree uno que lo ha leído todo sobre la covid-19 y sus consecuencias en nuestros organismos y en nuestras mentes. Pero no es así. Leo el artículo titulado Cuerpos de pandemia de Karelia Vázquez, en el que analiza las huellas que ha dejado en nuestro cuerpo el confinamiento.


No se asusten: parece que hemos envejecido una década en poco más de un año. Bueno, algún coste debía conllevar una experiencia tan singular y contundentemente extraña. No sé quién ha hecho las cuentas, pero no sé si estoy capacitado para enfrentarme a un pronóstico tan drástico. Igual nos ha cambiado hasta la mirada y no nos reconocemos ni el espejo ni en la vida.

Este párrafo de Vázquez es para fotocopiarlo y enmarcarlo en la cabecera de la cama. Se trata de la descripción minuciosa de cómo somos cada uno ahora, un año más tarde, después del confinamiento: “Rígido, los hombros y la cabeza hundida. Las piernas torpes. Las caderas cerradas y las articulaciones adoloridas. Impaciente. Irritable. La vista cansada y la piel reseca. Tenemos cuerpo de clase turista, de vuelo transoceánico en aerolínea low cost. Pero no hemos hecho el viaje, sino otro que nos ha llevado del sofá a la mesa, de la mesa a la cama, y vuelta a empezar. Con poco gasto calórico y mucha angustia. Arrastramos un cuerpo de pandemia que también es más pesado -entre uno y tres kilos más- y que lleva un año apretando la mandíbula”.

Miro a mi alrededor y veo las playas atestadas de bañistas, apiñados evitando las olas del contagio que crecen a pocos metros. Varios amigos, ya con las dos dosis de la vacuna inyectadas, han sufrido este verano la mordida del virus y los ha dejado con las vacaciones rotas, embutidos en un cansancio del demonio y con la duda de si vale la pena viajar de aquí para allá.

Es más, al deterioro físico se une al maltrato psicológico que arrastramos desde hace meses. El escritor italiano Alessandro Baricco ha escrito: “La ciencia médica ha calculado en modo impreciso las consecuencias médicas del virus: enfermos, contagiados, muertos. Pero no puede contar el sufrimiento, el malestar, la soledad, la depresión, el cansancio, el envejecimiento… No tiene un solo índice que mida todo eso. Y no se puede tomar una decisión sensata teniendo solo en cuenta lo que afecta a nuestro cuerpo y no a nuestro ánimo. Pero lo hemos hecho”.

Una década más viejos me parecen muchos años. Los científicos no sé cómo hacen las cuentas para meternos de golpe en la cabeza un problema añadido. Como las estadísticas son certeras pero imprecisas por desiguales, y tampoco son nominativas, igual a alguien le han caído dos décadas de vejez y mi pellejo sigue sin sufrir los quebrantos del paso del tiempo. A estas alturas, cualquiera se esconde en la argumentación más conveniente y convincente pero tampoco sin pretender dañar a nadie metiéndole más años en la cartuchera.

El filósofo y sociólogo Hartmut Rosa, catedrático de la Universidad Friedrich-Schiller de Jena, autor del libro Lo indisponible, ha publicado un artículo de título desconcertante: Si lo tienes todo tan controlado, no podrás ser muy feliz. En el mismo, escribe que “un mundo completamente dominable y puesto a disponibilidad sería para nosotros un mundo mudo y muerto”.

Sin embargo, el ciudadano de nuestros días, el ciudadano moderno, intenta alcanzar un mundo completamente seguro y disponible, obviamente, disponible a su antojo. Y añade: “Con la ayuda de aparatos técnicos, y también con garantías legales y burocráticas, por ejemplo, intentamos asegurar que en las vacaciones podamos ver una aurora boreal o un león en el safari, pero, por supuesto, sin correr ningún tipo de riesgo: no nos gustaría mojarnos con el sol. Las personas reservan unas vacaciones de esquí que incluyen ‘garantía de nieve’ y la seguridad de que no van a congelarse. El programa de la puesta a disponibilidad, entonces, no cumple la promesa de felicidad ligada a él. Pero también fracasa debido a una segunda razón quizás más importante: el mundo y la vida no pueden ser puestos a disponibilidad”.

Esta indisponibilidad engendrada, según este autor, es peor que la indisponibilidad original que ofrecen el mundo y la vida, porque “con ella no podemos entrar en ninguna relación de resonancia”. Es lo que ocurre con la energía nuclear, cuya radiactividad liberada no se puede controlar ni dominar.

Otros monstruos de la indisponibilidad es el peligro invisible que está en el aire, por ejemplo, la covid-19, o la catástrofe climática, como consecuencia de una subyugación cada vez más radical de la naturaleza y “la incontrolabilidad de los mercados financieros, que en cualquier momento puede desatar una crisis económica”. Igual nos ocurre a nivel individual con el control remoto en la mano, el coche último modelo o la casa inteligente.

Hartmut Rosa concluye con clarividencia: “Al final, y paradójicamente, el programa moderno nos vuelve infelices e impotentes al mismo tiempo: allí donde ‘todo es disponible’, el mundo ya no tiene nada para decirnos; allí donde se ha vuelto indisponible de una forma, nos amenaza la destrucción. Lo que necesita la modernidad, entonces, es una nueva forma de tratar con la indisponibilidad constitutiva del mundo”.

Ahora observamos el planeta y se nos antoja estrecho y extraño. Cuanto teníamos a mano, ahora se nos escapa por los pliegues de su corteza. En las piedras que tallamos con sentido común, nace una belleza fortuita y extraña, ajena a nuestro concepto de estética, que se nos escapa por los sentidos.

Ahora escribimos la palabra “aventura” y no entendemos su significado. Hay en esta guerra invisible, que la naturaleza se emplea en desatar contra el mundo moderno, una verdad tan pequeña y sutil como granos de arena, que se nos va de las manos, de la noche que se diluye cuando nace el día, a esa misma hora que habíamos previsto con tanta antelación y precisión. Hasta que mañana –quizás hoy– ya no sea así.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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