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1 de mayo de 2021

  • 1.5.21
Llevo una semana odiando. Odiando a la gente que no se informa, a la gente que opina sin saber, a la gente que no conoce la Historia y quiere que se repita. Odiando la frivolidad, la injusticia, la falta de conciencia social, el egoísmo supino y la mentira que somete.


Vuelvo al periodo de entreguerras del siglo XX. Veo cómo se manipula a la gente sin esperanza para que apoyen a parásitos que no aportan nada y, además, minan la paz y el equilibrio tan necesarios en la convivencia de cualquier pueblo.

Me he dado cuenta de que odiar no me hace bien: mi corazón no está preparado para ese sentimiento negro y oscuro que absorbe mi energía y encoge mi alma, produciendo un latido sordo entre mis costillas que retumba hasta en mi cabeza. Otra vez soy una campana.

Y es que he caído en las redes de los voceros odiadores. Sí, he sucumbido a sus malas artes. He terminando odiando, odiándolos a ellos y a sus simpatizantes. Y no, yo no quiero ser como ellos. Yo soy una buena persona que siempre mira al prójimo y lo trata de ayudar.

Si me radicalizo, me vuelvo como ellos y ellos ganan en su batalla por amargar la vida a todos. Hoy me sacudo ese odio y esa intolerancia y acepto que cada uno lleva un camino y es hijo de sus circunstancias. Yo quiero seguir siendo yo. Quiero seguir sintiendo que es el amor el que mueve el mundo. Fuera los demonios.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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