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1 de septiembre de 2018

  • 1.9.18
Montilla Digital se hace eco en su Buzón del Lector de una carta abierta remitida por un vecino de Montilla sobre la terrible experiencia que vivió a principios de verano cuando trataba de entrar en Estados Unidos. Si desea participar en esta sección, puede enviar un correo electrónico exponiendo su queja, comentario, sugerencia o relato. Si quiere, puede acompañar su mensaje de alguna fotografía.



El pasado 13 junio viajé a Estados Unidos en un vuelo desde Madrid a Charleston, con escala en Philadelphia. Cuando tomé mi avión todo era perfecto para mí; estaba supercontento porque, después de tres años, iba a volver a ver a mi prima, que vive allí, y podría pasar todo el verano con ella.

Aterrizamos en el aeropuerto de Philadelphia y me dirijo a recoger mi maleta para ir a Aduanas y así poder cumplimentar los requisitos de acceso a los Estados Unidos. Llego al mostrador donde enseñas el pasaporte, te toman las huellas dactilares y te hacen una foto.

También me hicieron unas preguntas sobre qué iba hacer en el país y cuánto tiempo pensaba estar. Yo respondí que iba a visitar a mi prima, que era de allí, y que iba a estar unos tres meses. "¿Noventa días entonces?", me preguntó el policía, a lo que yo respondí que sí. Automáticamente, cogió mi pasaporte y lo metió en un sobre y se lo dio a otro policía que me dijo que lo siguiera.

Me llevó a la sala de Aduanas donde me volvieron a preguntar lo mismo que en el mostrador. No obstante, me pidieron que pusiera la maleta sobre una mesa para revisarla y la miraron por encima, al igual que la mochila y la riñonera, que es donde llevaba el móvil y el ordenador. También miraron el dinero que llevaba y si llevaba tarjetas de crédito.

Tras esta inspección que yo creía rutinaria, la oficial de Aduanas se dirige a mí para decirme que yo voy a Estados Unidos a trabajar porque llevo poco dinero. Yo le respondo que no, que voy de vacaciones a visitar a mi prima y a pasar el verano con ella.

Me hacen desbloquear mi móvil y entregárselo, a la vez que me ordenan que me siente en una silla. Pasan unos minutos y regresa la oficial y me espeta: "Usted ha engañado a un federal de los Estados Unidos y está atentando contra los Estados Unidos. Por eso, va a ser deportado del país y volverá a España".

En ese momento me sentí muy frustrado al entender que había perdido todo el dinero que había ahorrado durante meses para poder hacer ese viaje. La oficial de Aduanas me dijo que tenia derecho a una llamada no internacional, es decir, solo podía contactar con alguien de Estados Unidos, por lo que pensé en llamar a mi prima, que es de allí. No obstante, también pensé en llamar a la Embajada de España pero me dijeron que no podía porque, supuestamente, estaba cerrada, algo que luego he sabido que no es cierto porque las delegaciones diplomáticas funcionan las 24 horas del día.

Tras un rato en una sala sentado, se acercó de nuevo la oficial de Aduanas y me anunció que iba a pasar esa noche en prisión. "¿Encarcelado?", le pregunté, a  lo que me respondió con un "sí" rotundo. En ese momento no me agobié, ya que pensé: "bueno, estaré aquí en una sala o, como mucho, en una celda pero dentro del aeropuerto". Y es que en ese momento solo pensaba en volver a España, ya que la preocupación por el dinero del billete había desaparecido desde hacía rato.

Pero mi verdadera tortura empieza cuando, de repente, aparecen dos federales con chaleco antibalas, armas y todo tipo de artilugios que me parecieron como de guerra. Me dicen que me levante y proceden a cachearme y, posteriormente, a colocarme un cinturón en la zona lumbar con unas esposas para las manos. Les juro que, en ese momento, yo estaba como en estado de shock porque no sabía qué había hecho para estar esposado.

Me sacan del aeropuerto y me meten en un furgón de los federales con una ventanilla muy pequeña. Cuando arranca el vehículo, pienso que me trasladan a otra zona del aeropuerto que estará habilitada para los que deportan a su país pero, de pronto, veo que cogen un desvío y una especie de una autovía que desemboca en un camino. En ese momento se difuminó mi idea inicial y fui consciente de que me llevaban a otro sitio que ya no podía imaginar.

Tras una serie de gestiones en una cabina llena de policías, veo que se levanta la barrera y el furgón avanza hacia una cárcel enorme, con unas medidas de seguridad como las de las películas: vallas enormes, llenas de alambres de espino, y torres de guardia con unas luces gigantescas. No podía creer lo que estaba viendo.

El furgón se detiene junto a la primera puerta, Suena como un pitido, una sirena. Se abre el portón, pasa el coche y la puerta se cierra a nuestras espaldas, esperando a que abra otra puerta exactamente igual. Así hasta en varias ocasiones.

Me bajan del furgón, me alumbran con unos focos y me meten en una especie de garaje antes de entrar en la cárcel. En ese momento paso a poder de la policía carcelaria, cuyos agentes me retiran las esposas, me cachean y me las vuelven a poner.

Se abre una puerta corrediza blindada y los policías me llevan dentro. Me vuelven a quitar las esposas y me pasan por un detector de metales. Me acompañan hasta una sala donde me quito mi ropa y me dan un mono de preso con listas blancas y rojas, un pantalón azul marino y unas zapatillas azul marino. También me dan un petate con una sabana, una manta y un cepillo de dientes.

Al salir de esa sala es cuando empieza mi verdadero infierno. No me podía creer dónde estaba. Era un pasillo superlargo, con celdas a ambos lados. Los policías me llevaron hacia mi celda, donde había tres personas más, latinos todos, que fueron mi único apoyo ya que, al menos, hablaban español y estuve toda la noche dialogando con ellos.

Las condiciones de esa celda eran infrahumanas: en unos 5 metros cuadrados estábamos cuatro personas tiradas en el suelo, con una manta para protegernos del frío espantoso que hacía. Esa misma noche, no sé qué hora sería –porque pierdes la noción del tiempo–, se escuchó como una alarma y nos cambiaron a otro módulo: una celda parecida a la anterior, con las mismas dimensiones prácticamente, y con un lavabo y un retrete.

Apenas si pude quedarme un poco adormilado, ya que llevaba muchas horas sin dormir y sin comer ni beber nada de agua. En serio, aquello parecía una pesadilla de la cual no era capaz de despertar. Pero mi cuerpo se activaba cada dos por tres. ya que tampoco sabía realmente qué personas estaban conmigo en la celda, aunque ya había hablado con ellos. Pero no me fiaba.

Ya por la mañana nos dan algo de comer pero nada de agua. Nos echan la comida por una trampilla que tiene la puerta y hay que andarse listo porque ellos sirven rápido y, si se cae al suelo, es de ahí de donde tendrás que recoger tu desayuno.

Pasaron horas –o quizás solo minutos, pero a mí me parecía todo algo eterno– y nos sacaron de la celda. A mí me separaron de mis compañeros y me llevaron al médico, que estaba en una zona próxima al acceso de la prisión, por donde había entrado la noche anterior.

Un médico me hace un chequeo y me va haciendo preguntas que yo no entiendo porque apenas hablo inglés. Me midió la tensión arterial, me revisó los ojos y la temperatura corporal con un termómetro y luego me inyectó algo que, a día de hoy, todavía no sé qué es. Supongo que algo para prevenir posibles infecciones dentro de la cárcel.

El médico me dijo que ya podía salir y el policía me acompañó hasta la puerta, desde donde pude ver que a mis compañeros de celda se los llevaban engrilletados junto a otros presos. Les deseé suerte ya que su situación eran bastante más desafortunada que la mía.

Tras el chequeo médico me trasladaron a otro módulo diferente, a una celda parecida, con una ventanilla parecida a las de las salas de visitas de las cárceles. Pero al otro lado no había nada: era una celda muchísimo más pequeña, hasta tal punto que no cabía tendido.

Al cabo de unas horas me volvieron a cambiar a una celda igual pero, si me apuran, algo más pequeña aún. No obstante, ahí ya tenía más perspectiva, ya que veía a la gente del pasillo y me di cuenta de que había reclusos que ayudaban a los policías y que llevaban otro tipo de mono, con franjas naranjas y blancas.

Uno de ellos fue a mi celda y me dio una especie de Aquarius. Cuando le pregunté en inglés que cuándo iba a ir de nuevo al aeropuerto para coger mi vuelo a mi país, me dijo que el lunes o el martes. Ahí empezó una nueva agonía para mí, ya que no sabía ni cuándo iba a poder regresar a España ni si mis padres y mis familiares estaban al tanto de lo que me estaba ocurriendo.

Pasó poco tiempo y, en esa misma celda donde yo estaba, que resultaba realmente claustrofóbica, metieron también a otro recluso, también de origen latino, con cortes en la cara, con magulladuras por el cuerpo y el pie destrozado. Estuve hablando con él y, según me explicó, le habían pegado porque intentó colarse en Estados Unidos de manera ilegal.

Tras un buen rato apareció el recluso al que le había preguntado que cuándo iba a poder regresar al aeropuerto y me anunció que los federales habían vuelto a la cárcel a por mí. En ese momento debo reconocer que me cambió el gesto serio de la cara y me entró una felicidad tremenda, sobre todo cuando llegó un policía que me acompañó hasta la sala de la noche anterior, de donde recogí de nuevo mi ropa y me la puse para salir afuera.

Los federales me volvieron a esposar y me sacaron de la cárcel por el mismo sitio por el que había entrado, en dirección hacia el aeropuerto. Ya iba en un furgón diferente, con unas ventanas más amplias. Una vez en el aeródromo, recorrí todos los pasillos esposado hasta llegar a Aduanas, donde me dieron agua por fin y donde ya pude recoger mi maleta y todas mis cosas.

Me volvieron a esposar y me llevaron hasta el avión que, por fin, me llevaría de regreso a España. Me quitaron las esposas y me acomodaron en el avión, donde reconocí a una azafata que iba en el vuelo que cogí de Madrid a Philadelphia y que, la verdad, me trató genial durante todo el viaje.

Una vez llegué a Madrid por fin, salí del avión y me estaban esperando dos policías nacionales, que me preguntaron qué me había pasado en Estados Unidos. Les mostré el pasaporte, les narré mi experiencia y me dejaron seguir mi camino. Recogí mi maleta y, por fin, pude ver a mis padres y a mi primo, que quiso acompañarlos desde Montilla hasta Madrid.

Por fin estaba en España, con los míos. Ya no me importaba ni el dinero que había perdido ni las horas tan angustiosas que pasé en Estados Unidos. Ahora que veo lo ocurrido con perspectiva puedo decir que lo que más me dolió fue que no me dejaran pasar un verano que pintaba perfecto con mi prima, a la que tenía muchísimas ganas de ver. Otra vez será.

ANTONIO LÓPEZ VELASCO

NOTA: Los comentarios publicados en el Buzón del Lector no representan la opinión de Montilla Digital. En ese sentido, este periódico no hace necesariamente suyas las denuncias, quejas o sugerencias recogidas en este espacio y que han sido enviadas por sus lectores.








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