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17 de enero de 2018

  • 17.1.18
Los hombres suelen comentar de vez en cuando que las mujeres son “de lágrima fácil” o que “lloran por nada”. También se suele decir que el llanto solo es propio de ellas y que nosotros no lloramos porque nos creemos más fuertes. Pero no es así. Tal vez, si los hombres lloráramos en alguna ocasión, seríamos más condescendientes.



Para mí, la mujer es el mejor ser que creó Dios Nuestro Señor. Y pienso que es una realidad palpable. Prueba de ello, la parábola que paso a compartir con ustedes.

Un día, un niño preguntó a su madre: “Mamá, ¿por qué lloras?”, a lo que ella respondió: “Porque soy mujer, hijo”. Ante aquella respuesta, el pequeño reconoció que no llegaba a comprender lo que quería decir y ella le cogió por los hombros dulcemente y le comentó: “¡Nunca llegarás a entenderlo!”.

Pasados unos días, el chico le preguntó a su padre: “¿Por qué llora mamá?”, a lo que su progenitor respondió: “Todas las mujeres son de lágrima fácil y lloran muchas veces sin razón”.

Después de unos años, el chico hizo la misma pregunta a Dios: “¿Por qué lloran las mujeres con tanta facilidad?”, a lo que Nuestro Señor respondió: “Cuando hice a la mujer, debía de ser muy especial. La hice con unas espaldas suficientemente fuertes para soportar el peso del mundo pero, a la vez, tiernas y confortables”.

“Le concedí el poder de dar vida y de aceptar el rechazo de los hijos. Le di poder para continuar luchando cuando todos abandonan. Y de cuidar a su familia a pesar del cansancio o la enfermedad. Le di la sensibilidad para amar a sus hijos con un amor incondicional, aun cuando éstos la hayan herido duramente”.

“Le di fuerza para soportar a su marido a pesar de sus defectos, que no son pocos, finalmente le di lágrimas para llorar cuando ella sintiera esa necesidad. Como puedes ver, hijo, la belleza de una mujer no está en su manera de vestir, ni tampoco de cómo se maquilla su cara, ni de cómo se arregla su cabello: la belleza de la mujer reside en sus ojos, los cuales son la puerta de entrada a su corazón; la puerta donde reside el amor”.

“Es por ese motivo que, a menudo, y a través de esas lágrimas, podamos ver su corazón y, de paso, aumentar su autoestima. Has de saber, hijo, que todas las mujeres son bellas, son las que te han hecho sonreír cuando tú más lo necesitabas; las que te han hecho ver el lado bueno de las cosas cuando tú solamente veías lo peor”.

Dios hizo para el hombre un trono y para la mujer, un altar. El trono exalta; el altar, santifica. El hombre es un templo; la mujer, un sagrario. Ante el templo nos descubrimos y ante el sagrario, nos arrodillamos.

JUAN NAVARRO COMINO


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