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19 de marzo de 2017

  • 19.3.17
“Todo gran hombre necesita ser retratado para pasar a la posteridad; y no me cabe la menor duda de que yo he marcado un hito en la historia de la cultura española”. Es lo que pensaba José Ignacio Wert en su retiro dorado en la Ciudad de la Luz, cuando paseaba con su amada Monserrat Gomendio en una apacible tarde a la orilla del Sena.



Pero cuando José Ignacio se imaginaba un retrato suyo no se refería a que fuera registrado por una cámara fotográfica, pues eso es de una vulgaridad total al alcance de cualquier sujeto, ya que en la actualidad cualquiera tiene un móvil con el que hacerse selfis y enviarlos por las redes sociales para hacerse creer que es alguien, cuando lo más probable es que sea un vulgar donnadie.

En realidad, José Ignacio pensaba en que le hicieran un retrato al óleo, con la pose adecuada a su talento, para que fuera colgado en una de las salas del Ministerio de Educación con el fin de que las generaciones posteriores tuvieran constancia de sus brillantes aportaciones nacidas de esa incomparable ley educativa llamada Lomce, que tan denostada fue en su momento por tantos indeseables y envidiosos (que muchos los hay por estos lares), pero que con el paso del tiempo no les ha quedado más remedio que darle la razón.

“Hemos de tener en cuenta que emperadores, reyes, nobles, infantes y hasta infantas, han sido retratados y esos lienzos cuelgan en los grandes museos, caso del Prado o del Louvre, y hoy los vemos como grandes personajes que han dejado imborrables huellas…”, le hablaba ya en alto a su esposa, mientras seguían la ruta que marcaba la margen izquierda del río.



“¿Y cómo quieres aparecer en el cuadro?”, le interrogó su acompañante, a la que le parecía una magnífica idea que su esposo fuera inmortalizado por un pintor de alto realismo, caso de Antonio López o alguien similar, pero que la obra no bajara, por ejemplo, de unos veinte mil euros en el caso de que el primero no estuviera disponible, ya que el retrato de la actual familia borbónica le había supuesto al pintor manchego un montón de años de trabajo.

“Pues fíjate, Montse, que yo estaba pensando en Goya y en el retrato que le hizo a la familia de Carlos IV, pero, claro, esto no me podía servir porque allí había una pila de gente, incluso una niñera y esto le daba un aire plebeyo… ¿Qué te parece el que le hizo a Manuel Godoy, ese en el que aparece recostado, descansando tras la batalla que tuvo que llevar adelante contra los portugueses que no se querían separar del poderío inglés, a pesar de las advertencias que les habíamos hecho?”.

Discretamente, José Ignacio acercó el oído para recabar su opinión. Estaba convencido de que le apoyaría en la magnífica idea de hacerse retratar en una postura similar a como lo hiciera Francisco de Goya al favorito de la reina María Luisa y vencedor de la Guerra de las Naranjas, allá por 1801, contienda por la que la plaza de Olivenza quedaba definitivamente en manos españolas.



“Es una idea magnífica. Me parece muy acertada esa postura de persona que descansa recostada tras la batalla”, le contestó Montserrat. “Sin embargo, creo que a tu retrato también hay que darle un cierto aire intelectual, un cierto toque literario, no en vano fuiste ministro de Educación durante tres años.... Por cierto, ¿recuerdas el cuadro titulado ‘Goethe en la campiña romana’ del que te hablé en una ocasión y que lo pintó el alemán Johann Heinrich Wilhelm Tischbein?”.

José Ignacio se queda pensativo. Echó una mirada a las aguas del Sena con la pretensión de ganar tiempo a ver si lograba recordar algo de ese lienzo y memorizar el nombre tan largo que le había dicho. Estuvo un rato en silencio intentando que a su privilegiada mente acudiera la imagen del escritor romántico alemán.

Como no llevaba el móvil encima, no pudo consultar y salir del apuro en el que se encontraba. Sin embargo, su acompañante lo sacó del bolso y empezó a teclear. Allí apareció Goethe retratado por Tischbein.

Comprobó que el escritor alemán se mostraba recostado, en sentido contrario al de Godoy, vestido con una capa que lo cubría, con mirada serena y cierta melancolía que lo alejaba del joven romántico que fue y lo aproximaba a la antigüedad clásica, tal como nos muestran las venerables ruinas del fondo de la escena.

“Sí, sí. Esto es lo que yo quiero. Algo que sea la síntesis del guerrero que descansa tras la batalla y la del escritor cuya mirada expresa la profundidad de su alma y la brillantez de su pensamiento. Gracias, Montse, creo que has tenido una magnífica idea… Por cierto, ¿a quién se le podría encargar el cuadro que me inmortalizará, pues, me temo que Antonio López busque cualquier excusa para que yo no pose delante de él?”.



En ocasiones, el tiempo hace justicia y los sueños se convierten realidad cuando los ciudadanos de a pie podemos contemplar a los próceres que nos han legado magna su obra y se encuentran honrados en lienzos que cuelgan de las nobles paredes de insignes pinacotecas o de los vetustos pasillos de los ministerios.

Es lo que aconteció recientemente con José Ignacio Wert al hacerse pública la presentación del cuadro firmado por Rafael González Cidoncha en el Ministerio de Educación. Como no podía ser de otro modo, allí estaba quien fuera su sucesor, Íñigo Méndez de Vigo, para dar fe ante los fotógrafos (que no ante los periodistas, ya que estos incordian mucho) y dejar constancia de tan extraordinario evento.

Allí, siguiendo la estela de los retratos de los grandes pintores, como Goya o Tischbein, pero con ese toque personal de mostrarse de perfil completo como si se girara el espectador, encontramos a una de las mentes más lúcidas y preclaras que han dado las tierras hispanas en las últimas décadas.

De este modo, se ha hecho justicia con alguien que tristemente tuvo que exiliarse y salir de su propio país, porque quienes no soportaban su brillante obra presionaban, y hasta vociferaban por las calles, para pedir la derogación de la misma. Y eso no lo podía soportar.

AURELIANO SÁINZ


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