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4 de septiembre de 2016

  • 4.9.16
Una de las ventajas que tiene visitar Madrid en los meses de verano es que la ciudad se vacía, por lo que es posible pasear y acudir a aquellos sitios que se desea ver o conocer con bastante tranquilidad. En mi caso, suelo hacerlo a las exposiciones que de forma regular se muestran en las galerías y, de modo muy especial, en los museos que se encuentran en el Paseo del Prado.



En esta ocasión, el más relevante de todos, el Museo del Prado, presentaba una muestra monográfica de las obras de El Bosco, a la que acudía una enorme cantidad de gente dispuesta a abrirse paso entre los miles de asistentes que deseaban contemplar la singular obra de este genio holandés.

También, frente al Museo del Prado, se encuentra el Thyssen-Bornemisza, que lo hacía de Caravaggio, el pintor italiano maestro del claroscuro o del “tenebrismo” como también se denominó a esta corriente de los inicios del Barroco. La selección expuesta de Caravaggio se acompañaba lienzos de otros pintores del centro y del norte de Europa que siguieron sus planteamientos pictóricos.

A diferencia de la exposición dedicada a El Bosco, que contenía toda su producción (excepto tres pinturas que debido a sus estados no convenía el traslado), la del italiano me dejó un tanto decepcionado, pues si bien se mostraban algunas de sus obras significativas, lo cierto es que eché de menos cuadros que esperaba ver como La crucifixión de San Pedro, Los discípulos de Emaús o Judith decapitando a Holofernes, tres de los grandes lienzos de este autor.

Sin embargo, allí se encontraba la segunda versión de El sacrificio de Isaac, cuadro que es el motivo central de este artículo dentro de la serie Arte y Horror. Y es que, desde pequeño, cuando escuchaba la historia de Abraham, me impresionaba que un padre pudiera sacrificar a su hijo porque Dios quería poner a prueba la fidelidad que le prestaba. Lo cierto es que el Dios que se narra en el Pentateuco, es decir, en los cinco primeros libros que componen el Antiguo Testamento, nos lo presentan en gran medida como a un ser cruel y vengativo.

Sobre el autor de esta obra, Michelangelo Merisi da Caravaggio, habría que apuntar que es el gran representante de la pintura del Barroco italiano, corriente artística muy ligada a la Contrarreforma que llevó adelante la Iglesia católica tras la ruptura que se produjo dentro de la cristiandad europea y que la enfrentaron a los postulados de los reformadores protestantes Lutero, Calvino y Zuinglio.

La vida de Caravaggio fue breve, pues nació en Milán en 1571 y falleció en Porto Ercole en 1610, de lo que se deduce que vivió solo 39 años, aunque suficientes para dejar una clara impronta dentro del arte.

Si exceptuamos sus inicios pictóricos, gran parte de su obra es de corte religioso, por lo que se aleja de los temas mitológicos que eran tan frecuentes entre los pintores italianos del Renacimiento, período previo al Barroco.

Lo indicado puede inducirnos a pensar que era un hombre piadoso. Gran error, pues como bien apuntó Floris van Dyck, pintor holandés coetáneo de Caravaggio, este era “una persona trabajadora, pero a la vez muy orgullosa, terca y siempre dispuesta a participar en una discusión o pelea, por lo que era difícil llevarse bien con él”. No es de extrañar, pues, que, al estar habitualmente enfrascado en riñas, la noche del 29 de mayo de 1606 llegara a matar a un hombre, hecho por el que fue procesado.

Desde el punto de vista pictórico, hemos de apuntar que con frecuencia sus escenas escandalizaban y los lienzos eran rechazados por quienes se los habían encargado, dado que el realismo de sus figuras religiosas estaban cargadas de un fuerte naturalismo, puesto que los modelos que elegía procedían de gente de muy baja condición social. Así, en vez de plasmar bellas y etéreas figuras para representar los personajes de las escenas bíblicas, prefería escoger a sus modelos entre las prostitutas, los muchachos de la calle o los mendigos.



Resulta curioso que sus obras indignaran por la extracción social de sus personajes, a pesar de que los temas, si exceptuamos un par de ellos, carecían de la violencia visual que en ocasiones plasmaban otros pintores de su tiempo.

Uno de esos dos cuadros fue Judith decapitando a Holofernes, tema que ya lo traté en una ocasión anterior en la misma sección con el título de Arte y Horror: Gentileschi, aunque, esa vez la obra comentada fuera de la gran pintora italiana del siglo XVII.

Y es que si comparamos el cuadro de Caravaggio con el lienzo de Artemisia Gentileschi (1587-1654), hija de Orazio Gentileschi, pintor romano muy amigo de Caravaggio, podemos comprobar que el de Artemisia, siguiendo los patrones del claroscuro que ya se había impuesto por aquella época, muestra a Judith, la protagonista de la escena, con gran tensión y dramatismo en el momento en el que se encuentra degollando a Holofernes. La Judith de Caravaggio, sin embargo, parece casi indiferente en el momento del magnicidio, como si se tratara de un acto sin importancia.



Otro de los cuadros que especialmente escandalizó en los medios eclesiásticos de Roma fue la segunda versión que realizó acerca del sacrificio de Isaac, muerte que tendría que ser llevada a cabo por su padre Abraham.

Recordemos que a Abraham se le considera, dentro de las religiones judía, cristiana e islámica, el primero de los patriarcas, por lo que su nombre significa “padre de muchos pueblos”. Según el relato bíblico, tuvo dos hijos: Ismael e Isaac. De este segundo nacería Jacob, padre a su vez de doce hijos que son el origen de las doce tribus de Israel.

Los pintores del Barroco que abordaron la temática del sacrificio se apoyaban en el texto del Génesis (22:2) en el que aparece escrito: “Y Dios le dijo: Toma a Isaac, tu único hijo, al que tanto amas, y vete a la tierra de Moriá. Una vez allí, ofrécelo en holocausto sobre el cerro que yo te señalaré”.

A partir de esta cita bíblica, que parece contradictoria al apuntar a Isaac como hijo único, ya que en otras se hace referencia a Ismael que Abraham tuvo con su esclava Agar, se llevaron a cabo numerosas representaciones pictóricas, fuera durante el Renacimiento (en Italia, pintores como Andrea Mantegna, Rafael Sanzio, Andrea del Sarto o en España, escultores como Alonso Berruguete) o del Barroco (Jordaens, Rembrandt, Tiépolo o Valdés Leal).

En el caso de este cuadro, que se encuentra en una colección privada en la ciudad estadounidense de Princeton, habría que indicar que fue pintado en 1598. En el mismo, el contraste de la luz y las sombras se muestra muy intenso, de modo que es el ángel el que presenta el rostro claramente iluminado, como queriendo transmitir a Abraham que el sacrificio de Isaac finalmente no debe llevarse a cabo, dado que ha obedecido fielmente el mandato divino.



El segundo cuadro de El sacrificio de Isaac, pintado en 1603, y que estaba dentro del conjunto de lienzos seleccionados para la exposición en el museo Thyssen-Bornemisza, pertenece a los fondos de la Galería de los Uffizi de Florencia.

Tal como he apuntado, esta obra causó bastante escándalo en los medios eclesiásticos de Roma, puesto que el rostro de Isaac muestra todo el horror y espanto ante la proximidad del degollamiento por parte de su padre. Para comprender el rechazo que suscitó, hemos de tener en cuenta que hasta ese momento todas las representaciones que se habían realizado de este tema mostraban al joven Isaac en una actitud dócil y sumisa ante la muerte, dado que, teológicamente, este sacrificio se interpretaba como la anticipación o prefiguración del de Cristo en la cruz.

Tanto compositiva como cromáticamente son dos obras distintas. La primera en más amable, pues el ángel parece hablarle a Abraham para indicarle que no es necesario que sacrifique a Isaac, dado que ha dado muestras de fidelidad al mandato divino; en la segunda, en la que predominan las tonalidades ocres, el ángel enviado agarra con firmeza el brazo derecho del padre a punto de degollar a su hijo, al tiempo que le señala el carnero que se encuentra junto a ellos. El dramatismo es evidente en el segundo caso.



Y es que, si nos acercamos y vemos un plano detalle, contemplamos el miedo y terror que se desprenden del rostro de Isaac, ya que, aunque de los lienzos no se derivan sonidos, podemos casi escuchar el grito del joven suplicando que no se le degollara.

Esta representación de Isaac, tal como he apuntado, desagradaba a los medios eclesiásticos de la ciudad de Roma, en la que por entonces trabajaba Caravaggio, dado que para entender este mandato cruel se reinterpretó como prefiguración de la muerte de Cristo, que fue aceptada sin oposición a la misma; no así lo que mostraba el joven Isaac ante la inminencia de su degollamiento.

Para cerrar, me gustaría indicar que en todos los cuadros que abordan esta temática siempre aparecen los cuatro protagonistas de la escena: Abraham, Isaac, el ángel y el carnero, puesto que una vez que el ángel enviado del cielo le dice al patriarca que ha sido comprobada su fidelidad al mandato divino no es necesario el sacrificio de su hijo, por lo que finalmente será el carnero el que sea sacrificado.

Este es el origen de la fiesta del cordero que celebran todos los años los musulmanes en conmemoración de este hecho, aunque en el Corán no se cita a Isaac, sino a Ismael como el hijo que debería ser sacrificado por su padre Abraham.

AURELIANO SÁINZ


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