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11 de julio de 2016

  • 11.7.16
Un partido de izquierdas de España –si es que eso existe– confeccionó un cartel para protestar contra la visita de Obama a Madrid. En el mismo aparecían un negro y un judío bajo el lema “Guerras No”. Inmediatamente, la comunidad judía de España emitió un duro comunicado en el que rechazaba el “fomento al odio” y el “antisemitismo” que, según esta entidad, transmitía el cartel, puesto que representaba a los israelíes “como el nazismo y el estalinismo retrataron a los judíos en el pasado”.



La comunidad negra de ningún sitio, ni de España ni de Maryland, todavía no ha expresado su opinión al respecto por las posibles ofensas que pudiera destilar el susodicho cartel, que bien podría poner a los negros como el Ku Klux Klan los retrataba en el pasado, supongo. En cualquier caso, el partido que lo elaboró, temeroso él de la ira de los poderosos a escala mundial, responde retirando el cartel y aclarando, por si alguien más –aparte de la federación judía española– lo malinterpretaba, que su intención nunca fue la de ofender a nadie sino la de “denunciar el papel que cumplen tanto Israel como Estados Unidos en la geopolítica”. ¿Acaso no es cierto?

Para la comunidad árabe de la zona y para los palestinos en particular, el judío sionista se comporta invadiendo territorios ajenos, imponiendo por la fuerza de su ejército “su” ley y orden que garantizan “su” seguridad, lo que lleva a bombardear todo lo que considera un peligro para Israel aunque sean objetivos civiles ubicados en el extranjero (centrales nucleares, etc.).

Israel multiplica las colonias de judíos en territorios ocupados y pertenecientes a Palestina (Cisjordania) y se ha adueñado de Jerusalén contraviniendo todos los acuerdos y resoluciones alcanzados en Naciones Unidas.

Por muy víctimas que hayan sido del genocidio nazi, ello no justifica a los sionistas actuales a actuar como el imperialismo yankee acostumbra: invadiendo, ocupando e imponiendo el “orden” que vela por sus intereses en países tan soberanos y dignos de existir como ellos.

Distinto es que tengan derecho a defenderse de cualquier ataque y del terrorismo que prevalece en la región, pero también deben respetar a sus vecinos y cumplir con los acuerdos alcanzados con ellos, en especial con los que generan el foco de tensión más antiguo en el Cercano Oriente, cual es el palestino-israelí.

En cualquier caso, un cartel, por muy desafortunado que sea, no representa ninguna amenaza ni ofensa, sólo la libertad de expresión de quien lo elabora. Porque si lo censuramos, obligando a su retirada, estamos comportándonos como aquellos fanáticos musulmanes que declaran la guerra –¡y matan!– por viñetas de Mahoma en un cómic.

Al fin y al cabo, si los judíos no quieren ser considerados imperialistas como los yankees, no basta con suprimir carteles sino con dejar de arrinconar a los palestinos en un gueto minúsculo y devolverles sus territorios hasta las fronteras acordadas por Naciones Unidas. Así de fácil, aunque al sionismo belicista esto le parezca una traición. Por ello, las disputas, censuras y guerras.

DANIEL GUERRERO


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