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17 de febrero de 2015

  • 17.2.15
Al margen de cierta histeria demoscópica que sacude las encuestas, algunas tendencias emergen cada vez con mayor nitidez como referentes que van a configurar el próximo escenario político. Una, cada vez más sólida y cuajada, es Ciudadanos y su líder, Albert Rivera. Su partido, que se estrenó con éxito a nivel nacional en las europeas obteniendo dos escaños, se ha visto afectado en la percepción de su crecida por la irrupción estruendosa de Podemos.



Algunos dirán que eso le perjudicó. Yo opino que le ha venido de perlas para diferenciar su imagen y componer su estrcutura con sosiego y sin sobresaltos. Hoy está en una magnífica posición y uno diría que a Rivera le basta con no equivocarse, con no cometer errores de bulto, para conseguir un salto espectacular que lo sitúe como una pieza central en la gobernabilidad de España, de sus autonomías y de sus ayuntamientos.

Su anclaje ideológico le hace cercano y apreciable por muchos españoles. Su defensa y voluntad de regeneración de unos valores constitucionales que entiende deben ser apreciados en su justa medida y que, lejos de despreciar, entiende como un faro de democracia y libertad, supone la piedra angular de su doctrina y su posicionamiento, que se completa con una tendencia liberal en lo económico y socialdemócrata en lo social, alejada de confrontaciones cainitas de rojos y azules, que como respuesta a corrientes de viejos odios y resentimientos, no se cansa de repetir su máximo dirigente.

Une a ello su bagaje más que acreditado en su tierra de nacimiento, Cataluña, de la unidad de España. Porque Ciudadanos, aunque de estreno en buena medida, no carece de trayectoria y de experiencia. Es por ello que el partido aparece como oferta apetecible para muchos, con posibles caladeros de votos en muy diferentes espectros tanto ideológicos como sociales, y en dos vertientes intencionales muy curiosas y complementarias.

En sus militantes y simpatizantes hay la ilusión debida en un proyecto novedoso que ofrece un cambio sensato, sin peligrosos desparrames extremistas ni olorosos rastros de dinero y padrinazgo que acaban llevando indefectiblemente a la Venezuela chavista, liberticida y protectora de criminales etarras.

En sus simpatizantes y posibles votantes provenientes del PP y del PSOE aparece además un nuevo elemento: el de partido refugio del que no avergonzarse y al que se acude como posibilidad no traumática de futuro.

Todo ello está contando y sumando a favor de Ciudadanos. Rivera tiene ahora ante ello el deber de no equivocarse. Pero tan solo con no hacerlo son muchos los que se disponen a darle su confianza. En el camino hasta las urnas, las primeras en Andalucía, donde peor lo tiene y más patina, no le faltarán trampas ni peligros.

Uno de los más visibles y que puede resultarle letal son los arrimones –otra cosa fue el deseable acuerdo con UPyD imposibilitado por la tozuda y autoritaria soberbia de Rosa Díez que tanto la ha deteriorado– de quienes buscan abrazos de oso que pueden desvirtuar su imagen y estilo y las intenciones de arribistas de todo signo que, tras brujulear por diversos partidos, buscan seguir “colocados” en el nuevo, como si con ello quedaran ellos mismos lavados. Y lo que pueden hacer es ensuciar a Ciudadanos.

Eso, me consta, preocupa y ocupa. Como también el día después de las urnas autonómicas y municipales. Y algún mecanismo de control ya está dispuesto. No habrá una barra libre para los pactos y que aparezca una marabunta de intereses diversos y hasta personales sino que la decisión será tomada de manera ordenada y colectiva por el conjunto y para el conjunto del partido. Porque, y quizás Rivera lo sepa bien, lo que ahora se le exige es, simplemente, no equivocarse.

ANTONIO PÉREZ HENARES



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