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18 de febrero de 2019

  • 18.2.19
Jesús Maeso de la Torre nació en Úbeda, en la misma calle que Joaquín Sabina y Salvador Compán. Estudió Magisterio y obtuvo la licenciatura en Filosofía e Historia. A lo largo de su vida ha simultaneado la docencia con la literatura y la investigación histórica. Comanche es su última novela histórica, en la que indaga sobre la presencia española en la historia de Estados Unidos, que dio lugar a la fundación de ciudades como Los Ángeles o San Francisco.



Una historia que recrea las correrías de los dragones de cuera españoles tras los comanches, yumas, navajos, aleutas y apaches. El próximo año regresa con una novela sobre la Corduba romana con los Sénecas como protagonistas. Él lo dice así: “La inmortal Córdoba es uno de mis fetiches literarios”.

—Tu novela, 'Comanche', recrea la presencia española en la historia de América del Norte en el reinado de Carlos III. ¿Por qué el olvido sepultó estos hechos?

—Muchas de las páginas más brillantes de nuestra historia están olvidadas por las nuevas generaciones. Y es que existe una mezcla explosiva entre la ignorancia de nuestro pasado y el menosprecio de nuestra historia, por parte de ingleses y franceses, que han decidido minimizarla hasta hacerla desaparecer, si bien nuestra historia es la más ejemplar y rica, y sobre todo en América del Norte, donde desde los siglos XVI al XVIII, nos hicimos dueños de inmensos territorios de los EEUU meridionales, centrales y del oeste. Y eso debe conocerse. Además, sin el concurso de España, la independencia de las colonias inglesas hubiera sido imposible.

—Los dragones de cuera españoles, una impresionante fuerza ecuestre, luchando contra comanches, yumas, navajos o apaches. ¿Cuántas películas hemos dejado de llevar al cine?

—Los regimientos de los llamados “Dragones de Cuera, o del rey” estaban formados por caballeros españoles, criollos y algunos europeos súbditos del rey de España, que lucharon durante dos siglos contra los indios –especialmente los comanches o “desnudos”– que asolaban la vasta frontera de Nueva España.

Defendían más de 40 presidios, desde Tejas y Luisiana, hasta Arkansas, Nuevo Méjico y California, y eran el terror de las partidas salvajes. Unos verdaderos héroes de nuestra historia, olvidados inmerecidamente en el polvo de la historia. John Ford tenía una mina en sus manos y nunca lo supo. Dos siglos antes que John Wayne o Clint Eastwood, estuvimos los españoles

—¿Algo que ver con el Séptimo de Caballería?

—Su uniforme azul, sombrero de ala ancha, botas altas, capa azulada, fusil Brown Bess, pistolas al cinto, adarga, escudo con el emblema del Reino y un chaleco de varias capas de cuero irreducible a las flechas indias fue visto antes que el de los pistoleros o el Séptimo de Caballería en el Valle del Diablo. Y evidentemente, como la moneda y otras muchas cosas, fue copiado por el ejército estadounidense.

—Hubo genocidio en América del Norte. Pero tú mantienes que las únicas razas indias que perviven son las que mantuvieron contacto con los españoles.

—Existe genocidio cuando hay premeditación e intención de hacerlo. ¿Cómo se puede aseverar que hubo genocidio con tan solo dos mil efectivos en un territorio ochenta veces más grande que España? Hubo encuentro violento y doloroso, pero las enfermedades llevadas por los europeos sí que hicieron estragos.

El mestizaje español, en palabras de Thomas, fue la mayor obra del arte civilizador de Occidente en América. Hoy día solo perviven en los EEUU las tribus indias que estuvieron en contacto con los españoles: apaches lipán y hopi, comanches, yuma o teja. Si alguien cometió un verdadero genocidio en América del Norte, fueron los americanos.

Recordemos la famosa frase del general Sherman: “El mejor indio es el indio muerto”. A través de “la paz del mercado”, por la que los indios eran admitidos en la sociedad española, su población se quintuplicó. El resto, las que vivían en el Este, han desaparecido. Las leyes españolas los protegían. ¿Pueden decir lo mismo los norteamericanos?

—Los españoles dejamos prisiones en aquellas tierras, pero también ciudades, minas y rutas de comercio. Entonces, ¿por qué, como tú dices, la Leyenda Negra nunca prescribe?

—La palabra “presidio” en realidad se refiere a los fortines que construimos en la frontera (recuérdese El Álamo), pero también universidades, misiones, vías de comunicación para el comercio, ranchos, cultivos y ganaderías, origen de las actuales estadounidenses. El Virreinato de Nueva España, con capital en Méjico, era un verdadero Estado organizado que se extendía hasta la Alta California.

España fundó ciudades en la frontera –máximo signo de civilización y convivencia– como San Antonio, Albuquerque, Laredo, Santa Fe, Monterrey, Los Ángeles o San Francisco, mercados y escuelas, que procuraban una convivencia entre indios, criollos y españoles, dentro de las leyes de la Corona. Eso era impensable para los ingleses y los norteamericanos. Y efectivamente nuestra Leyenda Negra jamás prescribe, como si España hubiera de purgar con el desprecio su influencia capital y extraordinaria en la historia del mundo.

—La masonería también está presente en tu libro. En Chile y México ya había embriones de lo que podría llamarse logias de la razón.

—Muchos de los oficiales de las Capitanías de América leían las publicaciones que llegaban de Europa, en especial las de los enciclopedistas franceses. En Chile y Méjico había semillas de lo que podían llamarse “logias de la razón”. En Santiago existía la Academia Antártica, que mantenía correspondencia con muchos oficiales criollos americanos aperturistas. Mi personaje era uno de ellos, y al visitar Madrid, “ingresa en la Matritense”, centro masónico por excelencia de España, fundado por el duque de Wharton.



—En la novela, Martín de Arellano, capitán de los dragones, mantiene relaciones sentimentales con la apache Wasakie y la princesa aleuta de Alaska, Aolani. ¿Y el racismo dónde lo dejamos?

—No voy a ocultar que nuestro encuentro con las razas amerindias no fuera violento, pero no exterminador por sistema, y las relaciones de casamiento no fueron generalizadas. Pero bien es cierto que muchos españoles se casaron con indígenas, de ahí la raza mestiza que se dio como resultado.

Mi personaje no llega a casarse con la apache ‘Azúcar’, que sí hubiera estado mal visto entre la aristocracia criolla, pero sí lo hace con la princesa de Alaska, ya convertida al cristianismo y de sangre real. Eso sí fue frecuente desde la época de Hernán Cortés y Moctezuma, cuyas hijas se casaron con comandantes del conquistador.

—Comenzaste escribiendo poesía. Cuando el pudor te dejó, habías cumplido los 40 para escribir novelas. Desde entonces, no has perdido el tiempo.

—La verdad es que me encanta relatar historias, como espejo de reflexión y placer. Al ser publicada mi primera novela, Al-Gazal, sobre el espléndido personaje de la Córdoba califal de Abderramán II, hasta esta última, recuperé el tiempo perdido y me he movido y recreado todas las épocas de nuestra historia: desde Tartessos hasta las Cortes de Cádiz, y desde las Cruzadas, hasta la China Ming, o la de Julio César en Munda. El próximo año regreso con una novela sobre la Corduba romana con los Sénecas como protagonistas. La inmortal Córdoba es uno de mis fetiches literarios.

—Escribiste 'Comanche' después del discurso de ingreso en la Academia Norteamericana de la Lengua Española en Nueva York. ¿Tanto les sorprendió lo que decías?

—Absolutamente. Muchos ignoraban que los dragones de cuera defendieran un territorio cincuenta veces mayor a España, y que antes de que los angloparlantes hollaran las tierras del oeste americano con sus carromatos y los pistoleros de gesto adusto cabalgaran por la Comanchería, estos indómitos jinetes hispanos ya lo habían hecho un siglo antes y dominado y civilizado a las belicosas tribus indias de la frontera. Un hecho insólito y fascinante, que hasta a los mismos norteamericanos los dejó boquiabiertos.

—La segunda razón es que encontraste en los Museos Vaticanos un tocado de búfalo con los cuernos pintados de jade regalado por Carlos III al Papa Pío VI.

—Visitando los Museos Vaticanos admiré un tocado de búfalo con cuernos pintados de jade, la rodela, el carcaj y la lanza de un gran jefe comanche, Cuerno Verde, que según la información había sido vencido por el coronel Juan Bautista de Anza, vasco de Hernani, y que se lo había enviado como regalo al rey Carlos III, y este a su vez al papa Pío VI. Era un tema sorprendente que daba pie a conocer más y escribir una novela sobre el tema, y eso me llevó a conocer a los intrépidos dragones de cuera.

—Nacido en Úbeda. De la misma quinta de Joaquín Sabina y Salvador Compán. Y nacidos los tres en la misma calle. Sin olvidar tampoco a Muñoz Molina. ¿Qué da esa tierra?

—Joaquín, Salvador y yo nacimos en un radio de doscientos metros, y Antonio algún año más tarde, pero también en la Úbeda antigua y monumental. Es simple curiosidad, pero Úbeda imprime carácter por su belleza. Los cuatro amamos las historias y la literatura y yo desde pequeño disfrutaba tanto leyendo, que ahora pretendo con mis libros que mis congéneres sean tan felices como yo abriendo mi alma a un libro.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


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