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9 de marzo de 2018

  • 9.3.18
¿Y si me hago un ramo de flores de invierno con todas las sonrisas que la gente me dedica en el día a día? ¿Y si esas flores fueran cálidas, llenas de corazones dulces que me desean lo mejor, la salud, el amor y la paz interior? Llevo un tiempo en el que mi corazón ha empezado a galopar por su cuenta. Un caballo al que el miedo le susurra que no pare. Noto cómo se ahoga pero, aún así, sigue adelante.



¿Cómo puedo yo pararlo? Ayer por la noche la tiré por la ventana, quería que se despeñara... Me refiero a esa voz asquerosa y viscosa que se pasa el día contándome todo lo que no funciona en mi vida. Hay días en que su poder es tan fuerte que me deja sin ganas de nada.

Estoy cansada de luchar contra gigantes blancos creados por el miedo a los cambios, por la falta de estabilidad, por querer saberlo todo y por querer una existencia plana, sin sobresaltos. ¿Y si no apruebo las oposiciones? Tengo que, tengo que… Estudiar tantas páginas hoy, hacer la comida, administrar bien mis ahorros...

La voz lógica es la que me dice de vez en cuando: "tú eres gilipollas, ¿te crees que no te vas a morir, o qué?". Esa misma voz es la que no pudo más ayer y cogió del cuello a la pesimista lastimosa mientras le gritaba: "Vete a la mierda. La vida es esto: caos, cambio, inseguridad... O lo aprendes de una puta vez o te vas a perder lo que sí tienes: una casa, amigos, familia –mi prima–; tienes una preparación, hablas idiomas... Si no apruebas las oposiciones, algo saldrá. Y para que salga, tienes que creer en ti".

A menudo, esta parte real que hay en mí trata de desmontar los argumentos de la parte imaginaria, creadora de pesadillas. Pero no siempre lo consigue. Sé que no estoy sola, sé que no soy la única. Ahora sé que todos tenemos esa voz que, para protegernos, utiliza los gritos y el miedo. Es difícil hacerse amiga de ella, pero creo que debemos llegar a algún tipo de entendimiento si no quiero volverme loca. Las luchas no son buenas y yo lo que quiero es paz.

Recién duchada, oliendo a serenidad, con la niña que fui en brazos, prometiéndole cuidarla cada día. Diluida en mi sofá, descubriendo que la vida tiene que ser otra cosa, vislumbrando un camino de paz y dejando sobre una piedra el latido sordo que me vuelve campana. Hoy la noche me susurra que el cambio es posible...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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