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16 de febrero de 2018

  • 16.2.18
¿Qué derecho tengo yo a meterme en la vida de nadie? ¿Debería haberla avisado? Ayer la vi después de muchos años. Aún sigue teniendo ese encanto de las mujeres de piel muy blanca e inocencia en la mirada. Vinieron de golpe a la mente mis tribulaciones internas sobre si escribirle una carta anónima o acercarme en la iglesia para decirle quién era su novio.



Siempre me cayó bien, aunque no había hablado con ella. La veía en la misa de los domingos, en aquella época en la que yo buscaba el sentido de la vida entre el incienso y las charlas de unos hombres que se suponía que eran castos.

Era el primer verano que no estaba interna, esperaba el inicio de la universidad y lo pasé en Madrid haciendo un curso de Documentación. Me hice con una pandilla con la que salía los sábados: éramos todas chicas, pero algunas de ellas tenían hermanos y amigos de esos hermanos que, a menudo, solían frecuentarnos. Fue así como conocí al impresentable novio de esta chica. ¿Se llamaba Teresa o era Esperanza?

Apareció un día un chico de esos que hacen mucho deporte y que, aunque no era muy guapo, se sentía un semidiós. Yo lo encontraba soso y aburrido y, físicamente, tampoco era Brad Pitt. Al principio creía que estaba enamorado de ella: los veía pasear juntos y yo estaba en la edad de la credulidad. La gente me parecía feliz y el amor siempre era de verdad.

Me costó darme cuenta del doble juego que él llevaba: sus maneras suaves no hacían presagiar su mezquindad. Ella era la novia educada y buena que presentar a su familia. Después de dejarla en casa, venían las "pelandruscas", como él las llamaba, con las que hacer todo aquello que su formal novia no quería.

Las otras eran para él simples objetos para procurar su satisfacción de hombre –parecía ser que las mujeres no tenían esas necesidades...–. Daba igual si tenía que ilusionarlas, si les prometía la luna y lo único que veía en las pobres eran agujeros negros. Todas sufrían por su egoísmo y por su falta de sensibilidad.

A mí aquella chica me daba pena, sabía que era muy religiosa… ¿Y si, llevada por el amor, se acuesta con él y luego descubre que ha dejado de lado sus principios por un cerdo? Las mujeres buenas tenían que ir vírgenes al matrimonio, según nos decían las monjas, y el sexo era algo sucio, una especie de sacrificio por tener a un varón al lado. No creo que haya habido una forma mejor de castrar a las mujeres.

Ella era buena y seguía a rajatabla la doctrina. Además, el hecho de ser casta la revalorizaba a los ojos de él. Todo muy freudiano.

Nunca me atreví a decirle nada. No sé hasta dónde llegó la intimidad con el impresentable. Yo no era nada para ella y no tenía por qué creerme... Hoy la he vuelto a ver e iba acompañada... Y estoy contenta porque, al menos, no se casó con él.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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