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2 de noviembre de 2017

  • 2.11.17
Estoy un poco deprimido. La mesa donde yo me pongo a escribir está situada delante de una ventana que da a mi tejado y a todos los tejados de la calle, y a un horizonte perdido lleno de arboleda. Por ese horizonte, en cuanto llega la primavera, se acercan las golondrinas a cuidar de los muchos nidos que tienen en las cornisas de las casas vecinas y en la mía, generando una algarabía muy bonita que amaina cuando aprieta el sol y vuelve con el atardecer.



Sin embargo, ahora no escucho a las golondrinas y sus crías desde mi ventana. Se han marchado en su viaje a África y no volverán hasta la próxima primavera. Desde hace dos semanas se siente en los tejados algún gorrión o alguna tórtola llamando la atención del macho, pero cuando comience el frio, que aquí aprieta bien, se acabó el chirriar de los pajarillos.

La verdad es que eso me pone triste, por eso procuro ponerme música para distraerme mientras escribo, pero no es lo mismo. Más aún ante la impotencia y el dolor que muchos sentimos por todo lo que está ocurriendo en Cataluña en los últimos tiempos. Se tendría que haber actuado antes y ahora no sabemos cómo va a terminar todo.

Por el bien de todos los catalanes, y por aquellos que llevamos toda la vida que viviendo en Cataluña –y quiera Dios que por muchos años más–, esperemos que los antisistema no se carguen esta bendita tierra, que nos lo ha dado todo, por no querer razonar.

Por eso solo me queda esperar que Dios reparta suerte y pase lo mejor posible para todos, incluidos los antisistema, para que el problema tan grave que vivimos en Cataluña se solucione. Mientras tanto, seguiré esperando que vuelvan las golondrinas la próxima primavera con su alegría pura y sana.

JUAN NAVARRO COMINO


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