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1 de noviembre de 2017

  • 1.11.17
Recién cumplidos sus noventa años, Marlene Dietrich, uno de los más grandes mitos de la historia del cine, respondió con soltura a un periodista algo impertinente que quiso saber si la artista alemana, ya muy deteriorada por su avanzada edad, temía la llegada de la hora suprema. «¿Miedo a la muerte? Uno debe temerle a la vida, no a la muerte», sentenció la protagonista del Expreso de Shangai.





En la Campiña Sur cordobesa tampoco parecen tenerle miedo a La Parca. Y tiene su lógica, albergando algunos de los camposantos más hermosos de España, como el de Montilla, donde un pequeño jardín envuelve la quietud mágica de su cementerio municipal de San Francisco Solano.

A diferencia del cementerio de Nuestra Señora de la Salud en Córdoba o del camposanto de Monturque, el de Montilla no forma parte de la Red Europea de Cementerios Significativos, aunque su estratégica ubicación, junto a la popular ermita de Belén, lo convierte en uno de los más hermosos del país, un lugar al que se amarran desde hace lustros recuerdos imborrables que, a pesar de todo, casi siempre acaban siendo injustamente olvidados. El entorno, con ese pensil frondoso de cipreses oscuros y altivos, es acogedor e invita a pasear por sus calles, especialmente en estos últimos días de octubre o a primeros de noviembre.

Muchos visitantes suelen dedicar buena parte de sus visitas por la festividad de los Fieles Difuntos a leer las inscripciones de las lápidas, algunas de las cuales resultan familiares. Vecinos, amigos, seres queridos o antepasados que conocieron en vida o de los que oyeron hablar alguna vez, conceden a esos paseos por el camposanto montillano una inquietante sensación de familiaridad.

Porque, en realidad, los amigos, los conocidos, nunca se despiden ni se van del todo. Apenas participan de una misteriosa espera que se hace a menudo presente. Precisamente, por esa sensación de cercanía que se experimenta en el cementerio de Montilla, cualquier vecino siente de verdad que no se encuentra ante lápidas frías de esas que congelan el aliento. Al contrario: el camposanto montillano rezuma paz y tranquilidad.

En la Ciudad del Vino, las mujeres acuden al cementerio municipal de San Francisco Solano la semana de antes, provistas de cubos, fregonas, trapos y botellas de lejía. Ya en la víspera, familias enteras acuden con flores para rezar por los suyos y todavía en muchas casas se habla de la familia: no solo de los que han pasado a otra vida, sino también de los que se encuentran disfrutando de este mundo.





Etimológicamente, antes de que los romanos usaran el adjetivo «defunctus» para denominar al que había muerto, lo utilizaron para referirse al que se había retirado de un negocio y, por extensión, al que había concluido su actividad profesional. Por tanto, en rigor, «difunto» no es «el que se ha acabado», sino «el que ha acabado aquello que se esperaba de él». Es decir, un difunto es aquel que ha dejado cumplida su misión en este mundo. ¿Acaso hay una denominación más positiva y elogiosa para definir el trayecto vital de una persona?

Son muchos quienes suelen recorrer con la vista esas letras metálicas o labradas en la piedra que llenan de contenido el muestrario de mármoles y piedras nobles que atesoran los cementerios. Y es ahí cuando se puede comprender lo difícil que es pensar un epitafio, una frase que resuma la vida de cualquier persona.

Es difícil querer condensar en unas palabras sobre piedra el epílogo de una vida, de unos días felices, de unos instantes dolorosos, de unos segundos gozosos. En esta singular ensenada confluyen tantos idealismos, sentimientos y pasiones, que nunca se sabrá si la justicia, la belleza, el dolor, la pobreza o la solidaridad tuvieron privilegios antes que la bondad, el deber, la ética y el llanto. Por eso, muchas de estas frases conmueven por su sencillez y por la serenidad que transparentan.

Una de las que más emocionan reproducen un pensamiento del sacerdote y periodista Martín Descalzo: «¡Benditos los que saben adónde van, para qué viven y qué es lo que quieren, aunque lo que quieran sea pequeño. De ellos es el reino de estar vivos!».

A escasos kilómetros del camposanto montillano, en la vecina localidad de Monturque, se encuentra el cementerio de San Rafael que, cada año en torno a estas fechas, se convierte en todo un reclamo turístico para centenares de personas llegadas desde distintos puntos de Andalucía y, también, desde enclaves más lejanos como Ávila, Madrid o Valencia.





Y es que el municipio de la Campiña Sur, que sí que forma parte de la Red Europea de Cementerios Significativos, promueve cada años sus Jornadas Culturales y Gastronómicas «Mundamortis», una cita única en España que suscita el interés de gentes atraídas por la cultura y las tradiciones gastronómicas en torno a un hecho consustancial a la propia vida.

El amplio programa de actividades, que ofrece desde actividades más didácticas y recreativas pensadas para los más pequeños hasta recorridos históricos, concursos gastronómicos y representaciones teatrales, gira en torno al cementerio de San Rafael que, desde hace unos días, es un auténtico hervidero de personas, gracias a los monturqueños que se acercan a rendir tributo a sus seres queridos y, también, a las decenas de visitantes que se agolpan a las puertas del camposanto para visitar las famosas cisternas romanas sobre las que se asienta el recinto.

«Íbamos camino de Málaga y, al pasar por Monturque, hemos querido entrar al pueblo para visitar su cementerio, que nos habían dicho que era digno de ver», comentaba un matrimonio toledano mientras aguardaba su turno para acceder al subsuelo del recinto y disfrutar de ese portento de la ingeniería hidráulica romana, concebido en el primer siglo de nuestra era, para abastecer de agua a toda la población.

En efecto, la visita resulta obligada pues las cisternas romanas de Monturque, con una capacidad para albergar 850.000 litros de agua, representan el vestigio más importante de este tipo que se conserva en toda la Península Ibérica. Un vestigio que contribuye a poner en valor ese otro patrimonio, el inmaterial, que también desempeña un importante papel para transmitir a las generaciones venideras.

J.P. BELLIDO / REDACCIÓN
REPORTAJE GRÁFICO: JOSÉ ANTONIO AGUILAR


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