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24 de febrero de 2017

  • 24.2.17
En estos tiempos que corren, hablar de normas suena a cosa de otras épocas, a sermón cavernícola que emiten anticuados padres o abuelos carcamales. Tengo que reconocer que en otros momentos también la escuela hablaba, repetía, imponía o insinuaba normas pero me temo que, poco a poco, a ella también le da rubor hablar del tema, máxime cuando la sociedad, los padres y algunos políticos desprecian dicho planteamiento.



Al final nos tendremos que creer ese pensamiento que circula por calles y avenidas que predica contra las normas y contra las sanciones porque, cuando menos, son de derechas –vamos, órdenes de fachas–. Son coacciones impuestas a nuestra libertad.

¿Para qué quiero normas? ¿Por qué tengo que pedir permiso? Yo hago lo que me viene en gana. Curiosamente, en todo momento nos movemos envueltos en una serie de normas que rigen nuestro deambular por la vida. Normas de tráfico para no pegarnos de morros con el vehículo que tenenemos cerca o tragarnos a un peatón... Bueno, quizás me estoy pasando porque la normalidad en el tráfico está en entredicho.

El listado puede ser amplio y, por lo general, solemos aceptarlo porque, al menos, a corto y también a largo plazo nos favorece. Pero normas de educación, normas de disciplina, normas de convivencia, normas de… lo que sea. ¿Tú de qué vas, colega? Ya está bien de normas, reglas y demás zarandajas. Es la canción que susurra el viento para halagar nuestro oído.

En la escuela franquista existía una materia relacionada con la urbanidad con la que se pretendía enseñar cómo comportarse en público y en privado. La llamada “Cartilla de Urbanidad” aglutinaba las directrices relacionadas con el aseo y la imagen personal; cómo comportarse en la familia respetando a los mayores y dando muestras de cortesía y educación ciudadanas tanto en la escuela como en la calle. La lista era amplia.

¿Nostalgia del pasado? Para nada. Una buena educación siempre hace referencia al respeto a los demás. Reproche: "eso está muy anticuado y, además, es represivo", podrán argumentar todos los a-normales. Por anormal se entiende “lo que o quien se halla fuera de su natural estado o de las condiciones que le son inherentes (sic)”.

Las normas coartan la libertad, reprimen al sujeto, no le permiten hacer lo que le venga en gana y por tanto ¡fuera normas! Pregunta: ¿cuándo tengo que cumplirlas yo o cuándo incumben a los demás? "Para mí las normas son un incordio innecesario", replican los a-normales. Ahora bien, los demás sí que deben cumplirlas. ¡Viva Jauja!

Pedir permiso para hacer algo, ser cortés, no dejar en ridículo ni menospreciar a otros; saludar al encontrarnos con alguien conocido, preguntar a alguien cómo se encuentra, máxime si dicha persona ha pasado una mala racha física, psicológica o social; escuchar para poder hablar con conocimiento de causa y no para decir chorradas “a tontas y a locas”. Toda la retahíla anterior era casi normal hasta no hace mucho. Los tiempos cambian, amigos.

Por cierto “a tontas y a locas” es una locución adverbial coloquial que viene a significar “desbaratadamente, sin orden ni concierto”. Dicha expresión no es un exabrupto contra la mujer; ya he repetido más de una vez que carece de significado machista y proviene de lejos, siendo usada por los autores clásicos de nuestra literatura.

Dar las gracias por algo que nos han facilitado o permitido u ofrecido es un delicado y agradable gesto que está en desuso aunque habría que, no solo dar las gracias, sino estar preparado para devolver favores. No hay que olvidar, aunque sea por puro egoísmo, que si doy, franqueo la puerta para que mañana me puedan dar a mí también.

¿Puro egoísmo lo que acabo de decir? Aunque así fuera, que no lo es, ya estaríamos conectando con el otro desde la bondad como capacidad para hacer el bien y así damos un paso hacia la liberalidad como virtud moral capaz de compartir generosamente sin esperar nada a cambio.

Vamos, ser capaces de realizar un gesto de desprendimiento. Solo se desprenden de algo los tontos, las ramas de los árboles viejos se desgajan y las laderas de la montaña… que a veces se desploman como consecuencia de las escorrentías, podrán pensar algunos.

El desprendimiento entendido como generosidad desde luego no admite la tacañería. El tacaño es alguien egoísta, miserable, bellaco y astuto, que engaña con sus triquiñuelas y embustes; es un individuo que juega amañándolo todo.

Una palabra muy eufónica y bonita de nuestro vocabulario es la de dar “las gracias”, es decir manifestar agradecimiento por algo recibido (un gesto de cortesía, una ayuda) pero parece que como nos lo merecemos todo o creemos que todo nos pertenece, el vocablo va cayendo en el olvido. A veces, cuando damos las gracias a alguien por algo, por un gesto, el personal te mira sorprendido pensando que eres de otro planeta.

Últimamente se utiliza la palabra "perdón" pero sin el sentido originario de fórmula de cortesía para disculparse. Pedir perdón ante un error o falta cometida ¿Perdón? ¡Que se joda…! Aunque en la actualidad se pide perdón casi antes de realizar una acción que pueda molestar a los demás, con lo que deduzco que dicho vocablo ha quedado, amén de prostituido, algo obsoleto. Vamos, vacío de contenido.

Hoy "perdón" es usado como una muletilla sin más trasfondo. Y cuando alguien te suelta un sonoro “¿peeeerdooooonaaa?” cargado de reticencia, te está soplando un sonoro: "¿tú qué dices, mostrenco?".

Los italianos son muy entendidos en el uso grosero de la palabra “scusi” (disculpas), que la emplean con frecuencia empujándote cuando quieren pasar en el autobús o en una aglomeración. Dicha palabra podríamos traducirla por "perdón", "disculpa", "excúsame", que si la acompañamos de un "¿me dejas pasar, por favor?", quedaría fabuloso.

Existía un cartel que decía “antes de entrar, deje salir” ¿Por qué? Yo entro cuando quiero y que se paren los demás. Aquel gesto de elegancia que suponía el abrir la puerta para que alguien entrara se ha perdido. ¿Somos conscientes de que habitualmente al entrar en un lugar solemos “darle con las puertas en las narices” al que nos sigue? Mala norma de educación…

Curiosidad referida a dicho acto de educación. Solo en el ascensor entraba el varón antes que las mujeres por si pudiera haber algún peligro que no lo sufrieran ellas. Esta norma es atípica y, desde luego, curiosa. Amén de desconocida, está obsoleta. Galantería.

¿Qué decir de aquello de pedir las cosas por favor? Que suena a chorrada pasada de moda. Saludar siempre al cruzarnos con alguien, máxime si es conocido, es un bonito gesto aunque dicho “alien” no nos responda. Hay que pensar que saludo por educación y será el otro quien quede mal. Respetar y disculparse son estupendos ejemplos de buena educación que el otro agradecerá con amable sonrisa (al menos, debería).

Creo que hay tres cuestiones que malamente conseguiremos recuperar. Los papeles son para tirarlos dentro de la papelera, pero parece que alguien nos ha dicho que la papelera está para tirarlos alrededor de la misma –como canasta de baloncesto–; la basura va dentro de los contenedores y no en el bordillo de la acera. El vidrio tiene su sitio para depositarlo. Parece que estrellarlo en el suelo da más gusto. ¡Qué bonito queda tu pueblo limpio! Un pueblo limpio dice mucho a favor de sus vecinos.

¿Ceder el asiento en el bus, en el metro? ¿Por qué tengo que hacerlo si yo también he pagado billete? Desde luego las personas con dificultad que no suban al bus o que se den más prisa en hacerlo. ¡Iluso! Pero si ni tan siquiera se respeta la cola para entrar. "Se siente", supongo que pensarán los rápidos acaparadores de asientos.

“Las normas de comportamiento público son importantes para convivir en sociedad”. Una colectividad sin normas es un caos y, a la larga, se entorpece la movilidad de todos. La ausencia de reglas da lugar a ciudadanos déspotas que no toleran poder hacer lo que les plazca en cualquier momento.

Por tanto, dicha ausencia genera intolerancia contra una parte y frustración para quien cree que puede hacer siempre lo que le venga en gana. La falta de normas erosiona la propia autoestima al enfrentarse el sujeto con otros de su misma calaña.

PEPE CANTILLO


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