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4 de febrero de 2017

  • 4.2.17
Ahora que despunta la primavera y está llegando a su fin mi año de niñera en París, he encontrado en un bolsillo algo que escribí un domingo de invierno. "Me gusta el frío, salir a la calle, bufanda, guantes, gorro y jazz. Caminar sintiendo el aire que me despierta. Que me saca de mi ensimismamiento, que me empuja a caminar.



Las hojas muertas crujen mientras yo me siento viva. La ciudad es azul y mi sangre roja corre tratando de calentar todo mi cuerpo. Es el escenario perfecto para cualquier color: la calma tonal reinante hace vibrar hasta mi plumífero negro.

Busco en mi móvil alguna voz que me acompañe en este paseo matutino. ¿A quién quiero llevar a los campos Elíseos este domingo de febrero? Mi dedo índice hace pasar las canciones y mi mente lo para justo en Miss Sarajevo. Pero no la de abono y Pavarotti. Hoy solo quiero jazz. Pasear por este cuadro de Monet brumoso, desconectada, oyendo solo la voz de George Michael en su Songs from the last century.

Esta canción siempre me invita a disfrutar y a vivir. Siempre han contado que es la historia de una chica muy joven llena de sueños y que tras alcanzar uno de ellos, ser miss, una bomba le sesgó la vida. Aunque parece ser que es leyenda urbana, lo que sí fue verdad fue la guerra cruel de Bosnia en la que murió mucha gente. Todo puede cambiar de repente...

¿Cuánto tiempo me queda aquí? ¿De cuántos paseos dispongo? Dentro de poco cumplo 30 años, pero eso es solo un dato. La edad solo aumenta las probabilidades, pero la muerte es una realidad cotidiana. Pensar en ella me ayuda a relativizar, a ver el conjunto. Los dramas de hoy no son nada si pienso que mañana es mi último día. Y puede serlo.

La vida es una trama llena de giros, de cambios, de sorpresas, de penas y de risas, pero solo uno lleva al desenlace. Hace dos semanas, una señora española de 80 años me contó en el metro –esa costumbre tan andaluza de hablar en los transportes públicos con cualquiera– su gran historia de amor: estuvo más de 50 años con su marido. "¡Qué suerte!", pensé.

Hace dos días me la volví a encontrar. Iba con su hijo de 40 años, deficiente intelectual. "¡Qué mala suerte!", pensé. Todo forma parte de la misma historia. Mala suerte o buena suerte... ¿Quién sabe?.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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