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17 de octubre de 2016

  • 17.10.16
A los norteamericanos les está costando trabajo parar al impresentable Donald Trump, ese energúmeno que aspira a ser el próximo presidente de la nación más poderosa de la Tierra sin siquiera saber dónde está Uganda en el mapa y sirviéndose de simples nociones de vestuario, como él mismo califica sus opiniones, no sólo sobre el papel de la mujer y la igualdad en derechos que les reconoce una sociedad moderna, sino en casi todo, salvo en eludir y trampear impuestos.



Dice mucho del candidato republicano que ni los líderes del partido al que representa quieren que gane estas elecciones, aunque no sepan ni puedan, por ser demasiado tarde, cómo impedirlo y apartarlo de la contienda electoral. La única virtud que lo encubra es ser multimillonario, por lo que no le faltan fondos para financiar su campaña y rodearse de asesores que dulcifiquen, en lo posible, su repulsiva imagen racista, misógina y palurda, tanto en política como en civismo y educación.

Les está costando, como digo, evitarse el bochorno de un presidente de semejante catadura porque son ellos mismos, los propios norteamericanos, los que favorecen su avance gracias al apoyo que consigue en la América profunda, cateta, ingenua e intolerante que vota a cualquiera que prometa sacarla de la depresión social en la que se haya inmersa a causa de las dificultades económicas, la desubicación de empresas y la carencia de expectativas con las que poder esquivar los cambios económicos y sociales que se han producido, no sólo en Estados Unidos, sino también en la mayoría de países del mundo por obra y gracia de esa globalización que el propio mercado americano ha promovido.

La culpa de los males y dificultades que padecen los rancios conservadores norteamericanos la achacan a las importaciones comerciales, los inmigrantes que les arrebatan puestos de trabajo, la excesiva tolerancia racial y cultural, al “establishment” político que se muestra ciego con sus problemas y, en definitiva, a todo cuanto sea diferente de sus costumbres y tradiciones y socave los privilegios, en prebendas o dólares, con que eran tratados.

A esos electores blancos y ultraconservadores, Donald Trump les parece un ser providencial que está decidido a cerrar las fronteras con muros por defenderlos; va a expulsar a todos los inmigrantes, ilegales o no, que les quitan el trabajo y causan desórdenes; va a cambiar el comercio mundial para que sólo USA pueda producir, fabricar y vender sus productos en el mundo sin que nadie les haga competencia.

Trump va a acabar con el terrorismo a base de bombas y cañones en la mejor tradición del far west; va a meter a Hillary Clinton en la cárcel por usar un correo electrónico particular y no oficial; va a reimplantar la segregación racial para que América sea de los americanos… blancos y protestantes, naturalmente.

Además, va impedir el acceso al país de toda persona musulmán, latina o cualquier otra condición, confundiendo religión con etnia, inmigrante con delincuente, musulmán con terrorista... sin que nadie le corrija ni le afee el simplismo. Y, en definitiva, va a fortalecer los Estados Unidos de América como nunca antes en la historia, impidiendo gobiernos débiles, como el de Obama ahora o el de Clinton mañana, que no defiendan como es debido la primacía imperial yanqui en el mundo.

Este es el eficaz caramelito con el que el candidato Trump atrae a los descontentos y frustrados con el viejo sueño americano, convertido ahora en pesadilla según él, y que se han visto marginados por la dinámica de los nuevos tiempos.

El ínclito Trump se ha permitido hasta ahora la desfachatez de soltar las más ofensivas ordinarieces sin que por ello sea castigado por sus simpatizantes. Ha podido mofarse de los veteranos de guerra; ha arremetido contra los correligionarios de su propio partido que le han retirado su apoyo; ha insultado a periodistas y medios de comunicación por no plegarse a sus deseos.

El candidato republicano ha ofendido a naciones vecinas con calificaciones injuriosas; ha podido mostrarse como el más repulsivo machista al alardear de agredir a mujeres sin que ellas pudieran evitarlo; ha bordeado incluso la pedofilia al fijarse en una niña para asegurar que dentro de unos años la conquistaría.

Trump se ha permitido expresar su simpatía por Putin, sin que le importara fuera sospechoso de interferir en la campaña electoral norteamericana mediante espionaje electrónico, y, en suma, se ha permitido poner en duda gratuitamente la nacionalidad del actual inquilino de la Casa Blanca, simplemente por ser negro. E, incluso, poniendo el parche antes de que salga el grano, hasta ha mostrado su desconfianza por la limpieza electoral si no resulta elegido.

A menos de un mes para que los norteamericanos acudan a las urnas, Trump se revuelve contra los que recelan de él y descubren su nada modélica conducta, pasada y presente, tan plagada de irregularidades, mediocridad y chabacanería, que lo hacen indigno para representar y dirigir no sólo la única potencia mundial con influencia global, sino cualquier país medianamente desarrollado, moderno y democrático.

Resulta inconcebible, a estas alturas, que se dirima la presidencia de EE.UU. entre él e Hillary Clinton cuando lo que les diferencia es abismal en cuanto a preparación, experiencia, ética, cualidades personales, programas electorales y modelos de sociedad que ambos representan.

Hay que parar a Trump por decencia política, seguridad mundial y ética individual del pueblo norteamericano llamado el próximo noviembre a elegirlo o rechazarlo, y por la tranquilidad de las poblaciones de las demás naciones que se ven afectadas por lo que sucede en Estados Unidos y por las normas y valores que de allí se irradian al resto del mundo.

Hay que pararlo porque, aunque la democracia no garantiza el gobierno de los mejores, debemos impedir a toda costa que posibilite el gobierno de los peores y más chabacanos representantes de la ciudadanía. ¡Paradlo, por favor, antes de que nos arrepintamos!

DANIEL GUERRERO


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