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17 de septiembre de 2016

  • 17.9.16
El dolor por la pérdida me sobrepasa. Necesitaría una pastilla más potente que la que tomo para dormir. Y esta vez Eros no ha aparecido. He leído mucho sobre Eros y Tánatos, la vida y la muerte; el amor o el placer. Y la oscuridad. La anterior muerte que tuve que enfrentar fue la de mi adorada abuela, pero en aquella ocasión el universo se apiadó de mí y me mandó un potente narcótico en forma de italiano.



Tánatos me había tenido recluida en una habitación de hospital día tras día viendo cómo la llamita de la –para mí– mujer más luminosa del mundo se apagaba. Olor a limpieza extrema, luces de fluorescentes, enfermeras metiendo tubos por sus diferentes orificios, médicos buscando respuestas y su cuerpo cada vez más débil.

Cada minuto que pasé junto a su cama representé el papel de chica fuerte que ella se merecía. Sonrisas en la cara y, dentro, un corazón estrujado que no quería ni imaginarse seguir latiendo sin su calor, sin su fuerza interior. En aquel momento yo no pensaba, yo no podía sentir, no podía dejarme caer, ni una lágrima enjuagó mis secos ojos. Todo era sequedad y metal. Yo era una autómata que tenía una misión: no dejar traslucir ningún miedo y hacer feliz a mi abuelita.

Su situación se fue agravando, las máquinas y los tubos la maltrataban constantemente y llegó un momento que ya no le pedía al vacío que me la dejara más tiempo. Empecé a solicitar a los hados, a la diosa madre, a la energía cósmica que dejara de sufrir y que se la llevara a descansar a esas praderas de las que habla la Biblia.

Llegó la llamada del hospital, llegó la hora de la despedida, llegó la visión de la momia en que se había convertido esa cara que siempre me sonreía. Se tomaron las decisiones, el papeleo, el entierro y la vuelta a la rutina olvidada y seguí viviendo en modo automático. No sentía, no pensaba, estaba atrapada en mi papel de luchadora con una armadura que se había convertido en mi yo físico.

Y entonces apareció él. Un paseo, un poema de Baudelaire, su mano tirando de mí y me dejé caer. Lo seguí, la noche calurosa nos empujó a la pasión, a la que debería haber seguido el sueño. Yo no podía dormir, el frío de la muerte me lo impedía. Mi inquietud lo sacó de ese primer paso hacia el descanso y me miró. Vio en mis ojos mi soledad y me abrazó. Ese calor humano, esos brazos masculinos diciéndome que hoy podía sentirme protegida me hicieron tener contacto de nuevo con mi cuerpo, con mis sentimientos. Por fin pude llorar.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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