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13 de septiembre de 2016

  • 13.9.16
¿Cuántos de nosotros tenemos algún abuelo en casa? ¿Lo queremos de verdad? ¿Le damos todo el cariño que merece? ¿Nos acordamos de que cuando éramos niños, ellos velaban constantemente por nuestra seguridad, por nuestro bienestar y felicidad? ¿Que se desvivían cuando pasábamos alguna enfermedad y no se movían de nuestra vera? ¿Que una vez, ya de adultos, nuestros problemas eran también los suyos? ¿Que se preocupaban en buscar soluciones para ayudarnos de alguna manera y así poder salir del trance? Todo esto no lo debemos olvidar nunca.



Debemos entender que conforme pasan los años sus reflejos se irán perdiendo y se volverán un poco más torpes. Pero mientras ellos vivan, debemos ser su apoyo constante, colmarlos de atenciones, escuchar sus consejos siempre sabios y con mucha experiencia, como así ellos hicieron por nosotros en su día. A veces, por el descuido o la monotonía del día a día, nos olvidamos del cariño y del respeto que les debemos.

Sé un cuento sobre una familia bien acomodada que nos puede hacer meditar. El padre, con un buen empleo bien remunerado, pasaba la mitad del día fuera de casa; la madre, mujer de fuerte carácter, cuidaba del hijo, de ocho años. Un buen día, el niño llegó a casa tras el colegio. Le dio un beso a su madre y se dirigió al comedor para dar otro beso a su abuelo, al cual encontró llorando y muy triste.

—¿Qué te pasa abuelito?

El abuelo seguía llorando amargamente y no hacía caso a su nieto. Éste volvió a insistirle.

—¿Qué te pasa abuelito? ¿Por qué lloras?

—Pedrito, tu madre me ha regañado y me ha gritado. Ya no me quiere en esta casa.

—¿Y por qué ha sido?

—He roto el plato de la sopa –contestó el abuelo muy triste.

—Bueno, ¿y qué? ¿Te has hecho daño, abuelito?

—No, pero ya he tenido bastante con la bronca que me ha echado tu madre.

—Ya ha pasado todo, abuelito. No llores más. Ahora yo estoy contigo y nadie te va a reñir, ya lo verás –le dijo con cariño el niño mientras le abrazaba.

Al cabo del rato entró el padre en casa y fue a la cocina para saludar a su esposa.

—Buenas noches, Mercedes. ¡Qué semblante más malo tienes!

—¿Cómo quieres que lo tenga si tu padre ha vuelto a romper otro plato y, a este paso, ya me puedes comprar otra vajilla? Hoy, al mediodía, ha sido de loza de la buena. Cuando come sopa, al terminar, levanta el plato y no sé cómo se las arregla que, con el temblor de manos que tiene, lo levanta y plato roto. Esto a mí esto me tiene de los nervios.

—Tu llámale la atención o dile algo, mujer. No creo que sea para tanto. Esto es la edad y es lo que hay.

—Haz lo que te parezca pero, a la larga, vajilla nueva.

—Vamos, mujer. Sé compresiva que algún día también nosotros seremos mayores y nos volveremos torpes como él. Me voy a cambiar y cenamos. Pedrito, ¿vamos a cenar?

—Vamos abuelito, que te acompaño –contestó el niño.

El abuelo se apoyó en su bastón y acompañó a su nieto.

—¡Hola padre! ¿Cómo se encuentra?

—Bien hijo, bien.

Mientras, Mercedes se dispuso a servir la cena y, dirigiéndose a su suegro, le dijo:

—Abuelo, ¡no me vuelva a romper otro plato!

—Iré con cuidado –contestó el abuelo, con voz muy triste.

—Eso me contesta siempre y, al final, lo acaba rompiendo todo.

—¡Déjale en paz mujer! No le pongas nervioso –intervino el marido.

Terminaron de cenar y cuando el abuelo fue a darle su plato a Mercedes, se le cayó al suelo y se le rompió.

—¡Te lo dije José, te lo dije! Hoy ya vamos por el segundo. ¡Esto se tiene que terminar¡ ¡Hay que darle una solución de inmediato!

—Mamá, no le grites al abuelito, ¿no ves que el pobre es muy mayor?

—¡Tu cállate, mocoso, que sólo haces enredar! Y tú, José, ¿no le piensas decir nada?

—Mercedes, creo que no hay para tanto. Tenemos que tener paciencia con él.

—¿Paciencia dices? ¡Vamos hombre, vamos! Si seguimos así yo acabaré de los nervios.

Pedrito ayudó a su abuelo a levantarse y se lo llevó lejos de la bronca de sus padres, pero cuando marchaba escuchó cómo su padre le comentaba a su madre:

—Creo que tengo la solución al problema de los platos.

—¡Menos mal que el señor se da cuenta de la situación!

—Creo, Mercedes, que si le pones de comer en un plato de madera, ya no pasará más. Mañana me iré a un carpintero para que le haga uno y asunto zanjado.

Pedrito quedó estupefacto al oír aquello por la boca de su padre. Al día siguiente, ni en la comida ni en la cena el abuelo rompió plato alguno. Pero aquella noche, cuando Mercedes desenvolvió el paquete con el plato de madera que traía José y lo colocó en la mesa para cenar, el abuelo lloró todo el rato. Pedrito lo observaba, pero no hizo comentario alguno hasta que llevó al abuelo a su habitación.

—¿Qué te pasa, abuelito? ¿Por qué lloras?

—Pedrito, me tratan como al gato, con un plato de madera para comer.

El niño se abrazó a su abuelo, le consoló y no hizo ningún comentario. Al día siguiente, a la hora de cenar, cuando todos ya estaban sentados alrededor de la mesa, Pedrito sacó dos trozos de madera y con el cuchillo comenzó a cortar trozos, intentando hacer un plato.

—Pero ¿qué haces con esas maderas encima de la mesa? –le preguntó su madre.

—Estoy intentando hacer dos platos de madera para que cuando seáis mayores no me rompáis los que yo tenga en mi casa.

José se ruborizo y Mercedes no supo qué contestar. José se levantó de la mesa, se dirigió a su padre y, abrazado a él, le pidió perdón por la actitud que habían tenido, prometiéndole que destruiría el plato de madera.

No creo que ninguno de nosotros lleguemos con nuestros padres al extremo lastimoso de este cuento y sepamos sacar una buena conclusión: demos todo el cariño y más a nuestros mayores que, por mucho, nunca será suficiente. Ellos lo dieron todo por nosotros: ama más quien más da y has de estar presto a dar tu vida entera si fuese necesario por los que, en su día, lo dieron todo por ti.

JUAN NAVARRO COMINO


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