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12 de agosto de 2016

  • 12.8.16
Este artículo viene marcado por dos circunstancias complementarias. Basándome en el libro Qué hay que enseñar a los hijos preparé una intervención con padres en la que hacía un rápido bosquejo por las líneas maestras que nos ofrece. La aparición en prensa de un breve artículo sobre el mismo me dio excusa para brindarlo a todos vosotros.



Previamente ofrezco una reseña biográfica que considero de justicia. En España hay buena tradición de filósofos hombres –no podía ser de otra manera, si aceptamos sin reticencias que hasta hace muy poco hemos vivido en un escenario cultural acaparado por el varón-. En estos momentos existen en el panorama intelectual, afortunadamente, más mujeres, aunque aún son pocas. Sin demérito para otras féminas y barriendo para casa, resalto la presencia de tres grandes maestras en el terreno de la Ética.

Victoria Camps, Adela Cortina y Amelia Valcarcel trabajan en la amplia parcela de la Filosofía Moral con destacado currículum docente y de publicaciones y un merecido reconocimiento en círculos académicos. Quien quiera adentrarse en este campo le recomiendo la lectura de algunas de sus obras. Circunstancias profesionales y a la par geográficas me han permitido relacionarme con Adela Cortina, que incluso prologó en su momento nuestro libro de Dilemas morales.

Hechas las presentaciones justificativas de estas líneas, paso al tema que me interesa exponer: los valores morales y su inmersión en ellos desde el ámbito de la familia. Lamentablemente no podré extenderme mucho, ni ofrecer pautas concretas.

Vivimos en una coyuntura sumamente difícil: política, social, religiosa, de ideas, de valores, de un modus vivendi que se resquebraja día a día. En estos momentos de circunstancias difíciles y “encabronadas” que estamos viviendo se habla, cómo no y mucho, de valores, de crisis convulsiva de los mismos.

No es un secreto, a estas alturas decir que estamos “desmoralizados”. Las circunstancias sociopolíticas nos han ido sumergiendo en una estado de abatimiento; pero no calentaré la cabeza con una amplia letanía de despropósitos al respecto –la mierda (perdón por la expresión) mientras más se menea, más huele-.

Preocupa la desmoralización ética en la que estamos sumidos, que la considero grave, dado que en ello nos va nuestra propia integridad moral y la de los que vienen detrás de nosotros. Un pueblo sin valores está abocado a ser un colectivo en vías de extinción.

El citado libro habla de unos valores que considera imprescindibles para poder llegar a ser unas “buenas personas”, máxime cuando se están desdibujando los posibles modelos a imitar. Valores que hay que transmitir desde la familia. Hago una reseña de ellos y una breve explicación por mi parte.

Felicidad. No existe nadie en este mundo que no quiera ser feliz. Alcanzar la felicidad requiere esfuerzo, compromiso. La felicidad se consigue en compañía. Nos movemos en un “toma y daca” del que nos beneficiamos mutuamente. El consumo sin límites, que tan ladinamente nos vende la publicidad, dice que teniendo y comprando cosas se puede ser feliz, no deja de ser un sofisma burdo. Comprarlos es fácil –regalos e hijos-. A partir de ahí es fácil confundir la felicidad con la satisfacción inmediata y pensar que pueden tener todo lo que quieran. Recordemos que el “no” también educa.

Buen humor. Cultivar el optimismo, aun siendo pesimistas, sería una meta que debemos conseguir. Es un recurso para aceptarse a sí mismo y para remontar las adversidades que nunca faltan. Hay incluso que enseñarles a que aprendan a reírse de sí mismos.

Carácter. ¿Cómo se forma el carácter? Inculcando hábitos, con la repetición de actos, acostumbrando al niño a que le guste y le atraiga no lo primero que le venga en gana, sino lo que le debe gustar. Haciendo que se adapte a las costumbres que creemos que son buenas. Dicen que “de padres inseguros se crean niños inseguros”. No hay que olvidar que los hijos son un reflejo de lo que hacen y dicen sus padres.

Responsabilidad. Hablar de responsabilidad es hacerlo de normas que hay que cumplir para convivir. Si cada vez hay menos normas, más flexibilidad, somos más permisivos, más tolerantes, estamos haciéndoles un flaco favor. Hay que establecer límites y normas según la edad para orientar el adecuado comportamiento de los hijos.

Dolor. Vivir la vida no es un camino de rosas. La máxima “al mal tiempo, buena cara”, se aprende desde pequeños. Engañarlos con un espejismo de mundo feliz sería un grave error. En otras palabras deben estar preparados para posibles adversidades. Aceptar el dolor inevitable es una primera lección, dura pero necesaria.

Autoestima. Es importante que se acepten a sí mismos y que se sientan aceptados. Idealizarlos o proyectar en ellos lo que hubiéramos querido ser nosotros no les favorece. Una actitud amable, cariñosa, a la vez que firme y consciente, sustenta una relación de confianza, proporciona autoestima, ayuda a tolerar mejor las frustraciones. Cierta dosis de frustración no viene mal.

Buenos sentimientos. Nuestros hijos quieren abrazos, caricias, porque eso les da cierta seguridad. Los sentimientos también se educan. No les envolvamos con pensamientos de odio o resentimiento. Proporcionando afecto y apoyo mamarán buenos sentimientos.

Buen gusto. El gusto se educa y es fruto de un aprendizaje. Enseñarles a dar las gracias amablemente por un favor recibido es básico para que aprendan a “saber estar”. Con el ejemplo ayudamos a nuestros hijos a descubrir los valores del agradecimiento, de la serenidad y del perdón, mucho más que con discursos sabiamente elaborados.

Generosidad. Vivimos en una sociedad poco solidaria en las distancias cortas, no así en las largas. Enseñarles a dar, a compartir con los próximos y no sólo a recibir es básico para su personalidad. La generosidad es un antídoto contra el egoísmo y permite convivir con los iguales.

Amabilidad. Es aconsejable que se valore al máximo la forma de relacionarse con los demás, de manera que se potencie su capacidad para escuchar, compartir y generar sentimientos de amistad y afecto. La amabilidad es una exigencia social mientras que educar en el resentimiento, en la intolerancia, en la falta de generosidad los desequilibra.

Me atrevería a añadir dos valores más, no por corregir a una filósofa de la talla de Victoria Camps, sino por estimar que son complementarios e importantes.

Honradez. La persona íntegra vive lo que predica y habla lo que piensa. Quien miente se hace daño a sí mismo porque la mentira es destructora y siempre se paga. La persona honesta busca lo correcto, lo justo y no pretende jamás aprovecharse de la confianza, la inocencia o ingenuidad de otras personas. La honestidad nace y se hace en la familia.

Compromiso con la palabra dada. Un apretón de manos cerraba un trato entre personas sin necesidad de papeles. Se decía “mi palabra va a misa”. Hoy se incumplen normas, promesas y acuerdos sin ningún recato. Mentir es muy fácil y el niño pronto aprende a hacerlo, conducta que se hace necesario corregir por higiene mental del propio niño. Por nuestra parte debemos cumplir lo que razonablemente prometemos.

Con Victoria Camps remarco el destierro que hemos hecho en educación de la obediencia y la disciplina. No estoy abogando por arbitrariedad, tiranía o sumisión. El “coleguismo”, tanto de padres como de profesores, está dejando seria huella. Insisto en que el ejemplo es el mejor medio para enseñar, tanto en positivo como en negativo.

PEPE CANTILLO


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