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22 de agosto de 2016

  • 22.8.16
La guerra es la política ejercida con violencia y sin consideración hacia las víctimas, sobre las que descarga su letal fuerza bruta con la que busca aniquilar al enemigo contra el que combate y atemorizar a los ciudadanos civiles, cuyo sufrimiento y bajas favorecen la rendición.



Todas las guerras son crueles y dejan un reguero de sangre inocente que los vencedores ignoran y los vencidos denuncian y lloran. Ninguna bomba es tan precisa como para evitar impactar en colegios, hospitales o refugios en los la población se protege de metrallas y balas e intenta escapar de la muerte.

El conflicto bélico siempre produce víctimas inocentes que los partes de guerra etiquetan con el eufemismo de “daños colaterales”, aun a sabiendas de que son consecuencias inexorables de la propia lógica del enfrentamiento violento. Hombres, mujeres y niños se hallan entre las víctimas de cualquier guerra que abierta o solapadamente se libran hoy día en el mundo por cualquier motivo.

Pero son los niños los que ponen nuestros valores y nuestra moral de papel de fumar en un aprieto cuando su imagen emerge entre las noticias que nos informan de las guerras mediáticas. Entonces, por unos segundos, nos interrogan si la causa de la guerra puede exigir la vida de un ser inocente cuya infancia ha sido arrebatada como la que muestra esa imagen de un niño rescatado milagrosamente bajo los escombros de su casa bombardeada en Siria.

Niños que pagan con su inocencia o sus vidas las disputas violentas que sus mayores libran por una idea, un puñado de tierra o unas creencias religiosas. Si esos ojos infantiles, desorientados bajo el polvo que cubre todo su cuerpo, no nos mueven a repudiar las guerras y maldecir su existencia, es que hemos perdido la condición humana que nos distingue de los animales. Hemos renunciado a la humanidad.

DANIEL GUERRERO


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