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25 de junio de 2016

  • 25.6.16
He soñado esta noche con Sebastian. Supongo que mi subconsciente, aprovechando el hecho de estar de nuevo en Francia, ha nadado en mi memoria y ha encontrado un tesoro largamente guardado. Su imagen ha vuelto a mí, viva, en color, y en una especie de live photo, en la que puedes percibir pequeños movimientos de la persona, como su sonrisa, su pelo castaño ondulado y salvaje, su ojos color miel, su cara casi infantil adornada de pequeñas pecas y su forma de mirarme... Aquella mirada que me hacía sentir especial y única, llena de ilusión y de cierta devoción. Él tenía catorce años y yo quince. Un año de diferencia, pero la misma timidez y la misma altura.



Aquel verano fue especial. Pasé julio con una familia francesa en un pueblecito cerca de Angers, los Boisltaut, que se convirtieron en unos padres para mí durante ese mes. Me preparaban bocadillos de rillete de cerdo que me encantaban y llenaban mi mochila de dulces y caramelos para las excursiones que el colegio organizaba por los castillos del Loira.

La vida es así, inesperada. Mi padre no encontró plaza como interna y tuvo que aceptar el alojamiento con una familia. Fue un regalo del universo. Todos los días fueron mágicos, desde mi llegada con el baño de espuma esperándome, hasta mi cama de madera antigua con una ventana que daba a un huerto repleto de fresas y frambuesas. Es la única vez en mi vida que he vivido dentro de un cuento de hadas.

Mi momento favorito del día era cuando mi madre adoptiva nos llevaba a su hija Anne y a mí al lago Maine a nadar por la tarde. Nos dejaba en aquella playa artificial rodeadas de adolescentes como nosotras, en la que las risas, la despreocupación y la ilusión eterna estaban presentes e inundaban nuestro ánimo. Hasta las ocho, hora en la que venía a recogernos, éramos libres.

Recuerdo sentir una mirada, volver la cabeza y ver a Sebastian observándome. La profundidad de su mirada me hipnotizó y me despojó de mi timidez, hasta tal punto que mis ojos decidieron enfrentarla y mantener un diálogo sin palabras.

Alguien nos presentó, algún amigo de Anne, y como ocurre cuando te enamoras sin prejuicios, todo fue fácil. Hablábamos de cosas que nos parecían transcendentes, nos zambullíamos en el agua esperando encontrar la sonrisa del otro cada vez más cerca y vivíamos plenamente cada segundo. Pero el beso no llegaba. Los dos éramos noveles en esto del amor.

Los días pasaban y mi partida a Inglaterra estaba más cerca. Yo no quería irme, ni quería renunciar a aquellos escalofríos que me producía cuando su mano cogía la mía, ni a mis suspiros, ni a mi nerviosismo por que pasara el día y llegara la hora del lago.

Como en una ópera el momento cumbre llegó el último día. Mi madre sabía de mi enamoramiento y me llevó al pueblo de él para despedirme. Recorrimos mil veces las calles vacías, buscamos rincones para observarnos despacio, dejamos de hablar, para sentir nuestra cercanía solo a través del tacto de nuestras manos. El tiempo corrió y corrió desafiando a nuestra timidez y fue la hora del adiós la que obligó a que nos mirásemos de cerca y nuestros labios inexpertos se encontraran haciendo que ya nada existiera.

La última foto de mi memoria es la de un chico de catorce años con lágrimas resbalando por sus pecas mientras su madre trataba de consolarlo. Yo me fui sin consuelo. ¿Qué no daría yo, como diría Rocío Jurado, por volver a sentir esa inocencia y volver a amar, como dice El Último de la fila, como se ama por primera vez cuando aún no hay costumbres?

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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