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21 de junio de 2016

  • 21.6.16
“La patria es el último refugio de los canallas”. Con estas palabras, el coronel Dax, interpretado por Kirk Douglas, plantaba cara ante un general corrupto y corruptor en la memorable Senderos de Gloria, que dirigió Stanley Kubrick allá por 1957 y que el régimen franquista, plagado de patriotas, temió y, por ello, censuró en España por contener frases como la mencionada. Aunque te pueda parecer una barbaridad, lector mío, hasta 1986 no llegó a proyectarse esta película en los cines de nuestro país.



La palabra "patria", en boca de un gobernante, es muy socorrida para justificar cualquier cosa que, racionalmente, pueda carecer de la más mínima justificación. Sorprendentemente, un político patriota, actuando por patriotismo, adquiere esa patente de corso por la que se siente legitimado, por ejemplo, para no cumplir la ley, así como, por ejemplo, para expropiar o incautar bienes o, incluso, detener, encarcelar o, si fuese necesario, “hacer desaparecer” a cualquiera. Esto explica por qué los dictadores suelen refugiarse tanto en la patria y, más aún, a medida que su vocación sanguinaria va en aumento.

La verdad, amigo que me estás leyendo, es que no hay argumentos racionales con los que defenderse de un patriota, pues la patria es, en sí, algo irracional, un concepto que apela a los sentimientos, a la visceralidad.

A la patria solo le basta un himno, un par de eslóganes pegadizos, tambores y cornetas, enarbolar una bandera, colocar tras ella a una multitud vociferante y que un caudillo hable en su nombre. Es algo muy sencillo: cuando el patriotismo se impone, solo hay que dejarse llevar por esos sentimientos que buscan su coincidencia con los del líder.

Esto viene a cuento, querido lector, de que, en esta campaña electoral que ya está en sus últimos estertores, uno de los partidos en liza ha desempolvado la palabra "patria" para justificar su petición de voto. No hay mitin de este partido en el que su líder no se proclame "patriota". De hecho, uno de sus candidatos fue general del ejército y se ha especializado en estas últimas semanas en hacer llamamientos patrióticos a la población.

Como la patria, por definición, es única y común a todos, el debate político queda entonces simplificado a algo muy fácil de entender, pues todo se reduce a las típicas dicotomías entre “lo patriótico” y “lo antipatriótico”; “los de arriba” y “los de abajo”; “la gente” y “la élite”; “los buenos” y “los malos”; “los puros” y “los corruptos”; “lo viejo” y “lo nuevo”... En definitiva: el ciudadano se alinea políticamente con los mismos criterios con los que un hincha deportivo se posiciona a la hora de identificarse con su equipo de fútbol. Todo un logro, ¿verdad?

Parece ser que vuelve a haber señores y señoras dirigentes políticos que se han dado cuenta de que lo irracional y lo visceral son convincentes en extremo y pueden mover a las masas a voluntad. ¡La suerte que han tenido estos señores y estas señoras con esto de descubrir que existe la patria! Ya tienen más refugios donde guarecerse.

ANTONIO SALAS TEJADA


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