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26 de febrero de 2012

  • 26.2.12
¿Tiene sentido hablar de valores humanos como la compasión en un mundo cada vez más alejado de una de las virtudes que los clásicos la tomaban como la más importante? ¿No estamos acaso reivindicando una cualidad mas bien “femenina” y algo “blanda”, pero que no sirve para un mundo en el que la fuerza, el coraje y la valentía se pueden considerar como el punto álgido de lo que tendríamos que fomentar? Y, en relación con esto último, ¿se contraponen la fuerza y el coraje a la compasión?

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Desde mi punto de vista, y respondiendo al último interrogante, creo que no son de ningún modo incompatibles esos valores; es más, creo que se pueden fomentar tanto el carácter que da la convicción de unas ideas y luchar por ellas al tiempo que ser una persona compasiva, o, al menos intentar serlo.

Estas reflexiones nacen a partir de la contemplación de la hermosa fotografía de Samuel Aranda que en el artículo anterior apareció en Negro sobre blanco como reconocimiento de World Press Photo.

Y si no supiéramos que el personaje femenino oculto en el niqab que portaba era la madre del sufriente joven que acogía en sus brazos, ya que esta condición lo que refleja es amor maternal, lo primero que pensaríamos al verla sería que se da en ella una mezcla de ternura y compasión.

Pero, antes de penetrar en lo que han expresado algunos autores sobre la compasión, quisiera hacer algunas matizaciones, puesto que utilizamos este término con cierta similitud a "pena", "lástima", "piedad" o "misericordia", cuando en el fondo tienen matices que hacen que estas palabras tengan significados algo distintos.

Para ir aclarando el concepto de "compasión", acudamos a sus antónimos, o palabras con significados opuestos a la que buscamos definir. Sus antónimos bien podrían ser "crueldad", "dureza", "frialdad", "indiferencia", etc. Ello nos lleva a pensar que la persona cuyo carácter tiene algunas de estas características difícilmente puede sentir la compasión.

Por otro lado, si nos atenemos a su origen etimológico, hay que apuntar que esta palabra procede del latín, lengua materna de nuestro castellano. De ese fundamento etimológico, se deduce que compasión quiere decir “padecer con”.

Del griego, otras de las lenguas de las que se ha nutrido nuestro idioma, nace otro término, originalmente con valor similar, pero que con el paso del tiempo ha ido adquiriendo un significado un tanto distinto: me estoy refiriendo a "simpatía", cuyo significado equivale a “sentir con”.

Sobre las similitudes y diferencias de ambos conceptos, el filósofo francés André Comte-Sponville, en su obra Pequeño tratado de las grandes virtudes, nos dice lo siguiente: “Se comprende fácilmente que la compasión es diferente: la compasión es la simpatía en el dolor o en la tristeza, o dicho de otra forma, es la participación en el sufrimiento ajeno”.

Si nos remontamos históricamente, encontramos que la compasión ha sido considerada una virtud necesaria en el cristianismo, religión mayoritaria en Occidente. También en Oriente, es estimada como la mayor virtud de los seres humanos en religiones como el budismo y el jainismo, ya que es lo opuesto al egoísmo y a la crueldad, origen de los males de la humanidad según sus postulados.

A pesar de esta actitud favorable, también ha existido a lo largo del tiempo una postura en su contra: desde los estoicos griegos, pasando clásicos latinos hasta autores más cercanos a nosotros como es Nietzsche. La razón hay que situarla en que consideran que la compasión equivale a piedad o lástima, por lo que no ayuda al afectado a salir de la situación en la que se encuentra, y lo que se hace es añadir más sufrimiento a la tristeza.

De este modo, podemos leer la siguiente sentencia de Marco Tulio Cicerón, en su obra Tusculanas: “Simpaticemos con nuestros amigos no a través de nuestros lloros, sino a través de nuestra solicitud”.

Igualmente, el gran filósofo holandés de origen judío Baruch Spinoza, en su Ética demostrada según el orden geométrico (quizás su obra más conocida), nos indica que “la piedad en un hombre que vive bajo la guía de la razón es en sí misma mala e inútil”. Más adelante, en la misma obra, nos dice que el hombre sabio “se esfuerza, en la medida de lo posible, en que la compasión no le afecte”.

He de aclarar, puesto que puede llevar a confusión, que Spinoza se refiere, según sus propias palabras, “al hombre que vive bajo la guía de la razón”, ya que “en cuanto a aquel a quien ni la razón ni la piedad mueven a socorrer a los otros, se les llama, justamente, inhumano, pues no parece un hombre”.

Para comprender el significado del pensamiento del filósofo holandés, podemos hacernos una pregunta trasladada a la actualidad: “¿Debe un médico, por ejemplo, compadecer, es decir, ponerse en el sufrimiento del paciente, o lo mejor es mantenerse emocionalmente distanciado para intentar curarlo de su enfermedad?”.

Otra similar sería: “¿Conviene que aquellas profesiones que están cercanas al sufrimiento humano lo compartan o no es mejor saber mantener la serenidad y tratar de socorrer y ayudar con la mayor profesionalidad posible?”.

La posición de abierto rechazo a la compasión la encontramos en Friedrich Nietzsche, puesto que la considera propia de hombres débiles. En su obra El Anticristo, podemos leer: “Al cristianismo se le llama la religión de la compasión. La compasión es lo opuesto a las emociones tónicas que elevan la energía del sentimiento vital, por lo que tiene un efecto deprimente”.

Más adelante, el mismo autor continúa: “La compasión preserva lo que está suficientemente maduro para morir, se arma para la defensa de los desheredados y los condenados de la vida, y, por la multitud de fracasados de todo tipo que mantiene vivos, da a la propia vida un aspecto siniestro y equívoco”.

Para aquellos que hayan leído este trabajo de Nietzsche, al igual que en Más allá del bien y del mal o La voluntad de poder, comprenderá que su rechazo a la moral cristiana proviene de su idea de que el amor a la vida debe hacer del hombre un ser que vaya más allá de sí mismo, una especie de superhombre que sepa enfrentarse por sus propios medios a las dificultades que la vida tiene sin acudir a creencias religiosas.

Hay, por otro lado, autores como Castilla del Pino que cuestionan la idea de la compasión ya que la contraponen a la solidaridad, que sí la considera una verdadera virtud humana. Para que comprendamos su postura, destacaría dos de sus aforismos.

El primero: “La compasión no mejora el mundo. La solidaridad, sí”. El segundo es más extenso: “Frente a la compasión, solidaridad. Esta se puede tener con muchos, con todos. La compasión, no. ¿Podemos compadecer a todos los que lo requerirían al igual que aquel a quien compadecemos? Por eso el que compadece a alguien es injusto con aquellos a los que no compadece”.

En esta ocasión discrepo con este autor, por otro lado admirable. A mi modo de entender, la compasión nace de un sentimiento espontáneo de pena o de lástima en el niño, en las edades más tempranas, cuando se ve que otro está sufriendo. A medida que crece, llega a entender que el mero sentimiento no soluciona el dolor del sufriente, de modo que la compasión implica una postura activa en el sentido de ayudar al que padece.

Cierto que la solidaridad es un paso hacia delante, puesto que se asume que no es necesario tener presentes a los que sufren injusticias para estar de su lado. Pero, difícilmente esta cualidad humana, tan necesaria en un mundo globalizado del que nos llegan cotidianamente noticias de grandes injusticias, se puede llegar a afianzar como valor personal si no se parte del sentimiento sincero de compasión hacia los demás.

Es verdad que la solidaridad es la suma de la compasión más la de la justicia. Por eso, quienes no participan de esta virtud humana, aunque su moral les impela a ello por motivos religiosos, han encontrado la coartada de la limosna para tranquilizar sus conciencias. Pero esto último no tiene nada que ver ni con la compasión ni con la solidaridad.

No creo, finalmente, que ningún racista, ningún homófobo, ningún clasista, ningún machista, ningún intolerante, etc., pueda atribuirse la cualidad de ser compasivo, menos aún ser solidario. La solidaridad implica una posición activa de ayuda con un profundo sentimiento de igualdad y justicia que no está al alcance de todos. De todos modos, me imagino que a ellos todo esto les interesa muy poco: sus metas van por otro lado.

AURELIANO SÁINZ


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