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Mostrando entradas con la etiqueta Preguntar para escribir [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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3 de junio de 2019

  • 3.6.19
Autora de varios libros de poesía que publica desde los dieciocho años (Estar enfermo, La tumba del marinero, Los estómagos o El arrecife de las sirenas) y del ensayo sobre la masturbación femenina El dedo, del que Lumen prepara una edición ampliada, El funeral de Lolita es la primera novela de Luna Miguel (Alcalá de Henares, 1999). Además, es editora en PlayGround y columnista en El Cultural de El Mundo. Desde este año es editora invitada de Caballo de Troya, junto a Antonio J. Rodríguez.



—'El funeral de Lolita' es tu tan esperada novela. En ella cuestionas la interpretación que se ha hecho del personaje.

—Sí. Creo que era necesario cuestionar las interpretaciones que, desde la moda, el cine, incluso desde todas las artes, se han hecho del mito, porque también había que plantearse qué peso tiene ese mito en las mujeres jóvenes del mundo.

—Dices que a Lolita nunca la ha censurado ni destrozado el feminismo, sino el conservadurismo y aquellos que no la entienden.

—Nabokov, desde el primer momento, tuvo problemas para publicar la novela y, de hecho, la primera edición es de una editorial de casi contenido erótico en París. Entonces, sería absurdo pensar que son los tiempos de hoy los que censuraron una gran obra como es la suya.

—¿Cómo debemos ver hoy a Lolita?

—Bueno, Lolita, la de Nabokov, creo que hay que leerla con inteligencia y cuestionándose siempre el relato único que es el del narrador, que es el propio pedófilo que narra, que además es un delincuente, que pega a la gente, que roba y que es un maltratador psicológico durante todo el libro. Entonces, hay que leerla dudando de la versión de él.

—“Ser creativa en España es una mierda”. Los críticos pueden que te traten mal, pero el público te trata bien.

(Ríe). Sí. Me refería más con esa frase a la precariedad que a los críticos. Yo, con los críticos, me llevo muy bien también afortunadamente, porque también trabajo como periodista y como crítica. Entonces, me sé algunos trucos. Pero es cierto, y el personaje de la novela además lo es, es una persona precaria. Y esto es algo que para un artista va ligado ahora mismo de la mano. Cómo crear, cómo innovar, cómo investigar, si no tienes nada.

—Te han llamado de todo por lo que piensas y por lo que escribes. ¿Enumera los tres insultos con más enjundia?

(Ríe). Precisamente, me han llamado muchas veces Lolita. Yo creo que, además, con la mala baba de no puede ser una mujer joven con ambiciones y con sueños. Por eso te meten en un arquetipo además sexualizado y terrible. Pero el más divertido es cuando me llaman la Hannah Montana de la literatura. Y ya me gustaría a mí.

—La mujer sigue relegada a la categoría de musa. Pero no lo dirás por ti. Poeta, antóloga, traductora, novelista.

—Otra de las grandes escritoras de la generación de García Márquez, que es Elena Garro, mejicana, cuando se le publicó por primera vez una novela en España suya, decía: Musa de García Márquez, novia de Bioy Casares y mujer de Octavio Paz. Una mujer completa pero, claro, de lo que no se está hablando es de lo que ha hecho, que es escribir una narrativa brutal y ser una de las autoras más grandes de México y de su generación. Lamentablemente, por muchos títulos que tengas en la biografía, hay algo que pesa más todavía, que es la mirada, muchas veces, machista de esta sociedad.

—Publicaste el primer poemario a los 18 años. Te decían entonces que eras “insultantemente joven”. ¿Desde cuándo ser joven es un insulto?

—Eso me preguntaba yo siempre y curiosamente ahora tengo 28, soy madre, tengo canas (ríe) y muchas veces se me sigue tratando como la eterna promesa, como algo que algún día pasará. Lo que yo me pregunto es cuánto tiempo tiene que estar alguien creando para que le tomen en serio, y sobre todo una mujer, para que la tomen en serio.

—Volviendo a tu novela, una mujer de 30 años mantiene una relación con un hombre maduro. Algo bastante habitual.

—Sí, sí. Bueno, la mantiene cuando tiene 15 y luego a los 30 está tonteando con otro. Creo que es normal porque a muchas les atrae el poder o la sensación de alguien supuestamente más inteligente que tú o con más poder, porque te va a llenar el alma de otras cosas que alguien de tu edad no lo haría. Creo que bastante común. Sí.

—Te documentaste con correos de chicas que habían mantenido relaciones con hombres bastante mayores que ellas.

—Recibí historias de muchas mujeres, algo que solo me había pasado una vez que traté temas como por qué no nos suicidamos, o sea, por qué alguien que se va a suicidar decide finalmente no suicidarse. O como cuando traté el tema del aborto espontáneo, de la pérdida gestacional. Creo que son temas que remueven a las personas y que invita a contar su experiencia a las personas porque son temas que se tratan muy pocas veces en los grandes medios y, por fortuna, eso está cambiando ahora. Entonces, me inspiró mucho saber que había mujeres que se iban a sentir identificadas, incluso salvadas un poco por un personaje como Helena.

—Hace dos años Facebook censuró tu cuenta por colgar la portada de tu libro 'El dedo', sobre la masturbación femenina. No logramos arrebatar espacio al puritanismo.

—Hace falta educación y hace falta que la gente pueda acercarse al arte y juzgarlo pero sabiendo que es arte. Pero estamos en un momento en el que quizá porque todo se precipita por las redes sociales o porque cada vez hay menos literatura, menos filosofía y menos arte en las escuelas, tendemos a perder la mirada.

—¿Alguna vez hiciste o soñaste con ser Lolita? Porque el 70 por ciento de tus amigas, según tú, sí lo vivieron.

(Ríe). Me pregunto mucho, a veces, si yo, cuando sea mayor, querré ser hombre y me pregunto qué haré para detener esos impulsos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

27 de mayo de 2019

  • 27.5.19
Laura Restrepo (Bogotá, 1950) publica Los Divinos, una historia que no la dejaba dormir y que le surgía a borbotones de la sangre, pese a que confiesa que ella es lenta para la escritura. La novela es una ficción, aunque parte de un hecho real: el crimen de Rafael Uribe a la niña Yuliana Samboné. Este joven arquitecto –joven, guapo y carismático, según la autora– secuestró a la criatura, la torturó y la asesinó. Ella tenía siete años. El crimen, contra toda sospecha, conmocionó a Colombia, un país que comenzaba a salir de una guerra que arrastraba desde varias décadas atrás.



La escritora colombiana vive la década de los sesenta con una belleza interior que no esconde su capacidad seductora, su belleza de entonces traducida a la madurez con una mirada profunda de mujer hábil y una precisión en las palabras que mide a su antojo. Su sonrisa es discreta, pero plena.

De aquella juventud que no se atreve a desechar del todo, conserva una melancolía sentimental que controla férreamente. Andaba escribiendo otra novela, cuando se le cruzó la historia de Yuliana en el camino. Y ya no podía pensar en otra cosa.

Cuidó el lenguaje palabra por palabra, como a coma. Dejó fuera de la narración su voz de mujer combativa y se entregó sola a contar esta monstruosidad con la voz de un hombre. No investigó. Los hechos se mostraban contumaces. Solo quería escribir desde dentro del corazón del asesino. El narrador es uno de los cinco amigos. No quería tampoco ponerle adjetivos a la historia.

Ha sido maestra. Ha sido política. Pero ante todo es madre. Es novelista. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas y han merecido varias distinciones, como el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, el Prix France Culture o el premio Grinzane Cavour 2006 a la mejor novela extranjera publicada en Italia.

Profesora emérita de la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, ha publicado, entre otros los libros Delirio (2004), Demasiados héroes (2009 y 2015) o Pecado (2016). Ahora que ha encontrado la paz, ha vuelto con la novela que abandonó para escribir Los Divinos.

—'Los Divinos' está basada en un hecho real, en el crimen de Rafael Uribe a la menor Yuliana Samboné. Yuliana fue secuestrada, torturada y asesinada. Tenía siete años. El crimen conmocionó a su país.

Los Divinos es una novela de ficción y, sin embargo, tiene un detonante en la vida real y en el crimen que acabas de mencionar. El crimen en sí y la conmoción que provocó en el país. Hay crímenes contra las mujeres que resultan ser una radiografía profunda de los países en que vivimos, porque esto sucede en Colombia pero yo creo que situaciones similares, no que estén pasando ahora y antes no, pero que ahora están siendo destapadas en distintas partes del mundo.

Como que toda la capa de eufemismos y de falsos pudores que había sobre el feminicidio, y ni qué hablar del infanticidio, que sí que se tapa, empieza a destaparse y ahí empieza a salir el monstruo que hay detrás. Que no solamente los ejecutores del crimen en sí, sino de alguna manera leyes, instituciones, de procedencia patriarcal que respaldan ese estado de cosas. Todo está saliendo a la luz en el mundo, entonces el país entero.

Colombia es un país familiarizado con la criminalidad desgraciadamente por décadas de guerra, y sin embargo este crimen sacó al país a la calle. La primera pregunta que te hacías era por qué este. Claro, es absolutamente atroz. Pero la movilización que generan estos crímenes también aterradores, masacres de 300 personas, no la había producido.

Creo, simplificando, que básicamente tiene que ver con dos cosas. La primera, la víctima o la víctima absoluta. Imposible una víctima más indefensa y más inofensiva que esta pequeñita de siete años, paupérrima, de un barrio de invasión de familia indígena, desplazados por la violencia. No podían encontrar una víctima a la que fuera más difícil adjudicarle todo aquel tipo de raciocinio, de argumentos mediante el cual la culpabilidad recae sobre la víctima. No podían decir que usara la ropa no sé cómo, ni que estaba borracha. Ahí no cabía. Era la víctima absoluta.

Y por otro lado, el victimario era el culpable absoluto, porque la gente más o menos cataloga las bandas, los guerrilleros, los narcos, los malos, de quienes se sabe que cometen atrocidades y que andan armados. Este era un muchacho que tenía el mundo en la mano. Arquitecto, joven, guapo, carismático. De quien nunca se hubiera esperado que hiciese una cosa así. No porque no las hagan. Lo que se ha visto precisamente es que sí que las hacen. Sino porque son ciudadanos al margen de toda sospecha y que de alguna manera se mantienen por distintos mecanismos fuera del brazo de la ley.

—El arquitecto Rafael Uribe cumple una condena de 58 años en la cárcel. Dices de él y de sus amigos que se les educa como si fueran “amos del universo”, hijos de madre poderosa que, cuando tienen un hijo débil, se dedican a taparle sus debilidades y acaban convirtiéndolo en un monstruo.

—Claro que eso se refiere al Muñeco, que es el asesino en la ficción. Porque yo, sobre el asesino en la vida real, no investigué nada. Yo empecé haciendo la novela y el primer intento de meterme en los zapatos de los muchachos de cierta clase social. De una edad que no es la mía, yo empecé con la hipótesis de que eran hijos de papá, que heredan todo su poder, su carisma, el espacio de influencia que mueven lo heredan de un padre rico que, de alguna manera, les entrega todo el paquete. Y, sin embargo, muy pronto pensé no, estos ya no son hijos de papi.

Yo no sé si aquí el término está tan acuñado, pero en Colombia tú dices "un hijo de papi" y está muy claro a qué te refieres. Pensé no son hijos de papi, son hijos de mami. La poderosa es la madre, que gerenta o es dueña del negocio. O sea, económicamente, la madre que ya cumple un papel decisivo y que utiliza la fuerza que ha ganado para encubrir las debilidades del hijo para suplir los vacíos del hijo, para disfrazar la inercia y la incapacidad del hijo con falsos cuentos hasta que va creando un monstruo que le salta a la yugular.

—Como dice, la novela es ficción. El único elemento verídico es el crimen de la niña. Pero nunca pensó en hacer una reconstrucción periodística de los hechos, acercarse a un reportaje neutral, como 'A sangre fría'.

—Lo descarté desde un principio, Antonio. Primero, porque la prensa había hecho un cubrimiento muy excepcional, exhaustivo. Digamos que el público lector colombiano que iba a ser los primeros receptivos de la novela sabían perfectamente lo que ha pasado. Inclusive internacionalmente era un crimen que ha tenido repercusiones.

Ahí no valían técnicas de novela negra como mantener el suspense en torno al asesino. No se podía. Y es una novela que yo escribí enteramente en mi montaña de los Pirineos aislada, y yo quise hacer uso de ese aislamiento para hacer una novela interior, que los hechos no se la tragaran, y yo creo que es un problema que nos pasa mucho a los escritores hispanoparlantes, que los hechos son muy contundentes y nos vamos por la épica y la intimidad se escapa.

Yo quiero tratar de ver cómo son por dentro estos muchachos que pueden llegar a una cosa así. Cómo su relación, no solamente la del asesino de la víctima, sino la del grupo de los cinco amigos que conforman desde niños este grupo, que ellos mismos llaman Los Tutti Frutti, cómo son sus relaciones con las demás mujeres también, con sus madres, son sus novias, con las empleadas del servicio, que me parece que en países como el mío con una primera escuela de respeto con la mujer.



Porque me parecía que, claro, que el crimen de una niña de siete años es la monstruosa punta del iceberg lo que asoma. Pero me parecía que por detrás tenía que haber una cadena de irrespetos a la mujer. Digamos socialmente tolerable, entre comillas. Pero que no están desconectados del crimen intolerable que es ya el rapto, la tortura, la violación y la muerte de una niña.

Es decir, ese irrespeto por la mujer de todas maneras ancla muy atrás y muy abajo. Y la sociedad tiene un margen de tolerancia grande, hasta que ya el crimen se manifiesta en tal volumen que ahí pasó una atrocidad. Pero cuáles son las raíces de la atrocidad me interesaba a mí verlas.

—Escribía otro libro, pero sucedió el crimen y no podía pensar en otra cosa. Usted que ha nacido en un país que ha convivido con la muerte varias décadas. ¿Qué le conmovió de este hecho?

—Yo escribo. He sido maestra. He sido política. Pero yo soy madre ante todo. Y la idea de que a esa chiquitica le hicieran ese daño, cómo convivir con eso. Y pensar que eso ocurre en una sociedad en la cual, mal que bien, haces parte y que no basta con señalar al asesino y decir es un monstruo, sino que hay que pensar qué estamos haciendo todos nosotros para que una cosa así pueda suceder.

Eso no pasa de la noche a la mañana. Aquí hay abismos sociales brutales que permiten que se abuse de esa forma de una niña, porque la niña no es nadie, la niña no existe en nuestra sociedad. Yo soy lenta para escribir pero este libro salió a borbotones. No me dejaba dormir. De hecho, lo escribí muy rápido.

Poco tiempo después del crimen apareció el libro. Y yo sentía que de pronto con palabras podía hacer una especie de protección de burbuja de protección para esa niña o revertir el tiempo. De hecho, El Hobbit, que es el que narra en tercera persona, que hace parte del grupo pero que está también aterrorizado con el crimen, digamos que rebasa sus márgenes de dudosa moral.

El Hobbit siempre está pensando por qué no nos dimos cuenta antes de que El Muñeco estaba yendo tan lejos, en qué momento lo hubiéramos podido parar, inclusive El Hobbit piensa quizás lo habíamos tenido que haber matado a él. En su delirio de cómo impedir que pasara lo que sucedió.

Entonces, yo pensaba eso. Cómo con palabras revertir el tiempo, frenarlo antes de que pase esto. Proteger a esta chiquita con palabras obviamente no se puede hacer. Pero si tú me preguntas qué era el impulso que me hacía escribir de día y de noche, pues era eso.

—Pero la prisa no le hizo descuidar el lenguaje.

—De hecho, el lenguaje tenía que ser cuidado palabra a palabra y coma por coma, porque una novela escrita en primera persona por uno de los personajes, que mal que bien participa de la trama del asesinato, lo único que el lector iba a tener eran las palabras de ese personaje. Porque ahí no aparece un detective, no aparece alguien que abunde dentro de la ficción, que pudiera dar un correlato de realidad, que te dijera las cosas fueran así o asá.

Lo único que había era la opinión de este muchacho que habla todo el tiempo en primera persona. Entonces yo pensaba lo que tiene el lector, lo que yo entrego son las palabras. Y en las palabras tiene que estar el ADN de lo que son. Por eso lo escribí en bogotano. Tenía que estar escrito en bogotano porque fuera del bogotano los personajes se me desdibujaban.

He pensado el alma de estos personajes tan particulares, estos niños bien, estos narcisos colombianos, pero que en realidad pertenecen a una cultura del hedonismo que puede estar en cualquier parte del mundo, su alma tiene que estar reflejada en la forma como hablan.

—No investigó pero tampoco quiso meterse en quién tiene la culpa. Quiso hacer un universo de ficción pensando que quizás la literatura fuera una herramienta para entender qué pasó.

—Fíjate que, digamos, volviendo al hecho real, que es el detonante de la novela, sucedió que la Justicia se movió muy rápido en Colombia. Entiendo que es de los casos de los últimos años en el mundo del abuso sexual de una mujer el que más rápido recibe una condena. Y una condena radical. Porque le pusieron la pena máxima sin posibilidades de reducción de ningún tipo. Lo capturaron enseguida y a los tres meses ya estaba condenado.

Entonces, por ese lado, lo que en principio fue un gran movilizador de la opinión, porque yo creo que la gente que estaba en la calle pensaba a este no lo tocan, porque a estos no los tocan, pertenecen a esos grupos de poder Los Divinos que, de alguna manera, están al margen de toda sospecha. Están blindados.

Ese malestar espantoso de que no lo van a tocar motivó mucho de la movilización. La justicia operó rápido. Entonces, digamos, la trama suicida estaba resuelta. ¿Qué quedaba? Toda la trama moral y toda la trama social era lo que estaba por debajo. En donde sentía que la ficción era la herramienta más propicia.

—El crimen sucede con un proceso de paz en marcha. Y El Muñeco, cuando mata a la niña, no se oculta, actúa con absoluta impunidad. ¿Qué le movía para actuar así?

—El título Los Divinos tiene también que ver con eso. El desparpajo con que opera en la ficción El Muñeco y en la vida real el asesino. No se preocupó. Quedó grabado en no sé cuántas cámaras de seguridad. Eso te habla de alguien que sabe que no le va a pasar nada. Yo pensaba, tratando de ponerme en los zapatos de El Muñeco, el asesino en mi libro, claro, finalmente este tipo no está matando a nadie. La niña no es nadie. No pasa nada. O como las mujeres que asesinan en México cuando vienen los migrantes indocumentados al tratar de pasar la frontera.



Matan miles de mujeres. Claro, no hay repercusión. Las mujeres no son nadie. No las busca la justicia. No están registradas. No pasa nada. Esa actitud de cazador que tiene el personaje en la novela. Él es un ave rapiña. Desde su penthouse está mirando allá el arrabal como buscando a la presa. Me parece que sintetiza un poco la posición de ese personaje. Exactamente lo mismo que en mis montañas de cazador está esperando el que se abra la temporada de caza para bajar a un jabalí que lo siente por ahí rondar.

—Los Divinos tienen con las mujeres relaciones de desprecio, de idealización, de fracaso. ¿Esa es la causa que impulsa su acción?

—Entiendo tu pregunta. Evidentemente, a pesar de que los otros pueden tener unas relaciones horribles con las mujeres, como suele suceder en toda nuestra sociedad, muchos hombres habituados a tener una relación de desprecio, y a muchas mujeres que además la toleran, pero evidentemente hay algo excepcional en él. Es decir, los otros no van a violar ni asesinar a una niña.

Y la novela, aparte del tratamiento de grupo de la mentalidad colectiva de ese grupo de niños bien, intenta profundizar más en lo que es el propio Muñeco y en la rareza de su acción. Cómo se va hasta el límite y sobrepasa de una manera brutal. Fíjate que era interesante pensar: El Hobbit lo conoce desde niño y lo recuerda de las épocas del colegio donde de verdad el más carismático era él; el buen deportista, el que enamoraba a todas las muchachas, el jefe de la banda de guerra, el que era capaz de hipnotizar, de cautivar, a toda su escuela, haciendo proezas como jefe de la banda de guerra. El más matón a la hora de jugar fútbol.

Era este muchacho más carismático precisamente el que acaba yendo más hondo. Y pensaba: quizás en otra sociedad, este muchacho hubiera podido ser un artista, un buen periodista, hubiera podido ser alguien un poco distinto del molde, no un simple ejecutivo de empresas. Es el único que se anima a salir a la calle.

Hay ciertos rasgos que te hacen pensar que quizás separarse del grupo hubiera podido tener connotaciones positivas. Él frecuenta otras clases sociales. Estos otros niños son niños de club, son niños de discoteca, como circuitos muy restringidos y muy exclusivos de su clase. El Muñeco es más aventurero. El Muñeco se sale. Lo que pasa es que esa misma salida, al caer en el abismo que hay entre las clases sociales en una ciudad como Bogotá, a lo que lleva es a esta monstruosidad.

En ese sentido, yo tengo un amigo muy querido, jesuita, un tipo extraordinario, proveniente de las familias ricas, y ha vivido durante muchos años justamente en el barrio vecino de la niña. Y yo pensaba: mira qué destinos contrapuestos. Hubiera dado otra novela. Interesante la contraposición.

—El narrador es uno de los cinco amigos pero al mismo tiempo no se identifica con ellos. ¿El Hobbit tenía que ser así?

—Claro, porque yo no quería aparecer. Por eso la novela no está contada por mujeres. Si bien es imprescindible que las mujeres nos manifestemos, además con toda la energía y todas las convicciones, tenemos que ser quienes llevamos la vanguardia en eso, de todas maneras se conoce más nuestro punto de vista de absoluto rechazo.

Me interesaba más contarlo desde la perspectiva de un hombre, y de un hombre que pertenece al grupo. Si tú quieres saber cómo son, no puedes empezar con adjetivos que descalifiquen de entrada. Tienes que entrar suave, tratando de acompañar al personaje y, al mismo tiempo, tenía que ser alguien que perteneciera al grupo, pero que fuera un poco distinto, de una clase social diferente, sus padres no son tan ricos como los de los amigos, es un traductor, lo cual hace que él lea.

De alguna manera, El Hobbit es un bicho que no sale de su casa, ha roto los vínculos sociales, se lo pasa viendo con los videojuegos, la televisión. Un personaje encerrado en su propia cueva. Entonces, era el narrador idóneo para mí, porque conoce desde dentro pero me evitaba a mí como autora estar haciendo juicios de valor o poniéndole adjetivos a la historia.

—Le interesaba trabajar en el libro con un concepto nuevo: el hijo de mami. Contra una idea generalizada de que los hombres son violentos y las mujeres buscan la paz. Pero usted no opina así. La mujer puede generar esquemas que lleven a la violencia.

—Mira, es un tema muy resbaloso. Porque, evidentemente, es ese terreno atroz del abuso de la mujer. La víctima es la mujer y el victimario, un hombre. Y en ese sentido está claro que las mujeres, como conjunto, tienen que estar en la vanguardia de la protesta y de la exigencia de que las realidades cambian. Pero al mismo tiempo, simplificar con hombres malos, mujeres buenas, solo lleva a la derrota. Primero, porque no es así.

Hay muchos esquemas donde las mujeres tienen una participación activa. Yo lo he podido ver en otras novelas las realidades en guerra, por ejemplo, en donde quienes impulsan a continuar con la cadena de sangre son las propias mujeres. O escribir reportajes sobre Yemen y Etiopía donde se producen la ablación de la mujer, y allí hablé con muchos hombres jóvenes que dijeron ojalá no mutilaran a las muchachas, porque nosotros no queremos tener un personaje muerto en la cama, quisiéramos tener una vida sexual activa con nuestras esposas y no estarlas lastimando. Y en muchos casos era la abuela la que llevaba a la niña a la cocina.

Entonces, eso no lo puedes ignorar, porque nosotros tenemos que trabajar en nuestro propio campo para romper con sus cadenas de machismo que muchas veces las asimilamos. Decir esto te trae problemas porque, claro, tú no puedes echar la culpa sobre la víctima. Entiendo que es un terreno muy delicado, pero cuántas veces también las madres generamos estos egos monumentales de los hijos que se creen salidos de la nave de Zeus precisamente porque tienen detrás una madre tapando todos sus defectos y auspiciando la desidia en el hijo.

Yo creo que eso hay que mirarlo en cualquier momento. Cuando empezaron las grandes matanzas patrocinadas por Pablo Escobar, yo estuve en uno de los barrios populares en Medellín que era el caldo de cultivo donde él sacaba la institución del sicariato. Yo estuve entrevistando a una mujer que lavaba las camisas ensangrentadas del hijo, sabiendo perfectamente que el hijo había estado matando, sin preguntarle. ¿Por qué? Porque el hijo era el proveedor.

Una familia sin padre, donde el hijo mayor era el sicario y era el que traía el dinero. Esa madre no preguntaba de dónde venía el dinero. El hijo mayor es el más amado por la madre y, al mismo tiempo, es una madre que lo está entregando a la muerte, ¿no? Inclusive había una analogía con la imagen cristiana de la madre que adora al hijo que va a ir a la cruz, la madre que adora al hijo que sabe que se va a morir.

—Este es un crimen que se hace por placer. No hay otros intereses. ¿Ese aspecto es el que lo hace más condenable?

—Claro. Yo creo que tienes razón. Seguramente es igual de condenable que cualquier otra motivación. Violar a una mujer, asesinarla, y más a una niña, no tiene ningún tipo de excusa ni moral ni legal en ninguna circunstancia. Pero quizás aquí la indignación popular fuera todavía más fuerte.

Es sabido que en los sitios donde hay guerra, y esto he podido comprobarlo personalmente en el mundo entero, las mujeres se convierten en motín de guerra. Es decir, violar a la mujer de tu enemigo es parte de tu victoria. Pero aquí, claro, había un componente adicional.

Este niño todo lo tiene. Este muchacho que tiene el mundo en su mano, lo que en Manhattan llaman "uno de los amos del universo", ¿por qué lo hace? Lo hace por placer. Y eso le añade un toque al repudio generalizado. La mató por placer.

—No le interesaba que la novela estuviera narrada por mujeres, como dice. Quería meterse en el corazón de esos niños, en el corazón del asesino. Pero sí encontramos en estas páginas la mirada de Alicia o Malicia.

—Sí. Para mí es interesante Malicia. Y era importante que El Hobbit, que es un tipo bien perceptivo le dijera no Alicia sino Malicia. Por qué ella es Malicia. Ella es Malicia porque ella observa a los muchachos y los conoce. Ella no es ingenua con respecto a cómo es este grupo con el que se está metiendo. Y al mismo tiempo es víctima de sus tratos.



Ella va a confesarle a El Hobbit "yo misma he permitido que me traten como objeto". Entonces, Malicia es doble. No quería yo que la única mujer que aparecía fuera la buena. De alguna manera, contribuye a romper una cierta cadena, pero al mismo tiempo ella no es ajena a un cierto tipo de utilización de la mujer. Ella se da cuenta.

—En la traducción de la obra al inglés, le pidieron que para su publicación le subiera la edad a la niña.

—Afortunadamente, las cosas están cambiando rápidamente en el mundo. Pero eso tiene que ver con el silencio aterrador que pesa sobre el infanticidio. Porque si bien con el feminicidio se ha puesto el grito en el cielo y se ha puesto contra la pared a la justicia para que condene, sobre el infanticidio, en general, todavía pesa un silencio imperdonable. Porque, claro, el silencio lo que hace es facilitar, permitir, que las cosas sigan sucediendo.

Yo creo que tiene que ver, primero, con algo de lo políticamente correcto. No hay que herir la sensibilidad del lector hablándole del crimen contra una niña tan pequeña. Tiene que ver con que la sociedad no puede reconocer que las niñas son víctimas de abuso. Es algo que hay que ir destapando o que hay que destapar de una vez por todas.

La realidad lo que te indica es que el abuso sexual es más frecuente entre menores de edad que sobre mayores. Pero muchas veces se mantiene en el marco de la familia como grandes secretos. Pero luego que sucedió, vinieron casos como el de la chiquita en la India a la que violan masivamente porque ella es musulmana y quienes la violan pertenecen a otro grupo social que la violan y la matan.

Eso tiene repercusiones mundiales y empieza a salir a la luz también las niñas y los niños como víctimas de prostitución, los abusos sexuales, de violación. Y empieza eso también a tener presencia. Es un indicador de cómo cambia de rápido la percepción por cuenta de la movilización que ha habido de las mujeres.

—Dice que su hijo y sus sobrinos le ayudaron a recoger la mirada de esa generación que ronda los 40 años, la generación de estos muchachos.

—Mi sobrino y mi sobrina, que también desde el punto de vista femenino me ayudó mucho. Mi hijo fue directamente decisivo porque fue el que en realidad sabía cómo es esa generación, y esa generación de ciertos niños. Yo he sido maestra de escuela con muchachos de esa edad, pero de otra clase social.

De ese grupo en específico, mi hijo jugaba fútbol con muchachos así y los conocía en el terreno. Y fue clave para mí. Bueno, él escribe también. Está viviendo conmigo aquí en la montaña. Entonces, fue muy interesante la contraposición con él, porque puedes mirar las cosas a través de los ojos de otra generación. Normalmente, los escritores quedamos anclados en la perspectiva de nuestra generación. Y este trabajo conjunto con mi hijo me permitió ver las cosas a través de sus ojos. Fue muy interesante.

—¿Qué puede encontrar el lector en el libro que no estaba en la realidad, en las crónicas periodísticas?

—La búsqueda que a mí me interesaba y que me gustaría compartir con el lector es la interioridad, la intimidad que hay detrás de todo esto. Ya no el marco exterior de los hechos, sino cómo funcionan las cabezas de quienes están operando. Sus vidas familiares, su trayectoria desde la infancia. O sea, si el crimen atroz es la punta del iceberg, yo quería ver lo que hay bajo el agua.

La palabra "monstruo" nos sorprende desde el inicio, porque la palabra "monstruo" viene de "mostrar". El monstruo es lo que se muestra. A partir de ahí, todo es como detonante que de pronto enruta tu pensamiento hacia otro lado. Yo dije: si el asesino es lo que se muestra, si el crimen es lo que se ha mostrado, lo que se ha visto, yo quiero hacer una novela sobre lo que no se ve, lo que es invisible detrás, lo que está tras bambalinas en un crimen. Me pareció que eso era una perspectiva, yo que no soy una experta en novela negra, algo que quizás yo podía aportar.

—¿Y ahora a recuperar la novela que abandonó?

—Sí. Ya la saqué de los cajones y de la memoria del ordenador. Con los proyectos archivados pasa como con los viejos novios, que los miras y uno se pregunta: por qué era que me gustaba tanto (ríe). Qué hacía yo ahí, cuál era la fascinación que ejercía sobre mí. Entonces, estoy un poco en esa fase, tratando de retomar el viejo entusiasmo. Todavía no sé si lo lograré o no.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
REPORTAJE GRÁFICO: ELISA ARROYO

20 de mayo de 2019

  • 20.5.19
La herida es la última novela del escritor argentino Jorge Fernández Díaz (Buenos Aires, 1960), un thriller político encerrado dentro de una gran novela policial. Pero este libro es también una novela de aventuras y de misterios, así como un friso de personajes y de hechos de la nueva política. En definitiva, un diagnóstico de qué es la trastienda de la política y cómo funciona la mafia política.



En esta historia, una monja desaparece dejando un misterioso mensaje y un colaborador del Papa Francisco encarga a dos agentes de Inteligencia buscarla por cielo y por tierra. Uno de ellos es Remil, el polémico personaje de su anterior novela, El puñal.

Fernández Díaz, como analista político que es, lanza algunas pullas contra Bergoglio, pero no contra su papado, solo de lo que hace secretamente en Argentina cuando juega a la política. Pero también lo alaba cuando habla de los curas villeros, que andan por las zonas más pobres del país luchando contra los narcos, la prostitución y la pobreza.

Lleva treinta años en el periodismo de trinchera, como él lo llama, pero sus novelas son una batidora donde mezcla realidad y ficción. Piensa que en el financiamiento de los partidos políticos está la clave del resurgir y el germen de esta mafia. Dice que en el Vaticano leen de manera minuciosa sus textos y dice también, irónicamente, que Francisco nunca soñó con ser el Papa, sino que soñó con ser Perón en la década de los sesenta.

A los 19 años era de la llamada Izquierda Nacional que votaba al peronismo. Hoy es el más crítico con el peronismo. No es alto, pero es elegante. Tiene una mirada de haber consumido la vida a cada minuto y una apariencia de dandi exitoso. Amable, de oratoria que destila conforme construye cada frase.

Se siente argentino en España y español en Argentina. Arrastra una prosa florida de recursos múltiples que lo han consolidado como un grandísimo escritor. Su obra mezcla realidad y ficción, periodismo y literatura. Es autor, entre otros libros, de Mamá, La logia de Cádiz, Las mujeres más solas del mundo, Te amaré locamente o El puñal. Ha recibido la Medalla de la Hispanidad del Gobierno español, es académico de la Academia de las Letras de Argentina y académico correspondiente de la RAE.

—Comienza su novela describiendo cómo una monja se desnuda y desnuda baja al sótano y arroja sus hábitos a la caldera y, con ellos, “su antigua vida”. Como buen periodista, cuida el arranque de sus libros.

—Sí, sí. Porque cuando un libro me engancha, me engancha en la primera página. Y además me gusta que me creen intriga, misterio, algo que va a tirar de la trama hasta el final. Y esa escena, como verás, es fundamental para toda la historia.

—La herida es un 'thriller' político dentro de una novela policial, donde se cruzan cuatro misteriosas historias de amor.

—Sí. Sin revelar, porque todas esas historias de amor son secretas curiosamente. Así que no puedo revelar sin destruir la trama. He trabajado mucho los personajes femeninos. Me interesa muchísimo la mujer. He sido un cronista político durante 30 años pero también he hecho de cronista sentimental, en el sentido de que he hecho historias de amor de gente común en mis libros. He entrevistado a mi propia madre, que es asturiana. Y todo eso me dio una experiencia emocional y grande.

La mujer como personaje literario me parece fascinante, porque la mujer está en un momento de revolución, donde está cambiando su relación con el mundo, con el mundo del trabajo, con el hombre. Y, bueno, por eso te digo que un hombre depredador es peligrosísimo; una mujer depredadora es letal, porque la mujer tiene la inteligencia emocional.

Yo he creado una serie de personajes. La monja es uno de ellos. Beatriz Bella, una operadora política, es otra. Y después, una actriz, la diva. Hay una serie de personajes secundarios, mujeres que las he trabajado muy minuciosamente. Conozco sus historias, aunque no están contadas en el libro, pero era necesario que alguna tuviera una historia y un modo de moverse, etcétera.

Y son, porque soy muy admirador, primero, de los grandes pintores, que siempre han dedicado mucho a las pequeñas figuras secundarias, tanto o más inteligencia, intenciones, talento y tiempo que a los personajes centrales de las grandes figuras. Y, además, porque soy admirador de las viejas películas de Hollywood de los cuarenta, de los cincuenta, de los sesenta.

Cuando vos ves esas películas, visceralmente las ves porque los personajes secundarios te deparan siempre alguna nueva sorpresa. No viste algo o lo ves de otra manera. Entonces, he trabajado mucho esas mujeres que viven historias de amor, en algún caso triangular, todas secretas, todas se han ido revelando a medida que avanza la investigación.

—Recupera a su agente Remil, a quien un colaborador del Papa Francisco le encarga investigar la desaparición de la monja con la que arranca la novela.

—Así es. Hay un vínculo ahora nuevo entre la Argentina y el Vaticano, que antes no existía, muy claramente. El Papa es argentino. En este caso, tengo algunas críticas de Bergoglio pero no a nivel de con su papado y lo que se ve a nivel mundial, sino lo que hace secretamente en la Argentina, que juega a la política. Yo soy un analista político, lo he criticado varias veces.

Lo que no puedo criticar, de ninguna manera, es lo que creó en las zonas más pobres de la Argentina, y es una red de curas, los llamados curas villeros. Estos curas son legionarios que van con la fe a luchar contra los narcos, contra la prostitución de la plata, la prostitución al pobre, y realmente son héroes a quienes he visto, entrevistado, los conozco personalmente.

La monja es un personaje surgido absolutamente de esa realidad. Yo te puedo asegurar que la monja no existió, porque es un personaje de ficción, pero es la radiografía de todo lo que aparece en La herida. O ya tengo un expediente, o me lo contaron, o lo vi personalmente. No lo hice de una manera en clave, sino con todo lo que conocía, con treinta años de periodismo en la trinchera, con todo eso que en periodismo no puede entrar, porque no puedes probar muchas cosas.

Yo realmente lo he metido todo en una batidora y he construido los hechos y los personajes. Yo empecé, bueno, una aventura de misterio y de repente se me heló el pecho. Y dije esta es la realidad. Esta es la realidad. Y efectivamente, es una novela de aventuras y de misterios que crea, sin embargo, un friso, una galería de personajes y de hechos de la nueva política, de lo que ocurre en la trastienda de la política, de cómo funciona la mafia política. Cada país tiene la mafia política que merece, pero todos los países la tienen. Todas tienen el mismo origen además. Que es el financiamiento de los partidos políticos.

—Paralelamente a esta historia, una operadora política es controlada por el gobernador de un feudo de la Patagonia para mejorar su imagen en las próximas elecciones.

—Sí. Ahí lo que quise mostrar es una mujer terriblemente inteligente, una gran operadora política. Lo que quise mostrar es cómo funcionan las nuevas técnicas de la teatralización de la política, de construcción de hegemonías. Cómo le crean un pasado heroico que no tuvo y crean una épica, dividen a la sociedad en dos.

Sobre esa épica hacen una campaña que hace cambiar su imagen, lo hacen trabajar sobre un guión, compran a una parte de la oposición, vigilan a los jueces, a los jueces que se portan bien los ascienden, a los que se portan mal los hunden. Y cultivan, sobre todo, los servicios de inteligencia para vetar dosieres, para vetar gente, para vigilar gente. Eso es algo que no creo que sea privativo de la Argentina, sino que es una tendencia.



—Dice usted que los periodistas solo cuentan el 20 por ciento de lo que saben. Con 'La herida' trata de ficcionar precisamente aquello que no puede contar como periodista.

—Es cierto. Es un límite que nosotros no debemos cruzar como periodistas. Nosotros tenemos un contrato de lectura con nuestros lectores que dice lo que no podemos comprobar no se puede publicar. Cuántas cosas sabemos los que hemos estado viviendo durante treinta años, que son cosas fundamentales de cómo funciona la trastienda, de verdad, del poder. Miles de cosas. Simple. Eso para mí fue un material interesante. Por eso que recurrí para contar ese material como literatura.

—Aquello que no cuenta como periodista puede tener dos razones para no hacerlo. Lo sabe, pero no tiene pruebas. Tiene pruebas, pero teme represalias.

—Claro. Sí. La más clásica es la represalia de tu propia empresa o algo por el estilo. Pero yo no he sentido nunca eso. He sentido, sí, el hecho de cómo voy a contar esto si no tengo más fuentes que un documento que lo respalda. Pero yo sí sé que es cierto. Yo sí sé que es verdad. Pero no puedo traicionar ese código férreo.

Me parece que hay dos cosas que no se deben traicionar en el periodismo. Una es esa. Y otra es no intoxicarse con los servicios de inteligencia, que es una gran tentación esta, porque te traen dosieres enteros que a veces son verídicos. Pero también estás sirviendo a alguien oscuro que quiere destruir a otro, digamos.

Así se ha hecho el periodismo de investigación de todos los tiempos. Pero yo he procurado contenerme a distancia de los servicios de inteligencia, a pesar de que ahora varios agentes de inteligencia son fanáticos de Remil.

—Esta subcultura del entramado mafioso, dice que, hace veinte años, era colateral pero hoy es central. ¿Argentina va hacia donde ya llegó México?

—Bueno, hay un gran peligro con la droga. Sí, sí. Hay un gran peligro. No sé si vamos a saber detenernos a tiempo, sobre todo porque hubo unos 12 o 14 años donde se miró para otro lado. Oficialmente no existía el narcotráfico. Y estaba entrando apoderándose de un montón de cosas. Así que me parece que va a ser difícil deshacernos de esto.

Todavía no somos un país productor de cocaína, sí productora de paco (pasta base), que es la droga de los pobres. Espero que no lleguemos nunca a México, pero aun así la mafia política está formada de otra cosa. Muchas veces los policías les cobran, a los narcotraficantes, comisiones por mirar para otro lado. Y muchas veces, parte de esa comisión sube al político para su política. Pero hay otras formas de corrupción. O sea, que las mafias, con o sin narcotráfico, las mafias políticas funcionan.

—Como ha dicho, usted ha sido crítico también con muchas políticas del Papa Francisco que le han acarreado algunos dolores de cabeza. Pero también elogia su lucha contra los narcos.

—Nunca tuve dolor de cabeza. Sería exagerado si dijera eso. No, no. Sé que ellos en el Vaticano leen minuciosamente los textos que yo escribo. Lo que pasa es que yo soy un analista político de los domingos. Y si ellos se meten en política, entonces intensamente caen en la mirada de los articulistas políticos.

Cuando yo les critico por algo que hacen, proceden hábilmente y dicen nosotros somos pastores. Son pastores, pero participan decididamente. Es totalmente desconocido para el mundo. Eso para el patio de atrás. Y yo siempre digo irónicamente que Francisco nunca soñó con ser Papa: soñó con ser Perón en la década de los sesenta. Y todavía le gusta mucho, mucho, la política de su país.

No tiene una enorme gravedad, pero sucede. En esta novela no se denuncia eso. Para nada. Te diría que esta novela reafirma la heroicidad de las personas y lo que les pasa a las personas que Bergoglio puso en la miseria, para confortar a la gente que vive allí.

—Sí condena la situación de su país. Para usted, 24 años de peronismo solo han permitido la proliferación de la pobreza. “Hasta han traicionado al primer Perón”, dice.

—Está claro que a los 19 años yo era de la llamada Izquierda Nacional que apoyaba al peronismo porque el peronismo era el proletariado y, bueno, por una serie de cosas, éramos trotskistas, una serie de trotskistas nacionalistas, cosa rara, y he votado al peronismo muchas veces. Primero, por convicción y estupidez. Luché todo el tiempo contra esa idiotez propia. Y después, por resignación. Hasta que el peronismo se convirtió en un solo partido, el partido hegemónico de la Argentina, que gobierna y que, cuando no gobierna, no deja gobernar.

¿Qué pasó en la provincia de Buenos Aires? La mitad de los que vienen a la provincia trabajan en negro, no tienen vacaciones, obras sociales, seguros médicos. O sea, no tienen nada. Eso es la negación del primer Perón que, justamente, vino a traer eso en 1945.

La provincia de Buenos Aires es la provincia más grande, es un país entero, el 70 por ciento de la población no tiene servicio de alcantarillado, no tiene lo básico. Si vos después de 25 años de gestión ininterrumpida en la provincia de Buenos Aires, lo que produjiste fue eso y, además, una pobreza que está oficialmente a nivel nacional en un 30 por ciento, que es enorme.

Pero nosotros sabemos que en la provincia de Buenos Aires esa pobreza es más grande, por lo menos del 40 o 45 por ciento. Bueno, ese es el partido que nos iba a sacar de la pobreza. Trabajó creando pobreza y que los pobres dependan de él. Creo que soy una de las personas más críticas del peronismo que hay en la Argentina. Eso sí me trae de vez en cuando dolores de cabeza (sonríe).

—Su libro 'Mamá' es el resultado de más de 50 horas sentado al lado de su madre, una asturiana emigrante, escuchando su historia de vida. Todo comenzó después de una consulta psiquiátrica. Mientras ella hablaba, el psiquiatra lloraba.

(Ríe). Sí. Eso me impactó muchísimo. Entonces fui corriendo y escribí “La mujer que hacía llorar a su psiquiatra”. Pensé: es una experta en calamidades, llora, mi madre tiene una historia que contarme. Por supuesto, yo conocía la historia. Yo me crié en el barrio de Palermo, donde nació Borges también, un lugar de clase media baja, donde eran todos estudiantes.

Mi abuelo disimulaba que no era español, porque no era fino español. Fino era ser un caballero argentino. Estoy hablando de cuando la Argentina era otra cosa. Y mi madre, claro, tuvo una historia muy dramática. La conocíamos, pero era la historia de nuestros padres.

Si vos y cualquier lector toma a su padre o a su madre, si tiene la suerte de que está vivo todavía, y si lo empieza a entrevistar como si fuera un periodista durante varios días, tomando notas, preguntándole a fondo, lógicamente no dejándole que salte, cuestionándole incluso algunas cosas que diga, bueno, lo que encontramos es impresionante.

Creo que en el árbol genealógico, si nosotros sabemos estudiarlo bien, estamos inscritos nosotros en ese árbol genealógico. Somos un pedazo de este primo, de este tío. Imaginariamente el árbol genealógico va formando nuestro propio rostro si uno tratara de dibujarlo.

Ese libro es un libro que no le iba a interesar absolutamente a nadie, que era la historia de una persona desconocida y fue un longseller impresionante. Vendió muchísimo en distintos países, incluso en España vendió 18.000 ejemplares, que es muchísimo. Lo publicó RBA hace 17 años. Ya está inencontrable. Ahora lo va a publicar Alfaguara. Actualizado, va a tener otras partes porque siguieron sucediendo cosas.

Eso te digo que me cambió mi vida, porque descubrí la importancia de la emocionalidad en el periodismo y la idea de que el periodismo y la literatura podían ir juntas, no escindidas, juntas, porque eso es una novela-reportaje, es una novela verídica, es todo eso junto.

—Igual que le ocurrió a Vargas Llosa, su padre, Marcial, no quería que usted perdiera la vida escribiendo. Hasta se retiraron la palabra. Aunque después todo se arregló.

—Sí. Fue un episodio que yo digo que es la herida fundamental. De eso hablo en este libro. Es un libro de espionaje pero Remil tiene que transferir un problema emocional que yo he tenido. Esa siempre es la clave. Yo le transfiero a estos canallas superprofesionales problemas personales que yo tengo.

En la primera, la desesperación amorosa –quién no ha tenido una desesperación amorosa– se la transmito a Remil. Y en la segunda, el conflicto con su jefe, que es el conflicto que yo he tenido con Marcial. Marcial, a sus 15 años, decidió que la literatura y la vagancia eran lo mismo. Y te digo que fue algo grave, grave. Y cuando te digo grave, es que no nos hablamos durante ocho o nueve años de verdad. No hablábamos. Él me dio por perdido y me profetizó la ruina. Por perdido. No quería saber más nada conmigo.

Realmente lo que pasó es que era un camarero de bar. Yo lo comprendo perfectamente porque traía otra cultura. A los 25 años, cuando yo era cronista de sucesos, escribí una novela negra por entregas y en un capítulo hay un periodista que lleva un dinero para un rescate, lo deja en un piso en el bolso y se da la vuelta, y pasa corriendo un chico de la calle y se lo roba. Termina el capítulo dramáticamente.

Ese día suena el teléfono en la redacción, yo atiendo y mi padre me dice: “Te quiero hacer una pregunta. ¿Va a recuperar el dinero?”. Y yo le digo: “¿Por qué lo preguntas, papá?”. “Porque aquí todos los parroquianos me están diciendo que quieren saber qué va a pasar mañana. ¿Va a recuperarlo?”. A mí se me saltaron las lágrimas. Disimulé que no lloraba y le dije: “Sí. Lo va a recuperar”. “¿Estás seguro?”. “Sí, sí”. Cortó. Yo me fui al baño a llorar. Y la literatura, que nos había distanciado, nos unió.

Y yo tomo este conflicto y lo traslado a Cálgaris y a Remil. Remil, durante toda la novela, va a intentar demostrarle a su padre simbólico que está equivocado y a sí mismo. Todos nosotros tenemos una herida que nos infligieron en la infancia, en la adolescencia. A veces, consistente o inconsistente, no tiene que ser algo muy grave. Pero siempre es algo serio. Todos nosotros luchamos fantasmalmente con esa herida.

—En el ritmo de sus textos ha tenido mucha influencia Tomás Eloy Martínez, uno de los mejores narradores de América Latina. Dicen que inventó la escritura de leyendas basadas en la realidad.

—Así es. Así como he tenido en Arturo Pérez-Reverte una relación muy grande, la he tenido con Tomás Eloy Martínez. Experiencia doble, cosa de periodistas y escritores de ficción también. Él usaba también los materiales de otro modo, pero usaba los materiales que le había dado el periodismo para ficciones. Santa Evita, la novela de Perón, crea un Perón y crea una Evita que son hoy para mí más verdaderos que el propio Perón y que la propia Evita. Es impresionante lo que hace.

Yo lo traje de Estados Unidos a Buenos Aires para que volviera a hacer unos suplementos, que hemos hecho con mi mujer y con él, el suplemento ADN Cultural de La Nación. Y he tenido una relación en los últimos tiempos áspera porque él hace mucho que no volvía a las redacciones y, bueno, quería hacer las cosas a su manera y su manera era anticuada.

Yo ya me fui hace cuatro años de la redacción y ahora vuelvo y estoy seguro que estoy oxidado, seguro. Pero al final de su vida, tuvo un final horrible pero muy poético también. Es decir, tuvo un tumor en el cerebro que se le fue cerrando como compuertas, como si se estuviese quedando paralítico pero con una lucidez absoluta. No podía mover nada. Y él mandó llamar un día para despedirse de mí.

Como siempre nos contábamos los libros que íbamos a escribir y mirándonos a los ojos él sabía que me estaba contando un libro que no lo iba a escribir. El libro que no iba a escribir era que el periodismo y la literatura eran lo mismo si uno los trataba como arte verdaderamente. Un ensayo que nunca sabremos cómo sería lo que él hubiera querido escribir. Y me acuerdo que él se tiraba de la cama y se arrastraba por el piso cada día para escribir una línea más. Eso siempre me pareció una metáfora de la vocación esencial, volcánica, de un escritor verdadero.



—En Argentina nada más salir vendió 80.000 copias de 'La herida', en un país donde un 'bestseller' se cuenta a partir de los 2.000 ejemplares.

—Bueno, nos ha sorprendido a todos. Yo salí el mismo día que Braun, que es como estrenar tu película al lado de La guerra de las galaxias más o menos. La gente volvía a comprar El puñal. Entonces, los dos libros subieron en el ranking de ventas. Es la primera vez en la Historia que hay, pongámoslo así, un detective, un personaje de la novela negra, que es un fenómeno editorial en la Argentina. Es la primera vez.

—Sus novelas están basadas en expedientes que ha leído porque necesita el sabor de la realidad. ¿A partir de qué momento empieza a ficcionar?

—Todo lo que vos leés ahí es ficción. Ahora, muchas veces solo con la ficción se puede contar la realidad. Esta es la gran paradoja. Solo haciendo ficción se puede contar la verdad. Eso es lo que buscan estas novelas. Nunca transcribo cosas directas de la realidad. No me interesan historias verídicas, porque si no las haría del periodismo. Y si no las pudiera probar, no las haría. Pero siempre que veo algo que no se puede contar en la realidad, busco un equivalente ficcional a eso.

Un día me llamaron y me dijeron hay un club de fútbol que lo compró un cartel de la droga y a los jugadores de fútbol los llevaron de fiesta a todos juntos a Las Vegas con putas a jugar y qué sé yo. Pero no lo puedo probar. Y no se pudo probar nunca. Hasta ahora. Pues yo lo introduzco en La herida.

—Remil, como usted, es huérfano. Sus lectoras se enamoran de él y los lectores se tomarían una copa con él. ¿Hay mucho de él en usted?

(Ríe). No, no. No. No es que las mujeres se enamoran de mí. En ese sentido, no. Qué tengo yo que ver con Remil, nada. Remil es un agente capaz de matar, de torturar, de cualquier cosa. Sin embargo, no es cierto. Nadie escribe finalmente sobre lo que no es. Por supuesto, yo no soy ese canalla, pero llevo ese canalla dentro. Ese canalla que llevamos y que, por suerte, no dejamos salir. Ese que mataría, ese que tiene como arrebatos que, por supuesto, los reprimimos gracias a dios.

Déjame decirte que la novela me parece que yo la planteé como una cacería. Él es un cazador que atraviesa una jungla de asfalto, la que describe, y va buscando una presa. Creo en verdad que toda la novelística policial es eso, es una novelística de la cacería, donde el detective es el cazador. Hay presas, hay huellas, hay depredadores. Y si es una buena novela, en general, describe la sociedad.

—Todos tenemos una herida, consciente o inconscientemente. Usted también tiene la suya, como dice. ¿Ya cicatrizó o se ha abierto alguna nueva?

—No, no. Creo que hay heridas a lo largo de la vida. Pero esa fundamental hay que trabajar mucho, mucho, para eliminarla. Yo no creo haberla eliminado. De hecho, yo soy un trabajador adicto. Mi padre murió hace más de diez años, pero yo le sigo respondiendo fantasmalmente. Acojonante, verdaderamente.

—¿'El puñal' pronto llegará a las pantallas?

—Me lo compraron. Se lo dieron a un montón de guionistas. No les gustó a ninguno. Es muy difícil hacer una adaptación de una novela. Y ahora estoy haciendo yo el guión. No sé si sirvo para hacer un guión. Vamos a ver. He hecho algunas colaboraciones. Es otro tipo de lenguaje.

—Eres argentino de padres españoles.

—Yo me siento muy español en la Argentina y muy argentino en España. Todavía mi cultura española es muy grande. De hecho, me condecoró el Rey y el Gobierno de España por los vínculos, por la cultura española, porque todos los escritores importantes de España han sido presentados por mí allí. Tengo una relación directa, además de las relaciones humanas con mis amigos y con mi familia que todavía sigue aquí, allí en Asturias. Leo todos los días periódicos españoles, conozco a los personajes más estrambóticos de España, así como conozco a los argentinos. Estoy muy ligado a España, sí.

—¿Qué escribirá ahora?

—Primero, voy a tratar de terminar el guión y después sí me voy a poner con la tercera novela de Remil, que necesita mucha planificación. Como todas estas, no son improvisadas. Tienen estructuras especiales que no son las lineales absolutas, pero a la vez tienen que ser populares, tienen que tener una serie de enigmas descubiertos siguiendo una premisa de Borges, que decía que, cuando le das una sorpresa a un lector, cuando revelas el enigma, que no sea estrambótico, que no sea raro, que él no lo vea venir, pero que, cuando llegue, diga es lógico, no podía ser de otra manera.

Y aquí en La herida hay cuatro o cinco de esas sorpresas. Una detrás de otra en las últimas cien páginas. Para estudiar eso, me lleva un tiempo largo. No te diría que de documentación. Como diría García Márquez, la carpintería. Tiene que funcionar, tiene que ser fluida, verosímil y a la vez emocionante. Muchas cosas al mismo tiempo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: ELISA ARROYO

13 de mayo de 2019

  • 13.5.19
Licenciado en Filología Hispánica, Joaquín Berges (Zaragoza, 1965) se dio a conocer con El club de los estrellados. Su última novela, Los desertores, es un homenaje al cobarde que todos llevamos dentro. Su autor narra la historia de Jota, quien observa los camiones que entran y salen del mercado de frutas donde ha trabajado hasta su jubilación cuando, de pronto, sin comunicárselo a nadie, sube a uno de ellos en dirección de la frontera francesa. Ha publicado además Vive como puedas (2011), Un estado del malestar (2012) o Nadie es perfecto (2015).



—Una novela que es un homenaje a los desertores. Ya era hora de que alguien reivindicara a ese cobarde que todos llevamos dentro.

—Y que al final resulta que es un valiente. Sobre todo, si uno es un desertor en tiempos de guerra, porque lo que haces es subrayar tu individualidad frente a una especie de locura colectiva, que suelen ser las guerras.

—Como tú dices, más que cobardes por huir, deben ser recordados por “la valentía de luchar contra sus propias vidas”.

—Exactamente. Porque los soldados de las trincheras estaban en el corredor de la muerte, condenados a recibir metralla en cuanto salieran al campo de batalla. Puedes aguantar, como aguantaron ellos, cinco meses, pero al final tienes que luchar por tu vida. No por una idea sin sentido.

—Antihéroes. Cobardes. Desertores. ¿Por qué estamos tan mal vistos quienes ante todo amamos nuestras propias vidas?

—Bueno, yo creo que está en la naturaleza humana. He tardado dos años en escribir esta novela y todos los días me he preguntado cuánta deserción hay en mí y he encontrado mucha. Y considero que es normal.

—En esta novela mezclas ficción y actualidad con un hecho real que conociste en 2016 en el centenario de la batalla del Somme.

—Exactamente. La novela es un viaje desde el presente de ficción hasta el pasado real. Y hay un peregrinaje que hace el protagonista y que al mismo tiempo hace el lector.

—Esta novela también es un giro en tu carrera literaria. Abandonas el humor y la ironía, y te comprometes con el dolor.

—En el dolor difícilmente cabe el humor. Yo, primero, pienso en la historia que quiero contar y después en el tono. En este caso, no había espacio para el humor. Lo que no significa que renuncie a él.

—Dos desertores ingleses y amigos. Y Jota, un protagonista de nuestros días desertor del mundo “doméstico” de cada día.

—Hay desertores en tiempos de guerra y desertores en tiempos de paz. En el caso de los soldados ingleses desertan para salvar la vida. Jota es otro desertor pero no salva la vida, lo que busca es salvar su identidad, su independencia.

—La novela está dedicada a estos dos soldados. No a los personajes, sino a las personas. ¿Qué viste en ellos entre tanto desgraciado que perdió la vida en esa batalla?

—Lo que más me impresionó fue las palabras que el padre de uno de ellos mandó grabar en su tumba. Fui a visitarlas de hecho. Eso es lo que le da sentido a toda la novela. Porque esas palabras son las que también mueven y conmueven a Jota para hacer el viaje desde el presente al pasado, desde la ficción a la realidad.

—Has definido tu libro como una historia de padres e hijos. El eterno enfrentamiento y el eterno retorno.

—Y la historia de la humanidad. Porque podemos contar la Historia de hito en hito político, histórico, territorial o artístico. O podemos contar la Historia como una historia de padres e hijos y madres e hijas. Al final, somos árboles genealógicos en una especie de, llamémosle, bosque genealógico.

—Esos jóvenes, como tantos, y como tú dices, fueron “engañados y enviados a morir”. ¿Qué tiene la palabra patriotismo que nos nubla la sesera?

—Algo tiene, porque nos la nubla. Y a ellos se la nubló. Ellos se alistaron voluntariamente y fueron al campo de batalla cantando. Quizá porque lo que creían es que iban a abandonar sus rutinarias existencias y se iban a convertir automáticamente en unos aventureros, en unos exploradores, en unos héroes.

—Tu gran sorpresa, al documentarte, fue que descubriste que muchos soldados de ambos bandos escribían poesía. ¿Algún día venderán los libros de versos en farmacia con fines terapéuticos?

(Sonríe). Ojalá sea pronto, porque eso es lo que pasó allí. En las trincheras solo estaba la poesía para dar un poco de luz a aquellas tinieblas, a aquella pesadumbre, que vivían todos. Hubo una generación de poetas de guerra, de poetas de verdad que fueron a la guerra, estaban educados en las mejores universidades, escribieron poemas y contagiaron a otros soldados que no eran más que poetas amateur, y también escribieron.

—Tu libro es un viaje al pasado y al presente. Tal vez al futuro. Huida pero también búsqueda y encuentro. En el trayecto, ¿te has encontrado, te has confundido, te has extraviado o te llamó la mujer a ver dónde estabas?

(Ríe). Yo creo que no me he extraviado. Yo creo que al revés. Yo creo que he comprendido que el sentido de la vida, contrariamente a lo que podría parecer, es un poco del presente hacia el pasado. Es como si en el presente no pudiera haber nunca una realidad, que todos fuéramos personajes de ficción.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

6 de mayo de 2019

  • 6.5.19
Escritor, columnista y guionista de cómic, la obra de Isaac Rosa (Sevilla, 1974) ha sido traducida a varios idiomas. En su última novela, Feliz final, reconstruye un gran amor empezando por su final. El autor aborda en el libro el amor desde las muchas interferencias que hoy lo atosigan: las condiciones materiales, la insatisfacción vital, el mercado del deseo o el imaginario del amor en la ficción. Es autor, entre otras, de las novelas La mano invisible (2011) o La habitación oscura (2013).



—Tu novela es la historia de amor de una pareja en la cuarentena. Pero has preferido comenzar con la ruptura. ¿Puede haber un final feliz?

—Aquí hay un feliz final, que es lo contrario del final feliz en todos los sentidos. Sí. Podría haber un final feliz. El hecho de que yo fracase o que tantos amores fracasen no quiere decir que no haya otros amores que consigan ese final feliz.

—Nos educaron para el matrimonio y el amor eterno. Pero aprendimos después que también los sentimientos tienen fecha de caducidad.

—Bueno, yo creo que vivimos tiempos de obsolescencia, de caducidad cada vez más breve, y eso por desgracia también lo llevamos en nuestras relaciones amorosas. O sea, vivimos dominados por la necesidad de buscar la novedad permanente, la sensación de que nos estamos perdiendo otras cosas, otras vidas y otros amores, por la vida que llevamos.

—La relación de las parejas ha cambiado. ¿La liberación de la mujer ha influido de manera decisiva?

—Sí. Si algo ha cambiado las relaciones de pareja en las últimas décadas, el elemento más decisivo ha sido el feminismo, claramente.

—El concepto de culpa está presente en tu libro, algo que heredamos de la cultura católica y de la que no logramos despojarnos.

—Claro. Está la culpa de los enamorados, de los desenamorados y de los padres. Yo creo que nos pasa como sociedad, pero también, como en las relaciones, sustituimos la responsabilidad por la culpa. Y no son lo mismo.

—Esta frase es tuya: “Todos queremos ser el marido pero ser amados como el amante”. ¿Pero se puede estar en ambos lados a la vez?

—Todos tenemos, por un lado, una cierta nostalgia de lo que fuimos o de lo que ni siquiera tuvimos pero que creemos que nos corresponde. Todos queremos vivir la intensidad emocional de los amores apasionados que hemos conocido en las ficciones sobre todo, especialmente en el cine. Pero al mismo tiempo todos queremos luego que ese amor se convierta en algo habitable.

—El punto de partida de esta obra se resume en dos preguntas. La primera: ¿Por qué nos queremos tan mal?

—Sí. Esa es la pregunta que expresa, digamos, el malestar amoroso en el que vivimos, que no deja de ser otra manifestación del malestar social.

—La segunda. ¿Qué nos está pasando?

—Lo que nos está pasando va mucho más allá de lo amoroso. Si tenemos un mal amor es porque tenemos una mala vida. Y si queremos construir un amor bueno, como se dice en algún momento en la novela, lo que necesitamos es una vida buena.

—La novela arranca con esta frase: “Nosotros íbamos a envejecer juntos”. ¿Alguna vez lo pensaste?

—Sí. Yo creo que esa es una frase que todos nos decimos al comienzo de una relación. Es una frase que tiene algo de cliché seguramente, pero que al mismo tiempo, y por eso está en la novela, es una frase que es como una enmienda a la totalidad del sistema, que no quiere ni que envejezcamos, sino que nos quiere eternamente jóvenes, y que no quiere que lo logremos juntos, no quiere que nos comprometamos.

—Como telón de fondo a esta erosión que narras, vemos la España de hoy: precariedad laboral, pérdida de derechos, protestas sociales…

—Es que todo lo que estamos viviendo se ha metido en nuestras casas, en nuestras relaciones, en nuestra familia, y al mismo tiempo, y es lo que hoy yo he intentado con la novela, mirando a lo íntimo, mirando al amor, como en este caso, podemos ver mucho más allá y podemos lo que nos está pasando como sociedad.

—Tu libro no es autoficción, pero en él se percibe la huella del desconcierto.

—El libro, claro, arranca de mi propio desconcierto, de mi propio malestar amoroso. Entonces no es una autoficción, no es completamente autobiográfico, pero está armado con muchos materiales.

—Ahora que sabemos de la obsolescencia de la pareja, ¿por qué no nos alegramos al saber que existen otras modalidades de amor nada despreciables?

—Yo creo que, buscando nuevos imaginarios amorosos, seguramente acabamos perdiendo lo que había de bueno en aquel viejo amor, sin ser capaces de sustituirlo por otros elementos que nos den aquello que sí nos daba el viejo amor, que da cierta seguridad y un relato de vida con cierta coherencia.

—Se nos acaba el amor y nos asomamos al abismo. Pero tú dices que nos hemos convertido en unos emprendedores emocionales. ¿También aquí mete el mercado las narices?

—Se nos da la paradoja de que vamos al amor llevando la calculadora, con la misma lógica con la que vamos al supermercado, con la misma lógica de la sociedad de consumo. Y nos relacionamos con el amor con esa frialdad de emprendedores que busca minimizar pérdidas y maximizar ganancias y, al mismo tiempo que lo hacemos desde esa frialdad y desde esa lógica de mercado, seguimos sufriendo por amor terriblemente. O sea, el dolor amoroso sigue siendo catastrófico.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

29 de abril de 2019

  • 29.4.19
Nacida en Managua (Nicaragua), su obra está traducida a veinte idiomas. En Las fiebres de la memoria, Gioconda Belli se adentra en la leyenda de su misteriosa abuela, Graciela Zapata Choiseul de Praslin, la mujer fuerte y vital a quien visitaba en una pequeña ciudad rodeada de neblina. Ganadora del Premio Biblioteca Breve y del Premio Sor Juana Inés de la Cruz por su novela El infinito en la palma de la mano (2008), es también autora de la icónica novela La mujer habitada (1988 y 2010).



—En 'Las fiebres de la memoria' indaga en las aventuras y amoríos de su tatarabuelo, que huyó de París en 1847 y recaló en Nicaragua.

—Es la historia de una intriga familiar que empecé a comprender cuando ya era mayorcita. En principio, lo único que sabía es que tenía tres abuelas. Y eso era extraño (ríe).

—La imagen de la mujer en la literatura la construyó el hombre. Ahora usted lo hace al contrario: escribe en primera persona como si fuera un hombre.

—Sí. Me retó la idea de poder encarnar a un hombre en una situación tan compleja como la que le enfrenta. Y fue difícil pero también fascinante, porque yo creo que las mujeres tenemos una capacidad bastante grande de ponernos en los zapatos de los demás.

—Como feminista le ha costado escribir esta novela en la que su ancestro estaba acusado de haber matado a su esposa. Fue un trabajo detectivesco.

—Sí. Fue un trabajo detectivesco. Y al final, bueno, me reconcilié con él un poco. Pero también me pareció importante hablar de esas circunstancias, porque las estamos viviendo tan a menudo, y de cómo las mujeres al final le salvan la vida también.

—Como escenario de fondo, cuenta todo lo que fue la inmigración de Europa a Estados Unidos en aquellos años.

—Esta es una época de emigraciones. Y esa es la otra parte que me pareció fascinante escribir que era cómo la identidad se transforma cuando uno emigra. Cómo uno se tiene que inventar a sí mismo. Y eso viene en parte por mi propia experiencia, de que viví muchos años en Estados Unidos y nunca me sentí que era yo hablando en otro idioma, por ejemplo. El español se convirtió en mi refugio, en mi ser.

—Novelista y poeta, feminista y abuela de cinco nietos. Vivió la revolución sandinista de los ochenta y ahora la derrota de la revolución. ¿Inevitable?

—Bueno, no debería haber sido inevitable. Lo que pasa es que los personajes hacen la historia también. Y en el caso de Daniel Ortega nos encontramos un tipo que nunca debió haber tenido la figuración que tuvo y que, al llegar a tenerla, se aferró a ella de una forma casi patológica. Y entonces ha creado un monstruo de sí mismo.

—La frase es suya: “La izquierda fracasó en América Latina por una tendencia totalitaria”. ¿Por qué y cuándo se rompió el sueño?

—Bueno, el sueño se empezó a romper, creo yo, cuando toda esta gran esperanza de que, cuando la izquierda llegue al poder, se empieza a manifestar en que no saben administrar el poder de una manera democrática y empiezan a querer perpetuarse en el poder y a usar métodos muy autoritarios en el poder. Y empiezan a querer hacer una especie de transacción: Yo te doy justicia social pero no me pidas libertad.

—400 muertos y 30.000 huidos. Califica la represión de Ortega como más cruel que la Somoza. ¿Sin exagerar?

—Sí. Sin exagerar. Porque Somoza estaba luchando contra un ejército guerrillero y este hombre ha estado luchando contra una población desarmada.

—Usted dice que Ortega desarrolló un clientelismo tremendo con el dinero de Venezuela. No parece argumento suficiente. La derecha en América Latina también es muy brava.

—Pero la derecha venía en retroceso, ¿no? Y la izquierda tuvo una gran oportunidad precisamente porque la derecha había fracasado. Entonces, al fracasar la izquierda de nuevo, ahora tenemos una bola de derecha que no solo está sucediendo en América Latina, sino también en el mundo. Yo pienso que tiene que ver con la resistencia a la globalización. En cierta manera, que la gente se vuelve muy tradicional, se atrinchera en valores sumamente conservadores. Y es una contraizquierda. Cómo se explica uno tener a Trump después de Barack Obama.

—Volviendo a Nicaragua. ¿La solución la tienen los jóvenes?

—Sí. Yo pienso que sí. Definitivamente, mi generación es una generación interesante porque tiene en la sangre el ardor contra los tiranos. A mí me parece que hay una experiencia colectiva que se ha transmitido, ¿no?, y que no le permite aceptar que se vuelva a repetir la historia.

—Uno de los grandes retos de Centroamérica es superar el machismo. ¿Cómo ve España ahora en el tema de la igualdad por sexos?

—España la veo mucho mejor. Pero falta mucho todavía (ríe).

—A la lucha de la mujer falta incorporar el hombre feminista. ¿Solamente?

—No solamente. Pero pienso que es una tarea muy importante que el hombre se una a esta lucha, porque realmente es un fallo profundo en la sociedad la desigualdad. Y tratar de solucionar ese problema de la desigualdad no es solo un problema de las mujeres, porque a todos nos afecta. Entonces, hay que reclutar a los hombres.

—Para ser un país tan pequeño, Nicaragua tiene superávit de poetas. ¿El virus os lo inoculó Rubén Darío o eso lo da la tierra?

—Yo creo que la combinación de ambas cosas. Los volcanes, los lagos y Rubén Darío.

—Le encanta que la vida le dé sorpresas. ¿Cuál espera ahora y que no adivina?

—Esperar una Nicaragua diferente. La libertad otra vez en Nicaragua, pero no sé cómo se va a dar (ríe).

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

22 de abril de 2019

  • 22.4.19
Autor de poesía, novela y ensayo, Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) ha escrito, a lo largo de cuarenta años, El Rastro, el lugar donde “la gente va, aunque no lo sepa, a buscar su pasado”.



—Cuarenta años visitando el Rastro, antes de las ocho de la mañana y en ayunas. Dime qué has buscado durante tantos años y nunca encontraste.

—La inmortalidad. En realidad, lo que se va buscando es un imposible. Y por eso acudes cada mañana con la ilusión de que lo vas a encontrar. Y en este caso es algo que justifique toda la vida y que le dé sentido a toda la vida.

—¿Has logrado por fin dilucidar qué encontramos en las cosas viejas que no nos ofrecen las nuevas?

—Sí. Básicamente es el futuro. Las nuevas están mucho más confundidas con el presente como para ver el futuro. El pasado tiene mucho más claro el futuro que el presente.

—En tu libro aparecen no solo objetos, sino también esas personas que le dan vida, que te conocen y saludan cuando paseas.

—Quizá para mí es lo más gratificante del Rastro: la vida, mucho más que encontrar cosas.

—Tierno Galván redujo las calles del Rastro y lo limitó al domingo. ¿La reforma ayudó a su conservación o le cambió el carácter?

—La reforma de Tierno confirmó algo que todos veíamos. Y es que España había cambiado y que era otra más pequeña, más próspera y más jovial.

—Entre los objetos curiosos que encontraste se encuentra un libro de Cernuda que te costó un euro.

—Era una primera edición de Cernuda. No he encontrado otras cosas más singulares. Una de las que yo más valoro es la primera edición de La Fontana de Oro de Pérez Galdós dedicada por Pérez Galdós de su puño y letra a su amigo, el carlista José María de Pereda.

—Dices que siempre buscamos aquello que ya hemos encontrado.

—Sí. El Rastro es una emoción muy rara, porque buscamos lo que no encontramos, nos llevamos lo que no necesitamos. Sin embargo, lo que encontramos al final es parte fundamental de nuestra vida.

—El Rastro, supongo, tendrá sus leyes no escritas de compra.

—Sí. Y hay que ser muy riguroso con esas leyes. Y no hay que saltárselas. Y son las leyes verdaderas. Son las no escritas, que son las de verdad, la de la palabra dada y la del honor.

—No te consideras bibliófilo, ¿pero el libro es el objeto que más valoras de este mercado?

—Es el que más he buscado. Los papeles, ¿no? Yo soy un hombre de papeles, de papeles viejos. Pero no es lo que más valoro. Más que los papeles, valoro la vida.

—Dices también que una de las razones por las que la gente se acerca a este lugar es para reencontrarse con su infancia.

—Sí. Porque tiene la sospecha de que aquello que perdió, la infancia, va a aparecer en cualquier momento. Y con ello, el enigma resuelto de su propia vida.

—Al igual que con la prensa escrita, ¿Internet es competencia para el Rastro?

—En cierto modo, sí. Pero Internet no es ni mucho menos la mitad del Rastro. En Internet, tú buscas. Tienes que buscar siempre, si no, no encuentras. En el Rastro encuentras aunque no busques.

—Poco se ha escrito del Rastro, salvo Gómez de la Serna. Poco se ha cantado, salvo Patxi Andión, Sabina y alguno más. ¿Por qué?

—No es exactamente así. Al Rastro lo ha cantado y lo ha filmado mucha gente. Lo que pasa es que queda un poco más solapado, como las propias casas del Rastro, que están un poco confusas. Pero sí se han hecho cosas estupendas. Podríamos tirar de sainetes, de zarzuelas. Olga Ramos tiene un cuplé estupendo. Hay más de lo que parece.

—El Rastro ha dado origen a dos palabras: barriobajero y rastrero. Pero con una lectura negativa.

—No siempre fue así. El origen de las dos palabras es al contrario. No tenían la significación inicua que hoy les damos. Al contrario, barriobajero y rastrero, en su origen, principios del siglo XIX, eran sinónimo de valentía y de desinterés, y de generosidad, y de heroísmo. Porque los principales soldados contra la afrancesada eran barriobajeros y rastreros.

—El Rastro es uno de los mercados ambulantes más antiguos del mundo. ¿Qué otro le hace competencia?

—En fama, sin duda, las Pulgas de París. Pero en carácter no creo que las Pulgas de París tenga el carácter y el sabor que tiene el nuestro.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

15 de abril de 2019

  • 15.4.19
Violinista y escritora hispanochilena, Isabel Mellado reside entre Granada y Berlín. Su libro de relatos El perro que comía silencio (2011) tuvo una excelente acogida entre los lectores y la crítica especializada, y ya lleva tres ediciones. Vibrato es su primera novela, un relato sensorial que acompaña al lector por el laberinto del oído. Pero también es una historia de hermandad, desarraigo y crecimiento.



Compuesta en tres movimientos, se adentra en los entresijos de la profesión y en las dificultades de amar a alguien en otro país y en otro idioma. Gracias a la beca Karajan se instaló hace 27 años en Berlín para completar sus estudios con el concertino de la Orquesta Filarmónica. Sus cuentos aparecen en antologías de Chile, España, México y Alemania.

—Apareces en la portada de tu libro. Quien iba a salir no te gustó. ¿Qué expresión debe tener una violinista que quienes la vemos desde fuera no vemos?

—Sí. Bueno, yo creo que hay tantas expresiones de violinistas como de cualquier otra expresión. La de la portada me interesaba especialmente que se notara que su mejor voz era el violín. El violín es una máscara que, en este caso, refleja como una máscara griega o una máscara de teatro. La tragedia y la comedia es simultánea. Ella está escondida detrás de esta máscara.

—Escribes en tu libro que vibrato es una hermosa inexactitud en la exactitud de la música, un camuflaje de la desinformación. ¿Eso es tu novela?

—Digamos que las circunstancias de la protagonista y de su hermano son bastante terribles. Comienza en una dictadura y en una familia disfuncional, donde hay mucho miedo. Y dentro de esto, el contrapunto de que vibrato sea un temblor voluntario, que produce belleza y que sea como la protección que te pueda proporcionar el arte, era muy importante dentro del libro.

—¿Cuánto de autobiografía hay en tu libro?

—La novela es totalmente autobiográfica. La música que aparece en la novela, el instrumento y los países son reales. Ahora hay mucha creación también porque para mí la literatura es creación. No es mi vida tan interesante como para que solamente me quedara con mi vida. Yo quiero vivir otras vidas. Hay mucho robo de experiencias ajenas.

—Escribes y haces música. No sé si un día será incompatible. Tú dices: “Dejar de hacer música es una herida de la que no se sana”.

—Eso es absolutamente así. Yo también, cuando escribo, intento un poco hacer música con el ritmo. En este caso, también la temática. Yo no me podría sanar de esa herida. Creo que sí puedo compatibilizar las dos cosas. Tienen tanto en común. Las dos cosas se hacen con el oído, ¿no?

—Los músicos no suelen buscar pareja con otros músicos. Salvo en las orquestas juveniles. Ahora entiendo el aforismo: “Con la música a otra parte”.

—Jaja. Sí. Bueno, hay de todo un poco. Yo creo que en este caso no es tampoco distinto a otras profesiones. Hay tanta gente que se relaciona con otros músicos porque solamente ellos pueden comprender esa obsesión y tienen que estar siempre en ese mundo, que también es muy grande. Y otra gente que sí necesita de otras materias. Yo me alegro de cara a mi hijo y de cara a cada persona que conozco que hace algo distinto a la música. Con todo lo que yo amo la música, necesito enterarme de otras cosas del mundo. Tengo demasiada curiosidad como para quedarme con solo amigos músicos.

—Llegaste a Alemania el 30 de diciembre de 1989, dos meses después de que cayera el Muro. El Año Nuevo lo pasaste en un puente con los policías de los dos lados. El Año Nuevo más feliz de tu vida.

—Sí. Eso fue increíble. Estaba tocando con una orquesta de gente que era como de treinta países, una orquesta juvenil, habíamos hecho una gira maravillosa por la Unión Soviética, que ya no era la Unión Soviética. Y fue absolutamente conmovedor eso. Gente que habían estado vigilando el intercambio de espías en el puente, de golpe estos mismos policías tocando, primero como haciendo una guerra de poder entre ellos, y después abrazándose. Yo siempre había pasado Año Nuevo estudiando para los exámenes de violín, que eran a comienzos de enero. Y esta vez, algo tan asombroso y tan importante. el Muro de Berlín y poder presenciarlo de esa manera musical.

—Ahora repartes tu tiempo entre Granada y Berlín. ¿Necesitas la luz como latina que eres?

—Absolutamente. Yo estuve más o menos 17 años solo en Alemania y yo soñaba con la luz. Yo tenía una necesidad profunda de luz y del idioma también. Realmente, yo soñaba ya en alemán. Y pensaba que eso no podía ser. Yo pienso que las obsesiones tienen que ser en el idioma materno en lo posible. Sí. La luz y el idioma.

—La novela se subtitula “La música y el resto en 99 compases”. Una novela estructurada como si fuera una obra musical.

—Yo quería hacer un contrapunto de muchas voces. No solamente la voz de la protagonista y, como te decía, siendo el sonido en el fondo el personaje principal, el sonido, el ruido, el silencio, distintos tipos de sonido, por lo que no es una novela solo para un músico. Y era importante mostrar que estos pequeños eslabones, que son los compases, que son cosas tan pequeñas. La protagonista estudia con su hermano para lograr la perfección en algo que termina siendo grande. Pero es un homenaje a lo pequeño. En lo pequeño hace este concierto.

—No hay muchas novelas sobre la música contadas desde dentro, desacralizándolas. Por eso muestras una visión distinta del mundo de la música, con sus sombras y sus luces.

—Sí. La disciplina de una orquesta es algo muy interesante porque se pueden usar metáforas de muchas cosas. O sea, yo no conozco otro trabajo donde se haga con 40 personas en un mismo espacio. Es realmente como estar comiendo con el colega el mismo plato de sopa o estuvieses compartiendo el computador. Y estamos en las buenas y en las malas. Y a veces podemos odiarnos pero, cuando salimos al escenario, estamos por una causa. Somos un pequeño país, sin lugar a dudas.

—Cuando escribes, lo haces en solitario. Puedes vivir una doble o triple vida. En música, sin embargo, eso no ocurre. Es colectivo.

—Es colectivo. Y es interesante que en el ejercicio de la música es urgente, yo voy atravesando muchos siglos. Estamos tocando algo de Bach. Y después estamos tocando algo contemporáneo. Eso es muy interesante. En la escritura, yo no estoy escribiendo en un estilo barroco y después en un estilo contemporáneo y dodecafónico, etcétera. Eso es muy interesante en el mundo del músico. A veces parece que los músicos fuésemos personas muy cerradas a la actualidad. No lo somos. Lo que pasa además es que abarcamos como un periodo que no solo es nuestro.

—Dices de tu novela que es existencial y sibarita, con instantes musicales. Pero, sobre todo, que es una oda al oído.

—Me preocupa a veces esa interpretación que se pueda dar a la novela, que llame mucho la atención el hecho de que yo sea músico, que en la novela se hable de música, porque no quisiera restringir el campo de lectores, que piensan que es una novela para quien le gusta la música clásica. Para cualquier persona que escuche, que tenga curiosidad por el oído, porque también hablo de otros tipos de música, incluso esa visión, no de la protagonista, sino del esposo, crítico musical, desacralizando este mundo de la música, porque los músicos son muy desclasados. Ellos van pasando por muchos estadios. Entonces, no solamente es el mundo de la música, es más bien el sonido. También los sentidos.

—Me gusta cuando afirmas que no escribes ni poesía ni prosa, sino que escribes con el oído, buscando que lo que dices suene bien.

—Para mí es muy importante el ritmo. Yo no sé de dónde viene. Siempre me preguntan por las influencias. Yo no sé si es familiar o me viene de las partituras, porque son muchos años, claro, rodeada de partituras. Entonces busco una cadencia, un ritmo o incluso un corte de ese ritmo. Yo, cuando leo, leo en mi cabeza y escucho las palabras. Entonces creo que es muy importante, es inmaterial. Si yo hiciera un traje, a mí me gustaría que tanto el corte del traje como el material del que he hecho el traje sean óptimos.

—Escribes con seis sentidos. Los habituales y el humor.

—Yo creo que es muy importante el sentido del humor porque para mí es un arte más y nos abre muchas cosas. No solamente de lo terrible, sino que también de la grandilocuencia. Para mí, el humor es poder ver a veces un poquito más lejos.

—Siempre llevas contigo un poema enmarcado de Jorge Teillier que te dedicó cuando eras niña. ¿Una especie de amuleto?

—No solo de amuleto, sino que también fue una especie de premonición, es un oráculo. Este poema escrito hace tanto tiempo habla de la caída de un muro, que puede ser perfectamente el Muro de Berlín. Habla de un barco de velas, haciendo ya una premonición de todos los viajes que iba a tener deseándome este buen final.

Hay algo en este poema que, aunque es muy simple, es el único poema escrito en rima de este hombre, y además es un poema muy alegre, tiene algo que es como un movimiento lento de mar, tiene algo de melancólico y tan bello, y con un final probablemente feliz. Probablemente.

—Lo que más te gusta de Berlín es su silencio y su carácter recio. El chileno, en cierto modo, es así también.

—Sí. El chileno es bastante introvertido. Bueno, si se puede generalizar, digo que sí. Pero también me gusta eso de que tiene algo introvertido y bastante mundo interior, por decirlo así. Eso me gusta. Que hay algo de escarbar. Hay un misterio ahí. Bueno, también una especie de tormento. Son más atormentados de temperamento que los españoles. O sea, yo nunca me imaginaría a mi madre bailando sevillanas feliz. No. Somos más melancólicos. También tenemos la puntualidad metida en los huesos. Yo no sé si será porque soy músico. Un músico no puede llegar tarde. Sí hay una conexión. Sobre todo cultural.

—No me interesa el estado civil de nadie. Pero sí me interesa tu respuesta. Porque dices que eres soltera en clave de sol.

—Jaja. No. Ya no soy soltera en clave de sol. Sigo en clave de sol pero ya no soy soltera. Casada tampoco. Estoy bien acompañada en todas las claves posibles.

—Tomas anotaciones para otra novela, que presumes será corta. ¿Sabes ya de qué irá?

—Sí. La novela que escribí es una novela de desarrollo. Estoy contando toda mi vida. Incluso llegando al extremo. Estoy contando el momento de nacer. Estoy contando desde el kilómetro cero de esta persona. Va a ser una novela que probablemente va a ocurrir en el lapso de una semana y eso es ya como una estructura el tiempo en que va a ocurrir.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: GONZALO RECIO

8 de abril de 2019

  • 8.4.19
Novelista, articulista y viajero, Julio Llamazares (Vegamiám, León, 1955) publica Las rosas del sur, diez años después de la aparición de Las rosas de piedra, un viaje por las 75 catedrales de España. Tras haber recorrido todas las del norte, el autor va de Madrid a las Islas Canarias, pasando por Extremadura, Castilla-La Mancha, Levante, Andalucía y Baleares, describiendo con detalle y humor cada una de las catedrales en esta zona de la geografía española. En conjunto, ha realizado 14 viajes en coche, barco y avión, ha consumido 16 años de trabajo, ha viajado 20.000 kilómetros y ha publicado, entre los dos volúmenes, 1.200 páginas. Como él dice, una “aventura catedralicia”.



—Me gusta su definición de nuestras catedrales: “Son las cajas negras de nuestra historia”. Ahora que las ha abierto, ¿desconciertan más por sus luces o por sus sombras?

—España es un país en claroscuro, como su pintura, la pintura del Siglo de Oro y del siglo XVII, y continúa siéndolo. A veces creemos que es más luminosa de lo que es y a veces creemos que es más sombría de lo que verdaderamente es. Y en las catedrales ocurre igual.

—Ha visitado las 75 catedrales en 14 viajes distintos en coche, barco y avión, ha consumido 16 años de trabajo, ha viajado 20.000 kilómetros y ha publicado 1.200 páginas en dos volúmenes. En efecto, el resultado es el fruto de una “aventura catedralicia”.

—Y quijotesca. Es un sueño de locos, como los sueños que llevaron a la Cristiandad a construir estos grandes libros de piedra que son las catedrales.

—Su libro nos muestra cómo hemos convertido España en un parque temático. ¿Lo intuía antes de iniciar el viaje o se fue deprimiendo conforme la realidad le ponía frente al estropicio.

—Lo intuía pero es que cuando yo comencé el viaje en 2001 todavía no era tan parque temático como es ahora. O no se había extendido tanto y agudizado tanto ese parque temático.

—En sus investigaciones ha constatado la pervivencia de dos Españas muy diferentes, que no son precisamente las de Machado. Descríbamelas.

—He descubierto varias versiones de las dos Españas de Machado mirando las catedrales y viajando por todo el país. Hay una España del norte y otra del sur, que se refleja muy bien en estos dos libros. La del norte es fundamentalmente gótica y románica. Y la del sur es renacentista y barroca, como el espíritu que las alimentó.

Y luego te diría que también hay dos Españas que cada vez están más agudizadas en el presente que son la interior y la periférica. Salvedad hecha de Madrid como ese badajo de esa campana que es España y que marca el ritmo de España, pero alrededor de ese trabajo ya está la periferia. Ahí hay un enorme vacío donde curiosamente están algunas de las más fabulosas catedrales.

—Me encanta esta frase: “Es más fácil ver a un japonés que a un cura en una catedral”. Tampoco encontró a dios. ¿No se equivocaría de establecimiento?

—No. Y después de 75 catedrales visitadas creo que tengo cierta autoridad para referirme a esto. Lo del japonés y el cura es normal. Cada vez hay menos curas y más japoneses viajando por el mundo. Y lo de encontrarse a dios en las catedrales es difícil cuando para entrar en la ciudad de dios te cobran seis, ocho o diez euros.

—El turismo ha invadido las catedrales y el país en general. Aunque fuente principal de ingresos, ¿no deberíamos poner puertas al campo?

—El turismo, como cualquier gran religión, y no deja de ser religión, tiene también sus daños colaterales. Crea riqueza pero destruye muchas cosas que tenían gran valor. Por ejemplo, la vida vecinal en los cascos históricos de los ciudadanos. Y otros muchos. Yo creo que toda fuente de riqueza económica hay que regularla también para evitar los daños colaterales.

—Siempre amó los viajes y las crónicas de viajes. ¿Cómo anda de salud el género?

—Yo creo que goza de buena salud. No mejor ni peor que el resto de los géneros literarios. La literatura de viajes es el género literario más antiguo porque los primeros libros eran de viajes, a veces disfrazados de novelas o romances. Pero el viaje y la literatura para mí es la literatura en estado puro porque el viaje es la metáfora más acertada de la vida.

—Como decía, muchas catedrales se han convertido en museos y la Iglesia cobra entradas por sus visitas. ¿Ya todo es negocio?

—Digamos que los mercaderes del templo, a los que echó Jesucristo, hoy en día son los cabildos catedralicios.

—En Córdoba tuvo que apelar a su condición de periodista accidental cuando le querían cobrar dos veces la entrada, por la mañana y por la tarde.

—No. Me querían cobrar cada vez que saliera y entrara. Y yo lo que acostumbraba era pasarme un día en cada catedral pero no dentro, sino fuera tras salir y visitar la ciudad. Recuerdo que le dije al de la taquilla: “Hasta las discotecas cuando yo era joven te ponían un sello en la muñeca para entrar y salir”. A veces en determinadas catedrales he encontrado una voracidad recaudatoria que le hace muy poca publicidad positiva a la Iglesia.

—La anécdota de Huelva huele peor. Faltaba una hora para el cierre y le echaron porque el canónigo quería oficiar una misa solo.

—Bueno, tiene que ver con el sentido patrimonial que determinada parte de la Iglesia, no toda. La Iglesia no es monolítica. Las catedrales y las iglesias son de todos. Porque todos las construimos y ayudamos a mantenerlas. No de quienes las administran, que son los curas, los cabildos, los obispos.

—En las catedrales no encontró ni a curas ni a dios, solo a turistas. ¿Pero había creyentes, devotos purgando por sus pecados, beatas llorando por el destino impúdico del mundo?

—Algunos curas sí encontré. Incluso en alguna catedral todavía había bastante vida. Hay creyentes en todos los sitios. Dentro y fuera de las catedrales. Y merecen mucho más respeto del que a veces tiene la Iglesia por ellos, reconduciéndolos a una capilla lateral para que puedan rezar cuando, a lo mejor, lo que alguien quiere es contemplar y extasiarse ante la maravilla espiritual que es una catedral.

—Dice usted que las catedrales son los edificios más bellos que ha construido el hombre de Occidente. ¿Se sabe cuántas almas perecieron durante tantos años en su construcción?

—No se sabe pero es fácil imaginar que muchísimas. En algunas catedrales yo he encontrado un cartel o carteles que dice esta parte se construyó siendo obispo Fulanito, arquitecto Menganito, y mucha más gente cuyos nombres dios conoce. Digamos que también hay clases dentro del reconocimiento divino de la labor de construcción de las catedrales.

—Habrá terminado exhausto. ¿Ahora toca novela en mesa camilla o mochila y viaje?

—Yo procuro alternar las dos cosas. Digamos que pondría en la puerta de mi casa aquellos carteles que había en las antiguas pensiones, por lo menos en Madrid y en otros lugares, que era: “Viajeros y estables”. Yo necesito combinar vital y literariamente las dos ideas. La de viajar y la de estar solo escribiendo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO


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