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clínica parejo y cañero - único hospital de día del centro de andalucía

TURISMO CAMPIÑA SUR CORDOBESA

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18 de enero de 2022

  • 18.1.22
Si un político anunciase que va a favorecer la destrucción de empleo, la despoblación rural y la humillación sistemática de la ciudadanía para aumentar las ganancias de algunos amigos notables a través de la usura, el robo o por el arte de birlibirloque, nadie le votaría. Por eso es mejor no decirlo. Se permite, se mira para otro lado y se va aplicando la vaselina que haga falta en forma de palabras, de donaciones o de campañas publicitarias con las que, con hipocresía, prometen que harán realidad nuestros sueños.


En estos días de atrás, mientras añadíamos el ladrillo de la carne al muro que divide las dos Españas, tres noticias saltaban a los medios nacionales para demostrarnos que una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace; que hay sectores intocables y que somos simples números para un sistema cada vez menos humanizado.

Un hombre de 78 años, cansado de ser ninguneado, humillado y ofendido ha recogido 100.000 firmas a través de la campaña Soy mayor, no idiota para que los bancos atiendan presencialmente a las personas que, por edad, no saben manejarse con las nuevas tecnologías, y que cada vez que se presentan en una oficina para sacar su dinero o comprobar su pensión, les recuerdan que el mundo ya no es suyo, que su tiempo ya pasó, que se pongan en manos de sus nietos y de sus móviles.

Por otro lado, en un pueblo de Guadalajara, Tamajón, se ha roto el cajero automático y el banco ha dicho que ya no es rentable arreglarlo. El alcalde, sabiendo de la importancia de este servicio para sus vecinos, ofrece pagar los 15.000 euros de la reparación, y la respuesta que recibe es que no merece la pena, que se busquen la vida para recorrer los 20 kilómetros que los separan del cajero más cercano.

Para solucionar problemas como esos, en Salamanca han encontrado una solución original, el Bibliobús, que además de llevar las novedades literarias, también hará el servicio de cajero para que sus vecinos puedan comprar el pan, tomarse un café en el bar o darle unos euros al nieto que vaya a verlo el fin de semana.

Un servicio sobre el que los políticos presumen de que no les supondrá mucho coste a sus presupuestos, pero que olvidan decir que deberían pagar los bancos, que son los que nos cobran hasta por respirar, después de haberlos rescatado de la catástrofe.

Lo que le estamos permitiendo a los bancos es el mejor ejemplo de vasallaje, de genuflexión de nuestros dirigentes y de patente de corso que se le ha otorgado a unos miserables que ya no abordan los barcos de otros países, sino que roban directamente a sus propios conciudadanos.

Durante la pandemia se les calcula una ganancia de 14.600 millones de euros, un 40 por ciento más que antes de la crisis sanitaria. Beneficios a costa de los 7.000 empleados que han echado a la calle, de las sucursales cerradas, de la creación de aplicaciones para que no vayamos a molestarlos, para que lo hagamos todo desde casa, corriendo nosotros con los gastos.

Y, además de lo que se ahorran, lo más humillante es que tenemos que pagar comisiones por hacer su trabajo y asumiendo los posibles errores, aunque luego Europa los castigue y los llame "usureros", como pasó con las clausulas suelo y los “papeleos” de las hipotecas que tan generosamente ofrecían y con las que, si no podías pagar, te desahuciaban sin miramientos.

Si no sabes o no puedes hacerlo por ti mismo desde casa, como castigo te hacen sufrir colas en la calle, tengas la edad que tengas, haga frío o calor. Y cuando consigues pasar las barreras de su fortaleza, te hacen perder el tiempo, sentirte idiota poniendo un tono paternalista y moralista para explicarte que los tiempos han cambiado y que hay que adaptarse sí o sí, porque no tienes elección: tu Gobierno te obliga a dejarte robar.

Es cierto que puedes elegir quién te roba, pero hay que pasar por el aro: no puedes salirte del sistema bancario. Puedes elegir si comes carne o no, si quieres vivir conectado a internet. Incluso, a regañadientes, están posibilitando que seas autosuficiente energéticamente. Pero lo de los bancos no se toca.

Su discurso es que los ciudadanos somos muy malos, que nos gusta tener dinero negro, que escondemos debajo del colchón nuestros ahorros para no pagar impuestos. Y para que eso no ocurra, el futuro pasa por contabilizar todo lo que tienes, y así, además, sabremos cuántas veces vas a tomarte unas cervezas con los amigos para seguir informando a las multinacionales y que te manden publicidad. Es mejor —deben pensar los políticos— que roben los amigos de forma controlada, porque los ladrones de guante blanco, al menos, tienen clase. Y algo les llega para sus cosillas.

MOI PALMERO

17 de enero de 2022

  • 17.1.22
Cada nuevo año, este hombre, como cualquier otro, sospecha que la vida será otra, que los sueños se tornarán tangibles, que el tiempo muerto y desordenado del ayer sucumbirá a otras nuevas posibilidades. Siempre, cada año, la esperanza inarticulada de alimentar la misma quimera, de cambiarlo todo, se muestra real.


El año se abre dejando la puerta de par en par, y detrás, sin que este hombre pueda apercibirse de este otro nuevo emplazamiento, un viento huracanado rompe los jarrones de cerámica china, los vidrios pintados de las botellas, las ventanas inútiles, las bambalinas que dividen cualquier realidad onírica de cualquier otra viable. Entre un momento y otro, el tiempo apenas cabe en una copa de aguardiente.

Los sueños son eternos porque siempre regresan con nueva mercancía cuando el sol se pierde entre las montañas nevadas y la noche cubre con su manto perverso todos los agujeros de la tierra. Afuera, este hombre, apostado en su sillón de orejas, abre los oídos al silencio perpetuo, a la remota colina donde viven los lobos, al agua turbia de un río que se nutre de su propio cauce. Quiere pensar que, esperando, ahuyenta a los fantasmas y seduce a las hadas de su fantasía, a las sirenas salvajes cuyo silbido le subyuga e hipnotiza. Pero a unos metros de esta casa nadie habita otra hacienda. Tal vez una lluvia remota y fina deje rastro de su paso inútil en los cristales de alguna ventana. Cuando la noche cubre esta habitación de probabilidades inverosímiles, este hombre cierra los ojos para extraviarse en otro mundo que no es este, aun siendo el mismo.

Pero siempre, el nuevo día, como el primer mes de un nuevo año, vuelve a ubicarlo en este demoledor espacio donde rige el huidizo paso del tiempo. Acaso esta sensación de no poder detener su esencia le perturba aún más que la solidez de la vida, aún más que el brillo de un sol incandescente, que la perfecta geometría del día y la noche, incluso de su alternancia precisa sin que nadie se atreva a romper un sistema perfecto que alumbra cada noche y oscurece un nuevo día. La luz y sus sombras, los rayos deshilachados del olvido, cada exhalación que centellea como una chispa única e imposible de conservar en frasco alguno.

En esta magia imperfecta que es la vida, este hombre se sienta a sus anchas a debatir consigo sobre sus orígenes, a replantearse el origen de él mismo y de cada uno de nosotros, a entender la geometría incomprensible del aire, el suspiro agónico del punto final de toda existencia, como así envidia el vuelo hirsuto del pájaro, la voraz y estéril inteligencia de la serpiente, en un reptar absurdo e inútil que envidia ruedas y piernas, la intención torpe de cualquier bacteria o virus, incluso del informático, que siempre sufrirá el ataque demoledor de otra ciencia postiza pero eficaz. Nadie muere nunca del todo. Así que este hombre se dispone a crear otea vida paralela donde cobijarse y dar forma a otros sueños que siempre le fueron ajenos.

Cada año que nace, como cada amanecer, abre otras probabilidades, que, bien escudriñadas, son las mismas de otros días y de otros años, pero así, vistas de soslayo, dibujan un paisaje nuevo, acogedor, iridiscente, como un mineral expuesto al soborno de los sentidos. Bastará con cruzar otras calles, escuchar a otros transeúntes extraviados en las mismas avenidas, destripar los titulares informativos y cautivadores de la prensa, para saber que el mundo no ha sufrido ni el más mínimo rasguño en estos años que sucumbieron al desencanto, que la revolución pendiente pende -valga la redundancia- y agoniza en los barrizales estériles de la memoria. Es entonces cuando este hombre abre la ventana para comprender mejor por qué otros propósitos son necesarios, aunque pisemos siempre las tablas del mismo escenario.

Y es así. Porque la vida se va agotando, el mineral del que se nutre se diluye en las venas y en las venas deja almacenados los momentos de los que se alimenta la nostalgia. Este hombre, cuando se ampara en otros motivos para mudar su biografía, en realidad sabe que no puede escapar de su propia piel y que, aunque mudara el pellejo como otros reptiles, se le queda el mismo hueco en la mirada y las mismas dudas, acaso más consolidadas, con las que ha sobrevivido hasta ahora. Pero no le importa. Ya no le importa. Porque los años gastados son más que los que el destino le pueda devolver intactos, o bien usados, que ya le daría igual. Sabe que, después de todo, la vida, en sí misma, con sus descosidos y sus ingratas sorpresas, supera siempre a cualquier lectura del mejor libro. Porque estas páginas, las vividas, las escribe cada cual, las escribe él, a su antojo, con la tinta indeleble de quien ha optado por abrir esta puerta donde no hay camino ni árboles, pero que ya él se dispone a dibujar como el único paisaje posible: aquel que uno es capaz de crear donde no hay nada.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

16 de enero de 2022

  • 16.1.22
Reflexionando acerca de esta serie, en la que abordo el estudio de los grandes creadores de la arquitectura, compruebo que solo han aparecido dos nombres femeninos: uno de manera individual y el otro dentro de un equipo. Se trata, por un lado, de la gran arquitecta anglo-iraní Zaha Hadid, sobre la que escribí hace algún tiempo, y de Carme Pigem que forma parte del equipo RCR, ubicado en Cataluña.


Ambas recibieron el Premio Pritzker de Arquitectura, algo así como el Premio Nobel de esta disciplina, en los años 2004 y 2017, respectivamente.

Pero la gran sorpresa se ha producido en las dos últimas convocatorias anuales del Premio Pritzker, en las que fueron premiadas tres arquitectas. Hemos de tener en cuenta que ahora en esta profesión –tiempo atrás, eminentemente masculina– se habla también en femenino, dado que no solo hay arquitectos de nombres destacados trabajando en la mayoría de los países desarrollados, sino que también a ellas se las empieza a reconocer su gran valía en un terreno que parecía que les estaba vedado.

Puesto que en un artículo como este tengo que restringirme a un número reducido de nombres, citaré y comentaré el trabajo de las seis mujeres que han recibido este afamado galardón. Son: Zaha Hadid (Irán-Reino Unido – Premio Pritzker en el año 2004), Kazuyo Sejima (Japón - 2010), Carme Pigem (España - 2014), Ivonne Farrell y Shelley McNamara (Irlanda - 2020) y Anne Lacaton (Francia - 2021).


Tengo que confesar que siento una gran admiración por Zaha Hadid, pues no solo colocó su nombre entre las grandes figuras de la arquitectura internacional, sino que logró crear un estilo muy personal con el que se podían identificar sus obras. Fue la primera mujer que recibió el Premio Pritzker, en el año 2004. Lástima que esta brillante arquitecta falleciera temprano a la edad de 65 años; no obstante, nos dejó un amplio legado de obras, algunas de ellas en nuestro propio país. Como ejemplo, muestro la imagen del puente que diseñó para la Expo de 2008 de Zaragoza centrada en el agua y la sostenibilidad medioambiental.


La frágil figura de Kazuyo Sejima nos puede confundir, dado que es una mujer de gran fortaleza y decisión en su campo de trabajo. Nacida en 1956 en la prefectura Ibaraki de Tokio, junto a su socio Ryue Nishizawa, ha desarrollado la mayoría de sus proyectos en su país de origen, aunque también proyectaron obras fuera de Japón, como el Museo Louvre de Lens en Francia, el New Museum of Contemporary Art de Nueva York o el Rolex Learning Center de Lausana en Suiza. El reconocimiento les llegó a ambos con el Premio Pritzker del año 2004. En nuestro país, fue aprobada su intervención en la reforma del IVAM (Instituto Valenciano de Arte Moderno), del que muestro una parte de su fachada.


El único arquitecto español con el premio del que estamos hablando era Rafael Moneo, hasta que en el año 2014 se recibió con cierta sorpresa el reconocimiento al equipo RCR, del que forma parte Carme Pigem. Puesto que de sus tres componentes ya hablé con anterioridad en esta sección, ahora quisiera hacer una breve referencia a la parte femenina del equipo, por el prestigio que supone recibir este galardón. Así, de las obras firmadas por Rafael Vilalta, Carme Pigem y Rafael Aranda (RCR), quisiera destacar el proyecto de la la guardería El Petit Compte que proyectaron en el pequeño municipio de Besalú (Girona), basado en un largo paralelepípedo con los colores del arco iris en su exterior y que continúan en el patio interior.


El Premio Pritzker comenzó a concederse en 1978, recayendo en aquel año sobre el arquitecto estadounidense Philip Johnson, el autor de las torres inclinadas de Madrid, denominadas Puerta de Europa. Se tardaría cuarenta y un años para que la mención cayera sobre el equipo que forman las dos arquitectas irlandesas Ivonne Farrell y Shelley McNamara. En contraposición a los inicios, y con el paso del tiempo, no solo se premiaron a los autores de grandes edificios, sino que también se ha tenido en cuenta las aportaciones a las innovaciones en las medianas y pequeñas obras, como las que llevan adelante estas dos magníficas autoras.


Cierro esta breve referencia mencionando al último nombre premiado con el Pritzker, correspondiente a 2021: la francesa Anne Lacaton, nacida en el año 1955. Al igual que la japonesa Kazuyo Sejima, ella trabaja en equipo con Jean-Philippe Vassal, nacido en la ciudad marroquí de Casablanca, por lo que el galardón recayó sobre ambos. De sus obras, he seleccionado una de extrema sencillez, pero de gran creatividad: la casa Latapie, que proyectaron en 1993, ya que se partiendo de la base de una losa de hormigón y con una estructura metálica que, en cierto modo, recuerda a un hangar, elaboran un hogar con fuerte carga geométrica en su configuración.

AURELIANO SÁINZ

15 de enero de 2022

  • 15.1.22
–Mejor, se ahorra el absurdo de que todo es nuevo porque hemos confundido la realidad con su apariencia, o nos enredamos con lo que está delante o detrás del mundo, o porque todo podría ser lo que no es; y estas argucias, aunque lo parezca, nada tienen que ver con la doctrina advaita –y solicitaba opinión con la mirada, como si yo supiera de qué iba la tal doctrina, o conociera las opiniones del tal Ilya, o… –depositó la taza en el plato–. Ya ve, se aclama todo eso en un mundo donde la circulación de gente es considerada más importante que la relación entre la gente, la que se despreocupa de su barrio y pretende ocuparse del planeta, y así continuaría, ad nauseam, mezclando problemas, malentendidos y fantasías cotidianos. ¡Y yo, que di de mamar a mi hijo! –suspiró, mientras yo simplemente la oía hablar–. En fin, nada está claro y todo se cuestiona, triste amén al protagonismo de esta banalidad tan dinámica que se ha venido introduciendo en nuestras clases, continuamente interrumpidas por la insoportable realidad virtual, ¡y esa es otra!, que absorbe a estos críos. En definitiva, considero, es una reflexión, tan íntima y si quiere elemental o acobardada por el trajín que auguran los tiempos venideros, lo admito, que filosofía es preguntar en voz alta y con amor, amor total, amor exigente, por la verdad hasta encontrarla, muy serenamente, allá donde se quiera esconder en este juego de distracciones que es la vida –se recogió el rizo, y auguraba mi respuesta en forma de expresión más o menos burlona; pero yo me mantuve aquiescente, me caía bien–. Lo digo de este modo porque cuando buscas la verdad practicas la sabiduría: ahora camino de la mano de Kant, ya le digo. Yo me conformo con la verdad: una pequeñita, cercana, vulgar si quiere, la de a diario, la que explica nuestros actos de cada día de la mejor manera… y se la ofrezco a estos niños para que les sirva y la cuiden. La otra, la que lleva veinticinco siglos rodando de boca en boca, es inalcanzable, no se detiene, y, puede que sean mis pocas luces, me es tan necesaria como inútil –sostuvo la mirada, una pizquita, por si, al fin, en la mía asomaba la burla del asno–. Además, y sume –ahora, inclinada sobre la mesa, se aproximó, y ofrecía media sonrisa al susurrar–, la verdad es el ojo que todo lo ve, por eso se la teme tanto. ¿Cree que me contradigo?

Carreteras azules

Se irguió contra el respaldo de la silla y volvió a recogerse el pelo, que se le reveló indomable, tras de la oreja. Yo, limpio de juicio, me dejé atrapar por el chirrido de una silla que una mujer con bata celeste arrastró para levantarse.

–No lo sé, pero yo me discuto todos los días –deslicé al buen tuntún, sin tener claro si la pregunta era retórica–. Para mí el hombre solo es un animal que se alimenta de una manera muy complicada –zanjé sumando la ocurrencia–. De ahí, sus líos –rematé.

Detuvo el brazo, la profusión de pulseras trenzadas y con abalorios de colores, sobre sus carpetas y me ofreció la perplejidad de su cara amable, tal vez decepcionada por lo vulgar o incongruente de mi respuesta.

–Se prevén tiempos curiosos –anuncié gratuitamente, y desvié la mirada hacia la lejanía, que no era otra que el dichoso parquecito.

–Sí, estoy de acuerdo –admitió al fin, como un eco de tan novedosa profecía–, y será imprescindible conservar los conceptos, al menos los importantes, limpios y desinfectados, que diría Ortega, como instrumental a mano. Si tengo suerte, la novedad de esos cambios, tan rápidos y ya tan próximos –volvió a su tema–, me atropellará sin haber puesto un pie en el gimnasio, ese templo del sudor como lo llamó Castilla, sin ninguna originalidad, cuando en él lo metieron de hoz y coz. Perdone la dispersión; divagaba sobre todo esto, es mi ruido de fondo, cuando usted llegó.

Contemplaba el resto de café, ya frío. Se miró el reloj.

Sí, el tiempo se agotaba y yo quería saber.

–¿Podría hablarme de las amistades del señor Castilla?

–¿Amistades? –alzó la cara, paciente y algo abstraída, neutra–. Si contamos desde siempre, muchas, y no conozco a todas, claro, las tendrá desperdigadas, y por muchos sitios. Recientes… no lo sé.

Asentí con la cabeza y subrayé mi actitud de poner la oreja.

–Su impresión… –repetí.

–Castilla, cómo le diría, no es una persona expansiva, pero tampoco retraída, es… peculiar, eso lo define mejor. ¿Y desde cuándo las amistades nuevas? Seguramente las tendrá, o las ha tenido, como ha rodado tanto… Nosotros nos vemos porque coincidimos, somos profesores en este instituto, muchos días nos tomamos un café aquí… Conoce a mi marido, con mi hijo se lleva fenomenal, y muy muy de vez en cuando, si concierta, pues se viene a comer a casa; a la suya, nunca. Charlamos, discutimos o coincidimos… Con los otros, los que también están en el empeño de encontrarlo, se ve también, ¡claro!, lo supongo, sí….

–¿Por qué pidió la excedencia? ¿No le extrañó? –insistí.

–No, para nada. Creo que ya se lo he dicho, tenía proyectos, fantaseara o no: escribir, viajar… o sencillamente ir a su bola, y quién no –se sonrió–. Propósitos que hablan de una persona con muchas inquietudes, todo lo contrario a mucho simple que circula por aquí. Si piensa en que nos hacemos mayores, que el tiempo se acaba… tal vez ha sentido la necesidad de ampliar horizontes, de realizar uno de sus muchos sueños aplazados; quizás… como hacía yo en Benarés, atreverse al barullo, al calor, al hedor, y callejear en bicicleta, ¡tantos pitidos!, acudir a sentarse en las gradas del Dashashwamedh, mi gaht favorito, ¡cuánta vida!, y ponerse a mirar, o a leer un libro, sin que te abrume el bullicio, ante el Ganges tan sucio, tan apacible, o descender por ellas y vencer la aprensión por mojarse las manos en esas aguas que arrastran inmundicias, los pecados, las cenizas…

–¿Mantenía o mantiene alguna relación? –le estropeé la evocación a la profesora, que ahora se contradecía al imaginar a Castilla rulando por la India.

–¿Sentimental? –se extrañó.

–Ajá.

–Pues… no le llevo la cuenta –le entró la risita–; no sé, es un hombre soltero. La última, supongo otras pero es la única que conozco, claro, me pareció una relación seria y le duró… ¿meses, uno o dos años? Ella era o fue actriz, una mujer guapa… Los invitamos a comer y vinieron a casa. Se les veía bien, aunque ella, en fin, era… diría absorbente, y que me perdone si añado soberbia; se le notaba… debía tener un carácter de aúpa… –me mostró los puñitos–. Se llamaba… no, disculpe, no consigo acordarme. Y cuando lo dejaron… a lo mejor me alegré, por él, claro.

–¿Problemas? ¿Enemistades?

–Si restamos el de su asignatura, ninguno; no, ninguno. Y enemistad, no. Falta de sintonía, simples rencillas por opiniones contrarias, con discusiones más acaloradas si más tontas, pues sí. Indiferencia, por todo en general y por nada en particular, mucha. ¡Vaya!, me ha salido una antítesis. Perdone, haga que no la ha oído; además, no es verdad. Castilla es una persona comprometida con su tiempo. ¡No me lo puedo creer! –se enfadó de mentirijillas–. ¡Ahora, una frase hecha, y de las peores! Pero esta sí es de verdad.

‒Cuídese ‒le deseé, tras darle las gracias por entregarme el nombre y número de teléfono de dos profesores que «congeniaban con Castilla, se trataba más con ellos», y por su amable disposición, cuando el tiempo ya se había agotado y ella tomaba su libro, sus carpetas y se alzaba de la silla, precipitosa, con ruido de dijes y collares.

Aún se retuvo, sonriente.

‒Cuidado deriva de cogitatus, pensar. Ergo sin pensar no hay cuidado. Aplíqueselo y encuentre a ese sinsorgo de Castilla. No lo puedo evitar, y otra vez le ruego que me disculpe, soy profesora. Y, por favor por favor, no pierda mi teléfono, quiero ser el primero de todos los de la pandilla en recibir la buena nueva de que lo ha encontrado y está con salud.

Seguí sentado mientras hacía un par de llamadas. Ninguno de los dos profesores añadió datos nuevos o distintos que merecieran la pena concertar una entrevista. Llamé al camarero para abonar lo consumido. Pensaba que alguien sin parientes, sin obligaciones laborales y con dinero a fin de mes, bien podía darse un baldeo por ahí, a su bola, por curiosidad, por hacer cosas distintas, probar otra manera de vivir, no hundirte en… como hacía el protagonista de Carreteras azules; y reconozco que, según recordaba, su decisión de ahuecar el ala, al buen tuntún –sí, yo también había leído la novela–, me despertó más de una idea. Nada que ver con eso de ir a mojarse las manos en el Ganges. Guardé el trocito de papel térmico (tal vez lo aportara como justificante) y salí.

HG MANUEL
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ

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14 de enero de 2022

  • 14.1.22
En esta ocasión me permito comenzar aludiendo a la respuesta que le ofrecí a un amigo que me había preguntado quiénes eran los destinatarios del libro titulado Cháchara (Barcelona, Paidos), obra de Ethan Kross. Tras advertir el énfasis con el que resumí, con una sola palabra (“ejemplar”), mi juicio sobre sus análisis, en vez de preguntarme por su contenido, lo hizo sobre sus posibles lectores.


“¿A quiénes lo recomiendas?”, me preguntó. Y yo le dije: “He llegado a la conclusión de que interesará a las personas preocupadas por la salud mental, a los profesionales de la enseñanza, a los comunicadores, a los psicólogos y a los psiquiatras”.

En mi opinión, sus valores principales residen en su fundamentación en las investigaciones de los más acreditados especialistas, en sus detallados estudios en el laboratorio de la emoción y del autocontrol de la Universidad de Michigan, y también –y sobre todo– en el empleo de un lenguaje que, a pesar de su rigor, nos resulta claro, ameno e interesante.

Partiendo de sus propias experiencias, el profesor Kross, un especialista en Neurociencia que ha profundizado en la relación entre el dolor físico y el dolor emocional, nos cuenta los resultados de los análisis de los trastornos que él sufrió tras recibir una amenazadora carta anónima.

Este episodio determinó su decisión de investigar minuciosa y profundamente en las ventajas y en los riesgos de mantener monólogos interiores y de cultivar la introspección, “la facultad de prestar atención a los propios pensamientos”. Progresivamente fue descubriendo cómo el uso de la capacidad de imaginar, de recordar y de reflexionar ampliaba la capacidad para resolver problemas y para abrir sendas inéditas para su bienestar.

De manera sorprendentemente atractiva, nos muestra diversas herramientas para practicar los soliloquios, y nos detalla el lado oscuro de esas conversaciones que tenemos con nosotros mismos, esas “chácharas” que perjudican la salud, la vida familiar, las relaciones sociales, el ejercicio de las tareas profesionales porque –afirma– “esa inevitable dualidad de la voz interior es un verdadero rompecabezas de la mente humana”.

En mi opinión, sus fórmulas sencillas para empezar a aprender las técnicas que nos ayuden a aprovechar nuestra voz interior, a controlarla, a interpretarla y, cuando sea necesario, a dulcificarla, son –pueden ser– unas guías prácticas para abordar y para resolver situaciones estresantes con serenidad y con valentía. En resumen, sus análisis y sus propuestas son instrumentos prácticos para dominar la frecuente tensión que nos generan los pensamientos negativos y para sacar partido a los constructivos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

13 de enero de 2022

  • 13.1.22
El final de año ha sido algo revuelto. Los contagios achicaban los deseos de diversión y las noticias se escurrían sin llegar a ellas aunque siempre alguna llama la atención. En este caso, era la adjudicación de la Gran Cruz de Carlos III a una serie de políticos.


Cito textualmente: “Real decreto 1194/2021, de 28 de diciembre, por el que se concede la Gran Cruz de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III a don Pablo Iglesias Turrión”. Para salir de dudas, nada mejor en este caso que consultar el Boletín Oficial del Estado (BOE). El texto del Real Decreto es corto y conciso. Dice así:


Dos aclaraciones. Dicha información fue publicada en la página 166289 del BOE número 312 del miércoles 29 de diciembre y en ella, además, aparecen todos los agraciados –en total, 23 exministros– que pueden consultarse en el apartado III dedicado a Otras disposiciones.

Al principio olía a inocentada, dado que la noticia se hace pública el 28 de diciembre, fecha en la que tradicionalmente se viene celebrando el Día de los Santos Inocentes y es costumbre gastar bromas a las que llamamos “inocentadas”.

El Real Decreto es personal y no hace referencia al resto de exministros. ¿Razones de dicha exclusividad? Podemos suponer varias explicaciones en las cuales no voy a entrar porque solo sería una elucubración por mi parte. Cada cual que saque sus conclusiones e interprete el contenido como mejor lo entienda.

La Gran Cruz de Carlos III tiene carácter honorífico y, en la actualidad, no cuenta con retribución económica alguna. Bien es cierto que hasta 1847, los premiados sí que recibían una pensión vitalicia. Así, la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III fue establecida por el rey de España Carlos III, mediante real cédula de 19 de septiembre de 1771 con el lema latino “Virtuti et merito” (virtud y mérito).


Su finalidad era premiar o recompensar a aquellas personas que se hubiesen destacado especialmente por sus buenas acciones en beneficio de España y la Corona. Desde su creación, es la más distinguida condecoración civil que puede ser otorgada en España y aunque en su origen era encuadrable dentro de la categoría de las órdenes de caballería, formalmente se convirtió en orden civil en 1847.

Hablar de "virtudes" no suele estar de moda. En el lenguaje cotidiano hace referencia a las cualidades de cualquier persona. El diccionario define la virtud como “disposición de la persona para obrar de acuerdo con determinados proyectos ideales como el bien, la verdad, la justicia y la belleza”.

La virtud en el plano intelectual demuestra la capacidad de aprendizaje, de diálogo y de reflexión de la persona que busca la verdad. En el plano moral lleva al sujeto a que se comporte acorde con el bien en referencia hacia los demás, basándose en la justicia, la fortaleza, la prudencia...

El mérito se refiere a la “acción o conducta que hace a una persona digna de premio o alabanza”. El mérito es el resultado de las buenas acciones de una persona y siempre debe justificar un posible reconocimiento especial. ¿Es el caso que nos ocupa? Parece que, por un lado, marcha la actuación de las personas sobre las que ha recaído el premio y, por otro, la intención de quien lo concede.

En cambio, triunfar por el favor de otras personas, la trampa, el engaño y el egoísmo no se consideran como aspectos de mérito, aún cuando el sujeto logre cumplir con sus objetivos o trascender gracias a estos recursos. Triunfar por el favor de otras personas no es mérito alguno, salvo que el premiado se haya rendido a los pies de quien premia.

Esta Gran Cruz suele estar reservada para exministros que han prestado relevantes servicios al Estado. El presidente del Gobierno decide quién merece dicha medalla honorífica y la firma de puño y letra Felipe VI. El gran maestre, por tanto, es el Rey pero quien decide a quién conceder dichas cruces es el presidente del Gobierno como gran canciller. El Rey ni pincha ni corta en la elección de los agraciados.

En los últimos tiempos, los beneficiados vienen siendo los exministros, en este caso solo por haberse sentado en el Consejo de Ministros. ¿Méritos especiales? ¿Virtudes sobresalientes? Alguno ni ha tenido tiempo de entrar. Silencio en la sala...

Sigamos. Un titular con interrogantes. Sánchez condecora a 14 de sus exministros con la Gran Cruz de Carlos III por sus “extraordinarios servicios a la nación” ¿A qué nación? ¿De qué tipo de servicios hablamos? ¿Tan extraordinarios han sido esos servicios prestados? El Consejo de Ministros del día 28 premia a responsables del PSOE, PP y Unidas Podemos por “sus esfuerzos, iniciativas y trabajos” por España.

La lista de condecorados asciende a 23, entre los que se incluyen miembros del PP (7), PSOE (14) y Podemos (2). Los nombres, en general, ya importan menos. Supongo que añadir a la lista exministros de etapas anteriores y del Partido Popular es una manera de justificar los honores concedidos a los 14 exministros del PSOE. Amén de intentar ganarse la simpatía de otros frentes.

Supongo que, por coherencia, alguno de los agraciados con este nombramiento renunciarán a él. En mi opinión, cualquier ciudadano de este país nuestro ha realizado durante este periodo de tiempo más esfuerzos y sacrificios que alguno de los nominados. ¿Realmente son, los tales ministros y ministras, merecedores de tal condecoración? Pero ¿cómo renunciar a un sabroso caramelo?

También saltó la información falsa de que, con la medalla, iba incluida una “paguita” para todos los agraciados. Dicha condecoración no lleva añadida paga alguna, como ya he citado más arriba, por lo que el asunto del dinero es un bulo que se ha deslizado para alejarnos del tema y, sobre todo, para meter bulla por doquier. ¿Importa más runrunear con el bulo que analizar y aclarar el por qué de tales medallas?

Dicha condecoraciones se hacen públicas el 28 de diciembre de 2021, es decir, cuando al año le quedan tres días para fenecer (“poner fin a algo, concluirlo”). Tal noticia parece que ha pasado sin pena ni gloria al saco del olvido. Total, tener una medalla, sea de quien sea, carece de importancia.

Un pensamiento ajeno e intencionado puede que esté envolviendo el regalo. Con este broche de regalos a exministros me guardo las espaldas y los premiados estarán contentos. En estos dos años tan catastróficos para el país ¿solo los políticos son merecedores de una condecoración de este tipo?

Acaso no es meritorio (“digno de premio o galardón”) el trabajo del personal sanitario (médicos, enfermeros, auxiliares…) que exponen sus vidas ante el virus diariamente para curarnos; o la labor de miembros del orden público que han colaborado con los anteriores. Tal vez por el mérito de sus trabajos serían merecedores de esta noble distinción.

Por desgracia, el trabajo de estos sanitarios no ha terminado. Nuevamente los hospitales vuelven a llenarse y las UCI de algunos de ellos están colapsadas. En resumen, unos son condecorados por méritos que el ciudadano de a pie no conoce y otros trabajan incansablemente para salvar la vida de esos ciudadanos atacados por el virus.

PEPE CANTILLO

12 de enero de 2022

  • 12.1.22
Dice mi compañera sentimental que, sí o sí, lo importante en una relación es ser bien empotrada. No sé si tan contundente sentencia resulte inapelable o, cuando menos, relativizándola, deba ser matizada. El caso es para qué llevar la contraria. En materia de relaciones afectivo-sexuales, como en el arte, todo es cuestión de gustos y, hoy día, los territorios del amor son terrenos pantanosos en la era del amor líquido.


Algo bien distinto, que nos suliveya, es que no existe aspiración suprema en la prensa patria que el ser empotrada. Llama la atención tal gusto de los autoproclamados liberales. Más aún cuando la hipótesis de la eficiencia del mercado y su justificación por la supuesta transparencia del espacio concurrencial es exactamente lo contrario a lo que se presume en la pomposamente autodenominada "prensa independiente", pues la accesibilidad de la información por el público nunca tiene lugar, no solo en cuanto a la variabilidad de los mercados y la lógica de precios, sino especialmente sobre la propia cooptación de los medios encargados de informar de los procesos de consumo y las alteraciones o fluctuaciones de la economía, entre otras lógicas vicarias que dominan la estructura mediática realmente existente que ahorro describir al lector.

Vamos, que el engaño es la norma y no lo contrario. Lean –si no les convence lo aquí escrito– a John Perkins en Confesiones de un gánster económico. La cara oculta del imperialismo americano (2009) y seguro que suscriben lo que venimos afirmando, especialmente cuando se constata, en tiempos tan inciertos y paradójicos como los actuales en los que toda certeza resulta extraordinaria cuando no mero optimismo subinformado que, desde la era del capitalismo monopolista, la libertad de expresión no es sino mera bagatela de justificación destinada a manufacturar la opinión pública aclamativa.

Cosas de la división del trabajo y de la cartelización financiera del capitalismo. No siempre fue así. No siempre la desconfianza y la lógica del fetichismo de la mercancía, en forma de publicidad, extendieron el reino del valor bajo el imperio de los robber barons a lo Vanderbilt.

Hubo un tiempo en el que al comprar piso lo importante era, además del número de habitaciones, la cantidad de armarios empotrados, promesa de crecimiento de la familia y posibilidad de acumulación, de cierta prosperidad, por así decir.

Hoy, que todo el mundo sale del armario –menos los propietarios y editores de los medios dependientes del capital financiero– y que las casas se edifican sin armarios empotrados, los medios nacionales ocultan su doble vida o principio de determinación: la de los intereses de la oligarquía económica además de la nueva subordinación de las grandes transnacionales del capitalismo de plataformas como Google.

Doble empotramiento que quieren hacernos ver como algo natural, pero nada tan cultural como el sexo, salvo que, como los medios de la COPE, piensen que Dios obra milagros y que la Inmaculada Virgen María, como la supuesta independencia de los medios, es verdad y resulta creíble.

La investigación periodística de El Salto demuestra, sin embargo, exactamente lo contario y explica el porqué de coberturas informativas tan degradantes como la manipulación persistente de los hijos de San Luis y la Santa Alianza durante la crisis de 2008 o la impúdica asunción de la posición de menestrales de las principales figuras del oficio, que es tanto como decir que los Matías Prats y compañía no son otra cosa que anunciantes de seguros que nos imponen la precariedad de más de lo mismo, sea a la hora de justificar la guerra al servicio de la Casa Blanca y la OTAN, ocultar la persecución de quien ose decir la verdad de los crímenes de lesa humanidad (Assange) o como simple voceros del IBEX35 en la aplicación de las medidas de desahucio.

Ellos, que siempre viven por encima de nuestras posibilidades de confianza en una profesión canalla que renuncia a su función social para favorecer los intereses creados de los medios que nos engañan, de los medios infieles, siempre en busca de ser dominados.

Empotrar o ser empotrados, esta es la cuestión, mientras la profesión mira a otra parte y las facultades de Comunicación ni se inmutan o se ponen de perfil. Normal, la forma intelectual de origen plebeyo brilla por su ausencia en un país poblado de mandarines, dada su estructura semifeudal.

La radiografía de Gregorio Morán, con toda su crudeza, es imperante en la academia española y faltan, parafraseando al gran Rafael Chirbes, raznochiñets, intelectuales que vengan de abajo. Ya explicó Raymond Williams lo que ello significa. Les ahorro los detalles. Debo volver a la cuestión vital: empotrar o ser empotrado.

FRANCISCO SIERRA CABALLERO

11 de enero de 2022

  • 11.1.22
Son muchos los debates generados tras las acertadas declaraciones del ministro de Consumo, Alberto Garzón, sobre el excesivo peso de la carne en la dieta, su calidad y las consecuencias que tienen para nuestra salud y la del planeta.


No entro a comentar sus argumentos, porque todos sabemos, sin necesidad de ningunos estudios científicos, que ha dicho verdades como puños. Y ese ha sido el problema. Los golpes directos, contundentes, han hecho mucho daño a una de las grandes industrias de nuestro país y, sobre todo, han puesto en duda el modelo económico por el que nos regimos, en el que prima, por encima de la salud individual y la salud global del planeta, el consumismo.

La crisis sanitaria ha sido el claro ejemplo de ello. Solo se veló por nuestra salud durante los primeros tres meses de incertidumbre, de miedo generalizado, de desconcierto total. Una vez analizadas las consecuencias económicas, hechos los cálculos de las posibles bajas y con la excusa de que la vacuna minimiza los riesgos, se nos empuja a que sigamos en la misma senda de autodestrucción en la que llevamos inmersos desde que se instauró el capitalismo.

Consume hasta morir, aunque destroces tu cuerpo, aunque la pérdida de biodiversidad y de los ecosistemas sea dramática, aunque las desigualdades sociales crezcan. Consume para que el dinero no se pare, para que el capital se siga multiplicando, para que podamos seguir enriqueciendo a unos pocos a costa de lo que sea.

Hazlo: serás más feliz, vivirás mejor y todos te respetarán. No mires a tu alrededor, acumula, no pienses, entierra tu conciencia, confía en nosotros, no pierdas el paso. Porque otro lo hará y te robará la felicidad, la posición, el ego. No seas: posee, consume.

A Garzón se le achaca que ahora que puede legislar no debería hablar como si estuviese en la oposición, como un activista. Que debe dedicar su tiempo a solucionar problemas y a hablar menos. Ojalá todos los políticos lo hiciesen; ojalá solo los viésemos hablando de lo logrado y no de promesas; ojalá pudiésemos confiar en sus palabras, en su ejemplo, en sus ideas. Pero, por desgracia, no es así.

Por mucha tergiversación y manipulación a las que haga referencia, Garzón sabe de lo que habla, porque por muchas lacras que tenga nuestro sistema educativo, es licenciado en Economía y tiene un Máster en Economía y Desarrollo Internacional.

También sabía que sus palabras serían comentadas por todos; incluso que sus compañeros de Gobierno lo dejarían con el culo al aire y que muchos afilarían los cuchillos con los que pedir su cabeza. Pero, sin embargo, ha dicho lo que siente, lo que piensa y lo que cree que es mejor para todos.

Porque también sabe que la única posibilidad de solucionar todos los problemas de nuestra sociedad, los individuales y los colectivos, pasan por repensar la economía, por cambiar de modelo económico, por inculcarnos un consumo responsable y sostenible. Y para conseguir eso hay que empezar a hablar de ello, hacer pensar al gran público y a sus compañeros de viaje.

Por desgracia, también sabe que tanto su figura, como el Ministerio de Consumo, no son valorados y que son fruto, una concesión, un premio, de los pactos que hizo, primero con Pablo Iglesias por unirse a Podemos y, luego, con el presidente Sánchez, para mantenerse en el Gobierno. Sabe de su debilidad, de la poca capacidad de acción que tiene para cambiar desde la base el modelo, y de que el bien común está por debajo del interés económico.

Ese Ministerio, para muchos de chichinabo, debería ser uno de los fundamentales, ya que nos puede proteger de los continuos robos de los bancos, de los abusos de las eléctricas y porque, cambiando la manera de consumir, siendo conscientes de que cada concesión que hacemos, cada cosa que compramos o no reparamos, o cambiamos por estar a la moda, tiene unas consecuencias impredecibles para el planeta. Tenemos un gran poder en nuestras manos, pero solo lo empleamos –así nos han adoctrinado– para nuestro beneficio personal. Somos la mariposa y, con nuestras alas, podríamos provocar el caos, el cambio.

Espero que Garzón no sucumba al desaliento, a la frustración, a la impotencia, a esta política rendida al capital y que no mira el bien común, ni un futuro más humano, más respetuoso con el entorno, más igualitario. Espero que se mantenga firme, defendiendo sus ideas de que otra economía es posible, de que los cambios son duros, pero necesarios. Espero que, como le ocurrió a Galileo tras su famoso “y sin embargo, se mueve” (lo dijese o no), el tiempo y la ciencia le den la razón y no lleguemos tarde para cambiar de rumbo.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

10 de enero de 2022

  • 10.1.22
Una mañana de 2008, paseaba con una amiga brasileira por el Paseo Marítimo de Ponta Negra, en Natal, y alcancé a leer el nombre de un bar que me deslumbró: Bar Hemingway. No lo podía dejar pasar. Nunca me lo permito. Desde muchos años atrás, tenía el hábito de entrar en cualquier bar o restaurante o escondrijo con nombre de escritor. Así que le propuse a ella tomarnos algún refrigerio para sofocar el calor.


Ella aceptó sin contemplaciones y de buen grado. Le pregunté qué bebería y me respondió con la certeza de quien no lo ha hecho la primera vez a esa hora: ron con Coca-Cola. Me sorprendió, no por que eligiera el combinado, sino por la hora. Eran las 12.30 de la mañana. Pero lo podía entender. En Brasil amanece a las seis.

Mi segunda sorpresa fue cuando la camarera puso sobre el mostrador la botella ron y leí el nombre en la etiqueta: Montilla. El nombre de mi ciudad natal. Y después el año de su origen: 1957. El mismo en que yo nací. Tanta coincidencia no podía arrastrar ningún mal augurio.

A veces, recuerdo aquellas playas infinitas, su arena fina, su calor oprimente y sensual. Pregunté, pero no obtuve respuesta alguna de por qué aquel ron se denominaba así. El ron Montilla fue lanzado al mercado por la Industria Medelin en 1957 y adquirido por Seagram en 1970. Ya en 1980, Montilla logró vender un millón de cajas y en 2001 comercializó 1,9 millones, con lo que logró ser la marca número uno en su mercado.

En Brasil, tiene sus ventas concentradas principalmente en la Región Nordeste, aunque se puede adquirir en cualquier ciudad del país, y ha hecho que la marca sea un símbolo de la cultura local y el mejor patrocinador de eventos populares de la región como el Carnaval de Olinda, las Fiestas São João y numerosos proyectos populares.

El ron Montilla es hoy el más consumido de Brasil. En 2007 cumplió 50 años y celebró la fecha con el lanzamiento de una versión Premium. El Montilla Premium es un ron añejado de 18 años. La botella de vidrio incoloro de 750 mililitros posee un formato diferenciado de la línea regular, pero mantiene el diseño de la cintura de la marca.

La escena del pirata con loro que se repite en cada etiqueta desde hace décadas es todo un símbolo en el país, como lo pueden ser a otros niveles el personaje Bibendum de Michelin, el conejito de chocolate en polvo de Nesquik o Mr. Clean de Don Limpio.

El pirata, obviamente, protagoniza todos los anuncios de este ron. En uno, el pirata se afana en descifrar el mapa que, supuestamente, le dirá dónde se halla escondido el tesoro en una isla nada inhóspita. Para suerte de todo televidente, el pirata encuentra el cofre y rebusca entre las valiosas joyas, hasta que logra abrazar entre sus manos la botella de ron Montilla. La alegría rompe en su rostro.


De otra arqueta, sale, como por arte de birlibirloque, una bella joven en bikini que, al admirarse ante tal descubrimiento, grita de alegría: “¡Montilla!”. De la misma arqueta surgen también los demás invitados a esta fiesta improvisada frente a una playa paradisíaca. Todos bailan y beben. El anuncio se cierra con una frase obvia: “Acompaña tu ritmo con ron Montilla”.

En otros anuncios, el pirata, con aire embaucador, busca en distintos ambientes y escenarios, ya sea un bar o un comercio o un campo de fútbol, la complicidad de cualquier joven brasileña. Este texto acompaña a las imágenes: “Os piratas se modernizaram e estão presentes no nosso dia-a-dia. Esse é o mote da nova campanha de TV do Ron Montilla, líder em seu segmento, que vai ao ar a partir de 15 de dezembro, nos canais abertos do Nordeste”.


La empresa que elabora y distribuye este ron aprovechó en 2010 la tradición de las fiestas de San Juan para lanzar oficialmente la versión enlatada en todo el Noroeste de Brasil. Después de un gran éxito de ventas en el Carnaval de Recife, las latas de Montilla definitivamente llegan al portafolio de productos de la marca. El objetivo principal de la lata, según señala la empresa, es sumar nuevas ocasiones de consumo, como grandes eventos y fiestas en la calle. Manteniendo las características naturales de ese ron, el producto sigue la fórmula tradicional de la bebida, teniendo el mismo sabor, color y aroma que la botella. La lata conserva la identidad del ron Montilla, manteniendo la misma línea de comunicación que la botella, pero con un carácter Premium del producto, que aporta detalles en oro.

El ron Montilla es el buque insignia de la cartera de Pernod Ricard Brasil, grupo multinacional francés, colíder en el mercado de las bebidas espirituosas. La figura del pirata se ha convertido en el elemento más importante del producto, y se utiliza en todas las comunicaciones.

En 1998 se lanzó la variante Montilla Limão. En 2000, Montilla rompió otra barrera, con dos millones de cajas vendidas. 2005 celebró el año del lanzamiento de nuevos envases y nueva identidad visual, además de una campaña publicitaria más moderna e innovadora.

En 2007 la marca cumplió 50 años, alcanzando los 2,5 millones de cajas vendidas, con celebraciones durante todo el año, además del lanzamiento de Montilla Premium, un ron añejado hasta los 18 años. Con las versiones White Letter, Gold, Crystal, Lemon y Montilla Premium, ron Montilla es el líder absoluto en la categoría de ron en Brasil, con volúmenes que superan los 25 millones de litros anuales. Cada segundo se vende una botella de ron Montilla en Brasil.

Hay días en que la nostalgia me puede y recuerdo aquellos días eternos y llenos en las playas de Ponta Negra, con un vaso de ron Montilla y Coca-Cola entre las manos y con la sospecha insensata de que nunca acabaría el día y tampoco aquellos viajes de la felicidad usurpada por el paso del tiempo.

Todavía hoy sigo indagando por qué este ron lleva el nombre de mi ciudad. Hace unos años, Wikipedia tampoco decía nada al respecto. Ahora se puede leer: “Montilla nació en 1957 y su nombre se originó en España, siendo el municipio español Montilla del que tomó prestado su nombre. Ron es "ron" en español. En 2019, la marca amplió su portafolio, lanzando Tridistilled Montilla Vodka”.

Sé que algunas familias montillanas emigraron a Brasil en la década de los años cincuenta. De entre ellas, parientes míos, rama de los Hidalgo. Algunos de estos, años después, buscaron otro hogar y otro futuro en Australia. Sea como fuere, solo a un montillano se le puede ocurrir etiquetar una marca de ron con el nombre de su ciudad. O bien, a algún viajero que, por razones que no se nos han dado a conocer aún, optó por este nombre. En todo caso, me sorprende la elección. Y, sobre todo, y más, que en Montilla nadie, o casi nadie, sepa de esta publicidad concedida para bien y sin nuestra voluntad a la hora de poner nombre a una marca de ron y, ya también, de vodka.

Habrá que volver a Natal a matar la nostalgia y, de paso, indagar en estos otros pormenores que visten el interior del cuerpo perfumado de tantas botellas. La nostalgia es muy puñetera y caprichosa, sobre todo si tiene cintura de botella o de mujer.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

9 de enero de 2022

  • 9.1.22
Estoy seguro de que en algún momento de nuestra vida hemos escuchado por los medios de comunicación, aunque sea de manera no atenta, una frase que no sabemos asociarla a qué tema o producto se estaba refiriendo la voz femenina que la pronunciaba. Aunque tengo que hacer un inciso en lo que acabo de decir: si quien sigue estas líneas es una lectora, posiblemente sepa apuntar correctamente hacia la diana de tan extendida frase.


Pues bien, se trata de un eslogan que la joven creativa Ilon Sprecht, perteneciente a la agencia publicitaria internacional de origen estadounidense McCann Erikson, imaginó, en 1972, para la compañía de cosméticos L´Oréal París para sus tintes de la gama Préfèrence y justificar de algún modo su mayor precio con los que tenía que competir.

La marca francesa acogió con entusiasmo este eslogan, puesto que podía justificarlo como una especie de apoyo a la autoestima y de defensa de los derechos de la mujer en una época en la que todavía se encontraba bastante relegada socialmente. Tanto interés despertó en la empresa que inmediatamente le dio el visto bueno a la joven publicista de 23 años que vio cómo su campaña la empezaba a encumbrar dentro del mundo publicitario.

Han transcurrido nada más y nada menos que cincuenta años desde que comenzó a difundirse “Porque yo lo valgo” y todavía se mantiene, aunque con ciertas diferencias. Para celebrar ese aniversario, recientemente la compañía ha publicitado “Porque nosotras lo valemos”. De este modo, no es una imagen femenina aislada la que aparece en los anuncios, sino que incorpora las de varias chicas (incluye una de raza negra, ya que es habitual en la publicidad actual de cosmética) para dar mayor amplitud al sector del consumo femenino al que puede llegar.

Así, al aparecer el eslogan en plural, abre el significado al conjunto del género femenino; aunque habría que matizar que todas las protagonistas son jóvenes modelos, lo que distancia el mensaje de las mujeres ‘de carne y hueso’, es decir, reales y que no tienen esos cánones de belleza.


Pero todo mensaje publicitario, especialmente el eslogan que lo acompaña, suele ser polisémico, es decir, puede tener diferentes significados, según la intención de quién lo haya creado y de quién lo esté interpretando. Y es a ello a lo que ahora quiero referirme, pues se puede también interpretar como una expresión de abierto narcisismo.

Escribo esto el día 6 de enero, fecha en las que muchos niños y niñas están disfrutando de los juguetes que han recibido de sus padres y/o abuelos, vía imaginaria de los Reyes Magos. Pero también es una fecha en la que se cruzan dos noticias internacionales: por un lado, se cumple el aniversario del asalto al Capitolio estadounidense por una turba de variopintos fanáticos que fueron alentados por otro no menos fanático, como era ese personaje llamado Donald Trump.

No voy a extenderme sobre la tremenda crisis que se ha abierto en este país a partir del apoyo que semejante individuo recibe del Partido Republicano por el hecho de ser un ricachón televisivo, cuyos pensamientos, posiblemente, giran alrededor de la idea que tiene interiorizada de “Porque yo lo valgo”. Puro narcisismo. Pura sandez.

Otra noticia que también nos ha llegado procede de las antípodas a nuestro país, es decir, desde Australia (aunque exactamente el antípoda de nuestro país es Nueva Zelanda). Se trata, como todos sabemos, de que el jugador de tenis serbio Novak Djokovic, que se había inscrito en el Open de Australia, se encuentra retenido en un hotel de Melbourne a la espera de que se resuelva la situación que ha generado, puesto que se niega a vacunarse contra la covid-19.

En un polo opuesto a este arrogante jugador aparece Rafa Nadal, que ha dado un claro ejemplo de responsabilidad social, dado que es consciente de que nos encontramos en una pandemia mundial y uno no puede excluirse de un comportamiento que está llevando a cabo gran parte de la población.

Por otro lado, parece que Djokovic tiene una gran dependencia, ya que su padre, como si fuera el protector de un niño mimado al que hay que cuidarlo en todo momento, ha arremetido contra las autoridades de ese país. Esto ha llegado a encender al Gobierno serbio, como si fuera un problema de Estado al que se enfrenta, porque al ‘pequeño’ ídolo del tenis no le dejan jugar como él quiere, es decir, saltándose las normas del Open, las mismas que el resto de participantes ha asumido, porque es una decisión libre participar o no en ese torneo. Ninguno está obligado a hacerlo.

Vemos, pues, a otro gran narcisista que padece el síndrome de “Porque yo lo valgo”, al que conviene frenarlo ya que rompe las raquetas cuando no le salen las cosas como él espera o monta una fiesta en su país sin mascarillas y sin ninguna de las protecciones recomendadas por las autoridades sanitarias.

A estos personajes que, lamentablemente, están más extendidos de lo que suponemos, hay que pararles los pies lo más pronto posible, porque acaban siendo un peligro público en cualquiera de los sitios en los que se encuentran.

AURELIANO SÁINZ

8 de enero de 2022

  • 8.1.22
No sé si me da más pena o más miedo lo que está pasando en España. Hay un montón de gente fascista que justifica la dictadura. Y están por todos lados. Pobre democracia, se está destruyendo desde dentro. No hemos aprendido que no se le puede dar voz a los que no creen en ella, sean del lado que sean: ni dictadura militar, ni del proletariado.


A mí no me gustan los que gobiernan en mi región, pero no por ello voy a incitar a que les peguen o los maten porque no me parezca bien su gestión. El pueblo es soberano y habla en las urnas. Pero ser totalitario es otra cosa.

Es verdad que la política, hoy en día, está mancillada y no mira por la gente. Y esta realidad es utilizada por algunos para justificar dictaduras. Aunque no creo que todos los políticos sean semejantes: hay gente que está ahí verdaderamente para ayudar.

Hoy he alucinado con una señora que defendía a Franco cuando, en la dictadura, las mujeres no tenían derechos: eran siempre incapaces. Y no lo digo yo, lo dice el Código Civil de la época, que no cambió hasta los ochenta. Esta vecina tampoco sabía los derechos que sí teníamos las mujeres en la República. Una pena.

No se contrasta nada, no se investiga. Con decir que "ese es un mamarracho", ya vale, sin conocer su formación o lo que aporta a la sociedad. La gente no ve los debates del Congreso, ni conoce las leyes que les afectan, ni cómo vota cada partido. "Mamarracho" y ya está.

Algunos creen que "republicano" es igual a "comunista". No han leído la historia. En la República había gente de derechas y de izquierdas, pero tenían claro que no querían un rey, sino que los ciudadanos votaran al jefe del Estado, como ocurre en otros países como Francia o Estados Unidos.

Que todos los militares son o eran golpistas también es falso. Hubo hombres de las Fuerzas Armadas que juraron fidelidad a la República y lo cumplieron con su sangre o con su dolor. El padre de María era guardia de asalto durante el mandato de Azaña, defendió al Gobierno elegido en las urnas hasta el final, como el general Miaja, sin importar el color del que fuera y daba igual qué ideas tuvieran.

Cuando los golpistas entraron en Madrid detuvieron al padre y, como no aceptó la dictadura militar, lo mandaron a un campo de concentración en el norte, sin ropa y sin darle comida. Para que se muriera. También fallecieron y sufrieron militares republicanos.

Creo en la democracia, en que el pueblo elija y se respete lo que diga. Ni fascismo, ni comunismo, como el de la URSS. En ambos sistemas se persigue y se mata al diferente. Y el poder, siempre, se concentra en unos pocos. No respeto al que no cree en la democracia y no quiero tener amigos así. En el fondo, me da pena porque, en la mayoría de los casos, se trata de gente insatisfecha con su vida y el odio les aporta algo de emoción.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

7 de enero de 2022

  • 7.1.22
Amiga mía, no puedo evitar darle vueltas a una anécdota de juventud. Ya sabes que siempre he pasado mucho tiempo en las bibliotecas, hasta el punto de hacer amistad con algunos bibliotecarios. Me gustaba conversar con ellos y conocer sus puntos de vista. Si bien, las conversaciones esporádicas acababan siendo las más jugosas.


Un día aparecí en una de mis bibliotecas habituales con un libro en la mano, La insoportable levedad del ser de Milan Kundera. Un documento que adquirí de segunda mano y que tenía la cubierta en un estado mejorable.

Uno de los bibliotecarios me vio con el libro y torció el gesto. Por supuesto, admitió la calidad de la lectura, pero cuestionó mi calidad como lector. “No tienes edad para este libro”, me dijo.

¿De qué iba? Siempre me he enorgullecido de la calidad de mis lecturas y el hecho de cuestionar mi capacidad como lector hirió mi orgullo. Con la debida educación, le pedí explicaciones y me las dio con detalle.

La idea que me planteó el bibliotecario es que podía y, de hecho, me recomendaba leer ese libro, como otros tantos. Sin embargo, le sacaría poco partido, porque hay obras que no pueden entenderse hasta alcanzar cierta madurez. No había tenido suficiente experiencia vital como para sacarle provecho a esa lectura.

Amiga, ¿qué puedo decirte? En efecto, ni tenía la madurez vital para entender sus palabras, ni para leer aquel libro. Una obra que no me pareció gran cosa en aquel entonces y que hoy revalorizo. La he fastidiado bastante, me han fastidiado bastante, he dejado a bastantes personas detrás y me han dejado bastantes personas de lado como para empezar a entender esta novela. Estoy en proceso, aunque el camino es largo. Empiezo a entender, en un momento en el que cada vez entiendo menos de todo. ¿Te pasa a ti también?

Por favor, no te rías de mí si te digo que cada vez me doy más cuenta de lo imperfectos que somos. Tú y yo. Todos. Es un dictado lógico, desde luego. Nadie con cierta inteligencia puede afirmar la existencia de la perfección. Sin embargo, es la experiencia la que te enseña el alcance de nuestros defectos.

Somos lectores imperfectos, hijos imperfectos, amigos imperfectos, trabajadores imperfectos, amantes imperfectos... ¡Cuesta tanto aceptar las limitaciones propias y ajenas! En especial, cuando vives en la obsesión por tener todo bajo control, por entenderlo todo, por hacerlo todo bien. Quizás, nuestra estupidez sea lo único perfecto. Y hasta eso lo pongo en duda.

Es seguro que sufrimos por razones absurdas. Y con mucha seguridad, algo irracional nos impondrá el viaje que no tiene opción de retorno. Casi siempre, nuestra mente se ocupa de cuestiones nimias y dejamos de disfrutar por las razones más pueriles. ¿No hay cierto grado de locura en ello?

Reviso las utopías, que siempre me han parecido sandeces y hoy considero imprescindibles. Pienso en la mengana austral de Mario Benedetti y lamento decirte que, a diferencia de su caso, querida mía, sé que tú no eres mi utopía. Ya no. En cambio, sí sé con seguridad que para mí no puede haber utopía alguna sin tu presencia, aunque sea ausente.

Lo admito. No tengo madurez para leer ciertos libros con provecho, ni tampoco para escudriñar entre mis imposibles para sacarles beneficio.

Quedémonos con las palabras del grupo galo La Femme en Le jardin (se puede escuchar aquí): No esperes nada de la vida / Pero cuando la luz entra por tu ventana no te pongas en la sombra / No temas la vida, o la locura porque todos estamos locos / Bajo los ojos de la Macarena.

Amadísima amiga, despréndete de las imposiciones y disfruta sin sentimiento de culpa de esta vida que se nos escapa entre los dedos de las manos. Come, bebe, fornica, lee y ve cine, tanto del bueno como del malo. Me aplicaré el consejo. Hasta donde sé hacerlo, al menos.

Quizás, tras años de dolor, esfuerzo, lecturas y goce, si no nos morimos o nos quedamos impedidos, podamos llegar a entender el libro de Milan Kundera. Y, ¿quién sabe? Quizás podamos reencontrarnos, vaciar una botella de buen vino y llegar a entendernos entre nosotros dos. Aunque sea una comprensión imperfecta.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

6 de enero de 2022

  • 6.1.22
Para orientarnos en los complicados caminos de la vida diaria y para evitar los riesgos de cometer errores debemos buscar e interpretar las señales que nos avisan de peligros y nos señalan destinos saludables. Desde la antigüedad, las estrellas eran las guías que conducían a los navegantes y a los viajeros de los desiertos, y la Estrella de Belén fue, según la tradición cristiana, el astro que orientó a los Reyes Magos al lugar del nacimiento de Jesucristo.


Más allá del significado teológico, la Estrella de Oriente simboliza la esperanza de superar las dificultades y de sortear los amenazantes nubarrones que, según algunos de los pronósticos, nos traerá el nuevo año. En mi opinión, deberíamos tener en cuenta las recomendaciones de los profesionales que, esperanzados, nos proporcionan orientaciones para esquivar el virus y para proteger la salud y el bienestar de los nuestros.

En estos momentos necesitamos prestar atención a los portadores de la estrella de la ilusión, la estrella del “volveremos a sentirnos esperanzados”, justo en el momento que empezamos a atisbar el fin de esta calamidad. Esta es la ocasión para fijarnos en la estrella que guía y nos reconforta en un mundo confuso y asustado, que nos orienta para seguir adelante disipando las penumbras de las angustias y ofreciéndonos con su brillo y con su luz unos acicates concretos en los que aferrarnos.

En mi opinión, podríamos confiar, sobre todo, en las personas próximas que, sin aspavientos y sin publicidad, se están dejando la piel ayudando a los más necesitados como, por ejemplo, los sanitarios, los miembros de ONG o de bancos de alimentos, de comedores sociales, y tantas y tantas personas que están dando un paso al frente para que las heridas de la pandemia sean menos dolorosas.

Estoy convencido de que la Estrella de Oriente, más que en los sermones piadosos pronunciados desde los elevados púlpitos y más que en los mensajes paternalistas o fraternalistas transmitidos desde confortables despachos y, por supuesto, más que en estas palabras transcritas en periódicos, está aquí mismo, muy cerca de cada uno de nosotros, en esa persona amable que nos ofrece una palabra cariñosa y un gesto de amistad.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

5 de enero de 2022

  • 5.1.22
Los dioses son invisibles –como los alienígenas o los fantasmas– para los que no tenemos la bendición de esa magnífica faceta de la imaginación a la que llamamos fe. Aunque, afortunadamente, miles o millones de artistas, a lo largo de la historia de la humanidad, nos han permitido asomarnos a la magnificencia de la divinidad a través de estampas, efigies y monumentales esculturas. De todo tipo y, casi siempre, utilizando los materiales más caros y sagrados.


Como era de esperar, los dioses son especiales, tienen características superiores a las de los seres humanos. Se les atribuyen poderes personales fantásticos que sobrepasan los límites ineludibles de los humanos. Los dioses desafían las leyes de la física y los principios biológicos más básicos. En los dioses proyectamos nuestros anhelos de superar las limitaciones que, como cualquier otro animal, tenemos que asumir.

Muy frecuentemente son inmortales o pretenden serlo. En Edipo en Colono podemos leer “Solamente los dioses están exentos de la vejez y de la muerte; todas las cosas que están fuera de ellos quedan dentro del tiempo soberano. La fuerza de la tierra se gasta, el vigor corporal desaparece; la confianza languidece, florece la desconfianza...”.

Pero esa pretensión de inmortalidad no es más que una vana ilusión, ya que muchos de ellos se extinguieron para siempre junto a sus seguidores. ¿Qué fue de Ereshkigal, diosa de la oscuridad y hermana mayor de Ishtar? En la Mesopotamia de hace casi 3.800 años era la reina del inframundo situado bajo las montañas del este, allí donde los muertos estaban reunidos. Hoy solamente queda esta enigmática imagen que se puede contemplar en el British Museum.


Es de suponer que, al igual que con la diosa de la oscuridad, ha sucedido con miles y miles de antiguos dioses. De su pretendida inmortalidad solo queda una leve e inconsistente memoria en alguna misteriosa inscripción o en alguna imagen desvaída por el paso de los siglos. Y lo mismo sucederá con los dioses que ahora se veneran por millones de fieles. Su inmortalidad se sustenta únicamente en la creencia sostenida por la multitud de sus seguidores. Sin ellos, su recuerdo se desvanecerá.

Una peculiar característica de los dioses es su parecido con nuestra especie. Una abrumadora proporción de los mismos se representa con un aspecto claramente humano, aunque a veces se mezcla con potentes características de uno o más animales. Un ejemplo claro lo tenemos en Ganesha, un dios muy venerado en el hinduismo y popular también entre los practicantes del budismo y del jainismo. Ganesha, con sus cuatro brazos, cumple esas características sobrehumanas que mencionaba más arriba y, además, tiene cabeza de elefante.

Es considerado un benéfico auxiliar ante los obstáculos de la vida, favorecedor de la buena suerte, patrón de las artes y, paradójicamente, de las ciencias. No sé a qué ciencias se referirá su patronazgo, pero desde luego no creo que incluya la biología evolutiva.


Precisamente de elefantes (y de jirafas) escribía en un artículo anterior mencionando sus prácticas sociales ante la muerte de alguno de ellos. Parece que, de alguna manera, compartimos la preocupación por la muerte. Los dioses con su ilusión de inmortalidad calman nuestra angustia y nos prometen que la muerte no es el final definitivo.

Todo esto me plantea una serie de preguntas: los dioses de los elefantes, los de las jirafas ¿tienen aspecto de elefante o de jirafa? ¿Y cómo son los dioses de delfines, mariposas o peces de colores? ¿Y los de los árboles o los volcanes, los de la lluvia o el viento? Ninguno de ellos tiene manos ni instrumentos con los que realizar piadosas imágenes de sus dioses. Además, es poco probable que estén dotados de la fe necesaria para acceder a la gozosa contemplación de la divinidad.

O quizás ¡duda terrible!, todos esos seres no tienen dioses que los consuelen de la enfermedad y de la muerte, que los animen al combate y que les den la luz de la verdad moral incuestionable. ¿Tampoco tendrán dioses que los hayan creado? Pero si sus dioses son también los nuestros –o, mejor dicho, nuestros dioses son también sus dioses– son dioses comunes a todo lo creado, ¿por qué los dioses se parecen tanto a los humanos?

La respuesta que se suele dar me parece de una ingenuidad infantil y, al mismo tiempo, de una soberbia gigantesca (casi “divina”): somos nosotros los que nos parecemos a los dioses y estamos hechos a semejanza de ellos, pero sin sus características superiores. Como si fuéramos una versión degradada de los mismos.

Mientras estoy escribiendo este artículo me cuentan el siguiente diálogo de Manuela (cinco años): “Abuela, ¿Crees en Dios?” La abuela duda unos instantes en silencio y la nieta la tranquiliza: “Yo no creo que exista Dios, pero hay gente que sí lo cree. Yo pienso que no merece la pena investigarlo”.

En otras palabras, ya lo dijo Jenófanes de Colofón (siglo V a.C.): “La verdad absoluta, respecto a los dioses y a todas las cosas de las que hablo, no la sabe nadie ni la sabrá. Incluso si alguien, casualmente, dice algo muy cierto, aun así no lo sabe; donde quiera que sea, solo se puede adivinar”.

JES JIMÉNEZ

4 de enero de 2022

  • 4.1.22
El fuego regenerativo de la Primavera Chilena empieza a ofrecer sus primeros brotes. Ahora hay que hacer crecer la cosecha. No será fácil, porque las urgencias, las necesidades, la visión sobre la Madre Tierra de los pueblos originarios, de los desarrapados, de los pobres, de los olvidados, no son las mismas que las de los Chicago Boys, educados en los EE.UU para multiplicar los beneficios a costa de lo que sea, sin importarle el futuro, sin ver más allá de lo que se ve desde sus mansiones, de sus balances económicos.


En 2019 los jóvenes chilenos despertaron su país para despertar al mundo. Lo pusieron patas arriba y reivindicaron una nueva Constitución que les devolviese el agua privatizada, que les garantizase una sanidad y educación públicas, que las pensiones se alejasen del esquema privado de capitalización individual aprobado por el dictador Augusto Pinochet, que abrió la puerta al neoliberalismo al permitir, a los pupilos adoctrinados de Friedman, instaurar el Ladrillo, una política económica que lo dejaba todo en manos de los mercados, y que sus defensores llamaron El Milagro de Chile.

Cuarenta años después esas políticas han dejado un país y un planeta infectado del mismo mal, empobrecido, dividido, desigual, esquilmado por multinacionales. Con la victoria de Boric sí podemos decir que Chile ha resurgido de sus cenizas o, por lo menos, confiamos en que lo haga.

No será sencillo, porque esas elites que se han llenado los bolsillos, que se han vendido a las empresas extranjeras, que se han olvidado de la realidad social, no lo van a poner fácil. El capital nunca se ha caracterizado por escuchar a la mayoría, por muy democrática que sea, y para seguir multiplicándose, objetivo prioritario, debe ejercer y ostentar el poder, infundir el miedo y nunca, pase lo que pase, dividir las riquezas, las ganancias, el botín.

El nuevo presidente se enfrenta al más difícil todavía, porque si llegar al poder parecía un imposible, conseguir llevar a cabo su programa electoral se presenta como una odisea digna del propio Homero. Para hacer posible lo imposible, para asaltar los cielos, ha contado con el pueblo que comprendió, y cantó hasta desgañitarse, que unido jamás será vencido. Ahora hay que demostrarlo y tener paciencia, porque para construir Utopía, hay que hacerlo con el consenso de todos, y los resentidos, a pesar de sus bonitas palabras, se negarán a remar.

A pesar de que la izquierda ha ganado con una holgada mayoría, once puntos de diferencia, más de lo que la derecha se esperaba, el parlamento chileno va a estar muy dividido. Apruebo Dignidad, la coalición de izquierdas que gobernará a partir de marzo, no solo tendrá que intentar pactar, consensuar, debatir y llegar acuerdos con la oposición, algo que se plantea complicado, sino que también deberá encontrar la fórmula para contentar y contener a grupos ideológicos tan dispares que conforman la coalición como la extrema izquierda, el comunismo, la socialdemocracia o el centro izquierda, entre los muchos que han terminado apoyándolos.

La presión sobre el jovencísimo Boric, al que muchos consideran un presidente de transición, va a ser tremenda. Será un asedio por todos los flancos: unos apremiándolo para que los cambios prometidos lleguen cuanto antes; otros ralentizando los procesos para dividir la coalición.

Boric, que el tiempo dirá si se convierte en un héroe, un mártir o un villano, ya ha demostrado que tiene mano izquierda –nunca mejor dicho–, porque entre la primera vuelta de los comicios y la segunda ha pasado de un discurso más radical a uno más moderado. Para mí, eso es inteligencia política, porque desde el enfrentamiento, desde los extremos, no se pueden conseguir consensos. Se puede gobernar, se puede legislar, pero sus logros durarán lo que tarden en perder el poder, en ser sustituidos por la oposición.

Para otros, la moderación de Boric es una traición a sus ideas, un pasito para atrás que deja entrever a otro político que será derrotado, fagocitado, por ese sistema que, para acabar con las protestas ciudadanas, prometió un plebiscito para modificar la Constitución, pensando que todo quedaría en agua de borrajas, que el impulso de la mayoría lo apagaría el tiempo, la rutina, o una pandemia mundial.

Lo bueno de Chile es que han conseguido mantener las ascuas, y no solo van a conseguir cambiar la Constitución, sino que han conseguido sacar de La Moneda a los herederos del asesino. Ojalá esta victoria de Boric no sea parcial, efímera, sino que sea el comienzo del cambio que se merece Chile, que nos merecemos todos. Gracias, Chile, por regalarnos esperanza, por gritar con voz de gigante. ¡Adelante!

MOI PALMERO

3 de enero de 2022

  • 3.1.22
Jean-Louis Enzine ha advertido en Le Magazine Littéraire que Philippe Claudel es “el autor del libro más objetivamente inhumano de nuestro siglo, el más horrible, el más espantoso”. Lleva razón, desde luego, si borramos del mapa literario francés a Pierre Lemaitre quien, con un realismo brutal, ha sabido adentrarse en el alma humana. Sea como fuere, uno va a la zaga del otro. A la hora de describir el horror y de condenar al ser humano por la obra de sus atrocidades, ninguno se queda corto.


El caso de Claudel sí merece una breve reflexión ahora que ha publicado su último libro de relatos: Inhumanos. En sus páginas muestra, con un humor ácido, una visión descarnada de las nuevas burguesías tecnócratas, el hastío existencial y la ausencia de valores que padecen. En la contracubierta del libro se puede leer: “Es el reflejo de momentos cotidianos deformados y retorcidos hasta sus últimas consecuencias, poniendo de manifiesto la alienación social que sufre Occidente, con multiplicidad de objetos y personajes actuando como símbolo”.

Después del libro anterior, Aromas, una obra deliciosa, sus lectores, ha escrito Borja Hermoso, se han alineado en dos bandos. Los primeros, para quienes el libro es magistral. Y los segundos, quienes piensan que el escritor ha perdido la olla y se sienten acorralados “por un artefacto seco, bestia, valiente y ampliamente discutible” como Inhumanos. De cualquier manera, el libro, se lea desde el ángulo que sea, es políticamente incorrecto, producto de un autor atrevido y sobrepasado que se atreve a importunar a una sociedad que se ha amansado frente a todo tipo de adversidad y que opta por retar a cualquier lector de aquellos que aman libros que se paladean como papilla en los que no encuentran grumos que agredan al paladar ni les corten la digestión.

Claudel entiende que cada día hay más asuntos de los que no nos atrevemos a hablar, “asfixiados en una corrección política que anestesia cualquier debate de ideas”. Y sostiene: “Hace un tiempo, todos los temas podían ser objeto de risa y de ironía, hoy ya no. Hoy existe una forma de autocensura terrible. Cada vez hay más temas de los que no se puede hacer humor. Cada vez hay más humoristas obligados a pedir disculpas”.

El libro contiene 25 relatos breves. En uno, unos amigos de una empresa y sus mujeres practican sexo en grupo mientras los niños juegan en el piso de arriba. En otro, un grupo de veraneantes fleta un yate para contemplar cómo los inmigrantes de varias pateras se ahogan en el mar. El libro se cierra con una frase estremecedora: “La vida se vuelve soportable cuando se finge”. A la que añade: “Bueno, casi”. Los arranques de cada texto no dejan indiferente al lector. Están fabricados con hilos de fuego. El titulado “La convivencia” dice así: “Ayer un conductor nos hizo una peineta. Le amputamos el dedo. No soportamos las groserías. La falta de cortesía es insoportable. Dubois siempre lleva algunas herramientas en su maletero. Nunca se sabe”. Así, el lector podrá navegar por las siguientes frases sabiendo que la corriente sube.

El arranque del titulado “Suicidio asistido” no es menos grave, aunque en este el humor se hace patente: “Ayer por la noche Turpon, del Departamento de Expedición, nos invitó a su suicidio. Éramos una veintena. Solo los íntimos. Su esposa había preparado canapés de tarama”. En el titulado “Reducción a la brecha social”, las primeras palabras no dejan indiferente a nadie: “Desde hace relativamente poco tiempo los pobres han sido recluidos. Es mucho mejor. Era una situación insostenible. En una sociedad a dos velocidades donde los ricos pasan su tiempo enriqueciéndose y los pobres pasan el suyo empobreciéndose, no tiene sentido que los segundos ocupen el mismo espacio que los primeros”. En el titulado “Monogamia”, el absurdo vuela a lo ancho de sus páginas: “Mi esposa murió hace unos días. Sin avisar. La ingrata. Enseguida la reemplacé. La sustituí por la misma. Para qué cambiar. El día del entierro fui con ella. Todos los colegas estaban allí. Durand se acercó a nosotros. Parecía sorprendido. Pensaba que tu mujer estaba muerta. Sí, de lo contrario no estaríamos aquí. Y entonces ella. Es mi esposa. Eso es lo que te estoy diciendo. Por eso estás aquí. Es otra. Pues cualquiera diría que es tu mujer. Claro, escogí la misma. Ah, vale. Detesto los cambios”.

Pero que nadie se escandalice. Philippe Claudel (Nancy, 1962) no es un escritor cualquier y sabe lo que cuenta. Profesor, director y guionista de cine, está considerado uno de los mejores escritores franceses de su generación. En 2007 se hizo con el Premio Goncourt des Lycéens por su libro El informe de Brodeck. Curiosamente, Inhumanos apareció en Francia con el título Inhumanas. En España, su editorial, Salamandra, no quiso publicar la obra. Así que lo ha hecho Bunker Books. Hay quien dice que no lo hizo por miedo. Su editora en España, Sigrid Kraus, asegura por el contrario que no lo hizo porque sus ventas iban a ser mínimas. De uno u otro modo, el libro está aquí para irritar a unos, complacer a otros y encabronar a casi todos.

Cuando Claudel comenzó a escribir estos relatos, algunos alcanzaron los 40 folios. Los tiró a la papelera. El resultado final es que ninguno excediera los dos o tres folios. La eficacia narrativa debía ser matemática. Los arranques, eficaces. Los finales, definitivos. En el titulado “Relevo generacional”, nos muestra el mundo bocabajo. Puede parecer disparatado, pero no lo es si rebobinamos en la memoria los primeros meses de la pandemia y sus secuelas en las residencias de ancianos. Dice así: “Los viejos son un problema. Dónde los metemos. No se reproducen pero cada vez son más numerosos. El mundo va a reventar bajo el peso de los viejos. Y qué pasa con los pobres. Lo de los pobres es parecido a de los viejos. Cada vez hay más. Si todos los pobres fuesen viejos, esto no generaría un excedente. Pero el problema es que también existen pobres que son jóvenes. Y viejos que son ricos. Todo esto es demasiado. Demasiado”.

Más allá de la transgresión, del absurdo y del humor disparatado, este libro está escrito para incomodarnos en la fragilidad que amasamos cada cual en nuestra zona de confort. 25 relatos que son píldoras radiactivas que muestran cómo el ser humanos se equivocó al diseñar los bordes oscuros e inabarcables del mundo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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